lunes, 27 de julio de 2020

Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 2 de agosto de 2020

«Todos comieron hasta saciarse»


Lectura del libro del profeta Isaías 55, 1-3

«¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche! ¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. Pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David».


Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 35. 37-39

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.»


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 13-21

«Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: "El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida". Mas Jesús les dijo: "No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer". Dícenle ellos: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces". Él dijo: "Traédmelos acá". Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Nos encontramos – en las lecturas dominicales- ante una de las verdades más consoladoras de la toda la Biblia: Dios nunca abandona al hombre. La lectura del profeta Isaías nos habla de ese gran banquete de los últimos tiempos al que todos estamos llamados. Basta que uno reconozca su «hambre o sed» y el amor de Dios (el Espíritu Santo) se derramará en ese corazón hambriento. «Si alguno tiene sed, que venga, si tiene hambre que acuda, no importa que no tenga dinero». El hambre y la sed expresan adecuadamente esa necesidad vital y profunda que el hombre experimenta de Dios y de su amor reconciliador (Primera Lectura).

En el Santo Evangelio aparece también un enorme grupo de hombres, mujeres y niños necesitados. Así como en el desierto del Sinaí, Yahveh multiplicó los medios de sustento del pueblo hambriento; así Jesús hoy dará de comer a una multitud que no tiene realmente cómo satisfacer su necesidad de alimento. El alimento material dado por Jesús nos lleva a la consideración de un alimento de carácter espiritual y que responde a la necesidad más esencial del hombre: su deseo profundo de Dios, su anhelo de sentirse eternamente amado por Dios. Justamente es este amor el que hace exclamar a San Pablo con franqueza y sencillez: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?» No hay potencia alguna que pueda apartarnos del amor de Cristo ya que en Él vemos al amoroso rostro del Padre que nos ama eternamente (Segunda Lectura).


¡Vengan a tomar agua todos los sedientos!

La lectura de este domingo forma parte del último capítulo del Deutero–Isaías que fue escrito, aproximadamente, en el siglo V antes de Cristo. La situación histórica de Israel era la del dominio de Ciro, rey de los Medos y de los Persas. Este pasaje tiene como contexto la visión mesiánica y escatológica que vivía el «pueblo elegido» en el destierro babilónico. Todo el capítulo 55 es una invitación a convertirse y a confiar en Dios mientras aún es tiempo para participar de los bienes de la nueva Alianza. Aparecen en este relato los temas de la salvación y la conversión de todas las naciones (Is 55, 4) motivada por la misericordia divina.

Los primeros versículos relatan la oferta de Dios que quiere brindar gratuitamente los bienes de la nueva Alianza a su pueblo. Agua, vino, leche y manjares sustanciosos son figuras simbólicas que, desde Jesucristo, sabemos que aluden a la delicia y riqueza de los bienes sublimes y espirituales de la Alianza definitiva que Dios realiza con los hombres. Leemos en el segundo versículo, el adolorido lamento del corazón de Dios que nos quiere decir: ¿por qué gastan su tiempo y afán en cosas que, de verdad, no los alimentan? ¿Por qué prefieren la falsa sabiduría del mundo y sus engañosas promesas? ¿Por qué corren atrás de espejismos y falsos tesoros? Sólo en la Nueva Alianza, el hombre será plenamente colmado y saciado en sus anhelos más profundos. «Él que beba del agua que yo le dé – nos dice Jesús -  no tendrá sed jamás» (Jn 4,13). Finalmente se evoca la promesa davídica, no como restauración de la monarquía, sino como una promesa mesiánica y eterna.


El Reino de los Cielos

En los tres últimos domingos, el Evangelio nos ha presentado diversas parábolas por medio de las cuales Jesús expuso el misterio del Reino de los Cielos. Este Domingo no nos presenta una parábola, sino un episodio real de la vida de Jesús: la multiplicación de los panes. Es un hecho que tiene un profundo significado ya que se refiere a las primicias de ese Reino prometido: la Iglesia. El episodio está introducido con una explicación de por qué la multitud estaba con Jesús en un lugar desierto. Después que Jesús fue informado sobre la decapita­ción de Juan el Bautista por orden de Herodes, «Jesús se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar desierto» pero ya su palabra había cautivado a las multitudes. Nadie jamás había hablado como Él. Ya habían comprendido que sólo Él tiene palabras de vida eterna; de esas palabras que son necesa­rias para nutrir, no esta vida corporal, sino la vida que estamos llamados a poseer por toda la eterni­dad: la vida divina comunicada a nosotros. Por eso, lo siguen: «Cuando lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades». Ya no se quieren separar de Él, olvidándose incluso del transcurrir de las horas y de algo tan esencial como es el comer.


«Dadle vosotros de comer…»

La gente permanece con Él todo el día. El Evangelista San Marcos dice que Jesús «sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). En el relato de San Mateo se agrega que Jesús también «curó sus enfermedades». Cuando comienza a hacerse tarde los discípulos manifiestan su preocupación; se acercan a Jesús y le dicen que despida  a la gente para que puedan llegar a los pueblos donde encontrarían comida ya que ellos estaban en «un lugar deshabitado». Los discípulos se muestran más preocupados por la gente que Jesús mismo. Pero al final del relato va a quedar claro que Jesús está libre de esa inquietud porque Él tiene poder para saciar a la gente sin necesidad de despedirla en ayunas.

Jesús responde a la inquietud de los apóstoles con una frase desconcertante, que, dicho con todo respeto, podría parecer hasta insensata: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Los apóstoles habían expresado una inquietud bien fundada: «el lugar está deshabitado». Pero además se han informado de la situación real y subrayan más la imposibilidad de lo propuesto por Jesús: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Es como decir: «Lo que pides es realmente imposible». Es imposible, pero recordemos que «todo es posible para el que cree» (Mc 9,23). Jesús esperaba que ellos confiaran en Él y que se abandonaran a su palabra, que obedecieran a su mandato aunque  - en su momento - no entendieran. Entonces, ¡el milagro de dar de comer a esa multitud en el desierto lo habrían hecho ellos! ¡La multiplicación de los panes la habrían obrado ellos ya que la fe puede mover montañas! La orden de Jesús: «Dadles vosotros de comer», tenía esa intención. Ellos debieron comenzar a partir los cinco panes y los dos peces y ¡se habrían multiplicado en sus manos!
Visto que no daban crédito a su palabra, para demostrarles que su orden no era insensata, Jesús dice, refiriéndose a esos cinco panes y dos peces: «Traédmelos acá». Ya que ellos rehusaron hacerlo, lo hará Él mismo y les demostrará lo que ellos también están llamados hacer: «Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente». El Evangelio nos informa que los que comieron «eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños». Y no es que cada uno comiera un pedacito, sino que «comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos». Jesús hizo un milagro asombroso. Pero más asombroso habría sido si, obedeciendo a su mandato, el milagro lo hubieran hecho los apóstoles. Sin embargo, sí lo hicieron los apóstoles después que Jesús instituyó la Eucaristía y lo siguen haciendo sucesivamente hasta ahora los ministros del Señor; obedeciendo a su mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). Ellos nos dan el verdadero pan del cielo, el pan que sacia nuestra hambre de Dios. Participando de la Eucaristía cada Domingo todos podemos asistir a ese milagro obrado por los ministros del Señor y nutrirnos del pan de vida eterna que ellos nos dan. ¡Que nadie se prive de semejante alimento!


«¿Quién nos separará del amor de Cristo?»

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?… estoy seguro de que (nada ni nadie) podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» ¿Quién puede tener tal convicción para exclamar esto con firmeza, sino aquél que ha experimentado vivamente el amor de Dios, manifestado en toda su plenitud y magnitud en el Señor Jesús? En su Hijo, hecho Hombre de María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Padre nos ha mostrado cuanto nos ama, y cómo - una y otra vez, incansablemente, y de muchos modos, respetando siempre al máximo su libertad - sale al encuentro de nosotros para ofrecernos una «bebida» y un «alimento» capaz de apagar nuestra sed de infinito, capaz de satisfacer nuestra hambre de Dios. En efecto, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que hay «otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: “No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3), es decir, de su Palabra y de su Espíritu. (…) «Hay hambre sobre la tierra, «más no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios” (Am 8, 11)»[1].


Una palabra del Santo Padre:

«Así la muchedumbre le sigue por todas partes, para escucharle y para llevarle a los enfermos. Y viendo esto Jesús se conmueve. Jesús no es frío, no tiene un corazón frío. Jesús es capaz de conmoverse. Por una parte, Él se siente ligado a esta muchedumbre y no quiere que se vaya; por otra, necesita momentos de soledad, de oración, con el Padre. Muchas veces pasa la noche orando con su Padre.

Aquel día, entonces, el Maestro se dedicó a la gente. Su compasión no es un vago sentimiento; muestra en cambio toda la fuerza de su voluntad de estar cerca de nosotros y de salvarnos. Jesús nos ama mucho, y quiere estar con nosotros.

Según llega la tarde, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y cuida de cuantos le siguen. Y quiere hacer partícipes de esto a sus discípulos. Efectivamente les dice: «dadles vosotros de comer» (v. 16). Y les demostró que los pocos panes y peces que tenían, con la fuerza de la fe y de la oración, podían ser compartidos por toda aquella gente. Jesús cumple un milagro, pero es el milagro de la fe, de la oración, suscitado por la compasión y el amor. Así Jesús «partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente» (v. 19). El Señor resuelve las necesidades de los hombres, pero desea que cada uno de nosotros sea partícipe concretamente de su compasión.

Ahora detengámonos en el gesto de bendición de Jesús: Él «tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, y partiendo los panes se los dio» (v. 19). Como se observa, son los mismos signos que Jesús realizó en la Última Cena; y son también los mismos que cada sacerdote realiza cuando celebra la Santa Eucaristía. La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística.

Por ello, vivir la comunión con Cristo es otra cosa distinta a permanecer pasivos y ajenos a la vida cotidiana; por el contrario, nos introduce cada vez más en la relación con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles la señal concreta de la misericordia y de la atención de Cristo. Mientras nos nutre de Cristo, la Eucaristía que celebramos nos transforma poco a poco también a nosotros en cuerpo de Cristo y nutrimento espiritual para los hermanos. Jesús quiere llegar a todos, para llevar a todos el amor de Dios. Por ello convierte a cada creyente en servidor de la misericordia. Jesús ha visto a la muchedumbre, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes; así hace lo mismo con la Eucaristía. Y nosotros, creyentes que recibimos este pan eucarístico, estamos empujados por Jesús a llevar este servicio a los demás, con su misma compasión. Este es el camino.

La narración de la multiplicación de los panes y de los peces se concluye con la constatación de que todos se han saciado y con la recogida de los pedazos sobrantes (cfr v. 20). Cuando Jesús con su compasión y su amor nos da una gracia, nos perdona los pecados, nos abraza, nos ama, no hace las cosas a medias, sino completamente. Como ha ocurrido aquí: todos se han saciado. Jesús llena nuestro corazón y nuestra vida de su amor, de su perdón, de su compasión. Jesús, por lo tanto, ha permitido a sus discípulos seguir su orden. De esta manera ellos conocen la vía que hay que recorrer: dar de comer al pueblo y tenerlo unido; es decir, estar al servicio de la vida y de la comunión. Invoquemos al Señor, para que haga siempre a su Iglesia capaz de este santo servicio, y para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia y en los grupos de pertenencia, una señal visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en soledad o con necesidad, para que descienda la comunión y la paz entre los hombres y la comunión de los hombres con Dios, porque esta comunión es la vida para todos».

Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 17 de agosto de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias en algo que no sacia?». ¿Cómo se aplica este lamento del corazón de Dios que leemos en la Primera Lectura en nuestras vidas?

2. ¿Descubro la real necesidad que tengo de la Eucaristía para saciar mi hambre de Dios especialmente en estos momentos donde no vamos a misa hace muchos meses?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1335- 1336. 2828- 2837.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2835. 

domingo, 19 de julio de 2020

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 26 de julio de 2020


«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»


Lectura del Primer libro de los Reyes 3, 5-6a. 7-12

«En Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en un sueño, durante la noche. Dios le dijo: «Pídeme lo que quieras.» Salomón respondió: Señor, Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un niño pequeño y no sé valerme por mí mismo. Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo? Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido, y Dios le dijo: «Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti.»


Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 28-30

«Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos, hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 44-52

«Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto? «Sí», le respondieron. Entonces agregó: «Así, todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El hilo conductor de nuestras lecturas dominicales es la oposición que encontramos entre los criterios de Dios y los criterios del mundo. Salomón, prototipo del rey ideal de la Antigua Alianza, pide al Señor en su oración: «te pido que me concedas sabiduría de corazón[1] para que sepa gobernar a tu pueblo». (Primera Lectura). El Señor, ante aquella sensata petición, le concede un corazón dócil y sabio. Como leemos en el Salmo 118: el hombre que «pone su descanso en la ley del Señor, que ama sus mandamientos más que el oro purísimo, que estima en más sus enseñanzas que mil monedas de oro y plata».
Todas éstas actitudes encuentran su plenitud en aquellos que descubriendo el Reino de los Cielos están dispuestos a «vender cuanto tiene» para comprarlo (Evangelio). El Reino que se menciona en las diversas parábolas del capítulo 13 del Evangelio según San Mateo no será sino el mismo Jesucristo. Es por eso que todos, los convocados por el mismo Jesús, estamos llamados a reproducir su imagen en nuestras vidas (Segunda Lectura).


El sueño en Gabaón

Salomón después de desposarse con la hija del Faraón[2] se dirige a la ciudad de Gabaón (que quiere decir colina) a ofrecer su ofrenda ya que todavía no había terminado de construir su palacio, el Templo y la muralla alrededor en Jerusalén. En esta ciudad, a 8 Km. al norte de Jerusalén, David colocó «en un alto lugar» (1Cro 16,39) el Tabernáculo[3] y levantó un altar para los holocaustos. Yahveh se manifiesta a Salomón en sueños[4]. Ante el pedido de Dios, Salomón se reconoce a sí mismo como «un niño pequeño que no sabe cómo salir ni entrar» ya que ante Él todos somos «pequeños». El reino que Salomón había heredado de su padre David tenía un territorio enorme ya que se extendía desde el torrente de Egipto hasta el Eufrates; por eso le pide a Dios una mente dócil y comprensiva para gobernar; es decir el arte de saber escuchar y discernir entre el bien y el mal (ver Is 7,15; 5,20). La respuesta de Dios es inmediata y en ella vemos cómo la extraordinaria sabiduría de Salomón no es sino un don de Dios y como tal es reconocida por sus súbditos: «pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia» (1Re3, 28).


Las parábolas del Reino de Dios

Las parábolas de Jesús tienden a presentar el Reino de Dios, es decir el Reino de los Cielos. En el Sermón de la Montaña[5] Jesús había hablado de los requisitos morales necesarios para entrar en aquel Reino; pero ahora era preciso dar un paso más hacia ade­lante y hablar de aquel Reino en sí, de su índole y naturaleza; de los miembros que lo constituían; del modo cómo sería actuado y establecido. También en este aspecto la predicación de Jesús siguió un método esen­cialmente gradual. La razón de esa gradación radica en la ansiosa espera en que vivían, en esa época, los judíos de un reino mesiánico‑político. Hablar a aquellas turbas de un Reino de Dios, sin explicaciones y aclaraciones, significaba hacerles ima­ginar un rey celestial omnipotente, circundado de grupos de hombres armados y, aun mejor, de legiones de ángeles combatientes, que llevarían a Israel a ser «dueño y señor» de las naciones paganas.

Y era a tales turbas delirantes a las que Jesús debía hablar del objeto del delirio que las enloquecía, y ello de tal modo que a la vez las atrajese y las desengañase: el Reino de Dios debía llegar, sin duda; es más, había empezado a realizarse; pero no era el «reino» de ellos, sino el de Jesús, totalmente diverso. De aquí que la pre­dicación de Jesús debía a la vez mostrar y no mostrar, abrir los ojos a la verdad y cerrarlos a los sueños fantásticos. Se precisaba, por lo tanto, una extrema prudencia, porque Jesús, en este punto, se internaba en un terreno volcánico que podía entrar en erupción de un momento a otro. Esta amorosa prudencia puede haber sido una de las razones por las cuales Jesús se sirvió de las parábolas para hablar del Reino.


Encontrar el tesoro escondido

Todos hemos visto lo que sucede cuando se estaciona a un niño ante la televisión: el niño queda completamente absorto y nada logra distraerlo. La mamá puede hablarle y decirle las cosas más importantes, pero el niño contesta sin despegar su atención de la pantalla. Esta situación, que nos parece excusable porque se trata de un niño, represen­ta sin embargo lo que ocurre con nosotros ante las preocupaciones y los bienes de esta tierra. A veces nos absorben hasta tal punto que nos impiden escu­char las pala­bras de vida eterna que nos dirige Dios. O, más bien, las escuchamos pero no logran incidir directamente en nuestra vida. Todos sabemos que nuestra vida sobre esta tierra es breve, que los bienes materiales son transitorios, que «no nos sirve de nada ganar el mundo entero si perdemos la vida» y que aunque tengamos nuestra vida asegurada por «muchos años», en cualquier momento podemos recibir este aviso: «Esta noche se te pedirá el alma; ¿todos los bienes que tienes atesorados, para quién serán?». Todas estas verdades las escuchamos a menudo, las sabemos, las vemos acontecer diariamente a nuestro alrededor y nos impresionan por un instante; pero no logran atraer nuestra atención y seguimos absortos en nuestros quehaceres, lo mismo que el niño que está ensimismado ante su programa de "dibujos animados".

Es necesario que «alguien» venga a nuestro encuentro y su llamada nos saque de esta especie de sopor en que esta­mos. Imaginemos que al niño televidente, viene su papá y lo invita a pasear: Ante la perspec­tiva de salir con su papá todo cambia para él: la televi­sión, los "dibujos animados" y todos sus juguetes quedan botados y olvidados; ¡él ha sido invitado a cosas más impor­tantes! Todo el resto ha perdido valor para él. Nadie lo obliga a dejar la televisión e ir con su padre; lo hace «por la alegría que le da». Esto mismo ocurre cuando alguien encuentra a Cristo. El Evangelio nos presenta diversos episodios en que el encuen­tro con Jesucristo opera en las personas un cambio radical. En estos casos: «Dejándolo todo, lo siguieron».

Es lo mismo que nos enseña el Evangelio de hoy, por medio de dos parábolas: las parábo­las del tesoro escondido en el campo y de la perla preciosa. Mientras alguien no se ha encontrado con Jesucristo y no ha hecho la experiencia de venderlo todo por adquirirlo a Él, no se puede decir que esté totalmente evangelizado. Estar evangelizado quiere decir haber recibido una noticia tal que transforme radicalmente la vida. Lo que antes era importante, incluso fundamental en la vida, pierde valor ante el encuentro con Cristo. Es como el hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo y por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. O como el mercader de perlas que, encontrada una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

Lo interesante de estas parábolas es que están dichas para explicar la conducta de los cristianos a los de fuera, a los que no han tenido la misma experiencia, a los que critican y no entienden. Ellos pueden ciertamente entender la situación presentada en las parábolas: que entiendan enton­ces por qué alguien puede acoger a Jesucristo como lo más impor­tante de su vida, que entiendan por qué algunos consa­gran a Él sus vidas. Cuando observamos que tantos hombres anteponen a Jesús y a su enseñanza los bienes de esta tierra; a saber, el dinero, la fama, la popularidad, el placer, podemos concluir que aún no han encontrado «el tesoro escondido». Si lo hubie­ran encontrado, todas esas otras cosas serían secundarias en comparación con Jesús.

Ellos están todavía como el niño ante la televisión, es decir, están afanados y  absortos en las cosas de este mundo. Ojalá todos pudieran vivir la experien­cia que describe San Agustín en su autobiografía:«¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Allí te buscaba... Me retenían alejado de ti tus creaturas, que serían inexistentes si no existieran en ti. Me llamaste y tu grito atravesó mi sordera; brillaste y tu esplendor disipó mi ceguera; difundiste tu fragancia y yo respiré y anhelo hacia ti; gusté y tengo hambre y sed; me tocaste y ardí del deseo de tu paz» (Confesiones X, 27, 28).


La parábola de la red y los peces

La tercera parábola de este Domingo, la de la red echada en el mar que recoge todo tipo de peces; es semejante a la parábola de la cizaña que crece en medio del trigo. Nos enseña que en su etapa actual el Reino de los Cielos incluye todo tipo de personas: santos y pecadores. La red arrastra con todo y lo saca a tierra. Pero todos imaginamos a los pescadores sentados en la orilla seleccionando a los buenos y arrojando a los malos. Así será al fin del mundo: «Los ángeles separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Estas son imágenes usadas constantemente por Jesús para describir el tormento eterno de los condenados: no sólo ardor físico, sino también amargura profunda, odio y dolor.

Hemos dicho que el Reino de los Cielos expresa la novedad de Jesucristo. Pero esto no rescinde todo lo revelado por Dios en el Antiguo Testamento, sino que le da pleno cumplimiento. Por eso todo escriba que se ha hecho discípulos del Reino de los Cielos «saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». La relación entre ambos Testamentos ha sido formulada por un antiguo adagio: “Novum in Vetere latet; Vetus in Novo patet” (El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo; el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo). 


Una palabra del Santo Padre:

«Las breves semejanzas propuestas por la liturgia de hoy son la conclusión del capítulo del Evangelio de Mateo dedicado a las parábolas del reino de Dios (13, 44-52). Entre ellas hay dos pequeñas obras maestras: las parábolas del tesoro escondido en el campo y la perla de gran valor. Ellas nos dicen que el descubrimiento del reino de Dios puede llegar improvisamente como sucedió al campesino, que arando encontró el tesoro inesperado; o bien después de una larga búsqueda, como ocurrió al comerciante de perlas, que al final encontró la perla preciosísima que soñaba desde hacía tiempo. Pero en un caso y en el otro permanece el dato primario de que el tesoro y la perla valen más que todos lo demás bienes, y, por lo tanto, el campesino y el comerciante, cuando los encuentran, renuncian a todo lo demás para poder adquirirlos. No tienen necesidad de hacer razonamientos, o de pensar en ello, de reflexionar: inmediatamente se dan cuenta del valor incomparable de aquello que han encontrado, y están dispuestos a perder todo con tal de tenerlo.

Así es para el reino de Dios: quien lo encuentra no tiene dudas, siente que es eso que buscaba, que esperaba y que responde a sus aspiraciones más auténticas. Y es verdaderamente así: quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús: ¡este es el gran tesoro!

Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano «al agua de rosas». Cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes pero tú eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte.

Leer el Evangelio. Leer el Evangelio. Ya hemos hablado de esto, ¿lo recordáis? Cada día leer un pasaje del Evangelio; y también llevar un pequeño Evangelio con nosotros, en el bolsillo, en la cartera, al alcance de la mano. Y allí, leyendo un pasaje encontraremos a Jesús. Todo adquiere sentido allí, en el Evangelio, donde encuentras este tesoro, que Jesús llama «el reino de Dios», es decir, Dios que reina en tu vida, en nuestra vida; Dios que es amor, paz y alegría en cada hombre y en todos los hombres. Esto es lo que Dios quiere, y esto es por lo que Jesús entregó su vida hasta morir en una cruz, para liberarnos del poder de las tinieblas y llevarnos al reino de la vida, de la belleza, de la bondad, de la alegría. Leer el Evangelio es encontrar a Jesús y tener esta alegría cristiana, que es un don del Espíritu Santo».                       

Papa Francisco. Ángelus, Domingo 27 de julio de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «Pídeme lo que quieras» le dice Dios a Salomón ¿No es acaso también ésta la misma oferta que hoy nos hace a Dios? ¡Sí, también a nosotros nos ha hablado, ya no en sueños, sino por medio de su Hijo! ¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración? ¿Acudimos a Él con frecuencia?

2. ¿Seremos nosotros capaces de vender todo para ganar el gran tesoro encontrado o la perla más preciosa que existe en el mundo? El ejemplo de muchas vidas heroicas y santas nos muestran que sí vale la pena «venderlo todo» por Jesucristo. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 28. 30. 1718. 1730. 2128. 2566, 2705.



[1] Corazón: término que se usa figuradamente en las Sagradas Escrituras para designar el centro, la totalidad o la esencia de todas las cosas o actividades del hombre. En particular se refiere al centro de la personalidad. Los términos que ahora utilizamos como carácter, personalidad, voluntad, criterios o mente; representan lo que «corazón» significaba para los hebreos. 

[2] Posiblemente sea el faraón Psusenas II, último rey de la dinastía XXI.

[3] Este era el mismo Tabernáculo que Moisés había colocado en el desierto. El Tabernáculo era una gran tienda de campaña construida según las instrucciones que Moisés había recibido de Dios. El Tabernáculo era el centro de la vida religiosa de Israel y era el signo de que Dios estaba siempre con ellos. A menudo al Tabernáculo se le llamaba «Tienda de la reunión» (donde tenía lugar el encuentro entre Dios  y el hombre) y «Morada » (de Dios entre los hombre s). 

[4] Los sueños, con anterioridad a los Profetas, eran uno de los principales medios de comunicación entre Dios y los hombres (ver Gn 20, 3; 28,31; 37, 5). 

[5] Ver el capítulo 5 de San Mateo.

martes, 14 de julio de 2020

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A- 19 de julio de 2020


«Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre»


Lectura del libro de la Sabiduría 12,13. 16-19

«Pues fuera de ti no hay un Dios que de todas las cosas cuide, a quien tengas que dar cuenta de la justicia de tus juicios. Tu fuerza es el principio de tu justicia y tu señorío sobre todos los seres te hace indulgente con todos ellos. Ostentas tu fuerza a los que no creen en la plenitud de tu poder, y confundes la audacia de los que la conocen. Dueño de tu fuerza, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia porque, con sólo quererlo, lo puedes todo. Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo del hombre, y diste a tus hijos la buena esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».


Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 26- 27

«Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13,24 -43

«Otra parábola les propuso, diciendo: "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?" El les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Dícenle los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?" Díceles: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."

Otra parábola les propuso: "El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas". Les dijo otra parábola: "El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo". Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo. Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: "Explícanos la parábola de la cizaña del campo". El respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En su extenso discurso parabólico, Jesús nos va a proponer nuevamente las figuras agrícolas para hablar del Reino de los Cielos. Hablará de la buena y la mala semilla; del grano de mostaza; y de la levadura. Todas las imágenes que ha usado Jesús les resultan claras y directas. Sin embargo, los discípulos le piden que explique la parábola de la cizaña y del trigo ya que resulta tan reprobable la actitud del enemigo que quieren profundizar en la explicación dada por el Maestro. Todos debemos tener esa visión de eternidad y confianza en el «dueño de la mies». El libro de la Sabiduría llega a la misma conclusión después de preguntarse por qué Yahveh se muestra tan misericordioso en relación a Egipto (Sb 11, 15-20) y Canaan (Sb 12, 1-11). «No existe Dios fuera de Ti...Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos...Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación» (Primera Lectura). En la carta a los Romanos San Pablo nos muestra cómo el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad y nos enseña a orar como debemos. A través de la acción del Espíritu Santo el cristiano poco a poco llega a comprender, en cuanto esto es posible, el actuar misericordioso y benigno de Dios Amor (Segunda Lectura).

El trigo y la cizaña

La parábola del trigo y la cizaña comienza así: «El Reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo…». Pero, ya de noche, el enemigo sembró la cizaña entre el trigo y se fue. Luego al brotar la hierba aparece la planta no deseada. Ésta debe de haber sido una situación familiar para los oyentes de Jesús, propia de una sociedad campesina, en la cual solía ocurrir que para dañar al enemigo se venía de noche y en secreto sembraba en su campo en medio de la buena semilla una maleza agreste. En este caso el enemigo sembró cizaña. Ya está ganada la atención de todos los oyentes ya que ellos saben perfectamente a que se refiere, sin embargo, necesi­tamos una aclaración.

La cizaña es una semilla maligna que dificulta el crecimiento del trigo y, en el momento de la siega, mez­clán­dose con el trigo, molesta. Tiene el nombre científi­co: «lo­lium temulentum». No puede distinguirse del trigo, en medio del cual crece, antes que haya llegado a madurez y se haya vuelto amarillento. Sería poco sabio arrancar la cizaña antes de la siega, tratando de dejar intacto el trigo. Es mejor esperar la siega cuando la operación de separación es fácil y sin riesgo para el trigo. Pongámonos en la situación de los oyentes de Jesús; son todos exper­tos en el modo de enfrentar esta dificul­tad. Sigue el relato de Jesús: «Los siervos del amo se acercaron a decirle: 'Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?' El les contestó: 'Algún enemigo malo ha hecho esto'». Hasta aquí la narra­ción del hecho de vida. Ahora viene la interpelación a los oyen­tes ante el pedido de los siervos por arrancar la cizaña. En este punto podemos imaginar a los oyentes que toman partido y exclaman: «¡No, no se hace así, hay que esperar que maduren ambos, no sea que junto con la cizaña se arranque también el trigo!»  Y el amo les da razón, diciendo a los siervos: «No, no vayáis... Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero».

Hasta aquí el relato tiene una clara enseñanza, pero hay algo que falta para los discípulos de Jesús. ¿No tendrá que ver esta parábola con uno de los problemas más serios del judaísmo tardío: la retribución en la vida eterna? ¿Qué pasa con los justos que han sufrido en esta vida que pasa? El mismo Jesús nos dirá: «El campo es el mundo», hoy día diríamos: «El campo es la historia humana». La enseñanza que queda en los oyentes es que en la historia humana el bien y el mal están mezclados y que en su etapa actual nosotros no somos capaces de distinguirlos y separarlos sin equivo­carnos y cometer injusticia. Hay que esperar hasta que ambos lle­guen a madurez. No hay que impacientarse. Hay que confiar en la sabiduría de Dios. San Agustín nos dirá que esta parábola se refiere a la paciencia del Padre que siempre espera, «porque hay muchos que antes eran pecadores y después llegan a convertirse». San Agustín debe de hablar desde su propia experiencia de vida. Por medio de esta parábola Jesús ha expues­to de manera eficaz la misma enseñanza que ya daba Dios en el Antiguo Testamento: «Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te impacientes, que es peor: pues serán extirpados los malva­dos, más los que esperan en el Señor poseerán la tierra. Un poco más y no hay impío, buscas su lugar y ya no está; en cambio, poseerán la tierra los humildes, y gozarán de inmen­sa paz» (Sal 37,8-11).


El grano de mostaza

La parábola del grano de mostaza tiene la finalidad de enseñar que, en contraste con sus humildes inicios, la ense­ñanza de Cristo estaba destinada a crecer y difundirse y llenar la tierra. En efecto, el grano de mostaza es la más pequeña de las semillas, pero una vez que crece, se hace un gran árbol que cobija a las aves del cielo. Nosotros leemos esta parábola ahora que la Iglesia de Cristo está estableci­da en todos los Continen­tes y en todos los rincones de tierra, es decir, cuando es un gran árbol que cobija a mil millones de hombres. Pero no debemos olvidar que fue dicha por Cristo cuando sus seguido­res eran sólo un pequeño grupo en un alejado rincón del mundo. El cumplimien­to de este anuncio de Jesús, que en su momento fue una magnífica profe­cía sobre el desarrollo de su Iglesia, cons­tituye uno de los motivos de credibilidad de la fe cristia­na. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, «la propaga­ción y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabi­lidad son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos, motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es, en modo alguno, un movi­miento ciego del espíritu»[1].


La levadura que fermenta toda la masa

La parábola de la levadura que fermenta toda la masa indica una misión esencial de los cristianos. Ellos han recibido de su Señor la misión de «hacer discípulos de todos los pueblos, enseñándoles a observar todo lo que Cristo les enseñó». Hoy día es frecuente escuchar a personas declararse cristianos, y hasta católicos practicantes, pero no aceptar algunas de las enseñanzas de la Iglesia Cató­lica. A menudo argumentan que vivimos en una sociedad «tolerante» y que «cada uno tiene derecho a creer en su verdad» aun siendo ésta contraria a la fe y enseñanza cristiana. En realidad, el que piensa y actúa de esa manera no ha entendido nada del cristianismo y no puede consi­derarse un auténtico discípulo de Cristo. Cristo no presentó su doctrina como una opinión entre otras, sino como «la Verdad» y afirmó de manera tajante: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Un cristianismo que se adapta a nuestros gustos y caprichos personales simplemente no es «cristianismo»; eso es una crea­ción nuestra, un cristianismo a nuestra medida, un cristianismo «light». 

El verdadero cristiano está convencido que Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre y que vino a este mundo para reconciliarnos y comu­nicarnos «la única verdad que nos hace libres». El verda­dero cristiano está convencido que solamente en el misterio del Verbo Encarnado, el misterio del hombre se aclara[2] y que aceptar medias verdades es lo mismo que aceptar la mentira y su terrible dinamismo de muerte.  La parábola de la levadura en la masa nos enseña que los discípulos de Cristo no debemos pasar inadvertidos en la masa, sino fermentarla toda. San Juan Crisóstomo nos dice que «la levadura son los cristianos que cambiarán el mundo entero».


Una palabra del Santo Padre:

«En estos domingos la liturgia propone algunas parábolas evangélicas, es decir, breves narraciones que Jesús utilizaba para anunciar a la multitud el reino de los cielos. Entre las parábolas presentes en el Evangelio de hoy, hay una que es más bien compleja, de la cual Jesús da explicaciones a los discípulos: es la del trigo y la cizaña, que afronta el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mt 13, 24-30.36-43). La escena tiene lugar en un campo donde el dueño siembra el trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra la cizaña, término que en hebreo deriva de la misma raíz del nombre «Satanás» y remite al concepto de división. Todos sabemos que el demonio es un «sembrador de cizaña», aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos. Los servidores quisieran quitar inmediatamente la hierba mala, pero el dueño lo impide con esta motivación: «No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo» (Mt 13, 29). Porque todos sabemos que la cizaña, cuando crece, se parece mucho al trigo, y allí está el peligro que se confundan.

La enseñanza de la parábola es doble. Ante todo, dice que el mal que hay en el mundo no proviene de Dios, sino de su enemigo, el Maligno. Es curioso, el maligno va de noche a sembrar la cizaña, en la oscuridad, en la confusión; él va donde no hay luz para sembrar la cizaña. Este enemigo es astuto: ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.

Y aquí pasamos al segundo tema: la contraposición entre la impaciencia de los servidores y la paciente espera del propietario del campo, que representa a Dios. Nosotros a veces tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos... Pero recordad la oración de ese hombre soberbio: «Oh Dios, te doy gracias porque yo soy bueno, no soy como los demás hombres, malos...» (cf. Lc 18, 11-12). Dios en cambio sabe esperar. Él mira el «campo» de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él.

La actitud del propietario es la actitud de la esperanza fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y es gracias a esta paciente esperanza de Dios que la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final puede llegar a ser buen trigo. Pero atención: la paciencia evangélica no es indiferencia al mal; no se puede crear confusión entre bien y mal. Ante la cizaña presente en el mundo, el discípulo del Señor está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria final del bien, es decir de Dios».

Papa Francisco. Ángelus, 20 de julio de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Muchas veces nos olvidamos que «el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad». Hagamos una oración pidiendo una especial ayuda por alguien que esté necesitando recuperarse físicamente.    

2. ¿Puedo decir por mis actos que realmente soy «levadura en medio de la masa»?  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 309-314.385.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 156.
[2] Ver Gaudium et spes, 22

lunes, 6 de julio de 2020

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 12 de julio 2020


«Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra
y la comprende: éste sí que da fruto»


Lectura del profeta Isaías 55,10-11

«Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié.»


Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 18 -23

«Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo.»


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13,1-23

«Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: "Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga".

Y acercándose los discípulos le dijeron: "¿Por qué les hablas en parábolas?" El les respondió: "Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane. ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

"Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta"».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Sin duda las lecturas de este Domingo se centran en la Palabra de Dios revelada al hombre. En la Primera Lectura vemos cómo se resalta la eficacia de la Palabra ya que todo aquello que Dios dice es verdadero y encontrará su cumplimiento en el momento oportuno. Ella desciende desde el cielo como lluvia que empapa y fecunda la tierra. Por otra parte, en la lectura del Evangelio Jesús nos habla de la necesidad de acoger el mensaje de la Buena Nueva para que pueda dar fruto en abundancia. Aunque el sembrador riega generosa y abundantemente sus semillas, éstas deben de caer en tierra fértil (colaboración humana) para que puedan dar fruto.

Finalmente vemos en la Carta a los Romanos cómo la creación entera está expectante aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios. Nos encontramos en una situación paradójica: el hombre ya ha sido reconciliado en Jesucristo pero aún debe de peregrinar en la tierra hacia su destino eterno. Es el famoso «ya, pero todavía no». San Pablo utilizará la imagen de una mujer antes de dar a luz para describir la misteriosa realidad del dolor y la alegría que grafica la situación actual del cristiano.


«Así será mi palabra que no volverá a mí sin fruto»

¡Qué consuelo para todo aquel que lleva la Palabra de Dios a los otros! La palabra de Dios jamás dejará de dar fruto ya que está dotada de una fecundidad que va más allá del esfuerzo realizado. Este texto hace parte de la invitación final que Yahveh dirige a su pueblo, a través de Isaías[1], a participar de los bienes de la nueva alianza y a convertirse mientras aún es tiempo: «Yo voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David» (Is 55,3). La palabra de Yahveh es semejante a un mensajero que no vuelve hasta ver realizada su misión. A este respecto dice el Papa León XIII en su encíclica Providentissimus Deus: «Quienquiera que hable penetrado del espíritu y de la fuerza de la palabra divina, no habla solamente con palabras sino con poder, y con Espíritu Santo y con gran plenitud (1Ts 1,5). En cambio, hablan fuera de tono y neciamente quienes, al tratar asuntos religiosos y proclamar los divinos preceptos no proponen casi otra cosa que razones de ciencia y prudencia humanas, fijándose más de sus propios argumentos que de los divinos. Su discurso deslumbra con fuego fatuo; pero necesariamente es lánguido y frío, porque carece del fuego de la Palabra de Dios (Jr 23,29)».     


«Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar...»

El modo como empieza el Evangelio de hoy nos indica que estamos ante una nueva sección ya que constituye el inicio del tercer discurso parabólico[2] de los cinco que encontramos en el Evangelio de San Mateo. Este es, sin duda, un discurso muy vivo; lleno de interrupciones de parte del auditorio, de diálogos y también de cambios de escena y de público. En la estructuración del Evangelio se ha considerado que éste es un discurso porque así ha sido introducido: «Les habló muchas cosas en parábolas». Siguen siete pará­bolas que ocupan casi todo el capítulo 13. Y la conclusión nos indica que efectivamente se trata de una unidad: «Cuando acabó Jesús estas pará­bolas, partió de allí» (Mt 13,53). El tema de todas estas parábolas es también homo­gé­neo: se trata de indicar el efecto que tendrá entre sus destinata­rios el Reino de los Cielos que ya ha llegado. En efecto, hasta aquí éste ha sido el tema de la enseñanza de Jesús. Mateo sitúa el comienzo de la activi­dad de Jesús des­pués que Juan el Bau­tista fue encarcelado y la resume así: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: Convertíos porque el Reino de los cielos ha llegado» (Mt 4,17).

En la introducción del discurso llama la atención el hecho de que Jesús se sienta dos veces: primero, junto al mar y luego, cuando se reúne la multitud, en la barca. Se insiste de esta manera en que él adopta la actitud del maestro que se sienta («kathesthai», de aquí viene nuestra palabra «cátedra») para impartir una enseñanza seria e importante para la vida de los oyentes. De aquí que, cuando el Romano Pontífice, en su cali­dad de maestro supremo de la Iglesia universal, en uso del carisma de la infalibilidad que posee, enseña una doctrina de fe y costumbres de manera definitiva, se dice que ha hablado «ex cathedra». Es el modo más solemne de enseñar. A una doctrina así enseñada los fieles deben dar el consentimiento de la fe.


El sembrador y las semillas

«Salió un sembrador a sembrar». Este comienzo ha dado el nombre a esta parábola, llamada habitualmente «del sembrador». Pero, en realidad, el sembrador es secundario. Lo central en la parábola no es el sembrador, sino la semilla. De ella se trata cuando se dice que «una parte cayó a lo largo del camino... otra, cayó en pedregal... otra cayó entre espinas... otra cayó en tierra buena y dio fruto». A la semilla se refiere Jesús cuando explica a sus discípulos el significado profundo de la parábola explicando por cuatro veces la situación de cada semilla. Por eso en su exposición de esta misma parábola Lucas establece esta equivalencia: «La semilla es la Palabra de Dios» (Lc 8,11).

El tema de la parábola es la diversa suerte que corre la misma semilla cuando es sembrada en los más diversos terrenos. Debería llamarse la «pará­bola de la siembra». Jesús quiere enseñar que la Palabra de Dios cuando es proferida ante la multitud de los hombres comienza en el corazón de ellos la misma historia que la semilla cuando es sembrada en el campo. El tema de la parábola es el impacto producido en cada uno por el anuncio del Reino. Hay que tener una percepción perfecta y un poder de síntesis genial para clasificar las respuestas de manera tan completa y precisa. Ante el anuncio de la Palabra las reacciones son cuatro.


Los diversos terrenos

La semilla que cae a orilla del camino y es comida por las aves se compara con el que escucha la Palabra del Reino, pero viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. Podemos afirmar que esto es lo que ocurrió cuando San Pablo predicó la resurrección de Cristo en el Areópago de Atenas: «Al oír la resurrección de los muertos unos se burlaron y otros dijeron: ‘Sobre esto te oiremos otra vez’» (Hch 17,32). En éstos la Palabra fue arrebatada inmediatamente por el Maligno. Pero ni aun allí la predicación fue inútil: «Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos otros» (Hch 17,34). Sin duda, valió la pena sembrar.

En otros la Palabra ejerce su fascinación: «Oyen la Palabra y al punto la reciben con alegría». Pero son inconstantes y ante cualquier tribulación a causa de la misma Palabra sucumben. Éstos son los que no están dispuestos a sufrir nada por Cristo. No merecerán nunca que Cristo les diga: «Bienaventurados vosotros cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12).

En otros, el terreno tiene espinas: las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra. Estos están tan ocupados en los asuntos de este mundo que no tienen tiempo para pensar en la vida eterna, ni siquiera para la Eucaristía dominical; o bien son engañados por las riquezas como «el joven rico». A éste le habló Jesús mismo; pero sus riquezas lo convencieron de que ellas lo harían feliz. Pero lo engañaron y ahogaron la voz del Maestro. Jesús dijo esta parábola para sus contemporáneos y también para nosotros, para poder examinar nuestra vida y ofrecer a la Palabra de Dios un corazón como el de la Virgen María: «María guardaba cuidadosamente estas Palabras y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19.51). En nadie ha encontrado la Palabra un terreno más fértil. En ella «la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14).


Una palabra del Santo Padre:

«El sembrador es Jesús. Notamos que, con esta imagen, Él se presenta como uno que no se impone, sino que se propone; no nos atrae conquistándonos, sino donándose: echa la semilla. Él esparce con paciencia y generosidad su Palabra, que no es una jaula o una trampa, sino una semilla que puede dar fruto. ¿Y cómo puede dar fruto? Si nosotros lo acogemos.

Por ello la parábola se refiere sobre todo a nosotros: habla efectivamente del terreno más que del sembrador. Jesús efectúa, por así decir una “radiografía espiritual” de nuestro corazón, que es el terreno sobre el cual cae la semilla de la Palabra. Nuestro corazón, como un terreno, puede ser bueno y entonces la Palabra da fruto —y mucho— pero puede ser también duro, impermeable. Ello ocurre cuando oímos la Palabra, pero nos es indiferente, precisamente como en una calle: no entra.

Entre el terreno bueno y la calle, el asfalto —si nosotros echamos una semilla sobre los “sanpietrini” no crece nada— sin embargo hay dos terrenos intermedios que, en distinta medida, podemos tener en nosotros. El primero, dice Jesús, es el pedregoso. Intentemos imaginarlo: un terreno pedregoso es un terreno «donde no hay mucha tierra» (cf v. 5), por lo que la semilla germina, pero no consigue echar raíces profundas. Así es el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca. Es un corazón sin profundidad, donde las piedras de la pereza prevalecen sobre la tierra buena, donde el amor es inconstante y pasajero. Pero quien acoge al Señor solo cuando le apetece, no da fruto.

Está luego el último terreno, el espinoso, lleno de zarzas que asfixian a las plantas buenas. ¿Qué representan estas zarzas? «La preocupación del mundo y la seducción de la riqueza» (v. 22), así dice Jesús, explícitamente. Las zarzas son los vicios que se pelean con Dios, que asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto, la semilla no se desarrollará.

Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos invita hoy a mirarnos por dentro: a dar las gracias por nuestro terreno bueno y a seguir trabajando sobre los terrenos que todavía no son buenos. Preguntémonos si nuestro corazón está abierto a acoger con fe la semilla de la Palabra de Dios. Preguntémonos si nuestras piedras de la pereza son todavía numerosas y grandes; individuemos y llamemos por nombre a las zarzas de los vicios. Encontremos el valor de hacer una buena recuperación del suelo, una bonita recuperación de nuestro corazón, llevando al Señor en la Confesión y en la oración nuestras piedras y nuestras zarzas. Haciendo así, Jesús, buen sembrador, estará feliz de cumplir un trabajo adicional: purificar nuestro corazón, quitando las piedras y espinas que asfixian la Palabra».

Papa Francisco. Ángelus 16 de julio de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. ¿Con sinceridad, qué tipo de terreno me considero? ¿La Palabra de Dios es fecunda en mí?

2. ¿Leo la Palabra de Dios todos los días? ¿Por qué no le dedico unos minutos diarios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 543-546. 2705-2708.



[1] Isaías «Yahvé es salvación» es el primero de los cuatro profetas mayores. Era descendiente de uno de los reyes de Judá (sobrino del rey Amacias) y pertenecía a la aristocracia de Jerusalén. Junto con el profeta Miqueas lucha contra la amenaza del abuso del poder y de la riqueza. Es probable que haya sido martirizado de manos del rey Manasés. Vivió en el siglo VII a.C. 
[2] Parábola vienen del latín parabŏla, y este del griego παραβολ que quiere decir «comparación». La parábola es una narración de un suceso creado, del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.