martes, 31 de enero de 2017

Domingo de la Semana 5ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

«Vosotros sois la sal de la tierra»


Lectura del libro del profeta Isaías 58,7-10

«¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahveh te seguirá.  Entonces clamarás, y Yahveh te responderá, pedirás socorro, y dirá: "Aquí estoy". Si apartas de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad,  repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía.»


Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 2, 1-5  

«Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios.»


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 5, 13-16

«"Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. "Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

Este Domingo vamos a continuar con el «discurso evangélico» de Jesús que se inicia con la proclamación de las «Bienaventuranzas». Hoy el Señor Jesús les confía a sus discípulos la misión de ser «luz del mundo y sal de la tierra». Luz que debe iluminarlo todo con las «buenas obras» que nacen del cumplimiento del mandamiento del amor y de la caridad. En estas palabras nos parece encontrar un tema que unifica las tres lecturas. El profeta Isaías nos dice que nuestra oscuridad se volverá luz cuando practiquemos las obras de misericordia y no cerremos nuestra alma a los sufrimientos de los hermanos. San Pablo en la primera carta a los Corintios habla de una caridad aún más profunda: predicar la Palabra de Dios sin buscar la vanagloria y la aceptación humana. 

El Evangelio, por otro lado, nos muestra que el cristiano debe sentirse comprometido con el mundo que perece por la falta de verdad (luz de Dios, santidad) y de criterios evangélicos (sal). El tema de fondo está en ese amor cristiano que no se reserva, ni se recluye en el propio egoísmo, o en el miedo al sufrimiento o al qué dirán. El cristiano se sabe, de algún modo, responsable del mundo y nada de lo propiamente humano -especialmente el sufrimiento y el dolor - le puede ser indiferente.


«Ser sal de la tierra» 

En el Evangelio de hoy Jesús enseña cuál es la misión de sus discípulos en medio de los hombres y lo hace por medio de dos bellas imágenes: «Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo». Ambas expresan dos aspectos complementarios esencia­les de la tarea que deben realizar los cristianos en su am­biente. La sal es la primera de las imágenes a que apela Jesús para definir la identidad de su discípulo. La sal es un elemento familiar de cualquier cultura, pues desde siempre se ha utilizado para dar sabor a la comida (ver Jb 6,6). Incluso, luego de la aparición del frío industrial, era prácticamente el único medio de preservar de la corrupción a los alimentos, especialmente la carne. Pero además en la cultura bíblica y judía, la sal significaba también «sabiduría» (ver Col 4,6; Mc 9,50).  Y no en vano en las lenguas latinas los vocablos sabor, saber y sabiduría pertenecen a la misma raíz semántica y familia lingüística.  

La primera tarea de la sal es la de difundirse e incidir sobre la reali­dad para mejorarla. La sal se pone en los alimentos en pequeña cantidad, pero lo penetra y sazona todo. La sal se realiza plenamente cuando ha comunicado su sabor a todo el alimento. Esa es su razón de ser. Asimismo, el cristiano no ha recibido el Evangelio y el conocimiento de Cristo sólo para sí mismo, sino para comunicarlo a los demás. Con esta metáfora Jesús indica la tarea de trabajar para que en el ambiente rijan los criterios y valores evangélicos. Todo cristiano debe sentir la urgen­cia de San Pablo: «¡Ay de mí si no evangeliza­ra! Evangelizar no es para mí ningún motivo de gloria; es un deber que me incumbe» (1Co 9,16).

Ante esta metáfora de la sal hay una cosa que es necesa­rio evitar cuidadosamente: perder el sabor. Es decir, perder la incidencia  sobre la realidad,  porque se han perdido los criterios de Cristo y se han adoptado los de la mayoría: se piensa y se actúa como todos, se sustentan las mismas ideas, se vierten las mismas opiniones, se adoptan los mismos crite­rios: es como la sal que se ha vuelto insípida. Cuando alguien ha caído en este estado, es difícil que se convierta y vuelva a ser fiel a su misión de cristiano. Esto es lo que quiere decir Jesús con su pregunta: «¿Con qué se la salará?». La respuesta obvia es: «Con nada», pues nadie echa sal a la sal. En este caso rige una palabra terrible de Jesús por lo realista que es: «Para nada sirve ya sino para ser arrojada fuera y ser pisoteada por los hombres». También contra este peligro nos exhorta San Pablo: «No os acomodéis a la mentalidad del mundo, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente de forma que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agrada­ble, lo perfecto» (Rm 12,2).


«Ser luz del mundo» 

La metáfora de la luz acentúa la incidencia que deben tener los discí­pulos de Cristo sobre la sociedad por el tenor de vida inta­chable que están llamados a conducir. En el Antiguo Testamento es frecuente atribuir a Dios el ámbito de la luz. En los salmos se decía: «Yahveh, Dios mío, ¡qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, rodeado de luz como de un manto» (Sal 104,1-2). Los fieles expresaban su confianza en Dios diciendo: «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Sal 27,1). El profeta Isaías da un paso más y da a Dios ese título: «La Luz de Israel será un fuego y su Santo una llama, que arderá y devorará» (Is 10,17). Este mismo profeta se dirige a Jerusalén, la ciudad santa, diciéndole: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido!... El sol no será para ti nunca más luz de día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna» (Is 60,1.19-20).

Este desarrollo alcanza su cumbre en el Nuevo Testamento en la expresión clara y explícita de la primera carta de San Juan: «Este es el mensaje que hemos oído de Él y que os anunciamos: Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna» (1Jn 1,5). La luz no es sino participar de la vida de Dios, que es lo mismo que la santi­dad. Así adquiere toda su profundidad la afirma­ción de Jesús: «Yo soy la luz del mundo». Según la enseñanza de Jesús, también sus discípulos son «luz del mundo», porque ellos viven la vida de Dios y están llamados a «ser santos como Dios es santo» (Mt 5,48). Su situación está expresada así: «En otro tiempo fuisteis tinie­blas; mas ahora sois luz en el Señor» (Ef 5,8). La luz, por su propia naturaleza, ilumi­na. Podemos decir que su testimonio es irre­sistible. Imposible no sentirse atraído poderosamente por el testimonio de un San Francisco de Asís, de Santa Rosa de Lima, de San Agustín y de tantos otros santos. Ellos proyec­ta­ban una luz potente que movía a los hombres a alabar a Dios y cambiar de vida.

A este propósito Jesús advierte: «No se enciende una luz para ocultarla». Es lo que habría ocurrido si los Apóstoles hubieran formado entre ellos un pequeño grupo cerrado para vivir del recuerdo del Señor. Ellos en cambio poseyeron la luz de Cristo al punto de decir: «Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mi» (Ga 2,20), y la difundieron por todo el mundo. Cum­plieron así la exhortación de Jesús: «Brille vuestra luz ante los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras y glorifi­quen a vuestro Padre que está en los cielos». 

Otro peligro que acecha a la luz es que se opaque, que su lucha contra las tinieblas no sea nítida, que se deje vencer por las tinie­blas. Es el mal que hoy día llamamos la «incohe­rencia», que afecta a quien se llama a sí mismo luz, pero no ilumina. Una «luz oscura» es algo incoherente en sí mismo. Este mal afecta mucho a América Latina como lo afirmaron los Obispos en Santo Domingo: «El mundo del trabajo, de la políti­ca, de la econo­mía, de la ciencia, del arte, de la literatura y de los medios de comunicación social no son guiados por criterios evangéli­cos. Así se explica la incohe­rencia que se da entre la fe que (los católicos) dicen profe­sar y el compro­miso real en la vida»[1]


«Brille así vuestra luz delante de los hombres...» 

Una excelente aplicación de las palabras de Jesús la tenemos en la magnífica respuesta que dio San Francisco de Asís a fray Maseo cuando éste le preguntó: «¿Por qué todo el mundo se va detrás de ti y toda persona parece que desea verte, oírte y obedecerte? ¿Tú no eres un hombre bello, ni de grande ciencia ni noble? ¿De dónde entonces que todo el mundo se vaya detrás de ti?». 

San Francisco, después de estar un largo rato con el rostro vuelto hacia el cielo, respondió: «¿Quieres saber por qué todo el mundo se viene detrás de mí? Porque los ojos de aquel santísimo Dios no han visto entre los pecadores ninguno más vil, ni más incapaz ni más gran pecador que yo; y para hacer aquella obra maravillosa que Él desea hacer, no ha encontrado otra criatura más vil sobre la tierra; y por eso me ha elegido a mí, para confundir la nobleza, la grandeza, el poder, la belleza y la sabiduría del mundo, de manera que se sepa que toda, toda virtud y todo bien viene de Él y no de la criatura, y ninguna criatura pueda gloriarse ante Él, sino que quien se gloría se gloríe en el Señor, a quien es todo honor y gloria por la eterni­dad» (Florecillas).


Una palabra del Santo Padre: 

«En el Evangelio de este domingo, que está inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la humanidad. Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. 

Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana.». 

Papa Francisco. Ángelus Domingo 9 de febrero de 2014.

 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. En la carta apostólica Nuovo Millenio Ineunte, el Papa San Juan Pablo II escribía: «Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su "reflejo"». Ésta tarea nos puede hacer temblar si solamente miramos nuestras debilidades y sombras. Sin embargo, esta tarea será posible solamente colaborando con la gracia de Dios. ¿Confío en la gracia de Dios? ¿Recurro a ella? 

2. ¿Soy yo luz para mis hermanos, para las personas que conviven conmigo? ¿Mi vida es realmente un ejemplo para los demás? ¿Me doy cuenta de que mi ser cristiano no es sino una vocación innata al amor y mientras no ame estaré en la oscuridad, en la tristeza y desesperación? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 828; 1848; 2001-2002



[1] Conclusiones Santo Domingo, 96.

jueves, 26 de enero de 2017

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»


Lectura del libro del profeta Sofonías 2, 3; 3,12-13

«Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la cólera de Yahveh. Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y en el nombre de Yahveh se cobijará el Resto de Israel. No cometerán más injusticia, no dirán mentiras, y no más se encontrará en su boca lengua embustera. Se apacentarán y reposarán, sin que nadie los turbe».


Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,26- 31

«¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. 28Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 5,1-12a

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

El tema central de este Domingo es el discurso de las bienaventuranzas. En ellas Jesús, como Moisés, nos ofrece el camino de la salvación y de auténtica felicidad en medio de un mundo dividido por el dolor y el pecado de los hombres. Un giro  inesperado cambia los esquemas y las seguridades de la persona humana en la búsqueda de la felicidad. Es el pobre, el que sufre, el necesitado que es merecedor de la bienaventuranza de Dios. 

El profeta Sofonías que canta con tonos dramáticos y apocalípticos el «día del Señor», nos ofrece en la Primera Lectura un urgente mandato: «Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas». San Pablo en su carta a los Corintios, tomando conciencia de su propia miseria personal, nos dice que el Señor ha escogido lo más despreciable y frágil ante los ojos de este mundo para hacer brillar en ellos su gloria. 

El texto del Evangelio de este Domingo deja en evidencia con más claridad que ningún otro pasaje, el contras­te entre los criterios que rigen el mundo y los criterios evangélicos propuestos por Jesús: «Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1Co 1,25).


«¡Buscad a Yahveh, vosotros todos!»

A lo largo de su vida, el hombre debe encontrar un centro interior que oriente y dé sentido a su existir humano. Debe descubrir ese núcleo de verdades fundamentales que lo sostengan y le permitan permanecer en el bien aún cuando muchas de sus esperanzas vayan desapareciendo. Se trata de encontrarse nuevamente con la razón de la propia existencia, con el amor de Dios, el sentido de la propia dignidad como persona e Hijo de Dios, y de descubrir que yo tengo una misión en la vida y que mi paso por la tierra es temporal y muy breve. Las bienaventuranzas justamente nos invitan a revisar nuestra jerarquía de valores. Nos ayudan a comprender, a la luz de la eternidad, lo relativo y pasajero de todo lo creado y de los bienes materiales; la relatividad e incongruencia de la búsqueda exclusiva del placer y de la comodidad, la relatividad de los sufrimientos de esta vida. «Buscad al Señor todos vosotros» nos propone el profeta Sofonías[1]

Este profeta vivió en Judá durante el reinado del rey Josías (639-609 A.C.) y advirtió al pueblo sobre el futuro juicio de Dios, si seguían adorando a los ídolos y desobedeciendo las leyes de Dios. Advirtió también de la destrucción que sobrevendría sobre los vecinos de Israel. La injusticia será castigada, pero para aquellos que «vuelvan nuevamente» a Dios, habrá un brillante futuro. La predicación de Sofonías preparó la gran reforma religiosa que realizó el rey Josías[2].    


La búsqueda de la felicidad 

A todos nos llama la atención ver tantas personas que no son felices, que viven perma­nentemente insatisfechas o que se quejan continuamente de su suerte. Es que buscan la felicidad en cosas que aunque las poseyeran, no pueden concederles la felicidad anhelada. La gente en general busca la felicidad en el dinero y en la fama. Pero una vez que los hombres han alcanzado la riqueza y la notoriedad;  se encuentran con la sorpresa de que siguen estando insatisfe­chos, de que basta que algo les salga mal, para sumirse, a pesar de su dinero y su fama, en la mayor infelicidad.

El anhelo de felicidad en el hombre no se sacia sino con la posesión de aquel bien que le da senti­do a todo y que no tiene límites. El hombre por el hecho de ser hombre no puede sino desear el bien que le dará la felicidad plena. Este Bien es justamente Dios. San Agustín, que vivió la búsque­da de la felicidad de manera afanosa, cuando encuentra el camino hacia ella, escribe: «Nos creaste Señor para ti, y nuestro corazón está inquie­to mientras no descanse en ti». 


«Dichoso el hombre que…» 

Las bienaventuranzas son tan importantes dentro de la ley de Cristo que el Concilio Vaticano II no vacila en afirmar: «El mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas»[3]Una bienaventuranza es una expresión idiomática antigua en la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento está lleno de estas expresiones. La primera la encontramos en boca de Moisés, cuando bendijo a las tribus de Israel antes de morir: «¡Dichoso tú, Israel! ¿Quién como tú, pueblo salvado por Yahveh?» (Dt 33,29). La segunda ocurrencia está en boca de la Reina de Saba, que asombra­da ante el esplendor de la corte de Salomón, exclamó: «Dicho­sas tus mujeres, dichosos tus servidores, que están siem­pre en tu presencia y escuchan tu sabiduría. Bendito Yahveh tu Dios que se ha complacido en ti y te ha colocado en el trono de Israel para siempre» (1R 10,8-9)El libro de los Salmos comienza con una bienaventu­ranza: «Di­choso el hombre que no sigue el consejo de los im­píos... todo lo que él hace sale bien» (Sal 1,1.­3) y éstas recorren todo el libro de los Salmos. 

En el Antiguo Testamento encontramos más de cuarenta biena­venturanzas. En hebreo la bienaventuranza suena así: «Ashré ha ish, asher...» - «Dichoso el hombre, que...»- . La palabra principal “ashré” es un sustantivo plural en una forma que le exige apoyar­se en otro sustantivo. La traduc­ción lite­ral es: «¡Ah, las dichas del hombre, que...­.!». En la traducción griega y en nuestras lenguas se adopta un adjetivo: «Dichoso el hombre que...». La estructura es siempre la misma: se llama dichoso a alguien, y se indica el motivo de su dicha.

En el Nuevo Testamento encontramos más de cincuenta biena­venturanzas. En la lengua griega en que se escri­bió origi­nalmente el Nuevo Testamento, el adje­tivo correspondiente es «maka­rios». Por eso, a estas expresiones se suele llamar «maca­rismos». La primera en ser objeto de una bienaventuranza es la Virgen María: «Dichosa la que creyó que se cumpliría lo que le fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1,45).

Sólo en boca de Jesús las encontramos agrupadas en una serie de nueve. Pero no es esto lo que más sorpren­de; lo que más sorprende es su contenido, porque trastorna todos los criterios humanos. Si se colocaran en hebreo, Jesús habría dicho: «¡Ah, las dichas de los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos! ¡Ah, las dichas de los mansos, porque ellos heredarán la tie­rra! ¡Ah, las dichas de los que lloran, porque ellos serán consolados!...». Jesús admira la dicha de quienes están en una condición reconocida más bien como desdicha­da. ¿Cómo es posi­ble? En realidad, lo que Jesús quiere enseñar es que esas categorías de personas son las que poseen el Reino de los cielos, son las que heredarán la tierra (se entien­de «la tierra prome­tida»), son las que serán conso­ladas (por Dios). 

Si tal es la convicción de Jesús, nuestro anhelo y nuestro empeño cristiano debe ser llegar a contarnos entre los pobres de espíritu, entre los mansos, entre los que lloran y tienen hambre y sed de justicia, entre los mise­ricordiosos, entre los limpios de corazón, entre los que trabajan por la paz, entre los que son perseguidos por causa de la justicia y por causa de Cristo. Si lográramos este objetivo, entonces conoceríamos la verdadera felici­dad. 

Podemos decir que, si el fin del hombre es la felicidad eterna, entonces la moral cristiana se puede expresar en esta forma: son buenas las acciones que nos conducen a la felicidad eterna; son malas las acciones que nos alejan de la felicidad eterna; y son intrínsecamente malas las acciones que por su propia naturaleza no son ordenables a la felicidad eterna. Jesús nos revela que las bienaventuranzas son la expresión de la verdadera felicidad ya que ellas son el camino seguro que nos conduce a la vida eterna. Esta felicidad no la entiende «el mundo» y ese es precisamente el mensaje que San Pablo quiere dar a la comunidad de Corinto que, al ser puerto, está permanente expuesta a los falsos valores.  


Una palabra del Santo Padre: 

«Hay una figura muy significativa, que cumple la función de bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: Juan Bautista. Para los Evangelios sinópticos él es el «precursor», quien prepara la venida del Señor, predisponiendo al pueblo para la conversión del corazón y la acogida del consuelo de Dios ya cercano. Para el Evangelio de Juan es el «testigo», porque nos hace reconocer en Jesús a Aquel que viene de lo alto, para perdonar nuestros pecados y hacer de su pueblo su esposa, primicia de la humanidad nueva. Como «precursor» y «testigo», Juan Bautista desempeña un papel central dentro de toda la Escritura, ya que hace las veces de puente entre la promesa del Antiguo Testamento y su realización, entre las profecías y su realización en Jesucristo. Con su testimonio Juan nos indica a Jesús, nos invita a seguirlo, y nos dice sin medias tintas que esto requiere humildad, arrepentimiento y conversión: es una invitación que hace a la humildad, al arrepentimiento y a la conversión.

Como Moisés había estipulado la alianza con Dios en virtud de la ley recibida en el Sinaí, así Jesús, desde una colina a orillas del lago de Galilea, entrega a sus discípulos y a la multitud una enseñanza nueva que comienza con las Bienaventuranzas. Moisés da la Ley en el Sinaí y Jesús, el nuevo Moisés, da la Ley en ese monte, a orillas del lago de Galilea. Las Bienaventuranzas son el camino que Dios indica como respuesta al deseo de felicidad ínsito en el hombre, y perfeccionan los mandamientos de la Antigua Alianza. Nosotros estamos acostumbrados a aprender los diez mandamientos —cierto, todos vosotros los conocéis, los habéis aprendido en la catequesis— pero no estamos acostumbrados a repetir las Bienaventuranzas. Intentemos, en cambio, recordarlas e imprimirlas en nuestro corazón... 

En estas palabras está toda la novedad traída por Cristo, y toda la novedad de Cristo está en estas palabras. En efecto, las Bienaventuranzas son el retrato de Jesús, su forma de vida; y son el camino de la verdadera felicidad, que también nosotros podemos recorrer con la gracia que nos da Jesús.

Además de la nueva Ley, Jesús nos entrega también el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados. Cuando llegue el fin del mundo seremos juzgados. ¿Y cuáles serán las preguntas que nos harán en ese momento? ¿Cuáles serán esas preguntas? ¿Cuál es el protocolo a partir del cual el juez nos juzgará? Es el que encontramos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. La tarea de hoy es leer el quinto capítulo del Evangelio de Mateo donde están las Bienaventuranzas; y leer el vigésimo quinto, donde está el protocolo, las preguntas que nos harán el día del juicio. No tendremos títulos, créditos o privilegios para presentar. El Señor nos reconocerá si a su vez lo hemos reconocido en el pobre, en el hambriento, en quien pasa necesidad y es marginado, en quien sufre y está solo... Es este uno de los criterios fundamentales de verificación de nuestra vida cristiana, a partir del cual Jesús nos invita a medirnos cada día. Leo las Bienaventuranzas y pienso cómo debe ser mi vida cristiana, y luego hago el examen de conciencia con este capítulo 25 de Mateo. Cada día: he hecho esto, he hecho esto, he hecho esto... Nos hará bien. Son cosas sencillas pero concretas».

Papa Francisco. Audiencia General. 4 de agosto de 2014.

 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. La práctica de las Bienaventuranzas constituye una línea divisoria entre el auténtico seguidor de Cristo y el «cristiano sociológico o de domingos». ¿Yo las vivo? ¿De qué manera concreta?

2. Las Bienaventuranzas son las guías que Jesús  nos ha dejado para nuestra felicidad. Revisemos nuestra jerarquía de valores y prioridades a la luz de las Bienaventuranzas.   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 577- 582.1716-1729.  



[1] Sofonías que significa «Yahveh oculta», fue el noveno de los profetas menores y bisnieto de Ezequias (probablemente el rey de Judá). Cuando realiza su predicación ya había caído el reino del Norte y fue contemporáneo de Jeremías.  
[2] Josías fue coronado rey a los 8 años de edad después del asesinato de su padre Amón. Josías ordenó la reparación del templo. Y mientras se realizaba esta labor fue encontrado un rollo en el que estaban escritas las leyes que Dios había dado a Moisés. Josías estudió las leyes e hizo que se las leyeran al pueblo. Se llevaron a cabo numerosas reformas, entre ellas las relativas a  la observancia de la pascua. Muere a la edad de 39 años en un combate contra los egipcios. 
[3] Lumen Gentium, 31.

martes, 17 de enero de 2017

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

«Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado»


Lectura del libro del profeta Isaías 8, 23b-9,3

«Pues, ¿no hay lobreguez para quien tiene apretura? Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles. 1El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría. Alegría por tu presencia, cual la alegría en la siega, como se regocijan repartiendo botín. Porque el yugo que les pesaba y el cayado de su hombro - la vara de su tirano - has roto, como el día de Madián.»


Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,10-13.17

«Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio.Porque, hermanos míos, estoy informado de vosotros, por los de Cloe, que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: "Yo soy de Pablo", "Yo de Apolo", "Yo de Cefas", "Yo de Cristo". ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo.»


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4,12-23

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: "Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado". 

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.»


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

El pueblo que andaba en tinieblas, ve una gran luz…una luz brilla sobre ellos (Primera Lectura). Estas palabras tomadas del profeta Isaías nos ofrecen un tema unificador para la liturgia de este Domingo. San Mateo aplicará a Jesús el oráculo de Isaías refiriéndose a las regiones de Zabulón y Neftalí. Jesús es la luz del mundo que ilumina las tinieblas; es el Salvador que sana las heridas que tenían postrado al hombre. 

Jesús invita a Simón y Andrés, a Santiago y a Juan para que colaboren con Él en la misión de ser «pescadores de hombres» ya que el Reino de los Cielos ya ha sido inaugurado. En la primera carta a los Corintios, San Pablo insiste en la unidad de los cristianos: ellos no pueden estar divididos porque Jesucristo ha muerto por todos. 


«Yo soy la luz del mundo»

La luz es el predicado de una de las más importantes afirmaciones que hace Jesús sobre sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Esto es lo que dijo de Él el anciano Simeón cuando tomó a Jesús en sus brazos en el momento en que era presentado al templo por sus padres: «Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Is­rael» (Lc 2,32). Era natural que, en el viaje de Jesús, después de ser bautizado por Juan Bautista a la altura de Jerusalén, desde Nazaret a Cafarnaúm, siguiendo el confín entre los territo­rios de las tribus de Zabulón y Neftalí (consideradas tierra de gentiles); San Mateo viera el cumpli­miento de una antigua profecía de Isaías acerca de esas tierras: «El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amane­cido».

Jesús vuelve a la «Galilea de los gentiles»; así llamada por hallarse en el norte de Palestina colindante con las naciones paganas. Es aquí donde va a comenzar su anuncio de la Buena Nueva, cumpliendo así las profecías acerca de la restauración de estas regiones norteñas saqueadas por los asirios (año 734 A.C.). Podemos ver aquí una intención universalista en el anuncio de la Buena Nueva ya que Jesús comienza su actividad apostólica precisamente por tierras «paganas», si bien habitadas por judíos en su mayoría, a quienes Cristo se dedicó casi exclusivamente.  


«Convertíos, porque el Reino de los cielos ha llegado»

El Evangelio dice que «desde entonces Jesús comenzó a predicar». Y predicaba precisamente eso: «Convertíos, porque el Reino de los cielos ha llegado». Este es el resumen de su predicación, el núcleo de buena nueva. Si honestamente queremos acoger su palabra y cumplir­la, aquí tenemos un «imperativo» de Jesús, que expresa claramente su voluntad. 

Interesa entonces saber ¿qué quiere decir «convertir­se»? La palabra griega que está en la base signifi­ca literal­mente: cambiar de mente, cambiar nuestros valores. Lo que yo antes consideraba importante, verdadero y firme de manera que eso guiaba mi vida; ahora ya no lo es, han entrado otros valores, mi vida ha cambiado radicalmente. Eso quiere decir convertirse. ¡Pero esto es algo imposible a los hombres!

Todos tenemos experiencia de cuán difícil es hacer cam­biar de idea a alguien, incluso sobre temas secundarios y aunque se presenten argumentos convincentes. Todos tenemos la imagen de los enfrentamientos públicos entre posturas opuestas, en que cada parte esgrime sus mejores argumentos, pero al final todos quedan con su misma idea y nadie ha cambiado ni siquiera un milímetro su postura. ¿Qué decir entonces del cambio radical de la persona, es decir, de sus opciones más fundamentales? ¿Qué cosa es capaz de provocar este cambio que se llama la «conversión»? Sólo en el encuentro con Jesús podremos tener «la palanca» que nos lleva a cambiar de vida. 

San Pablo es el que ha expresado la realidad de la conversión en términos más elocuentes. La suya ha sido una de las conversiones más célebres: de perseguidor de la Iglesia, gracias a su encuentro con Cristo, pasó a ser su más celoso apóstol. Él afirma: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimi­dad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,7-8).  Y este cambio de mentalidad hace decir a Pablo en su carta a la comunidad de Corinto ahora somos uno «unidos en una misma mentalidad y en un mismo juicio».     


«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres...»

La segunda parte del Evangelio de hoy nos relata la vocación de los primeros cuatro discípulos. Cuando en la vida de una persona aparece Jesús en escena, todo cambia. La diferencia es total: como las tinieblas y la luz. Esto es algo que no puede comprenderlo quien no lo ha experi­mentado. Así como no puede comprender la luz quien permanece en las tinieblas. Pero todos estamos llamados a vivir algún día lo mismo que esos simples pescadores: «Caminando Jesús por la orilla del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés... y les dice: 'Venid conmigo...' Y ellos al instante, dejan­do las redes, lo siguieron». 

La iniciativa es siempre de Jesús: él los ve, los elige y los llama. Pero a ellos toca responder a esta llamada. Para motivarlos Jesús les indica una misión, que se presenta como un cambio de oficio: «Os haré pescadores de hombres». Pero esto no les sirvió de mucho, porque en ese momento no podían comprender a qué se refería Jesús. 

Si esta frase de Jesús se conservó debió ser porque, después de muchos años, cuando ellos, constituidos ya en apóstoles y columnas de la Iglesia, comprendieron y recordaron que Jesús se lo había predicho en el momento de su vocación. Y, sin embargo, la respuesta de ellos fue inmediata. Si el relato se conserva en esta forma, insistiendo en la prontitud y decisión de la respuesta, es porque de ese acto generoso de entrega de la vida, dependió todo lo que ellos llegaron a ser después: uno, la piedra sobre la cual Jesús fundó su Iglesia; los otros, las tres grandes columnas Andrés, Juan y Santiago.

Si ellos hubieran rechazado la llamada –como hace el joven rico- habrían quedado para siempre como anónimos e intrascendentes pescadores de un pequeño lago de la Galilea. La respuesta de los primeros apóstoles nos enseña que la generosidad en responder a lo que Dios nos pide en un determinado momento puede traer una cadena de gracias insospechadas.


Una palabra del Santo Padre: 
«Sabemos también que a nuestras comunidades cristianas, llamadas a la santidad, les queda todavía un largo camino por recorrer. Es evidente que todos tenemos que pedir perdón al Señor por nuestras excesivas resistencias y demoras en dar testimonio del Evangelio. Ojalá que el Año Jubilar de la Misericordia, que acabamos de empezar en su País, nos ayude a ello. Ustedes, queridos centroafricanos, deben mirar sobre todo al futuro y, apoyándose en el camino ya recorrido, decidirse con determinación a abrir una nueva etapa en la historia cristiana de su País, a lanzarse hacia nuevos horizontes, a ir mar adentro, a aguas profundas. El Apóstol Andrés, con su hermano Pedro, al llamado de Jesús, no dudaron ni un instante en dejarlo todo y seguirlo: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» (Mt 4,20). También aquí nos asombra el entusiasmo de los Apóstoles que, atraídos de tal manera por Cristo, se sienten capaces de emprender cualquier cosa y de atreverse, con Él, a todo.
Cada uno en su corazón puede preguntarse sobre su relación personal con Jesús, y examinar lo que ya ha aceptado –o tal vez rechazado– para poder responder a su llamado a seguirlo más de cerca. El grito de los mensajeros resuena hoy más que nunca en nuestros oídos, sobre todo en tiempos difíciles; aquel grito que resuena por «toda la tierra […] y hasta los confines del orbe» (cf. Rm 10,18; Sal 18,5). Y resuena también hoy aquí, en esta tierra de Centroáfrica; resuena en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras parroquias, allá donde quiera que vivamos, y nos invita a perseverar con entusiasmo en la misión, una misión que necesita de nuevos mensajeros, más numerosos todavía, más generosos, más alegres, más santos. Todos y cada uno de nosotros estamos llamados a ser este mensajero que nuestro hermano, de cualquier etnia, religión y cultura, espera a menudo sin saberlo. En efecto, ¿cómo podrá este hermano –se pregunta san Pablo– creer en Cristo si no oye ni se le anuncia la Palabra?». 

Papa Francisco. Homilía la misa en el estadio del Complejo deportivo Barthélémy Boganda, Bangui (República Centroafricana). Lunes 30 de noviembre de 2015. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. ¡Conversión! Tener que cambiar todo aquello que me aleja del cumplimiento del Plan de Dios, todo aquello que me impide ser realmente feliz. Cristo el único capaz de motivar este cambio. ¿Qué medios concretos voy a poner para encontrarme con Jesús?   

2.  No hay que temer el proponer abiertamente la vocación consagrada a los jóvenes, porque sabemos que es Cristo mismo quien sigue llamando a hombres y mujeres a consagrar totalmente su vida a Dios. ¿Cómo ayudo para que aquellas personas llamadas por Dios, puedan responder a su vocación? ¿Rezo por las vocaciones a la vida consagrada?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 849-865.

martes, 10 de enero de 2017

Domingo de la Semana 2ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

«He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»


Lectura del libro del profeta Isaías 49,3.5-6

«Me dijo: "Tú eres mi siervo (Israel), en quien me gloriaré". Ahora, pues, dice Yahveh, el que me plasmó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Mas yo era glorificado a los ojos de Yahveh, mi Dios era mi fuerza. "Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y de hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra" ».


Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,1-3

«Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo».


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1,29-34

«Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel". Y Juan dio testimonio diciendo: "He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios"».


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

Las lecturas bíblicas nos hablan de distintas maneras sobre la misión de Jesús que vino al mundo para que «todo el que crea, tenga vida eterna» (Jn 3,15). En la Primera Lectura, el profeta Isaías nos dice que el «siervo de Yahveh» es consciente de haber sido elegido para hacer que el pueblo de Israel vuelva a Dios. El siervo experimenta la dureza y dificultad de su misión colocando su confianza en Yahveh. El salmo responsorial 39 parece resaltar el contraste entre el sacrificio ritual de la ley de Moisés y la disposición de escucha obediente que finalmente es lo que agrada al Señor. 

Juan el Bautista habla de Jesús como el Cordero de Dios que, ofrecido en sacrificio, redime al hombre de su pecado. Él reconoce a Jesús cuando el Espíritu Santo desciende sobre Él. San Pablo, en el saludo inicial a los cristianos de Corinto[1],  se dirige a los cristianos de esa comunidad y les recuerda el doble aspecto de la redención: hemos sido santificados en Jesucristo y estamos llamados a ser santos en su nombre. 


La primera semana pública de Jesús

Con la celebración del Bautismo del Señor concluyó el tiempo litúrgico de la Navidad y comenzó el tiempo ordina­rio. La liturgia de la Palabra, dentro de la celebra­ción domi­ni­cal, está organi­za­da en tres ciclos de lectu­ras, A, B y C; caracte­rizados respec­tivamente por la lectura de los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Este año estamos en el ciclo A y en los domingos del tiempo ordina­rio leemos el Evangelio de Mateo. Sin embargo, en el segundo Domingo del tiempo ordinario, en los tres ciclos litúrgicos, se lee el Evangelio de San Juan. En cada ciclo se toma un episodio de la «semana inaugural» (Jn 1, 19 - 2,12). Justamente cuando se va a empezar a desarrollar, Domingo a Domingo; la vida, obras y palabras de Jesús, es significa­tivo comenzar con esa primera semana de su minis­terio público, en la cual Jesús comienza a manifestarse.

Si buscamos en nuestro libro de los Evange­lios el episodio de hoy, veremos que comienza con estas palabras: «Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él...» (Jn 1, 29); y que el episodio siguiente comienza con esas mismas palabras: «Al día siguiente, Juan se encontra­ba de nuevo allí con dos de sus discípulos...» (Jn 1,35). Así se introducen el segundo, tercero y cuarto día de esa semana inaugural de la vida pública de Jesús. Este Domingo leeremos lo que ocurrió el segundo día de esa semana que finalizará con el primer milagro realizado por Jesús en las Bodas de Caná, «tres días después...», es decir en el cuarto día de la semana inaugural. 


«He ahí El Cordero de Dios»

Dos cosas dice Juan sobre Jesús en el Evangelio de hoy y en ambas se revela como el gran profeta que es, pues expresa la identidad profunda de Jesús y el camino por el cual debía realizar su misión reconciliadora. Las primeras palabras que dice cuando ve venir a Jesús son: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Nosotros estamos habituados a escuchar estas palabras referidas a Jesús, pero pensándolo bien son enigmáticas y para los oyentes de Juan debieron ser incomprensibles. ¿Por qué lo llama «cordero»[2]? ¿Qué está viendo Juan en Él para llamarlo así? 

Este modo de hablar sobre Jesús no vuelve a aparecer en todo el Evangelio y queda oscuro para los lectores hasta el momento de la crucifixión y muerte de Jesús, donde adquiere toda su luz. Según el Evangelio de San Juan, Jesús murió en la cruz la víspera de la Pascua, a la misma hora en que eran sacrificados en el templo los corderos pascuales. En el ritual del sacrificio del cordero pascual estaba escrito: «No se le quebrará ningún hueso» (Ex 12,46). Es lo que relata el evange­lista cuando escribe que, después de quebrar las piernas de los dos crucificados con Jesús, al llegar a él, como le vieron ya muerto, «no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado». 

Esta debió ser una alusión clarísima para un judío. Entonces se comprende que la  muerte  de Jesús fue un  «sacrificio»  como el del cordero pascual y que este sacrificio obtuvo la expiación[3] de nuestros pecados. Todo esto lo captó Juan, cuando la primera vez que vio a Jesús dijo: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Está implícito: «Ofreciéndose a sí mismo en sacrificio». Si en el Evangelio de Juan no reaparece la designación de Jesús como «cordero», en el Apocalipsis, en cambio, este es un modo frecuente de designar a Jesús (unas treinta veces). Ante el trono del Cordero resuena este canto: «Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos porque fuiste degollado y compras­te para Dios con tu sangre hombres de toda raza, pueblo y nación y has hecho de ellos un Reino de sacerdotes para nues­tro Dios" (Ap 5, 9-10).


«Tú no quieres sacrificios, ni ofrendas…» 

Existe un aparente contraste entre el sacrificio y la obediencia en el salmo responsorial 39: «Tú no quieres sacrificios… entonces dije; aquí estoy Señor». El salmista parece decir que las ofrendas mosaicas ordenadas por Dios ya no son de su agrado. Por otro lado, constantemente vemos en la predicación de Jesús como él insiste en las actitudes internas del corazón más que en los “rituales externos”. Pero si hay una verdadera conversión interior y un amor sincero a Dios y al prójimo; entonces las formas externas corresponderán adecuadamente a las actitudes internas. Algo fundamental que leemos en el salmo es la actitud de escucha atenta a la voz de Dios: «pero me diste un oído atento». Esta apertura de escucha obediente requiere un espíritu humilde. Solamente de esta manera el salmista es capaz de escuchar y entender lo que Dios quiere de él y lo mantiene en una obediencia activa y real. Es la actitud que vemos en el «Cordero de Dios».  


«Éste es el Hijo de Dios»

La segunda afirmación profética de Juan el Bautista es ésta: «Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios[4]». Es algo enteramen­te nuevo. En el Antiguo Testamento no suele llamarse a Dios «Padre». Y las escasas veces en que Dios llama «hijo» a al­guien se refiere al pueblo de Israel en general y sirve para indicar el amor y la solicitud de Dios por su pueblo. Pero hay algunos textos que suenan así: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7), o bien: «Antes de la aurora como al rocío yo te he engendrado» (Sal 110,3). Era claro que estos textos se referían a una persona particular y se aplicaban al Mesías que había de venir. 

Por eso cuando apareció Jesús, Él no llama a Dios sino como «su Padre» y afirma: «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10,30). Al final de su vida, Jesús se dirige a Dios así: «Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti» (Jn 17,1). Esta actitud era tan notoria que el Evangelio lo indica como el motivo de su muer­te: «Por esto los judíos trataban de matarlo... porque llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 5,18).


«He visto al Espíritu que bajaba... y se quedaba sobre él».

Juan predicaba la conversión y bauti­zaba en el desierto al otro lado del Jordán. Él bautizaba en la certeza de que por medio de ese rito sería manifes­tado el Elegido de Dios. Después de bautizar a Jesús, Juan recibe la visión que le permite reconocer al Elegido de Dios: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él». Y sobre la base de esa visión puede concluir: «Yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios... éste es el que bautiza con Espíritu Santo». El signo más evidente del Mesías es la posesión del Espíritu de Dios. Así estaba anunciado con insistencia en los profe­tas. Del descendiente de David que se esperaba como Salva­dor estaba escrito: «Reposará sobre él el Espíritu del Señor» (Is 11,2), y acerca de Él dice el Señor: «He aquí mi Elegido en quien se complace mi alma: he puesto mi Espíri­tu sobre Él» (Is 42,1). Juan vio el Espíritu en la forma visible de una paloma descender sobre Jesús y perma­necer sobre él, y reco­noció el cumplimiento de ese signo.


«A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos»

San Pablo nos enseña el dinamismo de la reconciliación traída por Jesucristo. Él personalmente, siguió por mucho tiempo un falso mesianismo, hasta su encuentro definitivo con Jesús resucitado, camino a Damasco. Entonces entiende que Él es el Mesías auténtico; y cómo, en consecuencia, el apostolado auténtico es el anuncio del mensaje reconciliador de Jesucristo vencedor de la muerte. Era uso de la época iniciar las cartas presentándose con los títulos y méritos. San Pablo, que en otro tiempo tanto se ufanó de títulos y méritos humanos (ver Ga 1, 14; Flp 3, 4), ahora sólo se gloría de este título totalmente espiritual y gratuito: «Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Jesucristo». Pablo, el que repudiaba a los seguidores de Jesús, ahora por vocación ha de ser el Apóstol del Crucificado (Ga 6, 14). 

Luego recordará a los nuevos cristianos de Corinto lo que son y lo que están llamados a ser: «santificados en Cristo Jesús» y llamados a ser «santos». La santidad en el Antiguo Testamento era ritual o externa ya que significaba la «separación» o elección que Dios había hecho de Israel constituyéndolo en Pueblo Santo (ver Ex 19, 6; Dt 7, 6; Dn 7, 18, 22). En virtud de nuestro Bautismo en el Espíritu Santo, la «santidad» y «consagración» alcanzan su valor pleno: «El Hijo de Dios Encarnado, a sus hermanos convocados de entre todas las gentes, los constituyó místicamente su Cuerpo, comunicándole su Espíritu. Por el Bautismo nos configuramos con Cristo»[5]. Por nuestro bautismo somos ungidos, consagrados y llamados a vivir de la vida de Cristo, es decir «ser santos como Él es santo».  


Una palabra del Santo Padre: 

Juan trabajó sobre todo para «preparar, sin coger nada para sí». Él, recordó el Pontífice, «era un hombre importante: la gente lo buscaba, lo seguía», porque sus palabras «eran fuertes» como «espadas afiladas», según la expresión de Isaías (49, 2). El Bautista «llega al corazón de la gente». Y si quizá tuvo la tentación de creer que era importante, no cayó en ella», como demuestra la respuesta dada a los doctores que le preguntaban si era el Mesías: «Soy voz, sólo voz —dijo— de uno que grita en el desierto. Yo soy solamente voz, pero he venido para preparar el camino al Señor». Su primera tarea, por lo tanto, es «preparar el corazón del pueblo para el encuentro con el Señor».

Pero ¿quién es el Señor? En la respuesta a esta pregunta se encuentra «la segunda vocación de Juan: discernir, entre tanta gente buena, quién era el Señor». Y «el Espíritu —observó el Papa— le reveló esto». De modo que «él tuvo el valor de decir: “Es éste. Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”». Mientras «en la preparación Juan decía: “Tras de mí viene uno...”, en el discernimiento, que sabe discernir y señalar al Señor, dice: “Delante de mí... ese es”».

Aquí se inserta «la tercera vocación de Juan: disminuir». Porque precisamente «desde ese momento —recordó el obispo de Roma— su vida comenzó a decrecer, a disminuir para que creciera el Señor, hasta anularse a sí mismo». Esta fue —hizo notar el Papa Francisco— «la etapa más difícil de Juan, porque el Señor tenía un estilo que él no había imaginado, a tal punto que en la cárcel», donde había sido recluido por Herodes Antipa, «sufrió no sólo la oscuridad de la celda, sino la oscuridad de su corazón». Las dudas le asaltaron: «Pero ¿será éste? ¿No me habré equivocado?». A tal grado, recordó el Pontífice, que pide a los discípulos que vayan a Jesús para preguntarle: «Pero, ¿eres tú verdaderamente, o tenemos que esperar a otro?».

«La humillación de Juan —subrayó el obispo de Roma— es doble: la humillación de su muerte, como precio de un capricho», y también la humillación de no poder vislumbrar «la historia de salvación: la humillación de la oscuridad del alma». Este hombre que «había anunciado al Señor detrás de él», que «lo había visto delante de él», que «supo esperarle, que supo discernir», ahora «ve a Jesús lejano. Esa promesa se alejó. Y acaba solo, en la oscuridad, en la humillación». No porque amase el sufrimiento, sino «porque se anonadó tanto para que el Señor creciera». Acabó «humillado, pero con el corazón en paz». 

Papa Francisco. Homilía del 24 de junio de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  
1. El apóstol Pablo, al comienzo de la carta a los Corintios, nos recuerda que, santificados en Cristo Jesús, «estamos llamados a ser santos» (1 Co 1, 2). Estamos llamados a vivir en plena fidelidad y coherencia con el Evangelio. ¿Cómo vivo mi llamado a la santidad en la vida cotidiana? 
2.  Para reconocer a Jesús como el Cordero de Dios, debo de haberme encontrado con Él. ¿Qué medios concretos utilizo para encontrarme con el Señor de la Vida? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 144- 152. 571-573, 599 -623. 



[1] La ciudad de Corinto era famosa por su comercio, su cultura, por las numerosas religiones que en ella se practicaban y por su bajo nivel moral. La Iglesia  en Corinto había comenzado gracias al incansable trabajo de Pablo a lo largo de 18 arduos meses. Ahora San Pablo había recibido malas noticias sobre esa Iglesia. Como vinieran de Corinto algunos miembros de la Iglesia  para pedir consejo escribe esta importante carta ocupándose en ella de los principales problemas de la comunidad. 
[2] En los tiempos del Antiguo Testamento el cordero era el animal siempre sin mancha que los israelitas solían usar para el sacrificio, debido a su inocencia y su carácter humilde y sumiso. Se le sacrificaba todos los días en las ofrendas de la mañana y de la tarde, y en ocasiones especiales como la Pascua.  
[3] Expiar: (Del lat. expiāre). Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio. Dicho de un delincuente: Sufrir la pena impuesta por los tribunales. Padecer trabajos a causa de desaciertos o malos procederes. Purificar algo profanado, como un templo.
[4] Los prime­ros y más antiguos manus­critos que contienen el cuarto Evangelio dicen en el versículo 34: «Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios». Pero hay algunos manuscritos que dicen: «Doy testi­monio de que éste es el Elegido de Dios». En la traducción de la Biblia de Jerusalén leemos esta segunda traducción. 
[5] Lumen Gentium, 7.