«El que esté sin pecado que tire la primera
piedra»
Lectura del libro del profeta Isaías 43,16-21
«Así dice Yahveh, que trazó camino en el mar, y vereda en aguas impetuosas. El que hizo salir carros y caballos a una con poderoso ejército; a una se echaron para no levantarse, se apagaron, como mecha se extinguieron. ¿No os acordáis de lo pasado, ni caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo. Las bestias del campo me darán gloria, los chacales y las avestruces, pues pondré agua en el desierto (y ríos en la soledad) para dar de beber a mi pueblo elegido. El pueblo que yo me he formado contará mis alabanzas.»
Lectura
de la carta
«Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.»
Lectura del Santo
Evangelio según San Juan 8, 1-11
«Mas Jesús se
fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el
Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles.
Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen
en medio y le dicen: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante
adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué
dices?". Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero
Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como
ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "Aquel de
vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". E
inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se
iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo
Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo:
"Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" Ella respondió: "Nadie,
Señor". Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no
peques más".»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El Domingo pasado hemos conocido el corazón del
Padre misericordioso. Este Domingo la Iglesia nos invita a meditar sobre el
perdón y el amor incondicional que Dios regala al pecador para que se convierta
en una criatura nueva; para que recupere su dignidad perdida por el pecado.
Esto lo vemos en el hermoso pasaje de la mujer adúltera (San Juan 8, 1-11) o
del pueblo israelita, sumido en el desierto de Babilonia (Isaías 43,16-21).
Este horizonte que el Señor nos ofrece nos debe de impulsar a trabajar día a
día, colaborando con la gracia de Dios, en favor de nuestra propia santificación.
Nada se compara con la felicidad que el Señor nos ofrece o como leemos en la
carta a los Filipenses; «todo es basura para ganar a Cristo» (Filipenses
3, 8-14).
La hipocresía de los fariseos
A medida que Jesús cumplía con la misión encomendada por su Padre, el pueblo sencillo comenzaba a darle crédito y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿hará más señales que las que ha hecho éste?» (Jn 7,31). Los fariseos, en cambio, cuando se enteraron de que la gente hacía esos comentarios acerca de Él, «enviaron guardias para detenerlo» (Jn 7, 32). Los guardias partieron con el propósito de traerlo detenido; pero debieron volver sin él y, a la pregunta de los sumos sacerdotes y fariseos sobre los motivos de su fracaso, no pudieron dar más explicación que ésta: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46).
En el Evangelio de este Domingo vemos cómo los fariseos comprobarán «cómo habla este hombre» y así alejarse de Él derrotados. El hecho ocurrió al día siguiente en el Templo cuando predicaba nuevamente a todo el pueblo. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio de todos y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». El título de «Maestro» que dan a Jesús pone en evidencia su hipocresía. Poco antes, los fariseos reprochan a los guardias no haber detenido a Jesús, diciéndoles: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esta gente que no conoce la Ley son unos malditos» (Jn 7,47-48). ¡Ellos no están dispuestos a dejarse embaucar! Ellos no consultan a Jesús porque aprecien su opinión, como se hace con un maestro, sino para tenderle una trampa.
La
trampa: el dilema planteado...
¿En qué consiste la trampa que han tendido al «Maestro»? El hecho en sí mismo no se discute para nada: la mujer había cometido adulterio. Que la Ley de Moisés ordenaba apedrear a la adúltera, era cosa sabida; en efecto, la Ley dice: «Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera» (Lev 20,10). En el Pentateuco se prescribía la muerte de ambos sin especificar la manera que sería la de la lapidación en caso de que la mujer sea virgen (ver Dt 22,23s) pero prometida con un hombre. Sin embargo ¿dónde estaba su cómplice en todo el pasaje? ¿El hombre implicado desapareció? ¿No es algo extraño y discriminatorio que solamente lleven a la mujer ante Jesús? Se presentan ante Jesús con un dilema[1]. Evidentemente no podía decretar la muerte de la mujer, pues en Él actúa la misericordia del Padre «que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva» (Ez 18,23). Pero tampoco podía decir: «Dejadla ir», porque entonces lo habrían acusado de estar contra la Ley de Moisés. Recordemos además que Jesús, estaba lejos de ser laxo en este punto. Al joven rico que le pregunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, entre otras cosas, Jesús le responde: «No cometas adulterio» (Mc 10,19).
Ante esta disyuntiva y sorprendiendo a todos, «Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra». Y la pregunta que nos hacemos es: ¿qué es lo que Jesús escribía? La verdad es que no lo sabemos. Tal vez escribía lo que iba a servir como fundamento para la respuesta que daría. Y así como la respuesta tardaba y los fariseos insistían; Jesús se levanta y dice una de esas frases que al leerla uno se siente inmediatamente cuestionado: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Recordemos que Él había declarado «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento» (Mt 5,17). Por eso, decreta: «¡Que se cumpla la Ley también en este caso; pero que comience a arrojarle piedras el que esté libre de pecado, es decir, ¡el que nunca ha merecido él mismo ser apedreado por faltar a la Ley!». Y dicho esto, casi podemos decir con indiferencia, «inclinándose de nuevo, escribía en la tierra». ¿Quién podría haber dicho tal sentencia? ¿Qué juez dictaría tal sentencia? A ningún juez en la historia se le había ocurrido semejante dictamen. Es que en el fondo para emitir esta sentencia hay que conocer las conciencias de todos los hombres. Conocemos lo que sucede luego: «Ellos, los acusadores, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos». Ante la mirada amorosa de Jesús el hombre siente que se verifica lo que dice el Salmo 139: «Señor, tú me escrutas y me conoces... mi pensamiento calas desde lejos... no está aún en mi lengua la palabra y tú, Señor, ya la conoces toda».
«El que esté libre de pecado». ¿De qué pecado? De cualquier pecado; pues los mismos escribas y fariseos debían reconocer ante Dios que tampoco estaban libres de pecado y posiblemente ellos mismos hayan cometido adulterio[2]. Es un gravísimo pecado instrumentalizar a una persona, aunque sea pecadora, con el fin de «tentar a Jesús y tener de qué acusarlo». El que comete adulterio igualmente instrumentaliza a una persona, la explota y la trata como un objeto. Por último, ellos no están libres de pecado, pues su pretendido celo por la ley de Moisés no es porque les interese la castidad, sino para poner una trampa a Jesús. La castidad no les interesa para nada. En cambio, la virtud de la pureza del corazón sí le interesa a Jesús, que afirma: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8) y esto es lo que Jesús desea para la mujer.
Una vida nueva
Al final quedan solos Jesús y
«Todo lo tengo por basura para ganar a Cristo»
La imagen de Dios que Cristo nos ofrece en este
episodio, más que un juez castigador, es
Recordemos que esta carta fue escrita por San Pablo
desde su prisión (posiblemente en Roma en los años 61- 63) y, cómo a pesar de
su situación presente, la carta está llena de alegría, confianza y esperanza.
Esa vida y condición nueva proviene de Dios y se apoyan en la fe; dándonos un
conocimiento más profundo de Cristo y de su misterio pascual. El apóstol Pablo
lo estima todo como pérdida y basura comparándolo con el conocimiento de Cristo
y se siente impulsado a correr hacia
Lo nuevo también es el tema de
Una
palabra del Santo Padre:
«El Evangelio con una cierta ironía —comentó el obispo de Roma— dice que todos se marcharon, uno por uno, comenzando por los más ancianos». He aquí, entonces, «el momento de Jesús confesor». Queda «solo con la mujer», que permanecía «allí en medio». Mientras tanto, «Jesús estaba inclinado y escribía con el dedo en el polvo de la tierra. Algunos exegetas dicen que Jesús escribía los pecados de estos escribas y fariseos. Tal vez es una imaginación». Luego «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios. Sin acusaciones, sin críticas: tú y Dios».
La mujer no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «yo no cometí adulterio». No, «ella reconoce su pecado» y responde a Jesús: «Ninguno, Señor, me ha condenado». A su vez Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, para no pasar un mal momento, para no pasar tanta vergüenza, para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo».
Así, pues, «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la ley». En efecto, «la ley decía que ella tenía que ser castigada». Pero Él «va más allá. No le dice: no es pecado el adulterio. Ni tampoco la la condena con la ley». Precisamente «este es el misterio de la misericordia de Jesús». Y «Jesús para tener misericordia» va más allá de «la ley que mandaba la lapidación»; y dice a la mujer que se marche en paz. «La misericordia —explicó el Papa— es algo difícil de comprender: no borra los pecados», porque para borrar los pecados «está el perdón de Dios». Pero «la misericordia es el modo como perdona Dios». Porque «Jesús podía decir: yo te perdono, anda. Como dijo al paralítico: tus pecados están perdonados». En esta situación «Jesús va más allá» y aconseja a la mujer «que no peque más». Y «aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de los enemigos, defiende al pecador de una condena justa».
Esto,
añadió el Pontífice, «vale también para nosotros». Y afirmó: «¡Cuántos de
nosotros tal vez mereceríamos una condena! Y sería incluso justa. Pero Él
perdona». ¿Cómo? «Con esta misericordia» que «no borra el pecado: es el perdón
de Dios el que lo borra», mientras que «la misericordia va más allá». Es «como
el cielo: nosotros miramos al cielo, vemos muchas estrellas, pero cuando sale
el sol por la mañana, con mucha luz, las estrellas no se ven». Y «así es la
misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura». Porque «Dios perdona
no con un decreto, sino con una caricia». Lo hace «acariciando nuestras heridas
de pecado porque Él está implicado en el perdón, está involucrado en nuestra
salvación». Con este estilo, concluyó el Papa, «Jesús es confesor». No humilla
a la mujer adúltera, «no le dice: qué has hecho, cuándo lo has hecho, cómo lo
has hecho y con quién lo has hecho». Le dice en cambio «que se marche y que no
peque más: es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de
Jesús: nos perdona acariciándonos».
Papa
Francisco. Homilía en la casa de retiro Domus Sanctae Marthae. Lunes 7 de abril
de 2014
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. Blas Pascal escribió: «Hay dos clases de hombres: los unos, pecadores que se creen justos; y los otros, justos que se creen pecadores». Dios es quien conoce a cada uno y quiere que nos convirtamos. ¿Me he acercado a Dios estos días?
2. La Cuaresma es un momento adecuado para meditar sobre nuestra propia necesidad de conversión personal.
3.
Leamos en el Catecismo de
[1] Dilema: dilema.
(Del lat. dilemma, y este del gr. δίλημμα, de δίς, dos, y λῆμμα, premisa). m. Argumento formado de dos proposiciones contrarias
disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las
dos, queda demostrado lo que se intenta probar. Duda,
disyuntiva.
[2] Adulterio. (Del lat. adulterĭum). Ayuntamiento
carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su
cónyuge.