martes, 28 de enero de 2020

Presentación del Señor – 2 de febrero de 2020


«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz»


Lectura del libro del profeta Malaquías 3,1-4

«He aquí que yo envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su Templo el Señor  a quien vosotros buscáis; y el Angel de la alianza, que vosotros deseáis, he aquí que viene, dice Yahveh Sebaot. ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque es él como fuego de fundidor y como lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; y serán  para Yahveh los que presentan la oblación en justicia. Entonces será grata a Yahveh la oblación de Judá y de Jerusalén, como en los días de antaño, como en los años antiguos».


Lectura de la carta a los Hebreos 2,14 - 18

«Por tanto, así como los = hijos = participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud. Porque, ciertamente, no se ocupa de los ángeles, sino de la = descendencia de Abraham. = Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus = hermanos, = para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que  toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados».


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 2, 22- 40

«Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén  para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor - y para ofrecer en sacrificio - un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos  corazones”.  Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El 2 de febrero se cumplen cuarenta días desde el nacimien­to de Jesús en Belén y se celebra la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo de Jerusalén, conocida popularmente como la fiesta de «Nuestra Señora de la Candelaria». Según el Evangelio, en un día como hoy, cum­pliendo con la ley del Señor, sus padres presenta­ron el Niño en el Templo. Este año coincide con el Domingo y, por tratarse de una fiesta del Señor, su celebra­ción prevalece. Las lecturas tendrán como eje central el hecho mismo de la presentación del Señor Jesús en el Templo descrito en el Evangelio. Para la liturgia de este día, la aparición de la «luz para los gentiles y para la gloria de pueblo Israel» así como la llegada del Ángel de la Alianza esperado para el juicio (Primera Lectura); se verán realizadas en la aparición de Jesucristo en el Templo de Jerusalén. Por eso la entrada del Señor en el santuario, según leemos en el Salmo 23, 3-7, es también el tema del Salmo Responsorial. La carta a los Hebreos ve en la Encarnación del Verbo el necesario presupuesto para poder realizarse plenamente la voluntad salvífica del Padre. Era necesario que Cristo se asemejase en todo a los hombres para poder así presentarse como víctima agradable al Padre. Como leemos en la Segunda Lectura «habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados».


«Con mano fuerte nos sacó de Egipto»

Para entender el sentido de esta fiesta es necesario tener familiaridad con el Antiguo Testamento y con la Histo­ria Sagrada. La Historia Sagrada es la misma historia de Israel, pero considerada como el lugar en que Dios fue realizando su Plan de Reconciliación sobre los hombres. Uno de los hechos más decisivos de esa historia fue la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Ese episodio quedó grabado en la memoria del pueblo como un gran hecho salví­fi­co y como prueba evidente del amor de Dios: «Hirió en sus primogéni­tos a Egip­to, porque es eterno su amor; y sacó a Israel de entre ellos, porque es eterno su amor; con mano fuerte y brazo tenso, porque es eterno su amor» (Sal 135,10-12). Dios tuvo que vencer la resistencia del Faraón y forzarlo a dejar partir a su pueblo, por medio de las famosas plagas de Egipto. La más terrible, la que venció al Fa­raón, fue la muerte de todos los primogéni­tos por manos del ángel exterminador. Pero Dios conservó la vida de los primogéni­tos de Israel, hombres y animales; por eso le pertenecen: «Consagrarás a Yavheh todo lo que abre el seno materno» (Ex 13, 12). El primogénito de los animales debía ser consagrado y ofreci­do en sacrificio. Por otro lado, el primogénito del hombre debía ser resca­tado mediante la ofrenda de un sacrificio. Un israelita le decía a su hijo: «Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: '¿Qué signi­fi­ca esto?', la dirás: 'Con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto, de la casa de servidumbre'. Como Faraón se obstinó en no dejarnos salir, el Señor mató a todos los primogénitos en el país de Egipto, desde el primogénito del hombre hasta el primogénito del ganado. Por eso sacri­fico al Señor todo macho que abre el seno materno, y rescato todo primogénito de mis hijos. Esto será como señal en tu mano y como insig­nia entre tus ojos; porque con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto» (Ex 13,14-16).


La presentación en el Templo

Para cumplir con esta norma, es decir, para rescatar a su hijo primogénito, es que los padres de Jesús, «cuando se cumplieron los días de la puri­ficación de ellos (cua­renta días), llevaron a Jesús a Jeru­salén para presentarlo al Señor, como está escrito en la ley del Señor: 'Todo varón primogénito será consagrado al Se­ñor', y para ofre­cer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se establece en la ley del Señor». Esta ofrenda de menor valor era el sacri­ficio que ofrecían los pobres para rescatar la vida de sus hijos primogénitos.

El Evangelio quiere afirmar que Jesús fue verdaderamente un miembro del pueblo de Israel y que vivió fielmente sometido a sus normas y tradiciones; es verdad que, según la promesa de Dios, «vino a los suyos» (Jn 1,11) y que «nació bajo la ley» (Gal 4,4). Y actuando en el contexto de esa ley, vino a resca­tar de la esclavi­tud del pecado y de la muerte eterna a todos los hombres.  Según la ley, los primo­génitos de Israel habían sido salvados de la muerte que golpeó a los primogénitos de Egipto, y por eso debía ofre­cerse un sacri­ficio en rescate por ellos. Esto es lo que hizo Jesús; pero lo hizo para rescatar a todo el género humano de la esclavi­tud del pecado y de la muerte eterna, y lo hizo ofre­ciéndose a sí mismo en sacri­fi­cio.

Por eso confe­samos que su muerte fue un sacrificio Reden­tor[1]. Los sacri­ficios de anima­les eran insufi­cientes para salvar al hombre del peca­do, y tampoco bastaba el sacrifi­cio de un hombre cualquiera, pues todos estábamos bajo el poder del pecado; fue necesario que el Hijo de Dios tomara la carne del hombre para ofrecerse en sacrificio «como Cordero inmaculado» sobre el ara de la cruz. La fiesta de la Presenta­ción del Señor, evocando los hechos salvíficos del Éxodo y la necesidad de un sacrificio ofrecido en rescate por la vida, insinúa aquel sacrificio Redentor, el único que Dios aceptó complacido. Pero en ese momento de la presentación, cuando sus padres introducían al Niño Jesús al templo, se presentó el anciano Simeón y, tomando al Niño en brazos, pronunció aquellas palabras proféticas: «Mis ojos han visto tu salva­ción, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

 Tres hermosos títulos aplicados a Jesús: él es la salvación, es la luz que ilumina los pueblos, es la gloria de Israel. A causa del título de «Luz», que también lo dice Jesús de sí mismo, cuando declara: «Yo soy la luz del mundo», es que se celebra este día como una fiesta de la luz y los fieles participan teniendo candelas encendidas en las manos. A partir de este signo más llama­tivo, adoptó el nombre de «Fiesta de la Candela­ria». No tardó en fijarse la atención en la Virgen María, como aquella que «derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesu­cristo, Señor nuestro», y de atribuirle el nombre de nues­tra Señora de la Candelaria. Se contempla así el misterio de Cristo a través del prisma privilegiado de su Madre María.


«Habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados».
Después de haber descrito el misterio de la Encarnación del Verbo, vemos como el autor de la carta a los Hebreos presenta el de la Redención: «Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella» (Hb 2, 17-18). Se trata de una profunda y conmovedora presentación del misterio de Jesucristo. Ese pasaje de la carta a los Hebreos nos ayuda a comprender mejor por qué esta ida a Jerusalén del recién nacido hijo de María es un evento decisivo para la historia de la salvación. El templo, desde su construcción, esperaba de una manera completamente singular a aquel que había sido prometido. Su presentación reviste, por tanto, un significado sacerdotal: «Ecce sacerdos magnus»; el sumo Sacerdote verdadero y eterno entra en el templo.


Una palabra del Santo Padre:
«En el templo sucede también otro encuentro, el de dos parejas: por una parte, los jóvenes María y José, por otra, los ancianos Simeón y Ana. Los ancianos reciben de los jóvenes, y los jóvenes de los ancianos. María y José encuentran en el templo las raíces del pueblo, y esto es importante, porque la promesa de Dios no se realiza individualmente y de una sola vez, sino juntos y a lo largo de la historia. Y encuentran también las raíces de la fe, porque la fe no es una noción que se aprende en un libro, sino el arte de vivir con Dios, que se consigue por la experiencia de quien nos ha precedido en el camino. Así los dos jóvenes, encontrándose con los ancianos, se encuentran a sí mismos. Y los dos ancianos, hacia el final de sus días, reciben a Jesús, que es el sentido a sus vidas. En este episodio se cumple así la profecía de Joel: «Vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños y visiones» (3,1). En ese encuentro los jóvenes descubren su misión y los ancianos realizan sus sueños. Y todo esto porque en el centro del encuentro está Jesús.
Mirémonos a nosotros, queridos hermanos y hermanas consagrados. Todo comenzó gracias al encuentro con el Señor. De un encuentro y de una llamada nació el camino de la consagración. Es necesario hacer memoria de ello. Y si recordamos bien veremos que en ese encuentro no estábamos solos con Jesús: estaba también el pueblo de Dios —la Iglesia—, jóvenes y ancianos, como en el Evangelio. Allí hay un detalle interesante: mientras los jóvenes María y José observan fielmente las prescripciones de la Ley —el Evangelio lo dice cuatro veces—, y no hablan nunca, los ancianos Simeón y Ana acuden y profetizan. Parece que debería ser al contrario: en general, los jóvenes son quienes hablan con ímpetu del futuro, mientras los ancianos custodian el pasado. En el Evangelio sucede lo contrario, porque cuando uno se encuentra en el Señor no tardan en llegar las sorpresas de Dios. Para dejar que sucedan en la vida consagrada es bueno recordar que no se puede renovar el encuentro con el Señor sin el otro: nunca dejar atrás, nunca hacer descartes generacionales, sino acompañarse cada día, con el Señor en el centro. Porque si los jóvenes están llamados a abrir nuevas puertas, los ancianos tienen las llaves. Y la juventud de un instituto está en ir a las raíces, escuchando a los ancianos. No hay futuro sin este encuentro entre ancianos y jóvenes; no hay crecimiento sin raíces y no hay florecimiento sin brotes nuevos. Nunca profecía sin memoria, nunca memoria sin profecía; y, siempre encontrarse.
La vida frenética de hoy lleva a cerrar muchas puertas al encuentro, a menudo por el miedo al otro —las puertas de los centros comerciales y las conexiones de red permanecen siempre abiertas—. Que no sea así en la vida consagrada: el hermano y la hermana que Dios me da son parte de mi historia, son dones que hay que custodiar. No vaya a suceder que miremos más la pantalla del teléfono que los ojos del hermano, o que nos fijemos más en nuestros programas que en el Señor. Porque cuando se ponen en el centro los proyectos, las técnicas y las estructuras, la vida consagrada deja de atraer y ya no comunica; no florece porque olvida «lo que tiene sepultado», es decir, las raíces.

La vida consagrada nace y renace del encuentro con Jesús tal como es: pobre, casto y obediente. Se mueve por una doble vía: por un lado, la iniciativa amorosa de Dios, de la que todo comienza y a la que siempre debemos regresar; por otro lado, nuestra respuesta, que es de amor verdadero cuando se da sin peros ni excusas, y cuando imita a Jesús pobre, casto y obediente. Así, mientras la vida del mundo trata de acumular, la vida consagrada deja las riquezas que son pasajeras para abrazar a Aquel que permanece. La vida del mundo persigue los placeres y los deseos del yo, la vida consagrada libera el afecto de toda posesión para amar completamente a Dios y a los demás. La vida del mundo se empecina en hacer lo que quiere, la vida consagrada elige la obediencia humilde como la libertad más grande. Y mientras la vida del mundo deja pronto con las manos y el corazón vacíos, la vida según Jesús colma de paz hasta el final, como en el Evangelio, en el que los ancianos llegan felices al ocaso de la vida, con el Señor en sus manos y la alegría en el corazón.
Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor «en brazos» (Lc 2,28). No sólo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al teléfono, en la escuela, con los pobres, en todas partes. Tener al Señor en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto al devoto sentimental como al frenético factótum. Vivir el encuentro con Jesús es también el remedio para la parálisis de la normalidad, es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia. Dejarse encontrar por Jesús, ayudar a encontrar a Jesús: este es el secreto para mantener viva la llama de la vida espiritual. Es la manera de escapar a una vida asfixiada, dominada por los lamentos, la amargura y las inevitables decepciones. Encontrarse en Jesús como hermanos y hermanas, jóvenes y ancianos, para superar la retórica estéril de los «viejos tiempos pasados» —esa nostalgia que mata el alma—, para acabar con el «aquí no hay nada bueno». Si Jesús y los hermanos se encuentran todos los días, el corazón no se polariza en el pasado o el futuro, sino que vive el hoy de Dios en paz con todos».

Papa Francisco. Homilía 2 de febrero de 2018. Fiesta de la Presentación del Señor. 


Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana
1. Jesús es presentado como signo de contradicción. ¿Le huyo a los problemas que podría tener a causa de mi fe?

2. Miremos el corazón de María. Una espada atraviesa ese Inmaculado Corazón. Busquemos el consuelo en el corazón de la Madre Buena.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 527- 534.



[1] Redimir (Del lat. redimĕre).  Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante precio. Comprar de nuevo algo que se había vendido, poseído o tenido por alguna razón o título. Dicho de quien cancela su derecho o de quien consigue la liberación.   

lunes, 20 de enero de 2020

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 26 de enero de 2020

«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres» 


Lectura del libro del profeta Isaías 8, 23b-9,3  
«Pues, ¿no hay lobreguez para quien tiene apretura? Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles. 1El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría. Alegría por tu presencia, cual la alegría en la siega, como se regocijan repartiendo botín. Porque el yugo que les pesaba y el cayado de su hombro - la vara de su tirano - has roto, como el día de Madián.» 


Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,10-13.17  
«Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio.Porque, hermanos míos, estoy informado de vosotros, por los de Cloe, que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: "Yo soy de Pablo", "Yo de Apolo", "Yo de Cefas", "Yo de Cristo". ¿Esta dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo.» 


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4,12-23 

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: "Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado".  

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.» 


Pautas para la reflexión personal   

El vínculo entre las lecturas 

El pueblo que andaba en tinieblas, ve una gran luz…una luz brilla sobre ellos (Primera Lectura). Estas palabras tomadas del profeta Isaías nos ofrecen un tema unificador para la liturgia de este Domingo. San Mateo aplicará a Jesús el oráculo de Isaías refiriéndose a las regiones de Zabulón y Neftalí (tierra de gentiles). Jesús es la luz del mundo que ilumina las tinieblas; es el Reconciliador que sana las rupturas que tenían postrado al hombre. Jesús invita a Simón y Andrés, a Santiago y a Juan para que colaboren con Él en la misión de ser «pescadores de hombres» ya que el Reino de los Cielos ya ha sido inaugurado. En la primera carta a los Corintios, San Pablo insiste en la unidad de los cristianos: ellos no pueden estar divididos porque Jesucristo ha muerto por todos. Todos, por tanto, se deben dejar penetrar por el amor de Jesús hacia la humanidad y hacerse apóstoles de esa luz que ilumina el corazón de los hombres. 


«Yo soy la luz del mundo»  

Un dato constante en el Evangelio es que Jesús usó la imagen de la luz para definir su identidad. La luz es el predicado de una de sus importantes afirmaciones en: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Esto es lo que dijo de Él el anciano Simeón cuando tomó al Niño Jesús en sus brazos en el momento en que era presentado al templo por sus padres: «Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). Era natural que en el viaje de Jesús, después de ser bautizado por Juan Bautista a la altura de Jerusalén, desde Nazaret1 a Cafarnaúm, siguiendo el confín entre los territorios de las tribus de Zabulón2 y Neftalí3; San Mateo viera el cumplimiento de una antigua profecía de Isaías  acerca de esas tierras: «El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». 

Jesús vuelve a la «Galilea de los gentiles»; así llamada por hallarse en el norte de Palestina colindante con las naciones paganas. Es aquí donde va a comenzar su anuncio de la Buena Nueva, cumpliendo así las profecías acerca de la restauración de estas regiones norteñas saqueadas por los asirios (año 734 A.C.). Podemos ver aquí una intención universalista en el anuncio de la Buena Nueva ya que Jesús comienza su actividad apostólica precisamente por tierras «paganas», si bien habitadas por judíos en su mayoría, a quienes Cristo se dedicó casi exclusivamente.   


«Convertíos, porque el Reino de los cielos ha llegado» 

El Evangelio dice que «desde entonces Jesús comenzó a predicar». Y predicaba precisamente eso: «Convertíos,  porque el Reino de los cielos ha llegado». Este es el resumen de su predicación, el núcleo de buena nueva. Si honestamente queremos acoger su palabra y cumplirla, aquí tenemos un «imperativo» de Jesús, que expresa claramente su voluntad. Interesa entonces saber qué quiere decir «convertirse». La palabra griega que está en la base significa literalmente: cambiar de mente, cambiar nuestros valores. Lo que yo antes consideraba importante, verdadero y firme de manera que eso guiaba mi vida; ahora ya no lo es, han entrado otros valores, mi vida ha cambiado radicalmente. Eso quiere decir convertirse. ¡Pero esto es algo imposible a los hombres! 

Todos tenemos experiencia de cuán difícil es hacer cambiar de idea a alguien, incluso sobre temas secundarios y aunque se presenten argumentos convincentes. Todos tenemos la imagen de los enfrentamientos públicos entre posturas opuestas, en que cada parte esgrime sus mejores argumentos, pero al final todos quedan con su misma idea y nadie ha cambiado ni siquiera un milímetro su postura. ¿Qué decir entonces del cambio radical de la persona, es decir, de las bases mismas de su existencia, de sus opciones más fundamentales? ¿Qué cosa es capaz de provocar este cambio que se llama la «conversión»? Hay una sola cosa capaz, más bien una sola persona. La conversión entonces consiste en encontrarse con Jesús y acogerlo en nuestra vida. 

Tal vez el que ha expresado la realidad de la conversión en términos más elocuentes ha sido San Pablo. Es que la suya ha sido una de las conversiones más célebres: de perseguidor de la Iglesia, gracias a su encuentro con Cristo, en un instante, pasó a ser su más celoso apóstol. Él afirma: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,7-8)Y este cambio de mentalidad hace decir a Pablo en su carta a la comunidad de Corinto ahora somos uno «unidos en una misma mentalidad y en un mismo juicio».      


«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres...»  

La segunda parte del Evangelio de hoy nos relata la vocación de los primeros cuatro discípulos. No puede leerse este episodio sin experimentar una fuerte impresión. Cuando en la vida de una persona aparece Jesús en escena, todo cambia. La diferencia es total: como las tinieblas y la luz. Esto es algo que no puede comprenderlo quien no lo ha experimentado. Así como no puede comprender la luz quien permanece en las tinieblas. Pero todos estamos llamados a vivir algún día lo mismo que esos simples pescadores: «Caminando Jesús por la orilla del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés... y les dice: 'Venid conmigo...' Y ellos al instante, dejando las redes, lo siguieron».  

La iniciativa es siempre de Jesús: él los ve, los elige y los llama. Pero a ellos toca responder a esta llamada. Para motivarlos Jesús les indica una misión, que se presenta como un cambio de oficio: «Os haré pescadores de hombres». Pero esto no les sirvió de mucho, porque en ese momento no podían comprender a qué se refería Jesús. Si esta frase de Jesús se conservó debió ser porque, después de muchos años, cuando ellos, constituidos ya en apóstoles y columnas de la Iglesia, comprendieron y recordaron que Jesús se lo había predicho en el momento de su vocación, cuando todo estaba sólo en germen. Y, sin embargo, la respuesta de ellos fue inmediata. Si el relato se conserva en esta forma, insistiendo en la prontitud y decisión de la respuesta, es porque de ese acto generoso de entrega de la vida, dependió todo lo que ellos llegaron a ser después: uno, la piedra sobre la cual Jesús fundó su Iglesia; los otros, las tres grandes columnas Andrés, Juan y Santiago. Si ellos hubieran rechazado la llamada –como hace el joven rico- habrían quedado para siempre como anónimos e intrascendentes pescadores de un pequeño lago de la Galilea. La respuesta de los primeros apóstoles nos enseña que la generosidad en responder a lo que Dios nos pide en un determinado momento puede traer una cadena de gracias insospechadas. 


Una palabra del Santo Padre:  

Demos gracias al Señor por su presencia y por la fuerza que nos comunica en nuestra vida diaria, cuando experimentamos el sufrimiento físico o moral, la pena, el luto; por los gestos de solidaridad y de generosidad que nos ayuda a realizar; por las alegrías y el amor que hace resplandecer en nuestras familias, en nuestras comunidades, a pesar de la miseria, la violencia que, a veces, nos rodea o del miedo al futuro; por el deseo que pone en nuestras almas de querer tejer lazos de amistad, de dialogar con el que es diferente, de perdonar al que nos ha hecho daño, de comprometernos a construir una sociedad más justa y fraterna en la que ninguno se sienta abandonado. En todo esto, Cristo resucitado nos toma de la mano y nos lleva a seguirlo. Quiero agradecer con ustedes al Señor de la misericordia todo lo que de hermoso, generoso y valeroso les ha permitido realizar en sus familias y comunidades, durante las vicisitudes que su país ha sufrido desde hace muchos años. 

Es verdad, sin embargo, que todavía no hemos llegado a la meta, estamos como a mitad del río y, con renovado empeño misionero, tenemos que decidirnos a pasar a la otra orilla. Todo bautizado ha de romper continuamente con lo que aún tiene del hombre viejo, del hombre pecador, siempre inclinado a ceder a la tentación del demonio –y cuánto actúa en nuestro mundo y en estos momentos de conflicto, de odio y de guerra–, que lo lleva al egoísmo, a encerrarse en sí mismo y a la desconfianza, a la violencia y al instinto de destrucción, a la venganza, al abandono y a la explotación de los más débiles… 

Sabemos también que a nuestras comunidades cristianas, llamadas a la santidad, les queda todavía un largo camino por recorrer. Es evidente que todos tenemos que pedir perdón al Señor por nuestras excesivas resistencias y demoras en dar testimonio del Evangelio. Ojalá que el Año Jubilar de la Misericordia, que acabamos de empezar en su País, nos ayude a ello. Ustedes, queridos centroafricanos, deben mirar sobre todo al futuro y, apoyándose en el camino ya recorrido, decidirse con determinación a abrir una nueva etapa en la historia cristiana de su País, a lanzarse hacia nuevos horizontes, a ir mar adentro, a aguas profundas. El Apóstol Andrés, con su hermano Pedro, al llamado de Jesús, no dudaron ni un instante en dejarlo todo y seguirlo: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» (Mt 4,20). También aquí nos asombra el entusiasmo de los Apóstoles que, atraídos de tal manera por Cristo, se sienten capaces de emprender cualquier cosa y de atreverse, con Él, a todo. 

Cada uno en su corazón puede preguntarse sobre su relación personal con Jesús, y examinar lo que ya ha aceptado –o tal vez rechazado– para poder responder a su llamado a seguirlo más de cerca. El grito de los mensajeros resuena hoy más que nunca en nuestros oídos, sobre todo en tiempos difíciles; aquel grito que resuena por «toda la tierra […] y hasta los confines del orbe» (cf. Rm 10,18; Sal 18,5). Y resuena también hoy aquí, en esta tierra de Centroáfrica; resuena en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras parroquias, allá donde quiera que vivamos, y nos invita a perseverar con entusiasmo en la misión, una misión que necesita de nuevos mensajeros, más numerosos todavía, más generosos, más alegres, más santos. Todos y cada uno de nosotros estamos llamados a ser este mensajero que nuestro hermano, de cualquier etnia, religión y cultura, espera a menudo sin saberlo. En efecto, ¿cómo podrá este hermano –se pregunta san Pablo– creer en Cristo si no oye ni se le anuncia la Palabra? 

A ejemplo del Apóstol, también nosotros tenemos que estar llenos de esperanza y de entusiasmo ante el futuro. La otra orilla está al alcance de la mano, y Jesús atraviesa el río con nosotros. Él ha resucitado de entre los muertos; desde entonces, las dificultades y sufrimientos que padecemos son ocasiones que nos abren a un futuro nuevo, si nos adherimos a su Persona. Cristianos de Centroáfrica, cada uno de ustedes está llamado a ser, con la perseverancia de su fe y de su compromiso misionero, artífice de la renovación humana y espiritual de su País. Subrayo, artífice de la renovación humana y espiritual».  
Papa Francisco. Estadio del Complejo deportivo Barthélémy Boganda, Bangui. 30 de noviembre de 2015. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.   

1. ¡Conversión! Tener que cambiar todo aquello que me aleja de Dios, todo aquello que me impide ser realmente feliz. Cristo el único capaz de motivar este cambio. ¿Qué medios concretos voy a poner para encontrarme con Jesús?    

2.  No hay que temer porque Cristo sigue teniendo necesidad de hombres y mujeres para proclamar el Evangelio a «tiempo y destiempo». ¿Cómo ayudo para que aquellas personas llamadas por Dios, puedan responder a su vocación?  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 849-865.