lunes, 29 de octubre de 2018

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos – 2 de noviembre de 2018

«Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado» 

Lectura del libro de Job 19, 1. 23-27a

«Job tomó la palabra y dijo: ¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá en monumento se grabaran, y con punzón de hierro y buril, para siempre en la roca se esculpieran! Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro».


Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Filipenses 3,20-21

«Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas».


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 15, 33-39; 16, 1- 6

«Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?”, - que quiere decir - “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” Al oír esto algunos de los presentes decían: “Mira, llama a Elías”. Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: “Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle”. Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: “Verdaderamente este hombre  era Hijo de Dios”.

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas otras: “¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?” Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron”».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El 2 de noviembre es el día de todos los fieles difuntos. Ante la muerte no hay distin­ción de sexo, ni de raza, ni de condición so­cial: la muerte alcan­za a todos por igual. Con la muerte cesan también todas las diferen­cias que los hombres nos hemos creado en esta vida. Éste es justamente el vínculo entre las lecturas: la actitud que tenemos ante el misterio de la muerte. Job apoya su esperanza en la seguridad de que su: «Redentor está vivo y que él, el último, se levantará sobre el polvo».  San Pablo recuerda a los filipenses su vocación última: ser «ciudadanos del cielo». Finalmente en el Evangelio de San Marcos leemos como la Muerte y la Resurrección de Jesús es el fundamento y la esperanza de nuestra propia resurrección. 


Un poco de historia…

La conmemoración que celebramos fue instituida por San Odi­lón, quinto abad de Cluny, el año 998 cuando decretó que en todos los monasterios bajo su jurisdicción, se hiciese una conmemoración festiva de todos los fieles difuntos el 2 de noviembre invitando a quien quisiese sumarse a esta piadosa iniciativa.  La influencia de aquella ilustre Congregación hizo que se adoptara bien pronto este uso en todo el orbe cristiano, y que este día fuese en algunas partes fiesta de guardar. 


¿Qué celebramos? 

Después de haber celebrado la Iglesia, en medio del regocijo la gloria de Todos los Santos que constituyen la Iglesia reinante en el Cielo, la Iglesia peregrina de la tierra extiende su maternal solicitud hasta aquel lugar de inenarrables tormentos, en que se ven sumidos aquellos que también pertenecen a la Iglesia que llamamos purgante[1]. En ninguna parte como aquí la liturgia anuncia de una manera tan explícita la misteriosa comunión que estrecha a la Iglesia triunfante con la militante y la purgante, y nunca tampoco aparece más claro el doble deber de caridad y de justicia que fluye naturalmente de su misma incorporación al Cuerpo Místico de Cristo. 

Sabemos que, en virtud del dogma de fe de la Comunión de los Santos, los méritos y sufragios de los unos vienen a ser también de los demás, en virtud de una comunidad de bienes espirituales; de manera que, sin mermar los derechos de la divina justicia, que  con todo rigor se nos aplican al fin de nuestra vida, la Iglesia puede unir aquí su oración con la del cielo, y suplir por lo que falta a los fieles difuntos del Purgatorio, ofreciendo a Dios por ellas, mediante la Santa Misa, las Indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, los méritos sobreabundantes de la Pasión de Cristo y de sus miembros. De ahí que la liturgia ha sido siempre, el medio empleado por la Iglesia para practicar con los difuntos el deber de la caridad, que nos manda atender las necesidades del prójimo cual, si fueran propias, en virtud siempre de ese lazo sobrenatural, que une en Jesús al cielo con la tierra y el Purgatorio.


«¡Yo sé que mi redentor está vivo!»

El libro de Job es un drama con muy poca acción y mucha pasión. Es la pasión que un autor genial hace sufrir a su protagonista inocente, para que su  grito brote «desde lo hondo». La pasión  o sufrimiento de Job alimenta su búsqueda de sentido en medio del inocente sufrimiento; estrellándose con las argumentaciones de sus tres amigos acerca de la retribución. La acción es sencillísima: entre un prólogo doble y un epílogo doble, se desenvuelven cuatro tandas de diálogos. Por tres veces habla cada uno de los amigos y Job responde;  la cuarta vez Job dialoga a solas con Dios. El autor de este excepcional libro vivió probablemente después del destierro y se ha alimentado en el rezo de los Salmos y ha conocido la obra de Jeremías y de Ezequiel.  

El discurso se inicia con una solemne preparación ya que piensa que sus palabras deberían colocarse en una gran inscripción lapidaria con plomo incrustada en la roca. La tradición cristiana ha visto en este pasaje la esperanza en el futuro Redentor que tendrá poder para resucitarnos (ver 1Tes 4,16; 1Cor 15, 23,51) y a quien veremos con nuestros propios ojos de carne (Ap 1,7; Jn 19, 37).  San Jerónimo dice que ninguno antes de Cristo, habló de la resurrección como Job, él cual no sólo la espero, sino que la comprendió y proféticamente la vio en espíritu (ver 3,13; 14,13, Is 26,19). 

Es muy interesante este concepto de la resurrección de la carne en el Antiguo Testamento ya que aún no se había revelado plenamente la verdad fundamental acerca de la vida eterna. Israel consideraba la muerte como un justo castigo al pecador, según el cual iba al «scheol»[2] (en griego Hades), que la Vulgata traduce por «infierno», pero que designaba a un tiempo el sepulcro y el lugar oscuro donde los muertos buenos y malos esperaban la resurrección del Mesías, según lo leemos en el texto y en la gran profecía de Ezequiel 37.  

Según esto se explica porque Israel pusiera un acento distinto sobre el destino del alma y el cuerpo entre el día de la muerte y de la resurrección. David dice varias veces a Dios que en la muerte nadie puede alabarlo. Se resignaba a un eclipse total de la persona humana hasta que viniese una vida totalmente nueva traída por la aparición del Redentor que había sido prometido desde las primeras páginas del Génesis. El concepto claro que tenemos ahora de la visión beatífica[3] es ciertamente una preciosa verdad que contiene una manifestación de la divina misericordia.   


«¡Somos ciudadanos del cielo!»

San Pablo recuerda a los hermanos de la ciudad de Filipos que vivan de acuerdo a lo que están llamados a ser ya que hay muchos que viven como «enemigos de la Cruz de Cristo…teniendo el pensamiento en lo terreno». El pensar en la propia muerte es inagotable fuente de sabiduría y prudencia. Nos dice Teófilo: «     o pensar  en nuestra última hora, cometemos muchos pecados; porque si pensáramos que el Señor ha de venir y que nuestra vida ha de concluir pronto pecaríamos menos».  

En un sentido positivo y sin restarle nada a lo anterior, San Cipriano nos dice: «Cuando morimos pasamos de la muerte a la inmortalidad; y la vida eterna no se nos puede dar más que saliendo de este mundo. No es esa un punto final sino un paso. Al final de nuestro viaje en el tiempo, llega nuestro paso a la eternidad. ¿Quién no se apresuraría hacia un tan gran bien? ¿Quién no desearía ser cambiado y transformado a imagen de Cristo? Nuestra patria es el cielo… Allí nos aguardan un gran número de seres queridos, una inmensa multitud de padres, hermanos y de hijos nos desean; teniendo ya segura su salvación, piensan en la nuestra… Apresurémonos para llegar a ellos, deseemos ardientemente estar ya pronto junto a ellos y pronto junto a Cristo».      


El  mayor enigma…la muerte  

A menudo hemos podido constatar que frente a la muerte todo se vuelve más serio, todo adquiere gravedad y mayor peso; los rostros se ponen serios y cir­cunspectos, se habla en voz baja, se evitan las actitudes festivas, las risas desapa­recen. Es que ante el problema de la muerte la pregunta sobre la condi­ción del hombre cobra una pro­fundidad que da vértigo; sobre el trasfon­do de la muerte la vida del hombre se revela en toda su gravedad y respon­sabilidad. La muerte de un ser humano es siempre inquie­tante, porque cada ser humano es único e irrepetible. Su muerte tiene el sello de lo definitivo y absoluto.

La muerte es el punto crítico por el cual podemos contro­lar la verdad de cualquier antropología. Nuestra concepción acerca del hombre, la que sustenta nuestra propia vida y nuestra conduc­ta, debe pasar el examen de la muerte y apaciguar nuestro corazón ante el interro­gante: «¿Y después qué?». Una antropología, es decir, la ciencia que responde a la pregunta: «¿Qué es el hom­bre?», se revela verdadera si logra dar una respuesta al problema de la muerte que apacigüe el corazón del hombre.

El Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Igle­sia en el mundo actual, verifica: «Ante la actual evolu­ción del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean con nueva penetración las cuestiones más funda­mentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos subsiste todavía?... ¿Qué hay después de esta vida temporal?»[4]. Y la misma Constitución llega así al punto crítico: «Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcan­za el máximo…El hombre sufre con el dolor y con la disolución progre­siva de su cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpe­tua... La semilla de eter­nidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte... Todos los esfuer­zos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre». En efecto, la calma de esta ansiedad hay que buscarla en otro lugar.

Sólo la Revelación Sobrenatural da una respuesta a estos inte­rro­gantes, que es capaz de dar paz a la ansiedad del hombre. Esta respuesta permite al hombre tener una actitud ante la vida y ante su destino que está marcada por la esperanza y el amor. La Historia Sagrada nos muestra una constante: cada vez que el ser humano se aleja de Dios y desobedece a su ley, dominan las fuerzas de la muerte; en cambio, cada vez que el ser humano obedece a la ley de Dios, resurge la vida. Esta ley, que rige tam­bién hoy en cada hombre y en la sociedad, tiene su primera verificación en los orígenes mismos del ser humano, y está expresada en el relato bíblico del primer pecado del hombre. Dios le puso a Adán este precepto: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin reme­dio» (Gn 2,17). La deso­be­diencia al Dios de la vida equivale a elegir la muerte. Es lo que hizo Adán, decretan­do así para él y para todo el género humano este destino: «Polvo eres y al polvo volve­rás» (Gn 3,19).

Pero Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte sino que envió al mundo a su Hijo único para que con su muerte en la cruz redimiera el pecado del ser humano, cuyo salario es la muerte, y con su resurrección desde la profundidad del sepulcro destru­yera la muerte y nos diera la vida. Esta es la obra reconciliadora de Jesucristo. Según su enseñanza el pecado es la muerte eterna del hombre (muerte segunda[5]), que abraza también la muerte corporal (muerte primera). 

La conversión y la fe en Cristo salvan del pecado y concede la vida eterna, la cual perdura más allá de la muerte corporal y asegura la resurrección final, es decir, la que ocurrirá cuando Cristo vuelva. Así se entiende la afirmación de Jesús cuando repite dos veces: «Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,39-40).

La fe cristiana permite mirar la muerte de frente, sin temor. Los fieles difuntos, es decir, los que han visto en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador y han creído en él, han muerto poseyendo ya la vida eterna. Ellos descansan ahora en el sepulcro esperando serenos en la resurrec­ción de la carne que tendrá lugar el último día. Este es el misterio que celebra hoy la Iglesia. La fe cristiana permite mirar la muerte corporal incluso con afecto fra­terno, como hace San Francis­co de Asís en su famoso Cántico de las criaturas: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corpo­ral, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuen­tre en tu santí­sima volun­tad, pues la muerte segunda no les hará mal».Esta bienaventuranza se aplica a todos nuestros queridos fieles difuntos.


Una palabra del Santo Padre: 

«Job estaba en la oscuridad. Estaba precisamente en la puerta de la muerte. Y en ese momento de angustia, de dolor y de sufrimiento, Job proclama la esperanza. «Yo sé que mi redentor está vivo y que, y que él, el último, se levantará sobre el polvo… Yo, sí, yo mismo lo veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro» (Jb 19, 25.27). La Conmemoración de los difuntos tiene este doble sentido. Un sentido de tristeza: un cementerio es triste, nos recuerda a nuestros seres queridos que se han marchado, nos recuerda también el futuro, la muerte; pero en esta tristeza, nosotros llevamos flores, como un signo de esperanza. Puedo decir, también, de fiesta, pero más adelante, no ahora. Y la tristeza se mezcla con la esperanza. Y esto es lo que todos nosotros sentimos hoy, en esta celebración la memoria de nuestros seres queridos, ante sus restos, y la esperanza.

Pero sentimos también que esta esperanza nos ayuda, porque también nosotros tenemos que recorrer este camino. Todos nosotros recorreremos este camino. Antes o después, pero todos. Con dolor, más o menos dolor, pero todos. Pero con la flor de la esperanza, con ese hilo fuerte que está anclado en el más allá. Es esta, esta ancla no decepciona: la esperanza de la resurrección.

Y quien recorrió en primer lugar este camino es Jesús. Nosotros recorremos el camino que hizo Él. Y quien nos abrió la puerta es Él mismo, es Jesús: con su Cruz nos abrió la puerta de la esperanza, nos abrió la puerta para entrar donde contemplaremos a Dios. «Yo sé que mi Redentor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo… Yo, sí, yo mismo lo veré, mis ojos lo mirarán, no ningún otro».

Volvemos hoy a casa con esta doble memoria: la memoria del pasado, de nuestros seres queridos que se han marchado; y la memoria del futuro, del camino que nosotros recorreremos. Con la certeza, la seguridad; con esa certeza que salió de los labios de Jesús: «Yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 40)».

Papa Francisco. Homilía Conmemoración de todos los difuntos. 2 de noviembre de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Cristianamente recemos en familia por aquellos fieles difuntos más próximos. Pero recemos también por las almas del purgatorio ya que es una práctica que manifiesta mucha caridad por nuestros hermanos fallecidos. 

2. San Pablo nos recuerda quiénes somos. Leamos todo el pasaje de Filipenses 3, 12- 21. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales298.954. 958. 1030-1032. 1354. 1371. 1471-1479.  



[1] Purgar. (Del lat. purgāre). Limpiar, purificar algo, quitándole lo innecesario, inconveniente o superfluo. Sufrir con una pena o castigo lo que alguien merece por su culpa o delito. 
[2] Sheol: Palabra hebrea que designa el lugar adonde van los muertos (ver Dt 32.22; Is 14.9, 11, 15). No es el destino solamente de los perdidos, sino el estado intermedio de todos los muertos. La muerte en el Antiguo Testamento lleva consigo el sentido de entrar en un lugar de sombra (Job 38.17), donde el hombre ya no tiene fuerza (Sal 88.3, 4), y donde está olvidado (Sal 88.5). No obstante, los habitantes del Sheol tienen conciencia y reciben a los nuevos muertos que entran en el lugar (Is 14.9). El equivalente griego es Hades, palabra con que se traduce Seol en la Septuaginta. En algunos pasajes bíblicos parece que el Sheol es el lugar adonde van los condenados, en contraste con el cielo. Amós 9.2 dice: "Aunque cavasen hasta el Sheol ... y aunque subieren hasta el cielo". Job 11.8 y Sal 139.8 repiten la misma idea. Sin embargo, estos pasajes no hacen una distinción escatológica de los distintos destinos de los muertos, sino que indican los puntos geográficos opuestos en la dimensión vertical que imaginaba la mentalidad humana de la época (en aquel entonces se conceptuaba la ubicación del Sheol como la parte baja de la tierra). Equivale a la oposición horizontal de "oriente y occidente" (Sal 103.12). Ciertamente algunos textos indican claramente que los malos van al Sheol como castigo (Sal 9.17; 55.15; Pr 23.14), pero esto tal vez se explica por la doctrina bíblica de que la muerte es resultado del pecado (Ro 6.23). Parece que el castigo en sí no es ir al Sheol sino morir y entrar en el Sheol prematuramente. Se debe distinguir el uso figurado del Sheol en muchos pasajes como Sal 116.3 ("Me encontraron las angustias del Sheol") y Jonás 2.2 (donde el Sheol equivale al vientre del pez). Es de notar que el Antiguo Testamento no da enseñanza clara sobre las condiciones en el Sheol, tampoco acerca de castigo ni de corona. En la literatura judaica posterior al Antiguo Testamento, vemos el desarrollo de la idea de que el Sheol está dividido en dos partes, una para los justos y otra para los injustos, dentro del mismo estado preliminar al destino final (Enoc 22.1-14). Es posible que Dn 12.2 refleje este mismo concepto, puesto que los muertos que "duermen en el polvo de la tierra" posteriormente "serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua". Nunca se usa la palabra Seol en el Antiguo Testamento como la morada de Satanás y de los ángeles caídos. 
[3] La vida en el cielo se llama visión beatífica porque se concibe la unión o comunión íntima con Dios con el carácter de vsión-conocimiento que implica necesariamente la compenetración por el amor. Es un enfoque donde se destaca el aspecto cognoscitivo. Otros conciben la vida eterna primordialmente como unión en el amor como elemento principal, acompañado del cognitivo. En todo caso, se trata siempre de ambos aspectos, los cuales abarca lo intelectual y lo volitivo en inmediatez total con Dios, que recibe también el nombre de contemplación. 
[4] Gaudium et Spes, 10. 
[5] Ver Ap. 20,14-15; 21,8.

Solemnidad de Todos los Santos – 1 de noviembre de 2018

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

Lectura del libro del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14
«Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar:"No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. 

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: "Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero». 


Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-3
«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».


Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos». 


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la lectura del Evangelio en la fiesta de todos los santos (1 de noviembre) se proclaman las Bienaventuranzas, que son el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en todos los santos. Los elegidos por el Señor,  es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Primera Lectura) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (Segunda Lectura). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia.  


El sermón de la montaña

En el Sermón de la monta­ña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangé­lica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infi­nitamente. Esto es lo que quie­ren decir los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepa­sados... Mas yo os digo..." (Mt 5,21.27.­31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la ley anti­gua dada por el mismo Dios.

En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera perso­na:"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos..."; la novena está formu­lada en segunda perso­na y dirigida a los oyen­tes: "Biena­venturados seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás.

Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho biena­venturanzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma prome­sa: "Biena­ventura­dos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos... Bienaventura­dos los persegui­dos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La prime­ra tabla contiene las primeras cuatro y expresa la rela­ción del hombre con Dios, y la segun­da tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.


La primera tabla 

La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos... ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán saciados". El tema de esta primera tabla está indi­cado en la primera bienaventuranza, la que declara dicho­sos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del cora­zón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: "A­prended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligi­dos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.

J La segunda tabla  

La segunda tabla proclama la otra condición indispen­sable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de cora­zón, los que traba­jan por la paz, los perse­guidos por causa de la justi­cia. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericor­diosos". Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en rela­ción a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relacio­nes fraternas. Aquí Jesús comien­za a ilustrar las rela­ciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indica­do por la primera biena­ven­turan­za: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema. 


¿En qué consiste ser santo? 

En la solemnidad que celebramos es bueno preguntarnos: ¿En qué consiste la santidad de una persona? ¿Por qué los santos han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? ¿Qué hay en ellos que despierta ese sentimiento de admiración y asombro en los hombres? Para dar respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía canta: "Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo", y agrega: "Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad".

La santidad as algo que pertenece a Dios y que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado, el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. "Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1Jn 3,2). Estamos creados para esto y no sería un ser humano el que no lo deseara.

La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues "el amor es de Dios... Dios es amor" (1Jn 4,7.8). La actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc. Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un espectáculo más hermoso!


Una palabra del Santo Padre: 

«Celebramos, por tanto, la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

Pero si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta hacia la patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas. En el Evangelio de hoy, hemos escuchado cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.

Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano. Entre ellas, quisiera destacar una: «Bienaventurados los mansos». Jesús dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Este es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor. La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y nos enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad, como hicieron hijos e hijas de esta tierra, entre ellos santa María Elisabeth Hesselblad, recientemente canonizada, y santa Brígida, Brigitta Vadstena, copatrona de Europa. Ellas rezaron y trabajaron para estrechar lazos de unidad y comunión entre los cristianos. Un signo muy elocuente es el que sea aquí, en su País, caracterizado por la convivencia entre poblaciones muy diversas, donde estemos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. Los santos logran cambios gracias a la mansedumbre del corazón. Con ella comprendemos la grandeza de Dios y lo adoramos con sinceridad; y además es la actitud del que no tiene nada que perder, porque su única riqueza es Dios.

Las bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados, seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos... Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida».

Papa Francisco. Homilía 1 de noviembre de 2016 en el Swedbank Stadion de Malmoe. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido», nos decía San Juan Pablo II. Una tentación que podemos tener es creer que este llamado (que proviene de nuestro bautismo) no es para mí.  

2. Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas. Leamos a lo largo de la semana este hermoso pasaje evangélico.      

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.

lunes, 22 de octubre de 2018

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 28 de octubre 2018

«Rabbuní, ¡que vea!»

Lectura del libro del profeta Jeremías 31, 7-9
«Pues así dice Yahveh: Cantad con alegría loores a Jacob, y gritos por la capital de las naciones; hacedlo oír, alabad y decid: "¡Ha salvado Yahveh a su pueblo, al Resto de Israel!" Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Entre ellos, el ciego y el cojo, la preñada y la parida a una. Gran asamblea vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre, y Efraím es mi primogénito.» 


Lectura de la carta a los Hebreos 5, 1-6
«Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec». 


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 46-52

«Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: "¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!" Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" Jesús se detuvo y dijo: "Llamadle". 

Llaman al ciego, diciéndole: "¡Animo, levántate! Te llama". Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: "¿Qué quieres que te haga?" El ciego le dijo: "Rabbuní, ¡que vea!" Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.» 


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Los textos de este Domingo destacan la amorosa atención de Dios hacia los hombres. El destierro es como un desierto donde el pueblo elegido se encuentra nuevamente con su Señor ya que en Él se manifiesta el amor eterno de un Dios que es siempre fiel a su pueblo. El retorno a la tierra prometida es alegre (Sal 126,5), pero no esconde la realidad: está formado por una procesión de inválidos y tullidos que regresan confiados en Dios. Justamente es Jesucristo, con el poder de Dios, quien dará salud al ciego Bartimeo que manifiesta una enorme fe y confianza en el «Hijo de David» (Evangelio). La acción amorosa de Dios se muestra de modo especial en Cristo, Sumo Sacerdote, que saca a los hombres de la ignorancia y del dolor, y los libra de sus pecados (Segunda Lectura). 


«Porque yo soy para Israel como un padre…» 

En los capítulos 30 al 33, Jeremías emplea todos los recursos proféticos para describir la gloriosa restauración de Israel y el esplendor de la Nueva Alianza que Dios hará con su pueblo. En los versículos anteriores al texto de este Domingo, leemos una maravillosa manifestación del amor de Dios a su pueblo: «Con amor eterno te he amado, por eso no dejé de compadecerte» (Jer 31,3). La afirmación que todos los pueblos se alegrarán cuando vuelva Jacob (Jer 31,1) tiene una clara connotación mesiánica: «No temas, le dice Dios a Jacob al término de sus días. Baja a Egipto, porque allí te pondré una numerosa posteridad. Yo bajaré contigo allá y yo te traeré de allí cuando vuelvas» (Gn 46, 3b-4). 

La frase que leemos en el texto de Jeremías «el resto de Israel» es frecuentemente usada en los libros proféticos refiriéndose a aquellos «anawin» o «pobres de Yahveh» que en medio de las calamidades han sido fieles a la promesa (Alianza) hecha a Dios. Dios corrige y reprende los crímenes de su pueblo porque permanece fiel a la alianza: «las promesas de Dios son inmutables» (Rom 11,29). Finalmente es Dios mismo quien los conducirá, como un pastor, a la nueva Sión y los cuidará como un padre cuida a sus hijos. 

En la Primera Lectura hay un detalle en consonancia con el Evangelio de hoy. Entre la gran multitud de israelitas repatriados del destierro por Dios, ve el profeta caminar ciegos y cojos. El Señor ha salvado y restituido a su pueblo. El nombre Efraín históricamente se refiere al reino del Norte; conceptualmente recuerda la concesión de la primogenitura al hermano pequeño (ver Gn 48,8-20; 31,20; Os 11). El Salmo responsorial canta la alegría del regreso a  la tierra prometida: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 125 (126).


«Tú eres sacerdote para siempre» 

El texto de la carta a los Hebreos profundiza la última idea del Domingo pasado: «acerquémonos con confianza al trono de la gracia» (Heb 4,16). Para ello pone de relieve la misericordia de Jesucristo-Sacerdote, por comparación y contraste con los antiguos sacerdotes: es uno de nosotros, que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque Él también ha sido sometido a la prueba y al sufrimiento. A partir de aquí, el autor afronta el misterio del Jesús histórico, que, precisamente a través del sufrimiento, aprendió la entrega total de sí mismo a Dios, llegando a la perfección suprema (ver Heb 5, 9-10)[1].

Jesucristo tiene la dignidad y el honor del sacerdocio no porque lo haya arrebatado, usurpado, comprado o robado, sino por la humilde aceptación de una misión, de un don. El mismo Dios, que lo ha proclamado su Hijo, lo ha nombrado, declarado y proclamado solemnemente Sumo Sacerdote, como leemos en (Sal 110,4): «Lo ha jurado Yahveh y no va a retractarse: “Tú eres sacerdote, según el orden de Melquisedec». Con ello el autor sagrado ve realizado en Cristo un nuevo tipo de sacerdocio, un sacerdote eficaz que proporciona la salvación a cuantos a Él se adhieran llevándolos plenamente hasta Dios.


«¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!»

El Evangelio de este Domingo presenta un episodio de la vida de Jesús que se asemeja mucho al que meditábamos hace algunas semanas. En ambos casos vemos cómo Jesús está abandonando un lugar para ponerse de camino. Sin embargo ¡qué diferencia en el desenlace de uno y otro! En el primer caso Jesús llama a un joven a dejar sus riquezas y a seguirlo, pero éste prefiere quedarse triste con sus “bienes”. En cambio hoy vemos a un pobre mendigo a quien Jesús le devuelve la vista y “alegremente” lo va a seguir en el camino arrojando tal vez su único “bien” en el mundo: «su manto». Del primero no sabemos ni siquiera el nombre, del segundo sabemos que se llamaba: Bartimeo, el hijo de Timeo. El mencionar el nombre revela, tal vez, el hecho de que el ciego curado fuese parte de la comunidad cristiana en Jerusalén. 

Los detalles que leemos en el pasaje de San Marcos son notables y podrían ser las reminiscencias de un testigo ocular. Ante todo el pasaje transcurre en la ciudad de Jericó. Esta quedaba a unos ocho kilómetros al oeste del Jordán y treinta kilómetros al nordeste de Jerusalén. Fue reedificada por Herodes el Grande que murió allí mismo. Por allí pasaba el camino que de la Transjordania llevaba a Jerusalén y allí realizaría Jesús la última curación que es narrada en los sinópticos. Inmediatamente nos llama la atención cómo el ciego, sentado a la orilla del camino como era la costumbre de la época, se dirige a Jesús que pasa: «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!». Es un claro y abierto reconocimiento de la mesianidad de Jesús. 

En efecto, David había sido ungido rey[2] y es a él a quien Dios le promete que un nuevo mesías saldría de su descendencia (ver 2Sam 7,12.16). Sobre este trasfondo entendemos mejor  las palabras del arcángel Gabriel cuando le dice a María: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre...su reino no tendrá fin» (Lc 1,32.33).

Y es claro también el sentido de las palabras de Bartimeo que reconoce a Jesús como el Mesías esperado. Si bien es cierto que durante su ministerio Jesús había evitado el título de «Hijo de David» por la fuerte connotación política que tenía; sin embargo en este episodio al ser interpelado en esta forma, se detiene, pues en las palabras del ciego había algo más que una mera alusión al poder político: el ciego agrega: «¡Ten piedad de mí!». Esto llamó poderosamente la atención de Jesús. Cuando el ciego se pone a gritar queriendo llamar la atención del Maestro, muchos le reprendían para que se callara. Su grito parece ser intempestivo y no quieren que moleste a Jesús. Para ellos (sus discípulos y una gran multitud) no era más que el grito desesperado de un mendigo ciego sentado a la largo del camino, es decir, un marginado más. 

Sin embargo, hay un claro contraste entre la actitud de Jesús y la de los discípulos. La actitud de Jesús encierra un reproche hacia sus seguidores. Él está atento a los marginados y despreciados de la sociedad: los llama y los acoge. El ciego entusiasmado, deja su manto y de un salto va hacia Él. Quedan frente a frente el mendigo ciego y el Maestro Bueno. Entonces Jesús le pregunta qué es lo que quiere. Bartimeo le pide algo insólito, algo que nadie habría pedido a David ni a un descendiente suyo: «Maestro, ¡que vea!». Cualquier mendigo le habría pedido una limosna; pero este mendigo, con su petición, expresó una inmensa fe en Jesucristo, seguro que Él podría darle la vista. Esa fe mereció la salvación y también su señal externa: la vista material. Jesús le dijo: «Tu fe te ha salvado». Y al instante recuperó la vista y lo siguió por el camino. El hombre que era un pobre mendigo ciego fue capaz de entender la misión de Jesús tal vez mejor que los mismos apóstoles quedando así plenamente restituido e incorporado a la comunidad de los que seguían a Jesús. 

La fe consiste en poner a Cristo y su enseñanza como fundamento de nuestra existencia seguros que, apoyándonos en Él, estaremos firmes y nunca quedaremos defraudados. El reconocer que muchas veces necesitamos ser curados para «ver nuevamente» implica tener la grandeza personal para aceptar nuestras cegueras personales. El alejarnos de la comunión con Dios y nuestros hermanos nos coloca al «margen del camino», colocándonos en una situación muy semejante a la del ciego Bartimeo.       


Una palabra del Santo Padre: 

«El evangelista Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna (Cfr. v. 35). Un ciego en aquellos tiempos – incluso hasta hace poco tiempo atrás – podía vivir solo de la limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo. Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… Y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él en cambio es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.

Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, la espléndida y prospera oasis en el desierto. Sabemos que justamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al final del largo éxodo de Egipto: aquella ciudad representa la puerta de ingreso en la tierra prometida.

Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra» (Deut. 15,7.11).

Es agudo el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita en el Evangelio: mientras el ciego grita – tenia buena voz, ¿eh? – mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le reprocha para hacerlo callar, como si no tuviese derecho a hablar. No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos. Eh… Cuantas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no tiene que comer – sentimos fastidio.

Cuantas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio. Es una tentación: todos nosotros tenemos esto, ¿eh? Todos, también yo, todos. Es por esto que la Palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad los hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad.

Y cuando esta indiferencia y hostilidad se hacen agresión y también insulto – “pero échenlos fuera a todos estos”, “llévenlos a otra parte” – esta agresión; es aquello que hacia la gente cuando el ciego gritaba: “pero tu vete, no hables, no grites”.

Notamos una característica interesante. El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret» (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el cual en el libro del Éxodo se habla del paso del ángel exterminador que salva a los Israelitas en las tierras de Egipto (Cfr. Ex 12,23).

Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación: cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego, pues, es como si fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces dirigiéndose a Jesús reconociéndolo como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a ella su suplica tiene una potente eficacia.

De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40). Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.

Se realiza así un doble pasaje. Primero: la gente había anunciado la buena noticia al ciego, pero no quería tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia que el buen anuncio implica poner al centro del propio camino a aquel que estaba excluido.

Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación, y él se encuentra en medio de cuantos habían bajado al camino para ver a Jesús. Hermanos y hermanas, el paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos alrededor de Él para permitir reconocer quien tiene necesidad de ayuda y de consolación. También en nuestra vida Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarme a Él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano, a seguir a Jesús.

Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿Qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador. Y el ciego responde a Jesús no más llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado.

El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado» (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús.

Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (v. 43): se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos, todos.

Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia a alta voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y  «todo el pueblo alababa a Dios» (v. 43).

Sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso. Pero dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios. ¡Así sea!»

Papa Francisco. Audiencia General 15 de junio de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Leamos el Salmo Responsorial 125 (126) y meditemos sobre las bendiciones del Señor en nuestras vidas.

 2. ¿Me considero totalmente sano? ¿Cuáles son mis cegueras personales (pecado personal) que necesitan ser curadas por el Señor Jesús?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 439. 547-550.714. 1822-1829. 2616.



[1] «Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec» (Heb 5,9-10). 
[2] Recordemos que «Ungido» (palabra de origen griego); en hebreo se dice: «Mesías».