domingo, 31 de octubre de 2021

Solemnidad de Todos los Santos - 1 de noviembre de 2021

 «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»


Lectura del libro del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14

«Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar:"No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: "Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero».

 

Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-3

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.  4Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la lectura del Evangelio en la fiesta de todos los santos se proclaman las Bienaventuranzas, que son el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en todos los santos. Los elegidos por el Señor, es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Primera Lectura) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (Segunda Lectura). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia. 

 

El sermón de la montaña

En el Sermón de la monta­ña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangé­lica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infi­nitamente. Esto es lo que quie­ren decir los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepa­sados... Mas yo os digo..." (Mt 5,21.27.­31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la ley anti­gua dada por el mismo Dios. En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera perso­na: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos..."; la novena está formu­lada en segunda perso­na y dirigida a los oyen­tes: "Biena­venturados seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás.

Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho biena­venturanzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma prome­sa: "Biena­ventura­dos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos... Bienaventura­dos los persegui­dos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La prime­ra tabla contiene las primeras cuatro y expresa la rela­ción del hombre con Dios, y la segun­da tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.

 

La primera tabla

La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos... ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán saciados". El tema de esta primera tabla está indi­cado en la primera bienaventuranza, la que declara dicho­sos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del cora­zón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: "A­prended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligi­dos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.

 

La segunda tabla 

La segunda tabla proclama la otra condición indispen­sable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de cora­zón, los que traba­jan por la paz, los perse­guidos por causa de la justi­cia. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericor­diosos". Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en rela­ción a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relacio­nes fraternas. Aquí Jesús comien­za a ilustrar las rela­ciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indica­do por la primera biena­ven­turan­za: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.


¿En qué consiste ser santo?

En la solemnidad que celebramos es bueno preguntarnos: ¿En qué consiste la santidad de una persona? ¿Por qué los santos han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? ¿Qué hay en ellos que despierta ese sentimiento de admiración y asombro en los hombres? Para dar respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía canta: "Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo", y agrega: "Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad".

La santidad as algo que pertenece a Dios y que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado, el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. "Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1Jn 3,2). Estamos creados para esto y no sería un ser humano el que no lo deseara.

La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues "el amor es de Dios... Dios es amor" (1Jn 4,7.8). La actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc. Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un espectáculo más hermoso!

 

Una palabra del Santo Padre:

«Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad. Me refiero ahora a dos Bienaventuranzas, la segunda y la tercera. La segunda es esta: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (v. 4). Parecen palabras contradictorias, porque el llanto no es un signo de alegría y felicidad. Motivos de llanto y de sufrimiento son la muerte, la enfermedad, las adversidades morales, el pecado y los errores: simplemente la vida cotidiana, frágil, débil y marcada por las dificultades. Una vida a veces herida y probada por la ingratitud y la incomprensión. Jesús proclama bienaventurados a los que lloran por estas situaciones y, a pesar de todo, confían en el Señor y se ponen a su sombra. No son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor, sino que esperan con paciencia en el consuelo de Dios. Y ese consuelo lo experimentan ya en esta vida.

En la tercera Bienaventuranza Jesús afirma: "Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra" (v. 5). Hermanos y hermanas ¡la mansedumbre! La mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás. Estas personas, que la mentalidad mundana no aprecia, son en cambio preciosas a los ojos de Dios, que les da en herencia la tierra prometida, es decir, la vida eterna. También esta bienaventuranza comienza aquí abajo y se cumplirá en el Cielo, en  Cristo. La mansedumbre. En este momento de la vida, también mundial, donde hay tanta agresividad...Y también en la vida cotidiana, lo primero que sale de nosotros es la agresión, la defensa. Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir: mansedumbre.

Queridos hermanos y hermanas, elegir la pureza, la mansedumbre y la misericordia; elegir confiarse al Señor en la pobreza de espíritu y en la aflicción; esforzarse por la justicia y la paz, todo esto significa ir a contracorriente de la mentalidad de este mundo, de la cultura de la posesión, de la diversión sin sentido, de la arrogancia hacia los más débiles. Los santos y los beatos han seguido este camino evangélico. La solemnidad de hoy, que celebra a Todos los Santos, nos recuerda la vocación personal y universal a la santidad, y nos propone los modelos seguros de este camino, que cada uno recorre de manera única, de manera irrepetible. Basta pensar en la inagotable variedad de dones e historias concretas que se dan entre los santos y las santas: no son iguales, cada uno tiene su personalidad y ha desarrollado su vida en la santidad según su propia personalidad y cada uno de nosotros puede hacerlo, ir por ese camino. Mansedumbre, mansedumbre por favor e iremos a la santidad».

Papa Francisco. Ángelus 1 de noviembre de 2020

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido», nos decía Juan Pablo II. Una tentación que podemos tener es creer que este llamado no es para mí. 

2. Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.

Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 31 de octubre de 2021

«¿Cuál es el mandamiento más importante?»

Lectura del libro del Deuteronomio 6, 2-6

«De esta manera respetarás al Señor tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos; observarás todos los días de tu vida las leyes y mandamientos que yo te impongo hoy; así se prolongarán tus días. Escúchalos, Israel, y cúmplelos con cuidado, para que seas dichoso y te multipliques, como te ha prometido el Señor, Dios de tus antepasados, en esta tierra que mana leche y miel. Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo».

 

Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

«Por otra parte, mientras que los otros sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar, éste, como permanece para siempre, posee un sacerdocio que no pasará. Y por eso también puede perpetuamente salvar a los que por su medio se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos. Tal es el sumo sacerdote que nos hacía falta: santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y más sublime que los cielos. Él no tiene necesidad, como los sumos sacerdotes, de ofrecer cada día sacrificios por sus propios pecados antes de ofrecerlos por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre ofreciéndose a sí mismo. Y es que la ley constituye sumos sacerdotes a hombres débiles; pero la palabra del juramento, que vino después de la ley, hace al Hijo perfecto para siempre».

 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34

«“¿Cuál es el mandamiento más importante?” Jesús contestó: “El más importante es éste: Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos”. El maestro de la ley le dijo: “Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios”. Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo»: ésta es la esencia y el fundamento del mensaje que Dios mismo ha manifestado al ser humano. No existe mandamiento más importante porque éste engloba todos los demás mandamientos ya que no existe nada más exigente para el ser humano que amar (Evangelio). En la Primera Lectura, el pueblo de Israel renueva su amor total y exclusivo en Yahveh. Jesucristo es el Sumo Sacerdote que nos hacía falta ya que Él mismo es quien se ofrece, en un acto sublime de amor, al Padre para la reconciliación de los hombres e intercede en el cielo por cada uno de nosotros.

 

«Escúchalos y cúmplelos con cuidado para que seas feliz»

El texto del Dt 6,4-9, juntamente con Dt 11,13-21 y Nm 15,38-44, integran el conocido «Shemá» denominado así por la primera palabra hebrea de Dt 6,4: «Escucha» y que desde finales del siglo I de nuestra era, no ha dejado de rezarse mañana y tarde por los judíos observantes. De todos los textos que componen el «Shemá»; Dt 6,4-9 es el más importante por contener la proclamación por excelencia de la fe judía: «El Señor es uno». Tras la palabra «Shemá», con que se invita a Israel a ponerse en actitud de escucha, se proclama solemnemente la unidad de Yahveh-el Señor, de donde se hace derivar la unión plena y total de Israel con Él. Constituye así el «mandamiento principal» de Israel.

La triple expresión de Dt 6,5 (con todo tu corazón, alma y fuerzas) insiste en el amor total y sin reservas al Señor. El corazón y el alma, generalmente considerados como sede de toda la vida interior (psíquica y espiritual) del hombre. A estas facultades interiores se han de asociar las exteriores: las manos y los ojos (Dt 6,8). Toda la persona tiene que guardar cuidadosamente todas estas palabras del Señor en su corazón[1].

 

«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?»

El Evangelio de hoy nos presenta la tercera de las preguntas que se hacen a Jesús para ponerlo a prueba. Hay una suerte de «ir en aumento» en el grado de dificultad que alcanzará su punto máximo con la pregunta de nuestro texto. La primera tiene una dimensión política y se la hacen los fariseos y herodia­nos (amigos del poder de Roma) para «cazarlo en alguna palabra» que pudiera comprometerlo ante el poder temporal: «¿Es lícito pagar el tributo al César o no?» (Mc 12,14). La segunda pregunta se la hacen los saduceos «esos que niegan la resurrección» y se refiere a una verdad acerca del destino final del hombre: ¿Una mujer que ha tenido siete maridos, «en la resurrección, cuando resuciten, de cual de los siete será la esposa»? (Mc 12, 23). La intención de esta pregunta es ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos. Jesús responde a cada una de estas preguntas como un auténtico «maestro». Finalmente se acerca un escriba que había estado acompañando el diálogo y aprovecha de formularle una pregunta que era una auténtica preocupación entre los doctores de la ley: «¿Cuál es el primero de todos los mandamien­tos[2].

Para un israelita la justificación ante Dios consistía en cumplir fielmente los mandamientos y preceptos de la ley de Moisés. Así había escrito Moisés: «El Señor se complacerá en tu felicidad, si tú escuchas la voz del Señor tu Dios guardando sus mandamientos y sus preceptos, lo que está escrito en el libro de esta Ley» (Deut 30,9-10). Pero en la Ley de Moisés había cientos de mandamientos, preceptos y prohibiciones[3]. ¿Cuando se produ­ce un conflicto entre dos preceptos, cuál se debe obser­var; cuál es el primero de todos los mandamientos? Todos recordamos los conflictos que tuvo Jesús con los escribas y fariseos por este motivo.

Por ejemplo, respecto a la ley del reposo sabático, Jesús se vio en­fren­tado a este conflicto: ¿qué prevalece el sábado, observar el reposo o salvar una vida? Cuando Jesús encuen­tra en la sinagoga a un hombre con la mano seca y todos lo acechan para ver si lo curaba en sábado y tener de qué acusarlo, Él les pregunta: «¿En sábado, es lícito hacer el bien en vez del mal, es lícito salvar una vida en vez de destruir­la?» (Mc 3,4). En el fondo se trata de tener claro, cuál es el mayor de los mandamientos y por lo tanto, prevalece sobre los otros.

 

El mandamiento del amor

Jesús responde como un auténtico maestro: «El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Esto era claro para todo judío ya que todo israelita fiel debe recitar diariamente la oración del «Shemá». Ésta es la base sobre la cual se funda toda la ley de Dios. Pero la res­puesta de Jesús no termina aquí. Agrega: «El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo[4]». Y afirma categóricamente: «No existe otro mandamiento mayor que éstos». Después de esta res­puesta el Evangelio concluye: «nadie se atre­vía a hacerle más pregun­tas». La respuesta de Jesús fue concluyente. La primera enseñanza que encontramos en la respuesta de Jesús es que no puede existir una oposición o conflicto entre el amor verdadero a Dios y al prójimo. El amor al prójimo es la expresión auténtica de nuestro amor a Dios. El amor al prójimo es el criterio que nos permite discer­nir al amor a Dios. Esto lo resume de manera definitiva San Juan en su primera carta: «Si alguno dice: 'Amo a Dios' y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: que quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,20-21).

La segunda enseñanza contenida en la respuesta de Jesús es que el amor es un don de Dios y no es solamente el resultado de un mero esfuerzo humano. Y ¿quién puede presumir de vivir plenamente este doble mandamiento del amor? ¿Quién puede afirmar que ama al prójimo como a sí mismo? Pero recordemos que la prueba y la medida de nuestro amor a Dios es el amor que tenemos a los hermanos. Para canonizar un santo, el primer paso es poder demostrar que practicó el mandamiento del amor en grado heroi­co; en todos los santos resplandece el amor a Dios y al próji­mo. Ya decía San Bernardo: «la medida del amor a Dios es de amarlo sin medida». Y San Agustín nos decía que: «cuanto más amo, más deudor me siento cada día». Por último, Jesús nos enseña que este mandamiento único del amor a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo, prevalece sobre todos los demás. Todos los demás mandamientos no son sino la expresión de éste para situacio­nes concretas de la vida del hombre. Resu­miendo esta enseñanza de Jesús, San Pablo afirma: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley... el amor es la ley en su plenitud» (Rom 13,8.10).

 

«Tu eres sacerdote para siempre»

Utilizando el salmo 110 (109), 4; el autor de la carta a los Hebreos subraya la excelencia del sacerdocio de Jesús, que es eterno y está avalado por el juramento de Dios Padre. Precisamente por eso su eficacia es absoluta, mientras que el sacerdocio del Antiguo Testamento participaba de la limitación, debilidad e incapacidad salvífica de la ley. «Éste es el sumo sacerdote que nos hacía falta» (Heb 7,26) exalta jubiloso el autor y enumera una serie de características paradigmáticas del sacerdocio de la Nueva Alianza: «santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y más sublime que los cielos»; ya que ahora el sacerdocio se enraíza en el sacerdocio del mismo Jesucristo.  

 

Una palabra del Santo Padre:

« En el centro del Evangelio de este domingo (cf. Marcos 12, 28b-34), está el mandamiento del amor: amor a Dios y amor al prójimo. Un escriba preguntó a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (v. 28). Él responde citando la profesión de fe con la que cada israelita abre y cierra su día y que empieza con las palabras «Escucha, Israel. Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh» (Deuteronomio 6, 4). De este modo Israel custodia su fe en la realidad fundamental de todo su credo: existe un solo Señor y ese Señor es «nuestro» en el sentido de que está vinculado a nosotros con un pacto indisoluble, nos ha amado, nos ama y nos amará por siempre. De esta fuente, de este amor de Dios, se deriva para nosotros el doble mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas […] Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (vv. 30-31).

Eligiendo estas dos Palabras dirigidas por Dios a su pueblo y poniéndolas juntas, Jesús enseñó una vez para siempre que el amor por Dios y el amor por el prójimo son inseparables, es más, se sustentan el uno al otro. Incluso si se colocan en secuencia, son las dos caras de una única moneda: vividos juntos son la verdadera fuerza del creyente,

Amar a Dios es vivir de Él y para Él, por aquello que Él es y por lo que Él hace. Y nuestro Dios es donación sin reservas, es perdón sin límites, es relación que promueve y hace crecer. Por eso, amar a Dios quiere decir invertir cada día nuestras energías para ser sus colaboradores en el servicio sin reservas a nuestro prójimo, en buscar perdonar sin límites y en cultivar relaciones de comunión y de fraternidad. El evangelista Marcos no se preocupa en especificar quién es el prójimo porque el prójimo es la persona que encuentro en el camino, durante mi jornada. No se trata de preseleccionar a mi prójimo, eso no es cristiano. Pienso que mi prójimo es aquel que he preseleccionado: no, esto no es cristiano, es pagano. Se trata de tener ojos para verlo y corazón para querer su bien. Si nos ejercitamos para ver con la mirada de Jesús, podremos estar siempre a la escucha y cerca de quien tiene necesidad. Las necesidades del prójimo reclaman ciertamente respuestas eficaces, pero primero exigen compartir».

                                                                        Papa Francisco. Ángelus, domingo 4 de noviembre de 2018.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. ¿Amo a Dios sobre todas las cosas? Solamente si se considera quién es Dios y quién es el hombre, se entiende que Dios deba ser amado por el hombre en forma absoluta y total. A Dios se lo puede amar con todo el ser solamente si Él es único y si Él es nuestro Creador, nuestro Padre y nuestro Fin último.

2. «En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Leamos con sincero corazón el pasaje de Mt 25, 31ss.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1972. 2055. 2093-2094.



[1] Ver el bello paralelo sobre la actitud de María ante la Palabra viva de Dios en Lc 2,19. 51.

[2] Al decir «el primero» lo que quiere saber el escriba es cuál es "el más importante". En el pasaje paralelo en el Evangelio de San Mateo leemos: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?» (Mt 22,36).

[3] La Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos, 248 de los cuales eran positivos, puesto que ordenaban determinadas acciones, y 365 negativos, ya que prohibían hacer algunas otras. Unos y otros dividíanse en preceptos «ligeros» y preceptos «graves», según la importancia que se les atribuía. Ahora bien, entre todos aquellos preceptos podía existir también una especie de jerarquía y entre los «graves» podía haber uno gravísimo, que superase en importancia a todos los demás.

[4] Ver Lv 19,18.

lunes, 18 de octubre de 2021

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 24 de octubre 2021

«Rabbuní, ¡que vea!»

 Lectura del libro del profeta Jeremías 31, 7-9

«Pues así dice Yahveh: Cantad con alegría loores a Jacob, y gritos por la capital de las naciones; hacedlo oír, alabad y decid: "¡Ha salvado Yahveh a su pueblo, al Resto de Israel!" Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Entre ellos, el ciego y el cojo, la preñada y la parida a una. Gran asamblea vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre, y Efraím es mi primogénito.»

 

Lectura de la carta a los Hebreos 5, 1-6

«Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 46-52

«Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: "¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!" Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" Jesús se detuvo y dijo: "Llamadle". Llaman al ciego, diciéndole: "¡Animo, levántate! Te llama". Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: "¿Qué quieres que te haga?" El ciego le dijo: "Rabbuní, ¡que vea!" Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.»

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Los textos de este Domingo destacan la amorosa atención de Dios hacia los hombres. El destierro es como un desierto donde el pueblo elegido se encuentra nuevamente con su Señor ya que en Él se manifiesta el amor eterno de un Dios que es siempre fiel a su pueblo. El retorno a la tierra prometida es alegre (Sal 126,5), pero no esconde la realidad: está formado por una procesión de inválidos y tullidos que regresan confiados en Dios. Justamente es Jesucristo, con el poder de Dios, quien dará salud al ciego Bartimeo que manifiesta una enorme fe y confianza en el «Hijo de David» (Evangelio). La acción amorosa de Dios se muestra de modo especial en Cristo, Sumo Sacerdote, que saca a los hombres de la ignorancia y del dolor, y los libera de sus pecados (Segunda Lectura).

 

«Porque yo soy para Israel como un padre…»

En los capítulos 30 al 33, Jeremías emplea todos los recursos proféticos para describir la gloriosa restauración de Israel y el esplendor de la Nueva Alianza que Dios hará con su pueblo. En los versículos anteriores al texto de este Domingo, leemos una maravillosa manifestación del amor de Dios a su pueblo: «Con amor eterno te he amado, por eso no dejé de compadecerte» (Jer 31,3). La afirmación que todos los pueblos se alegrarán cuando vuelva Jacob (Jer 31,1) tiene una clara connotación mesiánica: «No temas, le dice Dios a Jacob al término de sus días. Baja a Egipto, porque allí te pondré una numerosa posteridad. Yo bajaré contigo allá y yo te traeré de allí cuando vuelvas» (Gn 46, 3b-4).

La frase que leemos en el texto de Jeremías «el resto de Israel» es frecuentemente usada en los libros proféticos refiriéndose a aquellos «anawin» o «pobres de Yahveh» que en medio de las calamidades han sido fieles a la promesa (Alianza) hecha a Dios. Dios corrige y reprende los crímenes de su pueblo porque permanece fiel a la alianza: «las promesas de Dios son inmutables» (Rom 11,29). Finalmente es Dios mismo quien los conducirá, como un pastor, a la nueva Sión y los cuidará como un padre cuida a sus hijos.

En la Primera Lectura hay un detalle en consonancia con el Evangelio de hoy. Entre la gran multitud de israelitas repatriados del destierro por Dios, ve el profeta caminar ciegos y cojos. El Señor ha salvado y restituido a su pueblo. El nombre Efraín históricamente se refiere al reino del Norte; conceptualmente recuerda la concesión de la primogenitura al hermano pequeño (ver Gn 48,8-20; 31,20; Os 11). El Salmo responsorial canta la alegría del regreso a  la tierra prometida: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 125 (126).

 

«Tu eres sacerdote para siempre»

El texto de la carta a los Hebreos profundiza la última idea del Domingo pasado: «acerquémonos con confianza al trono de la gracia» (Heb 4,16). Para ello pone de relieve la misericordia de Jesucristo-Sacerdote, por comparación y contraste con los antiguos sacerdotes: es uno de nosotros, que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque Él también ha sido sometido a la prueba y al sufrimiento. A partir de aquí, el autor afronta el misterio del Jesús histórico, que, precisamente a través del sufrimiento, aprendió la entrega total de sí mismo a Dios, llegando a la perfección suprema (ver Heb 5, 9-10)[1]. Jesucristo tiene la dignidad y el honor del sacerdocio no porque lo haya arrebatado, usurpado, comprado o robado, sino por la humilde aceptación de una misión, de un don. El mismo Dios, que lo ha proclamado su Hijo, lo ha nombrado, declarado y proclamado solemnemente Sumo Sacerdote, como leemos en (Sal 110,4): «Lo ha jurado Yahveh y no va a retractarse: “Tú eres sacerdote, según el orden de Melquisedec». Con ello el autor sagrado ve realizado en Cristo un nuevo tipo de sacerdocio, un sacerdote eficaz que proporciona la salvación a cuantos a Él se adhieran llevándolos plenamente hasta Dios.

 

«¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!»

El Evangelio de este Domingo presenta un episodio de la vida de Jesús que se asemeja mucho al que meditábamos hace algunas semanas. En ambos casos vemos cómo Jesús está abandonando un lugar para ponerse de camino. Sin embargo ¡qué diferencia en el desenlace de uno y otro! En el primer caso Jesús llama a un joven a dejar sus riquezas y a seguirlo, pero éste prefiere quedarse triste con sus “bienes”. En cambio, hoy vemos a un pobre mendigo a quien Jesús le devuelve la vista y “alegremente” lo va a seguir en el camino arrojando tal vez su único “bien” en el mundo: «su manto». Del primero no sabemos ni siquiera el nombre, del segundo sabemos que se llamaba: Bartimeo, el hijo de Timeo. El mencionar el nombre revela, tal vez, el hecho de que el ciego curado fuese parte de la comunidad cristiana en Jerusalén.

Los detalles que leemos en el pasaje de San Marcos son notables y podrían ser las reminiscencias de un testigo ocular. Ante todo, el pasaje transcurre en la ciudad de Jericó. Esta quedaba a unos ocho kilómetros al oeste del Jordán y treinta kilómetros al nordeste de Jerusalén. Fue reedificada por Herodes el Grande que murió allí mismo. Por allí pasaba el camino que de la Transjordania llevaba a Jerusalén y allí realizaría Jesús la última curación que es narrada en los sinópticos. Inmediatamente nos llama la atención cómo el ciego, sentado a la orilla del camino como era la costumbre de la época, se dirige a Jesús que pasa: «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!». Es un claro y abierto reconocimiento de la mesianidad de Jesús.

En efecto, David había sido ungido rey[2] y es a él a quien Dios le promete que un nuevo mesías saldría de su descendencia (ver 2Sam 7,12.16). Sobre este trasfondo entendemos mejor las palabras del arcángel Gabriel cuando le dice a María: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre...su reino no tendrá fin» (Lc 1,32.33). Y es claro también el sentido de las palabras de Bartimeo que reconoce a Jesús como el Mesías esperado. Si bien es cierto que durante su ministerio Jesús había evitado el título de «Hijo de David» por la fuerte connotación política que tenía; sin embargo, en este episodio al ser interpelado en esta forma, se detiene, pues en las palabras del ciego había algo más que una mera alusión al poder político: el ciego agrega: «¡Ten piedad de mí!». Esto llamó poderosamente la atención de Jesús. Cuando el ciego se pone a gritar queriendo llamar la atención del Maestro, muchos le reprendían para que se callara. Su grito parece ser intempestivo y no quieren que moleste a Jesús. Para ellos (sus discípulos y una gran multitud) no era más que el grito desesperado de un mendigo ciego sentado a la largo del camino, es decir, un marginado más.

Sin embargo, hay un claro contraste entre la actitud de Jesús y la de los discípulos. La actitud de Jesús encierra un reproche hacia sus seguidores. Él está atento a los marginados y despreciados de la sociedad: los llama y los acoge. El ciego entusiasmado, deja su manto y de un salto va hacia Él. Quedan frente a frente el mendigo ciego y el Maestro Bueno. Entonces Jesús le pregunta qué es lo que quiere. Bartimeo le pide algo insólito, algo que nadie habría pedido a David ni a un descendiente suyo: «Maestro, ¡que vea!». Cualquier mendigo le habría pedido una limosna; pero este mendigo, con su petición, expresó una inmensa fe en Jesucristo, seguro que Él podría darle la vista. Esa fe mereció la salvación y también su señal externa: la vista material. Jesús le dijo: «Tu fe te ha salvado». Y al instante recuperó la vista y lo siguió por el camino. El hombre que era un pobre mendigo ciego fue capaz de entender la misión de Jesús tal vez mejor que los mismos apóstoles quedando así plenamente restituido e incorporado a la comunidad de los que seguían a Jesús.

La fe consiste en poner a Cristo y su enseñanza como fundamento de nuestra existencia seguros que, apoyándonos en Él, estaremos firmes y nunca quedaremos defraudados. El reconocer que muchas veces necesitamos ser curados para «ver nuevamente» implica tener la grandeza personal para aceptar nuestras cegueras personales. El alejarnos de la comunión con Dios y nuestros hermanos nos coloca al «margen del camino», colocándonos en una situación muy semejante a la del ciego Bartimeo.      

 

Una palabra del Santo Padre:

«Pensemos en la historia de Bartimeo, un personaje del Evangelio (cf. Mc 10,46-52 y par.) y, os lo confieso, para mí el más simpático de todos. Era ciego y se sentaba a mendigar al borde del camino en las afueras de su ciudad, Jericó. No es un personaje anónimo, tiene un rostro, un nombre: Bartimeo, es decir, “hijo de Timeo”. Un día oye que Jesús pasaría por allí. Efectivamente, Jericó era una cruce de caminos de personas, continuamente atravesada por peregrinos y mercaderes. Entonces Bartimeo se pone a la espera: hará todo lo posible para encontrar a Jesús. Mucha gente hacía lo mismo, recordemos a Zaqueo, que se subió a un árbol. Muchos querían ver a Jesús, él también.

Este hombre entra, pues, en los Evangelios como una voz que grita a pleno pulmón. No ve; no sabe si Jesús está cerca o lejos, pero lo siente, lo percibe por la multitud, que en un momento dado aumenta y se avecina... Pero está completamente solo, y a nadie le importa. ¿Y qué hace Bartimeo? Grita. Y sigue gritando. Utiliza la única arma que tiene: su voz. Empieza a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (v. 47). Y sigue así, gritando.

Sus gritos repetidos molestan, no resultan educados, y muchos le reprenden, le dicen que se calle. “Pero sé educado, ¡no hagas eso!”. Pero Bartimeo no se calla, al contrario, grita todavía más fuerte: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (v. 47). Esa testarudez tan hermosa de los que buscan una gracia y llaman, llaman a la puerta del corazón de Dios. Él grita, llama. Esa frase: “Hijo de David”, es muy importante, significa “el Mesías” —confiesa al Mesías—, es una profesión de fe que sale de la boca de ese hombre despreciado por todos.

Y Jesús escucha su grito. La plegaria de Bartimeo toca su corazón, el corazón de Dios, y las puertas de la salvación se abren para él. Jesús lo manda a llamar. Él se levanta de un brinco y los que antes le decían que se callara ahora lo conducen al Maestro. Jesús le habla, le pide que exprese su deseo —esto es importante— y entonces el grito se convierte en una petición: “¡Haz que recobre la vista!”. (cf. v. 51).

Jesús le dice: «Vete, tu fe te ha salvado» (v. 52). Le reconoce a ese hombre pobre, inerme y despreciado todo el poder de su fe, que atrae la misericordia y el poder de Dios. La fe es tener las dos manos levantadas, una voz que clama para implorar el don de la salvación. El Catecismo afirma que «la humildad es la base de la oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2559). La oración nace de la tierra, del humus —del que deriva “humilde”, “humildad”—; viene de nuestro estado de precariedad, de nuestra constante sed de Dios (cf. ibid., 2560-2561). La fe, como hemos visto en Bartimeo, es un grito; la no fe es sofocar ese grito. Esa actitud que tenía la gente para que se callara: no era gente de fe, en cambio, él si. Sofocar ese grito es una especie de “ley del silencio”. La fe es una protesta contra una condición dolorosa de la cual no entendemos la razón; la no fe es limitarse a sufrir una situación a la cual nos hemos adaptado. La fe es la esperanza de ser salvado; la no fe es acostumbrarse al mal que nos oprime y seguir así».

Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 6 de mayo de 2020

  

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Leamos el Salmo Responsorial 125 (126) y meditemos sobre las bendiciones del Señor en nuestras vidas.

2. ¿Me considero totalmente sano? ¿Cuáles son mis cegueras personales que necesitan ser curadas por el Señor Jesús?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 439. 547-550.714. 1822-1829. 2616.



[1] «Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec» (Heb 5,9-10).

[2] Recordemos que «Ungido» (palabra de origen griego); en hebreo se dice: «Mesías».

martes, 12 de octubre de 2021

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 17 de octubre de 2021

«El Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos» 


Lectura del libro del profeta Isaías  53, 2a.3a.10-11 

«Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará.»


Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16

«Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna.»


Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 35-45

«Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos". El les dijo: "¿Qué queréis que os conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda". Jesús les dijo: "No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos". Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado". 

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos".»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», nos dice claramente el Señor Jesús en el Evangelio. Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando en sí la figura del Siervo de Yahveh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación por su pueblo (Primera Lectura). Justamente asume así la figura del Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado (Segunda Lectura). 


«Despreciable y desecho de hombres»

El impresionante texto del profeta Isaías es el cuarto poema sobre el «Siervo del Señor». A diferencia de los anteriores poemas, se limita a narrar los sufrimientos del Siervo y el sentido último de los mismos. Lo que describe de manera impactante es la pasión, muerte y exaltación inaudita del Siervo. Todo el proceso se desarrolla a base de contrastes y paradojas entre lo que sufre el Siervo en el lugar de las otras personas. Irreconocible descripción de su estado externo, sufrimientos totalmente desmesurados por crímenes ajenos, proceso injusto, muerte ignominiosa propia de malvados. «Con sus llagas nos curó» (Is 53,5) corrige con audacia principios profundamente enraizados en la cultura religiosa antigua, y también en la del Antiguo Testamento. 

El Servidor no responde «herida por herida» como permitía e incluso ordenaba la ley del talión (ver Éx 21,25) ; mucho menos trata de vengarse desproporcionadamente de la herida recibida (ver Gn 4,23-24) . Por el contrario, sorprendentemente sus propias heridas llevan la curación a un cuerpo cubierto de ellas, el cuerpo de Israel así como cada uno de sus miembros. Al final, se da la explicación de lo inaudito: todo respondía al designio divino que es aceptado libremente por el Siervo. Sus sufrimientos y muerte han tenido un sentido redentor de expiación y salvación (han curado, perdonado y salvado a los verdaderos culpables): el triunfo final ha demostrado su inocencia y el sentido de sus sufrimientos. En el Nuevo Testamento, este cuarto canto del Siervo nos ayuda a entender mejor el sentido Reconciliador de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, el Siervo de los siervos. 


Los hijos de Zebedeo  

El Evangelio de hoy nos presenta uno de eso casos en que los apóstoles quedan «mal parados»; y, lamentablemente, no se salva ninguno de ellos. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan al Maestro Bueno y le hacen un pedido. Manifiestan una ambición humana, pues están pensando en un reino terreno que ellos esperaban cuando Jesús, como Mesías prometido, se sentara en el trono del David. No sólo manifiestan ambición, sino también completa incomprensión del misterio y de la misión de Jesucristo. Cuando en la Sagrada Escritura el término «gloria» es aplicado a personas, expresa generalmente su riqueza o su posición destacada. En el Antiguo Testamento la «gloria de Dios» se manifiesta fundamentalmente en dos acontecimientos: el éxodo y el destierro. En el Nuevo Testamento se afirma que Jesús era la «gloria de Dios» que se había hecho visible en la tierra. «Nosotros hemos visto su gloria» escribe el apóstol San Juan. 

Recordemos que el pasaje de esta semana se sitúa inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión de Cristo (ver Mc 10, 32-34). Este tercer anuncio llama la atención por lo detalles tan precisos de los acontecimientos que iban a suceder. Se nombra a Jerusalén como escenario de la Pasión y se dan en perfecto orden cronológico los hechos principales que la constituyen. Lejos de liberar a Israel del dominio extranjero para restaurar el reino terreno, Jesús anuncia que será «entregado a los gentiles» , es decir a los romanos y será sometido a muerte. Algunos Domingos atrás notábamos cómo después del segundo anuncio de su Pasión los apóstoles discutían sobre quién sería el mayor (ver Mc. 9,30-37). La repetición de la misma situación acentúa la incomprensión de los apóstoles. 


«El cáliz que he de beber...»

Si bien Santiago y Juan le formulan un pedido al Maestro que denota una clara manifestación de ambición humana, los otros diez tampoco estaban exentos de esta incomprensión ante el mensaje de Jesús. Como que vemos dos niveles en lo que va siendo narrado por San Marcos. Los otros diez «empezaron a indignarse contra Santiago y Juan». De esa manera demuestran que esos puestos de poder y privilegio también eran deseados por cada uno para sí. No estaban dispuestos a cederlos a otro; la ambición era más fuerte que la amistad que los unía. En ese momento cada uno pensaba en su propio interés. ¡Qué frágiles pero cercanos se nos hacen estos sentimientos de los apóstoles! 

Jesús, con admirable paciencia y cariño, trata de explicarles que esa petición está fuera de lugar, porque lo que realmente debían de querer era más bien beber el cáliz y ser bautizados con el mismo bautismo con que Él iba a ser bautizado. Éstas son expresiones idiomáticas que se usan para indicar una muerte trágica asumida con paciencia y abnegación. Es decir, lo que debían ambicionar era asumir la cruz y estar a su lado en sus sufrimientos. Para luego gozar con Él de su victoria ante la muerte. Y luego Jesús agrega una enseñanza que es como la esencia del Evangelio. 

En el Antiguo Testamento el cáliz es símbolo tanto de gozo (ver Sal 23,5; 106,13) como de sufrimiento  (ver Sal 75,9; Is 51, 17-22). Aquí la idea es la del sufrimiento redentor mesiánico. El cáliz es uno que bebe el mismo Jesús «yo bebo», como leemos en el original griego. El uso del presente indica que ya hay una experiencia ya comenzada durante toda su vida terrena. La figura del bautismo expresa la misma idea. El uso del simbolismo del agua para una calamidad es frecuente en el Antiguo Testamento (ver Is 43,2). Jesús va emplear la expresión para significar la muerte que debe de pasar: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). 


La esencia del Evangelio 

«El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». Jesús mismo se pone como modelo, describiendo su propia vida y misión. «Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos». Esta frase es una de las más importantes en los Evangelios y parece estar tomada de la profecía que leemos en Isaías 53 acerca del Siervo de Yahveh. La palabra más importante en la frase es «lytron»: rescate. En el griego clásico, la palabra es usada generalmente en plural para designar el precio de redención  de un cautivo; en los papiros, para designar el dinero por la libertad de los esclavos.  En el Antiguo Testamento, cuando las palabras de esta raíz se empleaban en sentido religioso, significan la liberación realizada por Dios sin ninguna connotación de precio. Designa una cosa positiva por la que el hombre pasa a ser posesión de Dios (ver Est 13,9; Ex 6,6-8). A la luz de lo dicho, la palabra «lytron» debe de significar el medio como se realiza la redención (reconciliación, liberación). Y se aplica, de hecho, a la muerte de Jesucristo que fue el precio que se pagó para poder reconciliarnos con el Padre en el Espíritu Santo. Los apóstoles finalmente comprendieron bien la enseñanza de Jesús y bebieron de su mismo cáliz. Por eso, no obstante todo, son las columnas de la Iglesia. En efecto San Pablo afirma que su ideal no es poseer poder en esta tierra, sino «tener comunión con los padecimientos de Cristo hasta hacerse semejante a Él en su muerte» (Fil 3,10).  Y San Juan nos enseña: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16).  


«Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia»

Termina este largo comentario del Salmo 95 en la Carta a los Hebreos con un canto a la palabra de Dios, que es eficaz en el anuncio de la salvación, y al mismo tiempo es penetrante a la hora de discernir la actitud radical del corazón del hombre. Con este canto se cierra el elogio de Jesús en cuanto tiene una dignidad mayor que la de Moisés, y nos presenta a Jesús como el Sumo Sacerdote misericordioso e inocente, que nos comprende y nos ayuda.

En Heb 4,15-16 se inicia el tema que se relaciona con lo que leemos en Heb 2,17-18. La afirmación primera tiene una connotación afectiva no exenta de ternura: «tenemos un Sumo Sacerdote»; existe, es nuestro, está ahí para nosotros, a nuestro alcance. No es un Sumo Sacerdote que no tenga capacidad para comprender nuestras debilidades, pues Él mismo ha pasado por todas ellas a semejanza nuestra, aunque no le llevaron a pecar ni a apartarse de Dios, como nos ocurre a todos los demás. La semejanza no le exigió asumir el pecado. Esta realidad ha de movernos a acercarnos con libertad, sin miedo, a ese trono lleno de gracia, de donde brota el favor y la disposición para ayudarnos.


Una palabra del Santo Padre: 

«Santiago y Juan, siempre mirando al privilegio esperado, dicen deprisa: ¡sí «podemos»! Pero tampoco aquí se dan cuenta de lo que verdaderamente dicen. Jesús preanuncia que su cáliz lo beberán y su bautismo lo recibirán, es decir, ellos también, como los demás apóstoles, participarán en su cruz, cuando llegue el momento. Sin embargo —concluye Jesús— «sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado» (v. 40). Como diciendo: ahora seguidme y aprended el camino del amor «con pérdida», y el Padre celestial se hará cargo del premio. El camino del amor es siempre «con pérdida», porque amar significa dejar a parte el egoísmo, la autorreferencialidad, para servir a los demás. Jesús se da cuenta de que los otros diez Apóstoles se enfadan con Santiago y Juan, demostrando así que tienen la misma mentalidad mundana. Y esto le ofrece la inspiración para una lección que se aplica a los cristianos de todos los tiempos, también para nosotros. Dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros; sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (v. 42-44). Es la regla del cristiano. El mensaje del Maestro es claro: mientras los grandes de la Tierra construyen «tronos» para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, desde donde reinar dando la vida: «Tampoco el Hijo del Hombre —dice Jesús— ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (v. 45).

El camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros puestos; es la medicina para los arribistas, esta búsqueda de los primeros puestos, que infecta muchos contextos humanos y no perdona tampoco a los cristianos, al pueblo de Dios, ni tampoco a la jerarquía eclesiástica. Por lo tanto, como discípulos de Cristo, acojamos este Evangelio como un llamado a la conversión, a dar testimonio con valentía y generosidad de una Iglesia que se inclina a los pies de los últimos, para servirles con amor y sencillez. Que la Virgen María, que se adhirió plenamente y humildemente a la voluntad de Dios, nos ayude a seguir a Jesús con alegría en el camino del servicio, el camino maestro que lleva al Cielo».

Papa Francisco. Ángelus 21 de octubre de 2018. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. Leamos y meditemos todo el pasaje de Isaías 53, a la luz de lo leído de la lectura del Evangelio.

2. «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». ¿Cómo vivo esta realidad de manera concreta? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 440. 786. 1897-1904.

martes, 5 de octubre de 2021

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 10 de octubre 2021

«Vende cuanto tienes, luego ven y sígueme»

Lectura del libro de la Sabiduría 7, 7-11

«Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella. Ni a la piedra más preciosa la equiparé, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura y preferí tenerla a ella más que a la luz, porque la claridad que de ella nace no conoce noche. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos. »



Lectura de la carta a los Hebreos 4,12 - 13

«Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 17 - 30

«Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?" Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre". El, entonces, le dijo: "Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud". Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: "Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme". Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: "¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!" Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: "¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios". Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: "Y ¿quién se podrá salvar?" Jesús, mirándolos fijamente, dice: "Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios". Pedro se puso a decirle:"Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Jesús dijo:"Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna”.»

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Jesús sigue instruyendo a sus apóstoles mientras continúan su camino a Jerusalén. Si el Domingo pasado el tema central era la fidelidad conyugal y la infancia espiritual; hoy es la verdadera riqueza que es el escuchar la Palabra de Dios, ser generoso y seguirla hasta sus últimas consecuencias (Evangelio). Esta es la Sabiduría que pide Salomón a Dios y que vale más que «todo el oro» (Primera Lectura). Por otro lado, la Palabra es viva y eficaz y es «más cortante que espada de dos filos» ya que es capaz de penetrar hasta los rincones más ocultos de nuestro espíritu y de nuestra alma (Segunda Lectura).


«Maestro bueno...»

El Evangelio de este Domingo no se trata de una «parábola»[1], sino de un «hecho histórico» en la vida de Jesús. El hecho de que Jesús esté ya partiendo de ese lugar y haya de venir corriendo un hombre a detenerlo para hacerle una última pregunta; imprime, sin duda, un carácter de urgencia. En esta presentación todo parece un tanto extremo: un hombre corre, dando la impresión de que no puede prescindir de la orientación que pide a Jesús; se arrodilla ante Él y lo llama «Maestro bueno». El evangelista Mateo nos dice que era «joven» (Mt 19,20) y Lucas que era «uno de los principales» (Lc 18,18). Que en Israel una persona de esa categoría se ponga a correr era considerado poco decoroso; se explica sólo ante una situación realmente extrema en la que está dispuesto a dejar de lado el propio orgullo. Por otro lado, todo judío estaba prohibido de arrodillarse sino sólo ante Dios; en todo caso esta actitud indica una extrema reverencia. Finalmente ¿quién duda de la sinceridad de este importante personaje cuando llama a Jesús de «Maestro bueno»? Para él, Jesús no es cualquier maestro sino, un maestro que enseña la verdad.

La pregunta realizada por el joven refleja su propia inquietud interior y, sin duda, la de cada uno de nosotros: «¿Qué debo de hacer para tener en herencia la vida eterna?» La vida eterna es la felicidad plena para el hombre, tal como lo prometiera Jesús a sus seguidores: «se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16,22)Esto es lo que todos queremos llegar a alcanzar algún día. Si alguien, concluido su paso por la tierra, no alcanza la vida eterna puede considerarse eternamente infeliz; ha fracasado como persona para siempre. Y no existe nadie más indicado que Jesús para responder la pregunta de este angustiado joven ya que su misión es precisamente enseñarnos el camino que conduce al Padre. Por eso dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Estamos todos deseando que Jesús responda a una pregunta tan fundamental y he aquí su respuesta: «Ya sabes los mandamientos...» y cita los más importantes. El hombre iba tomando conciencia de lo que él había cumplido y sin embargo algo faltaba; de lo contrario su pregunta habría sido una mera formalidad. Tampoco Jesús le dice: «Está muy bien, quédate tranquilo, eres bueno; sigue igual y tendrás la vida eterna». Algo le faltaba cumplir o más bien, vivir: observar el primero y el más exigente de todos los mandamientos ya que es el que los resume a todos: «Amarás a Dios con todo tu corazón... y al prójimo como a ti mismo».

En efecto cuando Jesús le hace notar que le falta una cosa: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme», no está dispuesto a aceptar. Se trataba de dejar sus riquezas y ponerse de camino con Jesús que ya partía rumbo a Jerusalén. Pero el hombre prefiere quedarse atrás, pues ama sus bienes más que a Jesús. No quiere desprenderse de ellos. Tiene en ellos su corazón y ante la perspectiva de dejarlos para poseer la vida eterna, prefiere sus bienes. Y tampoco ama al prójimo como a sí mismo, pues rehúsa dar a los pobres los bienes que él goza, es decir, se ama a sí mismo más que a su prójimo. Al escuchar las palabras del «Maestro bueno», fue poniéndose triste y se fue apesadumbrado[2], porque tenía muchos bienes. La respuesta de Jesús era la verdad, pero él prefirió escucharse a sí mismo y quedarse con sus bienes ya que «los que son de la verdad escuchan mi voz» (Jn 19,37).

 

Se fue abatido y triste… ¿pero no tenía muchos bienes?

¿Triste porque poseía muchos bienes? Parece contradictorio. Un «bien» está ordenado a dar gozo a quien lo posee y eso le produce un estado de felicidad o gozo interior. Pero en este caso vemos como el bien terreno y limitado se ha antepuesto a un bien infinito; se ha transformado en un obstáculo. Por eso ya no es un bien, ¡ahora es un mal! En efecto el mal moral es todo aquello que nos impide la posesión de la vida eterna, todo aquello que no se ordena al fin último del hombre para lo cual hemos sido creados. Es por eso que «nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti», nos dice San Agustín. El joven prefirió un poco de seguridad y placer terrenal a cambio de la vida eterna. La certeza de estar perdiendo la vida eterna arroja una sombra sobre todos sus gozos terrenos y lo hace triste.

Esta verdad hace de él un infeliz. Jesús les hace notar la dificultad de entrar en el Reino de los cielos si es que el corazón está apegado a los bienes de la tierra. En el fondo estos bienes se quedan en este mundo y con él también nuestro corazón. «Feliz el rico que fue hallado intachable, que tras el oro no se fue. ¿Quién es, y le felicitaremos?, pues obró maravillas en su pueblo. ¿Quién sufrió esta prueba y fue hallado perfecto? será para él motivo de gloria. ¿Quién pudo prevaricar y no prevaricó, hacer mal y no lo hizo?  Sus bienes se consolidarán, y la asamblea hablará de sus bondades» (Eclo 31, 8-11).  

 

«¡Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!»

Entonces…¿quién podrá salvarse? Preguntan los discípulos ante la dura afirmación de Jesús sobre la entrada al reino de los Cielos. Sin embargo, la vida eterna es un don gratuito adquirido por Jesús para cada uno de nosotros con su Muerte y Resurrección. A nosotros se nos pide acoger el don de la reconciliación y desearlo más que todas las riquezas que este mundo nos pueda ofrecer. Justamente la recompensa de haber elegido ser de Cristo es la vida eterna. Aquí vemos la generosidad de Dios que nos ha prometido recibir el ciento por uno, es decir una ganancia centuplicada a nuestra inversión, no solamente «en el mundo venidero» sino «ahora en el presente».


La verdadera riqueza está en Dios

«Tuve en nada la riqueza en comparación de la Sabiduría». Salomón es consciente de que no tiene la sabiduría, ni por nacimiento ni por su dignidad real. Por eso acude a la fuente de la Sabiduría para que le otorgue ese don. Y Dios le concede la sabiduría especulativa y la práctica. Ambas las poseyó el rey sabio Salomón en grado excelente. El sabio soberano estima la sabiduría por encima de todos los bienes terrenos. Cita entre ellos los que los griegos estimaban de modo especial: la belleza, la salud, la luz del día. Nada hay en la naturaleza más hermoso que la luz del día. La sabiduría, sin embargo, la supera (Sab 7,10). Aquélla se extingue al atardecer, ésta pertenece a otro orden. Es reflejo de la luz eterna y, por lo mismo, inextinguible. 

De la Sabiduría hecha carne dirá Juan que es la luz del mundo (Jn 8,12) y que ilumina a todo hombre (ver Jn 1,9; Ap 22,5). Salomón pidió a Dios solamente la sabiduría, pero Dios le otorgó además gloria y riquezas incalculables, por lo que pasó a la posteridad no sólo como el rey sabio por excelencia, sino también como el rey más glorioso y admirado de Israel. En la medida que uno coloca el espíritu de la Sabiduría por encima de las cosas materiales es realmente sabio y rico. «Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico» (Sab 7,13), expresa una actitud digna del sabio, que, descubierto el valor de la sabiduría, trata de comunicarla y compartirla a los demás. Al final menciona el don de la sabiduría que supera a todos los demás: «la amistad de Dios»[3], a que lleva al fiel cumplimiento de la Palabra.


«Más eficaz y cortante que espada de dos filos»

El comentario al Salmo 95 que leemos a lo largo del tercer capítulo de la carta a los Hebreos termina con una especie de himno a la Palabra de Dios, de la cual Jesús es su máxima expresión ya que Él mismo es la Palabra viva del Padre que se hace carne (Jn 1,14). La Palabra de Dios es fuerte, actuante, vivificadora y eficaz. Y es esta Palabra la que ha sido constituida en juez de los hombres. Ella pondrá de relieve los más íntimos secretos, intenciones y actitudes de los corazones humanos tanto en su relación con los hermanos como en relación con Dios. Nada se escapa a esta Palabra que, por frágil que parezca, es la fuerza decisiva en la historia de cada ser humano. De la aceptación o rechazo depende nuestra «felicidad eterna». Podrá ser desoída, despreciada, ignorada, pero a la hora de la verdad «el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente (sabio) que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24) y permanecerá firme en medio de las tempestades y tormentas de la vida.   


Una palabra del Santo Padre:

«Una vez les pregunté: ¿Dónde está su tesoro? ¿en qué descansa su corazón? (cf. Entrevista con algunos jóvenes de Bélgica, 31 marzo 2014). Sí, nuestros corazones pueden apegarse a tesoros verdaderos o falsos, en los que pueden encontrar auténtico reposo o adormecerse, haciéndose perezosos e insensibles. El bien más precioso que podemos tener en la vida es nuestra relación con Dios. ¿Lo creen así de verdad? ¿Son conscientes del valor inestimable que tienen a los ojos de Dios? ¿Saben que Él los valora y los ama incondicionalmente? Cuando esta convicción desaparece, el ser humano se convierte en un enigma incomprensible, porque precisamente lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios. ¿Recuerdan el diálogo de Jesús con el joven rico (cf. Mc 10,17-22)? El evangelista Marcos dice que Jesús lo miró con cariño (cf. v. 21), y después lo invitó a seguirle para encontrar el verdadero tesoro. Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de Cristo, llena de amor, les acompañe durante toda su vida.

Durante la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones, el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta energía hay en esta capacidad de amar y ser amado! No permitan que este valor tan precioso sea falseado, destruido o menoscabado. Esto sucede cuando nuestras relaciones están marcadas por la instrumentalización del prójimo para los propios fines egoístas, en ocasiones como mero objeto de placer. El corazón queda herido y triste tras esas experiencias negativas. Se lo ruego: no tengan miedo al amor verdadero, aquel que nos enseña Jesús y que San Pablo describe así: «El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca» (1 Co 13,4-8). 

Al mismo tiempo que les invito a descubrir la belleza de la vocación humana al amor, les pido que se rebelen contra esa tendencia tan extendida de banalizar el amor, sobre todo cuando se intenta reducirlo solamente al aspecto sexual, privándolo así de sus características esenciales de belleza, comunión, fidelidad y responsabilidad. Queridos jóvenes, «en la cultura de lo provisional, de lo relativo, muchos predican que lo importante es “disfrutar” el momento, que no vale la pena comprometerse para toda la vida, hacer opciones definitivas, “para siempre”, porque no se sabe lo que pasará mañana. Yo, en cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente; sí, en esto les pido que se rebelen contra esta cultura de lo provisional, que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de asumir responsabilidades, cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente. Yo tengo confianza en ustedes, jóvenes, y pido por ustedes. Atrévanse a “ir contracorriente”. Y atrévanse también a ser felices» (Encuentro con los voluntarios de la JMJ de Río de Janeiro, 28 julio 2013)».

Papa Francisco. Mensaje para la XXX Jornada Mundial de la Juventud 2015  

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. ¿Cuántos veces estamos amarrados a las riquezas de este mundo y no podemos seguir al Maestro Bueno?

2. ¿Cuáles son mis verdaderos bienes y tesoros? Jesús nos dice que «donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21)

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965 - 1974. 2052-2055.

 


[1] Parábola. (Del latín. parabŏla, y este del griego παραβολ). Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.

[2] Apesadumbrado: acongojado, angustiado, contrito, abatido, apenado, desconsolado, adolorido. Pesadumbre: Molestia, desazón, padecimiento físico o moral. Motivo o causa del pesar, desazón o sentimiento en acciones o palabras.

[3] Amigos de Dios fueron denominados los grandes hombres de la historia de Israel: Abrahán (Is 41,8; 2 Cr 20,7) y Moisés (Éx 33,11).