lunes, 31 de julio de 2017

Transfiguración del Señor – 6 de agosto de 2017

«Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo»

Lectura del libro del profeta Daniel 7,9-10.13-14

«Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros. Miré entonces, atraído por el ruido de las grandes cosas que decía el cuerno, y estuve mirando hasta que la bestia  fue muerta y su cuerpo destrozado y arrojado a la llama de fuego. A las otras bestias se les quitó el dominio, si bien se les concedió una prolongación de vida durante un tiempo y hora determinados. Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás».


Lectura de la segunda carta de San Pedro 1,16-19

«Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como lámpara  que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 17,1-9

«En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. 

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: “Levantaos, no temáis”. Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.  Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas 

Este Domingo coincide con el día en que la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor: 6 de agosto. Tratán­dose de una fiesta del Señor, su celebración prevalece sobre la del Domingo ordinario. Por eso, en lugar de celebrar el Domingo XVIII del tiempo ordinario, hoy día se celebra este miste­rio de la vida de Cristo y se toma el Evangelio en que se relata este episodio. La transfiguración del Señor Jesús pone ante nosotros el horizonte, la meta a la que estamos llamados. 

Esto es lo que nos comparte San Pedro cuando nos dice: «Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad» (Segunda Lectura). Es nuestro destino glorioso el participar de aquella «transfiguración definitiva» del Señor Jesús en la gloria eterna. La paz, la serenidad, el gozo intenso, marcan esa felicidad plena a la que estamos llamados, aunque todavía haya que pasar por la cruz y es allí donde la esperanza activa y continua nos sostiene. El «hijo del hombre» bajará del cielo y el padre anciano le otorgará toda la potestad sobre los reinos, pueblos y naciones (Primera Lectura). 


«Alguien parecido a un hijo del hombre»

Daniel (Dios es mi juez) era un judío de la alta alcurnia que fue llevado cautivo a Babilonia probablemente  cuando era solo un adolescente. En la corte del rey Nobucodonosor, se preparó a Daniel y sus tres amigos  (Misac, Sidrac y Abdénago) para que fueran consejeros reales. Dios concedió a Daniel gran sabiduría y el don de interpretar los sueños, por lo cual recibió la protección del rey Baltasar (sucesor de Nabucodonosor).  El libro de Daniel fue escrito en una época en el que pueblo se hallaba oprimido, quizás por la persecución de Antíoco Epifanes  en el año 168 A.C. Los relatos y las visiones que figuran en el libro servían al pueblo de aliento y consuelo: Dios rescatará a su pueblo y lo restaurará. 

Por el contexto de la Primera Lectura se desprende que Daniel asiste «en sueño» a una sesión del juicio de Dios que es presentado como un «anciano juez». Figura para encontramos en el Antiguo Testamento para contrarrestar la perennidad de Dios ante la caducidad de la vida del  hombre (ver Sal 102,25-26; Is 41,2-4; Job 36,26).  Daniel describe la apertura de la sesión del tribunal supremo indicando la apertura solemne de los libros, en los cuales están escritos todos y cada uno de los actos humanos (ver Dn 12,1; Ex 32,32-33; Sal 69,29; 139,16; 1 Sm 25,29). Cuando todos esperaban la proclamación de una sentencia, inesperadamente Daniel pasa a relatar el destino de las bestias que son destrozadas y arrojadas al fuego eterno. Seguidamente pasa a describir simbólicamente el juicio de Dios sobre el resto de las bestias; indicando  como los reinos humanos, significados por las bestias, no serán destruidos sino perderán su hegemonía y poder. En cambio el poder que se levanta contra Dios será aniquilado definitivamente. 

La segunda visión de este pasaje es muy importante y refiere que «alguien parecido a un hijo de hombre viene entre las nubes del cielo y se dirige hacia el anciano» que le concede un poder, una gloria y un reino eternos. La acción se desarrolla rápidamente: el origen y la actividad de este hijo de hombre es trascendente, viene de lo alto «entre las nubes del cielo» (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1; Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el anciano, recibe un reino eterno cuyo dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara. En el desarrollo de las acciones del anciano se destaca la ejecución de su designio sobre las bestias y la entrega del poder y el reino a este «hijo de hombre»[1]


«Lo que hemos visto y oído» 

En la carta de San Pedro queda absolutamente claro que nuestra esperanza y actitud vigilante se funda y sustenta en el «recuerdo vivo» de los apóstoles y en la «palabra de los profetas», directa alusión a la revelación del Antiguo Testamento. Para dar mayor fuerza a su exhortación Pedro apela a su condición de apóstol y a la responsabilidad que su misión le exige de cara a los destinatarios. Esta responsabilidad se presenta más acuciante ante la perspectiva de su muerte inminente que vincula al anuncio hecho por el mismo Jesús a su persona (ver Jn 21,18-19). Precisamente esta cercanía de la muerte da a la carta el valor de auténtico «testamento espiritual del príncipe de los Apóstoles». 

A su dignidad y responsabilidad de «cabeza de la Iglesia», Pedro une su condición de testigo de acontecimientos históricos para sustentar el anuncio de la parusía o segunda venida de Jesucristo. Esta venida ha sido anticipada en la Transfiguración de Jesús y no tiene nada que ver con los mitos y leyendas tan usados en los círculos gnósticos de aquella época. La sección finaliza con un principio hermenéutico[2] de primer orden (ver 1P 1,20-21): no cabe una interpretación “particular” de la Sagrada Escritura. Si ésta ha sido inspirada por el Espíritu Santo, sólo podrá ser interpretada adecuadamente en ese mismo Espíritu, es decir sólo puede ser legítima una interpretación plenamente eclesial.


«Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadlo» 

En el Evangelio de San Mateo, la Transfiguración es un evento de revelación de la verdadera identidad de Jesús y de su relación con la ley y los profetas. En Cristo, todo el Antiguo Testamento encuentra su sentido y su cumplimiento. Todo el Antiguo Testamento es anuncio de Cristo, y todas las instituciones antiguas son figura de Cristo. Lo escrito en el Antiguo Testamento tiene ciertamente su sentido propio literal: las historias que narra son historias verdaderas, las instituciones que describe tuvieron existencia real, por ejemplo, el templo, la tienda de la Alianza, los sacrificios, el cordero pascual, etc. Pero todo eso no se agota en su sentido literal histórico, sino que tiene un sentido ulterior espiritual. Esa realidad ulterior es Cristo muerto resucitado y glorificado. La Iglesia desde sus comienzos sostiene que existe un sentido cristiano de todo el Antiguo Testamento, que en el Evangelio es llamado «la Ley y los profetas». Él mismo afirma que la Ley y los profetas hablan del Cristo, y enseña a sus discípulos a encontrar allí lo que estaba dicho sobre él (ver Lc 24,25-27. Jn 5,39.46). 

El episodio de la Transfiguración tiene como primera finalidad mostrar la identidad de Jesús a la vista de los tres discípulos más cercanos: Pedro, Santiago y Juan. Pero inten­ta afirmar también que la Ley y los profe­tas encuentran su sentido último, su verdadero sentido, en Cristo. En efecto, el Evangelio dice en primer lugar: «Jesús se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Esto es lo primero que vieron los tres apóstoles. Y esta des­cripción es claramen­te una afirmación de la divi­nidad de Jesús: el sol y la blancura son símbolos que representan la eternidad y la trascendencia, atributos que son propios de Dios. Y por si quedara alguna duda, la voz del Padre la disipa, hablando con mucha ternura: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». La Transfi­guración es entonces una manifestación de la divinidad de Jesús. Tal vez nunca como aquí resulta claramente confirmada esta declaración impresionante de él: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30).

El hecho habría tenido un sentido completo si hubiera quedado aquí. Pero se agrega esta otra circunstancia muy particular: «Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Esta es una aparición que vieron los apóstoles. Conocemos a Moisés y Elías por el lugar que ocupan en la historia de Israel. Respecto de Moisés el libro del Eclesiástico dice: «El Señor hizo salir de su pueblo un hombre de bien, que hallaba gracia a los ojos de todos, amado por Dios y por los hombres, Moisés, cuya memoria está envuelta en bendi­ciones... cara a cara le dio los mandamientos, la ley de vida y de saber, para enseñar a Jacob su alianza, y sus decretos a Israel» (Sir 45,1.5). Moisés es el hombre de la ley. 

Y respecto de Elías el mismo libro dice: «Después surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha... ¡Qué glorioso fuiste Elías en tus porten­tos! ¿Quién puede jactarse de ser igual que tú?» (Eclo 48,1.4). Elías es designado como un profeta que no tiene igual en gloria; él representa a los profetas. Moisés y Elías, la Ley y los profetas, conversan con Jesús como antiguos conocidos. Jesús aparece claramente superior a ellos. Y para mayor confirmación de la superioridad de Jesús, la voz del cielo exhorta, hablando sólo de él: «Escuchadlo». La Ley y la profecía alcanzan su plenitud en Cristo. Cristo es aquél que anunciaban. Por eso la voz del cielo llama a escuchar sólo a Jesús. Moisés y Elías siguen siendo leídos en la Iglesia, pero en la medida en que ellos hablaron de Jesús; siguen siendo leídos en sentido cristiano, que es el sentido intentado por Dios cuando él inspiró las palabras de sus escritos. Esto es lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica como verdad de fe: «A través de todas las palabras de la Sagra­da Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se expresa a sí mismo en plenitud»[3].  


Una palabra del Santo Padre: 

«Hoy, el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, y la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17, 1). La montaña representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la presencia del Señor. Allá arriba en la montaña, Jesús se presenta a los tres discípulos transfigurado, luminoso; y luego aparecen Moisés y Elías, conversando con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que Pedro queda deslumbrado hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese momento. Pero enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo muy querido, diciendo: «Escúchenlo».

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, tenemos que seguirlo, tal como hacían las multitudes en el Evangelio, que lo reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas a lo largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces algo incómodas. 

De este episodio de la Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio de silencio – de subir a la montaña – para reencontrarnos con nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor.

¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y a volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de la gracia recibida. Pero, si no hemos estado con Dios, si nuestro corazón no ha sido consolado ¿cómo podremos consolar a otros?

Esta misión concierne a toda la Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y sacerdotes – llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y pequeños, a los últimos. Pero para cumplir con alegría y disponibilidad esta obra pastoral, los Obispos y los sacerdotes necesitan las oraciones de toda la comunidad cristiana».

Papa Francisco. Ángelus, 14 de marzo de 2014.  


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. San Andrés de Creta nos dice: «La cruz de Cristo es, en efecto, su gloria y su exaltación, ya que dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres». ¿Entiendo la dinámica de muerte para la vida que el Señor Jesús me invita a vivir? Morir para que otros vivan…

2. Pablo VI nos decía en uno de sus últimos mensajes: «La Transfiguración del Señor arroja una luz deslumbrante sobre nuestra vida cotidiana y nos lleva a dirigir la atención al destino inmortal que se esconde detrás de aquel acontecimiento». Jesucristo transfigurado nos muestra la plenitud a la que estamos llamados. ¿Vivo de acuerdo a mi dignidad? ¿Cómo puedo ir “transfigurando” mi propia vida? ¿De qué manera? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 444, 459, 554-556,568, 2583, 2600.



[1] Hijo del hombre: en hebreo es a menudo sinónimo de «hombre», miembro de la raza humana (Ver Nm 23,19; Is 51,12; Job 25,6). En el pasaje de Daniel 7 se utiliza con clara connotaciones apocalípticas. En los Evangelios aparece 70 veces este término y siempre es Jesús que se autodenomina así destacando su condición humana, aunque a veces destaca también su divinidad (ver Mt 16, 27; 24,30; Mc 8,31).   
[2] Hermenéutica: del griego hermeneuein: interpretar. Conjunto de reglas y de métodos para la interpretación correcta de los textos sagrados.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 102.

lunes, 24 de julio de 2017

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 30 de julio de 2017

«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»


Lectura del Primer libro de los Reyes 3, 5-6a. 7-12

«En Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en un sueño, durante la noche. Dios le dijo: «Pídeme lo que quieras.» Salomón respondió: Señor, Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un niño pequeño y no sé valerme por mí mismo. Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. 

De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo? Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido, y Dios le dijo: «Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti.»


Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 28-30

«Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos, hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 44-52

«Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. 

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto? «Sí», le respondieron. Entonces agregó: «Así, todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.»


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

El hilo conductor de nuestras lecturas dominicales es la oposición que encontramos entre los criterios de Dios y los criterios del mundo. Salomón, prototipo del rey ideal de la Antigua Alianza, pide al Señor en su oración: «te pido que me concedas sabiduría de corazón[1] para que sepa gobernar a tu pueblo». (Primera Lectura). El Señor, ante aquella sensata petición, le concede un corazón dócil y sabio. Como leemos en el Salmo 118: el hombre que «pone su descanso en la ley del Señor, que ama sus mandamientos más que el oro purísimo, que estima en más sus enseñanzas que mil monedas de oro y plata». 

Todas éstas actitudes encuentran su plenitud en aquellos que descubriendo el Reino de los Cielos están dispuestos a«vender cuanto tiene» para comprarlo (Evangelio). El Reino que se menciona en las diversas parábolas del capítulo 13 del Evangelio según San Mateo no será sino el mismo Jesucristo. Es por eso que todos,  los convocados por el mismo Jesús, estamos llamados a reproducir su imagen en nuestras vidas (Segunda Lectura).



El sueño en Gabaón 

Salomón después de desposarse con la hija del Faraón[2] se dirige a la ciudad de Gabaón (que quiere decir colina) a ofrecer su ofrenda ya que todavía no había terminado de construir su palacio, el Templo y la muralla alrededor en Jerusalén. En esta ciudad, a 8 Km. al norte de Jerusalén, David colocó «en un alto lugar» (1Cro 16,39) el Tabernáculo[3]y levantó un altar para los holocaustos. Yahveh se manifiesta a Salomón en sueños[4]. Ante el pedido de Dios, Salomón se reconoce a sí mismo como «un niño pequeño que no sabe cómo salir ni entrar» ya que ante Él todos somos «pequeños». 
El reino que Salomón había heredado de su padre David tenía un territorio enorme ya que se extendía desde el torrente de Egipto hasta el Eufrates; por eso le pide a Dios una mente dócil y comprensiva para gobernar; es decir el arte de saber escuchar y discernir entre el bien y el mal (ver Is 7,15; 5,20). La respuesta de Dios es inmediata y en ella vemos cómo la extraordinaria sabiduría de Salomón no es sino un don de Dios y como tal es reconocida por sus súbditos: «pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia» (1Re3, 28). 


Las parábolas del Reino de Dios

Las parábolas de Jesús tienden a presentar el Reino de Dios, es decir el Reino de los Cielos. En el Sermón de la Montaña Jesús había hablado de los requisitos morales necesarios para entrar en aquel Reino; pero ahora era preciso dar un paso más hacia ade­lante y hablar de aquel Reino en sí, de su índole y naturaleza; de los miembros que lo constituían; del modo cómo sería actuado y establecido. También en este aspecto la predicación de Jesús siguió un método esen­cialmente gradual. La razón de esa gradación radica en la ansiosa espera en que vivían, en esa época, los judíos de un reino mesiánico‑político. Hablar a aquellas turbas de un Reino de Dios, sin explicaciones y aclaraciones, significaba hacerles ima­ginar un rey celestial omnipotente, circundado de grupos de hombres armados y, aun mejor, de legiones de ángeles combatientes, que llevarían a Israel a ser «dueño y señor» de las naciones paganas. 

Y era a tales turbas delirantes a las que Jesús debía hablar del objeto del delirio que las enloquecía, y ello de tal modo que a la vez las atrajese y las desengañase: el Reino de Dios debía llegar, sin duda; es más, había empezado a realizarse; pero no era el «reino» de ellos, sino el de Jesús, totalmente diverso. De aquí que la pre­dicación de Jesús debía a la vez mostrar y no mostrar, abrir los ojos a la verdad y cerrarlos a los sueños fantásticos. Se precisaba, por lo tanto, una extrema prudencia, porque Jesús, en este punto, se internaba en un terreno volcánico que podía entrar en erupción de un momento a otro. Esta amorosa prudencia puede haber sido una de las razones por las cuales Jesús se sirvió de las parábolas para hablar del Reino. 


Encontrar el tesoro escondido 

Todos hemos visto lo que sucede cuando se estaciona a un niño ante la televisión: el niño queda completamente absorto y nada logra distraerlo. La mamá puede hablarle y decirle las cosas más importantes, pero el niño contesta sin despegar su atención de la pantalla. Esta situación, que nos parece excusable porque se trata de un niño, represen­ta sin embargo lo que ocurre con nosotros ante las preocupaciones y los bienes de esta tierra. A veces nos absorben hasta tal punto que nos impiden escu­char las pala­bras de vida eterna que nos dirige Dios. O, más bien, las escuchamos pero no logran incidir directamente en nuestra vida. 

Todos sabemos que nuestra vida sobre esta tierra es breve, que los bienes materiales son transitorios, que «no nos sirve de nada ganar el mundo entero si perdemos la vida» y que aunque tengamos nuestra vida asegurada por «muchos años», en cualquier momento podemos recibir este aviso: «Esta noche se te pedirá el alma; ¿todos los bienes que tienes atesorados, para quién serán?». Todas estas verdades las escuchamos a menudo, las sabemos, las vemos acontecer diariamente a nuestro alrededor y nos impresionan por un instante; pero no logran atraer nuestra atención y seguimos absortos en nuestros quehaceres, lo mismo que el niño que está ensimismado ante su programa de "dibujos animados".

Es necesario que «alguien» venga a nuestro encuentro y su llamada nos saque de esta especie de sopor en que esta­mos. El Evangelio nos presenta diversos episodios en que el encuen­tro con Jesucristo opera en las personas un cambio radical. En estos casos: «Dejándolo todo, lo siguieron»

Esto nos enseña el Evangelio de hoy, por medio de dos parábolas: las parábo­las del tesoro escondido en el campo y de la perla preciosa. Mientras alguien no se ha encontrado con Jesucristo y no ha hecho la experiencia de venderlo todo por adquirirlo a Él, no se puede decir que esté totalmente evangelizado. Estar evangelizado quiere decir haber recibido una noticia tal que transforme radicalmente la vida. Lo que antes era importante, incluso fundamental en la vida, pierde valor ante el encuentro con Cristo. Es como el hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo y por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. O como el mercader de perlas que, encontrada una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra. 

Lo interesante de estas parábolas es que están dichas para explicar la conducta de los cristianos a los de fuera, a los que no han tenido la misma experiencia, a los que critican y no entienden. Ellos pueden ciertamente entender la situación presentada en las parábolas: que entiendan enton­ces por qué alguien puede acoger a Jesucristo como lo más impor­tante de su vida, que entiendan por qué algunos consa­gran a Él sus vidas. Cuando observamos que tantos hombres anteponen a Jesús y a su enseñanza los bienes de esta tierra; a saber, el dinero, la fama, la popularidad, el placer, podemos concluir que aún no han encontrado «el tesoro escondido». Si lo hubie­ran encontrado, todas esas otras cosas serían secundarias en comparación con Jesús. 

Ellos están todavía como el niño ante la televisión, es decir, están afanados y absortos en las cosas de este mundo. Ojalá todos pudieran vivir la experien­cia que describe San Agustín en su autobiografía:«¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Allí te buscaba... Me retenían alejado de ti tus creaturas, que serían inexistentes si no existieran en ti. Me llamaste y tu grito atravesó mi sordera; brillaste y tu esplendor disipó mi ceguera; difundiste tu fragancia y yo respiré y anhelo hacia ti; gusté y tengo hambre y sed; me tocaste y ardí del deseo de tu paz» (Confesiones X, 27, 28).


La parábola de la red y los peces

La tercera parábola de este Domingo, la de la red echada en el mar que recoge todo tipo de peces; es semejante a la parábola de la cizaña que crece en medio del trigo. Nos enseña que en su etapa actual el Reino de los Cielos incluye todo tipo de personas: santos y pecadores. La red arrastra con todo y lo saca a tierra. Pero todos imaginamos a los pescadores sentados en la orilla seleccionando a los buenos y arrojando a los malos. Así será al fin del mundo: «Los ángeles separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Estas son imágenes usadas constantemente por Jesús para describir el tormento eterno de los condenados: no sólo ardor físico, sino también amargura profunda, odio y dolor.

Hemos dicho que el Reino de los Cielos expresa la novedad de Jesucristo. Pero esto no rescinde todo lo revelado por Dios en el Antiguo Testamento, sino que le da pleno cumplimiento. Por eso todo escriba que se ha hecho discípulos del Reino de los Cielos «saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». La relación entre ambos Testamentos ha sido formulada por un antiguo adagio: “Novum in Vetere latet; Vetus in Novo patet” (El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo; el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo).  


Una palabra del Santo Padre: 

«Las breves semejanzas propuestas por la liturgia de hoy son la conclusión del capítulo del Evangelio de Mateo dedicado a las parábolas del reino de Dios (13, 44-52). Entre ellas hay dos pequeñas obras maestras: las parábolas del tesoro escondido en el campo y la perla de gran valor. Ellas nos dicen que el descubrimiento del reino de Dios puede llegar improvisamente como sucedió al campesino, que arando encontró el tesoro inesperado; o bien después de una larga búsqueda, como ocurrió al comerciante de perlas, que al final encontró la perla preciosísima que soñaba desde hacía tiempo. Pero en un caso y en el otro permanece el dato primario de que el tesoro y la perla valen más que todos lo demás bienes, y, por lo tanto, el campesino y el comerciante, cuando los encuentran, renuncian a todo lo demás para poder adquirirlos. No tienen necesidad de hacer razonamientos, o de pensar en ello, de reflexionar: inmediatamente se dan cuenta del valor incomparable de aquello que han encontrado, y están dispuestos a perder todo con tal de tenerlo.

Así es para el reino de Dios: quien lo encuentra no tiene dudas, siente que es eso que buscaba, que esperaba y que responde a sus aspiraciones más auténticas. Y es verdaderamente así: quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús: ¡este es el gran tesoro!

Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, quedaron tan conmovidos por Jesús que se convirtieron a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano «al agua de rosas». Cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. El Evangelio te permite conocer al verdadero Jesús, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí lo dejas todo. Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes pero tú eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte».                        

Papa Francisco. Ángelus, Domingo 27 de julio de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. «Pídeme lo que quieras» le dice Dios a Salomón ¿No es acaso también ésta la misma oferta que hoy nos hace a Dios? ¡Sí, también a nosotros nos ha hablado, ya no en sueños, sino por medio de su Hijo! ¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración? ¿Acudimos a Él con frecuencia? 

2. ¿Seremos nosotros capaces de vender todo para ganar el gran tesoro encontrado o la perla más preciosa que existe en el mundo? El ejemplo de vidas heroicas y santas nos muestran que sí vale la pena «venderlo todo» por Jesucristo.  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 28. 30. 1718. 1730. 2128. 2566, 2705. 



[1]Corazón: término que se usa figuradamente en las Sagradas Escrituras para designar el centro, la totalidad o la esencia de todas las cosas o actividades del hombre. En particular se refiere al centro de la personalidad. Los términos que ahora utilizamos como carácter, personalidad, voluntad, criterios o mente; representan lo que «corazón» significaba para los hebreos.  
[2] Posiblemente sea el faraón Psusenas II, último rey de la dinastía XXI. 
[3] Este era el mismo Tabernáculo que Moisés había colocado en el desierto. El Tabernáculo era una gran tienda de campaña construida según las instrucciones que Moisés había recibido de Dios. El Tabernáculo era el centro de la vida religiosa de Israel y era el signo de que Dios estaba siempre con ellos. A menudo al Tabernáculo se le llamaba «Tienda de la reunión» (donde tenía lugar el encuentro entre Dios  y el hombre) y «Morada » (de Dios entre los hombre s).  
[4] Los sueños, con anterioridad a los Profetas, eran uno de los principales medios de comunicación entre Dios y los hombres (ver Gn 20, 3; 28,31; 37, 5).

lunes, 17 de julio de 2017

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 23 de julio de 2017

«Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre»


Lectura del libro de la Sabiduría 12,13. 16-19

«Pues fuera de ti no hay un Dios que de todas las cosas cuide, a quien tengas que dar cuenta de la justicia de tus juicios. Tu fuerza es el principio de tu justicia y tu señorío sobre todos los seres te hace indulgente con todos ellos. Ostentas tu fuerza a los que no creen en la plenitud de tu poder, y confundes la audacia de los que la conocen. Dueño de tu fuerza, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia porque, con sólo quererlo, lo puedes todo. Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo del hombre, y diste a tus hijos la buena esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». 


Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 26- 27

«Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13,24 -43

«Otra parábola les propuso, diciendo: "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?" El les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Dícenle los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?" Díceles: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero." 

Otra parábola les propuso: "El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas". Les dijo otra parábola: "El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo". Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo. Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: "Explícanos la parábola de la cizaña del campo". 

El respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga». 


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

En su extenso discurso parabólico, Jesús nos va a proponer nuevamente las figuras agrícolas para hablar del Reino de los Cielos. Hablará de la buena y la mala semilla; del grano de  mostaza; y de la levadura. Todas las imágenes que ha usado Jesús  les resultan claras y directas. Sin  embargo, los discípulos le piden que explique la parábola de la cizaña y del trigo ya que resulta tan reprobable la actitud del enemigo que quieren profundizar en la explicación dada por el Maestro. Todos debemos tener esa visión de eternidad y confianza en el «dueño de la mies». 

El libro de la Sabiduría llega a la misma conclusión después de preguntarse por qué Yahveh se muestra tan misericordioso en relación a Egipto (Sb 11, 15-20) y Canaan (Sb 12, 1-11). «No existe Dios fuera de Ti...Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos...Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación» (Primera Lectura). En la carta a los Romanos San Pablo nos muestra cómo el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad y nos enseña a orar como debemos. A través de la acción del Espíritu Santo el cristiano poco a poco llega a comprender, en cuanto esto es posible, el actuar misericordioso y benigno de Dios Amor (Segunda Lectura). 


El Reino de los cielos

El Evangelio de este Domingo nos propone tres parábo­las: la parábola de la cizaña, y las parábolas complementarias del grano de mostaza y de la levadura en la masa. Tal vez convenga explicar brevemente en qué consiste la enseñanza en parábolas. ¿Quién no sabe que gran parte de la enseñanza de Jesús fue expuesta en parábolas? El sustantivo «parábola» viene del verbo griego: «paraba­llo», que signifi­ca literalmente: "poner una cosa junto a otra con la cual tiene alguna semejanza". De aquí pasó a signi­ficar: "compa­rar". Y el sustantivo «parabolé», puede traducirse por "comparación, semejanza, analogía". Eso es lo que significa literalmente el término «parábola». Pero actualmente es un término que indica un modo de enseñanza. Una parábola es un relato inventado pero de ocurren­cia muy posible, o la descrip­ción de una situación co­rriente de la vida cotidiana y, por tanto, familiar para los oyentes. A partir de estas “comparaciones”  se busca una enseñanza. 


El trigo y la cizaña

La parábola del trigo y  la cizaña comienza así: «El Reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo…». Pero, ya de noche, el enemigo sembró la cizaña entre el trigo y se fue. Luego al brotar la hierba aparece la planta no deseada. Ésta debe de haber sido una situación familiar para los oyentes de Jesús, propia de una sociedad campesina, en la cual solía ocurrir que para dañar al enemigo se venía de noche y en secreto sembraba en su campo en medio de la buena semilla una maleza agreste. En este caso el enemigo sembró cizaña. Ya está ganada la atención de todos los oyentes ya que ellos saben perfectamente a que se refiere, sin embargo, necesi­tamos una aclaración.

La cizaña es una semilla maligna que dificulta el crecimiento del trigo y, en el momento de la siega, mez­clán­dose con el trigo, molesta. Tiene el nombre científi­co: «lo­lium temulentum». No puede distinguirse del trigo, en medio del cual crece, antes que haya llegado a madurez y se haya vuelto amarillento. Sería poco sabio arrancar la cizaña antes de la siega, tratando de dejar intacto el trigo. Es mejor esperar la siega cuando la operación de separación es fácil y sin riesgo para el trigo. 

Sigue el relato de Jesús: «Los siervos del amo se acercaron a decirle: 'Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?' El les contestó: 'Algún enemigo malo ha hecho esto'». Hasta aquí la narra­ción del hecho de vida. Ahora viene la interpelación a los oyen­tes ante el pedido de los siervos por arrancar la cizaña. En este punto podemos imaginar a los oyentes que toman partido y exclaman: «¡No, no se hace así, hay que esperar que maduren ambos, no sea que junto con la cizaña se arranque también el trigo!»  Y el amo les da razón, diciendo a los siervos: «No, no vayáis... Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero».

Hasta aquí el relato tiene una clara enseñanza, pero hay algo que falta para los discípulos de Jesús. ¿No tendrá que ver esta parábola con uno de los problemas más serios del judaísmo tardío: la retribución en la vida eterna? ¿Qué pasa con los justos que han sufrido en esta vida que pasa? El mismo Jesús nos dirá: «El campo es el mundo», hoy día diríamos: «El campo es la historia humana». La enseñanza que queda en los oyentes es que en la historia humana el bien y el mal están mezclados y que en su etapa actual nosotros no somos capaces de distinguirlos y separarlos sin equivo­carnos y cometer injusticia. Hay que esperar hasta que ambos lle­guen a madurez. No hay que impacientarse. Hay que confiar en la sabiduría de Dios. 

San Agustín nos dirá que esta parábola se refiere a la paciencia del Padre que siempre espera, «porque hay muchos que antes eran pecadores y después llegan a convertirse». San Agustín debe de hablar desde su propia experiencia de vida. Por medio de esta parábola Jesús ha expues­to de manera eficaz la misma enseñanza que ya daba Dios en el Antiguo Testamento: «Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te impacientes, que es peor: pues serán extirpados los malva­dos, más los que esperan en el Señor poseerán la tierra. Un poco más y no hay impío, buscas su lugar y ya no está; en cambio, poseerán la tierra los humildes, y gozarán de inmen­sa paz» (Sal 37,8-11).


El grano de mostaza

La parábola del grano de mostaza tiene la finalidad de enseñar que, en contraste con sus humildes inicios, la ense­ñanza de Cristo estaba destinada a crecer y difundirse y llenar la tierra. En efecto, el grano de mostaza es la más pequeña de las semillas, pero una vez que crece, se hace un gran árbol que cobija a las aves del cielo. Nosotros leemos esta parábola ahora que la Iglesia de Cristo está estableci­da en todos los Continen­tes y en todos los rincones de tierra, es decir, cuando es un gran árbol que cobija a mil millones de hombres. Pero no debemos olvidar que fue dicha por Cristo cuando sus seguido­res eran sólo un pequeño grupo en un alejado rincón del mundo. El cumplimien­to de este anuncio de Jesús, que en su momento fue una magnífica profe­cía sobre el desarrollo de su Iglesia, cons­tituye uno de los motivos de credibilidad de la fe cristia­na. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, «la propaga­ción y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabi­lidad son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos, motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es, en modo alguno, un movi­miento ciego del espíritu»[1]


La levadura que fermenta toda la masa

La parábola de la levadura que fermenta toda la masa indica una misión esencial de los cristianos. Ellos han recibido de su Señor la misión de «hacer discípulos de todos los pueblos, enseñándoles a observar todo lo que Cristo les enseñó». Hoy día es frecuente escuchar a personas declararse cristianos, y hasta católicos practicantes, pero no aceptar algunas de las enseñanzas de la Iglesia Cató­lica. A menudo argumentan que vivimos en una sociedad «tolerante» y que «cada uno tiene derecho a creer en su verdad» aun siendo ésta contraria a la fe y enseñanza cristiana. En realidad, el que piensa y actúa de esa manera no ha entendido nada del cristianismo y no puede consi­derarse un auténtico discípulo de Cristo. Cristo no presentó su doctrina como una opinión entre otras, sino como «la Verdad» y afirmó de manera tajante: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Un cristianismo que se adapta a nuestros gustos y caprichos personales simplemente no es «cristianismo»; eso es una crea­ción nuestra, un cristianismo a nuestra medida, un cristianismo «light».  Es decir, una religión de supermercado hecha a «imagen y semejanza» de sus propios caprichos personales. Es Dios que tiene que adaptarse si yo me separo de mi mujer, si uso métodos anticonceptivos artificiales, si practico el aborto o si tengo un desorden en mi comportamiento sexual. 

El verdadero cristiano está convencido que Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre y que vino a este mundo para reconciliarnos y comu­nicarnos «la única verdad que nos hace libres». El verda­dero cristiano está convencido que solamente en el misterio del Verbo Encarnado, el misterio del hombre se aclara[2] y que aceptar medias verdades es lo mismo que aceptar la mentira y su terrible dinamismo de muerte.  La parábola de la levadura en la masa nos enseña que los discípulos de Cristo no debemos pasar inadvertidos en la masa, sino fermentarla toda. San Juan Crisóstomo nos dice que «la levadura son los cristianos que cambiarán el mundo entero». 


Una palabra del Santo Padre: 

«En estos domingos la liturgia propone algunas parábolas evangélicas, es decir, breves narraciones que Jesús utilizaba para anunciar a la multitud el reino de los cielos. Entre las parábolas presentes en el Evangelio de hoy, hay una que es más bien compleja, de la cual Jesús da explicaciones a los discípulos: es la del trigo y la cizaña, que afronta el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mt 13, 24-30.36-43). La escena tiene lugar en un campo donde el dueño siembra el trigo; pero una noche llega el enemigo y siembra la cizaña, término que en hebreo deriva de la misma raíz del nombre «Satanás» y remite al concepto de división. Todos sabemos que el demonio es un «sembrador de cizaña», aquel que siempre busca dividir a las personas, las familias, las naciones y los pueblos. Los servidores quisieran quitar inmediatamente la hierba mala, pero el dueño lo impide con esta motivación: «No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo» (Mt 13, 29). Porque todos sabemos que la cizaña, cuando crece, se parece mucho al trigo, y allí está el peligro que se confundan.

La enseñanza de la parábola es doble. Ante todo dice que el mal que hay en el mundo no proviene de Dios, sino de su enemigo, el Maligno. Es curioso, el maligno va de noche a sembrar la cizaña, en la oscuridad, en la confusión; él va donde no hay luz para sembrar la cizaña. Este enemigo es astuto: ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo.

Y aquí pasamos al segundo tema: la contraposición entre la impaciencia de los servidores y la paciente espera del propietario del campo, que representa a Dios. Nosotros a veces tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos... Pero recordad la oración de ese hombre soberbio: «Oh Dios, te doy gracias porque yo soy bueno, no soy como los demás hombres, malos...» (cf. Lc 18, 11-12). Dios en cambio sabe esperar. Él mira el «campo» de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él.

La actitud del propietario es la actitud de la esperanza fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y es gracias a esta paciente esperanza de Dios que la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final puede llegar a ser buen trigo. Pero atención: la paciencia evangélica no es indiferencia al mal; no se puede crear confusión entre bien y mal. Ante la cizaña presente en el mundo, el discípulo del Señor está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria final del bien, es decir de Dios».

            Papa Francisco. Ángelus 20 julio 2014. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. Muchas veces nos olvidamos que «el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad». Hagamos una visita al Santísimo y recemos al Señor por alguna necesidad personal concreta.  
2. ¿Por mis actos y mi testimonio de vida realmente soy «levadura en medio de la masa»?   
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 309-314.385.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 156. 
[2] Ver Gaudium et spes, 22