lunes, 30 de mayo de 2016

Domingo de la Semana 10ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C


«Joven, a ti te digo: levántate»


Lectura del primer libro de los Reyes 17, 17-24

«Después de estas cosas, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo, y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento. Entonces ella dijo a Elías: “¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?” Elías respondió: “Dame tu hijo”. Él lo tomó de su regazo y subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho; después clamó a Yahveh diciendo: “Yahveh, Dios mío, ¿es que también vas a hacer mal a la viuda en cuya casa me hospedo, haciendo morir a su hijo?”

 Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahveh y dijo: “Yahveh, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él”. Yahveh escucho la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: “Mira, tu hijo vive” La mujer dijo a Elías: “Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh”.»
 

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 1, 11-19

«Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres.

Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano del Señor».
 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 7, 11- 17

«Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores”. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: “Joven, a ti te digo: levántate”.

El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su pueblo”. Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina».
 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Dos escenas llenas de misericordia que revelan el corazón de Dios. Por un lado una viuda de Sarepta pide la intercesión del profeta Elías para que resucite a su hijo. Desconsolada la madre lanzará al profeta una frase que resonará a lo largo de los siglos: ¿por qué Dios me ha mandado este mal? ¿Por qué se ha llevado a mi hijo querido? (Primera Lectura).

Jesús se encontrará con una mujer en los alrededores de Naím, que llora desconsolada la muerte de su hijo. Al verla el Señor de la Vida tiene compasión de ella y le dice «no llores». Un signo mesiánico innegable del poder de Jesús es la resurrección de los muertos. Ante el hecho su fama se expandirá por toda la región. San Pablo reconoce humildemente que la Buena Nueva que predica la ha recibido directamente de Jesús pero que ha tenido que ser confirmada por Pedro y el colegio Apostólico.
 

El gran Elías

Elías es sin duda uno de los más famosos profetas de todo el Antiguo Testamento. Vivió alrededor del siglo IX A.C. en Israel y se cree que nació en Tisbé en las montañas de Galaad. Su actividad profética comienza enfrentando al rey Ajab de Israel y le anuncia tres años de sequía. Tuvo que esconderse junto al torrente de Querit, al este del río Jordán y luego en la casa de la viuda de Sarepta en Fenicia. En ambos lugares el profeta es milagrosamente alimentado: en el primero por cuervos y en el segundo mediante la milagrosa provisión de harina y aceite durante toda la sequía. Es en este contexto que sucede el milagro de dar vida al hijo de la viuda.

La acción de Elías comienza con un signo: el anuncio de una gran sequía. Entonces arrecia el hambre. Elías se refugia en territorio fenicio, en la casa de una viuda. Este gesto es muy significativo porque Ajab se había casado con Jezabel, que era fenicia. Según leemos en la Biblia Jezabel influyó mucho en el culto en Samaría, al introducir el culto a Baal[1], el dios de la lluvia. Resultaba fundamental mantener el ciclo vital de ese dios del cual dependían para vivir. Que un profeta de Yavheh anunciara una gran sequía era un duro golpe al poder efectivo de Baal.

Luego viene el desafío entre Elías y los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Estos fracasan al invocar a sus dioses y Dios envía el fuego del cielo que consume el holocausto y el altar que Elías había construido para demostrar quién era el verdadero Dios. A pesar de las señales el pueblo no se arrepiente de sus pecados y la reina Jezabel trama la muerte del profeta. Elías huye al desierto desalentado donde es alimentado y consolado por un ángel. Pasadas las guerras con Siria, e indignado por la traición conjurada por Jezabel contra Nabot; Elías vuelve a enfrentarse con Ajab y le anuncia la sentencia que Dios decretó (ver 1R 21.17-24). Finalmente luego de ungir a Eliseo como su sucesor y mientras hablan, un carro de fuego los separa. Elías sube al cielo en un torbellino y Eliseo recoge su manto (2 R 2.1-12).
 

La viuda de Naím

Un relato para conmover a cualquiera. Ha muerto un joven, hijo único de la viuda que llora amargamente su pérdida acompañada de mucha gente de la ciudad llamada Naím, al sudeste de Nazaret. La muchedumbre respondía a la mentalidad judía que irrumpía su actividad normal para enterrar a sus muertos en la tarde del día de su fallecimiento. La frase de Jesús «no llores» ya prepara la actitud siguiente, prepara el portentoso milagro de devolver la vida a alguien que ya ha fallecido. Jesús no tiene en consideración la ley acerca de las impurezas legales en relación a los difuntos[2] y toca el féretro donde yacía el joven difunto con sus ropas, ya que en ese tiempo no se usaba ataúd o caja para los entierros. Jesús toca en señal de orden para que el cortejo parase su marcha. Luego habla con el muerto y le manda que se levante. ¿Quién habla con un muerto? Un loco o un profeta. Si el muerto oye y se levanta…tenemos un gran profeta. Ya lo hemos visto en el milagro acontecido en el Antiguo Testamento. Jesús entregará, como en el caso de Elías, el joven a su madre.

El temor y la admiración de la muchedumbre son comprensibles. La conclusión es muy lógica. Dios ha visitado, se ha hecho presente en medio de su pueblo Israel por el envío de un nuevo profeta como Elías o Eliseo[3]. El hecho y el nombre de Jesús recorrerá toda la región de Palestina y sus alrededores.     
 

Un solo Evangelio

No hay más Evangelio que el que San Pablo transmite a los Gálatas. Este carácter divino de su Evangelio lo prueba ahora, recordando sus principios de cristiano. Su conversión y su formación de cristiano y apóstol ha sido obra de Dios, no de hombres. Jesucristo mismo, por su Espíritu, le ha comunicado el contenido de su predicación. Finalmente pasará quince días con Pedro no para instruirse, como observa San Jerónimo, pues había sido instruido directamente por el Autor de la predicación, sino para cambiar ideas y verse confirmado por la Cabeza de la Iglesia.       
 

Una palabra del Santo Padre:

«Por lo tanto, «cuando Dios visita a su pueblo, quiere decir que su presencia está allí de manera especial». Y, destacó el Papa Francisco recordando el episodio de Naín, «en este pasaje del Evangelio, donde se relata esta resurrección del muchacho, hijo de la madre que era viuda, el pueblo dice esta frase: Dios nos ha visitado». ¿Por qué usa precisamente esta expresión? ¿Sólo porque Jesús —se preguntó el Pontífice— «ha hecho un milagro?». En realidad, hay «más». En efecto, la cuestión fundamental es comprender «cómo visita Dios».

Dios, puso en evidencia el obispo de Roma, visita «antes que nada con su presencia, con su cercanía». En el pasaje evangélico Jesús «era cercano a la gente: un Dios cercano que logra entender el corazón de la gente, el corazón de su pueblo». Luego, relata san Lucas, «ve ese cortejo y se acerca». Por eso «Dios visita a su pueblo», está «en medio de su pueblo, acercándose». La «cercanía es el modo de Dios».

Además, observó nuevamente el Pontífice, «hay una expresión que se repite en la Biblia muchas veces: “El Señor tuvo gran compasión”». Y es precisamente «la misma compasión que, dice el Evangelio, tenía cuando vio a tanta gente como ovejas sin pastor». Es un hecho entonces que, «cuando Dios visita a su pueblo, le está cercano, se le acerca y siente compasión: se conmueve». Él «está profundamente conmovido como lo estuvo ante la tumba de Lázaro». Y conmovido como el padre, en la parábola, cuando ve volver a casa al hijo pródigo.

«Cercanía y compasión: así el Señor visita a su pueblo» reafirmó el Papa Francisco. Y «cuando queremos anunciar el Evangelio, llevar adelante la palabra de Jesús, esta es la senda». En cambio, «la otra senda es la de los maestros, de los predicadores del tiempo: los doctores de la ley, los escribas, los fariseos». Personalidades «lejanas al pueblo», que «hablaban bien, enseñaban bien la ley». Sin embargo, estaban «alejados». Y «esto no era una visita del Señor: era otra cosa». Tanto que «el pueblo no sentía esto como una gracia, porque faltaba la cercanía, faltaba la compasión, es decir, sufrir con el pueblo».

A la «cercanía» y a la «compasión» el Papa añadió «otra palabra que es propia del Señor cuando visita a su pueblo». Escribe san Lucas: «El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Él —Jesús— se lo entregó a su madre». Así que, «cuando Dios visita a su pueblo, devuelve al pueblo la esperanza. ¡Siempre!».

Al respecto el Papa Francisco hizo notar que «se puede predicar brillantemente la palabra de Dios» y «han habido en la historia tantos buenos predicadores: pero si estos predicadores no lograron sembrar esperanza, esa predicación no sirve. Es vanidad». Precisamente la imagen propuesta por el Evangelio de san Lucas, sugirió el Pontífice, puede hacernos entender a fondo «lo que significa una visita de Dios a su pueblo». Lo comprendemos «mirando a Jesús en medio de ese gran gentío; mirando a Jesús que se acerca a ese cortejo fúnebre, la madre que llora y Él que le dice “no llores”, quizás la acarició; mirando a Jesús que devolvió el hijo vivo a su mamá». Así, concluyó el Pontífice, podemos «pedir la gracia de que nuestro testimonio de cristianos traiga la visita de Dios a su pueblo, es decir, de cercanía que siembra la esperanza».

Papa Francisco. Homilía en la capilla de Santa Marta. martes 16 de septiembre de 2014

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Estamos llamados a vivir la misericordia. ¿De qué manera puedo educar a mis hijos a vivir el amor por los más necesitados? 

2. San Pablo es muy claro en su adhesión al único Evangelio del Señor. ¿Tengo yo alguna duda de fe? ¿He buscado solucionarla?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 830- 831. 849- 855.858.  



[1] Baal (poseedor o señor). Nombre usado en el Antiguo Testamento principalmente para referirse al dios de la fertilidad de los cananeos culto que se introdujo entre los hebreos (ver Nm 22.41; Jc 2.13; 6.28-32). Durante el reinado de Ajab y Jezabel se puso gran empeño en erradicar el culto a Yahveh. Cuando Elías mató a todos los profetas de Baal, no destruyó este culto. Siguió la lucha contra la tendencia de los israelitas hacia el culto a Baal y la promoción de la idolatría (ver 2Cr 21.5, 6, 11; 22.3). Con la reforma del rey Josías se eliminaron todos los vestigios de la idolatría (ver 2R 23.4, 5). Ya que la religión de Canaán estaba marcada fuertemente por la fecundidad y el sexo, el culto consistía en lograr la fecundidad de los campos, animales y personas. El culto a Baal frecuentemente acompañaba al culto de Astoret (Jue 2.12, 13). Cada pueblo podía tener su propio Baal. Se les designaba con el nombre común de Baal combinado con el del lugar (p.e. Baal-Gad, Baal-Hazor, etc.). Baal también era nombre de un dios particular, p. ej., Bel-Merodac (Jer 50.2), ídolo de los babilonios y de los asirios; Baal-peor (señor de Peor) un ídolo de los moabitas (Nm 25.3, 5; Os 9.10) y Baal-zebub (señor de las moscas), dios de los filisteos (2 R 1.2).
[2] «Todo aquel que toque, en pleno campo, a un muerto a espada, o a un muerto, o huesos de hombre, a una sepultura, será impuro siete días » (Nm 19,16).
[3] Eliseo resucitará al hijo de una sunamita (ver 2R 4,8-37).

lunes, 23 de mayo de 2016

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo C


«Comieron todos y se saciaron»

 
Lectura del libro del Génesis 14, 18-20
«Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo, y le bendijo diciendo: "¡Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de cielos y tierra, y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!" Y diole Abram el diezmo de todo.»
 

Lectura de la primera carta a los Corintios 11, 23-26
«Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío". Asimismo, también la copa después de cenar diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío". Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.»
 

Lectura del Evangelio según San Lucas 9, 11b-17

«Él, acogiéndolas, les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: "Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado". Él les dijo: "Dadles vosotros de comer".

Pero ellos respondieron: "No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente". Pues había como 5.000 hombres. Él dijo a sus discípulos: "Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta". Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.»
 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Este Domingo celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor. En la lectura del Evangelio, San Lucas describe la multiplicación de los panes de un modo que deja transparentar un milagro más grande: la Santa Eucaristía. La lectura del Antiguo Testamento (Primera Lectura) muestra la misteriosa figura del rey-sacerdote Melquisedec[1] que ofrece a Abrahán pan y vino como signo de hospitalidad, de generosidad y de amistad. La Segunda Lectura de la Primera Carta a los Corintios, contiene un valioso testimonio ya que es el relato más antiguo sobre la institución de la Eucaristía.

¿Cuándo comenzó la fiesta del Corpus?

El origen de esta Solemnidad que se celebra el jueves o el Domingo[2] posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad, se remonta a la devoción al Santísimo Sacramento que se dio en el siglo XII en la cual se resaltaba de manera particular la presencia real de «Cristo total» en el pan consagrado. Este movimiento estaba también vinculado al deseo, propio de la época, de «ver» las especies eucarísticas. Esto llevó, entre otras cosas, a comenzar a elevar la hostia y el cáliz después de la consagración. Esta práctica se inició en la ciudad de Paris alrededor del año 1200.  

En medio de este ambiente, una serie de visiones de una religiosa cisterciense, Santa Juliana (priora de la abadía de Mont Cornillón que quedaba a las afueras de Lieja en Bélgica), en el año 1209, dio un fuerte estímulo a la introducción de una fiesta especial al Sacramento de la Eucaristía. Juliana habría tenido la visión de un disco lunar en el cual había una parte negra. Eso fue interpretado como la falta de una fiesta eucarística en el ciclo litúrgico. Por su intercesión y la de sus consejeros espirituales, el obispo de Lieja, Roberto de Thorete, introdujo esta fiesta, por primera vez en su diócesis en el año 1246.

El año 1264, el Papa Urbano IV (Jacques Pantaleón), que en la época de las visiones era archidiácono de Lieja, estableció la solemnidad para la Iglesia universal. Los textos litúrgicos fueron redactados por Santo Tomás de Aquino. Sin embargo la causa inmediata que determinó a Urbano IV establecer oficialmente esta fiesta fue un hecho extraordinario ocurrido en 1263 en Bolsena, cerca de Orvieto, donde se encontraba ocasionalmente el Santo Padre. Un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales – donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa - en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.
 

«Dadles vosotros de comer...»

Se ha elegido para esta solemnidad el Evangelio de la multiplicación de los panes por su relación con el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En efecto, el Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan como alimento, alimento de vida eterna, para nutrir la vida divina a la cual hemos nacido en el Bautismo. Así como Jesús nutrió a la multitud en el desierto, así nos nutre con el pan de vida eterna. El hecho evoca fuertemente ese otro momento de la historia, que estaba siempre vivo en la memoria del pueblo, en que Dios, después del éxodo, «en el desierto»[3], nutrió a su pueblo con el pan del cielo. Ese pan del desierto era pan milagroso, pero material; este pan de la Eucaristía es pan milagroso, pero celestial. Observemos el episodio evangélico más de cerca.

Seguía a Jesús una multitud de cinco mil hombres «sin contar mujeres y niños» (ver Mt 14,21). Él «los acogía, les hablaba acerca del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados». Pero comenzó a declinar el día, y se acercan los Doce a decirle que despida de una vez a la gente para que «vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar desierto». La sugerencia de los Doce es de lo más sensata, pues para cualquiera era obvio que allí no había alimento para toda esa multitud. Jesús les dice con toda naturalidad: «Dadles vosotros de comer». ¡¿Cómo?! ¿Lo dice en serio? ¿Acaso no se da cuenta de la situación? Nada indica que Jesús esté «bromeando». Por otro lado, es imposible que Él no capte la situación. La única alternativa que queda en pie es que lo diga en serio y con perfecta conciencia de lo que está diciendo: ¡Los apóstoles tienen que dar de comer ellos mismos a los cinco mil! Eso es exactamente lo que ha pedido el Maestro. 

Ellos, en cambio, al oír el mandato de Jesús, se quedan con la idea de que él no capta la situación y tratan de hacerle comprender: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». ¡No es suficiente! Y ponen una alternativa imposible para hacer ver lo absurda que es la orden de Jesús: «A no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». ¿Cuánto se habría necesitado para alimentar no menos de ocho mil personas? Da entonces esta otra orden a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Esta orden no les parece absurda y la obedecen. Aunque ciertamente seguirán preguntándose: ¿Qué va a hacer? El relato sigue: «Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los sirvieran a la gente». Y no tocó a cada uno un pedacito minúsculo de pan, como si Jesús hubiera partido cada pan en mil pedazos. No, el resultado es éste: «Comieron todos hasta saciarse y de los trozos que sobraron se recogieron doce canastos».

Jesús hizo un milagro admirable que es figura de la Eucaristía. Pero nos queda dando vueltas la pregunta: ¿Por qué dijo a los apóstoles: «Dadles vosotros de comer»? Es porque Él tenía decidido que el milagro se obrara por manos de sus apóstoles. Si ellos hubieran obedecido su mandato y hubieran empezado a partir los cinco panes, el milagro de la multiplicación lo habrían hecho ellos. Esto es lo que Jesús había dispuesto. Cuando, más tarde en la última cena, la víspera de su pasión, Jesús les da esta otra orden: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19), ellos le obedecieron y obtuvieron el resultado magnífico de hacer presente a Cristo mismo. Esto es lo que renueva cada sacerdote en la Eucaristía y es lo que celebra la Iglesia en este día.
 

Para una celebración más auténtica y digna

San Pablo busca corregir los abusos del ágape que precedía a la Eucaristía de la comunidad de Corinto, y eso fue lo que motivó el tema eucarístico de su carta. Recordemos que Corinto era la capital de la provincia romana de Acaya, situada en el istmo de Corinto y con sendos puertos a los golfos de Corinto y de Salónica. Fue un importante centro comercial y cultural. También era famosa por la inmoralidad que allí reinaba. Pablo reside en la ciudad alrededor de 18 meses por los años 50 y 52 fundando así una comunidad en esa ciudad. Luego al dejar la ciudad se entera de algunos problemas que busca aclarar en su carta. Los capítulos 11 al 14 asientan los principios para celebrar debidamente el culto divino en la Iglesia, especialmente con ocasión de la Cena del Señor. La carta ofrece una imagen clara de cómo los primeros cristianos se reunían en las reuniones. 
 

Pero... ¿qué significa transubstanciación?

Manteniendo firme la fe en que la Eucaristía es Cristo mismo, la teología tiene la tarea de explicar cómo es que la vista, el tacto, el gusto y el olfato nos informan de que es pan y vino. La única explicación satisfactoria que hasta ahora se ha dado se expresa con la palabra «transubstanciación». Al decir el sacerdote: «Esto es mi Cuerpo», la sustancia del pan se convierte en la sustancia del Cuerpo de Cristo y al decir: «Este es el cáliz de mi Sangre», la sustancia del vino se convierte en la sustancia de la Sangre de Cristo. Pero los accidentes del pan y el vino –color, tamaño, contextura, sabor, olor, etc.- permanecen y éstos son los que captan nuestros sentidos, excepto el oído, que es el único que nos informa con verdad. La sustancia de una cosa es lo que la cosa es; pero no se llega a ella sino a través de sus accidentes que informan a nuestros sentidos. Así es como sabemos que esto es pan y no otra cosa. En el caso de la Eucaristía, la sustancia del pan se convierte en la sustancia del Cuerpo de Cristo, pero los accidentes del pan permanecen. Los accidentes del pan permanecen sin ninguna sustancia que los sustente; los sustenta el poder divino. Este es el milagro de la Eucaristía. Con su acostumbrada precisión, refiriéndose a la Eucaristía, Santo Tomás dice: «En ti la vista, el tacto y el gusto nos engañan; sólo al oído se puede creer con seguridad» (Himno “Adoro te devote”). El mismo Santo exclama: «Oh cosa admirable: come a su Señor el pobre, el siervo y el más humilde» (Himno “Panis angelicus”).
 

Una palabra del Santo Padre:

«En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me sorprende siempre: “Denles ustedes de comer” (Lc 9,13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir.

Ante todo: ¿quiénes son aquellos a los que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio a la gente, la recibe, le habla, la sana, le muestra la misericordia de Dios; en medio a ella elige a los Doce Apóstoles para permanecer con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente lo sigue, lo escucha, porque Jesús habla y actúa de una manera nueva, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con gozo, bendice al Señor.

Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros intentamos seguir a Jesús para escucharlo, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarlo y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.

Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos de saciar ellos mismos el hambre de la multitud? Nace de dos elementos: sobre todo de la multitud que, siguiendo a Jesús, se encuentra en un lugar solitario, lejos de los lugares habitados, mientras cae la tarde, y luego por la preocupación de los discípulos que piden a Jesús despedir a la gente para que vaya a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida (cfr. Lc 9, 12).

Frente a la necesidad de la multitud, ésta es la solución de los apóstoles: que cada uno piense en sí mismo: ¡despedir a la gente! ¡Cuántas veces nosotros cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de la necesidad de los otros, despidiéndolos con un piadoso: “¡Que Dios te ayude!”. Pero la solución de Jesús va hacia otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: “denles ustedes de comer”. Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros los que demos de comer a una multitud? “No tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente”.

Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos hacer sentar a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva su mirada hacia el cielo, pronuncia la bendición parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan. Es un momento de profunda comunión: la multitud alimentada con la palabra del Señor, es ahora nutrida con su pan de vida. Y todos se saciaron, escribe el Evangelista».

Francisco. Solemnidad del Corpus Christi. 30 de mayo del 2013

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Cuerpo y la Sangre de Cristo es la presencia real y sustancial de Cristo mismo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Si alguien pudiera estimar el valor de Dios –cosa, por cierto, imposible-, podría estimar el valor del misterio que celebramos hoy. Resulta entonces inexplicable la indiferencia y frialdad con que muchos católicos tratan este misterio. Es explicable sólo por ignorancia o, lo que es peor, por la indiferencia y frialdad que tienen hacia Dios mismo. ¿Cómo me aproximo al misterio de Dios - Hombre que se da como alimento a cada uno de nosotros?

2. ¿Fomento el ir a a misa los Domingos en familia buscando vivir de verdad el «día del Señor»?
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1373 - 1380.



[1] Melquisedec (del hebreo: Sedec es mi rey): rey y sacerdote del Dios Altísimo en Salem (probablemente la que será la ciudad de Jerusalén), que salió al encuentro de Abrahán y lo bendijo después de una batalla con Quedorlaomer y otros reyes. Melquisedec sale a recibir al Patriarca con pan y vino no quedando claro quién le da el diezmo a quién. Años después leemos en el Salmo 110,4 refiriéndose al sacerdocio del mesías como sacerdote eterno según la orden de Melquisedec, recordando así que David había conquistado Jerusalén (1,000 a.C.) y por lo tanto heredado la dinastía de reyes-sacerdotes iniciada por Melquisedec. En la carta a los Hebreos se dice que Jesús es el Sumo Sacerdote «para siempre según el rito de Melquisedec». Como Melquisedec, Jesús es Rey de toda la Creación y Sacerdote  porque ofreció el sacrificio de su propia vida.  
[2] En el Perú la Solemnidad se traslada para el Domingo salvo en las ciudades de Cajamarca y Cuzco.
[3] Ver Éxodo 16.

lunes, 16 de mayo de 2016

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo C


«Cuando venga el Espíritu de la verdad os guiará a la verdad completa»
 

Lectura del libro de Proverbios 8, 22-31

«"Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui fundada, desde el principio, antes que la tierra.  Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había fuentes cargadas de agua.  Antes que los montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada.  No había hecho aún la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe.

Cuando asentó los cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando arriba condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes del abismo, cuando al mar dio su precepto - y las aguas no rebasarán su orilla - cuando asentó los cimientos de la tierra, yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los hijos de los hombres".»
 

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos  5, 1-5

«Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.»
 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 16, 12-15

«Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.»
 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios»[1].

Las lecturas bíblicas de este Domingo nos introducen, poco a poco, en el misterio de la Santísima Trinidad. En el Evangelio vemos como se acentúan claramente la acción y guía del Espíritu Santo, que Jesús llama Espíritu de la verdad, en el camino de nuestra vida cristiana hacia el Padre en la fe, la esperanza y el amor (Segunda Lectura). Vemos también como la sublime revelación de la vida íntima de Dios se muestra anticipadamente en el Antiguo Testamento (Primera Lectura).
 

¿Un anticipo de la Trinidad en el Antiguo Testamento?

El texto de la Primera Lectura del libro de los Proverbios[2] forma parte de un canto poético en que se describe una personificación literaria de la Sabiduría de Dios. Este proceso de personificación en la literatura sapiencial culmina con el libro de la Sabiduría 7,22-8,1 donde aparece la Sabiduría como atributo divino y colaborando con Dios en la obra de la creación (ver Eclo 24,1ss). En algunos comentarios bíblicos leemos que este pasaje puede entenderse como un anticipo y un puente tendido a la revelación trinitaria del Nuevo Testamento donde Cristo es llamado de Palabra de Dios (Logos) en el prólogo de San Juan (ver 1 Cor 1, 23-30)[3].  Es la gran verdad que expresa San Agustín diciendo que el Nuevo Testamento se esconde en el Antiguo y que éste se manifiesta en el Nuevo (ver Mt 5,17).  
 

El misterio de Dios

El misterio[4] de la Santísi­ma Trinidad es el misterio central de nuestra fe y de nuestra vida cristiana porque es el más cercano a Dios mismo. Con la formulación del misterio de la Trinidad la Iglesia osa expresar la verdad acerca de la intimidad de Dios siendo éste inaccesible por la sola luz de la razón humana. Es un dogma de la religión bíblica que Dios es infi­nitamente perfecto y tras­cen­dente y que ningún hombre lo puede ver: «Y añadió: "Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo"» (Ex 33,20). Pero no es porque sea oscuro, ajeno o lejano de los hombres; sino todo lo con­trario. Nadie puede verlo porque es dema­siado luminoso y está demasiado cerca de nosotros.

Para expre­sar a los paganos la cercanía del Dios que él anun­ciaba, San Pablo dice en el Areópago de Atenas: « (Dios) no se encuen­tra lejos de cada uno de nosotros, pues en Él vivi­mos, nos movemos y existi­mos» (Hch 17,27- 2­8). Y de Él nos dice San Agus­tín: «Es más íntimo a mí que yo mismo». Dios nos es desco­nocido, no por defecto, como sería una cosa oscu­ra, sino por exceso: nuestra vista queda enceguecida por su excesi­va luz; nuestra inteligencia no es capaz de entender su excesiva verdad. San Pablo en su carta a Timoteo prorrumpe en esta alabanza: «Al Bienaventurado y único Soberano, al Rey de reyes y Señor de los señores, al único que posee inmor­talidad, que habita una luz inaccesi­ble, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver, a Él el honor y el poder por siempre» (1Tim 6,15-16).
 

«Señor, muéstranos al Padre...»

Podemos pensar con qué entusiasmo habrá hablado Jesús de su Padre, ya que tenía la misión de  anunciarlo (ver Jn 1,18); pero que no resultaba tan claro lo que provoca en el apóstol Felipe el ruego de: «Señor, muéstranos al Padre y nos bas­ta» (Jn 14,8). El apóstol revela suficiente comprensión como para afirmar con razón: «eso basta»; pero, por otro lado, revela poca com­prensión, como se deduce de la respuesta de Jesús: « ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me cono­ces, Feli­pe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14,9-10). Nosotros hemos conocido a Dios como Padre en Cristo, en su actitud filial y en su ense­ñanza. Uno de los puntos centrales de la revelación cris­tiana es que Dios es Padre. Es Padre de Cristo y es Padre nuestro. Pero resulta claro en el Evangelio que Dios es Padre de Cristo en un sentido y es Padre nuestro en otro senti­do, ambos igualmente verdaderos, pero infinitamente dis­tintos.

Por eso no hay ningún texto en el cual Jesús se dirija a Dios diciendo: «Padre nuestro», incluyéndonos a nosotros. Cuando enseña la oración del cristiano dice: «Vosotros orad así: Padre nues­tro...».Por el contrario, es constante e intencional su modo de llamar a Dios: «Padre mío» o «mi Padre». Incluso hace la distinción explícitamente, cuando dice a María Magdale­na: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20,17). De esta manera nos enseña que Dios es Padre suyo por natura­leza y es Padre nuestro por adopción. El Padre y el Hijo poseen la misma naturaleza divina, ambos son la misma sustancia divina. Por eso en el Credo profesamos la fe en el Hijo, «engendrado no creado, de la misma natura­leza (de la misma sustancia) que el Padre».
 

Somos hijos en el Hijo

El Evangelio de hoy es la última de las cinco prome­sas del Espíritu Santo que hizo Jesús a sus discípulos durante la última cena. Ya hemos visto cómo había dicho a sus apósto­les: «El que me ve a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Jesucristo hace visi­ble al Padre. Pero esto no lo experimentaban los apóstoles en ese momento. Era necesa­rio que viniera el Espíritu Santo. Por eso Jesús dice: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad com­pleta». El Espíritu Santo hará que los apóstoles crean que Cristo es el Hijo de Dios; de esta manera, podrán ellos, viendo a Cristo, ver al Padre. Eso es todo. Por eso Jesús repite dos veces: «El Espíritu Santo tomará de lo mío y os lo anunciará a vosotros». Pero precisamente en este anuncio de Cristo como Hijo consiste la revelación del Padre. En efecto, Cristo lo dice: «Todo lo que tiene el Padre es mío». Por eso, toman­do lo de Cristo y anunciándolo a nosotros, el Espíritu Santo revela al mismo tiempo al Padre y al Hijo. Así alcanzamos el conocimiento del Dios verdadero. Al asumir la naturaleza humana, sin dejar la divina, el Hijo de Dios dio al ser humano acceso a la filiación divina. Por eso se dice que los bautizados somos «hijos en el Hijo». Pero todo esto sería externo a nosotros y nadie podría vivir como hijo de Dios si no fuera habilitado por el Espíritu Santo. Lo más propio de Cristo es su condición de Hijo de Dios y es precisamente esto lo que el Espíritu Santo debe tomar de Él y comunicarlo a nosotros.
 

¿Por qué es importante conocer la Santísima Trinidad?

En este Domingo de la Santísima Trinidad cada uno debe veri­ficar si sabe formular este misterio tal como es revelado por Cristo y enseñado por la Iglesia. Los cristianos adoramos un sólo y único Dios, pero este Dios no es una sola Persona, sino tres Personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de única natura­leza divina e iguales en la divinidad. Esto significa que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios, y que el Espíritu Santo es Dios. Dirigiéndonos en la oración o en el culto cristiano a cada una de estas Personas divinas nos dirigi­mos al mismo y único Dios. Conocer al Dios verdadero no es algo indiferente o que dé lo mismo, pues de esto depende la vida eterna. Así lo declara Jesús en la oración sacerdo­tal, dirigiéndose al Padre: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado Jesucristo» (Jn 17,3). Jesús formula su misión en este mundo de esta manera: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Eso equivale a decir: «He venido para dar al mundo el conocimiento del Dios verdadero».

Esto es lo que encontramos en la Segunda Lectura: toda nuestra vida cristiana es enteramente trinitaria y consiste en caminar hacia el Padre por medio de Jesucristo y guiados por el Espíritu Santo. Puesto que  «no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor» (Dei Verbum 4,2), es nuestra misión vivir de acuerdo a nuestra dignidad de ser «hijos en el Hijo». No se trata de una verdad meramente especulativa sino de una realidad viva, dinámica, operante y reconciliadora del hombre. Toda la vida cristiana es vida de filiación adoptiva, fruto gratuito del amor que Él nos tiene. De Él hemos recibido la fe y el acceso a la gracia que alimenta nuestra esperanza en medio de las tribulaciones presentes. Esta esperanza se alimenta del «amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo». ¡Pidamos constantemente el don de la esperanza en nuestras vidas!    

 

Una palabra del Santo Padre:

«Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, que presenta a nuestra contemplación y adoración la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: una vida de comunión y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de toda criatura. ¡Dios! En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, en la que estamos llamados a amarnos como Jesús nos ha amado. Y el amor el señal concreta que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Y el amor es el distintivo del cristiano, como nos ha dicho Jesús: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35). Es una contradicción pensar en cristianos que se odian ¡Es una contradicción! Y esto es lo que busca siempre el diablo: hacer que nos odiemos, porque él siembra la cizaña del odio; él no conoce el amor: ¡el amor está en Dios!

Todos estamos llamados a testimoniar y a anunciar el mensaje que “Dios es amor”, que Dios no es lejano o insensible a nuestras vicisitudes humanas. Él nos es cercano, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas. Nos ama tanto y de tal manera que se ha hecho Hombre, ha venido al mundo no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por medio de Jesús (cfr Jn 3,16-17). Y éste es el amor de Dios en Jesús. Este amor que es tan difícil de entender, pero que sentimos cuando nos acercamos a Jesús. Y Él nos perdona siempre; Él nos espera siempre, ¡Él nos ama tanto! Y el amor de Jesús que sentimos ¡es el amor de Dios!

El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y de este modo nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de compartir. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se ama y se ayudan unos a otros es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quiere y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad».  

Francisco. Solemnidad de la Santísima Trinidad. 16 de junio de 2014

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Recemos en familia el Salmo 8 que es el salmo responsorial de este Domingo y agradezcamos a Dios por su infinita misericordia al habernos llamado a la vida.

2. «La gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios»San Ireneo de Lyon. ¿Qué quiere decir que el hombre viva? Que sea lo que tiene que ser. Que sea plenamente hombre de acuerdo a su fe cristiana. ¿Cómo vivo esta realidad? ¿Soy coherente con mi fe?
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 232- 267.


[1] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 44.
[2] El libro de los Proverbios es una colección de sentencias y proverbios sapienciales que buscan orientar a los jóvenes sobre la manera de llevar una vida buena y piadosa. La mayor parte son buenos y sabios consejos escritos de manera popular, como era corriente también en los pueblos vecinos a Israel. Gran parte del libro data probablemente del tiempo de los primeros reyes de Israel. El libro comienza con una sección que elogia la sabiduría (1-9). El resto contiene seis colecciones de sentencias (10, 1-31,9) y termina con un poema sobre la mujer ideal (31, 10-31).
[3] «Un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,24)
[4] Misterio, desde la teología cristiana, es una verdad revelada por Dios para nuestra Salvación y Reconciliación. «El misterio siempre está fuera del alcance del hombre, por ser cualitativamente distinto de todos los demás objetos de paciencia humana; pero al mismo tiempo tiene relación con el hombre; nos pertenece, obra en nosotros, y su revelación ilumina nuestras ideas sobre nosotros mismos» (Henri de Lubac. Paradoja y Misterio de la Iglesia, pp. 38-39). 

lunes, 9 de mayo de 2016

Solemnidad de Pentecostés. Ciclo C


«Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas»

Lectura del libro de Hechos de los Apóstoles 2, 1- 11

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: "¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios".»
 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 3b- 7. 12-13

«Nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: "¡Anatema es Jesús!"; y nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino con el Espíritu Santo. Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común.  Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.»
 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19-23

«
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo.  A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos"».
 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Domingo de Pentecostés es la culminación del ciclo Pascual. Con esta solemne festividad se cierra la cincuentena pascual en la que hemos celebrado el misterio de Cristo Resucitado y Glorioso y se inicia nuevamente el Tiempo Ordinario. No es que el Espíritu Santo aparezca por primera vez al fin del tiempo Pascual, su presencia es notoria ya desde la Pascua de Resurrección, como vemos en el Evangelio de este Domingo. Antes de su Ascensión, el Señor había preparado a sus discípulos más cercanos: «les conviene que me vaya, porque si no lo hago, no podré enviarles al Espíritu Paráclito[1]», es decir, al defensor y consolador.

Con la venida del Espíritu Santo sobre María, la Madre de Jesús y los apóstoles, comienza un tiempo nuevo, el que se extenderá hasta la segunda venida del Señor. Se inaugura la acción y la misión de la Iglesia (Primera Lectura). El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, es el principio de unidad que edifica la comunidad creyente en un solo Cuerpo, el de Cristo, con la pluralidad de carismas y funciones (Segunda Lectura).
 

La Promesa del Padre

Poco antes de ascender al cielo, Jesús había mandado a sus discípulos «que no se ausentasen de Jerusalén, sino que esperasen la Promesa del Padre». Ciertamente los apóstoles se habrán preguntado: ¿Cuál promesa? Por eso Jesús continúa: «Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días». Y aclara más aún: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,4.5.8). Y luego Jesús fue llevado al cielo. Después de esta precisa instrucción de Jesús, nadie se atrevió a moverse de Jerusalén. La «Promesa del Padre» había de ser un don de valor incalculable que nadie se quería perder.

Es así que cuando volvieron del monte de la Ascen­sión, los apóstoles subieron a la estancia superior, donde vivían, y allí se dispusieron a esperar. El relato continúa nombrando a todos los apóstoles, uno por uno; a esta cita no falta ninguno, ni siquiera Tomás: «Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo sentir, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1,14). Allí estaba congregada la Iglesia fundada por Jesús alrededor de la Madre del Maestro Bueno: María de Nazaret. La naciente Iglesia estaba a la espera de algo que no conocía y que vendría en fecha in­cier­ta. Mientras no llegara, no podía moverse. La Promesa del Padre llegó el día de Pente­costés, que era una fiesta judía que se celebra­ba cincuenta días después de la Pascua de los judíos. Entonces comenzaron a moverse...
 

La fiesta de Pentecostés

Tres eran las principales fiestas judías antiguas que perduraban en el tiempo de Jesús. Provenían de tiempo inmemorial, cuando Israel no existía aún como nación. Más tarde, habían sido asumidas como una disposi­ción divina y codifi­cadas en la ley dada a Moisés. Allí se establece: «Tres veces al año me celebra­rás fiesta. Guar­darás la fiesta de los Ázi­mos... en el mes de Abib, pues en él saliste de Egipto... También guardarás la fiesta de la Siega de las primicias de lo que hayas sembrado en el campo. Y la fiesta de la Recolección al término del año» (Ex 23,14-17). La primera de estas fiestas consistía en el sacrifi­cio de un cordero y su comida, según un determinado ritual.

Esta fiesta coincidió con la salida de Israel de su cauti­verio en Egipto, ocasión en que la sangre del cordero tuvo un rol tan determinante en la salvación del Pueblo de Dios. Esta fiesta adquirió el nombre hebreo “pésaj”[2] que se tradujo al latín "pascha" y al castellano "pascua". En el tiempo de Cristo, la «pascua de los judíos» consistía en el sacrificio y comida del corde­ro pascual en memoria del gran hecho salvífico del éxodo (la liberación de Israel de su exilio en Egipto). El Evan­gelio es cons­tante en afirmar que Jesucristo murió en la cruz cuando se celebraba la pascua de los judíos y se sacrificaba el cordero pascual. A Jesucristo se le llamó el «Cordero de Dios» porque su muerte en la cruz fue un sacrificio ofre­cido a Dios por el perdón de los pecados.

La segunda de las fiestas judías, llamada también la fiesta de las semanas, debía celebrarse siete semanas después de la Pascua (ver Lev 23,15-16). En la traducción griega de la Biblia, ese espacio de tiempo de cincuenta días, dio origen al nombre «Pentecos­tés», que significa literalmente «quincuagésimo». Origi­nalmente era una fiesta agrícola de la siega; pero, visto que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, que conmemoraba la salida de Egipto, pronto esta fiesta se asoció al don de la ley en el Sinaí y se celebraba la renovación de la alianza con el Señor. En el Talmud[3] se transmite la sentencia del Rabi Eleazar: «Pente­costés es el día en que fue dada la Torah (la ley)». Este término también sufrió una reinterpretación cristiana y hoy día Pentecostés conmemora la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego, porque este hecho fundacional de la Iglesia coinci­dió con ese día. De esta manera Dios, en su divina pedagogía, nos enseña que por el don del Espíritu Santo nace el Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia; así como la entrega de la ley mosaica había constituido el antiguo pueblo de Israel.
 

El Viento: signo del Espíritu Santo 

Y ocurrió en esta forma: «Ese día vino de repente un ruido del cielo, como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban... y quedaron todos llenos de Espíritu Santo» (Hech 2,2.4). El viento impetuoso es un signo del Espíritu de Dios[4], que, llenando el corazón de cada uno de los fieles, dio vida a la Iglesia. La Iglesia es una nueva creación de Dios y fue animada por el soplo de Dios. El poder creador del Espíritu de Dios está afirmado en la primera frase de la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión... y un viento (espíritu) de Dios aleteaba por encima de las aguas» (Gen 1,1-2). Por la acción de este Espíritu se opera el ordenamiento del mundo: la luz, el firmamento, el retroceso de las aguas y la aparición de la tierra seca, la generación de los vegetales, plantas y árboles, los astros, el hombre. Nos recuerda también, el episodio de la creación del hombre. El libro del Génesis relata este hecho maravilloso en forma escueta: «El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, y sopló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser vi­viente» (Gen 2,7).

Es el mismo gesto de Cristo Resucitado que nos relata el Evangelio de hoy. Apareciendo ante sus apóstoles con­gregados aquel día primero de la semana, después de salu­darlos Jesús «sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíri­tu San­to». El soplo de Cristo es el Espíritu Santo y tiene el efecto de dar vida a la Igle­sia naciente. En esta forma, Jesús reivindica para sí una propiedad divina: su soplo es soplo divino, su soplo es el Espíritu de Dios. Un soplo que produce tales efectos lo puede emitir sólo Dios mismo.
 

El perdón de los pecados

Después de darles el Espíritu Santo, Jesús agrega estas palabras: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quie­nes se los retengáis, les quedan reteni­dos». El perdón de los pecados es una prerrogativa exclusiva de Dios. Tenían razón los fariseos cuando en cierta ocasión pro­testaron: «¿Quién puede perdo­nar pecados sino sólo Dios?» (Mc 2,7). En esa ocasión Jesús demostró que Él puede perdonar los pecados; y aquí nos muestra que puede también conferir este poder a los após­toles y a sus suce­so­res. Y lo hace comunicándoles su Espíritu.

Es que el perdón de los peca­dos es como una nueva crea­ción; es un paso de la muerte a la vida[5], y ya hemos visto que Dios da vida infun­diendo su Espíritu. El pecado destruye el amor en el corazón del hombre, hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El perdón del pecado no es solamente una declaración que Dios no considera el pecado, sino que transforma radicalmente el corazón del hombre infundién­dole el amor. Pero esto sólo el Espíritu puede hacerlo, pues «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).
 

«Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados»

La Segunda Lectura realiza el paso del primer Pentecostés a la perenne asistencia del Espíritu Santo  en la vida cotidiana de la Iglesia, donde el Espíritu actúa mediante los carismas y los ministerios. El contexto previo es la consulta que los corintios habían hecho a Pablo sobre los criterios para distinguir los carismas auténticos de los falsos. El Apóstol establece dos criterios de autenticidad; uno es doctrinal y el otro comunitario. El doctrinal es la confesión de Jesús como el Señor. El que hace está confesión está animado por el Espíritu Santo. El segundo criterio es que en todo carisma que sirve al bien común del grupo creyente se manifiesta la acción del Espíritu que es riqueza y vida. La diversidad de los carismas auténticos en los miembros de la comunidad no obsta a la unidad dentro de la misma. Su origen es el Espíritu de Dios, en el que todos hemos sido bautizados para construir un solo Cuerpo: la Iglesia.
 

Una palabra del Santo Padre:

«La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos.

Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad - Dios ofrece siempre novedad -, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad.

En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura -  y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2Jn 1,9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante».

Francisco. Homilía en la Solemnidad de Pentecostés. 19 de mayo de 2013.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. El Espíritu actúa en lo más íntimo del ser humano, actúa iluminando la inteligencia para que pueda conocer a Cristo y habilitando la voluntad para que pueda amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos concede cono­cer a Dios, y lo hace infundiendo en nosotros el amor. Eso sucede en nuestra Confirmación. ¿Cómo vivo y valoro el Sacramento de la Confirmación?¿Tengo consciencia de lo que me he comprometido?

2. ¿Cómo es mi relación con el Espíritu Santo? ¿Soy dócil a sus mociones (movimientos interiores) en mi vida? ¿Qué me invita hacer?
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 683- 701. 731- 741


[1] Paráclito (en griego, el llamado, el auxiliador). Descripción de Jesucristo y del Espíritu Santo en los escritos juaninos. Aunque tuvo originalmente un sentido de defensor (en latín advocatus que significa abogado); Sam Juan lo usa en sentido activo, como "el protector", "el que fortalece" o, si traducimos con menos exactitud, "el consolador".
[2] Término de origen y significado oscuros pero que algunos remontan al pasaje del Ex 12,23.
[3] Talmud: (en hebreo: enseña). Tradición judaica que representa casi un milenio de tradición rabínica. Consiste en una enorme cantidad de textos de interpretación bíblica, explicación de las leyes y de sabiduría práctica que originalmente se transmitía de forma oral. Adquirió su forma escrita antes de 550 d.C.
[4] Es claro que la efusión del Espíritu Santo está relacio­nada con el viento. Esta relación resulta más evidente si se considera que en las lenguas bíblicas la misma palabra dice «viento» y «espíritu», en hebreo «rúaj» y en griego «pnéuma».

[5] «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3,14).