martes, 25 de agosto de 2020

Domingo de la Semana 22 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 30 de agosto de 2020

Domingo de la Semana 22 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A – 30 de agosto de 2020

«Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»

 Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 7- 9

«¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Soy motivo de risa todo el día, todos se burlan de mí. Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: «¡Violencia, devastación!» Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día. Entonces dije: «No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía».

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 12, 1-2

«Hermanos, les exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer. No se acomoden a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.  Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá.» Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.  ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres». Los pensamientos de Dios sobre el Mesías y su misión eran unos; los pensamientos que los hombres tenían eran otros completamente distintos. Aquí se cumple lo dicho por Dios a su pueblo por medio del profeta Isaías: «Vuestros pensamientos no son mis pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos» (Is 55,8). Si los pensamientos de Dios son la verdad y los de los hombres (en el sentido de la lectura del Evangelio) son mentira; ¿qué podemos hacer nosotros para tener los pensamientos de Dios? Esto es lo que nos enseñan las lecturas de este Domingo.

Jeremías, en sus famosas «confesiones», nos muestra la experiencia dramática de ser consecuente con la propia vocación. Él sabe que ha sido llamado por Dios a una misión ardua y difícil (Primera Lectura). La carta a los Romanos nos expresa una verdad mucho más consoladora, pero no por ello menos exigente. Nos invita a entender nuestra vida como una ofrenda a Dios cambiando para ello nuestra mentalidad (Segunda lectura). En el Evangelio, Jesucristo anuncia con claridad y exigencia que es necesario tomar el camino de la cruz para salvar a los hombres. Quien desee seguir a Jesús fielmente, deberá tomar su cruz y ponerse detrás de Él. El mensaje cristiano es un mensaje de alegría y victoria pascual, pero un mensaje que necesariamente pasa por el camino de la cruz (Evangelio).

 

«¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir!»

Jeremías es considerado uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Predicó en una época de gran infidelidad a la alianza (aproximadamente entre los años 627 – 587 A.C.) y le tocó la pesada labor de anunciar las consecuencias de ello. Fue perseguido, maltratado e incluso intentaron acabar con su vida. En el texto que leemos, el terror rodea al profeta por todas partes; acaba de ser azotado injustamente por el sacerdote Fasur[1] por haber anunciado la Palabra de Yahveh. Esta persecución a causa de la palabra no fue exclusiva de Jeremías: «Yo les di tu Palabra y el mundo los ha odiado» (Jn 17,14); sin embargo vemos como el consuelo divino que alcanza a Jeremías inmediatamente después de su desahogo[2]: «Pero Yahveh está conmigo, cual guerrero poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes» (Jr 20,11).

 

«No os acomodéis al mundo»

La carta a los romanos fue escrita por Pablo en Corinto, probablemente el año 58, durante su tercer viaje apostólico. San Pablo exhorta vivamente a los cristianos de la comunidad de Roma a «presentar sus cuerpos como una hostia viva, santa, agradable a Dios». En el ámbito humano, un ciudadano era presentado ante alguna autoridad ya sea por razón de un ceremonial de la corte o por un proceso legal (ver Hch 23,33; 27,4). El sentido religioso de la «presentación» es el de «consagración», es decir, un apartar lo consagrado del ámbito profano para, en adelante, dedicarlo solamente a Dios. Esta presentación-consagración a Dios, entraña, por parte del creyente, un dejar de «acomodarse» al mundo presente para asumir una conducta moral adecuada a su estado de pertenencia a Dios: una vida santa, inmaculada, irreprensible y pura.

Para ello debe ingresar a un proceso de transformación cuyo eje principal es la metanoia, es decir, el cambio de mentalidad: un despojarse de los modos de pensamiento del hombre viejo para revestirse con los criterios de Cristo. En la lectura está, de manera implícita, la convicción de que el cuerpo no es malo en sí mismo. Al contrario, el cuerpo creado por Dios es bueno y es parte esencial de cómo ha concebido y querido al ser humano. Sin embargo el pecado lo afecta profundamente, pero aún así guarda la bondad intrínseca de su origen. Así pues, el cristiano ha de valorar rectamente su cuerpo, santificándolo, haciendo recto uso de él según el amoroso designio de Dios.  

 

«¡Quítate de delante Satanás!»

Si estuviéramos leyendo el Evangelio de San Mateo por primera vez, nos llamaría la atención que en un espacio tan breve de tiempo cambie tan radicalmente el trato que Jesús da a Pedro. En efecto, en un momento le dice: «Bie­na­ventu­rado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17); y al momento siguien­te dice al mismo Pedro: «¡Quítate de delante Satanás[3] ¡Un obstáculo[4] eres para mí!». ¿Cómo se explica este cambio de actitud? ¿Qué fue lo que hizo Pedro que le mereciera ser llamado “Satanás” y ser repelido con esa energía?

Pedro acababa de expresar la opinión que hasta enton­ces se habían formado los apóstoles acerca de Jesús, diciéndole: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». La expresión de Pedro es verdadera; nadie podría llegar a esa conclusión acerca de Jesús si no hubiera sido por una revelación del Padre y por eso mereció la bienaventuranza de Jesús y la promesa de fundar sobre Él su Iglesia. Pero Pedro aún no había comprendido todo el alcance de sus palabras. Entendía que Jesús era el Cristo, pero no entendía cómo tendría que realizar su misión. Dándose cuenta del modo erróneo de concebir su identidad, Jesús «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo». Era verdad que era el Cristo, pero no lo era como lo entendería la gente.

En este momento, comenzó Jesús el camino más difícil, comenzó a abrirlos a la comprensión del misterio de su futura Muerte y Resurrección. A todo hebreo del tiempo, formado en las Escrituras, la figura del «mesías» le sugería inmediatamente la imagen del rey David. Él era el «mesías - ungido» por excelencia y su reinado quedó en la con­ciencia popular como un tiempo proverbial, tal vez el único momento de su historia en que Israel fue un pueblo unido, soberano y en posesión de todos sus confines. Cuando se hablaba del que había de venir, del mesías «hijo de David», se pensaba inmediatamente en la restauración de esa misma situación. Esto explica la incom­prensión de Pedro cuando Jesús anuncia su pasión y muerte: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ninguna manera te sucederá eso!».

Sin darse cuenta y tal vez con muy buena intención, Pedro estaba apartando a Jesús de su misión, lo estaba persua­diendo a que no bebiera el cáliz que su Padre le tenía preparado, y en este sentido, cum­plía la misión de Sata­nás. Recordemos que Satanás también había tentado a Jesús ofreciéndole riquezas, reinos y poder. La tentación con­sistía en inducirlo a estable­cer un reino de este mundo, es decir, un mesianismo humano. Por eso Jesús rechaza a Pedro con la misma energía que había rechazado al diablo:«¡Apár­tate Satanás!» (Mt 4,10). Jesús nos da ejemplo, mos­trándonos el único modo de recha­zar los obs­táculos puestos a nuestra vida de fe, vengan de quien ven­gan; cualquier contempo­riza­ción es ya comenzar a caer.

 

«El que quiera salvar su vida la perderá»

Después de exponer su programa, que consiste en sufrir la pasión y la muerte y resucitar al tercer día, Jesús declara que éste es también el programa de todo discípulo suyo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontra­rá». Si queremos ser discípulos de Cristo, este es nuestro camino. ¡No hay otro! Consiste en negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Cristo, consiste en perder la vida por Cristo ahora, para ganarla después en la vida eterna. Por tanto, cualquier obstáculo que se nos presen­te en este camino debe ser removido con deci­sión. Cualquiera que se detenga a considerar atenta­mente esta frase de Cristo observará que encierra una paradoja. Es que Jesús juega con dos aspectos de la palabra «vida».

Su dicho se entiende así: el que quiera gozar al máximo en esta vida terrena, sin negarse en nada, terminará per­diendo esta misma vida (con la muerte) y también la vida eterna; en cambio, el que entregue su vida, consu­mién­dola en el servicio y el amor a los demás, encontrará la vida eterna, que consiste en la paz y alegría en este mundo y la felicidad sin fin en el otro. Alcanzar la verdadera vida que es la eterna es el fin para el cual hemos sido creados. El murió para que nosotros tengamos vida eterna, como nos enseñó: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).  A esta vida se refiere Jesús en sus magnífi­cas senten­cias: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?». Estas frases son tan evidentes e impactantes por sí mismas que cualquier comenta­rio debe enmudecer. Encierran una verdad tan maciza que ellas solas han sido argumento sufi­ciente para convertir a pecadores en mártires y santos.

 

Una palabra del Santo Padre:

«¿Cuál es el camino para vivir esta doble centralidad? Contemplemos la experiencia de san Pablo, que es también la experiencia de san Ignacio. El Apóstol, en la segunda lectura que hemos escuchado, escribe: me esfuerzo por correr hacia la perfección de Cristo porque también «yo he sido alcanzado por Cristo» (Flp 3, 12). Para Pablo sucedió en el camino de Damasco; para Ignacio en su casa de Loyola; pero el punto fundamental es común: dejarse conquistar por Cristo. Yo busco a Jesús, yo sirvo a Jesús porque Él me ha buscado antes, porque he sido conquistado por Él: y éste es el núcleo de nuestra experiencia. Pero Él es el primero, siempre. En español existe una palabra que es muy gráfica, que lo explica bien: Él nos «primerea». Es el primero siempre. Cuando nosotros llegamos, Él ha llegado y nos espera. Y aquí querría recordar la meditación sobre el Reino, en la segunda semana. Cristo nuestro Señor, Rey eterno, llama a cada uno de nosotros diciéndonos: «quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria» (EE, 95): ser conquistado por Cristo para ofrecer a este Rey toda nuestra persona y toda nuestra fatiga (cf. EE, 96); decir al Señor querer hacer todo para su mayor servicio y alabanza, imitarle en soportar también injurias, desprecio, pobreza (cf. EE, 98). Pero pienso en nuestro hermano en Siria en este momento. Dejarse conquistar por Cristo significa tender siempre hacia aquello que tenemos de frente, hacia la meta de Cristo (cf. Flp 3, 14) y preguntarse con verdad y sinceridad: ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo? (cf. EE, 53).

Y llego al último punto. En el Evangelio Jesús nos dice: «Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa la salvará... Si uno se avergüenza de mí...» (Lc 9, 23-26). Y así sucesivamente. La vergüenza del jesuita. La invitación que hace Jesús es la de no avergonzarse nunca de Él, sino seguirle siempre con entrega total, fiándose y confiándose a Él. Pero contemplando a Jesús, como nos enseña san Ignacio en la Primera Semana, sobre todo contemplando al Cristo crucificado, sentimos ese sentimiento tan humano y tan noble que es la vergüenza de no estar a la altura; contemplamos la sabiduría de Cristo y nuestra ignorancia, su omnipotencia y nuestra debilidad, su justicia y nuestra iniquidad, su bondad y nuestra maldad (cf. EE, 59). Pedir la gracia de la vergüenza; vergüenza que me llega del continuo coloquio de misericordia con Él; vergüenza que nos hace sonrojar ante Jesucristo; vergüenza que nos pone en sintonía con el corazón de Cristo que se hizo pecado por mí; vergüenza que pone en armonía nuestro corazón en las lágrimas y nos acompaña en el seguimiento cotidiano de «mi Señor». Y esto nos lleva siempre, individualmente y como Compañía, a la humildad, a vivir esta gran virtud. Humildad que nos hace conscientes cada día de que no somos nosotros quienes construimos el Reino de Dios, sino que es siempre la gracia del Señor que actúa en nosotros; humildad que nos impulsa a ponernos por entero no a nuestro servicio o al de nuestras ideas, sino al servicio de Cristo y de la Iglesia, como vasijas de barro, frágiles, inadecuados, insuficientes, pero en los cuales hay un tesoro inmenso que llevamos y comunicamos (2 Co 4, 7). Siempre me ha gustado pensar en el ocaso del jesuita, cuando un jesuita acaba su vida, cuando declina. Y recuerdo siempre dos imágenes de este ocaso del jesuita: una clásica, la de san Francisco Javier, mirando China. El arte ha pintado muchas veces este ocaso, este final de Javier. También la literatura, en ese bello fragmento de Pemán. Al final, sin nada, pero ante el Señor; esto me hace bien: pensar en esto. El otro ocaso, la otra imagen que me viene como ejemplo, es la del padre Arrupe en el último coloquio en el campo de refugiados, cuando nos había dicho —lo que él mismo decía— «esto lo digo como si fuera mi canto del cisne: orad». La oración, la unión con Jesús. Y, después de haber dicho esto, tomó el avión, llegó a Roma con el ictus, que dio inicio a aquel ocaso tan largo y tan ejemplar. Dos ocasos, dos imágenes que a todos nosotros hará bien contemplar, y volver a estas dos. Y pedir la gracia de que nuestro ocaso sea como el de ellos».

Papa Francisco. Homilía el 31 de julio de 2013, en la Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús, Roma.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¿Mis pensamientos son los de Dios? ¿Entiendo lo que significa y distingo entre lo que son: “pensamientos de Dios” y “pensamientos del mundo”? 

 

2. Aprendamos de María a ver las cosas «desde los ojos de Dios» y a darnos de manera generosa a los demás. Leamos con atención el pasaje de Lucas 1, 26-58.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965- 1974. 2055



[1] El sacerdote Fasur o Pasjur, hijo de Imer y Superintendente del Templo, mandó dar 40 azotes a Jeremías - que la ley permitía (Deut 25,2) - y le echó en el cepo, sujetándolo por el cuello, los brazos y pies mediante grillos. La pena era muy dura, ya que el prisionero no tenía posibilidad de moverse (ver Jer 20,1-6). El profeta azotado es considerada figura de nuestro Redentor.

[2] Recordemos que «la persecución» en nombre de Dios es una de las ocho bienaventuranzas de Jesús: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros» (Mt 5,10-12).

[3] Satanás: significa adversario, uno que se opone a otro ya sea en propósito o en acto. Satanás era el nombre dado al príncipe de los demonios, adversario inveterado de Dios y de sus planes. Se aplica también a todo hombre que se asemeja a Satanás, todo hombre que en propósito o en acto se opone a los planes de Dios.

[4] La palabra griega para «obstáculo» es «skandalon» que quiere decir  palo o gatillo movible de una trampa. Cualquier impedimento situado en el camino, y que (para el caminante) es causa de tropiezo, obstáculo  y caída (“piedra de tropiezo, piedra de escándalo”). También, como en este caso, se dice de toda persona o cosa por la que uno es atrapado o llevado al error o al pecado.

 

Santa Rosa de Lima - 30 de agosto 2020 [Perú]

«El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza» 

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 17- 24 

«Haz, hijo, tus obras con dulzura, así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado. No busques lo que te sobrepasa, ni lo que excede tus fuerzas trates de escrutar. Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es menester lo que está oculto.

En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos descaminaron sus prejuicios, una falsa ilusión extravió sus pensamientos».

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 3, 8-14

«Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la  justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos.

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que  está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 31-35

«Otra parábola les propuso: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas”. Les dijo otra parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres  medidas de harina, hasta que fermentó todo”. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo».

 

Pautas para la reflexión personal  

El nexo entre las lecturas

¿Qué es la santidad? Las bellas lecturas de esta Solemnidad nos hablan claramente cuál es el camino que debemos de recorrer para alcanzar la santidad. «Hacer tus obras con dulzura» nos dice el libro del Eclesiástico, pero con humildad ya que «cuánto más grande seas, más debes de humillarte». Para San Pablo el camino a la santidad es una carrera donde todas las cosas las tiene «por basura para ganar a Cristo». Tal es su ardor y amor por alcanzar la meta prometida. Finalmente vemos cómo el Señor Jesús, mediante dos parábolas, nos enseña la senda a recorrer: la humildad. Seremos «grandes» en la medida que seamos conscientes de nuestra «pequeñez». Y así el Señor hará maravillas. Santa Rosa de Lima encarnó plenamente este ideal de sencillez floreciendo, así como el primer fruto de santidad en estas tierras americanas.           

 

«Cuanto más grande seas, más debes humillarte»

Las palabras del libro del Eclesiástico adquieren una vigencia extraordinaria ante el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: «Yo estoy entre vosotros como un sirviente» (Lc 22, 27). Y lavó los pies de todos sus apóstoles, incluyendo a Judas Iscariote, para que lo imitáramos (ver Jn 13,14); y se negó a sí mismo,  para gloria de Dios Padre(ver Flp 2,3ss). ¿Quién encarnará de manera particular este camino de dulzura, de humildad y de plena colaboración gracia? Sin duda nuestra Madre María. Ella se ve a sí misma como «la sierva del Señor» y proclama, ante su prima Isabel, su humildad precisamente cuando es elevada a una grandeza por la cual todas las generaciones la llamarán «bienaventurada» (ver Lc 1, 46- 55).     

El libro del Eclesiástico si bien forma parte de la Biblia griega – llamada de los Setenta – no figura en el canon judío. Sin embargo, fue compuesta en hebreo. San Jerónimo la conoció en su lengua original y los rabinos la citaban. Cerca de dos tercios de este texto hebreo fueron encontrados en 1896 en los restos de varios manuscritos de la Edad Media procedentes de una antigua sinagoga en el Cairo. Pequeños fragmentos han aparecido en una de las cuevas de Qumrán[1] y en 1964 se ha descubierto en Masada[2] un largo texto que contiene los capítulos 38, 27 al 44, 17 en escritura del siglo I A.C.

Su título latino «Eclesiaticus» es una denominación reciente que sin duda subraya el uso oficial que hacía la Iglesia en sus primeros siglos, en contraposición con la Sinagoga. En el último versículo vemos que el libro se llamaba «Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá» (Eclo 51,30). También leemos en otro acápite: «Instrucción de inteligencia y ciencia ha grabado en este libro Jesús, hijo de Sirá, Eleazar de Jerusalén que vertió de su corazón sabiduría a raudales» (Eclo 50, 27). El nieto del autor explica, en el prólogo, que tradujo el libro cuando vino a residir en Egipto el año 38 del rey Evergetes (ver Eclo 1, 1-34). No puede tratarse más que Ptolomeo VII Evergetes, y la fecha corresponde al año 132 A.C. Su abuelo, Ben Sirá, escribió alrededor del año 190- 180 A.C.    

 

«Todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo»

¿Qué lleva a una persona afirmar que: «todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo»? San Pablo abre su corazón y nos comparte cuál ha sido su experiencia personal al encontrarse con el Señor Jesús. Nos dice «lo que para mí era ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo» (Flp 3, 7). Todo es ahora sopesado desde el encuentro con el «Señor de la Vida». Nada de lo que vemos en este mundo podrá saciar nuestro corazón. El joven rico del Evangelio tenía también ese profundo «hambre de Dios» pero no pudo ser fiel a lo que ardía dentro de él. Entonces vemos como se aleja triste «porque tenía muchos bienes» que cerraron su corazón a la gracia de Dios (ver Mc 10,22). ¿Cómo entiende San Pablo la vida cristiana? San Pablo usará la metáfora de una carrera la cual no debe entenderse como una carrera de 100 metros, sino como una maratón que dura toda la vida hasta llegar a la meta: la vida eterna. Como dice San Agustín: «Si tú dices basta, estás muerto». Por otro lado nos recomienda no mirar lo que uno ha dejado ya que corramos dejando atrás esas pesadas piedras (recuerdos negativos, añoranzas, pecados habituales, etc.) que no nos llevan a ningún lugar sino simplemente nos atrasan en nuestro camino al cielo.   

 

El Reino de los Cielos

Las parábolas que leemos en la lectura del Evangelio de San Mateo nos introducen al tema de: «El Reino de los Cielos es semejante a...». Inmediatamente la pregunta que nos hacemos es: ¿Qué es el Reino de los Cielos? ¿Qué quiere decir Jesús con esta expresión que es usada tan a menudo por Él? En realidad, vemos como Jesús busca a través de las parábolas transmitir una idea más clara de lo que es el «Reino de los Cielos». Sin duda es la podemos afirmar que es la mejor expresión para llamar de alguna manera adecuada y verdadera la novedad que entró en el mundo con su venida. En la Persona de Jesús Dios mismo entró en la historia humana. El Dios que «habita una luz inaccesible y a quien no ha visto ningún ser humano ni lo  puede ver» (1Tm 6,16), aquél cuyo nombre es tan trascendente que ni siquiera se podía pronunciar, ahora es parte de nuestra historia humana; todo hombre y toda mujer tienen parentesco con Él, pues todos comparten con Él la naturaleza humana. Esto es lo que San Juan nos dice de manera tan contundente: «La Palabra era Dios... La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,1.14). Ya no es un Dios lejano e inaccesible; ahora habita entre nosotros, se ha hecho uno de nosotros. El misterio admirable de que el Eterno haya entrado en el tiempo y el Inmenso se haya hecho un niño pequeño no se puede encerrar en fórmulas exactas; sólo se puede sugerir. Con este fin recurrió Jesús al concepto de «Reino de los Cielos».

Por medio de la parábola del grano de mostaza Jesús quiere predecir el asombroso crecimiento que tendría en el mundo lo que comenzó tan modestamente con sus primeros discípulos: «El grano de mostaza es ciertamente más pequeña que cualquier otra semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace árbol». Por medio de la parábola de la levadura en la masa Jesús impone a sus discípulos la tarea de difundir en el mundo y hacer penetrar en todos los ambientes lo enseñado por él: «El Reino de los cielos es como la levadura que fermenta todo». A esto se refiere la expresión «evangelización de la cultura»; se trata de que los valores evangélicos resplandezcan en todas las manifestaciones de la vida humana. Los santos serán esa levadura en medio de la masa. El gran escritor francés Georges Bernanos, a quien siempre le fascinó la idea de los santos, decía que «cada vida de santo es como un nuevo florecimiento de primavera». Sin duda Santa Rosa destacó como fruto maduro de santidad en ese bello jardín primaveral.

 

Una palabra del Santo Padre:

«La gloriosísima santa Rosa de Lima, que creció como lirio entre las espinas (Ct 2,2), se hizo amiga del Señor desde la infancia, a tal punto que ya desde pequeña le consagró su virginidad y empezó a cultivar las virtudes. Desde entonces, inflamada por el ejemplo de intercesión de la beatísima Virgen María y de santa Catalina de Siena, ofreció completamente su vida a Dios, vistiendo el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden regular de los Predicadores, entregada a la penitencia y a la oración y ardiendo de pasión amorosa por ganar para la vida eterna en Cristo a todos, pecadores e indígenas.

Pero, también, inflamada por el amor a toda la creación, como hija espiritual de santo Domingo, invitaba frecuentemente a animales, flores, hierbas y a todo ser viviente a alabar al Creador. No por casualidad, pues, ella fue declarada por nuestro Predecesor Clemente X Patrona celestial de ambas Américas, de Filipinas y de las Indias occidentales.

Cuando, efectivamente, el próximo mes de agosto recordaremos el cuadringentésimo aniversario de aquel día gratísimo en el que esta Santa llegó dichosa a las nupcias celestes con el divino Esposo, nuestro hermano venerable, su eminencia reverendísima Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne, arzobispo metropolitano de Lima, nos hizo saber del Año Jubilar, en el que el tránsito de la Santa a la vida más feliz es celebrado por los fieles cristianos juntamente con los Pastores de Perú y de América, pidiendo al mismo tiempo que algún Legado nuestro fuese con nuestro saludo y bendición el que asistiera a la clausura de este acontecimiento dichoso. Emocionados, sin duda, por la petición del mismo venerable Pastor, pero también estimando mucho la fe y devoción del pueblo de Perú a santa Rosa y a otros muchos santos y beatos, que anunciaban el Evangelio en esa región durante cinco siglos y recogían copiosos frutos espirituales, decretamos enviar allí a un padre cardenal, que el día treinta del próximo mes clausurará con una solemne celebración el Año Jubilar de la Arquidiócesis de Lima».

 Carta del Papa Francisco.  27 del mes de julio, del año 2017.


Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana 

1. Nos dice Santa Rosa: «Esta es la única verdadera escala del Paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo»[3]. ¿Acepto mi Cruz diaria como verdadero camino para ir al Cielo?

2.  Nos decía el entonces Cardenal Joseph Ratzinger el año 1986 en su visita al Santuario de Santa Rosa de Lima: «De cierta forma esta mujer es la personificación de la Iglesia en América Latina: inmersa en el sufrimiento, desprovista de medios materiales y de un poder significativo; pero envuelta por el íntimo ardor causado por la proximidad de Jesucristo». ¿Realmente yo ardo en mi encuentro con Jesucristo?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 618. 2012- 2016. 2449.   



[1] Qumrán: nombre de una santiguas ruinas ubicadas al noroeste del mar Muerto. En esta región se han descubierto desde 1947 once cuevas con importantes depósitos de documentación bíblica. Las excavaciones (1951-1956)  indican que los grupos de edificios encontrados constituían la sede de la comunidad monástica que produjo los rollos del mar Muerto. En la época de Cristo, Qumrán era el centro de una gran comunidad religiosa, probablemente de la secta esenia. Los esenios se escindieron de la religión judía en el siglo II A.C., y, perseguidos por los Macabeos, huyeron al desierto, que les pareció muy adecuado para su vida ascética. El enclave de Qumrán fue probablemente ocupado hacia el 135 a.C. Abandonado tras un terremoto en el 31 a.C., fue finalmente destruido por los romanos en el 68 D.C.  

[2] Masada (del hebreo, Metsada; ‘fortaleza’), antigua fortificación en la cumbre de una montaña en el desierto, a unos 48 km al sureste de Jerusalén, escenario de la última resistencia llevada a cabo por los zelotes judíos en su revuelta contra el dominio del Imperio romano (66-73 D.C.). En el siglo I a.C. el rey judío Herodes el Grande construyó dos palacios fortificados. Tras la muerte de Herodes, Masada fue ocupada por una guarnición romana hasta que los zelotes la capturaron en el 66 D.C. Cuando Jerusalén fue tomada por los romanos en el 70, los últimos rebeldes que quedaban (unas mil personas, entre las que se contaban incluso mujeres y niños) se retiraron a la remota cumbre de la montaña. Bajo el mando de su líder, Eleazar ben Jair, resistieron un sitio de más de dos años por parte de la X Legión Romana, suicidándose antes de rendirse en el 73.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 618. 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Domingo de la Semana 21 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 23 de agosto de 2020

«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»


Lectura del libro del profeta Isaías 22, 19-23

«Te empujaré de tu peana y de tu pedestal te apearé. Aquel día llamaré a mi siervo Elyaquim, hijo de Jilquías.  Le revestiré de tu túnica, con tu fajín le sujetaré, tu autoridad pondré en su mano, y será él un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.  Le hincaré como clavija en lugar seguro, y será trono de gloria para la casa de su padre».

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 11, 33-35

«¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O  ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-20

«Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" Ellos dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas". Díceles él: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?" Simón Pedro contestó: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Replicando Jesús le dijo: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.»

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La impresionante confesión de Pedro en el Evangelio concentra nuestra atención en este Domingo. Pedro menciona dos verdades fundamentales acerca del Señor Jesús: su mesianidad y su divinidad. Es decir, Él es el Mesías esperado ungido con el Espíritu Santo para realizar la misión salvadora. Él es quien viene a instaurar definitivamente el Reino de Dios. El esperado por las naciones. Jesucristo, por otro lado,  es reconocido como el Hijo de Dios vivo: en este caso, la palabra: Hijo de Dios no tiene un sentido impropio en el que se subraya una filiación adoptiva[1], sino un sentido real. Pedro reconoce el carácter trascendente de la filiación divina y por eso Jesús afirma solemnemente: «esto no te lo ha revelado la carne, ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo».

No se equivoca Pablo al exponer, después de una larga meditación sobre el misterio de la reconciliación, que los planes divinos son inefables: «qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios» (Segunda Lectura). Así, después de su confesión, Pedro recibe el primado: será la piedra fundamental de la Iglesia y poseerá las llaves de los cielos ejerciendo así la función de «maestro del palacio» como leemos que fue otorgada al buen siervo Elyaquim (Primera Lectura). 

 

«¿Quién dicen los hombres que soy yo?»

Si leemos con atención los Evan­gelios observaremos que tanto en su enseñanza como en su estilo de vida Jesús aparecía como uno de los grandes profetas de Israel. La mujer samari­tana le dice: «Veo que eres un profe­ta» (Jn 4,19); cuando le pregun­tan al ciego de nacimiento qué dice de Jesús, respon­de: «Que es un profeta» (Jn 9,17); los discípulos de Emaús no podían creer que el desconocido que se les une en el camino no haya oído hablar de «Jesús de Nazaret, que fue un profeta podero­so» (Lc 24,19); y, en fin, el mismo Jesús toma con decisión el camino de Jerusalén, según dice, «porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Por eso cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», ellos responden: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Es cierto. Jesús es visto como «un profeta pode­roso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pue­blo», como lo definen los discípulos de Emaús. Pero es mucho más que eso. Hoy día los que no tienen fe en Cristo dan una respuesta similar: «fue un gran hombre, un maestro espiritual, un hombre como ninguno, su doc­trina es muy elevada, etc.» Pero los que se quedan sólo en esto, no saben lo que dicen, porque aún no lo conocen.

 

«Y ahora ustedes… ¿quién dicen que yo soy?»

Jesús quiere ahora saber qué dicen de Él sus discípu­los, aquellos que lo habían dejado todo y lo habían seguido. Y mientras los otros pensaban la respuesta, se adelanta Pedro y exclama: «Tú eres el Cristo[2], el Hijo de Dios vivo». Si todo el Evangelio no es más que la revelación de la identidad de Cristo, el Verbo de Dios Encarnado, entonces esta frase de Pedro puede ser considerada el centro del Evangelio. Es interesante recordar que los apóstoles ya lo habían reconocido como «Hijo de Dios  vivo» después de haber caminado sobre las aguas (ver Mt 14, 33); sin embargo es Pedro quien declara explícitamente su mesianidad y su divinidad siendo el portavoz de los Doce.  Jesús aprue­ba la declaración de Pedro y lo llama «bienaventurado» porque no pudo concluir eso por deducción humana, sino por inspiración divina: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre (es decir, el hombre), sino mi Padre que está en los cielos». De paso, Jesús enseña que el conocimiento verdadero sobre Él no se logra por un esfuer­zo de la inteligencia humana, sino que es un puro don gratuito de Dios. Al hombre toca solamente no poner obstáculos y colaborar activamente con el don recibido. Por eso no tiene sentido que una persona sin fe reproche a otra que cree por sus opciones de vida. Sería como si un ciego reprochara a un pintor por los colores que usa.

 

«Tú eres Piedra»

Jesús responde a Pedro con frase de idéntica estructura: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Es necesario observar que antes de esta frase de Cristo, el nombre «Pedro», que hoy es tan popular, no existía, ni tampoco su equivalente arameo «Kefa». El príncipe de los apóstoles no se llamaba así; su nombre era Simón, hijo de Jonás. Si el Evangelio lo llama «Pedro» y si así lo llamamos nosotros hoy es exclusivamente porque éste fue el nombre que le dio Jesús en la frase que hemos citado. No se puede negar que Jesús intentó hacer un juego de palabras con el nuevo nombre dado a Simón y la tarea que le era reservada. En el ambiente semítico el nombre representa lo que la persona es. El cambio de nombre, sobre todo, cuando el que lo hace es Dios mismo, indica una misión específica. En este caso, Jesús cambia el nombre de Simón y lo llama «Pedro» para confiarle la misión de piedra basal (base de una columna) sobre la que iba a edificar «su Igle­sia». Podemos concluir claramente que una comunidad cristiana que no reconozca a Pedro como su fundamento no puede llamarse la «Iglesia de Cristo».

Jesús continúa: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». A nadie dijo Jesús palabras semejan­tes. Si lo que haga Pedro en la tierra queda hecho en el cielo, eso quiere decir que Pedro no puede errar cuando define una verdad relativa al Reino de los cielos, pues en el cielo no puede quedar sancionado un error. Por tanto, esta sentencia de Cristo promete a Pedro el don de la «infalibilidad» en materia de fe y moral.

 

«La llave de la casa de David» 

El profeta Isaías es enviado por Dios para comunicarle a Sebná, un alto funcionario del rey Ezequías, que era partidario de la alianza con Egipto contrariando la política propuesta por Isaías de confiar ciegamente en Yahveh, su trágico destino (ver Is 22, 15-18). En sustitución será elegido Elyaquim, a quien Dios llama «mi siervo» en razón de su fidelidad. Dios  le revestirá con las insignias propias de su cargo y por su conducta merecerá el título de «padre» para con los habitantes de Jerusalén y de Judá.  Dios  le dará la «llave de la casa de David», símbolo de su poder como mayordomo de palacio, primer ministro o visir. Su poder será extremamente amplio y nadie se lo quitará. Parece ser que el encargado de tal oficio debía llevar ritualmente una gran llave de madera sobre su hombro (v 22). Yahveh lo fijará como un clavo o estaca de tienda y será el sostén de su familia. Todos sus parientes, aún los más lejanos querrán apoyarse en él para obtener favores reales: «De él colgará toda la gloria de la casa de su padre, los hijos y los nietos, todos los vasos pequeños, desde la copa hasta toda clase de jarros» (Is 22,24). Sin embargo, paradójicamente, leemos en el versículo 25, el anuncio de la caída del buen Elyaquim y de su familia a causa de su excesivo nepotismo. No hay nada nuevo bajo el sol…

 

Hasta el fin de los tiempos…

Volviendo a la lectura del Evangelio vemos como Jesús quiso fundar una Iglesia que perdurara hasta el fin de los tiempos. Por eso afirma aquí que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. Y cuando asciende al cielo, promete: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Debe perdurar también la piedra de la Iglesia; debe perdurar también Pedro. Esta misma misión, con la misma garantía divina de la infa­libilidad, perdura en los Sucesores de Pedro, es decir, en el Romano Pontífice. Si no tuviéramos fe, de todas maneras, un estudio histórico de esta institución que, a pesar de todos los emba­tes, ha durado ya veinte siglos, debería hacernos pensar. Más que nunca resplandece esta verdad hoy en la perso­na y en la misión del Papa Francisco.  

Tal vez nadie mejor que el gran artista Miguel Ángel ha inter­pretado esa promesa de Cristo. Lo hizo como genio de la arquitectura construyendo la magnífica cúpula de la basílica de San Pedro. En su ruedo interior tiene escritas las palabras que Jesús dijo a Pedro. Y en su imponente presencia exte­rior desafía los ataques de «las puertas del infierno». Es como la casa edifi­cada sobre roca que resiste todos los embates de las fuerzas hostiles. Hace algunos años en un sello postal de la Ciudad del Vaticano fue captada esta idea de manera magistral; aparecía la cúpula majestuosa, que en los peores embates, imperturbable, parecía decir: «Alios vidi ventos, aliasque tor­men­tas» (He visto otros vendavales y otras tor­mentas).

 

Una palabra del Santo Padre:

El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) es el célebre pasaje, centrado en el relato de Mateo, en el cual Simón, en nombre de los Doce, profesa su fe en Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; y Jesús llamó «bienaventurado» a Simón por su fe, reconociendo en ella un don especial del Padre, y le dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Detengámonos un momento precisamente en este punto, en el hecho de que Jesús asigna a Simón este nuevo nombre: «Pedro», que en la lengua de Jesús suena «Kefa», una palabra que significa «roca». En la Biblia este término, «roca», se refiere a Dios. Jesús lo asigna a Simón no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y firme, que le es dada de lo alto.

Jesús siente en su corazón una gran alegría, porque reconoce en Simón la mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios Padre dio a Simón una fe «fiable», sobre la cual Él, Jesús, podrá construir su Iglesia, es decir, su comunidad, con todos nosotros. Jesús tiene el propósito de dar vida a «su» Iglesia, un pueblo fundado ya no en la descendencia, sino en la fe, lo que quiere decir en la relación con Él mismo, una relación de amor y de confianza. Nuestra relación con Jesús construye la Iglesia. Y, por lo tanto, para iniciar su Iglesia Jesús necesita encontrar en los discípulos una fe sólida, una fe «fiable». Es esto lo que Él debe verificar en este punto del camino. El Señor tiene en la mente la imagen de construir, la imagen de la comunidad como un edificio. He aquí por qué, cuando escucha la profesión de fe franca de Simón, lo llama «roca», y manifiesta la intención de construir su Iglesia sobre esta fe.

Hermanos y hermanas, esto que sucedió de modo único en san Pedro, sucede también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Evangelio de hoy interpela también a cada uno de nosotros. ¿Cómo va tu fe? Que cada uno responda en su corazón. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo encuentra el Señor nuestro corazón? ¿Un corazón firme como la piedra o un corazón arenoso, es decir, dudoso, desconfiado, incrédulo? Nos hará bien hoy pensar en esto. Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe no digo perfecta, pero sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros las piedras vivas con la cuales construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra fundamental es Cristo, piedra angular y única. Por su parte, Pedro es piedra, en cuanto fundamento visible de la unidad de la Iglesia; pero cada bautizado está llamado a ofrecer a Jesús la propia fe, pobre pero sincera, para que Él pueda seguir construyendo su Iglesia, hoy, en todas las partes del mundo.».

 

Papa Francisco. Ángelus 24 de agosto de 2014. 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. La liturgia de hoy nos invita a incrementar nuestro amor y adhesión al Papa, como sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Veamos en él al Buen Pastor, veamos en él a la roca sobre la que se edifica la Iglesia, veamos en él a quien posee las llaves del Reino de los cielos. Acompañémosle con nuestra sincera  oración.  

2. «Porque de él, por Él y para Él son todas las cosas», nos dice San Pablo en su carta a los Romanos. ¿Qué lugar ocupa el Señor Jesús en mi vida y en la de mi familia? ¿Dios es importante en mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436- 445.



[1] Es el caso de nosotros que hemos sido adoptados por Dios Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo a través de nuestro bautismo. Propiamente somos criaturas muy amadas y queridas por Dios (hechos a Imagen y Semejanza del Creador) pero no hijos de Dios sino hasta el bautismo. Justamente esa es la altísima dignidad que nos ha donado (regalado, dado) el Padre en el Hijo. 

[2] Jesús es reconocido como el Mesías esperado. La palabra Cristo proviene de la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías» que quiere decir «Ungido». En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión recibida de Dios. Éste era el caso de los reyes (ver 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (ver Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (ver. 1 R 19, 16). Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (ver Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (ver Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (ver Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (ver Is 61, 1; Lc 4, 16_21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. (ver Catecismo de la Iglesia Católica 436). 

viernes, 14 de agosto de 2020

Domingo de la Semana 20 del Tiempo Común. Ciclo A – 16 de agosto de 2020

«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas»

 Lectura del libro del profeta Isaías 56, 1. 6-7

«Así dice Yahveh: Velad por la equidad y practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y mi justicia  para manifestarse. En cuanto a los extranjeros adheridos a Yahveh para su ministerio, para amar el nombre de Yahveh, y para ser sus  siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarle y a los que se mantienen firmes en mi alianza, yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi Casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos sobre mi altar. Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos».

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,13-15. 29-32

«Os digo, pues, a vosotros, los gentiles: Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos. Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos? Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, más al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28 

«Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada”. Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: “Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros”. Respondió él: “No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme! El respondió: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. “Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”. Y desde aquel momento quedó curada su hija».

 

Pautas para la reflexión personal   

El vínculo entre las lecturas

El pasaje de este Domingo es realmente Impresionante ya que Jesús, el Maestro Bueno, responde de manera dura y fuerte - políticamente incorrecta diríamos hoy - a una mujer cananea que le suplica por su hija endemoniada. Pero la gran lección – y vínculo - de las lecturas dominicales es la universalidad del mensaje reconciliador de Dios.

La Primera Lectura expone la situación de los judíos deportados que después de haber convivido con pueblos paganos en el destierro babilónico – desde el 587 al 538 A.C. – vuelven a la Tierra Prometida y se encuentran que ya está habitada. En el exilio una de las más grandes exigencias fue la fidelidad a Dios y a su Alianza. Permaneciendo unidos alrededor de los profetas, sacerdotes y escribas; pero sin culto, sacrificio ni Templo; anhelaban siempre el retorno a Jerusalén. Pero ahora ven que tienen que convivir con los «pueblos extranjeros». Esto les obligará a pensar y a tomar una nueva actitud. También vamos a ver la misma temática en la Carta a Los Romanos (Segunda Lectura) donde San Pablo, «Apóstol de los gentiles», no hará distinción entre judíos y gentiles. Finalmente en el Evangelio de San Mateo; Jesucristo realizará el milagro a la mujer cananea – considerada pagana[1]- dejando sentado que si bien su misión es salvar a «las ovejas perdidas de Israel»; dejará en claro que su mensaje es universal. Esto lo irá revelando poco a poco a sus Apóstoles hasta claramente hacerlo explícito durante su Ascensión a los Cielos (ver Mt 28, 19-20).

 

La salvación para todos los pueblos  

Esta parte final del libro de Isaías, considerada del «trito-Isaías», es decir del tercer Isaías; es anterior al fin del Destierro y coetánea a la reconstrucción del Templo hacia el año 520 A.C. En la lectura del capítulo 56 leemos una afirmación sorprendente: «porque mi casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7). 

Jesús mismo citará este versículo en circunstancias graves de su vida (ver Mt 21,13) y anunciará dos novedades: la primera es que la oración se impone sobre el sacrificio aun en el Templo - estamos hablando del contexto sacrificial del Antiguo Testamento -; y por otro lado se invita a todos los pueblos a la «Casa de oración». En otros pasajes vemos como Jesús dirá que su sangre (Jn 11, 51-52) ha derribado el muro que separaba a los judíos de los paganos (Ef 2,14), de modo que todos puede hacerse hijos de Abraham (Rm 4, 16). Esto lo vemos ejemplificado en el bautismo del centurión romano Cornelio de manos de San Pedro en la ciudad de Joppe (Hch 10). Podemos entonces afirmar que la «caída» de Israel - es decir el no haber aceptado y reconocido a Jesús como el Mesías - se constituye el medio por el cual se hará factible[2] que el mensaje salvador de Jesucristo llegue a todos los hombres (ver Rm 11, 11- 16). Por otro lado, San Pablo nos señala que para los cristianos tampoco debe de existir la distinción entre judío y gentil; entre libre y esclavo, sino todos somos uno en la fe la cual obra por amor (Gal 5,6).   

 

La región de Tiro y Sidón

El Evangelio nos narra un hecho que ocurre fuera de los confines de Israel. Es necesario tener en cuenta esta circuns­tancia para comprender lo ocurrido. En efecto, co­mienza informando: «Jesús se dirigió a las regiones de Tiro[3] y Sidón[4]. Estas ciuda­des están ubicadas en la costa del mar Mediterrá­neo, al norte de Israel (Líbano en la actualidad). Es la única vez que vemos a Jesús salir del terri­torio de Is­rael (aparte de la huida a Egipto con sus padres, cuando era niño peque­ño, para escapar de las manos de Hero­des el Grande). Jesús es el Salvador del género humano; pero debía realizar esta misión siendo el Mesías prometido a Israel.


Una mujer cananea

«Entonces una mujer cananea de esas partes, se puso a gritar: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija es cruelmente atormentada por un demonio». El gentilicio «cana­nea», que se atribuye a la mujer es único en el Evangelio. En efecto, éste es un nombre arcaico que designa al principal de los pueblos que habitaban la Palestina y que Israel tuvo que exterminar para no contaminarse con sus cultos idolátricos. Más pagana no podía ser la mujer. En el Evangelio de San Marcos, escrito para un público menos sensible a la historia de Israel, la mujer es des­crita como «de origen siro-fenicia» (Mc 7,24). En todo caso, no es del pueblo de Israel.

Su grito expresa total confianza; en griego, que es la lengua original del Evan­gelio, ese grito reprodu­ce la misma súplica que nosotros dirigimos a Dios en el acto peni­tencial de la Misa: «Kyrie eleison» - «Señor ten piedad». Pero ella agrega: «Hijo de David». Y este modo de referir­se a Jesús es un claro reconocimiento de que él es el Cristo, el Mesías esperado por Israel. Es el mismo grito que le dirigen los dos ciegos: «Hijo de David, ten piedad de nosotros» (Mt 9,27; 20,30). Es la aclamación de la multitud y de los niños cuando Jesús entró en Jerusa­lén: «Hosanna al hijo de David» (Mt 21,9.15). El mismo Jesús en cierta ocasión pregunta a los fari­seos: «¿Qué pensáis del Cristo, de quién es hijo?. Le res­pondieron: De David» (Mt 22,42). Es claro que, llamándole así, la mujer cananea hace una profesión de su fe en la identidad de Jesús

 

La indiferencia de Jesús

¿Cómo se explica la actitud de indife­rencia que mantiene Jesús? «El no le respondió palabra». Fue necesa­rio que intercedieran los apóstoles. Y lo hacen, no por interés en la mujer, sino para sacársela de encima: «Escúchala, que viene detrás gritando».

Entonces Jesús mismo explica el motivo de su silencio: «Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdi­das de la casa de Israel». Esto explica por qué Jesús se restringió a Israel y por qué allí des­plegó su obra y todos sus milagros, salvo el que se relata aquí, obviamente. Pero a sus discípu­los los formó para una misión universal, a la cual los envió antes de ascen­der al cielo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). El motivo que Jesús da a sus discípulos para evitar hablar con la mujer cananea, le debió parecer a ella un argumento "teológico" incomprensible; y por eso insiste: «¡Señor, socórreme!». Entonces Jesús se dirige a ella y le da una razón más a su alcance: «No está bien tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perritos».

En el contexto cultural de la época – que no siempre es fácil de entender - los judíos se refe­rían a los paganos llamándoles «perros». Jesús se acomoda a este uso, pero lo hace de modo más afectuoso y dice el diminutivo «perritos», en atención a que la mujer había expresado admi­ración y absoluta confianza en Él. La mujer reac­ciona con prontitud y su respuesta cautiva a Jesús, que ya no se puede negar a conceder­le todo lo que pide: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Ella no discute que, siendo pagana, merece el apelativo «perritos» y que los judíos son «señores», pues de ellos viene el Mesías, el «hijo de Da­vid»; pero esto no impide que la acción del Mesías alcance a todos, incluso a los perritos, aunque sea en forma de miga­jas.

Jesús quedó admirado. Pocas veces expresa semejante admiración. Dice a la mujer: «¡Mujer, grande es tu fe! Que te ocurra como deseas». El Evangelio agrega el desen­lace: «Desde aquella hora su hija quedó curada». La mujer obtuvo lo que deseaba porque demostró una fe imbatible en el poder de Jesús. Es la condición necesaria para obtener cualquier gracia de Dios. Aquí vemos en acción la declara­ción de Cris­to: «Si tenéis fe como un grano de mosta­za, diréis a este monte: 'Desplázate de aquí allá', y se desplazará, y nada os será imposible» (Mt 17,20). La mujer cananea tenía fe más grande que un grano de mostaza. Ella mereció que Jesús excla­mara: «¡Grande es tu fe!». Pero ella tiene otra lección que darnos. Ella no sólo demuestra fe, sino también una inmensa humildad y una confianza absoluta en la bondad de Jesús. Aunque Él le demostraba indiferencia y severidad, ella seguía insistiendo segura de que no sería rechazada. Podemos decir que ella – en ese momento - demos­traba conocer el Corazón de Jesús más que sus mismos discípu­los.

 

Una palabra del Santo Padre:

« El Evangelio de hoy (Mateo 15, 21-28) nos presenta un singular ejemplo de fe en el encuentro de Jesús con una mujer cananea, una extranjera respecto a los judíos. La escena se desarrolla mientras Él está en camino hacia la ciudad de Tiro y Sidón, en el noroeste de Galilea: es aquí donde la mujer implora a Jesús que cure a su hija la cual —dice el Evangelio— «está malamente endemoniada» (v. 22).

El Señor, en un primer momento, parece no escuchar este grito de dolor, hasta el punto de suscitar la intervención de los discípulos que interceden por ella. El aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes. ¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor por la propia hija la induce «a gritar: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!”» (v. 22). Y la fe perseverante en Jesús le consiente no desanimarse ni siquiera ante su inicial rechazo; así la mujer «vino a postrarse ante Él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”» (v. 25).

Al final, ante tanta perseverancia, Jesús permanece admirado, casi estupefacto, por la fe de una mujer pagana. Por tanto, accede diciendo: «“Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”. Y desde aquel momento quedó curada su hija» (v. 28). Esta humilde mujer es indicada por Jesús como ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros estímulo para no desanimarnos, para no desesperar cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida. El Señor no se da la vuelta ante nuestras necesidades y, si a veces parece insensible a peticiones de ayuda, es para poner a prueba y robustecer nuestra fe. Nosotros debemos continuar gritando como esta mujer: «¡Señor, ayúdame! ¡Señor ayúdame!». Así, con perseverancia y valor. Y esto es el valor que se necesita en la oración.

Este episodio evangélico nos ayuda a entender que todos tenemos necesidad de crecer en la fe y fortalecer nuestra confianza en Jesús. Él puede ayudarnos a encontrar la vía cuando hemos perdido la brújula de nuestro camino; cuando el camino no parece ya plano sino áspero y arduo; cuando es fatigoso ser fieles con nuestros compromisos. Es importante alimentar cada día nuestra fe, con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de los Sacramentos, con la oración personal como «grito» hacia Él —«Señor, ayúdame»—, y con actitudes concretas de caridad hacia el prójimo.».

 

Papa Francisco. Ángelus 20 de agosto de 2017

 

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

1. ¡Una fe admirable e indómita! Ante la fe de la mujer cananea ¿Cómo está mi fe? ¿Cómo la vivo en los momentos de dificultad? ¿En las tentaciones? ¿En mis propias fragilidades? 

2. María es la mujer de la fe. Recemos un rosario en familia para que sea Ella la que nos guie en estos momentos difíciles y nos aumente la fe. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 402-406. 969. 2087- 2094.



[1] Pagano. Del latín paganus: habitante del campo. Los no cristianos que iban quedando en los medios rurales cuando el cristianismo se fue extendiendo sobretodo en las ciudades en el Imperio Romano. Infiel no bautizado. En el Antiguo Testamento a los que no pertenecían al Pueblo de Dios se les llamaba gentiles. Otras veces se refería a los pueblos extranjeros.  

[2] Hay que tener en cuenta la providencia de Dios que de una u otra manera iba a hacer esto posible, es decir que la Buena Nueva llegase a toda la humanidad.

[3] Tiro era un importante puerto y ciudad- estado en la costa del Líbano. En realidad contaba con dos puertos; uno en la costa y otro en una isla frente a la costa. Hacia el año 1200 A.C. los filisteos saquearon Sidón y entonces Tiro pasa a ser el puerto fenicio más importante. La edad de oro de Tiro fue en la época de David y Salomón.  El rey Ajab de Israel se casó con la hija del rey de Tiro. Lego será conquistada por los asirios en el siglo IX A.C. Recuperará su libertad para más tarde caer en manos de Alejandro Magno (332 A.C.).   

[4] Sidón (puerto fenicio) en la costa moderna del Líbano. En Sidón trabajaban muchos artesanos de alta calidad. Entre sus exportaciones se contaban  tallas de marfil, joyas de oro y plata, y fina cristalería. Cada ciudad fenicia era prácticamente independiente. Cuando los israelitas conquistaron Canaán, no consiguieron lograr tomar Sidón. Pero poco a poco fueron mezclándose hasta que finalmente se acusa a los israelitas de darle culto al dios Baal de Sidón y Asrtoret. Jezabel, que fomentó el culto a Baal, era hija de un rey de Sidón. En los tiempos de Jesús la mayoría de los habitantes de Sidón eran griegos y muchos acudían a Galilea para escuchar su predicación. San Pablo se detuvo en Sidón cuando se dirigía a Roma y permaneció en la casa de unos amigos.