lunes, 28 de junio de 2021

Domingo de la Semana 14ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 4 de julio de 2021

«Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio»

Lectura del profeta Ezequiel 2, 2-5

«El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba. Me dijo: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres se han rebelado hasta el día de hoy. Hijos de rostro duro y de corazón obstinado; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el Señor Yahveh. Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”».

           

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 12, 7b -10

«Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel  de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las  persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte».

             

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

«Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus  manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?” Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”. Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando».      

     

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Este Domingo las lecturas están centradas en las dificultades para creer y en la actitud de los hombres ante el mensaje revelado. Los israelitas a los que Dios, a través del profeta Ezequiel dirige su palabra, dudan de la fidelidad de Dios y obstinadamente piensan que los ha abandonado a su propia suerte en el exilio de Babilonia. Ante esta situación se rebelan y su corazón se endurece para las cosas de Dios (Primera Lectura). Después de los portentosos signos y milagros realizados por Jesús, los nazarenos lo ven simplemente como un conocido más, como un hombre más; y no son capaces de ir más allá de sus propias narices. «¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (Evangelio). San Pablo nos comparte no solamente sus propias debilidades personales sino las diversas dificultades que ha encontrado al predicar la Palabra. Sin embargo, él se mantiene firme porque en su interior Dios le responde y le dice: «Te basta mi gracia – y San Pablo responde- pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (Segunda Lectura).

 

«Hijos de rostro duro y de corazón obstinado» 

Ezequiel, hijo de Buzo del linaje sacerdotal, fue llevado al cautiverio a Babilonia junto con el rey Jeconías de Judá (587 a.C.). Cinco años después Dios lo llamó a ser su profeta desde su ínfima condición de «hijo de hombre». Ezequiel ejerció su misión entre sus compatriotas desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 a.C.

La expresión «hijo de hombre» es característica del libro de Ezequiel que la emplea unas cien veces siempre referida al protagonista del libro. En contraste con la majestad, la gloria y el poder de Dios, tan fuertemente subrayados en este libro, evoca la fragilidad del hombre mortal. Todavía no reviste, en Ezequiel, el alcance mesiánico que encontramos en el libro de Daniel 7,13 y que alcanza su punto culminante en el Nuevo Testamento en cuanto peculiar título que Jesús de Nazaret se aplica con predilección a sí mismo.

Desde la gloria de Dios se le presenta al profeta el libro, el rollo de la Palabra de Dios, que debe comer (hacer suya) para poder anunciarla. A pesar de que sea poco agradable proclamar un mensaje tan duro (Ez 2,10), para el profeta es «dulce como la miel». De nuevo la gloria de Dios (Ez 3,12-15) «lo invade y lo transporta» como si fuera la misma fuerza del Señor actuando sobre él. Lo esencial de la misión profética de Ezequiel está expresado en Ez 2,3-7. Cuando habla como profeta, está pronunciando un mensaje que no es suyo sino de Dios mismo. Consecuentemente, sus oráculos proféticos a lo largo de todo su libro, serán introducidos por la fórmula: «Así dice el Señor, yo recibí esta palabra del Señor», porque es de Él de quien viene el mensaje. Un mensaje para «Israel», o mejor, como se dice en Ez 3,4 y en todo el libro, para la «casa de Israel», porque Ezequiel no es enviado solamente a Judá, el reino del Sur, sino también a todos los miembros del primitivo reino del Norte, suprimido por Asiria 130 años antes.

La misión encomendada al profeta consistió, principalmente en combatir la idolatría, las malas costumbres y las ideas equivocadas acerca del retorno a la tierra prometida. Para consolarlos, el profeta habla con colores vivos y bellos sobre la esperanza mesiánica. Ezequiel tuvo un trágico fin ya que fue asesinado por otro judío en el exilio. Los reproches que leemos en la lectura de este Domingo, son frecuentes en boca de Dios para calificar a su pueblo de corazón duro e infiel. Sin embargo con esa misma severidad y firmeza muestra también su corazón de Padre adolorido que a pesar de todo les manda un profeta para que cambien de vida (ver Ez 3, 16-21). Dios siempre nos da una oportunidad más...    

 

«¡Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte!» 

Corinto era una ciudad grande y cosmopolita del mundo antiguo. San Pablo, ante el fracaso por fundar una comunidad en Atenas, fundó y apreció mucho la comunidad de Corinto (ubicada en la península del Peloponeso). En ella, se reflejaban los problemas de una gran ciudad. Fue a partir del conocimiento de los problemas concretos que pasaba la comunidad que San Pablo se motiva para escribir sus cartas. Después de haber visitado la ciudad de Corinto y un poco decepcionado por lo que encuentra, escribe su segunda carta el año 57 desde Macedonia durante su viaje de Éfeso a Corinto.

Sin duda San Pablo tuvo numerosas y excepcionales experiencias místicas. Al inicio del capítulo 12 se refiere a «un hombre en Cristo» que tuvo visiones y revelaciones. Parece ser que él mismo quien ha tenido esas mismas experiencias, pero en todo momento deja claro que no quieren que lo valoren por ello. «Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, para que no me engría» (2Co 12, 7). Con las palabras el «aguijón clavado en la carne» alude San Pablo a un sufrimiento suyo especial cuya naturaleza nos es desconocida. ¿Era un sufrimiento físico o una dificultad moral? Tal vez se refiere a la dolencia física crónica que describe en Ga 4,13-14. En todo caso, lo importante es constatar que la debilidad y la impotencia humana del Apóstol forma parte del Plan divino de salvación. Así ha entendido el misterio de la pequeñez que tanto habló Jesús: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Por ello es capaz de reconocer sus propias debilidades ya que no tiene ningún problema en admitir que su fuerza proviene del Señor ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Santa Teresa de Lisieux decía: «Amad vuestra pequeñez»; idea que parecería tanto más paradójica cuanto que aquí no se trata de la pobreza en lo material sino de la propia debilidad espiritual que nos obliga, junto con San Pablo, a reconocer que sin la gracia (vivir en comunión con Dios) no podemos hacer nada.   

 

«¿De dónde le viene esto?»

Después de narrar los portentosos milagros que comentábamos el Domingo pasado, a saber, la curación de la mujer con flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo; el Evange­lio nos relata la vuelta de Jesús a su pueblo de origen: «Partió de allí y vino a su patria y sus discípulos lo siguieron. Llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinago­ga». Una primera cosa que es necesario aclarar es ¿dónde fue Jesús?, es decir, ¿cuál es su patria? El Evange­lio de San Marcos no lo dice, porque supone que todos lo saben. Para aclarar este punto debemos recurrir al Evangelio de Lucas en el punto en que relata el mismo hecho. Lucas dice: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu... Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró el sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,14.15). Lucas aclara, enton­ces, que el lugar donde esto ocurre es un pueblo de la Galilea llamado Nazaret. Por eso Jesús es llamado de «Nazareno» y el acento de su voz era la de un galileo[1].

El Evangelio de hoy toca un punto central de nuestra fe; quiere subrayar la verdad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo verdadero Hombre y fue uno de los nuestros. Él también sufrió las envidias, las pequeñeces y los comentarios malévolos de nuestros pequeños pueblos. Es verdad lo que dice el himno cristológico de Filipenses 2,6ss: «Se despojó de su condición divina asumiendo la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre». Jesús se hace «siervo entre los siervos» en un oscuro pueblito de la Palestina, hace más de dos mil años. Y esto, que era un escándalo para sus vecinos y conocidos, seguirá siendo escándalo hasta el fin del mundo. Sin embargo, aceptar la Encarnación del Cristo y reconocer en Él al Hijo de Dios y confesar la fe en Él como único Reconciliador, es el único camino de salvación. «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,23).

La multitud que escuchaba a Jesús ese sábado se queda maravillada y comentaba «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?». El Evangelio no nos dice qué cosas predicó Jesús en esta ocasión; pero podría haber sido una explicación sobre su origen divino y el cumplimiento, en Él, de todas las profecías de las Escrituras. Por eso se preguntan: «¿No es éste el carpintero[2], el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». De paso, en dicho pasaje hermanos, ha de leerse «parientes», según usos en la manera aramea y hebrea de hablar que sólo tenía una voz para designar a los hermanos y parientes y que traducida literalmente al griego y luego al castellano puede dar lugar a confusión.

Claro que para quienes sabían que María era Madre sólo de Jesús, no habría lugar a error alguno. La luz de la Tradición lo confirma plenamente. Sus paisanos se maravillan de dos cosas: su sabiduría y sus milagros. Jesús demostró tener la sabiduría de un escribano, pues se alza y es capaz de leer la Escritura en hebreo (recordemos que su lengua natal era el arameo). Su palabra era nueva y los que lo oían se «quedaban admirados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7,28-29). No podían negar que demostraba una sabiduría inexplicable. Pero chocaban con la humildad de su origen. Se maravillaban también por sus milagros. Seguramente habrían oído las maravillosas curaciones; sin embargo, en su pueblo, solamente curó algunos enfermos. Pero no era suficiente para que se abrieran a  la fe. ¿Qué estarían pensando sobre Él? ¿No estaría pesando más lo que ellos sabían que la evidencia de estos hechos maravillosos? ¿No tenía más peso sus propios prejuicios que la realidad objetiva? Esto les costaba mucho: abrirse a la realidad objetiva.

 

El escándalo de la cruz

Aquí justamente comienza el camino de la cruz: el escándalo de un Dios que nos ama tanto que se hace hombre y muere para darnos la vida eterna. El escándalo de la humillación de Dios. En la cruz también escuchamos decir que éste no puede ser el Mesías, el Hijo de Dios. Por eso le decían: «Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Pero no hay otro camino de salvación y de reconciliación. Por eso Jesús nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6), que quiere decir: aceptando la Encarnación; aceptándome a Mí pero despojado; aceptándome a mí, Crucificado. Aceptando que el amor de Dios puede llegar hasta el extremo. Es lo que San Juan nos dice en su prólogo: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; más cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12).

 

Una palabra del Santo Padre:

El perdón de Dios no es una sentencia del tribunal que puede absolver «por falta de pruebas». Nace, en cambio, de la compasión del Padre por cada persona. Y esta es precisamente la misión de cada sacerdote, que debe tener la capacidad de conmoverse para entrar verdaderamente en la vida de su gente.

Lo volvió a afirmar el Papa Francisco en la misa que celebró el viernes 30 de octubre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. La compasión, destacó inmediatamente el Papa en la homilía que pronunció en español, es «una de las virtudes, por decirlo así, un atributo que tiene Dios». Y nos lo relata san Lucas en el pasaje evangélico (14, 1-6) propuesto por la liturgia. Dios, afirmó el Papa Francisco, «tiene compasión; siente compasión por cada uno de nosotros; tiene compasión por la humanidad y ha mandato a su Hijo para curarla, para regenerarla, para recrearla, para renovarla». Por ello, continuó, «es interesante que en la parábola, que todos conocemos, del hijo pródigo se dice que cuando el padre —que es figura de Dios que perdona— ve venir a su hijo, se compadeció».

«La compasión de Dios no es tener lástima: no tiene nada que ver una cosa con la otra», alertó el Papa. De hecho, «puedo tener lástima de un perro que se está muriendo o por una situación».

Y «siento lástima también por una persona: siento lástima, siento mucho que esté pasando por esa situación». En cambio «la compasión de Dios es meterse en el problema, meterse en la situación del otro, con su corazón de Padre». E «por eso envió a su Hijo».

«La compasión de Jesús está presente en el Evangelio», continuó el Papa Francisco, recordando que «Jesús curaba la gente, pero no como un curandero». Más bien Jesús «curaba a la gente como signo, como signo —además de curarla en serio— de esa compasión de Dios, para salvar, para volver a poner en su sitio a la oveja perdida en el corral, a la moneda perdida para aquella señora en el monedero» añadió refiriéndose a las parábolas evangélicas. «Dios se compadece» destacó el Pontífice. Y «apuesta su corazón de Padre, apuesta su corazón por cada uno de nosotros».

En efecto, «cuando Dios perdona, perdona como Padre, no como un empleado judicial que lee un expediente y dice: “sí, realmente, puede ser absuelto porque no hay materia...”». Dios «perdona de adentro, perdona porque se metió en el corazón de esa persona». El Papa Francisco recordó que «cuando Jesús tiene que presentarse en la sinagoga, en Nazaret, por primera vez, y le dan a leer el libro, tiene precisamente ante él el anuncio del profeta Isaías: “He sido enviado para llevar la buena noticia, para liberar a quien se siente oprimido”». Estas palabras significan, explicó, «que Jesús es enviado por el Padre para entrar en cada uno de nosotros, liberándonos de nuestros pecados, de nuestros males y para traer “la buena noticia”». El «anuncio de Dios», en efecto, «es una alegría».». 

Papa Francisco. Capilla de la Domus Sanctae Marthae. Viernes 30 de octubre de 2015.

  

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El creer y ser testigo de la fe en Jesucristo encuentra dificultades en cualquier época y lugar. ¿Cuáles son las dificultades que encuentro en mi camino de fe?

2. Meditemos la frase de Pablo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza».

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 156. 515. 547-548. 2089. 2732.


[1] Recordemos también durante el juicio de Jesús el pasaje cuando Pedro es acusado de ser seguidor de Jesús a causa de su fuerte y particular acento galileo (Mt 23, 73. Lc 2, 59).

[2] Jesús es definido como «carpintero». En griego el término usado aquí es «ték­tov», de donde viene la palabra nuestra «arqui-tecto». Podemos afirmar que Jesús – al igual que San José - era más un «maestro de obras» que simplemente un artesano de la madera.

sábado, 26 de junio de 2021

Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 27de junio de 2021

«Muchacha a ti te digo, levántate»

Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24 

«Que no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera, las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Hades sobre la tierra, porque la justicia es inmortal. Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen».

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 8, 7.9.13-15

«Y del mismo modo que sobresalís en todo: en fe, en palabra, en ciencia, en todo interés y en la caridad que os hemos comunicado, sobresalid también en esta generosidad. Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza. No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad. Al presente, vuestra abundancia remedia su necesidad, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad y reine la igualdad, como dice la Escritura: El que mucho recogió, no tuvo de más; y el que poco, no tuvo de menos».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 5, 21-43

«Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: “Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva”. Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: “Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré”. Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: “¿Quién me ha tocado los vestidos?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le  contó toda la verdad. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad”.

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: “Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?” Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: “No temas; solamente ten fe”. Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: “¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida”. Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los  suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: “Muchacha, a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de hoy nos enseña que las criaturas pueden ser salvadas de la muerte teniendo fe en Aquel que es el autor de la vida misma. Ya en el Antiguo Testamento se había llegado a esa convicción, como lo expresa el libro de la Sabiduría: «Dios no creó la muerte... En efecto, Él ha creado todo para la existencia... no está en las criaturas el veneno de la muer­te... Sí, Dios ha creado al hombre para la inmor­tali­dad... Pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo» (Primera Lectura). Como se ve, este texto vuelve sobre la antigua historia del Génesis: por tentación de la serpien­te, nuestros primeros padres pecaron y de esa manera gustaron el veneno de la muerte, que a partir de ellos se transmite a todos los hombres.

Pero no fue así al principio; al princi­pio Dios creó al hombre para la inmortalidad. Y no es así ni siquiera ahora, pues ahora Dios crea a todos los hombres para la salvación; quiere que todos los hombres se salven y gocen de la vida eterna. Es por eso que Jesucristo «se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza» (Segunda Lectura) mostrándonos que todos somos hermanos en Cristo Jesús ya que todos estamos llamados a la vida eterna. Finalmente vemos en el Evangelio como Jesús cura tanto a la hemorroísa como a la hija de Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga. ¿Qué hace que sucedan estos bellos milagros? La fe en aquel que es la Vida misma y que tiene poder sobre la muerte. 

 

«No temas; sólo ten fe»

En la lectura del Evangelio de San Marcos tenemos dos episodios de salvación, es decir, dos casos en que la muerte y la enfer­medad son vencidas. De ellos podemos deducir que la salva­ción es el encuentro de dos cosas: del poder de Cristo y de nuestra fe en Él. Ninguna de ellas bastaría por sí sola; tiene que ser el encuentro de ambas. Uno de los beneficiados fue uno de los «jefes de la sinagoga». Sin duda debió ser una persona importante, puesto que el Evangelio nos conserva su nombre: Jairo. Está en la categoría de otras personas influyentes que creyeron en Jesús, como es el caso de Nicodemo y de José de Arimatea.

Jairo «cae a los pies de Jesús y le suplica con insistencia, diciendo: 'Mi hija está a punto de morir; ven, impón tu mano sobre ella, para que se salve y viva'». El mismo episodio narrado por San Lucas añade que la niña moribunda era unigénita y que tendría unos doce años de edad. La curiosidad de la gente, al ver la actitud humilde de este hombre, debió ser grande, pues el Evangelio observa: «Le seguía un gran gentío que lo oprimía». Jairo hace un acto de fe magnífico en el poder de Cristo. Cree que Jesús puede salvar a su hija que está enferma de muerte; que para eso basta que Jesús le imponga las manos. Jesús no puede rechazar una súplica presentada con esa confianza y se fue con él. Pero lo detiene la multitud y lo demora el diálogo con la mujer que sufría flujo de sangre. Mientras el Evangelio transcurre en su relato de esta situación, podemos imaginar el nerviosismo de Jairo, para el cual cada minuto es importante.

Y precisamente en ese momento, llegan algunos enviados de su casa a decirle: «Tu hija ha muerto: ¿a qué molestar ya al maestro?». Queda clara la falta de fe de estos mensajeros. Aparentan preocupación por no incomodar a Jesús, pero en realidad, no creen que Jesús pueda hacer algo. Era comprensi­ble que Jairo, angustiado por la gravedad de su hijita, quisiera intentar todo mientras la niña vivía y quedaba alguna esperanza; pero ahora no tiene sentido seguir insistiendo, porque la niña está muerta. Nos gustaría poder penetrar en el ánimo de Jairo para saber si su fe traspasaba este lími­te; si creía que Jesús podía hacer algo- no sabía qué seguramente - aunque su hijita hubiera muerto; si era necesario seguir suplicando a Jesús; si seguía teniendo fe. Jesús se nos adelanta y dice al padre angustiado: «No temas; sólo ten fe». Llegan a la casa de Jairo y ya está en acto todo el aparato fúnebre. Al ver este espectáculo, Jesús dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». El que ha llegado es el mismo que ha dicho: «Yo soy la vida» (Jn 14,6).

Los pre­sentes opinan que Jesús está desubicado y se burlan de Él. Pero esa burla pronto se transformará en asombro y estupor. Cuando Jesús llega ante la niña, que yacía muerta, la toma de la mano y le ordena: «Talitá kum» (¡Muchacha, a ti te digo, levántate!). El hecho debió ser tan impresionante que los discípulos recordaban las palabras literales que Jesús había pronunciado en arameo y así nos las han transmitido. La niña se levantó y se puso a andar. Es comprensible que todos «quedaron fuera de sí, llenos de estupor». Jesús es el único que permanece sereno. Y también la niña. Mientras los demás no atinaban a nada, Jesús observa que, después de la larga enfermedad y de su consiguiente debili­dad, ahora ella está tan sana que necesi­ta alimentarse: «les dijo que le dieran de comer». ¡Hasta de esto se preocupó el Señor!

 

«Hija, tu fe te ha salvado»

El episodio intermedio, el que causó la demora de Jesús es igualmente hermoso. Una mujer que desde hacía doce años perdía sangre continuamente y nada había podido sanarla habiendo gastado todos sus bienes en las dolorosas curaciones de ese tiempo[1]. Perdida toda fe en la medicina, la enferma halló su medicina en la fe: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Y de hecho se salva porque se encuentran las dos cosas que operan la salvación: el poder de Cristo y la fe de la mujer. ¿Por qué lo hace a escon­didas y no le pide a Jesús abiertamente que la cure, como hacen otros? Porque su enfermedad es vergonzosa y la hacía impura, con una impureza contagiosa. Según la ley «cuando una mujer tenga flujo de sangre... quedará impura mientras dure el flujo de su impu­re­za... Quien la toque será impuro hasta la tarde» (Lv 15,19.25).

Ella no vacila en tocar a Jesús; está segura de que Él no puede quedar impuro, porque Él es la fuente de toda pure­za. Cuando lo tocó, «inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal». Jesús percibió en ese instante «la fuerza (dynamis) que había salido de Él" y pregunta. "¿Quién me ha tocado los vestidos?"». ¡Todos le han tocado los vestidos! Por eso los apóstoles hacen notar lo absurdo de su pregunta: «Estás viendo que la gente te oprime y pre­guntas: ¿Quién me ha tocado?». Pero Jesús sabe lo que dice; quiere conocer a la mujer que ha demostrado tener una fe enorme en su poder sanador y reconciliador. La mujer «se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad».

Jesús al ponerla en evidencia no quiere avergonzarla, sino darle algo mayor que la salud: quiere que ella goce de una palabra suya, y no cualquier palabra sino esta palabra magnífica: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Es la única vez en todo el Evangelio en que Jesús llama a alguien «hija». Revela un profundo afecto por esta mujer, porque ella sufría y se sentía marginada por su enfermedad, y sobre todo, porque tenía una fe tan grande. Es que Jesús se deja impresio­nar por la fe de los hombres y cuando ve una fe grande no deja de expresar su admiración y de manifestar su poder salva­dor.

 

«Dios no hizo la muerte»

La muerte no hacía parte del amoroso Plan de Dios y es consecuencia directa del pecado que entra en el mundo «por envidia del diablo» que tienta al hombre. San Pablo nos dice que «por el pecado entró la muerte» y «así alcanzó a todos los hombres» (Rm 5,12). Dios crea todo por amor y quiere compartirnos su eternidad. «Unid vuestro corazón a la eternidad de Dios y seréis eternos como Él», nos dice bellamente San Agustín. Los desórdenes actuales no son sino manifestación de esa primera ruptura fruto del orgullo y de la autosuficiencia. «Del orgullo de la desobediencia proviene la pena de la naturaleza» (San Agustín). Los hombres que viven de espaldas al amor de Dios dirán «la vida es corta y triste, no hay remedio en la muerte del hombre, ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia…al apagarse el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente» (Sb 2, 1-3).

 

Una palabra del Santo Padre:

« Primero el Evangelista narra acerca de un cierto Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga, que va donde Jesús y le suplica ir a su casa porque la hija de doce años se está muriendo. Jesús acepta y va con él; pero, de camino, llega la noticia de que la chica ha muerto. Podemos imaginar la reacción de aquel padre. Pero Jesús le dice: «No temas. Solamente ten fe» (v. 36). Llegados a casa de Jairo, Jesús hace salir a la gente que lloraba —había también mujeres dolientes que gritaban fuerte— y entra en la habitación solo con los padres y los tres discípulos y dirigiéndose a la difunta dice: «Muchacha, a ti te digo, levántate» (v. 41). E inmediatamente la chica se levanta, como despertándose de un sueño profundo (cf. v. 42).

Dentro del relato de este milagro, Marcos incluye otro: la curación de una mujer que sufría de hemorragias y se cura en cuanto toca el manto de Jesús (cf. v. 27). Aquí impresiona el hecho de que la fe de esta mujer atrae —a mí me entran ganas de decir «roba»— el poder divino de salvación que hay en Cristo, el que, sintiendo que una fuerza «había salido de Él», intenta entender qué ha pasado. Y cuando la mujer, con mucha vergüenza, se acercó y confesó todo, Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado» (v. 34). Se trata de dos relatos entrelazados, con un único centro: la fe, y muestran a Jesús como fuente de vida, como Aquél que vuelve a dar la vida a quien confía plenamente en Él. Los dos protagonistas, es decir, el padre de la muchacha y la mujer enferma, no son discípulos de Jesús y sin embargo son escuchados por su fe. Tienen fe en aquel hombre. De esto comprendemos que en el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso o uno que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a Él. Yo os pregunto: ¿Cada uno de vosotros se siente necesitado de curación? ¿De cualquier cosa, de cualquier pecado, de cualquier problema? Y, si siente esto, ¿tiene fe en Jesús? Son dos los requisitos para ser sanados, para tener acceso a su corazón: sentirse necesitados de curación y confiarse a Él. Jesús va a descubrir a estas personas entre la muchedumbre y les saca del anonimato, los libera del miedo de vivir y de atreverse. Lo hace con una mirada y con una palabra que los pone de nuevo en camino después de tantos sufrimientos y humillaciones. También nosotros estamos llamados a aprender y a imitar estas palabras que liberan y a estas miradas que restituyen, a quien está privado, las ganas de vivir».

 

Papa Francisco. Ángelus Domingo, 1 de julio de 2018.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nada puede detener el poder salvador de Dios revelado en Jesucristo cuando es acogido con fe. Ni siquiera la muerte es obstá­culo, pues ella también es vencida por Cris­to. ¿Qué tan sólida es mi fe en Jesucristo?

2. San Pablo nos recuerda que la verdadera riqueza viene del Señor Jesús que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza». ¿Cuál es mi riqueza? ¿Dónde está mi corazón?     

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 295. 356. 646. 1502-1505. 1006-1011.



[1] Ver el pasaje en el paralelo de San Lucas 8, 40 – 56.

domingo, 13 de junio de 2021

Domingo de la Semana 12ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 20 de junio de 2021

«¿Por qué estáis con tanto miedo?»

Lectura del libro de Job 38,1. 8-11

«Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo: ¿Quién es éste que empaña el Consejo con razones sin sentido? Ciñe tus lomos como un bravo: voy a interrogarte, y tú me instruirás. ¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? Indícalo, si sabes la verdad. ¿Quién fijó sus medidas? ¿Lo sabrías? ¿Quién tiró el cordel sobre ella? ¿Sobre qué se afirmaron sus bases? ¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios? ¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando del seno materno salía borbotando; cuando le puse una nube por vestido y del nubarrón hice sus pañales; cuando le tracé sus linderos y coloqué puertas y cerrojos? “¡Llegarás hasta aquí, no más allá - le dije -, aquí se romperá el orgullo de tus olas!”».

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 14-17

«Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron.  Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4,35-40

«Este día, al atardecer, les dice: “Pasemos a la otra orilla”. Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla, enmudece!” El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?”».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La Primera Lectura nos muestra cómo Yahveh sale al encuentro de Job y lo rescata de la tempestad de dudas que lo atormenta mostrándose como el Señor de todo lo creado. Jesús también será muy claro ante la cobardía y poca fe de sus discípulos. (Evangelio). Sin embargo, hay que preguntarnos ¿Cuál, de verdad, es nuestra actitud cuando nos vemos en medio de las tormentas de la vida y especialmente en la pandemia que estamos viviendo? ¿Tenemos miedo? ¿Creemos que Dios es indiferente ante nuestro sufrimiento y que no le importa lo que estamos pasando? Pero Él es el «Dios con nosotros» que nunca nos deja abandonados, que ha muerto por nosotros por amor y nos invita a ser nuevas criaturas (Segunda Lectura).

 

¿Maes­tro, no te importa que perezcamos?

El pasaje evangélico termina con una pregunta hecha por sus discípulos acerca de Jesús: «¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obede­cen?» (Mc 4, 41). Y ciertamente nos habría gustado mucho saber la respuesta a esta pregunta, pero el relato termina allí. En realidad, la respuesta a esta pregunta cae por su propio peso al leer todo el episodio. El Evangelio de hoy es el de la tempes­tad calmada por Jesús. Los apóstoles están atravesando en bote el mar de Galilea y Jesús, seguramente cansado después de una larga jornada de trabajo, iba durmiendo en la parte posterior de la barca. Luego se levanta una tremenda tormenta que ya ponía en riesgo la propia embarcación. Para el hombre antiguo el elemento amenazante por excelen­cia, la expresión más clara de las fuerzas natu­rales incontro­lables, es la agitación del agua en grandes masas. No había poder humano que pudiera hacer frente a una tormenta en el mar. Es semejante al pánico que siente el hombre de nuestro tiempo ante la fuerza del terremoto: imposible de prever con exactitud y mucho menos de contro­lar.

Ante la fuerza de las olas, los discípulos, a pesar de ser pescadores de profe­sión, sienten temor y despiertan a Jesús diciéndole: «¿Maes­tro, no te importa que perezcamos?». Les llamaba la atención que, en esas circunstancias tan desesperadas, alguien pudiera estar durmiendo apaciblemente como si nada: ¿es que no le importa perecer? Pero no, no era eso. Es que las fuerzas de la naturaleza no pueden nada contra Él. Ellas están bajo su control, como quedará claramente demostrado. En efecto, ocurre algo impresionante: «Jesús se despertó, increpó al viento, y dijo al mar: '¡Calla, enmude­ce!'. El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza». Habría que ver la autoridad de esa orden. El viento y el mar sumisos recono­cen la voz de su Señor y obedecen. Si antes los apóstoles habían temido a la fuerza del viento y del mar, ahora, aunque había pasado el peligro, leemos en el versículo 41 que «se llenaron de gran temor».

Cuando Jesús les pregunta: «¿Por qué estáis con tanto miedo?», se refiere al miedo normal que ellos sintieron ante la violencia de la tormenta. Era miedo de morir. Ahora se había hecho una gran bonanza[1] y ese miedo había pasado. Pero, en cambio, ellos «se llenaron de gran temor». Éste es un temor distin­to. Éste es el temor que siente el hombre cuando ante la inmen­sidad de la divinidad se hace evidente su pequeñez y su limita­ción, sobre todo, porque cobra viva conciencia de su pecado. Ahora son ellos los que se preguntan unos a otros: « ¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obede­cen?». Sin embargo ellos ya tienen la respuesta.

 

¡Llegarás hasta aquí, no más allá, aquí se romperá el orgullo de tus olas!

Para un israelita en el tiempo de Jesús, los textos del Antiguo Testamento no sólo eran sagrados sino también formaban parte de su cultura nacional. Con esos textos se aprendía a leer - los que sabían, es decir, los escribas -, con esos textos se oraba, esos textos se escuchaban en las sinagogas. Hay que considerar que los contemporáneos de Jesús no tenían el aluvión de papel que nos agobia a nosotros hoy, ni la radio ni la televisión, ni Internet. Se puede decir que su mundo era la Escri­tura, de la cual cono­cían cada coma y cada tilde y sabían recitar de memoria largos pasajes. Esto lo decimos, para entender la pregunta de los apóstoles. Ellos cier­tamente cono­cían la historia de Job y, al ver la obediencia del viento y del mar, no pudieron dejar de recor­dar, cuando Dios (aquí es claramente Dios el que habla) le pone a Job la misma pregun­ta retórica: «¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando del seno materno salía borbo­tando? ¡Llegarás hasta aquí, no más allá -le dije-, aquí se romperá el orgu­llo de tus olas!» (Jb 38,8.11). Por eso los apóstoles sabían muy bien quien tenía tal poder. Es el mismo que dejó callado a Job. El pasaje que leemos hace parte de la respuesta de Dios a los clamores angustiados de Job que nos dice en su última intervención «¡Oh! ¿Quién hará que se me escuche? Esta es mi última palabra: ¡que responda el Todopoderoso!... Fin de las palabras de Job.» (Job 31, 35. 37)[2]. Dios hace llegar su respuesta ya que tiene que intervenir para poder dirimir el pleito entre los cuatro amigos en una instancia superior, pues el pleito tenía justamente a Dios por argumento. Pues bien, la respuesta de Dios se escucha en medio de una tormenta. Con estupor y sorpresa, Job va descubriendo su propia ignorancia y su limitación ante el inconmensurable poder de Dios.  

 

¿Por qué todavía no tienen fe? ¿Por qué no confían?

El relato de la tormenta calmada contiene una profunda enseñanza para nuestra vida. En efecto, Jesús se sorprende de que los apóstoles tengan miedo, de que pierdan la paz, cuando va Él con ellos. Por eso les pregunta: «¿Aún no tenéis fe?». Después de esa experiencia ellos tendrían que reconocer siempre: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom 8,31). A veces las olas se levantan amena­zantes en nuestra vida, las dificultades, los graves proble­mas de los cuales no se ve salida, estamos al borde de la desesperación, nos invade el miedo; entonces debemos recor­dar la frase de Jesús: «¿Aún no tenéis fe?». Si está Jesús con nosotros, no debemos temer nada, nada nos debe turbar. Más bien debemos decir: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque t vas conmi­go: tu vara y tu cayado me sosiegan» (Salmo 23). En reali­dad, el milagro mayor en el relato del Evangelio fue el de devolver la paz a los discípulos. En su espíritu ocurrió lo mismo que en la naturaleza: de fuerte tormenta pasó a gran bonanza. No deja nunca de cumplir­se la palabra de Dios: «Los ojos del Señor están sobre los justos y sus oídos atentos a su cla­mor... Cuando lo invocan, el Señor escucha, y los libra de todas sus angustias» (Salmo 34,16.18).

              

Cristo murió por todos y cada uno de nosotros

Pablo escribe su segunda carta a los Corintios aproximadamente un año después de haber escrito la primera (hacia el año 56), cuando las relaciones entre él y la comunidad no se hallaban en buenos términos. Durante aquel año algunos cristianos de Corinto lo habían atacado duramente. Y, al parecer, él había hecho una visita rápida a la comunidad de Corinto. La carta nos hace ver lo mucho que Pablo deseaba estar en paz con la comunidad. En los primeros capítulos (1-7) explica cuáles son sus relaciones con la iglesia de Corinto y se alegra por el cambio que se ha producido en ellos tras hablarles abiertamente. Esta carta es considerada una de las más personales de Pablo. Toda ella está impregnada de la preocupación y del cariño del apóstol de los gentiles por la Iglesia, de la expresión de sus sufrimientos y de su fe inquebrantable.

Cristo, nos dice, ha muerto por todos ya que «en Cristo Dios estaba reconciliando el mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación» (2Co 5, 19). Los cristianos participamos de esta vida nueva por el bautismo ya que: «pasó lo viejo (y ahora) todo es nuevo». Éste amor es algo tan inmenso que reclama nuestra sincera conversión: «Al que así nos amó, cómo no amarlo», nos dice San Agustín.

Nos dice bellamente Benedicto XVI: «Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno es querido, cada uno de nosotros es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada hay más bello que conocerle y comunicar a otros la amistad con Él». Este amor es lo que hace decir a San Pablo: «porque si somos locos es para con Dios» (2Co 5,13).      

 

Una palabra del Santo Padre:

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).

Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela, se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”».

Papa Francisco. Momento extraordinario de oración. Viernes, 27 de marzo de 2020.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Evangelio de hoy nos enseña que la paz se encuentra sólo en Cristo. ¿Vivo en la paz de Jesucristo en medio de mis dificultades?

2. Cuando se aprobó el aborto en Colombia; Yolanda Mulcué, jefa del cabildo de Quilichao, anunció inmediatamente que sería la primera mujer que abortaría por ser su embarazo riesgoso. Sin embargo, al escuchar el latido de su bebé frente a los médicos que le practicaban la ecografía exclamó: «Es el latido de mi bebé». Se quedó silenciosa por unos momentos y concluyó: «No voy a abortar». Yolanda sabe que su embarazo es de alto riesgo y que cada semana se debe someter a trasplantes de sangre, sin embargo, el palpitado de su hijo la estremeció: «Sé que me va a costar mucho, pero quiero llevar adelante el embarazo, aún a riesgo de morir, pues ese latido me puso a pensar que mi hijo tiene vida». ¿Valoro la vida de mi hermano y la mía?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 154 -155. 164. 1253-1255. 1265-1266.



[1] Bonanza. (Del lat. bonacia, alterac. de malacia, calma chicha).  Tiempo tranquilo o sereno en el mar. prosperidad. Zona de mineral muy rico. Navegar con viento suave. Caminar con felicidad en lo que se desea y pretende.

[2] Nos hemos saltado la intervención de Elihú (Capítulos 32-37).

miércoles, 9 de junio de 2021

Domingo de la Semana 11ª del Tiempo Común. Ciclo B – 13 de junio de 2021

«El Reino de Dios es como un grano de mostaza» 

Lectura de profeta Ezequiel 17, 22-24

« Así dice el Señor Yahveh: También yo tomaré de la copa del alto cedro, de la punta de sus ramas escogeré un ramo y lo plantaré yo mismo en una montaña elevada y excelsa: en la alta montaña de Israel lo plantaré. Echará ramaje y producirá fruto, y se hará un cedro magnífico. Debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves morarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, Yahveh, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, hago secarse al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, Yahveh, he hablado y lo haré».

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10

«Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión...Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle. Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4, 26-34

«También decía: “El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega”.

Decía también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra”. Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Reino de los Cielos marca la pauta en las lecturas dominicales. Siendo el mensaje principal en la predicación de Jesús. Pero, ¿qué es este Reino? San Marcos nos pondrá dos figuras que el Señor Jesús utiliza para describir y hacer entender a sus oyentes de qué estaba hablando. Con metáforas agrícolas – el grano de trigo y el grano de la mostaza – los seguidores del Maestro comienzan a percibir que los parámetros del Antiguo Testamento se ven sobrepasados. En la Primera Lectura, el profeta Ezequiel nos dejará la figura del ramo que, plantado por Dios, se convertirá en un cedro magnífico. Finalmente, San Pablo nos exhorta a vivir con una mirada fija en el futuro, de manera tal que sopesemos nuestros actos a la luz del juicio final que se dará cuando se instaure de manera definitiva el Reino de Dios.  

 

El primero de todos

El Evangelio de San Marcos, tal como lo tenemos hoy, es considerado el más antiguo de los Evangelios.  Para cualquier lector atento de los Evangelios es evidente que entre los tres primeros Evangelios – San Mateo, San Marcos y San Lucas- hay muchos episodios paralelos que tienen notables semejanzas, incluso de vocabula­rio. Esto es lo que permite ponerlos en columnas paralelas de manera que puedan percibirse con una sola mirada; en una «sinopsis». Por este motivo a estos tres Evangelios se les llama «Evange­lios sinópticos».

Examinando los episodios paralelos resulta evidente que existe dependencia entre ellos. Rige aquí el principio de Santo Tomás de Aquino: «Es necesario que en aquellas cosas que son semejantes, una sea causa de otra o que todas procedan de una sola causa». Puede demostrarse fácilmente que San Mateo y San Lucas son independientes. En efec­to, si San Lucas hubiera conocido el Evangelio de San Mateo sería impensable que hubie­ra desar­ticulado el Sermón de la Montaña, por ejemplo, y que hubiera dejado fuera de su Evangelio, la parábola de las diez vírgenes necias y prudentes, y la parábola del juicio final, que son textos propios del Evangelio de San Mateo. Por su parte, tampoco es posible concluir que San Mateo haya conocido el Evangelio de San Lucas, porque, en este caso habría debido prescindir del así llamado «Evangelio de la infan­cia» de San Lucas con los episodios de la Anunciación, de la Visita­ción, del Naci­miento de Jesús, y habría tenido que desesti­mar las magní­ficas parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano, que aparecen sólo en Lucas.

Resta entonces la única conclusión posible para explicar las semejanzas entre los tres Evangelios sinópti­cos: que tanto San Mateo como San Lucas dependan de San Marcos, es decir, que ambos evangelistas, al escribir sus respectivos Evangelios, hayan tenido ante los ojos el Evangelio de San Marcos y lo hayan empleado como fuente. Esto significa que el Evangelio de San Marcos es el más antiguo y original -como hemos afirmado más arriba- y es el único que en un momento existió sólo.

Podemos concluir entonces que fue San Marcos el creador el género literario llamado «evangelio», que luego fue adoptado por todos los demás. Este género consiste en la revelación progresiva de la identidad de Jesús de Nazaret a través de un relato de su vida, predicación y milagros, de la hosti­lidad creciente de las autoridades judías, de su pasión y muerte en la cruz y de su resurrec­ción de entre los muertos. Cuando escribió su Evangelio, San Marcos pretendía dar una respuesta completa a la pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret? En nuestra lectura de este Evangelio, que es el que se lee en la liturgia durante este año B, estamos procurando encontrar esa respuesta.

 

El ramo plantado en la montaña

Hemos dicho que la Primera Lectura tiene relación con el Evangelio. En efecto, la lectura del profeta Ezequiel (17,22-24) se dirige al pueblo en el exilio de Babilonia y anuncia que Dios tomará de la punta de un alto cedro un ramo que plantará en la montaña de Israel. Echará ramas y se convertirá en un cedro magnífico en cuya ramas habitará toda clase de pájaros. El profeta veía el futuro de Is­rael. Pero Dios veía mucho más allá. Jesús le da su pleno sentido, anunciando el desarrollo impresionante de la Iglesia, cuya realidad es precisamente hacer presente en el mundo el Reino de Dios.

 

¿Qué es el Reino de Dios?

En el Evangelio de hoy Jesús explica el misterio del Reino de Dios mediante dos parábolas: el Reino de Dios es como un grano de trigo echado en la tierra, que brota y crece hasta que, sin saber cómo, llega a ser trigo abun­dante; el Reino de Dios es como un grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta hacerse la mayor de las hortalizas, de modo que las aves del cielo anidan en sus ramas. Las parábolas del trigo que crece indefectiblemente y del grano de mostaza que crece hasta un árbol magnífico, destacan el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Jesús extiende su mirada hacia el futuro y ve que, a pesar de la modestia de los orígenes, la Iglesia crecerá y llenará el mundo. Sólo dentro de la Iglesia de Cristo tenemos expe­riencia del Reino de Dios.

Si nos preguntamos: ¿Qué es el Reino de Dios?, nos responde San Juan Pablo II en su encíclica sobre las misiones: «El Reino de Dios no es un concepto, no es una doctrina, no es un programa sujeto a libre elaboración; el Reino de Dios es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible»[1].  Por eso es que se puede encontrar sólo dentro de la Iglesia. Es que «la luz de los pueblos, que es Cristo, resplan­dece sobre la faz de la Iglesia», como leemos en la Lumen Gentium.

Las parábolas del crecimiento del Reino de Dios deberían ser suficientes para comprender que Jesucristo es el Señor de la historia. No es necesario tener fe para entender que aquí hay una auténtica profecía. Esta ense­ñanza fue propuesta por Jesús alrededor del año 30 de nuestra era y fue registrada por escrito en el Evangelio de San Marcos no después del año 70 (en realidad, mucho an­tes). A la luz del desarrollo posterior y de la situación actual del cristianismo en el mundo, cualquier persona inteligente debe reconocer que Jesús fue de una clarivi­dencia extraordinaria. Él anunció este desarrollo de su Iglesia cuando nada hacía preverlo y cuando nadie lo habría imaginado. Al contrario, todo hacía suponer que ese movimiento había sido sofocado con la muerte de Jesús en la cruz. 

Tal vez la opinión más sensata haya sido la del Rabino Gamaliel. En un momento en que los seguidores de Jesús eran un minúsculo grupo, aconsejó al tribunal judío: «'Desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destrui­rá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. No sea que os encontréis luchando contra Dios'. Todos aceptaron su parecer» (Hch 5,38-39). La historia ha registrado numero­sos episodios de persecución; pero no han conseguido destruir la Iglesia. Los hombres sensatos de hoy tienen más elementos para concluir que la Iglesia es obra de Dios y que Él la conduce y gobierna. ¡Ojalá nadie se encuentre luchando contra Dios!

            

 Una palabra del Santo Padre:

«Vosotros podríais preguntarme: ¿Cómo se encuentra el reino de Dios? Cada uno de nosotros tiene un itinerario especial, cada uno de nosotros tiene su camino en la vida. Para alguno el encuentro con Jesús es algo esperado, deseado, buscado por largo tiempo, como nos lo muestra la parábola del comerciante que da vueltas por el mundo para encontrar algo de valor. Para otros ocurre de forma improvisa, casi por casualidad, como en la parábola del campesino. Esto nos recuerda que Dios se deja encontrar de una manera o de otra, porque es Él el primero que desea encontrarnos y el primero que busca encontrarnos: vino para ser el «Dios con nosotros». Y Jesús está entre nosotros, Él está aquí hoy. Lo dijo Él: cuando os reunís en mi nombre, yo estoy entre vosotros. El Señor está aquí, está con nosotros, está en medio de nosotros. Es Él quien nos busca, es Él quien se deja encontrar incluso por quien no lo busca. A veces Él se deja encontrar en sitios insólitos y en momentos inesperados. Cuando encontramos a Jesús quedamos fascinados, conquistados, y es una alegría dejar nuestro acostumbrado modo de vivir, tal vez árido y apático, para abrazar el Evangelio, para dejarnos guiar por la lógica nueva del amor y del servicio humilde y desinteresado. La Palabra de Jesús, el Evangelio. Os hago una pregunta, pero no quiero que la respondáis: ¿cuántos de vosotros leéis cada día un pasaje del Evangelio? Y cuántos de vosotros, tal vez, tenéis prisa por acabar el trabajo con el fin de no perder la telenovela… Tener el Evangelio entre las manos, tener el Evangelio sobre la mesilla, tener el Evangelio en la cartera, tener el Evangelio en el bolsillo y abrirlo para leer la Palabra de Jesús: así viene el reino de Dios. El contacto con la Palabra de Jesús nos acerca al reino de Dios. Pensadlo bien: un Evangelio pequeño siempre al alcance de la mano, se abre en un punto por casualidad y se lee lo que dice Jesús, y Jesús está allí.

¿Qué se puede hacer para poseer el reino de Dios? Sobre este punto Jesús es muy explícito: no basta el entusiasmo, la alegría del descubrimiento. Es necesario anteponer la perla preciosa del reino a cualquier otro bien terreno; es necesario poner a Dios en el primer lugar de nuestra vida, preferirlo a todo. Dar el primado a Dios significa tener el valor de decir no al mal, no a la violencia, no a los atropellos, para vivir una vida de servicio a los demás y en favor de la legalidad y del bien común. Cuando una persona descubre a Dios, el verdadero tesoro, abandona un estilo de vida egoísta y busca compartir con los demás la caridad que viene de Dios. Quien llega a ser amigo de Dios, ama a los hermanos, se compromete en salvaguardar su vida y su salud incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza. Sé que sufrís por estas cosas. Hoy, al llegar, uno de vosotros se acercó y me dijo: Padre tráiganos la esperanza. Pero yo no puedo daros la esperanza, yo puedo deciros que donde está Jesús allí está la esperanza; donde está Jesús se aman los hermanos, se comprometen en salvaguardar su vida y su salud incluso respetando el medio ambiente y la naturaleza. Esta es la esperanza que nunca defrauda, la que nos da Jesús. Esto es particularmente importante en esta vuestra hermosa tierra que requiere ser tutelada y preservada, requiere tener el valor de decir no a toda forma de corrupción y de ilegalidad —todos conocemos el nombre de estas formas de corrupción y de ilegalidad—, pide a todos ser servidores de la verdad y asumir en cada situación el estilo de vida evangélico, que se manifiesta en la entrega de sí y en la atención al pobre y al excluido. ¡Dedicarse al pobre y al excluido! La Biblia está llena de estas exhortaciones. El Señor dice: vosotros hacéis esto y esto otro, a mí no me interesa, a mí me interesa que el huérfano esté atendido, que la viuda esté atendida, que el excluido sea acogido, que se proteja la creación. ¡Esto es el reino de Dios!»

 

Papa Francisco. Homilía en la Plaza Carlos III. Sábado 26 de julio de 2014

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Reino de Dios es Jesús mismo que viene a nosotros. ¿Cómo es mi relación personal con Jesús?

2. San Pablo  nos pide algo que es aparentemente muy sencillo: “estad de buen ánimo”. ¿Cómo es mi ánimo?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 541- 556. 567. 680. 2046.



[1] Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, 18.