lunes, 28 de julio de 2014

Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

«Todos comieron hasta saciarse» 
 
Lectura del libro del profeta Isaías 55, 1-3 
 
«¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche! ¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. Pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David».  
 
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 35. 37-39 
 
«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.» 
 
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 13-21 
 
«Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: "El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida".  
 
Mas Jesús les dijo: "No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer". Dícenle ellos: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces". El dijo: "Traédmelos acá". Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos.Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.» 
 
Pautas para la reflexión personal   
 
El vínculo entre las lecturas 
 
Nos encontramos – en las lecturas dominicales- ante una de las verdades más consoladoras de la Sagrada Escritura: el amor misericordioso de Dios nunca abandona al hombre. La lectura del profeta Isaías nos habla de ese gran banquete de los últimos tiempos al que todos estamos llamados. Basta que uno reconozca su «hambre o sed» y el amor de Dios (el Espíritu Santo) se derramará en ese corazón hambriento. «Si alguno tiene sed, que venga, si tiene hambre que acuda, no importa que no tenga dinero». El hambre y la sed expresan adecuadamente esa necesidad vital y profunda que el hombre experimenta de Dios y de su amor reconciliador (Primera Lectura).  
 
En el Santo Evangelio aparece también un enorme grupo de hombres, mujeres y niños  necesitados. Así como en el desierto del Sinaí, Yahveh multiplicó los medios de sustento del pueblo hambriento; así Jesús hoy dará de comer a una multitud que no tiene realmente cómo satisfacer su necesidad de alimento. El alimento material dado por Jesús nos lleva a la consideración de un alimento de carácter espiritual y que responde a la necesidad más esencial del hombre: su deseo profundo de Dios, su anhelo de sentirse eternamente amado por Dios. Justamente es este amor el que hace exclamar a San Pablo con franqueza y sencillez: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?» No hay potencia alguna que pueda apartarnos del amor de Cristo ya que en Él vemos al amoroso rostro del Padre que nos ama eternamente (Segunda Lectura). 
 
¡Vengan a tomar agua todos los sedientos! 
 
La perícopa de este Domingo forma parte del último capítulo del Deutero–Isaías que fue escrito, aproximadamente, en el siglo V antes de Cristo. La situación histórica de Israel era la del dominio de Ciro, rey de los Medos y de los Persas. Este pasaje tiene como contexto la visión mesiánica y escatológica que vivía el «pueblo elegido» en el destierro babilónico. Todo el capitulo 55 es una invitación a convertirse y a confiar en Dios mientras aún es tiempo para participar de los bienes de la nueva Alianza. Aparecen en este relato los temas de la salvación y la conversión de todas las naciones (Is 55, 4)  motivada por la misericordia divina.  
 
Los primeros versículos relatan la oferta de Dios que quiere brindar gratuitamente los bienes de la nueva Alianza a su pueblo. Agua, vino, leche y manjares sustanciosos son figuras simbólicas que, desde Jesucristo, sabemos que aluden a la delicia y riqueza de los bienes sublimes y espirituales de la Alianza definitiva que Dios  realiza con los hombres. Leemos en el segundo versículo, el adolorido lamento del corazón de Dios que nos quiere decir: ¿por qué gastan su tiempo y afán en cosas que, de verdad, no los alimentan? ¿Por qué prefieren la falsa sabiduría del mundo y sus engañosas promesas? ¿Por qué corren atrás de espejismos y falsos tesoros? Sólo en la Nueva Alianza, el hombre será plenamente colmado y saciado en sus anhelos más profundos. «Él que beba del agua que yo le dé – nos dice Jesús -  no tendrá sed jamás» (Jn 4,13). Finalmente se evoca la promesa davídica, no como restauración de la monarquía, sino como una promesa mesiánica y eterna.  
 
El Reino de los Cielos 
 
En los tres últimos domingos, el Evangelio nos ha presentado diversas parábolas por medio de las cuales Jesús expuso el misterio del Reino de los Cielos. Este Domingo no nos presenta una parábola, sino un episodio real de la vida de Jesús: la multiplicación de los panes. Es un hecho que tiene un profundo significado ya que se refiere a las primicias de ese Reino prometido: la Iglesia.    
 
El episodio está introducido con una explicación de por qué la multitud estaba con Jesús en un lugar desierto. Después que Jesús fue informado sobre la decapitación de Juan el Bautista por orden de Herodes, «Jesús se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar desierto» pero ya su palabra había cautivado a las multitudes. Nadie jamás había hablado como Él. Ya habían comprendido que sólo Él tiene palabras de vida eterna; de esas palabras que son necesarias para nutrir, no esta vida corporal, sino la vida que estamos llamados a poseer por toda la eternidad: la vida divina comunicada a nosotros. Por eso, lo siguen: «Cuando lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades». Ya no se quieren separar de Él, olvidándose incluso del transcurrir de las horas y de algo tan esencial como es el comer. 
 
«Dadle vosotros de comer…»  
 
La gente permanece con Él todo el día. El Evangelista San Marcos dice que Jesús «sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). En el relato de San Mateo se agrega que Jesús también «curó sus enfermedades». Cuando comienza a hacerse tarde los discípulos manifiestan su preocupación; se acercan a Jesús y le dicen que despida  a la gente para que puedan llegar a los pueblos donde encontrarían comida ya que ellos estaban en «un lugar deshabitado». Los discípulos se muestran más preocupados por la gente que Jesús mismo. Pero al final del relato va a quedar claro que Jesús está libre de esa inquietud porque Él tiene poder para saciar a la gente sin necesidad de despedirla en ayunas. 
 
Jesús responde a la inquietud de los apóstoles con una frase desconcertante, que, dicho con todo respeto, podría parecer hasta insensata: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Los apóstoles habían expresado una inquietud bien fundada: «el lugar está deshabitado». Pero además se han informado de la situación real y subrayan más la imposibilidad de lo propuesto por Jesús: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Es como decir: «Lo que pides es realmente imposible». Es imposible pero recordemos que «todo es posible para el que cree» (Mc 9,23). Jesús esperaba que ellos confiaran en Él y que se abandonaran a su palabra, que obedecieran a su mandato aunque  - en su momento - no entendieran. Entonces, ¡el milagro de dar de comer a esa multitud en el desierto lo habrían hecho ellos! ¡La multiplicación de los panes la habrían obrado ellos ya que la fe puede mover montañas! La orden de Jesús: «Dadles vosotros de comer», tenía esa intención. Ellos debieron comenzar a partir los cinco panes y los dos peces y ¡se habrían multiplicado en sus manos! 
Visto que no daban crédito a su palabra, para demostrarles que su orden no era insensata, Jesús dice, refiriéndose a esos cinco panes y dos peces: «Traédmelos acá». Ya que ellos rehusaron hacerlo, lo hará Él mismo y les demostrará lo que ellos también están llamados hacer: «Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente». El Evangelio nos informa que los que comieron «eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños». Y no es que cada uno comiera un pedacito, sino que «comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos». 
Jesús hizo un milagro asombroso. Pero más asombroso habría sido si, obedeciendo a su mandato, el milagro lo hubieran hecho los apóstoles. Sin embargo sí lo hicieron los apóstoles después que Jesús instituyó la Eucaristía y lo siguen haciendo sucesivamente hasta ahora los ministros del Señor; obedeciendo a su mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). Ellos nos dan el verdadero pan del cielo, el pan que sacia nuestra hambre de Dios. Participando de la Eucaristía cada Domingo todos podemos asistir a ese milagro obrado por los ministros del Señor y nutrirnos del pan de vida eterna que ellos nos dan. ¡Que nadie se prive de semejante alimento! 
 
«¿Quién nos separará del amor de Cristo?» 
 
«¿Quién nos separará del amor de Cristo?… estoy seguro de que (nada ni nadie) podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» ¿Quién puede tener tal convicción para exclamar esto con firmeza, sino aquél que ha experimentado vivamente el amor de Dios, manifestado en toda su plenitud y magnitud en el Señor Jesús? En su Hijo, hecho Hombre de María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Padre nos ha mostrado cuanto nos ama, y cómo - una y otra vez, incansablemente, y de muchos modos, respetando siempre al máximo su libertad - sale al encuentro de nosotros para ofrecernos una «bebida» y un «alimento» capaz de apagar nuestra sed de infinito, capaz de satisfacer nuestro hambre de Dios.  
 
En efecto, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que hay «otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: “No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3), es decir, de su Palabra y de su Espíritu. (…) «Hay hambre sobre la tierra, «más no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios” (Am 8, 11)»1. 
 
Una palabra del Santo Padre:  
 
«Quisiera hacerlo recordando la peregrinación que el siervo de Dios Juan Pablo II realizó, en 1982, a Santiago de Compostela, donde hizo un solemne «acto europeo» en el que pronunció aquellas memorables palabras: «Yo, obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: “Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes”» (9 noviembre de 1982).  
 
Juan Pablo II lanzó entonces el proyecto de una Europa consciente de su propia unidad espiritual, apoyada sobre el fundamento de los valores cristianos. Volvió a tocar este tema con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de 1989, que tuvo lugar precisamente en Santiago de Compostela. Deseó una Europa sin fronteras, que no reniegue de las raíces cristianas, sobre las que surgió y que no renuncie al auténtico humanismo del Evangelio de Cristo. ¡Qué actual sigue siendo este llamamiento a la luz de los recientes acontecimientos del continente europeo!».  
 
Benedicto XVI. Ángelus, 24 de julio de 2005.    
 
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.   
 
1. «¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias en algo que no sacia?». ¿Cómo se aplica este lamento del corazón de Dios que leemos en la Primera Lectura en nuestras vidas?  
  
2. ¿Descubro la real necesidad que tengo de la Eucaristía para saciar mi hambre de Dios?  
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1335- 1336. 2828- 2837.

lunes, 21 de julio de 2014

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo» 
 
Lectura del Primer libro de los Reyes 3, 5-6a. 7-12 
 
«En Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en un sueño, durante la noche. Dios le dijo: «Pídeme lo que quieras.» Salomón respondió: Señor, Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un niño pequeño y no sé valerme por mí mismo. Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo? Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido, y Dios le dijo: «Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti.» 
 
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 28-30 
 
«Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos, hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó. 
 
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 44-52 
 
«Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.  
 
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto? «Sí», le respondieron. Entonces agregó: «Así, todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.» 
 
Pautas para la reflexión personal   
 
El vínculo entre las lecturas 
 
El hilo conductor de nuestras lecturas dominicales es la oposición que encontramos entre los criterios de Dios y los criterios del mundo. Salomón, prototipo del rey ideal de la Antigua Alianza, pide al Señor en su oración: «te pido que me concedas sabiduría de corazón1 para que sepa gobernar a tu pueblo». (Primera Lectura). El Señor, ante aquella sensata petición, le concede un corazón dócil y sabio. Como leemos en el Salmo 118: el hombre que «pone su descanso en la ley del Señor, que ama sus mandamientos más que el oro purísimo, que estima en más sus enseñanzas que mil monedas de oro y plata».  
 
Todas éstas actitudes encuentran su plenitud en aquellos que descubriendo el Reino de los Cielos están dispuestos a «vender cuanto tiene» para comprarlo (Evangelio). El Reino que se menciona en las diversas parábolas del capítulo 13 del Evangelio según San Mateo no será sino el mismo Jesucristo. Es por eso que todos,  los convocados por el mismo Jesús, estamos llamados a reproducir su imagen en nuestras vidas (Segunda Lectura). 
 
 
 
El sueño en Gabaón  
 
Salomón después de desposarse con la hija del Faraón2 se dirige a la ciudad de Gabaón (que quiere decir colina) a ofrecer su ofrenda ya que todavía no había terminado de construir su palacio, el Templo y la muralla alrededor en Jerusalén. En esta ciudad, a 8 Km. al norte de Jerusalén, David colocó «en un alto lugar» (1Cro 16,39) el Tabernáculo3 y levantó un altar para los holocaustos. Yahveh se manifiesta a Salomón en sueños4. Ante el pedido de Dios, Salomón se reconoce a sí mismo como «un niño pequeño que no sabe cómo salir ni entrar» ya que ante Él todos somos «pequeños». El reino que Salomón había heredado de su padre David tenía un territorio enorme ya que se extendía desde el torrente de Egipto hasta el Eufrates; por eso le pide a Dios una mente dócil y comprensiva para gobernar; es decir el arte de saber escuchar y discernir entre el bien y el mal (ver Is 7,15; 5,20). La respuesta de Dios es inmediata y en ella vemos cómo la extraordinaria sabiduría de Salomón no es sino un don de Dios y como tal es reconocida por sus súbditos: «pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia» (1Re3, 28).  
 
Las parábolas del Reino de Dios  
 
Las parábolas de Jesús tienden a presentar el Reino de Dios, es decir el Reino de los Cielos. En el Sermón de la Montaña5 Jesús había hablado de los requisitos morales necesarios para entrar en aquel Reino; pero ahora era preciso dar un paso más hacia adelante y hablar de aquel Reino en sí, de su índole y naturaleza; de los miembros que lo constituían; del modo cómo sería actuado y establecido. También en este aspecto la predicación de Jesús siguió un método esencialmente gradual. La razón de esa gradación radica en la ansiosa espera en que vivían, en esa época, los judíos de un reino mesiánicopolítico. Hablar a aquellas turbas de un Reino de Dios, sin explicaciones y aclaraciones, significaba hacerles imaginar un rey celestial omnipotente, circundado de grupos de hombres armados y, aun mejor, de legiones de ángeles combatientes, que llevarían a Israel a ser «dueño y señor» de las naciones paganas.  
 
Y era a tales turbas delirantes a las que Jesús debía hablar del objeto del delirio que las enloquecía, y ello de tal modo que a la vez las atrajese y las desengañase: el Reino de Dios debía llegar, sin duda; es más, había empezado a realizarse; pero no era el «reino» de ellos, sino el de Jesús, totalmente diverso. De aquí que la predicación de Jesús debía a la vez mostrar y no mostrar, abrir los ojos a la verdad y cerrarlos a los sueños fantásticos. Se precisaba, por lo tanto, una extrema prudencia, porque Jesús, en este punto, se internaba en un terreno volcánico que podía entrar en erupción de un momento a otro. Esta amorosa prudencia puede haber sido una de las razones por las cuales Jesús se sirvió de las parábolas para hablar del Reino.  
 
Encontrar el tesoro escondido  
 
Todos hemos visto lo que sucede cuando se estaciona a un niño ante la televisión: el niño queda completamente absorto y nada logra distraerlo. La mamá puede hablarle y decirle las cosas más importantes, pero el niño contesta sin despegar su atención de la pantalla. Esta situación, que nos parece excusable porque se trata de un niño, representa sin embargo lo que ocurre con nosotros ante las preocupaciones y los bienes de esta tierra. A veces nos absorben hasta tal punto que nos impiden escuchar las palabras de vida eterna que nos dirige Dios. O, más bien, las escuchamos pero no logran incidir directamente en nuestra vida. Todos sabemos que nuestra vida sobre esta tierra es breve, que los bienes materiales son transitorios, que «no nos sirve de nada ganar el mundo entero si perdemos la vida» y que aunque tengamos nuestra vida asegurada por «muchos años», en cualquier momento podemos recibir este aviso: «Esta noche se te pedirá el alma; ¿todos los bienes que tienes atesorados, para quién serán?». Todas estas verdades las escuchamos a menudo, las sabemos, las vemos acontecer diariamente a nuestro alrededor y nos impresionan por un instante; pero no logran atraer nuestra atención y seguimos absortos en nuestros quehaceres, lo mismo que el niño que está ensimismado ante su programa de "dibujos animados". 
 
Es necesario que «alguien» venga a nuestro encuentro y su llamada nos saque de esta especie de sopor en que estamos. Imaginemos que al niño televidente, viene su papá y lo invita a pasear: Ante la perspectiva de salir con su papá todo cambia para él: la televisión, los "dibujos animados" y todos sus juguetes quedan botados y olvidados; ¡él ha sido invitado a cosas más importantes! Todo el resto ha perdido valor para él. Nadie lo obliga a dejar la televisión e ir con su padre; lo hace «por la alegría que le da». Esto mismo ocurre cuando alguien encuentra a Cristo. El Evangelio nos presenta diversos episodios en que el encuentro con Jesucristo opera en las personas un cambio radical. En estos casos: «Dejándolo todo, lo siguieron» 
 
Es lo mismo que nos enseña el Evangelio de hoy, por medio de dos parábolas: las parábolas del tesoro escondido en el campo y de la perla preciosa. Mientras alguien no se ha encontrado con Jesucristo y no ha hecho la experiencia de venderlo todo por adquirirlo a Él, no se puede decir que esté totalmente evangelizado. Estar evangelizado quiere decir haber recibido una noticia tal que transforme radicalmente la vida. Lo que antes era importante, incluso fundamental en la vida, pierde valor ante el encuentro con Cristo. Es como el hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo y por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. O como el mercader de perlas que, encontrada una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.  
 
Lo interesante de estas parábolas es que están dichas para explicar la conducta de los cristianos a los de fuera, a los que no han tenido la misma experiencia, a los que critican y no entienden. Ellos pueden ciertamente entender la situación presentada en las parábolas: que entiendan entonces por qué alguien puede acoger a Jesucristo como lo más importante de su vida, que entiendan por qué algunos consagran a Él sus vidas. Cuando observamos que tantos hombres anteponen a Jesús y a su enseñanza los bienes de esta tierra; a saber, el dinero, la fama, la popularidad, el placer, podemos concluir que aún no han encontrado «el tesoro escondido». Si lo hubieran encontrado, todas esas otras cosas serían secundarias en comparación con Jesús.  
 
Ellos están todavía como el niño ante la televisión, es decir, están afanados y  absortos en las cosas de este mundo. Ojalá todos pudieran vivir la experiencia que describe San Agustín en su autobiografía:«¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Allí te buscaba... Me retenían alejado de ti tus creaturas, que serían inexistentes si no existieran en ti. Me llamaste y tu grito atravesó mi sordera; brillaste y tu esplendor disipó mi ceguera; difundiste tu fragancia y yo respiré y anhelo hacia ti; gusté y tengo hambre y sed; me tocaste y ardí del deseo de tu paz» (Confesiones X, 27, 28). 
 
La parábola de la red y los peces 
 
La tercera parábola de este Domingo, la de la red echada en el mar que recoge todo tipo de peces; es semejante a la parábola de la cizaña que crece en medio del trigo. Nos enseña que en su etapa actual el Reino de los Cielos incluye todo tipo de personas: santos y pecadores. La red arrastra con todo y lo saca a tierra. Pero todos imaginamos a los pescadores sentados en la orilla seleccionando a los buenos y arrojando a los malos. Así será al fin del mundo: «Los ángeles separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Estas son imágenes usadas constantemente por Jesús para describir el tormento eterno de los condenados: no sólo ardor físico, sino también amargura profunda, odio y dolor. 
 
Hemos dicho que el Reino de los Cielos expresa la novedad de Jesucristo. Pero esto no rescinde todo lo revelado por Dios en el Antiguo Testamento, sino que le da pleno cumplimiento. Por eso todo escriba que se ha hecho discípulos del Reino de los Cielos «saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». La relación entre ambos Testamentos ha sido formulada por un antiguo adagio: “Novum in Vetere latet; Vetus in Novo patet(El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo; el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo).   
 
Una palabra del Santo Padre:  
 
«En el mundo en que vivimos, se convierte casi en una necesidad poder tomar nuevo vigor en el cuerpo y en el espíritu, especialmente para quien vive en la ciudad, donde las condiciones de vida, con frecuencia frenéticas, dejan poco espacio al silencio, a la reflexión y al distendido contacto con la naturaleza. Las vacaciones son, además, días en los que puede haber dedicación más prolongada a la oración, a la lectura y a la meditación sobre los significados profundos de la vida, en el contexto sereno de la propia familia y de los seres queridos.  
 
El tiempo de las vacaciones ofrece oportunidades únicas de pausa ante los espectáculos sugestivos de la naturaleza, maravilloso «libro» al alcance de todos, mayores y niños. En el contacto con la naturaleza, la persona reencuentra su justa dimensión, se redescubre criatura, pequeña pero al mismo tiempo única, «capaz de Dios» porque interiormente está abierta al Infinito. Empujada por el interrogante de sentido que le apremia en el corazón, percibe en el mundo circundante la impronta de la bondad y de la providencia divina y casi naturalmente se abre a la alabanza y a la oración».                         
 
Benedicto XVI. Ángelus, Domingo 17 de julio de 2005. 
 
 
 
 
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.   
 
1. «Pídeme lo que quieras» le dice Dios a Salomón ¿No es acaso también ésta la misma oferta que hoy nos hace a Dios? ¡Sí, también a nosotros nos ha hablado, ya no en sueños, sino por medio de su Hijo! ¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración? ¿Acudimos a Él con frecuencia?  
 
2. ¿Seremos nosotros capaces de vender todo para ganar el gran tesoro encontrado o la perla más preciosa que existe en el mundo? El ejemplo de vidas heroicas y santas nos muestran que sí vale la pena «venderlo todo» por Jesucristo.   
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 28. 30. 1718. 1730. 2128. 2566, 2705.