lunes, 28 de septiembre de 2020

Domingo de la Semana 27 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 4 de octubre 2020

«El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Lectura del libro del profeta Isaías 5,1-7

«Voy a cantar en nombre de mi amigo el canto de mi amado a su viña. Mi amigo tenía una viña en una loma fértil. La cavó, la limpió de piedras y la plantó con cepas escogidas; edificó una torre en medio de ella y también excavó un lagar. Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? Si esperaba que diera uvas, ¿por qué dio frutos agrios? Y ahora les haré conocer lo que haré con mi viña: Quitaré su valla, y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada. La convertiré en una ruina, y no será podada ni escardada. Crecerán los abrojos y los cardos, y mandaré a las nubes que no derramen lluvia sobre ella. Porque la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta. ¡El esperó de ellos justicia, y hay iniquidad; esperó honradez, y hay alaridos!»

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 4, 6-9

«No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la  oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias.Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo  Jesús. Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo  cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Todo cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 33 - 43

«Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia." Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?» Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.» Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: Ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de este Domingo nos presenta una parábo­la­ expuesta por Jesús para expresar las relaciones de Dios con su pue­blo. Las lecturas nos muestran la imagen de la viña que simboliza a Israel; una viña que es amada y cuidada por Dios, pero que, lamentablemente, no produce los frutos que se esperaban de ella. La Primera Lectura nos muestra el poema del amigo y de su viña. Este hombre ama su viña y espera de ella que dé buenas uvas, en cambio, recibe uvas silvestres, agrazones[1]. El hombre se lamenta con razón y se pregunta: ¿qué más podía haber hecho por mi viña que no hice? Nada; ciertamente ya lo hizo todo.

En el Evangelio se recoge el tema de la viña en una especie de alegoría: el dueño de la viña la arrienda a unos trabajadores que no solamente no producen los frutos esperados, sino que matan a su hijo, el heredero. En ambos casos el tema de los frutos que Dios espera de Israel y de los hombres se subraya de modo especial: el hombre ha recibido mucho de Dios y debe ofrecer frutos de vida eterna, de conversión, de santidad y de caridad. Por su parte, San Pablo en la carta a los Filipenses, continuando su exposición, los exhorta a dar «el buen fruto» que es poner por obra todo lo que han recibido y aprendido de Dios (Segunda Lectura).

 

La canción de la viña

«Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por la viña...» Este hermoso poema compuesto por Isaías al comienzo de su ministerio, probablemente se basó en alguna canción popular de vendimia. El tema de la viña de Israel, elegida y luego repudiada, fue esbozado ya por Oseas (10,1), lo repetirá Jeremías (2,21; 5,10; 6,9) y Ezequiel (15,1-18). Isaías compara a Israel con la viña, que Dios había plantado y cuidado cariñosamente con la esperanza de obtener una buena y rica cosecha. «Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?». San Gregorio Magno comentando este pasaje nos dice: «¿No vemos en estas palabras la condenación de los que abusan de las gracias? ¿No somos todos “la viña del Señor”, escogidos de entre muchos otros y destinados para la vida eterna? Por eso, los que hemos recibido más gracias que muchos otros, seremos también juzgados con mayor severidad; porque a medida que aumenten las gracias, aumenta la responsabilidad en que incurrimos».  

 

«Recurran a la oración y a la súplica»

San Pablo sale a nuestro encuentro y nos exhorta, en la carta a los Filipenses, a recurrir al Señor  por medio de la oración y de la súplica. La cristiandad de Filipos, ciudad principal de Macedonia, había enviado una pequeña subvención para aliviar la vida del apóstol en Roma. Conmovido por el gran cariño de sus hijos en Cristo les manda una carta de agradecimiento que es, a la vez, un modelo y un testimonio de ternura con que abraza a cada una de las comunidades por él fundadas. La epístola fue escrita en Roma hacia el año 63. San Francisco de Sales nos dice acerca de la angustia y de la inquietud del corazón: «Proviene la inquietud de un inmoderado deseo de librarse del mal que se padece o de alcanzar el bien que se espera, y con todo, la inquietud y el desasosiego es lo que más empeora el mal y aleja el bien, sucediendo lo que a los pájaros, que al verse entre redes y lazos, se agitan y baten las alas para salir, con lo cual se enredan cada vez más y quedan presos. Por tanto, cuando quieras librarte de algún mal o alcanzar algún bien, ante todas las cosas, tranquiliza tu espíritu y sosiega el entendimiento y la voluntad». La vida del que espera y confía en el Señor excluye todo apego (ver Tt 2,11-13), entonces «el Dios de la paz estará con vosotros».

 

Los viñadores homicidas

La parábola de los viñadores homicidas es una de las únicas dos parábolas que aparecen en los tres Evangelios sinópticos[2]. La otra, es la parábola del sembrador. Y ésta sola consta­tación indica ya su importancia. La parábola de los viñadores asesinos constituye un compendio de la historia de la salvación de Dios para el hombre, desde la Alianza del Sinaí hasta la fundación de la Iglesia por Jesucristo como Nuevo Pueblo de Dios; pasando por los profetas y la misma persona de Cristo que anunció el Reino de Dios y fue constituido piedra angular de todo el Plan Reconciliador del Padre mediante su sacrificio pascual. Jesús presenta la imagen de un propietario que plantó una viña y la cuidó con el máximo esmero posible. «Era un pro­pietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar[3] y edificó una torre». La fuerza expresiva de esta descripción está amplifica­da, por la evoca­ción del texto del profeta Isaías sobre la viña (Is 5, 1-7), que los oyentes no pueden dejar de recordar.

Jesús sigue exponiendo la parábola: «El propietario arrendó la viña a unos labradores y se ausentó», pero no se olvidó de su viña. Cuando llegó el tiempo de los fru­tos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores los golpearon y los mataron; envió otros siervos más numerosos que los primeros y los trataron de la misma forma. Hasta aquí es sorprendente la paciencia que ha tenido el dueño; pero el auditorio co­mienza a irritarse con la actuación de los arrendatarios. Llega entonces el punto culmi­nan­te del relato donde el dueño manda a su propio hijo. Todo el auditorio está de acuerdo que lo respetarán ya que lo contrario sería excesivo, sería una provocación contra el dueño de la viña. Sin embargo, el hijo es asesinado para quedarse con la viña.

 

La explicación de la parábola 

Ha quedado claro que, en la parábola, cuando Jesús habla de «el hijo», está expresando su conciencia filial respecto de Dios. Él es el hijo que en el momento culmi­nante fue arrojado fuera y matado; y los que fueron envia­dos antes que Él son los profetas. Es la misma idea que Él expresa cuando a la vista de Jerusalén suspi­ra: «¡Jerusa­lén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son envia­dos!» (Mt 23,37). Es la misma idea con que se introduce la carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últi­mos tiempos nos ha habla­do por medio del Hijo, a quien instituyó heredero de todo» (Hb 1,1-2). En esta misma epístola reaparece el detalle de que el hijo fue arrojado fuera de la viña y allí lo mataron: «Jesús pade­ció fuera de la puerta» (Hb 13,12).

Por medio de la parábola de los viñadores homicidas, Jesús se está refi­riendo a su propio fin. Ahora viene una reflexión y comentario, en la cual Jesús hace intervenir al auditorio para que exprese su reacción. Nadie puede quedar indiferente ante la pregunta sobre el destino de los viñadores. Le responden: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores que le paguen los frutos a su tiem­po». Sin embargo, para comprender el alcance de la respuesta de Jesús hay que recordar quiénes estaban oyendo esta parábola. El Evangelio dice que «mientras Jesús enseñaba en el Tem­plo, se le acerca­ron los sumos sacerdo­tes y los ancianos del pueblo para pre­guntarle: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado tal autori­dad?» (Mt 21,23). A la luz de la fe en Cristo, la pre­gunta es absurda y deja en evidencia toda la cegue­ra de las autori­dades judías. Jesús era el Hijo, que venía a «su propia casa», Él es la Pala­bra de Dios que, en el lugar de su morada, enseñaba. Hay que ser ciego para no ver con qué autoridad lo hace. Jesús responde a la pregunta propo­nien­do, entre otras, también esta parábola llamada «de los viñadores homici­das».

 

«El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

En la aplicación de la parábola, Jesús se pasa de «la viña» al «Reino de Dios». Jesús está hablando del Reino de Dios que se hizo presente como un don a su pueblo cuando Él vino a los suyos pero no lo recibieron. Entonces fue dado a otro pueblo. Este otro pueblo al cual fue dado Jesús y con él el Reino de Dios es la Iglesia. Para formar parte de este pueblo se nace por medio del bau­tis­mo, que consiste en acoger a Jesús como Señor. Así se verifica lo anunciado por San Juan: «A cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12). La parábola que hemos leído está en el Evangelio para interpelarnos a nosotros ahora. A nosotros se nos han dado ahora los sacramentos con todas sus infinitas gracias, sobre todo, el sacramento de la Eucaris­tía, que contiene a Cristo mismo. Dios no podía hacer nada más grande por nosotros. Por eso espera de nosotros frutos de caridad y de santidad.

 

Una palabra del Santo Padre:

«¿Qué hará entonces el dueño de la viña?», se preguntó el Papa Francisco. Y respondió: «Vendrá y pondrá al pueblo ante el juicio». Al respecto Jesús dijo «una palabra que parece un poco fuera de lugar: “¿No habéis leído aquel texto de la Escritura: La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?”». El Papa aclaró que «esa historia de fracaso no prospera y lo que había sido descartado se convierte en fuerza». De este modo, «los profetas, los hombres de Dios hablaron al pueblo, que no fueron acogidos, que fueron descartados, serán su gloria». Y «el Hijo, el último enviado, que fue precisamente descartado, juzgado, no escuchado y asesinado, se convirtió en la piedra angular». He aquí, entonces, que «esta historia, que comienza con un sueño de amor y parece ser una historia de amor, pero luego parece acabar en una historia de fracasos, termina con el gran amor de Dios, que del descarte saca la salvación; de su Hijo descartado, nos salva a todos».

Para el Pontífice es una experiencia bella «leer en la Biblia tantos, tantos lamentos de Dios». Por lo demás, «cuando Dios habla a su pueblo dice: “¿Por qué has hecho esto? Recuerda todo lo que hice por ti: cómo te elegí, cómo te liberé. ¿Por qué me haces esto?”». El Padre, destacó el Papa Francisco, «se lamenta, incluso llora». Y «al final» está precisamente «el llanto de Jesús ante Jerusalén: “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas”». Esta, explicó, «es la historia de un pueblo que no logra liberarse de la voluntad que sembró Satanás en los primeros padres: convertirse en dioses». Es «un pueblo que no sabe obedecer a Dios, porque quiere llegar a ser dios».

Esta actitud hace que sea «un pueblo cerrado, un pueblo en el que los ministros se endurecen». Por lo tanto, el Papa señaló que «el final de este pasaje, que hemos leído, es triste», porque emerge «la rigidez de esos sacerdotes, de esos doctores de la ley: trataban de capturar a Jesús para matarlo pero tenían miedo de la multitud». De hecho, «se dieron cuenta de que había contado la parábola contra ellos». Y así «lo dejaron y se fueron».

«La vía de nuestra redención es un camino donde no faltan muchos fracasos», reconoció el Pontífice. Tanto es así que «también el último, el de la cruz, es un escándalo: pero precisamente ahí el amor vence». Y «esa historia que comienza con un sueño de amor, y continúa con una historia de fracasos, termina con la victoria del amor: la cruz de Jesús». El Papa Francisco instó a «no olvidar este camino», aunque «es un camino difícil». Y, «también el nuestro» es siempre un camino difícil. Así, «si cada uno de nosotros hace un examen de conciencia, verá cuántas veces ha echado fuera a los profetas; cuántas veces ha dicho a Jesús: “¡vete!”; cuántas veces ha querido salvarse a sí mismo; cuántas veces ha pensado tener la razón».

Papa Francisco. Homilía en la capilla de Domus Santae Marthae. 1 junio de2015.  

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. Leamos en familia el hermoso Salmo 118 (117) que nos habla acerca de la confianza en Dios.

2. El Señor nos dice: «Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».  ¿Cuáles son los frutos que doy? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 758-780.



[1] Agrazones: uvas que nunca maduran.

[2] Los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas.

[3] Lagar: sitio pequeño en que se pisa la uva para hacer vino y la aceituna para sacar el aceite.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Domingo de la Semana 26 del Tiempo Ordinario. Ciclo A- 27 de septiembre de 2020

«¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

 

Lectura del libro del profeta Ezequiel 18, 25-28

 

«Ustedes dirán: «El proceder del Señor no es correcto.» Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido. Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida. Él ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, vivirá sin duda, y no morirá».

 

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 2, 1-11

 

«Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: Jesucristo es el Señor.» 

 

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 28-32

 

«Pero ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña." Él respondió: "No quiero." Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?» «El primero», le respondieron. Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».  

 

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Uno de los temas centrales de este Domingo es la conversión. El texto del profeta Ezequiel[1] quiere mostrarnos que cada uno tiene la hermosa responsabilidad de convertirse siendo responsable de sus actos y decisiones. Dios, que nos ama profundamente, respeta el don de la libertad que nos ha otorgado (Primera Lectura). Dice Santo Tomás de Aquino: «nada es más adecuado para mover al amor que la conciencia que se tiene de ser amado». En la carta a los Filipenses, Pablo nos exhorta a tomar conciencia del precio que Dios ha pagado por nuestra reconciliación con el sacrificio de su Hijo que: «se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz». Ése es el modelo del cristiano: la humildad y el fiel cumplimiento del Plan del Padre. En el Evangelio esta enseñanza se profundiza ya que no basta obedecer sólo de palabra los mandamientos de Dios, es necesario que las buenas obras acompañen nuestras palabras. Por esta razón los publicanos y las prostitutas precederán a los Maestros de la ley en el Reino de los Cielos. Mientras los primeros dijeron «no» a la voluntad de Dios, pero después se convirtieron de su mala conducta; los segundos, es decir, los Maestros de la ley, creyéndose justos, no sentían la necesidad de convertirse y de hacer penitencia por sus pecados. Con sus palabras decían «sí» a Dios, pero sus obras eran distintas. ¡Qué tragedia el creerse justo y no verse necesitado de arrepentimiento!

 


«Él ha abierto los ojos y se ha convertido…vivirá y no morirá»

 

Para entender la lectura del profeta Ezequiel es preciso enmarcar históricamente el texto. El pueblo se encuentra en el exilio después de la caída de Jerusalén. La tradición teológica interpretaba lo sucedido como el resultado de los pecados y las infidelidades del pueblo a lo largo de su historia. En realidad, se trataba de una situación fatal e ineludible que la generación presente debía sobrellevar. Ellos soportaban las culpas y pecados de sus antepasados pero, al mismo tiempo experimentaban que el castigo era superior a las culpas que habían cometido. Se sentían tratados injustamente. Entonces surgía la pregunta: ¿dónde ha quedado el amor de Dios? ¿Dónde está el Dios de Abraham, de Issac, de Jacob? ¿Qué ha sido de la promesa del Señor? Daba la impresión de que Yahveh rompía su Alianza: el templo había sido destruido; Jerusalén, la ciudad santa, había sido saqueada y devastada, ardía en llamas; el pueblo,  deportado... Todo era, pues, desaliento, decaimiento y derrota. El profeta Ezequiel se levanta con fuerte y firme voz y encamina al pueblo por distinta ruta. Así, enuncia el principio general: «Cada uno sufrirá la muerte por su propio pecado». Es decir, la responsabilidad es personal y cada uno responderá de sus propios actos. Asimismo, la retribución también es personal. Efectivamente los actos pasados influyen y condicionan de algún modo el presente, pero no son una herencia fatal al estilo de una tragedia griega. Ciertamente será difícil liberarse de las condiciones del pasado, pero es posible porque «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 18,23).

 

 

«¡Cristo Jesús es el Señor!»

 

El himno de la carta a los Filipenses[2] es uno de los textos fundamentales en la elaboración de la cristología. En este himno el centro en torno al cual gira la reflexión es la frase final: «Jesucristo es Señor». En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (ver Ex 3, 14), YHWH[3], es traducido por «Kyrios» (Señor). «Señor» se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (ver 1 Co 2,8).

 

Así pues, el himno de Filipenses indica claramente la perfecta divinidad y la perfecta humanidad de Cristo. Pues bien, Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Aquí no se habla de los discursos del Señor, de sus enseñanzas, sino de sus obras: se despojó, tomó la condición de esclavo, se sometió incluso a la muerte. Él nos enseña el camino que debe seguir el cristiano: el camino de la humildad, el camino del cumplimiento de la voluntad de Dios en las obras, no sólo en las palabras. Aquí vemos también el poder de Cristo que es el poder de la obediencia, del amor y de la verdad. Jesús es el Señor y en Él descansa confiadamente toda nuestra esperanza.

 

 

«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado tal autoridad?»

 

El Evangelio de este Domingo está en un contexto de plena controversia. Jesús ha realizado ya su entrada triunfal en Jerusalén. Lo hizo montado en una asna, que es una cabalgadura real, y a su paso la gente gritaba abiertamente: “¡Hosana el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21,9). Entró en el templo y expulsó enérgicamente a los cambistas y vendedores, sanó a ciegos y cojos que allí había. Todo esto no agradó a las autoridades. «Los Sumos Sacerdotes y los escribas al ver los milagros…se indignaron» (Mt 21,15). Querían que Jesús callara los gritos de la gente. Pero Jesús lejos de encontrarlos excesivos, los encuentra adecuados a la realidad y dice: «¿No habéis leído que “de la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza”?» (Mt 21,16). Al día siguiente, nuevamente en el Templo enseñando, se le acercan los Sumos Sacerdotes y los Ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Quién te ha dado tal autoridad?» (Mt 21,23). La pregunta viene directamente de aquellos que detentan la máxima autoridad religiosa de Israel. Si la pregunta hubiera sido hecha con buena voluntad, Jesús hubiera respondido «Yo soy el Hijo de Dios…Yo y el Padre somos uno…Me ha sido dado el poder sobre el cielo y la tierra» (Jn 10,30.36; Mt 28,18). Pero si hubiera respondido así se habrían rasgado las vestiduras y lo habrían condenado a muerte acusándolo de blasfemia. Todavía no era su hora. Por eso, antes de responder Él hace una pregunta: «¿El bautismo de Juan, de dónde era, del cielo o de los hombres?»(Mt 21,25). Ellos opinan que el bautismo de Juan es de los hombres, pero no quieren arriesgarse a decirlo y responden: «No sabemos». ¡Es falso! La respuesta correcta era: «Sabemos, pero no te lo decimos» Jesús pone en evidencia la falsedad de ellos diciendo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto». Él tampoco lo dice; pero Él no miente.

 

 

La parábola de los dos hijos

 

Hemos hecho esta larga introducción para presentar el contexto de la parábola de los dos hijos, que expone Jesús a continuación. La introduce con una pregunta para comprometer al auditorio: «¿Qué os parece?». Y presenta el caso de los dos hijos a quienes el padre manda a trabajar a su viña. El primero dijo: «No quiero», porque la respuesta es demasiado obvia. Responden: «El primero». Y ahora que han tomado partido, Jesús pone de manifiesto la analogía con la realidad salvífica: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes de vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros en el camino de la justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».

 

Las autoridades judías del tiempo de Jesús quedan en el lugar del segundo hijo. Ellos detentan la Palabra de Dios y enseñan la conformidad con la voluntad de Dios; ellos dicen a Dios que sí en todo y lo hacen con ostentación, pero no cumplen su voluntad. Por eso cuando vino Juan, enviado por el Señor, no creyeron en él. Y tampoco creen en Jesús. En cambio, los publicanos y las prostitutas, que evidentemente transgreden los mandamientos de Dios, cuando vino Juan, creyeron en él. Son como el primer hijo, que al principio dijo: «No voy», pero después se arrepintió y fue. En confesión de los mismos interlocutores de Jesús, fue éste quien cumplió la voluntad del padre y no el otro. En todo el episodio está pesando la persona de Juan Bautista que en el Prólogo del cuarto Evangelio es presentado así: «Hubo un hombre, enviado por Dios. Su nombre era Juan. Éste vino para dar testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él» (Jn 1,6-7). Cerrarse a la persona y la predicación de Juan es cerrase a la luz, es cerrarse a Jesús, que es la luz verdadera. Y ésta es la negación definitiva de Dios. ¿Qué importa haber predicado tanto sobre el cumplimiento de los mandamientos, si, llegado el momento de actuar, se falta a su voluntad? A esta actitud se refiere Jesús cuando dice: «No todo el que diga “Señor, Señor “, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). La voluntad del Padre celestial es el amor, pues éste resume toda la ley y los profetas.          

 

 

Una palabra del Santo Padre:

 

El Papa introdujo su reflexión reconstruyendo la escena descrita en el pasaje evangélico. Aquel «que había invitado a Jesús al almuerzo —hizo notar— era una persona de un cierto nivel, de cultura, quizás un universitario. Y «no parece que fuera una mala persona». Hasta que irrumpe en el banquete una figura femenina, una que no tenía cultura o si la tenía, aquí no lo demostró». En efecto, «entra y hace eso que quiere hacer: sin pedir disculpas, sin pedir permiso».

 

Es entonces cuando la realidad se revela detrás de las buenas maneras: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora». Este hombre «no era malo», sin embargo, «no logra entender el gesto de la mujer. No logra entender los gestos elementales de la gente». En resumen, «estaba alejado de la realidad». Sólo así, continuó el Papa, se explica «la acusación» imputada a Jesús: «¡Este es un santón! Nos habla de cosas hermosas, hace un poco de magia; es un curandero; pero al final no conoce a la gente, porque si supiera de qué clase es esta, habría dicho algo».

 

Hay entonces «dos actitudes» muy diferentes entre sí: por una parte la del «hombre que ve y califica», juzga; y por otro la de la «mujer que llora y hace cosas que parecen locuras», porque utiliza un perfume que «es caro, es costoso». En especial el Pontífice se detuvo en el hecho de que el Evangelio sí utiliza la palabra «unción» para significar que el «perfume de la mujer unge: tiene la capacidad de ser una unción», al contrario de las palabras del fariseo que «no llegan al corazón, no llegan a la realidad».

 

En medio a estas dos figuras tan antitéticas está Jesús, con «su paciencia, su amor», su «deseo de salvar a todos», que «le lleva a explicar al fariseo qué significa eso que hace esta mujer» y a reprocharle, si bien «con humildad y ternura», por no haber tenido «cortesía» con Él.

 

El Papa evidenció también que el Evangelio no dice «cómo terminó la historia para este hombre», pero dice claramente «cómo terminó para la mujer: “Tus pecados han quedado perdonados”». Una frase, esta, que escandaliza a los comensales, quienes comienzan a confabular entre sí preguntándose: «¿Pero, quién es este, que hasta perdona pecados?». En resumen, «a ella se le dice que sus pecados le son perdonados, a los demás, Jesús les hace ver sólo los gestos y se los explica, incluso los gestos no realizados, o sea lo que no han hecho con Él». En consecuencia «la palabra salvación —“tu fe te ha salvado”— la dice sólo a la mujer, que es una pecadora. Y la dice porque ella logró llorar sus pecados, confesar sus pecados, decir: “Soy una pecadora”». Por el contrario, «no la dice a esa gente», que incluso «no era mala», sino porque estas personas «creían que no eran pecadoras».

 

He aquí entonces la enseñanza del Evangelio: «La salvación entra en el corazón solamente cuando abrimos el corazón en la verdad de nuestros pecados». Cierto, observó el obispo de Roma, «ninguno de nosotros irá a hacer el gesto que hizo esta mujer», pero todos nosotros tenemos la posibilidad de llorar, todos nosotros tenemos la posibilidad de abrirnos y decir: Señor, ¡sálvame!». También porque, afirmó, «a esa otra gente, en este pasaje del Evangelio, Jesús no dice nada. Pero en otro pasaje dirá esa terrible palabra: “¡Hipócritas, porque os habéis alejado de la realidad, de la verdad!”». Y de nuevo, refiriéndose al ejemplo de esa pecadora, dice: «Pensad bien, serán las prostitutas y los publicanos que os precederán en el reino de los cielos». Porque ellos —concluyó— «se sienten pecadores» y «abren su corazón en la confesión de los pecados, en el encuentro con Jesús, que dio su sangre por todos nosotros».

 

Papa Francisco. Misa en la capilla de la Domus Sanctae Marthae. Jueves 18 de septiembre de 2014

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. San Ambrosio nos dice acerca del segundo hijo de esta parábola: «El remordimiento es una gracia para el pecador. Sentir el remordimiento y escucharlo prueba que la conciencia no está enteramente apagada. El que siente su herida, desea la curación y toma remedios. Donde no se siente el mal no hay esperanza de vida». ¿Cómo aplico estas palabras a mi propia vida?

 

2. Jesús nos muestra de manera muy ella cómo lo que más importa es que podamos darnos cuenta que podemos cambiar de vida hasta en el último momento de nuestras existencias. Eso debe de llenarnos de esperanza.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 546. 1451-1454.




[1] Ezequiel (Dios fortalece) es uno de los profetas mayores. Por ser hijo de un sacerdote, Buzi, fue criado en los alrededores del Templo, con miras a continuar el oficio de su padre. Sin embargo debido a la toma militar de Israel en el año 597 a.C. fue llevado cautivo a Babilonia junto con el rey Joaquín y otros nobles (ver 2Re 24, 14-17). Cuando tenía 30 años  tuvo visiones por las cuales recibió su vocación profética. 

[2] San Pablo fundó la iglesia de Filipos, la primera de Europa, hacia el año 50. Escribió la carta desde la cárcel, posiblemente en Roma hacia el año 61 – 63. San Pablo explica su situación a los cristianos de Filipos y les agradece por los presentes enviados tan generosamente. Les alienta en la fe a olvidar el orgullo y seguir el ejemplo de Jesucristo. Su carta reboza de alegría, aliento y esperanza.   

[3] En hebreo en lugar de Yahveh – el tetragrama sagrado que al leerlo no se pronunciaba- se empleó;  Adonai que quiere decir «mi Señor» (ver Gn 15, 2.8). Adonai manifiesta la idea de una confianza plena en la soberanía de su Señor.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Domingo de la Semana 25 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 20 de septiembre de 2020

«Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos»

 

Lectura del libro del  profeta Isaías 55, 6-9


«¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar. Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor -.Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes».

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 1,20c-24.27a

«Sea que viva, sea que muera, Cristo será glorificado en mi cuerpo. Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si la vida en este cuerpo me permite seguir trabajando fructuosamente, ya no sé qué elegir. Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo. Solamente les pido que se comporten como dignos seguidores del Evangelio de Cristo».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 20, 1-16

«El Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo." Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?" Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado." Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña."

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros." Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada." El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.»

 

& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Leemos en el Evangelio la parábola llamada «de los obreros de la viña»; sin embargo, sería mejor llamarla la del dueño bondadoso o el señor generoso. El profeta Isaías parece sintetizar la idea principal de este Domingo cuando dice: «los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos». La mente humana es pequeña, frágil y sujeta al error. El hombre debe ser consciente que Dios tiene un hermoso Plan para cada uno y que al ser humano le corresponde conocerlo para ser fiel a él (Primera Lectura). Esta misma verdad aparece claramente en el Evangelio, que nos habla del Reino de los Cielos y nos lo presenta como el dueño de una viña que sale a contratar a los jornaleros. Un sentido de justicia muy humano, nos llevaría a pensar que los jornaleros que han soportado todo el peso de la jornada, deberían recibir más que aquellos que apenas han trabajado una hora. Pero, si examinamos con calma, veremos que aquí no hay injusticia alguna. Quien ha trabajado toda la jornada, ha recibido aquello que le había sido prometido. Entonces, el tema en cuestión pasa a ser la misericordia de Dios, que premia, superando con mucho, los méritos humanos. Puede uno pasar el día entero trabajando, pero obtendrá poco, si ama poco. Por esta razón: «los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos» (Evangelio). Esto supone todo un cambio de criterios y de mentalidad. Una vida nueva que lleva a San Pablo a exclamar en su carta a los Filipenses: «para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia».

 

«Porque los pensamientos de ustedes no son los míos»

Isaías[1] es sin duda uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento. Vivió en el siglo VII a.C. y profetizó durante la crisis causada por la expansión del Imperio Asirio. Según algunos apócrifos, murió aserrado por orden del terrible rey Manases[2]. Este libro contiene el mayor número de profecías utilizadas en el Nuevo Testamento. La parte que estamos meditando hace parte del libro de la consolación de Israel. El capítulo 55 es una exhortación final a participar de los bienes de una nueva alianza y a convertirse, mientras haya tiempo ya que el «Señor es generoso en perdonar» pero, recuerda el profeta, Él está cerca.

«Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos». He aquí la clave para poder entender muchas de las vicisitudes de nuestra vida y de la historia de la humanidad. Creemos que Dios debe de pensar como nosotros pensamos y debe de tener los mismos conceptos de amor, justicia y perdón que nosotros tenemos. Estamos tan convencidos de estar en lo cierto, que quedamos consternados, desconcertados delante de muchos acontecimientos, pues nos parecen incompatibles con el amor o la justicia, según nuestros limitados criterios. Y comenzamos a dudar, no de nuestro modo de pensar, sino de Dios. Dudamos porque en el fondo, no queremos comprender que «Dios es Amor». Que Dios es el totalmente Otro y que es capaz de «amar hasta el extremo» dando su vida para que tengamos la vida eterna. 

Justamente el mensaje del Evangelio es la gratuidad de Dios ante el legalismo que patrocinaban los fariseos. Estos eran incapaces de entender conceptos como amor y perdón.  Esta es la recompensa que esperaba San Pablo, uno de los llamados a trabajar en la viña del Señor en la segunda hora. Escribiendo a los cristianos de Filipos, ciudad romana en Macedonia[3], afirma «Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia». Pero está igualmente dispuesto a seguir viviendo mientras sea útil a los hermanos. Pero habla así porque escribe desde la cárcel en Roma (alrededor del año 63) esperando una sentencia que podía ser capital.   

 

«El Reino de los cielos es semejante a…»


El Señor quiere que entendamos un poco más acerca del Reino futuro y su dinámica ya presente en el «ahora» de nuestra vida. Lo primero que tenemos que considerar es que Dios llama a quien quiere y cuando quiere. De esa manera nos llamó ya una vez a la existencia de la nada. De esa manera nos llama ahora para colmarnos de sus dones y hacernos partícipes de su eterna felici­dad. Su llamada es enteramente gratuita. Los apóstoles y los santos que han vivido la experien­cia de la gracia no se cansan de contemplar la bondad de Dios. San Pablo escribe: «Él nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados» (Col 1,13-14). Esto es lo que tenemos que tener en mente para entender la parábola que nos presenta el Evangelio de este Domingo. Allí entramos en contacto con una justicia que es superior a la nuestra: es la justicia de Dios. Dios ejerce su justicia salvan­do, librando de la muerte y dando la vida.

«El Reino de los cielos…» es semejante a un señor que sale a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña conviniendo con ellos el pago de un denario al día. Volvió a salir a las 9 y a las 12 y a las 15 horas y viendo cada vez gente en la plaza, sin trabajo, les dijo: «Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo». Por último, salió a las 17 horas y encontró otros que habían estado todo el día parados y también a éstos manda a su viña. Todos éstos pasan de la amargura que signifi­ca la cesantía a la alegría de haber encontrado un buen traba­jo, del abatimiento al entusiasmo. Hasta aquí todos compren­demos la bondad de este Señor que ofrece una «fuente de trabajo» y la fortuna de los que, estando cesantes, han sido llamados a gozar de ella. Es conveniente destacar esta frase: «Os pagaré lo que sea justo» ya que ellos confían en la bondad del señor para el momento de la retribución.

Pero al final del día llega el momento de recibir el pago. Aquí el Señor realiza un nuevo gesto asombroso: comienza a llamar a los obreros, partiendo por los últimos, los que han trabajado sólo una hora, y les da un denario a cada uno; ¡es un regalo! Calculemos la alegría de estos hombres. Y lo mismo hace con todos. Entonces ocurre lo increíble: la protesta. Los que llegaron a traba­jar a la primera hora «murmuraban contra el Señor». Reclamaban al compararse con los últimos.

El Señor, siempre bondadoso, contesta al que encabe­za la protesta, llamándolo «amigo». Le recuerda que lo conveni­do con ellos fue un denario al día; ellos habían recibido «lo suyo». Agrega: «Quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?». El «ojo malo» es una expresión hebrea para indicar un estado de espíritu maligno, porque el ojo es como el espejo del alma. Aquí quiere indicar la envidia, es decir, el senti­miento de tristeza y de infelicidad propia ante el bien y la felicidad ajenos. Esto está condenado, porque «la caridad se alegra con el bien» donde quiera que exista, sea propio o ajeno. La envidia, en cambio, se amarga ante el bien ajeno y así se opone a la caridad (ver 1Cor 13,4). Pero la enseñanza principal de la parábola es ésta: el que negocia con Dios y exige de Él retribución ante los méri­tos propios, recibe exactamente «lo suyo»; pero se excluye del reino de la gratuidad y de la misericordia. Son los obreros que no vivieron la expe­riencia de la cesantía, pues trabajaban desde la primera hora. Ellos se sienten en situación y derecho de negociar. Se puede decir que no fueron salva­dos, porque no quedaron contentos y se fueron con lo suyo «murmuran­do» contra el señor. Los otros obreros recono­cen que ellos estaban cesan­tes y que han sido salvados. Ellos no convi­nieron nada, sino que confiaron en la justicia y bondad del Señor. Éstos recibie­ron un don gratuito, mucho mayor que lo que podían imaginar. Ellos se fueron felices, ala­bando la generosidad de su señor y dándole gracias por su inmenso don, que reconocían no haber merecido.

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Una palabra del Santo Padre:

«Hay una segunda palabra que me hace reflexionar. Cuando Jesús habla del propietario de una viña que, teniendo necesidad de obreros, salió de casa en distintas horas del día a buscar trabajadores para su viña (cf. Mt 20, 1-16). No salió una sola vez. En la parábola, Jesús dice que salió al menos cinco veces: al amanecer, a las nueve, al mediodía, a las tres y a las cinco de la tarde —¡todavía tenemos tiempo para que venga a nosotros! —. Había mucha necesidad en la viña, y este señor pasó casi todo el tiempo yendo por caminos y plazas de la aldea a buscar obreros. Pensad en aquellos de la última hora: nadie los había llamado; quién sabe cómo se sentirían, porque al final de la jornada no habría llevado nada a casa para dar de comer a sus hijos. Pues bien, los responsables de la pastoral pueden encontrar un hermoso ejemplo en esta parábola. Salir en diversas horas del día para encontrar a cuantos están en busca del Señor. Llegar a los más débiles y a los más necesitados, para darles el apoyo de sentirse útiles en la viña del Señor, aunque sólo sea por una hora.

Otro aspecto: no escuchemos, por favor, el canto de las sirenas, que llaman a hacer de la pastoral una serie convulsiva de iniciativas, sin lograr captar lo esencial del compromiso de evangelización. A veces parece que nos preocupa más multiplicar las actividades que estar atentos a las personas y a su encuentro con Dios. Una pastoral que no tiene esta atención, poco a poco se vuelve estéril. No nos olvidemos de hacer como Jesús con sus discípulos: después de que habían ido a las aldeas a llevar el anuncio del Evangelio, volvieron contentos por sus éxitos; pero Jesús los lleva aparte, a un lugar solitario, para estar un poco con ellos (cf. Mc 6, 31). Una pastoral sin oración y contemplación jamás podrá llegar al corazón de las personas. Se detendrá en la superficie y no dejará que la semilla de la palabra de Dios eche raíces, brote, crezca y dé fruto (cf. Mt 13, 1-23).

Sé que todos vosotros trabajáis mucho, y por eso quiero deciros una última palabra importante: paciencia. Paciencia y perseverancia. El Verbo de Dios entró en «paciencia» en el momento de la Encarnación, y así, hasta la muerte en la Cruz. Paciencia y perseverancia. No tenemos la «varita mágica» para todo, pero tenemos confianza en el Señor, que nos acompaña y no nos abandona nunca. En las dificultades como en las desilusiones que están presentes a menudo en nuestro trabajo pastoral, no debemos perder jamás la confianza en el Señor y en la oración, que la sostiene. En cualquier caso, no olvidemos que la ayuda nos la dan, en primer lugar, precisamente aquellos a quienes nos acercamos y sostenemos. Hagamos el bien, pero sin esperar recompensa. Sembremos y demos testimonio. El testimonio es el inicio de una evangelización que toca el corazón y lo transforma. Las palabras sin testimonio no valen, no sirven. El testimonio lleva y da validez a la palabra».

Papa Francisco. Discurso a los participantes del encuentro del Consejo Pontificio para la

Nueva Evangelización. Viernes 19 de septiembre de 2014

  

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. ¿Por qué me cuesta tanto alegrarme con el bien del otro? ¿No es ésta una de las enseñanzas de esta parábola?

2. Meditemos la fase de San Agustín acerca de este pasaje: «Da a todos un denario, recompensa de todos, porque a todos será igualmente dada la misma vida eterna». 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2538- 2540. 2554.



[1] Isaías quiere decir: Yahveh salva.

[2] Manases: Rey que gobernó en Judá durante 55 años (696 -642 a.C.), después de suceder a su padre el Rey Ezequías. Manasés hizo que su pueblo se descarriase, introduciendo toda clase de cultos idolátricos llegando a ofrecer la vida de su hijo en sacrificio a los dioses paganos. Fue hecho prisionero por los asirios y llevado a Babilonia. Al regresar a Jerusalén, se convirtió a Dios y cambió de conducta.

[3] Macedonia: región de Europa antigua al norte de Grecia. Fue convertida en provincia romana el año 146 a. C.