lunes, 30 de julio de 2018

Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 5 de agosto de 2018

«Yo soy el pan de la vida»

Lectura del libro del Éxodo 16, 2- 4.12-15 

«Toda la comunidad de los israelitas empezó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto. Los israelitas les decían: "¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahveh en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea". Yahveh dijo a Moisés: "Mira, yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria; así le pondré a prueba para ver si anda o no según mi ley.»

"He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: Al atardecer comeréis carne y por la mañana os hartaréis de pan; y así sabréis que yo soy Yahveh, vuestro Dios". Aquella misma tarde vinieron las codornices y cubrieron el campamento; y por la mañana había una capa de rocío en torno al campamento. Y al evaporarse la capa de rocío apareció sobre el suelo del desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra. Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: "¿Qué es esto?" Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: "Este es el pan que Yahveh os da por alimento». 


Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 4, 17.20-24

«Os digo, pues, esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, según la vaciedad de su mente. Pero no es éste el Cristo que vosotros habéis aprendido, si es que habéis oído hablar de él y en él habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad».


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6,24-35

«Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: "Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?" Jesús les respondió: "En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello". 

Ellos le dijeron: "¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?" Jesús les respondió: "La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado". Ellos entonces le dijeron: "¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer". 

Jesús les respondió: "En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo". Entonces le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan". Les dijo Jesús: "Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”». 


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas 

La fe interpreta la vida de los israelitas que caminan exhaustos por el desierto y les asegura que no están abandonados, sino que Dios con su poder y su amor paterno está con ellos (Primera Lectura). La fe reta a los oyentes de Jesús de forma que sean capaces de ver en la multiplicación de los panes «un signo eficaz de la presencia de Dios» en medio de ellos (Evangelio). La fe ilumina al cristiano haciéndole descubrir que ya no es hombre viejo sino nuevo, y que debe hacer resplandecer la novedad de Cristo en su vida (Segunda Lectura).


Los milagros, los signos, las señales y la fe 

El Evangelio de este domingo tiene una estrecha relación con el episodio de la multiplicación de los panes. Esa tarde «dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (Jn 6,15). Los discípulos emprendieron solos la travesía por el mar de Galilea en la única barca que había. La gente pasó la noche allí haciendo guardia, pero en la noche Jesús atravesó el lago, sin que la gente se diera cuenta, «caminando sobre el mar» y así llegó con los apóstoles a Cafarnaúm. Viendo que ni Jesús ni sus discípulos estaban, fueron a buscarlo al otro lado del mar y se alegraron al verlos, pero se sorprendieron y le preguntaron a Jesús: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»

La respuesta de Jesús es algo desconcertante: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado». Sin embargo, leemos en versículos anteriores que mucha gente lo seguía porque veía las señales que realizaba en los enfermos. Y justamente es al ver las señales que realizaba que lo quieren hacer rey. ¿Cómo ahora Jesús dice que lo buscaban, pero no porque habían visto señales? Y ¿cómo se explica que ellos mismos pregunten, más adelante, «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?»? (Jn 6, 30). Entonces, ¿qué es lo que habían visto y qué es lo que no habían visto? 

La gente había visto un hecho prodigioso y se había quedado en la superficie, en el mero aspecto material: la salud recobrada, el hambre saciado, pero no habían visto la realidad oculta significada por esos hechos, es decir, la acción salvadora de Dios que actuaba en Jesús sanando los males producidos por el pecado: la enfermedad, el hambre, la muerte. Por enésima vez vemos cómo no son los milagros los que engendran la fe. A los judíos no les bastó ver a Jesús curar enfermos y multiplicar panes para creer en Él; todavía necesitan otros argumentos para creer y, por cierto, aunque les fueron concedidos, no todos creyeron.

San Pablo que era judío retrata claramente esta posición cuando dice: «los judíos piden señales... nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos» (1Co 1, 22-23). La fe en Cristo es un don gratuito de Dios y los que se cierran a este don «no se convertirán aunque resucite a un muerto» (Lc 6,31). El Catecismo nos dice: «Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios»[1]


Las obras de Dios 

Jesús opone dos tipos de alimento, uno que no debe absorbernos; y otro que debe de ser objeto de todo nuestro anhelo. Él nos exhorta a obrar por el alimento que permanece para la vida eterna.  Al decir Jesús «Obrad por el alimento de la vida eterna», los judíos lo vinculan con un tema que les es familiar: las obras de la ley que el hombre debe hacer para merecer la salvación de Dios. Por eso preguntan «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?»  Es claro que al decir «las obras de Dios» se refieren a las observancias codificadas en la ley, que ellos deben de cumplir, y que son muchas.  

Jesús en cambio habla solamente de una obra: «La obra de Dios es que creáis en quién Él ha enviado». La fe en Cristo es un don de Dios, es una obra de Dios. Como también la reconciliación del hombre, que acontece por la fe en Cristo. A esto se refiere San Pablo, cuando escribe a los gálatas: «El hombre no se justifica por las obras de la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo» (Ga 2,16).  


El alimento de la Vida Eterna

Al introducir el tema de la fe, viene de parte de los judíos la exigencia de una señal para creer, como hemos visto. Aquí vuelve el tema del «pan», porque era la señal que había acreditado a Moisés, cuando el pueblo murmuraba contra él en el desierto. Jesús rebate diciendo que esto no es lo que está escrito a propósito de Moisés, sino que es su Padre Celestial el que da «el pan verdadero»; porque los que comieron del maná, murieron. El maná no era «pan llovido del cielo» sino un producto que bien podía ser las bolitas resinosas de la «tamarix mannífera», planta que se da en la península del Sinaí, y que, hoy día los árabes llaman «maná del cielo». Su carácter sobrenatural consistió precisamente en las circunstancias providenciales de tiempo y lugar en que apareció. 

La reacción de los judíos es la que se podía esperar. Es el mismo pedido que hace la Samaritana a Jesús (Jn 4,15). «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed». Este es el anhelo de todo hombre: un pan de la vida eterna. Jesús aprovecha este anhelo justo para hacer la afirmación central, para revelarnos quién es y cuál es su misión: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed». El hambre y la sed son sensaciones difíciles de describir; pero ambas expresan una carencia material acusada por un agudo malestar corporal. Es el grito de todo el cuerpo. Sin embargo el que no se alimenta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo sufre de un hambre  y de una sed infinitamente mayores, no del alimento material, sino del alimento que nutre la vida eterna, es decir, de la realización definitiva como hombre como ser humano. Por eso nosotros somos los que debemos de exclamar: «!Señor, danos siempre de ese pan!».  

  
Revestirse del Hombre Nuevo

El texto de la carta de San Pablo, que escribe desde su cautiverio en Roma (61- 62 d.C), contiene una exhortación moral a los cristianos convertidos del paganismo para que vivan, no como los gentiles que andan en la vaciedad de los criterios, sino de acuerdo a la nueva condición humana, creada a imagen de Dios y plenamente manifestada en Jesucristo que le «manifiesta al hombre cómo ser verdaderamente hombre».   


Una palabra del Santo Padre: 

«La gente lo busca, la gente lo escucha, porque se ha quedado entusiasmada con el milagro, ¡querían hacerlo rey! Pero cuando Jesús afirma que el verdadero pan, donado por Dios, es Él mismo, muchos se escandalizan, no comprenden, y comienzan a murmurar entre ellos: “De él –decían–, ¿no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo puede decir ahora: "Yo he bajado del cielo"? (Jn 6,42)”. Y comienzan a murmurar. Entonces Jesús responde: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”, y añade “el que cree, tiene la vida eterna” (vv 44.47).

Nos sorprende, y nos hace reflexionar esta palabra del Señor: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”, “el que cree en mí, tiene la vida eterna”. Nos hace reflexionar. Esta palabra introduce en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana, todos nosotros, y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente, también el Espíritu Santo, que está implícito aquí. No basta encontrar a Jesús para creer en Él, no basta leer la Biblia, el Evangelio, eso es importante ¿eh?, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro, como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más, también lo despreciaron y condenaron. Y yo me pregunto: ¿por qué, esto? ¿No fueron atraídos por el Padre? No, esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Y si tú tienes el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos.

En cambio, la fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios, porque el Espíritu Santo nos ha hecho entrar en la relación de amor y de vida que hay entre Jesús y Dios Padre. Y ahí nosotros recibimos el don, el regalo de la fe.

Entonces, con esta actitud de fe, podemos comprender el sentido del “Pan de la vida” que Jesús nos dona, y que Él expresa así: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51). En Jesús, en su “carne” –es decir, en su concreta humanidad– está presente todo el amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Quien se deja atraer por este amor va hacia Jesús, y va con fe, y recibe de Él la vida, la vida eterna. Aquella que ha vivido esta experiencia en modo ejemplar es la Virgen de Nazaret, María: la primera persona humana que ha creído en Dios acogiendo la carne de Jesús. Aprendamos de Ella, nuestra Madre, la alegría y la gratitud por el don de la fe. Un don que no es “privado”, un don que no es “propiedad privada”, sino que es un don para compartir: es un don “para la vida del mundo”».

Papa Francisco. Ángelus, domingo 9 de agosto de 2015.  


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. La dimensión social del cristianismo es obvia, pero nace de la fe en el Señor Jesús. Y se desvirtuaría si, separándola de la fe, se hiciese del cristianismo un supermercado gratuito o una ONG social. El «pan dado» sin la fe carece del sabor cristiano. La fe sin el «pan solidario» simplemente no tiene sabor. Los cristianos somos invitados a unir en nuestro fe a nuestro obrar. ¿De qué manera concreta vivo la dimensión social de mi fe? 

2. Es evidente que la autoridad moral de la Madre Teresa de Calcuta o del recordado Juan Pablo II no provenía de sus cualidades humanas, sino de su fe auténtica. Una fe tan grande en Dios que era capaz de romper barreras y destruir muros. Una fe ardiente no se detenía por los obstáculos que pudiese encontrar. ¿Cómo vivo yo mi fe? ¿Qué puedo hacer para alimentarla? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 153-165.  



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 548

lunes, 23 de julio de 2018

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 29 de julio de 2018

«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo» 

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42- 44 

«Vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; y dijo Eliseo: "Dáselo a la gente para que coman". Su servidor dijo: "¿Cómo voy a dar esto a cien hombres?" Él dijo: "Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará". Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh.» 


Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 4,1- 6

«Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.»

            
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 1- 15 

«Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: "¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?" Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: "Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco". Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?" Dijo Jesús: "Haced que se recueste la gente". Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. 

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: "Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda". Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: "Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo". Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Desde este domingo y en los subsiguientes profundizaremos en el mensaje del capítulo sexto del Evangelio de San Juan: el llamado discurso sobre el Pan de Vida: Jesús mismo ofrece su vida por la salvación y reconciliación de toda la humanidad. El capítulo se inicia con el relato de la multiplicación de los panes, que es uno de los «signos mesiánicos» que realiza Jesús por el cual lo quieren proclamar rey. En él se revela el misterio de la gloria de Jesús. A través del hecho exterior estamos invitados a captar un mensaje y una verdad más profunda. El «signo» se vuelve anuncio y catequesis del misterio de Cristo «Pan de Vida Eterna». Jesús llega a alimentar a unos cinco mil hombres (sin contar las mujeres y los niños), superando largamente al profeta Eliseo que alimentó a cien personas con veinte panes de cebada (Primera Lectura). 

El texto de la Primera Lectura destaca la voluntad de Dios de alimentar a aquel grupo que está con el profeta, a pesar de la poca provisión de panes con que cuentan. Eliseo no es un mago, es un «hombre de Dios» que actúa siempre en obediencia al Señor. Es un creyente fiel y un profeta. Por eso, ante la duda de su criado, insiste: «Dáselo, porque el Señor dice: ‘comerán y sobrará’». Y así sucedió. En la Segunda Lectura vemos como la unidad de la comunidad cristiana es el fruto concreto del llamado a vivir de acuerdo a nuestra dignidad y vocación. El pan eucarístico será el centro y el alimento de esa comunidad llamada a vivir una sola fe y un solo bautismo con las exigencias concretas que eso conlleva: humildad, paciencia, mansedumbre, entre otras. Hermanos en Jesucristo, miembros de la única Iglesia que es guiada por el Espíritu Santo e hijos de un mismo Padre que vela «por todos y en todos»


¿Multiplicación de los panes en el Antiguo Testamento?

En el relato de la multiplicación de los panes por Jesús hay una evidente coincidencia con el relato de la PrimeraLectura en que el profeta Eliseo hace lo mismo, aunque en menor escala. En los dos casos los panes que se multiplican son de cebada, detalle propio de la gente más pobre; tanto los pobres de Eliseo como los seguidores de Jesús sacian su hambre porque el pan de uno de ellos se convierte en el pan que todos comparten. En ambos casos, lo que se hace es compartir lo poco que hay. Y entonces Dios derrama su abundante bendición realizando así un portentoso milagro. 

El pasaje de la Primera Lectura corresponde al ciclo de los milagros de Eliseo, discípulo del profeta Elías, cuyo manto heredó como signo de la continuidad de su misión y de su espíritu, incluso de sus milagros. Eliseo continuó demostrando el poder de Dios en una época crítica de la historia religiosa de Israel. Su ministerio duró cerca de cincuenta años (hacia 850-796 A.C.) y se extendió durante el reinado de cuatro reyes. La misión de Eliseo fue la de restablecer la alianza de Dios con Israel. En el contexto del segundo libro de los Reyes, los relatos de los milagros de Eliseo son una respuesta fuerte contra el sincretismo religioso que vivía Israel que recurría a Baal (divinidad cananea de la fertilidad) y no a Yahveh para obtener el pan, el agua, el aceite y los frutos de la tierra. El milagro del profeta pone de manifiesto el poder de Yahveh, el único que hace fértil la tierra y da la vida a su pueblo. A través de la fe del profeta se hace presente también el poder y la fidelidad de Dios en una situación límite, en donde los medios humanos son escasos y las capacidades del hombre resultan insuficientes. Eliseo multiplica en Guilgal (al norte de la ciudad de Betel en el Reino de Israel) veinte panes de cebada para alimentar a la gente hambrienta que le llevan las primicias del pan y del grano fresco en espiga; ya que, viviendo en el reino del norte, no pueden ofrecerlas en el Templo de Jerusalén; por lo tanto, se las entregan al profeta del Señor. 


La multiplicación en el Nuevo Testamento

La multiplicación de los panes es el único milagro del ministerio público de Jesús que es narrado por los cuatro evangelistas con notables coincidencias.  En la multiplicación de los panes según el relato de San Juan, el evangelista comienza por hacer notar que «estaba cerca la Pascua», la fiesta de los judíos (Jn 6,4). Estamos en primavera y es por eso que hay abundante hierba en el lugar, es decir es antes de la Pascua judía pues más tarde, después de la fiesta, por la falta de lluvias, la hierba se marchita y se seca prontamente. Pero esa ambientación pascual es más que una indicación meramente cronológica; es alusión a la Pascua, en la que Jesús iba a ser sacrificado como el nuevo Cordero Pascual. Según el Evangelio mucha gente seguía a Jesús porque veían las «señales» que realizaba. Es que, para San Juan, los milagros son «señales, signos» de una realidad más profunda y más importante. Hasta diecisiete veces repite el cuarto evangelio la palabra «signo» y casi siempre para designar los milagros de Jesús como hechos extraordinarios de la fe, como «palabra visible» y el mensaje de lo alto, siendo el mismo Jesús el «gran signo de Dios». Por eso la multiplicación de los panes es uno de los grandes signos de revelación de Jesús que encontramos en el cuarto Evangelio. Partiendo del pan material, Cristo deja manifiesto en su posterior discurso sobre el Pan de la Vida que Él mismo es el pan vivo bajado del cielo y el pan eucarístico (su carne y su sangre) que da vida eterna al que lo recibe.  

Es interesante poder ir más allá del relato y descubrir que los gestos de Jesús que preceden a la multiplicación son idénticos a los de la última Cena del Señor cuando instituye la Eucaristía y a los de la cena con los discípulos de Emaús: «toma el pan, da gracias y lo reparte». El carácter tradicional del convite judío ha sido observado plenamente por Jesús, ya sea en el acomodarse, en la plegaria previa y en la fracción del pan, que correspondían al jefe de familia, y fue observado también al final con la recogida de las sobras, que se practicaba en toda comida judía. Dentro del relato merece mención especial el verbo «eujaristein», que traducimos por «dar gracias». Es el verbo utilizado en la última cena (ver Mc 14,23 y par.) y en la referencia que Pablo hace a ella (ver 1 Cor 11,24). A comienzos del siglo II ya se había convertido en término técnico para designar la celebración eucarística según leemos en la Didajé (ver 9,5; 10,1s)[1].

En la multiplicación de los panes, Jesús se revela como el Buen Pastor que se preocupa por las ovejas y las alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. Este marco «litúrgico-sacramental» y el detalle final de recoger las sobras «para que nada se desperdicie», nos muestra la reverencia ante el milagro realizado. Velado anuncio que se hace explícito en la catequesis posterior del mismo capítulo, cuando dice Jesús: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51). La multiplicación de los panes es una «señal» que sirve de introducción al discurso del Pan de la Vida. Sin embargo, la gente no vio más que el milagro material: «Al ver la señal que había hecho…intentaban tomarlo por la fuerza y hacerlo rey». Jesús, viendo que no había verdadera fe, se sustrae a este entusiasmo superficial: «Huyó de nuevo al monte solo». Se nos enseña así que para estar con Jesús se exige la fe; el materialismo lo hace alejarse de nosotros. Se anticipa aquí la afirmación que hace el mismo Jesús ante Poncio Pilato: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36).


«Un solo Señor, una sola fe...y un solo Dios y Padre de todos»

En el texto de la Segunda Lectura tenemos una llamada a la unidad eclesial de todos los que creemos en Jesucristo. La motivación fundamental es la común vocación cristiana y el medio para mantener esa unidad son las virtudes que ayuden a fomentar la paz; la humildad, la mansedumbre, la paciencia y la comprensión mutua. La unidad es un don de Dios, pero requiere de nuestra parte una activa colaboración y un sincero esfuerzo. En la raíz del amor concreto y de la unidad de la fe se encuentra el misterio de la Trinidad, como fuente de vida, de comunión y de verdad en la Iglesia. San Pablo considera tres posibles peligros que amenazan la unidad de la Iglesia: la discordia entre los mismos cristianos, la necesaria diversidad en los ministerios y la propia unidad en Cristo Jesús 


Una palabra del Santo Padre: 

«El Evangelio nos propone el relato del milagro de los panes (Lc 9, 11-17); quisiera detenerme en un aspecto que siempre me conmueve y me hace reflexionar. Estamos a orillas del lago de Galilea, y se acerca la noche; Jesús se preocupa por la gente que está con Él desde hace horas: son miles, y tienen hambre. ¿Qué hacer? También los discípulos se plantean el problema, y dicen a Jesús: «Despide a la gente» para que vayan a los poblados cercanos a buscar de comer. Jesús, en cambio, dice: «Dadles vosotros de comer» (v. 13). Los discípulos quedan desconcertados, y responden: «No tenemos más que cinco panes y dos peces», como si dijeran: apenas lo necesario para nosotros.

Jesús sabe bien qué hacer, pero quiere involucrar a sus discípulos, quiere educarles. La actitud de los discípulos es la actitud humana, que busca la solución más realista sin crear demasiados problemas: Despide a la gente —dicen—, que cada uno se las arregle como pueda; por lo demás, ya has hecho demasiado por ellos: has predicado, has curado a los enfermos... ¡Despide a la gente!

La actitud de Jesús es totalmente distinta, y es consecuencia de su unión con el Padre y de la compasión por la gente, esa piedad de Jesús hacia todos nosotros: Jesús percibe nuestros problemas, nuestras debilidades, nuestras necesidades. Ante esos cinco panes, Jesús piensa: ¡he aquí la providencia! De este poco, Dios puede sacar lo necesario para todos. Jesús se fía totalmente del Padre celestial, sabe que para Él todo es posible. Por ello dice a los discípulos que hagan sentar a la gente en grupos de cincuenta —esto no es casual, porque significa que ya no son una multitud, sino que se convierten en comunidad, nutrida por el pan de Dios. Luego toma los panes y los peces, eleva los ojos al cielo, pronuncia la bendición —es clara la referencia a la Eucaristía—, los parte y comienza a darlos a los discípulos, y los discípulos los distribuyen... los panes y los peces no se acaban, ¡no se acaban! He aquí el milagro: más que una multiplicación es un compartir, animado por la fe y la oración. Comieron todos y sobró: es el signo de Jesús, pan de Dios para la humanidad.

Los discípulos vieron, pero no captaron bien el mensaje. Se dejaron llevar, como la gente, por el entusiasmo del éxito. Una vez más siguieron la lógica humana y no la de Dios, que es la del servicio, del amor, de la fe. La fiesta de Corpus Christi nos pide convertirnos a la fe en la Providencia, saber compartir lo poco que somos y tenemos y no cerrarnos nunca en nosotros mismos. Pidamos a nuestra Madre María que nos ayude en esta conversión para seguir verdaderamente más a Jesús, a quien adoramos en la Eucaristía. Que así sea».
Papa Francisco. Ángelus domingo 2 de junio de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. San León Magno dice que cuando uno come algo, un trozo de pan, un trozo de carne, lo que sea, lo que uno come se convierte en uno, uno lo asimila. Pero con el Pan de la Eucaristía no sucede eso. No somos nosotros los que convertimos a Cristo en nosotros, es Él quien nos convierte a nosotros en Él. Es por eso que San Pablo podía decir: «Yo vivo, sí, yo vivo, pero ya no soy yo quien vive, porque es Cristo quien vive en mí» (Ver Gl 2,20). ¿Realmente me dejo transformar por el Señor cada vez que comulgo? ¿Soy consciente que es Jesús mismo quien se me brinda como alimento? 

2. La Nueva Alianza exige la realidad de un hombre nuevo, renacido con el Señor Jesús en el bautismo, que sea consecuente con esa nueva identidad basada en el amor, en el servicio, en la obediencia al Divino Plan. 

La meta es la edificación de todo en el amor; el mundo humano transformado por amor. ¿Qué puedo hacer para realmente vivir el amor en mi vida cotidiana? Hagamos una lista de cosas muy concretas.  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1333 -1344.  



[1] Didajé: escrito que contiene  la doctrina de los Doce Apóstoles. Se lo data alrededor del año 90.

lunes, 16 de julio de 2018

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 22 de julio 2018


«Andaban como ovejas sin pastor»

Lectura del Profeta Jeremías 23, 1-6

«¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! - oráculo de Yahveh -. Pues así dice Yahveh, el Dios de Israel, tocante a los pastores que apacientan a mi pueblo: Vosotros habéis dispersado las ovejas mías, las empujasteis y no las atendisteis. Mirad que voy a pasaros revista por vuestras malas obras - oráculo de Yahveh -.

Yo recogeré el Resto de mis ovejas de todas las tierras a donde las empujé, las haré tornar a sus estancias, criarán y se multiplicarán. Y pondré al frente de ellas pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas, ni faltará ninguna - oráculo de Yahveh -. Mirad que días vienen - oráculo de Yahveh - en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguro. Y este es el nombre con que te llamarán: "Yahveh, justicia nuestra".»


Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 2, 13-18

«Más ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu.»


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6,30 –34 

«Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. El, entonces, les dice: "Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco". Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.

Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.»


Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Los reyes han pastoreado mal al pueblo elegido y por eso se han dispersado. El Señor nunca se olvida de su pueblo elegido y promete reunirlos de nuevo mandando buenos pastores - como el Rey David - que siendo prudentes y justos, devolverán al pueblo el descanso en su tierra (Primera Lectura). En el Evangelio Jesús se muestra como el Pastor Bueno que siente lástima y compasión por las multitudes que lo siguen ya que andan necesitadas de orientación y es por eso que se pone a enseñarles «muchas cosas».

El pastoreo de Jesucristo es universal y por medio de su sacrificio salvífico es capaz de derrumbar el «muro de enemistad» que existía entre judíos y paganos. Efectivamente, un muro de piedra separaba en el Templo de Jerusalén el patio de los judíos del patio de los paganos; el historiador Flavio Josefo relata que sobre este muro había letreros que prohibían el paso a todo extranjero bajo pena de muerte. Las legiones romanas de Tito y Vespasiano derribaron el muro físico en el año 70. Pero ya antes Jesucristo había hecho de los dos pueblos «un solo Cuerpo», un nuevo pueblo (Segunda Lectura).



«El Señor es mi pastor nada me falta…» 

La Primera Lectura del profeta Jeremías[1] contiene un pliego de reclamos contra los malos pastores del pueblo de Israel; condena que viene a sumarse a la que encontramos en Ezequiel 34. El concepto de «pastor» en el Antiguo Testamento es muy amplio y se refiere fundamentalmente a los reyes siendo también aplicable a los profetas y a los sacerdotes. Era una imagen muy familiar en una cultura de pueblos nómades, cuyos antepasados fueron pastores: los Patriarcas, Moisés y el mismo rey David entre otros.

Ante el abandono del pueblo, será el mismo Señor quien ahora se convertirá en el Pastor de su rebaño y suscitará en el futuro un vástago legítimo de David; cuyo nombre será «germen -retoño- justo». Jugando con el nombre Sedecías[2], rey de turno que había sido impuesto por los babilonios, Jeremías evocará al rey ideal por el cual el Señor hará justicia, es decir salvará a su pueblo. El rey esperado se llamará «Yahveh nuestra justicia».

La justicia - en sentido bíblico- designa la reconciliación que Dios realiza en la historia, restituyendo al hombre la posibilidad de volver a entrar en alianza con Él. El hombre cuando peca se hace injusto; Dios, en su infinita misericordia, hace justo al hombre a través de la reconciliación, haciéndolo capaz de vivir nuevamente en relación con Él. A la «justicia-reconciliación» de Dios corresponde la respuesta del hombre, que con su fidelidad a la Ley se mantiene como «hombre justo» delante de Dios. Por lo tanto, el Plan mesiánico de justicia implica, por una parte, la acción reconciliadora, gratuita y misericordiosa de Dios; por otra, la respuesta humana de fidelidad a los mandamientos, practicando la justicia con sus semejantes. Jeremías anuncia que el Señor reunirá de nuevo a su pueblo y cuidará de él, a través de un rey ideal de justicia y a través de pastores que, ejerciendo el derecho y la justicia, devolverán al pueblo la posesión de la tierra y la felicidad de habitar en ella. El regreso deseado a la tierra prometida será tan admirable como la entrada original en la tierra y hará olvidar el antiguo Éxodo (ver Jr 16,14-15).

El Salmo responsorial de este Domingo es el bellísimo Salmo 23 (22): «El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba, me apacienta». Es tal la belleza y la riqueza de este salmo, que los Padres de la Iglesia veían en él un claro anuncio del banquete eucarístico: «Tú preparas ante mí una mesa...unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa…».


«Venid a mí los cansados...» 
 
El Evangelio del Domingo pasado nos narraba el momento en que Jesús mandó por primera vez a los Doce a predicar la Buena Nueva. Los apóstoles se reunieron con Jesús a contarle, con alegría, lo que habían hecho y enseñado. Vemos como el Señor y sus discípulos terminaban extenuados después de la misión apostólica por las ciudades y aldeas vecinas, no teniendo ni tiempo para comer. Entonces Jesús asume la actitud paternal del buen Pastor y les dice: «venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco». Él mismo se preocupa de que los apóstoles tomen un merecido descanso. Este bello gesto de Jesús tan humano y tan comprensivo, nos muestra la actitud que tiene con cada uno de nosotros. El Evangelio nos enseña que no existe para el hombre descanso verdadero, sino es en Dios.

Según leemos en la Biblia, Dios trabajó seis días, llevando a cabo la obra de la creación, y al séptimo día, Dios «descansó». San Agustín nos dice: «¡Cuánto nos ama Dios, pues cuando descansamos nosotros, llega a decir que descansa Él!». El verdadero descanso del hombre es una participación en el descanso de Dios. El descanso no puede ser entendido solamente como una reposición de las sustancias vitales desgastadas por la faena diaria ya que el ser humano es mucho más que un conglomerado de complejos procesos químicos.

El verdadero descanso tiene en cuenta que el hombre, creado a imagen y semejanza del Creador, solamente lo podrá realizar en amistad con su Creador. Este Evangelio nos muestra la realización concreta de esa invitación que Jesús dirige a todos: «Venid a mí los cansados y agobiados; yo os daré descanso» (Mt 11,28). Esto es lo que hace Jesús con sus apóstoles. En ese mismo texto Jesús indica la condición del verdadero descanso: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Por eso si no descansa en el Señor el alma y el espíritu; tampoco podrá reposar plenamente el cuerpo. Hoy en día vemos por doquier que lo que verdaderamente falta es el «descanso del alma y del espíritu». Los mismos días libres son días de agitación y hasta de compras para muchos. No hay tiempo para la oración ya que no hay tiempo para entrar en el descanso de Dios sin embargo sigue muy vigente la experiencia de San Agustín: «Nos creaste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti» (Confesiones 1,1). El peligro de quedar absorbidos en los muchos quehaceres amenazaba también a los apóstoles ya que «no les quedaba ni tiempo para comer». Y no obstante teniendo tanto que hacer, se fueron con Jesús en la barca a un lugar solitario.




Un corazón lleno de misericordia
Al desembarcar, Jesús, vio mucha gente y «sintió compasión por ellos, pues estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas». El término griego de «sintió compasión» es «esplajnisthe» que se traduce mejor como: «fue movido a compasión». Es decir, no sólo sintió pena, sino amor y piedad. Es interesante notar que en los Evangelios este término se usa sólo en referencia a Dios ya que es un sentimiento propiamente divino. La multitud estaba desorientada, pero cuando ven a Jesús, allí se reúnen todos en un mismo lugar formando un solo rebaño. Él los congrega en torno a sí. Mientras están con Él, escuchándolo, siguiéndolo; están seguros, no les falta nada porque tiene un Pastor. Jesús es el único Pastor, es el Buen Pastor que da la vida por cada uno de nosotros. La verdadera compasión con los pobres, como escribe Beda, consiste en abrirles por la enseñanza, el camino a la verdad que los librará de los padecimientos corporales. 

La obra de la reconciliación de Jesús ha consistido en unir lo que estaba separado, unir a los pueblos separados entre sí con Dios. Las expresiones «estar cerca» y «estar lejos» que leemos en la carta a los Efesios (ver Ef 2,13), ya las encontramos en Is 57,19; y eran frecuentes en los rabinos para designar a los judíos y a los paganos respectivamente. De los prosélitos se decía que «habían sido acercados». Los únicos que se consideraban «cerca» eran los judíos. Judíos y paganos estaban separados, como hemos mencionado, por un muro físico (Soreg) en el Templo de Jerusalén. El muro material era símbolo de la separación moral existente. Ambos pueblos estaban necesitados de reconciliación y de paz, como vemos también hoy en día. Unidos en Cristo se ha formado un solo pueblo, un solo cuerpo que tiene a Cristo mismo por cabeza. Un solo rebaño con un solo Pastor…


Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de hoy nos dice que los apóstoles después de la experiencia de la misión, están contentos pero cansados. Y Jesús lleno de comprensión quiere darles un poco de alivio. Entonces les lleva a aparte, un lugar apartado para que puedan reposarse un poco. “Muchos entretanto los vieron partir y entendieron… y los anticiparon”.

Y a este punto el evangelista nos ofrece una imagen de Jesús de particular intensidad, ‘fotografiando’ por así decir sus ojos y recogiendo los sentimientos de su corazón. Dice así el evangelista: “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”.

Retomemos los tres verbos de este sugestivo fotograma: ver, tener compasión, enseñar. Los podemos llamar los ‘verbos del Pastor’. El primero y el segundo están siempre asociados a la actitud de Jesús: de hecho su mirada no es la de un sociólogo o la de un fotoreporter, porque Él mira siempre “con los ojos de corazón”. Estos dos verbos: ‘ver’ y ‘tener compasión’, configuran a Jesús como el Buen Pastor. También su compasión no es solo un sentimiento humano, pero es la conmoción del Mesías en la que se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de nutrir a la multitud con el pan de su palabra.

O sea, enseñar la palabra de Dios a la gente. Jesús ve; Jesús tiene compasión; Jesús enseña. ¡Qué bello es esto!».

Papa Francisco. Ángelus del 19 de julio de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Qué es descansar? Descansar no significa hacer nada o perder tristemente el tiempo viendo durante horas la televisión sin ningún provecho. Descansar es ocuparse de otras actividades útiles para nosotros y nuestro prójimo. ¿Cómo aprovecho mis días de descanso? ¿Cómo vivo el «día del Señor»?

2. Leamos y meditamos en familia el bello Salmo 23(22): «El Señor es mi Pastor».

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 426-429. 2034. 2448



[1] Jeremías vivió unos 100 años después que Isaías. En el año 627 a.C.  recibió de Dios la vocación profética. Murió poco después del 587 a.C. Mientras redactaba sus escritos, el poder de Asiria, el gran imperio del norte, se derrumbaba. Babilonia era ahora la nueva amenaza para el reino de Judá. Durante 40 años advirtió al pueblo que vendría sobre él el juicio divino por su idolatría y su pecado. Finalmente se cumplieron sus palabras el 587 a.C. cuando el ejército babilónico, acaudillado por Nabucodonosor, destruyó Jerusalén y su Templo y llevó al destierro a sus habitantes. 
[2] Sedecías quiere decir: el «Señor es mi justicia». Ver Isaías 9,6.

lunes, 9 de julio de 2018

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 15 de julio de 2018


«Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos»


Lectura del Profeta Amós 7, 12-15

«Y Amasías dijo a Amós: “Vete, vidente; huye a la tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. Pero en Betel no has de seguir profetizando, porque es el santuario del rey y la Casa del reino”. Respondió Amós y dijo a Amasías: “Yo no soy profeta ni hijo de profeta, yo soy vaquero y picador de sicómoros. Pero Yahveh me agarró de detrás del rebaño, y Yahveh me dijo: "Ve y profetiza a mi pueblo Israel”». 
            

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 1, 3-14

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el  amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia  con la que nos agració en el Amado. 

En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo  conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo. 

En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él,  fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria».
            

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13

«Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: “Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas”. Y les dijo: “Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos”. Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban».


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

El tema central de las lecturas dominicales es la misión encomendada por Dios a los hombres. El profeta Amós, en la Primera Lectura, nos dice que profetiza no por voluntad o iniciativa personal, sino porque Dios sorpresivamente lo llamó de sus actividades cotidianas: «porque el Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño diciendo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel». En el Evangelio vemos a Jesús enviando a los doce con la misión de predicar, curar y expulsar demonios. El himno de la carta a los Efesios canta las bendiciones espirituales de la que somos merecedores: la bendición del Padre, la elección en Jesucristo, la adopción filial, la reconciliación, el perdón de los pecados, la revelación del amoroso Plan del Padre y el bautismo en el Espíritu Santo.


«Yahveh me dijo: "Ve y profetiza a mi pueblo Israel”»

A la muerte del Rey Salomón (931 a.C.), que es infiel a Dios en sus últimos días; el reino de Israel queda dividido. En el sur, las tribus de Judá y de Benjamín siguieron a Roboán, hijo de Salomón; y en el norte, las diez restantes tribus quedaron bajo el cetro del rey Jeroboán, que edificó un templo en los altos de Betel (a unos 19 km. al norte de Jerusalén) para que su gente no tuviera que bajar a Jerusalén al templo erigido por Salomón. Siglo y medio después, en medio de la corrupción social y religiosa en el reinado de Jeroboán II, surge la voz del profeta Amós (s. VIII A.C.). Originario de Tecoa (una aldea situada a 19 km al sur de Jerusalén), dedicado al trabajo en el campo como cuidador de ganado y cultivador de frutos, fue enviado por Dios a predicar al Reino del Norte. El profeta recibió la llamada de Dios sin intermediarios y sin preparación alguna, en forma sorpresiva e irresistible. Su respuesta al llamado de Dios fue inmediata sin embargo su predicación no fue muy bien recibida ya que anunciaba el castigo de Yahveh y la ruina de la casa real. 

Por eso es expulsado de Israel por Amasías, sacerdote del becerro que era adorado en Betel, que lo manda volver a la tierra de Judá. Las palabras que Amasías le dirige son dramáticas: «No sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino». Es decir aquella región ya no pertenece a Yahveh, sino es del rey. Y, por tanto, Dios es expulsado. Su palabra, anunciada por intermedio del profeta Amós, no puede ser soportada y por lo tanto es eliminada. Dios, que no ha sido mencionado antes por el sacerdote Amasías, es presentado por Amós como el origen de su misión profética y, por tanto, como la causa de su expulsión de Betel. La decisión que han tomado contra el profeta, la han tomado contra Dios, que lo ha enviado. Según una antigua tradición judía, se cree que el profeta murió mártir siendo fiel a  su llamado.   


Ser hijos en el único Hijo 

Este Domingo iniciamos la lectura casi continuada de la carta de San Pablo a los Efesios, que se prolongará a lo largo de siete Domingos. La carta a los cristianos de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor, fue escrita por San Pablo durante su custodia militar en Roma (hacia el año 61- 63). El pasaje de este Domingo es un himno litúrgico cuya temática central es la gratuidad del Padre que nos ha bendecido y elegido desde «antes de la fundación del mundo» a ser «santos e inmaculados» e hijos adoptivos suyos. Realmente somos hijos de Dios a causa del sacrificio reconciliador del Señor Jesús por el cual recibimos el don de la reconciliación y la revelación del «misterio de su voluntad»; es decir el amoroso Plan del Padre para cada uno de nosotros. En Jesucristo hemos sido sellados con el Espíritu Santo y así hacemos parte del Nuevo Pueblo de Dios. 


«Comenzó a enviarlos...»   

El Evangelio de este Domingo nos relata el primer envío en misión de los seguidores de Jesús. Por eso dice: «comenzó a enviarlos». El verbo griego que se traduce aquí por «enviar», trascrito, suena así: «aposté­llo», y el sustantivo correspondiente es: «apóstolos»: enviado. Si ahora nos preguntamos: ¿a quiénes envió Jesús, es decir, quiénes merecen este nombre de «apóstoles»?, vemos que se trata de un grupo bien determi­nado de los discípulos, que se supone ya conocido por el lector, pues es llamado sencillamente "los Doce" sin más explicación.Si leemos los capítulos anteriores a esta lectura, encontraremos que Jesús tuvo la voluntad explícita de destacar a doce de sus seguidores más cercanos y formar con ellos un grupo particular que se distinguió tanto de la multitud de sus seguidores que, con el tiempo, fue llamado simplemente de «los Doce». En el tercer capítulo de este Evangelio, leemos que Jesús «subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15y coloca los nombres de cada uno de los elegidos. Cuando ellos murieron, otros heredaron su mismo poder y su misma misión, que perdura en el colegio de los obispos; pero ningún otro podría pretender entrar en la categoría de los «Doce apóstoles del Cordero» (Ap 21,14). 

Jesús comparte con los Doce la misión que el Padre le había encomendado personalmente y les da las instrucciones de cómo deben de proceder dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Es una participación en el mismo poder que tiene Jesús. Ésta es la primera señal de admiración que produce la actuación de Jesús: «Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» (Mc 1,27). Es que la misión reconciliadora de Jesús consiste en librar a los hombres de la esclavitud del demonio y del pecado. Justamente esta misma misión se prolonga  en sus enviados. 


«Les ordenó que nada llevasen para el camino» 
  
¿Será que Jesús exageró al decir a sus apóstoles que no llevasen casi nada para el camino? ¿No será acaso un pedido un poco fuera de la realidad? ¿Quién emprende un viaje solamente con lo que lleva puesto? Sin duda la misión encomendada por Jesús a sus apóstoles es sumamente importante y apremiante ya que solamente cuando uno tiene una terrible urgencia es que parte con lo que se lleva puesto. No hay tiempo para preparar las provisiones o maletas. Éste es el carácter de la misión que Jesús encarga a sus discípulos. Es algo que no admite retrasos ni excusas. Él exige una decisión hoy y no mañana; mañana ya será demasiado tarde. 

Pero además de la urgencia, Jesús quiere enseñar que para esta misión no se necesita nada; nada de esta tierra. Sólo es necesaria la fuerza del Espíritu Santo y de ésta Cristo proveyó a sus apóstoles abundantemente compartiéndoles su poder. Para ser apóstol de Jesús tampoco es necesario gozar de mucho talento humano, de nada sirve la influencia que puede conceder el dinero, la inteligencia y la sabiduría humana y tanto menos la fuerza física. San Pablo ya nos ha enseñado cuál debe de ser la actitud apostólica cuando estaba entre los corintios: «me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una  demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios » (1Co 2, 3-5)


«Sacudirse el polvo de los pies» 

Finalmente, Jesús fija su atención en los destinatarios de la predicación. A ellos había que predicarles lo mismo que había predicado el Señor Jesús: «predicaron que se convirtieran» (Mc 6,12). Coincide pues con la misma predicación de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). A los que escuchan este mensaje les queda la libertad de acoger o rechazar. El Maestro Bueno se pone en el caso extremo, es decir de aquellos que se han cerrado al anuncio y los han rechazado. Dios siempre respeta nuestras opciones personales a pesar de no ser siempre las adecuadas. En ese caso el gesto que indica Jesús es muy elocuente: «sacudirse el polvo de los pies». Es el gesto que tenía que hacer un judío cuando salía de un lugar pagano para indicar que nada tenía en común con los habitantes de ese lugar. En este caso, los que no escuchan a los enviados de Jesús, es bueno que sepan que no tienen nada que ver con Él; por eso el gesto no se hace privadamente sino «en testimonio contra ellos».    


Una palabra del Santo Padre: 

«Jesús llama a sus discípulos y los envía dándoles reglas claras, precisas. Los desafía con una serie de actitudes, comportamientos que deben tener. Y no son pocas las veces que nos pueden parecer exageradas o absurdas; actitudes que sería más fácil leerlas simbólicamente o «espiritualmente». Pero Jesús es bien claro. No les dice: «Hagan como que…» o «hagan lo que puedan». Recordemos juntos esas recomendaciones: «No lleven para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero... permanezcan en la casa donde les den alojamiento» (cf. Mc 6,8-11). Parecería algo imposible.

Podríamos concentrarnos en las palabras: «pan», «dinero», «alforja», «bastón», «sandalias», «túnica». Y es lícito. Pero me parece que hay una palabra clave, que podría pasar desapercibida frente a la contundencia de las que acabo de enumerar. Una palabra central en la espiritualidad cristiana, en la experiencia del discipulado: hospitalidad. Jesús como buen maestro, pedagogo, los envía a vivir la hospitalidad. Les dice: «Permanezcan donde les den alojamiento». Los envía a aprender una de las características fundamentales de la comunidad creyente. Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar.

Jesús no los envía como poderosos, como dueños, jefes o cargados de leyes, normas; por el contrario, les muestra que el camino del cristiano es simplemente transformar el corazón. El suyo, y ayudar a transformar el de los demás. Aprender a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular, a la lógica del acoger, recibir y cuidar.

Son dos las lógicas que están en juego, dos maneras de afrontar la vida y de afrontar la misión. Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas. Cuántas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se conviertan en base a nuestros argumentos. Hoy el Señor nos lo dice muy claramente: en la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar.

La Iglesia es madre de corazón abierto que sabe acoger, recibir, especialmente a quien tiene necesidad de mayor cuidado, que está en mayor dificultad. La Iglesia, como la quería Jesús, es la casa de la hospitalidad. Y cuánto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad, este lenguaje de recibir, de acoger. Cuántas heridas, cuánta desesperanza se puede curar en un hogar donde uno se pueda sentir recibido. Para eso hay que tener las puertas abiertas, sobre todo las puertas del corazón.

Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso (cf. Mt 25,34-37), con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido. Y, a veces, por culpa nuestra. Hospitalidad con el perseguido, con el desempleado. Hospitalidad con las culturas diferentes, de las cuales esta tierra paraguaya es tan rica. Hospitalidad con el pecador, porque cada uno de nosotros también lo es.

Tantas veces nos olvidamos que hay un mal que precede a nuestros pecados, que viene antes. Hay una raíz que causa tanto, pero tanto, daño, y que destruye silenciosamente tantas vidas. Hay un mal que, poco a poco, va haciendo nido en nuestro corazón y «comiendo» nuestra vitalidad: la soledad. Soledad que puede tener muchas causas, muchos motivos. Cuánto destruye la vida y cuánto mal nos hace. Nos va apartando de los demás, de Dios, de la comunidad. Nos va encerrando en nosotros mismos. De ahí que lo propio de la Iglesia, de esta madre, no sea principalmente gestionar cosas, proyectos, sino aprender la fraternidad con los demás. Es la fraternidad acogedora, el mejor testimonio que Dios es Padre, porque «de esto sabrán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros» (Jn 13,35).

De esta manera, Jesús nos abre a una nueva lógica. Un horizonte lleno de vida, de belleza, de verdad, de plenitud. Dios nunca cierra horizontes, Dios nunca es pasivo a la vida, nunca es pasivo al sufrimiento de sus hijos. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Por eso nos envía a su Hijo, lo dona, lo entrega, lo comparte; para que aprendamos el camino de la fraternidad, el camino del don. Es definitivamente un nuevo horizonte, es una nueva palabra, para tantas situaciones de exclusión, disgregación, encierro, aislamiento. Es una palabra que rompe el silencio de la soledad.

Y cuando estemos cansados, o se nos haga pesada la tarea de evangelizar, es bueno recordar que la vida que Jesús nos propone responde a las necesidades más hondas de las personas, porque todos hemos sido creados para la amistad con Jesús y para el amor fraterno (cf. Evangelii gaudium, 265)».

Papa Francisco. Homilía en el Campo grande de Ñu Guazú, Asunción. Domingo 12 de julio de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quién a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). ¿Realmente me esfuerzo por predicar la Palabra de Dios cotidianamente o me dejo llevar por el miedo y la timidez? El Señor es muy claro y nos alienta a confiar en su gracia. 

2. Para ser cristiano no basta con leer el Evangelio. Hay que responder personalmente a la «misión» que el Señor me encomienda. ¿Cuál es mi misión? ¿Hago los esfuerzos necesarios para poder conocerla y responder a ella? ¿Tengo urgencia para conocer y responder a ella? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 429. 874 - 878.