lunes, 26 de noviembre de 2018

Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C – 2 de diciembre de 2018

«Estad en vela, pues, orando en todo tiempo»

Lectura del profeta Jeremías 33, 14-16 

«Mirad que días vienen - oráculo de Yahveh - en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: "Yahveh, justicia nuestra".»


Lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3,12- 4,2
«En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros, para que se consoliden vuestros corazones con santidad irreprochable ante Dios, nuestro Padre, en la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos. Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más. Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús.»


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21, 25-28.34-36 

«"Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación". "Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre".»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Con el primer Domingo de Adviento iniciamos un nuevo año litúrgico (ciclo C). El Adviento es el tiempo que nos hace vivir la venida de Cristo y nos recuerda que estamos en la «plenitud de los tiempos»[1]. El primer Domingo de Adviento en los tres ciclos litúrgicos pone ante nuestros ojos la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos, y así se relaciona con los últimos Domingos del año, en que meditábamos sobre el fin de la historia y su recapitulación en Jesucristo. «Vienen días», leemos en la Primera Lectura, «en que haré brotar para David un Germen justo». Jesús, en el discurso escatológico de San Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la primera carta a los Tesalonicenses, San Pablo les exhorta a estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.


«Motus in finem velocior»

El tiempo parece adquirir mayor celeridad a medida que pasan los años. Es opinión común que el correr del tiempo lo percibe más claramente un adulto o un anciano que un niño. En ciertos momentos en que las circunstancias obligan a recapacitar sobre el tiempo, por ejemplo, cuando recurre el aniversario de un hecho, es frecuente escuchar a las perso­nas mayores decir: «Parece que fue ayer cuando ocurrió ese hecho». Es porque cuando falta poco para llegar al fin de una cosa el movimiento parece precipitar­se hacia él. Esto lo expre­saba magis­tralmente Santo Tomás de Aquino en una de sus frases lapidarias: «Motus in finem velo­cior» (el movi­miento en la proximidad del fin se hace más veloz). En estos últimos años, en el espacio de nuestra vida, los cambios en el mundo se han vuelto verti­ginosos. Ya casi no se puede imaginar una velocidad mayor. Es oportuno pensar en la aceleración que precede al fin. 

Justamente el Evangelio nos indica las «señales» que anticiparán ese fin: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas... morirán los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas». Podemos decir: no sólo sacudidas, sino que pasarán. Enton­ces ocurrirá el hecho asombroso: «Verán venir al Hijo del hombre[2] en una nube con gran fuerza y gloria». Vendrá una fuerza mayor que las fuerzas de los cielos. Es la Parusía[3], la venida final de Cristo. Este hecho será horroroso para unos, y será gozoso para otros. Entre éstos últimos se cuentan los apóstoles y los que creen en Jesús y lo aman. A éstos les dice: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación (redención)». El hombre, aun el más fiel a Dios, vive herido por el pecado y sometido a diversas influencias y poderes terrenos. Entonces será liberado y podrá vivir plenamente en la libertad de los hijos de Dios. Todo esto ocurrirá cuando vuelva Cristo, cuya venida anhelamos con intenso amor. El tiempo de Adviento tiene la finalidad de mantener viva esta esperan­za.

El Señor indica en seguida cuál debe ser el espíri­tu en que hay que vivir el Adviento. Todo debe estar marcado por la expectativa de Cristo. Por eso advierte: «Que no se hagan pesados vuestros corazones». Y enumera tres cosas que distraen de la espera del Señor: «el liber­tinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida». Quien vive en el libertinaje, en la disolución de las costumbres y en la promiscuidad sexual, quien vive enajenado por el alcohol, la droga, la pornografía o cualquier otra adicción, quien vive preocupado por adquirir siempre más bienes de esta tierra encandilado por el espe­jismo del consumismo y de los negocios de este mundo, está distraído y no espera la venida del Señor. Sobre éstos «vendrá el Día de improviso, como un lazo, porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». Jesús habla de un momento de la historia, un momento preciso que vendrá y que Él llama simplemente «el Día». Ese Día tiene una sola característica cronológica cierta: ¡está cada vez más cerca! 

Por eso Jesús propone otra serie de adverten­cias, esta vez en modo positivo: «estad en vela, orando en todo momento». Esta es la actitud propia del Adviento. El tiempo del Adviento debe ser un tiempo de penitencia y de sobriedad en el uso de los bienes de este mundo para que no nos distraigan con su engañador brillo y se vuelva pesado nuestro corazón. Debe ser un tiempo de oración en que digamos constantemente a Cristo: «¡Ven, Señor Jesús!».  Jesús no se contenta con recomendarnos la oración en algunos momentos del día, sino «en todo momen­to». El Adviento debe despertar en nosotros esta expec­tativa con respecto a Cristo y a su venida. Si lo espera­mos de esta manera -nos dice Jesús- «podréis estar en pie delante del Hijo del hombre».


«El amor de unos con otros»  

Termina San Pablo su primera carta a los hermanos de Tesalónica con una reiterada acción de gracias, un deseo y una súplica. Acción de gracias porque está completamente seguro de que las buenas noticias que le han hecho vivir de nuevo no serían tales sin la intervención de Dios. Un deseo ardiente de volver a verlos porque, a pesar de que la comunidad se mantiene en la fe y progresa en el amor, resta aún mucha tarea por hacer. Y una súplica en la que San Pablo, ya desde su primera carta, quiere dejar bien claro cuál es lo más importante en la vida cristiana: no otra cosa sino «progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros».

Para Pablo le queda absolutamente claro que ese amor bebe directamente del amor de Jesús por nosotros. Un amor desinteresado, comprometido y práctico que no suponga en ningún caso una huida de los problemas concretos del mundo presente, sino que los asuma plenamente. Es, en última instancia, el amor vivido en obras (ver Mt 25,31-46) y que en el día del encuentro final se constituirá en juez único e inapelable del hombre y de la historia. Solamente la sobreabundancia del amor fraterno podrá hacer fuerte «el corazón» de aquellos que serán encontrados santos e irreprochables (intachables, impecables, probos, limpios) ante Dios.  


Memoria y profecía

Estas dos palabras, sintetizan toda la concepción cristiana del tiempo y de la historia. Cuando habla de tiempo, el cristiano piensa en el tiempo presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente del tiempo de Jeremías (año 587 a. de C.) en que Jerusalén yacía bajo el asedio de Nabucodonosor; es el presente de la comunidad cristiana de Tesalónica o de los destinatarios del Evangelio según San Lucas. Desde ese presente se lanza la mirada hacia atrás y se hace memoria: la promesa de Dios a David acerca de un reino hereditario, que ahora corre peligro; la venida histórica de Jesucristo que con su Pasión, Muerte y Resurrección ha inaugurado los últimos tiempos, del que los cristianos participan ya en cierta manera. 

Pero los cristianos no somos hombres del pasado. Desde la vida presente echamos también una mirada hacia el futuro, ese futuro encerrado en el libro sellado con siete sellos y que sólo el Cordero de pie (Resucitado) y degollado (Pasión y Muerte) puede abrir y leer (ver Ap. 5). ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un Retoño, un Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que practicará el derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). Desde una lectura cristiana, ese Germen es Jesucristo, el Hijo del hombre, que ha venido al mundo para traer la justicia de Dios, es decir, la salvación por medio del amor. 


Una palabra del Santo Padre: 

«Entre nosotros, por lo general, existe un modo erróneo de mirar la muerte. La muerte nos atañe a todos, y nos interroga de modo profundo, especialmente cuando nos toca de cerca, o cuando golpea a los pequeños, a los indefensos, de una manera que nos resulta «escandalosa». A mí siempre me ha impresionado la pregunta: ¿por qué sufren los niños?, ¿por qué mueren los niños? Si se la entiende como el final de todo, la muerte asusta, aterroriza, se transforma en amenaza que quebranta cada sueño, cada perspectiva, que rompe toda relación e interrumpe todo camino. Esto sucede cuando consideramos nuestra vida como un tiempo cerrado entre dos polos: el nacimiento y la muerte; cuando no creemos en un horizonte que va más allá de la vida presente; cuando se vive como si Dios no existiese. Esta concepción de la muerte es típica del pensamiento ateo, que interpreta la existencia como un encontrarse casualmente en el mundo y un caminar hacia la nada. Pero existe también un ateísmo práctico, que es un vivir sólo para los propios intereses y vivir sólo para las cosas terrenas. Si nos dejamos llevar por esta visión errónea de la muerte, no tenemos otra opción que la de ocultar la muerte, negarla o banalizarla, para que no nos cause miedo.

Pero a esta falsa solución se rebela el «corazón» del hombre, el deseo que todos nosotros tenemos de infinito, la nostalgia que todos nosotros tenemos de lo eterno. Entonces, ¿cuál es el sentido cristiano de la muerte? Si miramos los momentos más dolorosos de nuestra vida, cuando hemos perdido una persona querida —los padres, un hermano, una hermana, un cónyuge, un hijo, un amigo—, nos damos cuenta que, incluso en el drama de la pérdida, incluso desgarrados por la separación, sube desde el corazón la convicción de que no puede acabarse todo, que el bien dado y recibido no fue inútil. Hay un instinto poderoso dentro de nosotros, que nos dice que nuestra vida no termina con la muerte.

Esta sed de vida encontró su respuesta real y confiable en la resurrección de Jesucristo. La resurrección de Jesús no da sólo la certeza de la vida más allá de la muerte, sino que ilumina también el misterio mismo de la muerte de cada uno de nosotros. Si vivimos unidos a Jesús, fieles a Él, seremos capaces de afrontar con esperanza y serenidad incluso el paso de la muerte. La Iglesia, en efecto, reza: «Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la promesa de la inmortalidad futura». Es ésta una hermosa oración de la Iglesia. Una persona tiende a morir como ha vivido. Si mi vida fue un camino con el Señor, un camino de confianza en su inmensa misericordia, estaré preparado para aceptar el momento último de mi vida terrena como el definitivo abandono confiado en sus manos acogedoras, a la espera de contemplar cara a cara su rostro. Esto es lo más hermoso que nos puede suceder: contemplar cara a cara el rostro maravilloso del Señor, verlo como Él es, lleno de luz, lleno de amor, lleno de ternura. Nosotros vayamos hasta este punto: contemplar al Señor.

En este horizonte se comprende la invitación de Jesús a estar siempre preparados, vigilantes, sabiendo que la vida en este mundo se nos ha dado también para preparar la otra vida, la vida con el Padre celestial. Y por ello existe una vía segura: prepararse bien a la muerte, estando cerca de Jesús. Ésta es la seguridad: yo me preparo a la muerte estando cerca de Jesús. ¿Cómo se está cerca de Jesús? Con la oración, los sacramentos y también c0n la práctica de la caridad. Recordemos que Él está presente en los más débiles y necesitados. Él mismo se identificó con ellos, en la famosa parábola del juicio final, cuando dice: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme... Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 35-36.40). Por lo tanto, una vía segura es recuperar el sentido de la caridad cristiana y de la participación fraterna, hacernos cargo de las llagas corporales y espirituales de nuestro prójimo. La solidaridad al compartir el dolor e infundir esperanza es prólogo y condición para recibir en herencia el Reino preparado para nosotros. Quien practica la misericordia no teme la muerte. Pensad bien en esto: ¡quien practica la misericordia no teme la muerte! ¿Estáis de acuerdo? ¿Lo decimos juntos para no olvidarlo? Quien practica la misericordia no teme a la muerte. ¿Por qué no teme a la muerte? Porque la mira a la cara en las heridas de los hermanos, y la supera con el amor de Jesucristo».

Papa Francisco. Audiencia general. Miércoles 27 de noviembre de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Leamos y meditemos: «Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y, por lo tanto, enemigo de Dios», San Gregorio Magno. 

2. ¿Cómo voy a vivir mi Adviento? El Señor me invita a rezar ¿Cómo puedo mejorar la vida de oración en mi familia? Pongamos medios concretos y sencillos: rezar antes de ingerir los alimentos, rezar el rosario, rezar en las mañanas, etc. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817 - 1821. 2730. 2733. 2848 - 2849.



[1] Plenitud de los tiempos: expresión con la que se indica la llegada del tiempo esperado por Israel y la consumación de todas las cosas. La venida del Mesías cumple y colma todas las profecías. Al final de los tiempos, toda la esperanza quedará cumplida y colmada en Cristo. Quien más emplea la expresión es San Pablo (ver Ga 4,4; Ef 1,10; 1Cor 10,11). También la leemos en Hb 9,26 y en expresiones que remiten a la misma idea (ver Mc 1,15; Hch 1,7; 1P 1,20).  
[2] El título mesiánico de «Hijo del hombre», empleado 69 veces en los Evangelios Sinópticos, es el que usualmente se utiliza al hablar de la segunda venida de Jesucristo. Está tomado del libro del profeta Daniel (ver Dn 7,13), precursor del lenguaje apocalíptico. Lucas emplea dos veces la expresión en el Evangelio de este Domingo, para subrayar  tanto la condición humana como divina de Jesucristo.  
[3] Parusía: en griego «presencia, venida». Se emplea en sentido escatológico (las cosas últimas) para expresar el retorno de Cristo al final de los tiempos. 

lunes, 19 de noviembre de 2018

Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo B – 25 de noviembre de 2018

«Sí, como dices, soy Rey»

Lectura del libro de Daniel 7, 13-14

«Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás».


Lectura del libro del Apocalipsis 1, 5-8

«Y de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, «Aquel que es, que era y que va a venir», el Todopoderoso».


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 18, 33b- 37

«Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»

Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Con la solemnidad de Jesucristo Rey del universo concluye nuestro año litúrgico. Así esta celebración, que exalta a Cristo como Señor del tiempo y del espacio es una recapitu­la­ción de todo el misterio cristiano que durante el año hemos contemplado y celebrado, en sus distintos aspec­tos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, tiempo ordinario y solemnidades especia­les.

En este día, como punto culminante del año, contem­plamos a Jesucristo en su condi­ción de Rey de reyes, y Señor de señores. Esta realeza ya la vemos prefigurada en el texto del profeta Daniel: «Le dieron poder, honor y reino... su reino no será destruido» (Primera Lectura). En el Evangelio la realeza de Jesús viene afirmada en términos categóricos: «Pilatos le dijo: ¿Luego tú eres rey? Respondió Jesús: Sí, como dices, soy Rey». La Segunda Lectura, tomada del libro del Apocalipsis, confirma y canta la realeza de Jesús por toda la eternidad: «A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén».


«Un hijo de hombre»

La lectura del profeta Daniel se da en el contexto de «sueños y visiones» (Dn 7, 1) sobre el juicio de Dios sobre los hombres. Dios es representado como un solemne Anciano de vestidura blanca. Es difícil precisar el origen de esta imagen de Dios como un «viejo juez»; posiblemente encuentre antecedentes en algunas expresiones usadas para referirse al contraste que existe entre la caducidad de la vida del hombre y la perennidad de Dios (ver Sal 102,25-26; Is 41,2-4; Job 36,26). Daniel describe la apertura de la sesión indicando que «los libros se abrieron». Imagen del Antiguo Testamento que suele referirse a todos aquellos que tendrán acceso a la vida eterna (ver Dn 12,1; Éx 32,32-33; Sal 69,29; 139,16; 1 Sm 25,29). Entonces cuando todos esperan la proclamación solemne de la sentencia del Anciano, inesperadamente Daniel pasa a relatar el terrible destino de las bestias que se someten al designio divino.

La segunda parte de la visión es muy importante ya que hace referencia a «alguien semejante a un Hijo de hombre (que) viene entre las nubes del cielo». El origen y la actividad de este misterioso personaje es trascendente (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1; Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el Anciano, recibe un reino eterno cuyo dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara así como las acciones del Anciano en relación a ambos: uno es arrojado al fuego, el otro es eternamente bendecido. Esta sección del sueño de Daniel encuentra su paralelo en la piedra del sueño de Nabucodonosor que, después de haber destruido la estatua, se convierte en una montaña que llena toda la tierra (Dn 2,35.44-45a) ya que «Dios hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo» (Dn 2, 44). 


«Yo soy el Alfa y la Omega» 

El libro del Apocalipsis de San Juan se inicia con un diálogo litúrgico entre el lector y la comunidad cristiana. Bajo la mención de las siete iglesias de Asia es preciso considerar la universalidad de la Iglesia, aquí vista idealmente en el simbólico número de siete, que indica plenitud. A toda la Iglesia cristiana, pues, se dirige este saludo. En el saludo inicial podemos distinguir el misterio de Dios, como Trinidad Santa. Dios Padre es considerado como «El que es, El que era y El que está a punto de llegar»; es decir es el Dueño y Señor de la historia. Los siete espíritus no denotan siete ángeles sino la presencia viva del Espíritu Santo: un solo Espíritu en su realidad personal y esencial.

Jesucristo es recordado con tres atributos principales, que provienen del Salmo 89, interpretado en clave mesiánica. Los tres títulos mencionados corresponden respectivamente a una confesión de fe y hacen directa referencia al misterio de la Pasión-Muerte-Resurrección-Ascensión del Señor Jesús. Es testigo fidedigno, porque con una vida culminada en la muerte, y con perseverancia mantenida hasta la cruz, ha expresado perfectamente cuanto Dios quiso revelarnos. Ha surgido victorioso de entre los muertos, como primicia de los resucitados inaugurando con su Resurrección una nueva forma de ser y un reino nuevo.

La comunidad cristiana responde agradecida por el sacrificio reconciliador de Jesús ya que se sabe y se siente amada por Él. Gracias a Él se constituye así en «un Reino de Sacerdotes»; es decir participa de las prerrogativas propias del Único Sumo Sacerdote: Jesucristo. Entonces será también capaz de ofrecerse como «víctima agradable» al Padre y así poder participar del «reino que no tiene fin». 


«¿Eres tú el Rey de los judíos?»

El Evangelio de hoy contiene una clara afirmación de la realeza de Jesús: «Yo soy rey». Todo va conduciendo hacia esta afirmación que, podemos decir, constituye la conclusión del diálogo con Poncio Pilato. Es interesante analizar detenidamente el movimiento de dicho diálogo y las cir­cunstancias en que se produce. Jesús había sido considerado reo de muerte por los judíos y había sido llevado a Pilato para que él, en su calidad de gober­nador romano de la Judea, dictara la sentencia de muerte. Los romanos habían privado al tribu­nal máximo judío - el Sanedrín - del poder de dar la muerte a un condenado y esta sentencia se reservaba al gobernador romano, tal como reconocen los mismos judíos: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie» (Jn 18,31). Cuando Pilato sale fuera y pregunta la causa de la acusa­ción, los judíos responden: «Si éste no fuera un malhe­chor, no te lo ha­bríamos entre­gado» (Jn 18,30).

Jesús es entregado como un malhe­chor, pero Pilato en ningún momento sabe cuál es el motivo por el cual quieren crucificarlo. Aquí es donde comienza el diálo­go que nos trans­mite el Evangelio de hoy. Pilato pregunta a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». La pregunta es extraña, dada la situación ya que Jesús no tenía poder humano y no representaba ningún peligro para el enorme poder romano. Ahora, tampoco los judíos lo habían conde­nado por esto. Más adelante ellos mismos van a decir: «Debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7) y no: «porque se tiene por Rey de los judíos». El decir «Rey de los judíos» hacía directa referencia a un cargo político ya que era el título que Roma había dado al sanguinario de Herodes que era morbosamente celoso de su poder. Ya sabemos lo que hizo cuando, nacido Jesús en Belén de Judea, llegaron unos magos de oriente y preguntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2). Un judío habría formulado la pregunta de Pilato de la siguiente manera: «¿Eres tú el Cristo, el Mesías, el Hijo del Bendito?» (Mc 14,61. Ver Mt 26, 63).

Jesús habría podido responder inmediatamente a Pila­to para tranquilizarlo: «Mi reino no es de este mundo». Pero sin embargo quiere informarse, quién está al origen de esta pregunta: «¿Dices esto por tu cuenta o es que otros te lo han dicho de mí?» La expresión «Rey de los judíos», usada por Pila­to, induce a pensar que él lo dijera por su cuen­ta, pues un judío no se hubiese expresado así. Pero declararse «Rey de los judíos» era un atentado contra el poder romano; ante un poder tota­litario como el de Roma, habría sido causa suficiente de muerte. Pilato no era tan ingenuo como para pensar que Jesús pudiera representar un peligro en este sentido. Por eso responde: «¿Es que soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdo­tes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Es como decir: «No soy yo el que lo dice; los tuyos lo han dicho de ti». Ya sabemos por qué los sumos sacerdotes piden su muerte: es por un motivo religioso; no tiene nada que ver con el poder de este mundo. También Pilato sabe que han entregado a Jesús no por declararse «Rey». Por eso pre­gunta: «¿Qué has he­cho?».


«Mi Reino no es de este mundo»

Ahora Jesús responde a la pregunta original acerca de su realeza. Esta respuesta está dirigida a Pilato y tam­bién a su pueblo y a los sumos sacerdotes, que con mentira han referido eso acerca de Él: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entre­gado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí». Pilato, que pensaba haber dicho algo absurdo, cuando preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?», se encuentra con una respuesta afir­mativa de Jesús. Pilato no puede creer lo que está oyendo e incrédulo pregunta: «¿Luego, tú eres Rey?». Y aquí tenemos la culmina­ción de la escena: «Sí, como dices, soy Rey». Pero Jesús aclara en qué sentido: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Jesús formula el criterio de discernimiento entre los que lo reconocen como Rey y los que lo rechazan. Lo recono­cen como Rey los que son de la verdad; lo rechazan los que son de la mentira. Jesús nunca había dicho antes: «Yo soy rey»; pero sí había dicho: «Yo soy la verdad». Los que son de la verdad lo reconocen como Rey.

Tal vez ningún episodio evangélico nos enseña tanto sobre la verdad. La verdad es el camino que conduce al ser humano a su felicidad eterna, hacia esa situación de total plenitud que todos los hombres y mujeres, sin excepción, anhelan. Pero esa verdad se identifica con Jesús, que había definido su identidad así: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Es lo mismo que dice ante Pilato. Pero no eran muchos los que escuchaban su voz: Jesús estaba allí solo y rechazado por su pueblo. No eran muchos «los que son de la verdad».

Este episodio de la condena de Jesús por parte de su pueblo nos revela que la verdad, aunque es el único camino de salvación del ser humano, suele ser rechaza­da por la mayoría. La escena del Evangelio lamentablemente se repite hoy con suma fre­cuencia. Los sumos sacerdotes, que rechazaron a Cristo y no lo reconocieron como Rey, terminaron afirmando lo que ellos mismos aborrecían: «No tenemos más rey que el César» (Jn 19,15); y ellos mismos sabían que eso era mentira, porque abominaban del poder romano. No oyeron la voz de Cristo porque no eran de la verdad y se creyeron «su mentira».


Una palabra del Santo Padre:

«La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.

Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo...

Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época».

Papa Francisco. Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Domingo 20 de noviembre de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. ¿Tengo consciencia que el Reino que Jesús me ofrece no es de este mundo? ¿Que no se rige por los criterios del mundo? ¿Qué debo de ser amigo de la verdad para poder acceder al Reino de Dios?   

2. La lectura del Apocalipsis me recuerda mi vocación: estoy llamado a ser de Jesús. ¿Vivo de acuerdo a mi llamado?   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446-451.526. 543-544. 1852. 1861.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Domingo de la Semana 33ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 18 de noviembre de 2018

«Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria»

Lectura del libro del profeta Daniel 12,1-3

«En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad».


Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14

«Y, ciertamente, todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados».


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 13, 24-32

«Más por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. 

De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Más de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre».  


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El fiel que acompaña semanalmente la liturgia dominical, sabe bien que, en los últimos Domingos, cuando ya el año litúrgico llega a su fin, corresponde meditar los hechos finales de la histo­ria. En efecto, después de iluminar, Domingo a Domingo, el misterio de Cristo en sus diver­sas facetas, en este Domingo, que es el penúltimo del año litúrgico, la litur­gia nos pone ante el misterio de la venida final de Jesucristo y nos invita a considerar la incidencia de este hecho en nuestra vida (Evangelio). En el Antiguo Testamento, vemos como Daniel nos dirá en una visión profética: «Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro» (Primera Lectura). En la carta a los Hebreos, contemplamos a Cristo sentado a la derecha de Dios Padre, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (Segunda Lectura).


El fin de los tiempos 

El libro de Daniel nos remite a la época en que el pueblo judío se encontraba oprimido durante la persecución de Antíoco IV[1] en el año 168 a.C. Era un «tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones» y el deseo de poner fin a la opresión suscitaba en el pueblo una profunda confianza en el amor protector de Dios. En medio de la persecución Daniel proclama proféticamente la salvación que Dios traerá a su pueblo. Miguel, jefe del ejército celestial y protector de Israel, se levantará para ejercer su misión de defender al pueblo judío. En los escritos apocalípticos, la liberación final viene precedida de una gran conmoción histórica y cósmica que acarrea angustias y sufrimientos. 

El hombre «vestido con túnica de lino» y encargado de comunicar la revelación a Daniel (ver Dn 10,5.11-12) proclama que Dios salvará a los que estén «inscritos en el libro» (Dn 12, 1), resucitará incluso a los muertos y tendrá lugar el juicio divino que será definitivo: castigo eterno para unos, vida eterna para otros. Daniel nos presenta la intervención divina como castigo de los que tramaron la ruina de sus fieles y salvación de los que confiaron y esperaron en ella (ver Dn 3,22.48; 6,24-25). La salvación luminosa proclamada para los «doctos o sabios» y para los que «enseñaron a la multitud por el buen camino» es una imagen de la salvación eterna concedida a los fieles. Los sabios no constituyen un grupo especial dentro del mismo pueblo, sino aquella parte de la comunidad judía que permaneció fiel al cumplimiento de la ley de Moisés en medio de las persecuciones. 


La venida del Hijo del hombre 

El Evangelio de hoy comienza con las palabras de Jesús: «Más por esos días…». Con esta expresión quiere decir que comenzará a tratar de acontecimientos que pertenecen a la historia. Es más; los hechos de los cuales tratará son el desenlace de la historia, son los últimos, son los que dan sentido a toda la historia y al tiempo. Y esto es lo principal; su ubicación precisa, «el día y la hora», es menos importante y resulta indeterminado. De todas mane­ras, Jesús ofrece algunas pistas. Ante todo, sucederá «después de aquella tribulación». No es una indicación precisa, pues el mismo Evangelio de San Marcos da una definición de esta expresión en la cual se superponen dos cosas. En un momento parece estar hablando de la destrucción del templo de Jerusalén y la dispersión de los judíos[2]; pero en otro momento la descripción supera ese hecho, por muy tremendo que haya sido: «Aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber» (Mc 13,19). 

Los signos que Jesús indica son sobrecogedores: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas». Jesús se acomoda a las nociones de astronomía de su tiempo, en que se creía que el sol y la luna son luminarias de tamaño menor que la tierra, que las estrellas cuelgan del firmamento sobre la superficie de la tierra y que ésta está sostenida por columnas sobre el abismo inferior. Pero, si éstos no son más que signos, ¿cuál es entonces el hecho último de que se trata? Jesús responde: «Entonces verán al Hijo del hombre venir entre las nubes con gran poder y gloria». 

Este es el hecho principal. Pero el segundo está asociado a éste y afecta a todos los hombres: «Enton­ces envia­rá a los ángeles y reunirán de los cuatro vientos a sus elegi­dos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo». Esta expresión abarca todo el espacio y todo el tiempo: serán reunidos los elegidos que todavía peregrinen en la tierra y también los que ya hayan con­cluido su curso terreno. Este hecho final dejará en evi­dencia una división definitiva de los seres humanos entre elegidos y reprobados, es decir, entre los que serán reunidos con Cristo y los que serán apartados. Por eso éste es el hecho que da peso y sentido a toda la historia y a todo acto del hom­bre.


La parábola de la higuera 

Jesús agrega una parábola para indicar la relación entre el tiempo presente y ese hecho final que nos impli­cará de manera tan radical. Así como sabemos percibir la cercanía del verano por el aspec­to que adoptan las ramas de la higuera. Los signos son tales que siempre se debe sentir que Cristo está cerca, que su venida es inmi­nente. Ésta es una dimen­sión permanente de la vida cristiana. En efecto, Jesús agre­ga: «Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda». Di­fí­cilmente ha dado Jesús más firmeza a una enseñan­za suya: «El cielo y la tierra pasa­rán, pero mis palabras no pasa­rán». Sus palabras son la verdad, ellas son eter­nas, son más estables que el cielo y la tierra. 

En este caso nos invitan a vivir en la certeza de que Él está cerca, que su venida es inminente, que para cada uno ocurrirá en el espacio de su vida. Y esto es así porque la venida final de Cristo da sentido a nuestra vida y a cada uno de nuestros actos, cualquiera que sea el momento de la historia en que nos toque vivir. Por eso no interesa tanto saber el cuándo. El día del juicio final versará sobre los actos que hayamos hecho, cada uno en su propio momento histórico.

El Evangelio de este Domingo concluye con una frase de Jesús que es difícil de interpretar: «De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». Antes que nada debemos observar que éste es el único caso en el Evangelio de Marcos en que Jesús, hablando de sí mismo, se da el nombre de «Hijo» sin más. Y lo hace en relación al Padre. Afirma que hay algo -«un día y una hora»- que sólo el Padre conoce. En esta expresión el Padre no puede ser más que Dios mismo. Éste es un importante texto que revela que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Cada uno es el mismo y único Dios, pero son dos Personas distintas. La dificultad del texto está en la diferencia que introduce entre el Padre y el Hijo. Entre los que ignoran «aquel día y hora» hay una progresión. Cuando Jesús dice: «Nadie sabe nada», se refiere a todos los hombres. Esto es obvio. Ningún hombre ha pretendido saber el día y la hora en que ocurrirán los eventos futuros, tanto menos si éstos son los eventos finales. 

Pero luego Jesús da un paso hacia el mundo trascendente: «ni los ángeles en el cielo». Los ángeles no pueden revelar a los hombres ese momento porque tampoco ellos saben nada «sobre aquel día y hora». La difi­cultad está en que también el Hijo se incluye en el lado de los que no saben, mientras que el único que sabe es el Padre. Pero esta diferencia entre el Padre y el Hijo es imposible: no hay nada que el Padre sepa que el Hijo no sepa. Por eso cuando Jesús dice: «Nadie sabe... ni el Hijo», este «no saber» del Hijo es, en realidad, un «no querer reve­lar». No lo quiere revelar para que los hombres estén siempre vigilantes. La frase siguien­te es precisa­men­te un llamado a la vigilancia: «Estad atentos y vigi­lad, porque ignoráis cuándo será el momento» (Mc 13,33). Esta interpretación está confirmada por el libro de los Hechos de los Apóstoles donde se enfren­ta el mismo tema. Los após­toles preguntan a Jesús resuci­tado: «Se­ñor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hch 1,6). Ellos están hablando de un reino de Israel terreno y piensan que ya es tiempo de restablecer el esplendor que tenía en el tiempo del rey David. Jesús, en cambio, se refie­re a un Reino eterno, aquél sobre el cual el Credo de nuestra fe dice: «De nuevo vendrá con gloria... y su Reino no tendrá fin». En su respuesta Jesús se refiere al momen­to de su venida final: «A voso­tros no os corres­pon­de conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autori­dad...» (Hch 1,7). En esta respues­ta Jesús da a entender que Él conoce ese momento; pero no lo revela a los após­toles porque a ellos «no corres­ponde cono­cerlo».


El nuevo sacerdote y la nueva alianza. 

La carta a los Hebreos es muy tajante y clara al afirmar que el sacrificio de Jesús deroga de una vez por todas la ley como institución de salvación (ver Heb 10,1), y nos proporciona, de una parte, la santificación, es decir, el paso al modo de existencia y vida propias de Dios, el único Santo. La misma perfección obtenida por Jesucristo, la transformación de su humanidad en una humanidad divinizada, ha sido obtenida y conseguida también para nosotros (Heb 2,10; 5,9; 7,28). En Él hemos sido santificados, consagrados, hechos sacerdotes. A esta nueva condición accedemos por la fe. Y con ella se obtiene, de una vez por todas, la reconciliación definitiva y el perdón de los pecados. 


Una palabra del Santo Padre: 

«Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que..., no puedo cargarlo ni siquiera con un camión...». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa... Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.

Muchas veces tenemos confianza en un médico: está bien, porque el médico está para curarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, las hermanas, nos pueden ayudar. Está bien tener esta confianza humana, entre nosotros. Pero olvidamos la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor, confiémonos al Señor. «Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado...»; todo lo que tenemos: «Mira esto: yo me confío a ti». Y ésta es una apuesta que debemos hacer: confiarnos a Él, y nunca decepciona. ¡Nunca, nunca! Oíd bien vosotros muchachos y muchachas que comenzáis ahora la vida: Jesús no decepciona nunca. Jamás. Éste es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero, muerto. Sin gritar. Él vino para salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo».

Papa Francisco. Domingo 19 de enero de 2014. Homilía en la parroquia romana «Sacro Cuore di Gesú a Castro Pretorio»


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1.  Las lecturas de este Domingo son un auténtico llamado a tener una visión sobrenatural y llena de esperanza en mi vida. ¿Confío en las promesas del Señor? ¿Estoy preparado para su venida o para mi encuentro con Él?  

2. El ser humano desde siempre ha sido muy sensible al misterio del tiempo. Es por eso que los hechos relativos al futuro y al fin del tiempo suscitan tanto interés. ¿Me doy cuenta que creer en horóscopos, lecturas de las cartas o en algún tipo de explicación esotérica sobre mi futuro va directamente contra mi fe en el Señor Jesús?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1020-1060. 



[1] Antíoco IV, conocido como el Epífanes (176-164 a.C.), su política helenizante, que pretendía unir a todos sus súbditos bajo un solo idioma, una sola ley y una sola religión, le costó la enemistad con los judíos. Llega a decretar la pena de muerte a aquellos que se negasen a seguir las costumbres griegas (ver 1Mac 1,52). Además invadió Judá, tomó Jerusalén, profanó el templo y realizó una gran matanza de judíos. Ante esta situación, Matatías se rebela y huye a los montes con un gran número de seguidores. El hijo de Matatías es el famoso Judas Macabeo que derrotará repetidamente las fuerzas de Antíoco que se encontraban en franca decadencia. Finalmente muere en Babilonia en una campaña militar (1Mac 6,8-16).     
[2] La destrucción del Templo y la diáspora (dispersión) de los judíos ocurrió en el año 70 por obra de los roma­nos

sábado, 10 de noviembre de 2018

Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 11 de noviembre de 2018

«Esa pobre viuda ha echado más que nadie»

Lectura del primer libro de los Reyes 17, 10-16 

«Se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad había allí una mujer viuda que recogía leña. La llamó Elías y dijo: "Tráeme, por favor, un poco de agua para mí en tu jarro para que pueda beber". Cuando ella iba a traérsela, le gritó: "Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano". Ella dijo: "Vive Yahveh tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos". 

Pero Elías le dijo: "No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así habla Yahveh, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahveh conceda la lluvia sobre la haz de la tierra”.  Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahveh había dicho por boca de Elías.»


Lectura de la carta a los Hebreos 9, 24-28

«Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro, y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el Sumo Sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena. 

Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio. Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación.»


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 12, 38-44

«Decía también en su instrucción: "Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa. 

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: "Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Una actitud de generosidad disponible y confianza en el Señor; es lo que nos transmiten los textos de este Domingo. Generosidad es la actitud de la viuda de Sarepta, que no duda en dar una hogaza a Elías a costa de su propio último sustento (Primera Lectura). 
Ésta es también la actitud de la viuda, observada únicamente por Jesús, que deposita todo lo que tenía en el arca del Tesoro del Templo por más que fuera para muchos una insignificancia (Evangelio). Finalmente es la misma actitud de Jesús que se entrega hasta la muerte, de una vez para siempre, como víctima de Salvación y Reconciliación por todos (Segunda Lectura). 


La generosa viuda de Sarepta 

En las lecturas de este Domingo, dos mujeres juegan un papel predominante y positivo. Además se trata de mujeres viudas, con toda la precariedad que eso traía ya en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX a. C.) y en los de Jesús. No pocas veces la viudez iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad. Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas viudas como ejemplo de pobreza (eso se sobreentiende), sino como ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta, que no era judía sino pagana, le quedaban unos granos de harina y unas gotas de aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y su hijo. En esta situación, ya humanamente dramática, Elías le pide algo inexplicable y hasta heroico: que le dé esa hogaza que estaba a punto de meter en el horno. 

La mujer accede. Ese es el don de la generosidad que Dios concede a los que poco o nada tienen. No piensa en su suerte en primer lugar; sino piensa sólo en obedecer la voz de Dios que la bendecirá por medio del profeta Elías: ni la tinaja de harina se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará hasta que pase la sequía. Además Elías reavivará a su hijo que, cayendo enfermo, morirá (ver 17,12ss). La viuda entonces exclamará: «Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh» (17,24). Es interesante destacar que lo que está en juego en este milagro es la supremacía entre el Dios de Israel y Baal (dios fenicio de las cosechas y la fertilidad, de ámbito agrícola). 

El milagro en cuestión es un anticipo de la victoria de Yahveh que da el trigo (harina) y el aceite, dones atribuidos a Baal, incluso en el territorio donde éste reina y entre sus propios "súbditos" (ver Os 2,10). Más tarde, Jesús alabará la actitud de esta viuda y se referirá a este episodio como ejemplo del rechazo de Israel a sus profetas y de la gracia universal de Dios, destinada también a los gentiles (ver Lc 4,25-26).


«Guardaos de los escribas…»

En el tiempo de Jesús las personas que sabían leer y escribir eran pocas. En ese tiempo no existía el papel ni la imprenta y el material de escritura era escaso y caro. Los pocos rollos de pergamino se guardaban en la sinagoga para ser usados en el servicio sinagogal. El pueblo sencillo tenía que registrar todo en la memoria. Los escribas eran los hombres doctos que sabían leer y escribir. Ellos leían la Escritura y la interpretaban para el pueblo. Y por este poco de ciencia que poseían se hacían llamar de «maestro» y pretendían los honores de los hombres. 

El evangelista San Mateo, en el lugar paralelo, agrega esta precisión sobre los escribas: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres» (Mt 23,5). De esta manera todo lo que hacen resulta viciado por la vanagloria y la soberbia. La descripción que Jesús hace de los escribas es retomada de manera aguda por San Francisco de Sales cuando nos previene contra la vanagloria: «Hay quienes, por un poco de ciencia, quieren ser honrados y respetados por todo el mundo y se comportan como si todos tuvieran que ir a su escuela y tenerlos por maestros: por esto es que se les llama pedantes» (Introducción a la vida devota, parte III, cap. IV). ¡De estos hay que tener cuidado!


La viuda del Templo

Jesús está sentado ante el arca del tesoro del Templo y observa cómo la gente echaba monedas. «Muchos ricos echaban mucho». Lo hacían con ostentación para llamar la atención de la gente y aparentar generosidad, pero esto no impresionaba a Jesús. Hasta que llegó «una viuda pobre y echó dos monedillas, o sea una cuarta parte del as». San Marcos, que escribe en Roma, explica que se trata de un «cuadrante», la moneda romana más pequeña del tiempo. Vemos como Jesús en otra ocasión, acentuando el escaso valor de los pajarillos del cielo, pregunta: «¿No se venden dos pajarillos por un as?» (Mt 10,31). La viuda pobre echó el equivalente a medio pajarillo. La viuda del Templo siendo pobre y necesitada, no tenía ninguna obligación de dar limosna para el culto o para la acción social y benéfica que los sacerdotes realizaban en nombre de Dios con las ayudas recibidas. Si tuviese obligación, su acción aún sería generosa porque dio todo lo poco que tenía, todo su vivir. Pero su gesto brilla con luz nueva y esplendorosa, precisamente porque se sitúa más allá de toda obligación, en el plano de la generosidad amorosa para con Dios. 

Y esto sí que despertó el interés de Jesús, tanto que consideró oportuno destacarla ante sus discípulos: «Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos». ¿Cómo puede decir eso? ¿Con qué criterio juzga? Jesús explica: es que los que han echado mucho (considerado matemáticamente) «han dado de lo que les sobraba»; en cambio, la viuda «ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir». Jesús no juzga por las apariencias; Él juzga las intenciones y el corazón. Ante Dios hay una infinita diferencia entre dar «lo que sobra» y dar «todo lo que se tiene para vivir», aunque a los ojos de los hombres esta última cantidad sea insignificante en comparación con la primera. 

La viuda ha hecho uno de esos actos concretos que expresan el amor a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas y con toda el alma y al prójimo como a sí mismo. En efecto, ¡ella dio «todo lo que tenía» sin reservarse nada para sí! Ella habría podido decir, como la Virgen María: «El Poderoso ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,48). En ella tiene actuación concreta la profunda enseñanza del Concilio Vaticano II acerca de la condición del hombre: «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium et spes, 24).


La fuente de toda generosidad

La generosidad de las dos viudas mana de la generosidad misma de Dios, que se nos revela de manera plena en Cristo Jesús. Generosidad de Jesús que se ofrece de una vez para siempre en sacrificio para la Reconciliación de toda la humanidad; nada ni nadie queda excluido de tal generosidad. Generosidad de Jesús que, como Sumo Sacerdote, entra glorioso en los cielos para continuar desde allí su obra sacerdotal en favor nuestro: continúa en el cielo su intercesión generosa y eterna por cada uno de los hombres. 

En este último párrafo de esta parte de la carta a los Hebreos se expone el sentido último de la generosa acción de Cristo, su paso a la vida de Dios. El camino recorrido por Cristo, su sacrificio, no le lleva a un santuario terreno en el que Dios pueda habitar, sino al mismo Cielo, que designa la realidad misma de Dios, su propio rostro. Cristo está ante ese rostro y se manifiesta constantemente en favor nuestro. El ingreso en la Vida Eterna es la obtención de una relación íntima con Dios, el ser asumido en la unidad de Dios mismo. De esta manera ha sido conseguida la meta última de todo sacerdocio y de todo sacrificio. Por lo mismo ya no tiene necesidad ni de ofrecerse Él mismo de nuevo, ni menos de ofrecer "otros" sacrificios. Su sacrificio no se repite. 

Con su sacrificio, único, de una vez por todas, llega el final de los tiempos, la abolición absoluta del pecado reconciliándonos de manera absoluta y definitiva. La muerte es el suceso definitivo en los hombres, y así también el sacrificio reconciliador de Jesucristo, su muerte, ya no se reitera nunca más. Por esta muerte él elimina, destruye la condición pecadora del hombre. Ésta queda sanada radicalmente, perfecta y definitivamente salvada. Cuando aparezca de nuevo no será ya para reiterar su ofrenda, ni será para condenación, sino para la salvación de los que asiduamente le esperan.


Una palabra del Santo Padre: 

«Precisamente a este amor, a la disponibilidad hacia el prójimo, hacía el otro —dimensión hoy tan congenial con la conciencia juvenil—, deseo aludir ahora, al proponer a vuestra atención el tercer ejercicio ascético que caracteriza el período cuaresmal, la limosna: «Arrepentíos y dad limosna» (cf. Mc 1, 15 y Lc 12, 33).

Al oír la palabra “limosna”, vuestra sensibilidad de jóvenes amantes de la justicia y deseosos de una equitativa distribución de la riqueza, podría sentirse herida y ofendida. Me parece poderlo intuir. Por otra parte, no creáis que sois los únicos en advertir semejante reacción interior; está en sintonía con la innata hambre y sed de justicia que cada hombre lleva consigo. También los Profetas del Antiguo Testamento, cuando dirigen al pueblo de Israel la invitación a la conversión y a la verdadera religión, indican la reparación de las injusticias hacia los débiles e indefensos, como camino real para el restablecimiento de una genuina relación con Dios (cf. Is 58, 6-7).

Sin embargo, la práctica de la limosna está recomendada en todo el texto sagrado, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento; desde el Pentateuco a los Libros Sapienciales, desde el Libro de los Hechos a las Cartas Apostólicas. Pues bien, a través de un estudio de la evolución semántica de la palabra, sobra la que se han formado incrustaciones menos genuinas, debemos volver a encontrar el significado verdadero de la limosna, y sobre todo la voluntad y la alegría de dar limosna.

Limosna, palabra griega, significa etimológicamente compasión y misericordia. Circunstancias diversas e influjos de una mentalidad restrictiva han alterado y profanado en cierto modo su primigenio significado, reduciéndolo tal vez a un acto sin espíritu y sin amor.

Pero la limosna, en sí misma, se entiende esencialmente como actitud del hombre que advierte la necesidad de los otros, que quiere hacer partícipes a los otros del propio bien. ¿Quién diría que no habrá siempre otro que tenga necesidad de ayuda, ante todo espiritual, de apoyo, de consuelo, de fraternidad, de amor? El mundo está siempre muy pobre de amor.

Definida así, la limosna es acto de altísimo valor positivo, de cuya bondad no está permitido dudar, y que debe encontrar en nosotros una disponibilidad fundamental de corazón y de espíritu, sin la cual no existe verdadera conversión a Dios.

Aun cuando no dispongamos de riquezas y de capacidades concretas para subvenir a las necesidades del prójimo, no podemos sentirnos dispensados de abrir nuestro espíritu a sus necesidades y de aliviarlas en la medida de lo posible. Acordaos del óbolo de la viuda, que echó en el tesoro del templo sólo dos pequeñas monedas, pero juntamente todo su gran amor: «Esta echó de su indigencia todo lo que tenía para el sustento» (Lc 21, 4).

Queridísimos, el tema es atrayente, nos llevaría lejos; lo dejo a vuestra reflexión. Os acompañen hacia la alegría pascual mi afecto, mi simpatía, mi bendición».

San Juan Pablo II. Discurso a los Jóvenes presentes en la Basílica de San Pedro. 
Miércoles 28 de marzo de 1979.


  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. Cuando la generosidad no sólo afecta al bolsillo, sino también al corazón, es más auténtica. Por eso, quien da poco, pero es todo lo que puede dar, y lo da con toda el alma, ése es generoso, y su generosidad a los ojos de Dios vale igual de la del rico que se ha desprendido de millones de dólares. No está mal que nos examinemos y preguntemos: ¿Estoy dando todo lo que puedo? ¿Estoy dando todo lo que el Espíritu Santo me pide que dé? ¿Estoy dando como debo dar: desprendida y generosamente? 

2. La enseñanza de Jesús nos ordena hacer nuestras buenas obras con absoluto secreto, procurando que nadie lo sepa, y para inculcar esto usa una comparación muy elocuente: «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). ¿Vivo esta actitud? 


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1931 - 1932. 2544 - 2547.