sábado, 18 de diciembre de 2021

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C – 19 de diciembre de 2021

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno»

Lectura del libro del profeta Miqueas 5,1- 4a 

«Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel.  El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh, con la majestad del nombre de Yahveh su Dios. Se asentarán bien, porque entonces se hará él grande hasta los confines de la tierra. El será la Paz.»

 

Lectura de la carta a los Hebreos 10,5-10

«Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad! Dice primero: Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron - cosas todas ofrecidas conforme a la Ley -  entonces - añade -: He aquí que vengo a hacer tu voluntad. Abroga lo primero para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1,39-45

«En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!"»

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas 

Cristo es el centro de toda la liturgia eclesial ya que celebramos su Misterio a lo largo de todo el año.  Esta centralidad va adquiriendo acentos y matices según los tiempos y los momentos litúrgicos. Ya cercanos al nacimiento de Jesús, la figura de la Virgen María va adquiriendo un acento relevante en este Domingo. Ella es reconocida por su prima Isabel como la Madre del Señor (Evangelio). La cuarta semana de Adviento nos recuerda la profecía de Miqueas (Primera Lectura) así como la disposición fundamental con la que el Verbo Divino entra al mundo: «he aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Segunda Lectura).

 

La pequeña Belén 

El profeta Miqueas, uno de los llamados profetas menores, fue contemporáneo de Isaías, Amós y Oseas (s. VII A.C.). Anunció sus mensajes tanto para Israel (Norte) como para Judá (Sur). Lo mismo que Amós; él acuso a los dirigentes, a los sacerdotes y a los profetas. Los recriminó por ser hipócritas y explotadores de sus hermanos; anunciando un eminente juicio de Dios. Sin embargo también anunció un mensaje de esperanza y reconciliación. Prometió que Dios daría la paz deseada y que haría surgir, de la familia de David, un gran rey (5,3). Este nacería en la misma pequeña ciudad donde Samuel eligió a David para que sea el rey sucesor de Saúl: Belén de Efratá. En un solo versículo, Miqueas resume el mensaje fundamental del discurso profético: «Lo que Dios nos pide es que hagamos lo que es justo; que mostremos amor constantemente y que vivamos en humilde comunión con Dios» (6,8).  

 

«He aquí que vengo hacer tu voluntad» 

Jesús es el sumo sacerdote, perfecto y eterno según el orden de Melquisedec: santo sin pecado, garantiza el nuevo orden de Dios y nos trae la reconciliación definitiva. Él es constituido sumo sacerdote por su sacrificio irrepetible, de una vez para siempre.  Como tal se sella la nueva y definitiva Alianza entre Dios y los hombres. Su sacrificio reemplaza los sacrificios en el templo terrenal, porque su sangre realiza una salvación eternamente válida. Su sacrifico irrepetible era necesario ya que quitará los pecados que el culto imperfecto -de la antigua alianza- no podía quitar. Realizado año tras año el sacrificio veterotestamentario era un recuerdo constante de que el pecado está siempre ahí, impidiendo el acceso a Dios.

En cambio, Jesucristo sabe que lo que agrada a Dios, el único homenaje que Él acepta es la obediencia plena a su Plan Amoroso (Hb 10,5). Por eso, al entrar en el mundo por la Encarnación y por su Muerte-Resurrección (Hb 1,6); hace ofrenda de su propio cuerpo y de su existencia mortal al Padre en el Espíritu Santo. Esta ofrenda sí es agradable a Dios, porque es el homenaje de la obediencia plena. Su eficacia redentora se manifiesta en que ha logrado el acceso a Dios como lo muestra el hecho de estar sentado a su derecha (Hb 10,12) legándonos así el don de la reconciliación. Por tanto, es necesario asirse de este Sumo Sacerdote, garantía de la esperanza cristiana.          

 

El encuentro de dos mujeres 

El Evangelio de hoy comienza con esta frase: «En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá». Este comienzo necesita una explicación. Nadie se levanta y se dirige con prontitud a alguna parte a menos que haya un motivo que determine esa acción. En este caso, la actitud de María es la continua­ción natural y espontá­nea de algo que le dijo el ángel Gabriel cuando le anun­ció el naci­miento de Jesús acerca de su prima Isabel (ver Lc 1,36-37). María va porque siente la necesi­dad de congratu­larse con su parien­te por tan feliz noticia. La mujer joven y llena de vida se alegra con la ancia­na porque tam­bién ésta ha sido hecha fecunda. El encuentro de María con Isabel tiene algo de singu­lar. Las dos mujeres se encuentran por razón de los respe­ctivos hijos que cada una lleva en su seno: Jesús recién concebido en el seno de María y Juan el Bautista ya de seis meses en el seno de Isabel.

Lo extraordinario es que uno es hijo de una joven «virgen» y el otro es hijo de una anciana «estéril». Como había dicho el ángel, «ninguna cosa es imposible para Dios». Se puede hablar de un autén­tico encuentro de los dos niños aún no nacidos. De ambos cele­brará la Iglesia el nacimiento[1]. En Israel las personas mayores debían ser honradas por los jóvenes, según esta ley: «Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano» (Lev 19,32). En la visitación, en cambio, la mujer anciana y venerable no se siente digna ni siquiera de ser visitada por la joven: porque ¡esta joven es la «Madre de Dios»!

No conocemos el contenido del misterioso saludo de María, pero sí conocemos la respuesta de Isabel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?». Ya entonces María es llamada Madre. Quiere decir que ya lleva en su seno a su hijo Jesús, el que había sido anun­ciado por el ángel. Podemos preguntar­nos: ¿Cómo lo sabe Isabel? Y sobre todo, ¿cómo sabe Isabel la identi­dad del Niño concebido en María? Ella misma responde: «Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno». ¿Y esto le bastó para saber que María es la Madre del Señor? Y más aún, Isabel formula esta bienaventuranza: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». ¿De manera que sabe también las cosas que le fueron anunciadas a María?

Para responder a estas preguntas tenemos que fijarnos en la identidad de su propio hijo, de Juan. Cuando el ángel anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo Juan, le dijo: «Será grande ante el Señor...; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, los convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él» (Lc 1,13-18). Todo esto lo sabía muy bien Isabel. También sabía que Dios había prome­tido a su pueblo un salvador y que un mensajero iba a preparar el camino (ver Mal 3,1). Isabel comprendía que su hijo era ese mensajero enviado a preparar el camino del Señor. Por eso cuando siente que el niño salta de gozo en su vientre concluye: «Aquí está presente el Señor; viene en el seno de su Madre» y, movida por el Espíritu Santo, alaba a María llamándola «la Madre de mi Señor». Sabemos que tanto Zacarías como Isabel eran profundos conocedores de la Palabra de Dios. Ese conocimiento, fecundado por la acción del Espíritu Santo, es el que permite a Isabel percibir la acción de Dios y conocer la identidad de María y de su Hijo.

 

Llena del Espíritu Santo... 

«Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamando con gran voz dijo...». Esta introducción a las palabras de Isabel nos invita a estar extraordinariamente atentos a lo que diga y a concederle todo su peso. En efecto, ella habla «llena de Espíritu Santo» y «a gran voz». Esto quiere decir que pronuncia­rá palabras inspiradas. Debere­mos anali­zarlas con mucha atención. «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». Esta es la alabanza que los católicos repeti­mos innumerables veces al día cada vez que recitamos el Ave María. ¿Cómo es posible que Isabel bendiga primero a María y después a Jesús, el fruto de su vientre? Es que esta alabanza quiere evocar la que dirigió el sacer­dote Ozías a Judit, des­pués que ella le cortó la cabeza a Holofernes, el jefe de las tropas enemigas, y así salvó a Israel. Ozías dice a Judit: «¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y la tierra!» (Jud 13,18). El paralelismo es perfecto: María está en el lugar de Judit y el fruto de su vientre, en el de Dios, el Señor, Creador del cielo y la tierra.

 

Madre de Dios 

Isabel agrega: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» Isabel no se considera digna de esta visita, precisamente porque la que viene es «la madre de mi Se­ñor». Este es el título que Isabel, llena del Espíritu Santo, da a María. Esta expresión, ubicada en su contexto y traducida según su sentido, signifi­ca: «la Madre de Dios». El nombre de Dios, «Yahweh», con el cual Dios se reveló a Moisés, era inefable para un judío, es decir, por respe­to, no se pronunciaba nunca. Cuando un escriba copiaba el texto bíblico y llegaba al nombre de Dios, que sin las vocales consta de cuatro letras, YHWH, debía dejar la pluma y lavarse las manos, en seguida escribir el tetra­grama sagrado, y luego lavarse las manos de nuevo. Todo esto por respeto al nombre divino. Pero, al mismo tiem­po, escribía un pequeño círcu­lo sobre el tetragrama, que quiere decir: en la lectura sustituya esta palabra por la que se encuentra al margen. Y al margen escribía la palabra: «Adonai», que se tradu­ce al griego «Kyrios» y al castellano «Señor».

Es más, Adonai tiene la terminación del posesivo: «Mi Señor». Este es el modo como se hablaba de Dios. Por eso en el Nuevo Testamento no aparece nunca el nombre divino Yahweh. Aparece siempre Kyrios, Señor. «La Madre de mi Señor» en boca de Isabel quiere decir, por tanto, la Madre de Dios. Una confirmación de esto se encuentra en la continuación de lo dicho por Isabel: «Bienaventurada tú que has creído que se cumpli­rían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor».

El dogma de la maternidad divina de María fue defini­do en el Concilio Ecuménico de Éfeso (año 431). Allí se declaró que en Cristo, nuestro Señor, la naturaleza divina y la naturaleza humana concurrían sin confusión ni separa­ción en la unidad de la Persona divina del Verbo, que es la segunda Persona de la Trinidad. Siendo María la madre de la Persona es y debe ser llamada «Madre de Dios». El Concilio continúa: «No es que primero haya nacido de la santa Virgen un hombre corriente sobre el cual después haya descendido el Verbo, sino que unido a la carne desde el mismo vientre, se sometió al nacimiento carnal, siendo el sujeto del naci­miento de su propia carne».

 

Una palabra del Santo Padre: 

El Evangelio dice: «Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (v.40). Seguramente ella estaba feliz con ella por su maternidad, y a su vez Isabel saludó a María diciendo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Vv. 42-43). E inmediatamente elogia su fe: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que fueron dichas de parte del Señor» (v.45). Es evidente el contraste entre María, que tenía fe, y Zacarías, el esposo de Isabel, que había dudado y no había creído la promesa del ángel y, por lo tanto, permaneció en silencio hasta el nacimiento de Juan. Es un contraste.

Este episodio nos ayuda a leer con una luz muy especial el misterio del encuentro del hombre con Dios. Un encuentro que no está bajo la bandera de prodigios asombrosos, sino en nombre de la fe y la caridad. De hecho, María es bendecida porque creyó: el encuentro con Dios es el fruto de la fe. Zacarías en cambio, quien dudó y no creyó, permaneció sordo y mudo. Crecer en fe durante el largo silencio: sin fe, inevitablemente permanecemos sordos a la voz consoladora de Dios; y seguimos sin poder pronunciar palabras de consuelo y esperanza para nuestros hermanos. Y lo vemos todos los días: las personas que no tienen fe o que tienen una fe muy pequeña, cuando tienen que acercarse a una persona que sufre, les dicen palabras de circunstancia, pero no pueden llegar al corazón porque no tienen fuerzas. No tiene fuerza porque no tiene fe, y si no tiene fe, las palabras que llegan al corazón de los demás no vienen. La fe, a su vez, se nutre de la caridad. El evangelista nos dice que «se levantó María y se fue con prontitud» (v. 39) hacia Isabel: apresurada, no ansiosa, no ansiosa, sino con prontitud, en paz. «Se levantó»: un gesto lleno de preocupación. Podría haberse quedado en casa para prepararse para el nacimiento de su hijo, en lugar de eso, se preocupa primero de los demás que de sí misma, demostrando, de hecho, que ya es una discípula de ese Señor que lleva en su vientre. El evento del nacimiento de Jesús comenzó así, con un simple gesto de caridad; además, la auténtica caridad es siempre el fruto del amor de Dios. La visita del evangelio de María a Isabel, que escuchamos hoy en la misa, nos prepara para vivir bien la Navidad, comunicándonos el dinamismo de la fe y la caridad. Este dinamismo es obra del Espíritu Santo: el Espíritu de amor que fecundó el seno virginal de María y que la instó a acudir al servicio de su pariente anciana. Un dinamismo lleno de alegría, como vemos en el encuentro entre las dos madres, que es todo un himno de júbilo alegre en el Señor, que hace grandes cosas con los pequeños que se fían de él.».

Papa Francisco. Ángelus 23 de diciembre de 2018

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. Nos dice Orígenes: «"Bendita tú entre las mujeres". Ninguna fue jamás tan colmada de gracia, ni podía serlo, porque sólo ella es Madre de un fruto divino». ¿Qué voy a hacer para vivir estos días más cerca de María?

2. Recemos en familia el rosario en estos últimos días de nuestro Adviento.   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 148-149. 2676-2679.

 


[1] El nacimiento de Juan el Bautista se celebra el 24 de junio, con los mismos seis meses de diferencia indicados por el ángel.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C – 12 de diciembre de 2021

«¿Qué debemos hacer?»

 

Lectura del profeta Sofonías 3,14-18ª

«¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén!  Ha retirado Yahveh las sentencias contra ti, ha alejado a tu enemigo. ¡Yahveh, Rey de Israel, está en medio de ti, no temerás ya ningún mal! Aquel día se dirá a Jerusalén: ¡No tengas miedo, Sión, no desmayen tus manos!  Yahveh tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 4, 4-7

«Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 3,10-18

«La gente le preguntaba: "Pues ¿qué debemos hacer?" Y él les respondía: "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo". Vinieron también publicanos a bautizarse, y le dijeron: "Maestro, ¿qué debemos hacer?" El les dijo: "No exijáis más de lo que os está fijado". Preguntáronle también unos soldados: "Y nosotros ¿qué debemos hacer?"

El les dijo: "No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra paga". Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga". Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva.»

 

Pautas para la reflexión personal   

El vínculo entre las lecturas 

Las lecturas en este tercer Domingo de Adviento son un adelanto a la alegría que vamos a vivir el día de Navidad. Alegría para los habitantes de Jerusalén que verán alejarse el dominio asirio y la idolatría y podrán así rendir culto a Yahveh con libertad (Primera Lectura). Alegría constante y desbordante de los cristianos de Filipo porque la paz de Dios «custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Segunda Lectura). Alegría y esperanza que comunica Juan el Bautista al pueblo mediante la predicación de la Buena Nueva del Mesías Salvador, que instaurará con su venida el reino de justicia y amor prometido al pueblo elegido y a toda la humanidad (Evangelio).

 

«Como el pueblo estaba a la espera...»  

Cuando Juan el Bautista comenzó su predicación se respiraba en el ambiente la convicción de que la Salvación de Dios estaba a punto de revelarse. Lo dice el Evangelio de hoy: «El pueblo estaba a la espera...» (Lc 3, 15). Es más, se pensaba que el Cristo, el Ungido de Dios enviado para salvar a su pueblo, ya estaba vivo en alguna parte y bastaba que comenzara a manifestarse. Lucas anota con precisión un dato que ha determinado toda la cronología: «Jesús, al comenzar, tenía unos trein­ta años» (Lc 3,23). Los mayores tenían que recordar aquel rumor que se había difundido treinta años antes sobre cier­tos pasto­res que aseguraban haber oído este anuncio: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). El anciano Simeón debió ser un personaje conocido en los ambientes del templo. Y bien, de él se recordaba que antes de morir había dicho que había visto al Salvador (ver Lc 2,29-30). Había también una profetisa, Ana, que no se apartaba del templo, sir­viendo a Dios noche y día. Ella tuvo ocasión de ver al niño Jesús, recién nacido, cuando fue presentado por sus padres en el Templo (ver Lc 2,38). Los que la habían oído tenían que recordar a ese niño.

Sin embargo la situación de Jerusalén y de Israel ya no podía ser peor. Israel estaba bajo dominio extranjero y era obligado a pagar un pesado tributo. Roma entraba en todo y controlaba todo, incluso las finanzas del templo y hasta el culto judío. La fortaleza Antonia estaba edifi­cada adyacente al templo y desde sus murallas se mantenía estrecha vigilan­cia de todo lo que ocurría en los atrios del lugar sagrado; en la fortaleza se conservaba bajo custodia del coman­dan­te romano la costosa estola del Sumo Sacerdote y su uso era permitido sólo cuatro veces al año en las grandes fiestas; dos veces al día se debía ofrecer en el templo un sacrificio «por el César y por la nación Roma­na». Dios había prometi­do a Israel un rey ungido como David (Christós), que los salvaría de la situación a que estaban reducidos. Si alguien esperaba el cumplimiento de esa promesa, era éste el momento. En el Evangelio de hoy distinguimos claramente tres partes: la orientación de Juan a tres grupos muy bien diferenciados (10-14); la presentación que Juan hace de sí mismo ante la expectativa del pueblo (15 -16a) y el explícito anuncio del Mesias (16b-18).

 

«¿Qué debemos hacer?» 

La pregunta obvia de la gente que rodeaba al Bautista es: «¿Qué debemos hacer?». Juan da instrucciones para cada categoría de personas ya que los intereses eran muy diferentes. La respuesta de Juan no es un altisonante discurso, pero tampoco es una “recetita” de agua tibia para tranquilizar la conciencia. En los tres casos la catequesis tiene un denominador común: el amor solidario y la justicia. Todos estamos llamados a practicar la solidaridad: «El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo». A los publicanos o recaudadores de impuestos les dice: «no exijáis más de lo debido». Por lo tanto justicia y equidad. A los soldados: «no hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias falsas, sino contentaos con la paga».

Consejos que sin duda, tienen una tremenda actualidad. Ambas profesiones tenían muy mala fama en Israel y eran objeto del desprecio religioso por parte de los puritanos fariseos. Los publicanos recaudaban los impuestos para los romanos, y tendían a exigir más de lo debido en beneficio propio. Los soldados solían  abusar de su poder buscando dinero por medios ilícitos y extorsionando a la gente. Pues bien, sorprendentemente el Bautista no les dice que, para convertirse, han de abandonar la profesión, sino que la ejerciten honradamente. Para ellos la conversión efectiva será pasar de la injusticia y del dominio al amor a los demás, expresado en el servicio y la justicia.       

 

¿Eres tú el Cristo...?    

El pueblo estaba realmente expectante y todos se preguntaban si Juan no sería el mesías. La figura «heterodoxa» del profeta en el desierto, que no frecuentaba el templo de Jerusalén ni la sinagoga en día sábado; suscitó un fuerte movimiento religioso. Para unos el mesías esperado debía de implantar un nuevo ordenamiento religioso y social; para otros, era el profeta Elías redivivo, quien según la tradición judía volvería al comienzo de los tiempos mesiánicos (ver Mal 3,23; Eclo 48,10); y todavía para unos terceros era el profeta por antonomasia, es decir Moisés reencarnado. Pero Juan les declara a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias». Era propio de los esclavos el quitar y poner el calzado a sus señores. Y así lo que Juan nos dice es que él ni siquiera es digno de desatar la correa de los zapatos al  Señor, ni aún como esclavo.

Juan se puso entonces a bautizar invitando a la conversión. Y lo hacía en términos un tanto alarmantes: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego». Esto provocó en los oyentes la reacción que era de espe­rar y de ahí la pregunta sobre que deberían hacer. Notemos que aunque esté en el umbral del Nuevo Testamento, Juan toda­vía perte­nece al Antiguo Testamento y, por tanto, la norma de conducta que enseña no es aún la norma evangélica. Y, sin embargo, debemos reconocer que nosotros ni siquiera observamos esa norma, pues aún hay muchos que no tienen con qué vestirse ni qué comer, mientras a otros les sobra. Si no observamos la norma de Juan, ¿qué decir de la norma de Cristo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado»? Ésta es la norma que tenemos nosotros para que la segunda venida de Cristo nos encuentre velando y prepara­dos. Para cumplirla debemos examinar «cómo nos amó Jesús» y vivir de acuerdo a su ejemplo. Pero esto es imposible a las fuer­zas humanas abandonadas a sí mismas; es necesaria la acción del Espí­ritu Santo, el mismo que Juan vio descender sobre Jesús y que le permitió reconocerlo como el que ahora iba a bautizar con Espí­ritu Santo.


¡Alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén! 

En la Primera Lectura leemos una invitación al gozo y la alegría mesiánica. Sofonías es un profeta durante el reinado del rey Josías que después de los tristes años de decadencia religiosa, bajo el reinado de Manasés (693-639 A.C.), es reconocido como el continuador de las reformas religiosas de su bisabuelo Ezequías. Sin embargo el rey en su intento de detener las tropas del Faraón, que corría en auxilio de Asiría, fue muerto en el combate. El pueblo, escandalizado por aquel aparente abandono de Dios, vuelve a las prácticas paganas. Sofonías siente acercarse el día de la «gran cólera» pero concluye con una profecía de esperanza y anuncia una edad de oro para Israel. El Señor se hace presente en medio de su pueblo porque lo ama, por eso invita al pueblo que grite de alegría y de júbilo. El texto que hemos leído es aplicado a nuestra Madre María, la «hija de Sión» por excelencia; cuyo eco repite el saludo del ángel Gabriel en la Anunciación:  «! Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!» (Lc 1,28).   

 

Un mandamiento de alegría 

En el pasaje de la carta a los filipenses vemos como se une la mesura a la serenidad y a la paz; y como todas ellas se fundamentan en el cercano encuentro con el Señor Jesús. Es probable que en el momento de escribir y recibir la carta, tanto San Pablo como los filipenses pensasen en una proximidad cronológica, es decir, en que la venida gloriosa de Jesucristo para clausurar la historia, la llamada “parusía” del Señor, estaba realmente cercana. A nosotros, por otro lado, nos bastaría pensar en la real presencia del Señor ya que Él «está con nosotros todos los días hasta el final del mundo» (Mt 28,20); para que de este modo nuestra existencia esté llena de esperanza y de alegría. La tristeza no nos podrá dominar si sabemos dar razón de nuestra esperanza y vivir de acuerdo a ella. «La alegría es el gigantesco secreto del cristiano» nos decía G.K. Chesterton.

 

Una palabra del Santo Padre: 

«"Alegraos. (...) El Señor está cerca" (Flp 4, 4. 5). Este tercer Domingo de Adviento se caracteriza por la alegría: la alegría de quien espera al Señor que "está cerca", el Dios con nosotros, anunciado por los profetas. Es la «gran alegría» de la Navidad, que hoy gustamos anticipadamente; una alegría que «será de todo el pueblo», porque el Salvador ha venido y vendrá de nuevo a visitarnos desde las alturas como el sol que surge (ver Lc 1,78). Es la alegría de los cristianos, peregrinos en el mundo, que aguardan con esperanza la vuelta gloriosa de Cristo, quien, para venir a ayudarnos, se despojó de su gloria divina. Es la alegría de este Año santo, que conmemora los dos mil años transcurridos desde que el Hijo de Dios, Luz de Luz, iluminó con el resplandor de su presencia la historia de la humanidad...

"¿Qué debemos hacer?". La primera respuesta que os da la palabra de Dios es una invitación a recuperar la alegría...Sin embargo, esta alegría que brota de la gracia divina no es superficial y efímera. Es una alegría profunda, enraizada en el corazón y capaz de impregnar toda la existencia del creyente. Se trata de una alegría que puede convivir con las dificultades, con las pruebas e incluso, aunque pueda parecer paradójico, con el dolor y la muerte. Es la alegría de la Navidad y de la Pascua, don del Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado; una alegría que nadie puede quitar a cuantos están unidos  a Él en la fe y en las obras (ver Jn 16,22-23)». 

Juan Pablo II. Homilía del 17 de diciembre de 2000. Jubileo del mundo del Espectáculo 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. Nos dice Santo Tomás de Aquino: «El amor produce en el hombre la perfecta alegría. En efecto, sólo disfruta de veras el que vive la caridad». ¿Cómo vivo esta realidad?

2. El mensaje de Juan el Bautista es muy claro. ¿Soy solidario con mis hermanos o encuentro en mi corazón resquicios de discriminación hacia mis hermanos?

3.  Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 30. 673-674. 840. 1084-1085. 2853.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Domingo de la Semana 2ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C – 5 de diciembre de 2021

«Todos verán la salvación del Señor»

Lectura del profeta Baruc 5,1-9

«Jerusalén, quítate tu ropa de duelo y aflicción, y vístete para siempre el esplendor de la gloria que viene de Dios.  Envuélvete en el manto de la justicia que procede de Dios, pon en tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo.  Pues tu nombre se llamará de parte de Dios para siempre: "Paz de la Justicia" y "Gloria de la Piedad".  Levántate, Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, alegres del recuerdo de Dios. Salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve traídos con gloria, como un trono real.

Porque ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios. Y hasta las selvas y todo árbol aromático darán sombra a Israel por orden de Dios. Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de él. Copia de la carta que envió Jeremías a los que iban a ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios, para comunicarles lo que Dios le había ordenado».

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 1, 4-6.8-11

«Rogando siempre y en todas mis oraciones con alegría por todos vosotros a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy; firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús. Pues testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos vosotros en el corazón de Cristo Jesús. Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento, con que podáis aquilatar lo mejor para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo, llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 3,1- 6

«En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.»

 

Pautas para la reflexión personal   

El vínculo entre las lecturas

Las lecturas de este segundo Domingo de Adviento ponen el acento en la conversión personal a los valores evangélicos. Pablo muestra su alegría a los filipenses por la actitud que han tenido en relación a la Buena Nueva. Ella ha ido transformando poco a poco la vida de los cristianos de esta comunidad en una tensión por la venida gloriosa de Jesús (Segunda Lectura). El profeta Baruc, por otro lado, contempla a los hijos de Jerusalén que vivían en el destierro «convocados desde oriente a occidente por la Palabra del Santo y disfrutando del recuerdo de Dios» y les transmite un mensaje de plena esperanza en un futuro nuevo (Primera Lectura). El Evangelio de San Lucas nos dice que la Palabra de Dios fue dirigida al hijo de Zacarías, Juan el Bautista, en el desierto para preparar los caminos del Señor que ya llega (Evangelio).

 

«Todos verán la salvación del Señor»

Hay dos partes bien diferenciadas en la lectura del Evangelio de este Domingo, cuyo protagonista es la Palabra de Dios que viene sobre Juan el Bautista en un determinado contexto histórico. Aunque los Evangelios no son la crónica diaria de la vida de Jesús, sin embargo, tienen como base y contenido la existencia y doctrina de una persona que realmente vivió en un espacio histórico determinado y que se llamó Jesús de Nazaret. Nuestra fe se fundamenta en una persona histórica: Cristo Jesús, el Verbo Encarnado para nuestra reconciliación.

Lucas sincroniza la historia de la salvación con la historia humana. Así, detalla el momento de la historia política internacional (romana) y nacional (judía), que constituye el encuadre temporal en que la Palabra eterna de Dios entra en acción por boca del Bautista. La inten­ción del evangelista es afirmar que la historia de la salva­ción se realiza en las vicisitudes de la historia profana, cuyos personajes principales son los emperado­res y los gobernantes. La Palabra eterna de Dios entra en la historia y se encarna. Por eso el punto culminante y central de la historia es el nacimien­to del Salvador.

 

¿Quién era Juan, el Bautista? 

En este segundo Domingo de Adviento hace su aparición un personaje típico de este tiempo litúrgico: el Bautis­ta. Juan el Bautista es hijo de Isabel, prima de Santa María. Él es aquél que en el seno materno saltó de gozo en el encuentro de las dos madres (Lc 1,44). Este niño, concebido milagrosamente por un don de Dios concedido al anciano Zacarías y a su mujer, también anciana y además estéril (Lc 1,5-7), estaba llamado desde el seno materno a una singular misión, anunciada por el ángel (ver Lc 1,15-17). Su mismo padre, Zacarías, lleno de Espíritu Santo dijo: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos» (Lc 1,76). Es el más grande de los profetas, pues a él no sólo le tocó la misión de anunciar con rasgos oscuros al Salva­dor futuro, sino indicarlo presente y con rasgos bien defini­dos en la persona de Jesús de Nazaret.

Todos los demás profe­tas decían: «El Señor vendrá y nos salvará», pero no sabían decir con precisión «cuándo» ni «cómo»; Juan, en cambio, indicando a Jesús, dijo: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). El mismo Jesús lo define como un profeta, cuando hablando sobre él pre­gunta a la gente: «¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta» (Lc 7,26-27). Después de conocer los hechos extraor­dinarios que rodearon el nacimiento de Juan, el lector como que queda aguardando el día de su manifes­tación a Israel. El Evangelio de hoy nos describe precisamente ese día. Es el día en que vino sobre Juan la Pala­bra de Dios. Antes de esto Juan estaba oculto y era desconoci­do; después de esto se hizo manifiesto y ya nadie pudo ignorarlo.

Casi la mitad del Evangelio de hoy es una cita del profeta Isaías. Ese texto pertenece al comienzo del llamado «Libro de la consolación de Is­rael» que abraza los capítulos 40-55 de Isaías. En ese momento, hacia el año 550 a.C., por intervención de Ciro, el persa, había comenzado la caída de Babilonia y se anunciaba ya la liberación de Israel que estaba cautivo allí. Para su regreso se abriría una calzada recta en el desierto: «Una voz clama: En el desierto abrid camino al Señor, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios... Se revelará la gloria del Señor y toda criatura a una la verá» (Is 40,3-5). En efecto, Babilonia cayó e Israel fue liberada. Pero su regreso y su reinstalación en Palestina no fue todo lo triunfal que se esperaba, el pecado y la infidelidad no cesaron en el pueblo y los episodios de injusticia y de muerte siguieron ocurriendo. Esas profecías había que entenderlas entonces como referidas a otro hecho salvífico todavía futuro. Cuando vino Cristo a la tierra y el nombre de Jesús de Nazaret se reveló como «el único nombre bajo el cielo por el cual podamos ser salvados» (Hech 4,12), enton­ces se comprendió que en Él habían tenido cumplimien­to todas las promesas hechas por Dios a través de los profetas.

 

El esplendor de la gloria mesiánica

El esplendor mesiánico es el contenido de la lectura del profeta Baruc (Yahveh es bendito). Amigo fiel del profeta Jeremías durante los últimos días, precisamente antes de que los babilonios conquistaran Jerusalén en el año 586 a.C. Baruc ponía por escrito los mensajes de Dios dados a Jeremías. Este libro se escribió probablemente en hebreo, pero se conserva únicamente en su versión griega. En un primer momento vemos como hay un mandato claro de abandonar el luto y vestirse de fiesta por lo que Dios va a hacer con el pueblo. El segundo momento está marcado por la orden de salir del estado de postración y contemplar el retorno de los desterrados. Israel recibe un nuevo nombre de parte de Dios, será la ciudad donde rebosa la paz como fruto de la justicia y la gloria divina por su relación especial con Dios. Jerusalén, como novia radiante, es nuevamente desposada por su marido (ver Is 1,26; Jr 33,14-16; Ez 48,35). Baruc concluye su obra volviendo a confesar la misericordia de Dios y la salvación otorgada a Israel. Dios concede el regreso y él mismo lo dirige con premura. En este caminar a la luz del Señor, resuenan los textos de Éx 13,21-22; Is 60,1-3.19-20; Sab 10,17. La lectura de Baruc rebosa optimismo y entusiasmo proféticos para animar al pueblo en los difíciles momentos del destierro. Su afinidad con la lectura de Isaías (40) que es citada en el Evangelio de hoy, es evidente.

 

J Para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo

 

La espiritualidad itinerante del desierto va a estar presente siempre en el caminar del pueblo cristiano hacia el Día del Señor. Preparar los caminos al Señor resulta cada día más difícil, porque a nuestro alrededor se ensancha, muchas veces, el desierto de la indiferencia y de la apatía religiosa. Esto lo vemos en la carta a los Flipenses. San Pablo escribe a los fieles de la ciudad griega de Filipos, primera iglesia cristiana en Europa (fundada alrededor del año 50), en la región de Macedonia. La carta la escribió hallándose en la prisión, posiblemente en Roma hacia el año 61 al 63. En su carta rebosa sentimientos personales de ternura y cariño paternal hacia los filipenses a quienes considera verdaderos hijos suyos en la fe. La comunidad de Filipos se ha portado con la persona de Pablo de manera excepcionalmente cariñosa, pero sobre todo porque se ha portado de forma ejemplar en relación con el Evangelio. Esto es lo único que a Pablo le preocupa: que la Buena Nueva de Jesús penetre en el corazón de aquella sociedad pagana y la transforme de arriba abajo en una sociedad cristiana. Los alienta en la fe ya que le preocupa los falsos maestros que habían en la ciudad. Pablo les pide que sigan creciendo más en la comunión de amor mediante el conocimiento perfecto y el discernimiento; es decir, mediante la interiorización de los criterios evangélicos. Solamente así podrán mantenerse puros e intachables para el encuentro con Cristo.

 

Una palabra del Santo Padre:

«En este segundo domingo de Adviento, la liturgia nos pone en la escuela de Juan el Bautista, que predicaba «un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 3, 3). Y quizá nosotros nos preguntamos: «¿Por qué nos deberíamos convertir? La conversión concierne a quien de ateo se vuelve creyente, de pecador se hace justo, pero nosotros no tenemos necesidad, ¡ya somos cristianos! Entonces estamos bien». Pensando así, no nos damos cuenta de que es precisamente de esta presunción que debemos convertirnos —que somos cristianos, todos buenos, que estamos bien—: de la suposición de que, en general, va bien así y no necesitamos ningún tipo de conversión. Pero preguntémonos: ¿es realmente cierto que en diversas situaciones y circunstancias de la vida tenemos en nosotros los mismos sentimientos de Jesús? ¿Es verdad que sentimos como Él lo hace? Por ejemplo, cuando sufrimos algún mal o alguna afrenta, ¿logramos reaccionar sin animosidad y perdonar de corazón a los que piden disculpas? ¡Qué difícil es perdonar! ¡Cómo es difícil! «Me las pagarás»: esta frase viene de dentro. Cuando estamos llamados a compartir alegrías y tristezas, ¿lloramos sinceramente con los que lloran y nos regocijamos con quienes se alegran? Cuando expresamos nuestra fe, ¿lo hacemos con valentía y sencillez, sin avergonzarnos del Evangelio? Y así podemos hacernos muchas preguntas. No estamos bien, siempre tenemos que convertirnos, tener los sentimientos que Jesús tenía.

La voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy?— las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (v. 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta expande esa voz, preanunciando que «toda carne verá la salvación de Dios» (v. 6). Y la salvación se ofrece a todo hombre, todo pueblo, sin excepción, a cada uno de nosotros. Ninguno de nosotros puede decir: «Yo soy santo, yo soy perfecto, yo ya estoy salvado». No. Siempre debemos acoger este ofrecimiento de la salvación. Y por ello el Año de la Misericordia: para avanzar más en este camino de la salvación, ese camino que nos ha enseñado Jesús. Dios quiere que todos los hombres se salven por medio de Jesucristo, el único mediador (cf. 1 Tim 2, 4-6).

Por lo tanto, cada uno de nosotros está llamado a dar a conocer a Jesús a quienes todavía no lo conocen. Y esto no es hacer proselitismo. No, es abrir una puerta. «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9, 16), declaraba san Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no sentir la pasión de darlo a conocer a todos los que conocemos en el trabajo, en la escuela, en el edificio, en el hospital, en distintos lugares de reunión? Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: «¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación?». Y, si estoy enamorado, debo darlo a conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos».

Papa Francisco. Ángelus. 6 de diciembre de 2015. 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Dios continúa hablándonos de muchas maneras. ¿Escuchamos su voz? ¿Somos dóciles a lo que Dios nos pide? Hagámoslo antes que sea demasiado tarde.

2. La Palabra de Dios viene a la historia, se encarna en Jesús de Nazaret para hablarnos de salvación: «Todos verán la salvación de Dios». En la Navidad, los cristianos, todos los hombres de buena voluntad, vemos esa salvación de Dios. ¿Qué hago o qué puedo hacer para que la Palabra de Dios sea viva y eficaz en mí y en mis hermanos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 522-524. 2090-2092.

martes, 23 de noviembre de 2021

Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C - 28 de noviembre de 2021

«Estad en vela, pues, orando en todo tiempo»

Lectura del profeta Jeremías 33, 14-16

«Mirad que días vienen - oráculo de Yahveh - en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: "Yahveh, justicia nuestra".»

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3,12- 4,2

«En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros, para que se consoliden vuestros corazones con santidad irreprochable ante Dios, nuestro Padre, en la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos. Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más. Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21, 25-28.34-36

«"Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación". "Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre".»

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Con el primer Domingo de Adviento iniciamos un nuevo año litúrgico (ciclo C). El Adviento es el tiempo que nos hace vivir la venida de Cristo y nos recuerda que estamos en la «plenitud de los tiempos»[1]. El primer Domingo de Adviento en los tres ciclos litúrgicos pone ante nuestros ojos la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos, y así se relaciona con los últimos Domingos del año, en que meditábamos sobre el fin de la historia y su recapitulación en Jesucristo. Nos dice el San Juan Pablo II: «el año solar está así traspasado por el año litúrgi­co, que en cierto sentido reproduce todo el miste­rio de la Encar­nación y de la Redención, comenzando por el primer Domingo de Adviento y concluyendo con la solemnidad de Cristo Rey y Señor del universo y de la historia»[2]. Todas las lecturas nos remiten a una realidad futura. «Vienen días», leemos en la Primera Lectura, «en que haré brotar para David un Germen justo». Jesús, en el discurso escatológico de San Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la primera carta a los Tesalonicenses, San Pablo les exhorta a estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.

 

«Motus in finem velocior»

El tiempo parece adquirir mayor celeridad a medida que pasan los años. Es opinión común que el correr del tiempo lo percibe más claramente un adulto o un anciano que un niño. En ciertos momentos en que las circunstancias obligan a recapacitar sobre el tiempo, por ejemplo, cuando recurre el aniversario de un hecho, es frecuente escuchar a las perso­nas mayores decir: «Parece que fue ayer cuando ocurrió ese hecho». Es porque cuando falta poco para llegar al fin de una cosa el movimiento parece precipitar­se hacia él. Esto lo expre­saba magis­tralmente Santo Tomás de Aquino en una de sus frases lapidarias: «Motus in finem velo­cior» (el movi­miento en la proximidad del fin se hace más veloz). En estos últimos años, en el espacio de nuestra vida, los cambios en el mundo se han vuelto verti­ginosos. Ya casi no se puede imaginar una velocidad mayor. Es oportuno pensar en la aceleración que precede al fin.

Justamente el Evangelio nos indica las «señales» que anticiparán ese fin: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas... morirán los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas». Podemos decir: no sólo sacudidas, sino que pasarán. Enton­ces ocurrirá el hecho asombroso: «Verán venir al Hijo del hombre[3] en una nube con gran fuerza y gloria». Vendrá una fuerza mayor que las fuerzas de los cielos. Es la Parusía[4], la venida final de Cristo. Este hecho será horroroso para unos, y será gozoso para otros. Entre éstos últimos se cuentan los apóstoles y los que creen en Jesús y lo aman. A éstos les dice: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación (redención)». El hombre, aun el más fiel a Dios, vive herido por el pecado y sometido a diversas influencias y poderes terrenos. Entonces será liberado y podrá vivir plenamente en la libertad de los hijos de Dios. Todo esto ocurrirá cuando vuelva Cristo, cuya venida anhelamos con intenso amor. El tiempo de Adviento tiene la finalidad de mantener viva esta esperan­za.

El Señor indica en seguida cuál debe ser el espíri­tu en que hay que vivir el Adviento. Todo debe estar marcado por la expectativa de Cristo. Por eso advierte: «Que no se hagan pesados[5] vuestros corazones». Y enumera tres cosas que distraen de la espera del Señor: «el liber­tinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida». Quien vive en el libertinaje, en la disolución de las costumbres y en la promiscuidad sexual, quien vive enajenado por el alcohol o la droga, quien vive preocupado por adquirir siempre más bienes de esta tierra encandilado por el espe­jismo del consumismo y de los negocios de este mundo, está distraído y no espera la venida del Señor. Sobre éstos «vendrá el Día de improviso, como un lazo, porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». Jesús habla de un momento de la historia, un momento preciso que vendrá y que Él llama simplemente «el Día». Ese Día tiene una sola característica cronológica cierta: ¡está cada vez más cerca!

Por eso Jesús propone otra serie de adverten­cias, esta vez en modo positivo: «estad en vela, orando en todo momento». Esta es la actitud propia del Adviento. El tiempo del Adviento debe ser un tiempo de penitencia y de sobriedad en el uso de los bienes de este mundo para que no nos distraigan con su engañador brillo y se vuelva pesado nuestro corazón. Debe ser un tiempo de oración en que digamos constantemente a Cristo: «¡Ven, Señor Jesús!».  Jesús no se contenta con recomendarnos la oración en algunos momentos del día, sino «en todo momen­to». El Adviento debe despertar en nosotros esta expec­tativa con respecto a Cristo y a su venida. Si lo espera­mos de esta manera -nos dice Jesús- «podréis estar en pie delante del Hijo del hombre».

 

«El amor de unos con otros» 

Termina San Pablo su primera carta a los hermanos de Tesalónica con una reiterada acción de gracias, un deseo y una súplica. Acción de gracias porque está completamente seguro de que las buenas noticias que le han hecho vivir de nuevo no serían tales sin la intervención de Dios. Un deseo ardiente de volver a verlos porque, a pesar de que la comunidad se mantiene en la fe y progresa en el amor, resta aún mucha tarea por hacer. Y una súplica en la que San Pablo, ya desde su primera carta, quiere dejar bien claro cuál es lo más importante en la vida cristiana: no otra cosa sino «progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros».

Para Pablo le queda absolutamente claro que ese amor bebe directamente del amor de Jesús por nosotros. Un amor desinteresado, comprometido y práctico que no suponga en ningún caso una huida de los problemas concretos del mundo presente, sino que los asuma plenamente. Es, en última instancia, el amor vivido en obras (ver Mt 25,31-46) y que en el día del encuentro final se constituirá en juez único e inapelable del hombre y de la historia. Solamente la sobreabundancia del amor fraterno podrá hacer fuerte «el corazón» de aquellos que serán encontrados santos e irreprochables (intachables, impecables, probos, limpios) ante Dios. 

 

Memoria y profecía

Estas dos palabras, sintetizan toda la concepción cristiana del tiempo y de la historia. Cuando habla de tiempo, el cristiano piensa en el tiempo presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente del tiempo de Jeremías (año 587 a. de C.) en que Jerusalén yacía bajo el asedio de Nabucodonosor; es el presente de la comunidad cristiana de Tesalónica o de los destinatarios del Evangelio según San Lucas. Desde ese presente se lanza la mirada hacia atrás y se hace memoria: la promesa de Dios a David acerca de un reino hereditario, que ahora corre peligro; la venida histórica de Jesucristo que con su Pasión, Muerte y Resurrección ha inaugurado los últimos tiempos, del que los cristianos participan ya en cierta manera.

Pero los cristianos no somos hombres del pasado. Desde la vida presente echamos también una mirada hacia el futuro, ese futuro encerrado en el libro sellado con siete sellos y que sólo el Cordero de pie (Resucitado) y degollado (Pasión y Muerte) puede abrir y leer (ver Ap. 5). ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un Retoño, un Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que practicará el derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). Desde una lectura cristiana, ese Germen es Jesucristo, el Hijo del hombre, que ha venido al mundo para traer la justicia de Dios, es decir, la salvación por medio del amor.

 

Una palabra del Santo Padre:

«Hoy, primer domingo de Adviento, comienza un nuevo año litúrgico. En estas cuatro semanas de Adviento, la liturgia nos lleva a celebrar el nacimiento de Jesús, mientras nos recuerda que Él viene todos los días en nuestras vidas, y que regresará gloriosamente al final de los tiempos. Esta certeza nos lleva a mirar al futuro con confianza, como nos invita el profeta Isaías, que con su voz inspirada acompaña todo el camino del Adviento.

En la primera lectura de hoy, Isaías profetiza que «sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahveh será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones» (Isaías 2, 2). El templo del Señor en Jerusalén se presenta como el punto de encuentro y de convergencia de todos los pueblos. Después de la Encarnación del Hijo de Dios, Jesús mismo se reveló como el verdadero templo. Por lo tanto, la maravillosa visión de Isaías es una promesa divina y nos impulsa a asumir una actitud de peregrinación, de camino hacia Cristo, sentido y fin de toda la historia. Los que tienen hambre y sed de justicia sólo pueden encontrarla a través de los caminos del Señor, mientras que el mal y el pecado provienen del hecho de que los individuos y los grupos sociales prefieren seguir caminos dictados por intereses egoístas, que causan conflictos y guerras. El Adviento es el tiempo para acoger la venida de Jesús, que viene como mensajero de paz para mostrarnos los caminos de Dios.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos exhorta a estar preparados para su venida: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor» (Mateo 24, 42). Velar no significa tener los ojos materialmente abiertos, sino tener el corazón libre y orientado en la dirección correcta, es decir, dispuesto a dar y servir. ¡Eso es velar! El sueño del que debemos despertar está constituido por la indiferencia, por la vanidad, por la incapacidad de establecer relaciones verdaderamente humanas, por la incapacidad de hacerse cargo de nuestro hermano aislado, abandonado o enfermo. La espera a la venida de Jesús debe traducirse, por tanto, en un compromiso de vigilancia. Se trata sobre todo de maravillarse de la acción de Dios, de sus sorpresas y de darle primacía. Vigilancia significa también, concretamente, estar atento al prójimo en dificultades, dejarse interpelar por sus necesidades, sin esperar a que nos pida ayuda, sino aprendiendo a prevenir, a anticipar, como Dios siempre hace con nosotros. Que María, Virgen vigilante y Madre de la esperanza, nos guía en este camino, ayudándonos a dirigir la mirada hacia el “monte del Señor”, imagen de Jesucristo, que atrae a todos los hombres y todos los pueblos». 

Papa Francisco. Ángelus, 1 de diciembre de 2019. 

  

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Leamos y meditemos: «Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios», San Gregorio Magno.

2. ¿Cómo voy a vivir mi Adviento? El Señor me invita a rezar ¿Cómo puedo mejorar la vida de oración en mi familia? Pongamos medios concretos y sencillos.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817 - 1821. 2730. 2733. 2848 - 2849.



[1] Plenitud de los tiempos: expresión con la que se indica la llegada del tiempo esperado por Israel y la consumación de todas las cosas. La venida del Mesías cumple y colma todas las profecías. Al final de los tiempos, toda la esperanza quedará cumplida y colmada en Cristo. Quien más emplea la expresión es San Pablo (ver Ga 4,4; Ef 1,10; 1Cor 10,11). También la leemos en Hb 9,26 y en expresiones que remiten a la misma idea (ver Mc 1,15; Hch 1,7; 1P 1,20).  

[2] Juan Pablo II. Tertio Millenio Adveniente, 10.

[3] El título mesiánico de «Hijo del hombre», empleado 69 veces en los Evangelios Sinópticos, es el que usualmente se utiliza al hablar de la segunda venida de Jesucristo. Está tomado del libro del profeta Daniel (ver Dn 7,13), precursor del lenguaje apocalíptico. Lucas emplea dos veces la expresión en el Evangelio de este Domingo, para subrayar  tanto la condición humana como divina de Jesucristo. 

[4] Parusía: en griego «presencia, venida». Se emplea en sentido escatológico (las cosas últimas) para expresar el retorno de Cristo al final de los tiempos. 

[5] «Se hagan pesados» del griego baréthosin, de baruno: estar sobrecargado, con peso excesivo.