lunes, 28 de diciembre de 2015

Epifanía del Señor. Ciclo C


«Se postrarán ante ti Señor, todos los pueblos de la Tierra»

Lectura del libro del profeta Isaías 60, 1-6

«¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido!  Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece. Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada. Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos. Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti. Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3,2 - 3ª. 5.- 6

«Si es que conocéis la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a vosotros: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio. Misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio,»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 2, 1-12

«Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle". En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.

 

Ellos le dijeron: "En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:  Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel". Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.

 

Después, enviándolos a Belén, les dijo: "Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle". Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. 12Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.»

 

Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

La solemnidad que celebramos este Domingo es la Epifanía del Señor. Luego celebraremos el Bautismo del Señor encerrando así el tiempo de Navidad e iniciando el Tiempo Común. Los Sabios-Magos llegan a Jerusalén del Oriente guiados por la luz de una estrella para adorar al Rey de los Judíos y ofrecerle sus dones: oro, incienso y mirra. Tal vez nunca se expresa con mayor claridad la univer­salidad de la salvación aportada por Jesucristo que en este episo­dio. Queda también claro que Israel, el pueblo elegido al cual había sido prometido el Mesías Salvador, no lo reconoció. En cambio, estos hombres que vienen guiados por esta misteriosa estrella lo reconocen como rey y vienen a reverenciarlo con el honor y el respeto que merece.

 

 Ya desde su mismo nacimiento Jesús es un claro signo de contradicción. Para unos, como los Magos o el mismo San Pablo, será una «epifanía»: manifestación del misterio de Dios (Segunda Lectura).Para otros, Herodes, será una amenaza que pondrá en riesgo su poder y su ambición terrenal. Esta «epifanía» ya es anunciada en la Primera Lectura por el profeta Isaías, según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos por la «luz y la gloria de Yahveh» que amanecerá sobre Jerusalén.

 

El gran Misterio

Jesús, nació en Belén de Judá pero existía el peligro real de que su nacimiento pasara inadvertido. Es cierto que el ángel del Señor anunció a los pasto­res su nacimiento y que estos reac­ciona­ron como era de espe­rar. Fueron corriendo y verifi­caron la verdad de lo anunciado. Pero estos sencillos pasto­res no tenían ni voz ni poder de comunicación en Israel. Es cierto también que el anciano Simeón, a impulsos del Espíri­tu Santo, acudió al templo cuando sus padres presen­taban a Jesús y lo reconoce como: «Luz para ilumi­nar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). También vemos a la anciana profe­tisa Ana que hablaba de Él a todos los que esperaban la libe­ración de Israel (ver Lc 2,36). Pero todo esto quedaba en un círculo muy reducido de personas. Entre todas estas personas sin duda estaba sobre todo la Virgen María, quien «guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Nadie conoció mejor que ella el misterio profundo de Jesucristo.

 

Este es el Miste­rio del que escribe San Pablo en su carta a los Efesios: «me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio. Según esto, leyéndolo podéis entender mi conocimiento del Misterio de Cristo» (Ef 3, 4-5). ¿Cuál es este gran misterio al que se refiere San Pablo? Jesús mismo manifestará muchas veces a lo largo de su vida pública lo que ya vemos en el pasaje de la adoración de los reyes Magos. La misteriosa estrella que guía a los Magos no es sino el anticipo de aquella verdadera luz que es Jesucristo mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Porque es Jesucristo mismo el gran Misterio que el Padre quiere comunicar a todos los hombres: gentiles y judíos. «Porque tanto amó Dios al mundo que mandó a su Hijo único para que todo aquel que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Tanto el anciano Simeón, en los albores del misterio, como San Pablo, después de su pleno desarrollo; ambos iluminados por el Espíritu Santo, afirman la irradiación universal de la reconciliación iniciada por Jesucristo.

 

La estrella y el rey de los judíos

El Evangelio de hoy nos habla que unos Magos del Oriente son guiados por una  misteriosa estrella a Jerusalén en busca del «Rey de los judíos» que acaba de nacer. Para comprender el sentido del texto evangélico debemos remontarnos a una antigua profecía que Balaam, otro vidente de Oriente, pronunció sobre Israel cuando recién salió de Egipto y recién se estaba formando como nación: «Lo veo, aunque no para ahora; lo diviso, pero no de cerca: de Jacob[1] avanza una estrella, un cetro surge de Israel... Israel despliega su poder, Jacob domina a sus enemigos» (Num 24,17-19). En el antiguo Oriente, la estrella era el signo de un rey divinizado. Nada más natural que entender la profecía de Balaam como referida al Mesías, el descen­diente prome­tido a David cuyo reino no tendría fin (ver 2Sam 7,12-13). Los magos preguntan por el «Rey de los judíos» porque David era de la tribu de Judá. Se trata de un rey que es Dios; por eso su objetivo es «adorarlo» es decir reverenciarlo de acuerdo a su dignidad real. Pero ¡qué desilusión al observar que en Jerusalén nadie sabía nada! «Al oír estas palabras, Herodes y con él toda Jerusalén se sobresaltaron». ¡Ignoraban lo que estaba ocu­rriendo en medio de ellos! Pero no ignoraban el significado de la pre­gunta formu­lada por los Magos.

 

El «rey de los judíos» era un título que quería decir mucho y no podía pasar inadver­tido para un he­breo. Es el mismo que fue dado por Pilato a Jesús (de manera iróni­ca, por cierto) para expresar la causa de su muerte en la cruz. Por eso Herodes se inquieta y convoca a los entendidos en las profecías, a los sacerdotes y escri­bas, para interrogarlos acerca de algo que, a primera vista, parece no tener rela­ción con la pregun­ta de los magos: ¿En qué lugar debía nacer el Cristo? Cristo no era todavía un nombre propio (así llama­mos nosotros ahora a Jesús) y por eso en buen castellano la pregunta suena así: «¿Dónde está anun­ciado que tiene que nacer el Ungido del Señor?».

 

Herodes ha pasado a la historia como un hombre sangui­na­rio y enfermo de celos por el poder, que no vacilaba en quitar de en medio a quienquiera pudiera dispu­tarle el trono, aunque fuera su propio hijo. Pero al leer el relato queda la sensa­ción de que un rey, con ejércitos a su dispo­si­ción, no podía temer a un niño anónimo nacido en la mi­nús­cula aldea de Belén, aunque allí se hubiera anunciado que debía nacer el Ungido del Señor. Para comprender la matanza de todos los niños de Belén y sus alrededores, ordenada por Herodes, hay que conocer las Escrituras y captar la espe­ranza de salvación que había en Israel. Hay que remontarse muy atrás, más de diez siglos antes del nacimiento de Je­sús. En tiempos del profeta Samuel, cuando Israel se estaba organizando como nación y dándose sus instituciones, pidie­ron a Dios que les diera un rey, para que los gobernara, igual que las demás naciones. La cosa podía ser grave, pues era un dogma en Israel, que «Yahveh es Rey». La petición, sin embargo, fue concedida y manda Dios a Samuel a que busque entre los hijos de Jesé, que vivía en Belén, el rey prometido.

 

Cuando Samuel llegó a Belén convo­có a Jesé y a sus hijos y fueron desfilando uno tras otro ante el profeta. Pero quien fue elegido fue el pequeño David que estaba guardando el reba­ño. Fue llamado y, por mandato de Dios, ungido por Samuel. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíri­tu de Yahveh (ver 1Sam 16,1ss). Israel esperaba un Ungido, nacido en Belén como David y lleno del espíritu del Señor.

 

Por eso Herodes temía aunque el nacido en Belén fuera de origen humilde. Herodes dice a los magos cínicamente: «Id e indagad cuidado­samente sobre ese niño; y cuando lo encontréis comunicádmelo, para ir también yo a adorarle». Pero ya sabemos que los estaba enga­ñan­do. Lo que quiere Herodes es eliminarlo. Su lucha es contra el Ungido del Señor, el Mesías, el Cristo. Su lucha es contra Dios mismo. A él se le deben citar las palabras del sabio Gamaliel acerca del anuncio del Evangelio: «Si la obra es de Dios no podréis destruirla» (Hch 5,39). La historia ha demostra­do el desenlace de esta lucha: Herodes acabó tris­temente y Cristo reina en el corazón de millones de hombres y mujeres.

 

Los Magos del Oriente

La denominación «Magos de Oriente» que se da a los personajes que llegan a Jerusalén guiados por la estrella, indica personajes de proverbial sabiduría, sabios astrólogos de pueblos muy lejanos y considerados exóticos desde el punto de vista de Israel. Si algo se puede afirmar claramente de ellos es que están alejadísi­mos de Israel y de sus tradiciones. La tradición los llama «reyes», porque influye la profecía de Isaías sobre Jerusalén, que se lee en esta solemnidad en la primera lectura: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz...! Caminarán las naciones a tu luz y los reyes al resplandor de tu alborada... las riquezas de las naciones vendrán a ti... todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas al Señor» (Is 60,1-6). Así queda en evidencia que el que ha nacido en el mundo es el «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap 19,­16).

Ellos tuvieron noticia del naci­miento del Salvador, pues el que ha nacido es el Salvador de todo hombre. Por eso, llegando donde estaba el Niño con María su madre, «postrán­dose, lo adora­ron». Un judío tiene prohibido estrictamente por la ley postrarse ante nadie fuera del Dios verdadero. Aquí los magos se postran y adoran a Jesús. Y el Evangelista San Mateo lejos de reprobar esta actitud la aprueba. Es que están ante el verdadero Dios. También sus regalos indican la percep­ción que se les ha concedido del misterio del este Niño: «Abrieron sus cofres y le ofrecie­ron dones de oro, incienso y mirra». Un anti­guo comentario aclara el sentido: «Oro, como a Rey sobera­no; incienso, como a Dios verdadero y mirra, como al que ha de morir». Estos Magos de Oriente tenían un conoci­miento de misterio de Cristo mucho más claro que los mismos sabios de Israel. De esta manera se quiere expresar que Jesús es el Salvador de todo ser humano.

 

Una palabra del Santo Padre:

«Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta, queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Los Magos, una vez que oyeron la respuesta «en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta» (Mt 2,5), decidieron continuar el camino y llegar hasta el final, iluminados por esta palabra. Desde Jerusalén fueron a Belén, es decir, desde la palabra que les había indicado dónde estaba el Rey de los Judíos que buscaban, hasta el encuentro con aquel Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También a nosotros se nos dice aquella palabra. También nosotros hemos de hacer nuestra opción. En realidad, pensándolo bien, ésta es precisamente la experiencia que hacemos en la participación en cada Eucaristía.

 

En efecto, en cada Misa, el encuentro con la Palabra de Dios nos introduce en la participación del misterio de la cruz y resurrección de Cristo y de este modo nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo. En el altar está presente al que los Magos vieron acostado entre pajas: Cristo, el Pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero que da su propia vida para la salvación de la humanidad. Iluminados por la Palabra, siempre es en Belén – la «Casa del pan» – donde podremos tener ese encuentro sobrecogedor con la indecible grandeza de un Dios que se ha humillado hasta el punto hacerse ver en el pesebre y de darse como alimento sobre el altar».

 

Benedicto XVI. Discurso en el encuentro con los jóvenes a las orillas del río Rhin.

18 de agosto 2005

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Vemos claramente dos actitudes realmente opuestas ante el recién Niño Jesús: los magos del Oriente y Herodes. Ante el misterio de Jesús Sacramentado en el altar, ¿cuál es mi actitud? ¿Cómo me aproximo ante Jesús que realmente está presente en la Santa Eucaristía? 

2. Los sabios del Oriente le hacen tres ofrendas al Niño. ¿Qué le voy a ofrecer a Jesús para este año que iniciamos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 525 -526.528-530.



[1] Israel y Jacob son dos nombres del mismo personaje. Israel es el nombre que Dios mismo dio al patriarca Jacob, el padre de las doce tri­bus de Israel.

Solemnidad de Santa María Madre de Dios


«Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios»

Lectura del libro de los Números  6, 22-27

«Habló Yahveh a Moisés y le dijo: Habla a Aarón y a sus hijos y diles: «Así habéis de bendecir a los Israelitas. Les diréis: Yahveh te bendiga y te guarde; ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio; Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz.» Que invoquen así mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré».

           

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 4, 4-7

«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 2, 16-21

«Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que les oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

En el día primero de enero, octava de la Na­vidad, la liturgia nos propone para nuestra con­templación la celebración más antigua de la Vir­gen en la Iglesia Romana. La reforma litúrgica del Vaticano II ha recuperado esta fiesta de María, Madre de Dios, sin por ello olvidar ni el comien­zo del año, ni la circuncisión de Jesús, ni la im­posición del nombre de Jesús al Niño nacido en Belén.

 

Por esto la Primera Lectura, tomada del li­bro de los Números[1], nos habla de la importancia de invocar el nombre de Dios para alcanzar de Él bendiciones. Con lo cual nos recuerda que es importante comenzar el año nuevo invocando el nombre de Jesús y de esa manera podamos en­trar con confianza a recorrer el año recién abier­to a nuestras ilusiones y a nuestros temores.

 

En este día tan lleno de interrogantes la Igle­sia gusta además de poner a todos los fieles ba­jo la protección de nuestra Madre María, y por ello ruega a Dios: «Concédenos experimentar la interce­sión de Aquélla, de quien hemos reci­bido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida» (Oración de Colecta) En la Segunda Lectura recordamos las pala­bras de San Pablo claras e impresionantes: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer». Y el Evangelio nos presenta el reconocimiento por parte de humildes pastores, del hecho más extraordinario de la humanidad: «Dios con nosotros». María, por su parte, meditaba todo «cuidadosamente» en su corazón.

 

«Yavheh te muestre su rostro y te conceda la paz»

El cuarto libro del Pentateuco[2] (el libro de los Números) se titula también «En el desierto» siendo éste un título más descriptivo ya que la narración recoge la peregrinación de los israelíes por el desierto del Sinaí hasta las puertas de Jerusalén. Los cuarenta años justos y el perfecto itinerario de 40 nombres (ver Nm 33) no disimula las quejas y el descontento del pueblo. El libro refleja bien como ésta fue una etapa a la deriva, sin mapas ni urgencia. Los israelitas se rebelaron contra Dios y contra Moisés, su caudillo. Aunque desobedecían, Dios seguía cuidando a su pueblo. 

 

En el texto referido tenemos la fórmula clásica de la bendición litúrgica del Antiguo Testamento (ver Ecle 50,22). Bendecir era un oficio propio de los sacerdotes, aunque también el rey podía bendecir (ver 2Sam 6,18) así como los levitas (ver Dt 10,8). Su lenguaje se asemeja mucho al utilizado en los Salmos. La referencia al «rostro iluminado» es una expresión del favor de Dios: «Si el rostro del rey se ilumina, hay vida; su favor es como nube de lluvia tardía (Pr 16,15). La triple invocación del nombre de «Yahveh», sobre los israelitas hace eficaz la bendición de Dios (ver Jr 15,16) vislumbrándose, desde una lectura cristiana, una íntima relación con Dios Uno y Trino.

 

Tiempo de Navidad

Ya ha pasado el tiempo del Adviento con el cual dimos inicio a un nuevo año litúrgico, preparándonos para recibir al Señor que nace entre nosotros, ya ha pasado la gran fiesta de la Navi­dad, hoy día concluye la Octava de Navidad. Es el momento de recapacitar y recoger los frutos. Es el momento de preguntarnos qué huella profunda dejó en noso­tros todo este tiempo. ¿Significó algo para nosotros?

 

Para muchos fue entrar en un período de agitación y de sometimiento a las estrictas normas del consumismo en que estamos sumidos, sin dejarles un instan­te de tranquilidad para refle­xionar sobre el sentido de lo que celebraba nuestra fe cristiana. Es el caso de los propie­ta­rios y depen­dientes del comercio establecido y no esta­ble­cido cuya preocupación principal era vender cada vez más y muchas horas del día; era intensa la agitación que se observaba en las calles y la carrera a la compra de rega­los. Todo eso ya pasó, pero ¿qué sentido tuvo? Ahora se hace el balance de las ventas y se expresa satisfacción porque superaron las de años anterio­res. ¡Qué éxito! ¡Se cumplieron los objeti­vos! ¿Pero es éste el objetivo de la fiesta de Navidad? ¿No es esto más bien falsear su objetivo?

 

Todavía es tiempo de rescatar su auténtico sentido. La fiesta de Navidad es tan importante que la Iglesia la celebra durante ocho días; es como un solo largo día. Y concluye con la fiesta del 1º de enero, solemnidad de la Maternidad divina de María. Al concluir la Octava de Navidad ojalá pudiéramos tener la actitud de los pastores que, después de ver al niño recostado en un pesebre, «se retira­ron glorificando y alabando a Dios, por todo lo que habían oído y visto».

 

Esta es la misma actitud del coro celeste que se les había presenta­do: «Una multitud del coro celestial alababa a Dios di­ciendo: 'Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor'». El nacimiento del Hijo de Dios en la tierra es motivo de alabanza y gloria a Dios de parte de los ángeles, de los hombres y de toda la creación. Si alguien cree haber vivido el verdadero sentido de la Navidad, examine su corazón para ver si surge en él la alabanza a Dios «por todo lo visto y oído».

 

Santa María, Madre de Dios

La fiesta de hoy tiene tres aspectos que no pueden pasar inadvertidos. El primero se refiere al tiempo: nadie puede ignorar el hecho de que hoy hemos comenzado un nuevo año. El recuento de los años nos permite ubicar los hechos de la historia en una línea y así poder­ ordenarlos en el tiempo y en su relación de unos con otros. Pero ¿por qué a este año le asignamos un valor determinado? La antro­po­logía estima que el hombre tiene alrededor de 3 millones de años sobre la tierra. La pregunta obvia es: ¿son los años transcurridos en relación a qué? Nos responde San Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo nacido de mujer[3]» (Gal 4,4). Es decir, existe en la historia un una nueva cuali­dad de tiempo; los años tienen un rostro concreto desde el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros y de su presencia en la histo­ria humana. Es la «plenitud del tiempo». Poner este hecho entre paréntesis es lo mismo que evadirse de la realidad.

 

El segundo aspecto está dicho en esas mismas palabras de San Pablo que hemos citado: envió Dios a su Hijo «naci­do de mujer». El uso normal era identificar a alguien por el padre: «Nacido de José o de Juan o de Zebedeo, etc.». Aquí, en cambio, al comienzo de este tiempo de plenitud se encuentra una mujer, de la cual debía nacer el Hijo de Dios. Por eso es conveniente que el primer día de cada año, cuando se recuerda el evento fundamental, se celebre a la Virgen María como Madre de Dios. María que, como criatura, es ante todo discípula de Cristo y redimida por él, al mismo tiempo fue elegida como Madre suya para formar su humanidad.

 

Así, en la relación entre María y Jesús se realiza de modo ejemplar el sentido profundo de la Navidad: Dios se hizo como nosotros, para que nosotros, de algún modo, llegáramos a ser como Él. Esto es lo primero que vieron los pastores cuando corrieron a verificar el signo dado por el ángel: «Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre». Al comenzar este año, ante todos los eventos que en él ocurran, el Evangelio nos invita a tener la actitud reverente y silenciosa de la Madre de Dios: «María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón».

 

Por último, el primero de cada año la Iglesia celebra la Jornada mundial de la paz. Hemos dicho que alguien puede verificar su vivencia de la Navidad por el deseo de alabar y glorificar a Dios que brota espontáneo de su corazón. Pero a la gloria de Dios en el cielo corresponde la «paz en la tierra a los hombres que ama el Señor». La paz, en sentido bíblico, es el bien mayor que se puede desear a alguien. Alguien posee la paz cuando está bien en todo sentido, en particular cuando goza de la gracia de Dios.

 

En este primer día del año queremos que la gracia del Señor se derrame  en abundancia a «todos los hombres de buena voluntad» de acuerdo a la antigua bendición de Moisés: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,26). Esta paz fue dada al mundo con el nacimiento de Cristo. Y en esto consistió su misión en la tierra, tal como él mismo lo declara antes de abandonarla: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,17).

 

Una palabra del Santo Padre:

«La Iglesia, por su parte, fiel a la misión que ha recibido de su Fundador, no deja de proclamar por doquier el «Evangelio de la paz». Animada por su firme convicción de prestar un servicio indispensable a cuantos se dedican a promover la paz, recuerda a todos que, para que la paz sea auténtica y duradera, ha de estar construida sobre la roca de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. Sólo esta verdad puede sensibilizar los ánimos hacia la justicia, abrirlos al amor y a la solidaridad, y alentar a todos a trabajar por una humanidad realmente libre y solidaria. Ciertamente, sólo sobre la verdad de Dios y del hombre se construyen los fundamentos de una auténtica paz.

 

Al concluir este mensaje, quiero dirigirme de modo particular a los creyentes en Cristo, para renovarles la invitación a ser discípulos atentos y disponibles del Señor. Escuchando el Evangelio, queridos hermanos y hermanas, aprendemos a fundamentar la paz en la verdad de una existencia cotidiana inspirada en el mandamiento del amor. Es necesario que cada comunidad se entregue a una labor intensa y capilar de educación y de testimonio, que ayude a cada uno a tomar conciencia de que urge descubrir cada vez más a fondo la verdad de la paz.

 

Al mismo tiempo, pido que se intensifique la oración, porque la paz es ante todo don de Dios que se ha de suplicar continuamente. Gracias a la ayuda divina, resultará ciertamente más convincente e iluminador el anuncio y el testimonio de la verdad de la paz. Dirijamos con confianza y filial abandono la mirada hacia María, la Madre del Príncipe de la Paz. Al principio de este nuevo año le pedimos que ayude a todo el Pueblo de Dios a ser en toda situación agente de paz, dejándose iluminar por la Verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Que por su intercesión la humanidad incremente su aprecio por este bien fundamental y se comprometa a consolidar su presencia en el mundo, para legar un futuro más sereno y más seguro a las generaciones venideras».

 

Benedicto XVI. Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2006

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. El recordado Juan Pablo II colocaba en su libro «Memoria e Identidad» la memorable frase de San Pablo: «No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,21) y nos decía como «el mal es siempre ausencia de un bien que un determinado ser debería tener, es una carencia». Esforcémonos y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para poder vivir cotidianamente a lo largo del año este programa de vida. Hagamos el bien ante el mal que muchas veces nos rodea.
 

2. Un año nuevo siempre es un tiempo lleno de esperanza y de renovación. Agradezcamos al Señor por todos los dones del año que pasó y ofrezcámosle nuestros mejores esfuerzos para vivir más cerca de Dios y de nuestros hermanos. ¿Cuáles van a ser nuestras resoluciones para el año nuevo? ¿Cuáles van a ser nuestros objetivos? ¿Qué debo de cambiar? ¿Qué voy a mejorar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 464-469. 495.

 




[1] El libro de los Números cuenta la historia de los israelitas durante casi 40 años de peregrinación por el desierto de Sinaí. Comienza dos años después de la salida de Egipto y termina justamente cuando entran en Canaán, la tierra prometida por Dios. El nombre del libro viene de los cómputos (censos) de los israelitas en el monte Sinaí y en los llanos del Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó. Entre los dos censos se establecieron durante algún tiempo en el oasis de Cades y luego se dirigieron al este del río Jordán. El libro narra las quejas constantes del pueblo y el celo de Dios por ellos. Sólo dos hombres de los que escaparon de Egipto, Caleb y Josué, sobrevivieron y lograron entrar en la tierra prometida.   
[2]Pentateuco.  Nombre con que se conocen los primeros cinco libros del Antiguo Testamento (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) que constituyen la primera parte del Canon Bíblico. En hebreo se les llama «Tora» que quiere decir "enseñanza" o "instrucción". Su nombre y su contenido muestran que «Tora» es un término más amplio que nuestro concepto de "ley", puesto que incluye mucha historia de la salvación (por ejemplo, Gn 1-Éx 19) o "evangelio" (Gl 3.8). La íntima relación entre historia de la salvación y ley o mandamiento en la Tora se explica por las características de la «Alianza». La «Tora» en griego se llama Pentateuco y quiere decir "libro dividido en cinco estuches", "rollos" o "volúmenes". Se dividió así por razón de sus temas distintos y también por razones prácticas, puesto que un rollo antiguo solamente podía contener la quinta parte de la Tora
[3] Podemos decir que este versículo es un resumen de toda aquello que debemos saber sobre Jesucristo: la preexistencia eterna de Cristo, su venida en la plenitud del tiempo como enviado del Padre, su nacimiento de la Virgen María y la sumisión a la Ley para reconciliarnos  y hacernos inmerecidamente partícipes de la filiación adoptiva con respecto a Dios.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Sagrada Familia: Jesús, María y José. Ciclo C


«Todos los que le oían quedaban asombrados»

 

Lectura del primer libro de Samuel 1,20-22.24-28

 

«Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, pues dijo: ¡Al Señor se lo pedí! Cuando su marido Elcaná subió con toda su familia para ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir sus promesas, Ana no quiso subir, sino que dijo a su marido: Cuando el niño haya sido destetado, yo lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre. Después subió con el niño al templo del Señor en Siló, llevando un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino.

 

Cuando inmolaron el novillo y presentaron el niño a Elí, Ana le dijo: Señor mío, te ruego que me escuches; yo soy la mujer que estuvo aquí, junto a ti, rezando al Señor. Este niño es lo que yo pedía, y el Señor me ha concedido lo que le pedí. Ahora yo se lo cedo al Señor; por todos los días de su vida queda cedido para el Señor. Y se postraron allí ante el Señor».

 

Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-2.21-24

 

«Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él. Queridos, ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

 

Queridos míos, si nuestra conciencia no nos condena, podemos acercarnos a Dios con confianza, y lo que le pidamos lo recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros según el mandamiento que él nos dio. El que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. Por eso sabemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 2, 41 -52

 

«Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.

 

Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". El les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.»

 

 

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

En el hogar de Nazaret se verifica plenamente el ideal del amor fraterno que resume la hermosa y exigente exhortación del apóstol San Juan: «que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros según el mandamiento que Él nos dio». (Segunda Lectura). En la Primera Lectura y en el Evangelio se mencionan dos familias y dos mujeres; entre las que parece darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas y con muchas diferencias. Son la familia de Ana y de María. A ambas Dios les concedió un hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de Nazaret a María. Ambas saben del llamado especial a su hijo y están dispuestas a responder al amoroso Plan de Dios.

 

«Ahora yo se lo cedo al Señor por todos los días de su vida»

 

Siló era la ciudad donde se plantó la «tienda de la adoración» (el tabernáculo), después de la conquista de Canaán.  Siló se convirtió en el centro del culto de Israel y la tienda de campaña será sustituida por una construcción más sólida. Todos los años se celebraba una fiesta especial (ver Jue 21,19-21). Los padres de Samuel (Ana y Elcaná) acudían a Siló pata adorar a Dios. En una de esas visitas Ana, que oraba a Dios pidiéndole un hijo, le prometió que si Dios se lo concedía, ella se lo devolvería para consagrarlo a su servicio. Nació entonces Samuel y Ana cumplió su promesa. Entregó a su hijo al santuario y Samuel se crió en el templo bajo los cuidados de Elí. Samuel, cuyo nombre significa «su nombre es Dios», es considerado el último de grandes jueces de Israel y uno de los primeros profetas.

 

Una noche Samuel recibió un mensaje en el que se decía que la familia de Elí sería castigada por la crueldad de sus hijos. Al morir Elí, Samuel tuvo que enfrentar una situación muy difícil. Israel fue derrotado por los filisteos y el pueblo creía que Dios ya no se preocupaba más de ellos. Samuel mandó destruir los ídolos falsos y gobernó en paz durante toda su vida. Cuando llegó a anciano nombró jueces a sus hijos pero el pueblo quería un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió  a David como siguiente rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel.      

 

«Seremos semejantes a Él» 

 

En estos días de la Octava de Navidad una de las certezas que podemos tener es la del inmenso amor que Dios nos tiene. La razón por la cual Dios se hace Hombre como nosotros no es otra sino la de ofrecernos un bien que sólo Él nos puede otorgar: la vida eterna. Esta certeza debe de llenar nuestro corazón de esperanza ya que Dios nos hace hijos suyos y nos hace herederos de la felicidad eterna. El ser hijos de Dios es pura gracia; consecuencia de haber nacido de Él (1Jn  2,29); sólo desde aquí es posible la existencia del cristiano y de la comunidad reunida en torno a Jesús. La filiación divina es una realidad actual. Lo demuestra la acción del Espíritu, sin la cual no sería posible la existencia cristiana en el mundo y frente a él (ver 1Jn 2,20.27).

 

La recta y sana conciencia es la de aquél que vive de acuerdo a lo que cree. Es decir la coherencia nos lleva a «acercarnos a Dios con confianza». Muy diferente al miedo provocado por la cercanía de Dios que tuvieron nuestros primeros padres tras la primera nefasta caída (ver Gn 3,8). Al acercarnos con la suficiente confianza a Dios podremos dirigirnos a Él por medio de la oración, con la garantía de ser oídos, ya que el cumplimiento de su voluntad es el mejor argumento para abrir sus oídos (ver St 5,16b; Jn 9,31). Dios atiende la oración de aquél que cumple sus mandamientos. Estos se desdoblan en dos: creer y amar. Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros. Ésta es la mejor síntesis de la insuperable unidad de los mandamientos. El párrafo termina con la siguiente afirmación: el guardar sus mandamientos tiene como consecuencia la comunión mutua y permanente entre Dios y el creyente. El argumento decisivo de dicha comunión para el creyente es la posesión del Espíritu Santo. La confesión auténtica de la fe cristiana y el amor mutuo son argumento definitivo de la presencia del Espíritu.

 

«Todos que lo oían estaban estupefactos» 

 

Jesús de Nazaret es el mismo Verbo de Dios  que “acampa” entre nosotros. Y Él, Creador del cielo y de la tierra, pudo prescindir de todos los bienes de esta tierra y de los honores de los hombres; pero no pudo prescindir de una familia. Por eso, Él no sólo nace de María Virgen, sino de María unida en matrimonio con José, de manera que al Hijo de Dios hecho hombre se le ofreciera el ambiente humano en el que debe venir a este mundo todo hombre: la familia. Por eso la Iglesia ha establecido que el Domingo que cae dentro de la Octava de Navidad, que es como un gran día de Navi­dad que dura ocho días, se celebre la solemnidad de la Sagrada Familia. Y el Evange­lio de este Domingo nos pre­senta un episodio de la infan­cia de Jesús en que actúan todos los miembros de esa fami­lia. Se trata de la pérdida de Jesús en el templo cuando él tenía doce años.

 

La ley de Israel pedía que los muchachos judíos que hubieran llegado a la edad de la pubertad fueran a Jerusalén tres veces al año (ver Ex 23,14-17). Jesús tiene ya doce años, y aunque los rabinos no consideraban obligatoria esta ley hasta los trece, muchos padres llevaban a sus hijos antes de esa edad. Por lo que leemos que «sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua», podemos afirmar que Jesús, antes de comenzar su ministerio público, ya tenía familiaridad con Jerusalén y sobre todo con el templo. La pascua era una de las fiestas más importantes y se celebraba el 14 de Nisán. En esa noche la familia sacrificaba un cordero. Recordaba el primero de esos sacrificios que tuvo lugar exactamente antes que Dios librará a los israelitas de Egipto.

 

 Al principio, la pascua se celebraba en los hogares, pero en los tiempos del Nuevo Testamento[1] era ya la fiesta principal, con afluencia de «peregrinos», que se celebraba en Jerusalén, como leemos en la lectura. Cuando Jesús tuvo doce años, subie­ron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasa­dos los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Esto se explica porque las familias subían a la fiesta en caravanas y es posible que un niño estuviera a cargo de otros familiares. No lo encontra­ron y debieron volver a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día «lo encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que lo oían, estaban estupefactos por su inteli­gencia y sus respuestas». Este es el único episodio que conocemos de la niñez de Jesús. Y Él ya se presenta como un verdadero maestro cuya enseñanza concentra la atención y la admiración de todos.

 

«¿Por qué nos has hecho esto?...»

 

Este es, sin duda, uno de aquellos pasajes que nos desconciertan un poco ya que no resulta «políticamente correcto» escuchar las repuesta de Jesús a la pregunta de su Madre. Su Madre expresa su preocupación y le dice: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angus­tiados te andábamos buscando». Cuando María dice «tu padre» es obvio que se refiere a ­San José. Sabemos que cuando le llegó el anuncio del ángel Gabriel, ella estaba desposada con «un hombre de la casa de David, llamado José». De manera que, cuando el ángel, refiriéndo­se al niño que sería concebido en su seno, le dijo: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre», está afirmando que José sería el padre adoptivo del niño y que con María formarían una verdadera familia. Durante su ministe­rio público, Jesús es llamado «hijo de David» por vía de José. Pero en la res­puesta de Jesús aparece por primera vez de manera clara la con­ciencia de su filia­ción divina: «¿Por qué me buscabais? ¿No sa­bíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Este «mi Padre» debió sonar como un campanazo; se refiere a Dios y lo llama así. Jesús es hijo de David y es Hijo de Dios; es verdadero hombre y verdadero Dios.

 

María sabía perfectamente desde la anunciación, ocurrida doce años atrás (todas esas cosas ella las había conservado meditándolas en su cora­zón), que el hijo de sus entrañas, no era hijo de José sino «Hijo del Altísimo», como le había dicho el ángel Gabriel: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísi­mo... el que ha de nacer santo (sin intervención de varón) será llama­do Hijo de Dios» (Lc 1,32.35). La pregun­ta de María se explica porque ésta es la primera vez en que Jesús responde al llamado de su Padre, aunque deba por eso ser causa de angustia para sus padres de esta tierra. Así demues­tra que él tiene perfecta conciencia de ser «el Hijo», y nos enseña que cuando se trata de la obediencia filial a su Padre, toda otra obediencia debe ceder. La obedien­cia de Jesús a sus padres terrenales es ejemplar; sólo la obediencia a Dios es superior.

 

Por eso, aunque es verdad que Él tiene que estar en la casa de su Padre, después de respon­der a ese reclamo, «bajó con ellos y vino a Naza­ret, y vivía sujeto a ellos». Jesús conocía y observaba fielmente el mandamiento que ordena «honrar padre y madre», y al hombre que le pre­gunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, entre otros mandamientos, le dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Lc 18,20). Pero con su actitud nos enseña que el primero de los mandamientos es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30).Cada cristiano también tiene a Dios como Padre y el Plan de Dios sobre nosotros debe prevalecer sobre toda otra considera­ción.

 

Debemos resolver aún un problema. El Evangelio dice que ellos (María y José) no comprendieron la respuesta que les dio. ¿Qué es lo que no comprendieron? Ya dijimos que la incomprensión no está en el hecho de que llame a Dios: «mi Padre», ni tampoco en que obedezca al llamado del Padre por encima de toda otra observancia. Eso ellos lo com­prendían. La observa­ción de Lucas no tiene como objeti­vo destacar algo negativo en María y José; es una adver­tencia diri­gida a los lectores para indicar la difi­cultad de todos para compren­der el misterio de la cruz.

 

El tema de la incompren­sión reapa­rece cada vez que se anuncia la Pasión y la Muerte de Jesús. La pregunta que Jesús hace a sus padres en el templo tiene el mismo sentido que la que hace a Pedro cuando con la espada quiere impedir su prendimiento: «Vuelve la espada a la vaina. El cáliz que me ha dado el Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). María es la única que, con el tiempo, comprende perfectamente, porque ella «conser­vaba cuidadosa­mente todas las cosas en su corazón». Por eso, cuando al final del Evange­lio, ante la tumba vacía de Jesús, se hace a las piadosas mujeres una pregunta similar: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5), María no está allí. Ella ya comprende; ella no busca a su Hijo entre los muertos, porque sabe que está vivo.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Navidad es la gran fiesta de las familias. Jesús, al venir a la tierra para salvar a la sociedad humana y para de nuevo conducirla a sus altos destinos, se hizo presente con María su Madre, con José, su padre putativo, que está allí como la sombra del Padre Eterno. La gran restauración del mundo entero comenzó allí, en Belén; la familia no podrá lograr más influencia que volviendo a los nuevos tiempos de Belén».

San Juan XXXIII.  Alocución del 25 de diciembre de 1959

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Conozcamos la apasionante historia del profeta Samuel leyendo 1Sam 1-15. 25, 1.  

 

2. ¿Qué resoluciones concretas debo de realizar para que mi familia pueda ser un verdadero cenáculo de amor?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2201- 2233.

 

 



[1] Esta reforma se llevó a cabo bajo el reinado del Rey Josías (alrededor del año 600 a.C.).