sábado, 28 de mayo de 2022

La Ascensión del Señor. Ciclo C – 29 de mayo de 2022

«Mientras los bendecía, fue llevado al cielo» 


Lectura de libro de Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11

«El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, "que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días". 

Los que estaban reunidos le preguntaron: "Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel? "El les contestó: "A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra". Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo".»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 1,17- 23 

«Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero.  Bajo sus pies sometió todas la cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo.»


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24, 46 -53

«y les dijo: "Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. "Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto". Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La Ascensión de Jesucristo (Primera Lectura y Evangelio) es una síntesis de la fe cristiana y la culminación del ministerio de Cristo, quien después de abajarse es glorificado y constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad y de la Iglesia. Por eso el Padre «lo sienta a su diestra»  y «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Segunda Lectura). Podemos también decir que en la solemnidad de la Ascensión el conjunto de toda la liturgia nos parece decir: «He cumplido misión, pero todavía hay mucho que hacer…». Justamente vemos como en el Evangelio de San Lucas se resalta el cumplimiento de la misión y se envía a los apóstoles a la evangelización de todos los pueblos «hasta los confines de la tierra». 


La Ascensión en el Evangelio de San Lucas y en Hechos de los Apóstoles 

Leemos este Domingo los últimos versículos del Evan¬gelio de San Lucas. Este evangelista se caracteriza por su conciencia de autor y por su intención expresa de componer un escrito bien ordenado. Recordemos que San Lucas, que era gentil y es el único escritor no judío entre los autores del Nuevo Testamento. Según la tradición nació en Siria de Antioquía y, en efecto, el libro de los «Hechos de los Apóstoles» vemos una enorme cantidad de datos acerca de la comunidad antioqueña. Era heleno de origen y de cultura pagana hasta su conversión al cristianismo. Fue médico y compañero íntimo de San Pablo (ver Col 4,11-14). La tradición afirma que murió a los 84 años en la ciudad de Boecia. 

San Lucas mismo hace su intención explícita en el prólo¬go de su obra: «He decidido, después de haber inves¬tigado diligentemente todo desde los oríge¬nes, escri¬bírte¬lo por su orden, ilustre Teófilo» (Lc 1,3). En la medida que sus fuentes se lo permiten, hace un relato ordenado y sistemático. Este orden le exigía dividir su obra en dos partes bien diferenciadas: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. El primer tomo trata sobre la misión de Jesús en la región de Palestina (ver Hch 1,1.2). El segundo tomo trata sobre la misión de los apóstoles en toda la tierra (ver Hch 1,8). La Ascensión es el umbral entre la vida terrena de Jesús, que es el tema del Evangelio de Lucas; y la vida de su Igle¬sia, que es el tema de los Hechos de los Apóstoles. A Jesús correspondió la misión de anunciar el Evangelio solamente en la región de Palestina, en fidelidad a la promesa de Dios a su pueblo escogido; a la Iglesia corresponde la misión de anunciar el Evangelio «a todos los pueblos», en fidelidad al mandato de su Señor. No podía comenzar la misión de los apóstoles sin que hubiera con¬cluido la misión terrena de Jesús. El punto de partida para esta misión universal fue precisamente la Ascensión de Jesucristo al cielo.


«Seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra

En los Hechos de los Apóstoles vemos como la ac¬ción, sobre todo el trabajo evangelizador de San Pablo, se tras¬lada de Asia Menor a Grecia y Roma, es decir, hasta «los confines de la tierra» de aquella época. Cada una de las misio¬nes de San Pablo parte de Jerusalén, como en sucesi¬vas oleadas cada vez de mayor radio. Se trataba de dar cumpli¬miento al mandato que dejara Jesús a su Iglesia en el momento de la Ascensión: «Recibiréis fuerza del Espíri¬tu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,8). En el relato evangélico leemos exactamente lo mismo acerca de la misión de Jesús que es ahora encomendada a los apóstoles: «y les dijo: "Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24,46-48). 


«La promesa de mi Padre…» 

Un punto fundamental de ambos textos es la instruc¬ción de Jesús de esperar la venida del Espíritu Santo sobre ellos antes de empezar la misión encomendada. Este punto reviste tal importancia que la última instrucción de Jesús no se refiere a algún punto importante de su doctrina, que Él quisiera recalcar en ese último momento, sino que se refiere precisamente a esta espera: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,49). Observemos el modo cómo es mencionado el Espíritu Santo. Jesús lo llama «la Promesa de mi Padre» y el «poder de lo alto». Los mismos términos se repiten en el relato de los Hechos de los Apóstoles. El Espíritu Santo, el poder que viene de lo alto, es el que concede a los apóstoles la certeza de una nueva presencia de Jesucristo en su Iglesia y esta certeza es la que les permite ser testigos del Resucitado: «Seréis mis testigos». Podemos imaginar que ante el mandato de la misión universal - «a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra»- los apóstoles habrán preguntado: «¿Cómo será esto?». Ellos eran judíos y no entraba en su mentali¬dad la inclusión de todos los pueblos paganos como parte fundamental de la misión encomendada. La respues¬ta de Jesús es ésta: «El Espíritu Santo vendrá sobre vosotros, el poder (dynamis) de lo alto os revestirá». Abriendo cual¬quier página de los Hechos de los Apóstoles vemos que ellos actúan con el poder del Espíri¬tu.


Pero... ¿cómo será esto?

En el Evangelio de Lucas hay una admirable analogía entre la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María y su presencia sacramental en su Iglesia, que por eso es el «Cuerpo de Cristo». Cuando el ángel Gabriel anunció a María la con¬cepción de Cristo, a su pregunta: « ¿Cómo será esto?», el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder (dymanis) del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). Es la misma promesa que recibieron los apóstoles. Podemos imaginar que los apóstoles habrán pre¬gunta¬do a Jesús, cuando partía al cielo y les encomendaba la misión universal: «¿Cómo será esto; cómo lo haremos nosotros solos?». Jesús responde lo mismo que el ángel dijo a María: «Reci¬biréis la Prome¬sa del Padre y seréis revestidos del poder de lo alto». Esta promesa se cumplió el día de Pentecostés y la Iglesia quedó constituida en sacramento de salvación para todos los hombres. Entre la Ascen¬sión y Pente¬costés transcurre la primera novena: la Igle¬sia naciente queda a la espera de ser vivificada por el don del Espíri¬tu Santo prometido.


La bendición de Jesús

Luego Jesús «los sacó hasta cerca de Betania y, alzando las manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». Es el único caso en que Jesús bendice a alguien; bendice a sus apóstoles precisamente porque se está separando de ellos. Se habría esperado que ellos quedaran sumidos en la tristeza, como quedó María Magdalena al no saber dónde estaba su Señor (ver Jn 20,13). En cambio, la reacción de ellos es ésta: «Se volvieron a Jeru¬salén con gran gozo». Quedan con gran gozo porque Jesús los ha bendecido, porque les ha prometido enviarles la Promesa del Padre y el Padre no puede prometer más que lo máximo, es decir, el Espíritu Santo que les aseguraría una nueva presencia de Jesús; finalmente, quedan llenos de alegría porque Jesús «fue llevado al cielo», y Él les había dicho: «Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo» (Jn 14,28). Ellos aman a Jesús y por eso, aunque Él es llevado, se alegran porque es llevado al cielo.

 «Sometió todo bajo sus pies» 

La ciudad de Éfeso era la ciudad más importante de la provincia romana de Asia (en la parte occidental de la moderna Turquía). Éfeso era la cabeza de puente entre el oriente y el occidente. Constituía el terminal de una de las rutas comerciales de las caravanas que cruzaban el Asia y se situaba en la desembocadura del río Caistro. Era una ciudad espléndida con calles pavimentadas de mármol, con baños, bibliotecas, mercado y un teatro con capacidad para 2,500 personas. Éfeso se convirtió muy pronto en un importante centro de irradiación del cristianismo.  Pablo hizo una breve visita a Éfeso, durante su segundo viaje apostólico, y sus amigos Aquila y Prisca se quedaron a residir en aquella ciudad. En su tercer viaje, Pablo pasó más de dos años en Éfeso. Aquí él escribe sus famosas cartas a los Corintios. La carta que dirige a los Efesios es más que una epístola ya que este escrito es considerado un verdadero tratado epistolar, quizá dirigido a los creyentes de toda Asia Menor, especialmente a los gentiles. A diferencia de las otras cartas de San Pablo, no contiene exhortaciones personales. Pablo escribió esta carta desde la prisión (Roma) en los años sesenta. El gran tema de la carta «el Plan de Dios...es reunir toda la creación, todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra bajo Cristo como cabeza» (1,10).  

  Una palabra del Santo Padre: 

«Esta fiesta contiene dos elementos. Por una parte, la Ascensión orienta nuestra mirada al cielo, donde Jesús glorificado se sienta a la derecha de Dios (cf. Mateo 16, 19). Por otra parte, nos recuerda el inicio de la misión de la Iglesia: ¿Por qué? Porque Jesús resucitado ha subido al cielo y manda a sus discípulos a difundir el Evangelio en todo el mundo. Por lo tanto, la Ascensión nos exhorta a levantar la mirada al cielo, para después dirigirla inmediatamente a la tierra, llevando adelante las tareas que el Señor resucitado nos confía.

Es lo que nos invita a hacer la página del día del Evangelio, en la que el evento de la Ascensión viene inmediatamente después de la misión que Jesús confía a sus discípulos. Una misión sin confines, —es decir, literalmente sin límites— que supera las fuerzas humanas. Jesús, de hecho, dice: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Marcos 16, 15). Parece de verdad demasiado audaz el encargo que Jesús confía a un pequeño grupo de hombres sencillos y sin grandes capacidades intelectuales. Sin embargo, esta reducida compañía, irrelevante frente a las grandes potencias del mundo, es invitada a llevar el mensaje de amor y de misericordia de Jesús a cada rincón de la tierra. Pero este proyecto de Dios puede ser realizado solo con la fuerza que Dios mismo concede a los apóstoles. En ese sentido, Jesús les asegura que su misión será sostenida por el Espíritu Santo. Y dice así: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hechos de los apóstoles 1, 8). Así que esta misión pudo realizarse y los apóstoles iniciaron esta obra, que después fue continuada por sus sucesores.

La misión confiada por Jesús a los apóstoles ha proseguido a través de los siglos, y prosigue todavía hoy: requiere la colaboración de todos nosotros. Cada uno, en efecto, por el bautismo que ha recibido está habilitado por su parte para anunciar el Evangelio La Ascensión del Señor al cielo, mientras inaugura una nueva forma de presencia de Jesús en medio de nosotros, nos pide que tengamos ojos y corazón para encontrarlo, para servirlo y para testimoniarlo a los demás. Se trata de ser hombres y mujeres de la Ascensión, es decir, buscadores de Cristo a lo largo de los caminos de nuestro tiempo, llevando su palabra de salvación hasta los confines de la tierra. En este itinerario encontramos a Cristo mismo en nuestros hermanos, especialmente en los más pobres, en aquellos que sufren en carne propia la dura y mortificante experiencia de las viejas y nuevas pobrezas. Como al inicio Cristo Resucitado envió a sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo, así hoy Él nos envía a todos nosotros, con la misma fuerza, para poner signos concretos y visibles de esperanza. Porque Jesús nos da la esperanza, se fue al cielo y abrió las puertas del cielo y la esperanza de que lleguemos allí.

Que la Virgen María, que como Madre del Señor muerto y Resucitado animó la fe de la primera comunidad de discípulos, nos ayude también a nosotros a mantener «nuestros corazones en alto», así como nos exhorta a hacer la Liturgia. Y que al mismo tiempo nos ayude a tener «los pies en la tierra» y a sembrar con coraje el Evangelio en las situaciones concretas de la vida y la historia».                                              

Papa Francisco. Regina Coeli. Domingo 13 de mayo de 2018 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. Éste es un día de alegría y de alabanza a Dios «porque la Ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria; donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo» (Oración colecta de la misa de la Ascensión de Jesús). Cristo asumió plenamente la naturaleza humana, y al acceder a la exaltación a la gloria es glorificada también su naturaleza humana, igual en todo a la nuestra. ¿Soy consciente de mi propia dignidad y respeto la dignidad de mis hermanos? 

2. «Vosotros sois testigos de estas cosas». ¿En qué situaciones  concretas (dónde, a quién o a quiénes) transmito la «buena noticia» que Jesús nos ha dejado? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 659 - 667.

sábado, 21 de mayo de 2022

Domingo de la Semana 6ª de Pascua. Ciclo C- 22 de mayo de 2022

«El Espíritu Santo os recordará todo lo que yo os he dicho»


Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  15, 1-2.22-29

«Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: "Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros". Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión. 

Entonces decidieron los apóstoles y presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioquía con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos. Por su medio les enviaron esta carta: "Los apóstoles y los presbíteros hermanos, saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. 

Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestros ánimos, hemos decidido de común acuerdo elegir algunos hombres y enviarlos donde vosotros, juntamente con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que son hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. Enviamos, pues, a Judas y Silas, quienes os expondrán esto mismo de viva voz: Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós".»


Lectura del libro del Apocalipsis 21, 10-14.22-23

«Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Ángeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas. 

La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.» 


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 14,23-29 

«Jesús le respondió: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.  El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros.  

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho: os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: "Me voy y volveré a vosotros." Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».  


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la Primera Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, la comunidad cristiana recurre a los apóstoles para decidir acerca de la justificación y la evangelización de los gentiles. Justamente el Salmo Responsorial (Salmo 66) nos muestra el carácter universal de la alabanza que le debemos a Dios. En la Segunda Lectura se describe la grandeza de la nueva Jerusalén, fundada sobre doce columnas con los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Finalmente, en el Evangelio leemos la promesa de Jesús a aquellos que lo aman y por lo tanto guardan sus palabras. Jesús les asegura el envío de un «Defensor» en el Espíritu Santo y los anima a prepararse para su pronta partida. 


«Si alguno me ama, guardará mi Palabra» 

El Evangelio de este VI Domingo de Pascua, como el del Domingo pasado, también está tomado de las palabras de despedida de Jesús, pronunciadas durante la última cena con sus discípu¬los. De aquí se puede deducir su importan¬cia; son las últimas recomendaciones de Jesús y la promesa de su asis¬tencia futura. Jesús había anunciado su partida en estos términos: «Hijitos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros... adonde yo voy vosotros no podéis venir» (ver Jn 13,33). Como era de esperar, los discípulos se han quedado sumidos en la triste¬za, y también en el temor. ¿Quién velará ahora por ellos? Ellos han creído en Jesús, pero ¿quién los sostendrá en esta fe, que los había puesto en contraste con la sinagoga judía? Por eso, junto con anunciar su partida inminente, Jesús asegura a sus discípulos que volverá a ellos: «Me voy y volveré a vosotros». Y no vendrá Él sólo, sino el Padre con Él; y no sólo en una presencia externa, como había estado Él con sus discí¬pulos hasta entonces, sino que establece¬rán su morada en el corazón de los discípu¬los. 

Para esto, sin embargo, hay una condi¬ción que cum¬plir: «guardar su Pala¬bra». Esa «Palabra» es el don magnífi¬co que trajo Jesús al mundo y la herencia que le dejó después de su vuelta al Padre. Han pasado más de veinte siglos y en todo este tiempo el empeño constante de los discípulos de Cristo ha consistido precisa¬mente en «guar¬dar su Palabra» con la mayor fideli¬dad posi¬ble. Este es también nuestro empeño hoy. ¿Qué se consigue con todo esto? Como dijimos, esta es la condi¬ción para que Jesús venga a sus discí¬pu¬los: «Si alguno me ama, guardará mi Pala¬bra, y mi Padre lo amará, y ven-dremos a él, y haremos morada en él». Pero, ¿cómo hacerlo? El detonante es el amor a Jesús. Sin esto no hay nada. Porque lo amamos a Él y anhelamos su presen¬cia, y la del Padre, en nuestro corazón, por eso, guarda¬mos su Palabra. Entendemos entonces cuando Jesús nos dice que «mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30). 

Solamente amando a Jesús podremos vivir de acuerdo a su Palabra. «Todo lo duro que puede haber en los mandamientos lo hace llevadero el amor… ¿Qué no hace el amor? Ved cómo trabajan los que aman; no sienten lo que padecen, redoblando sus esfuerzos a tenor de sus dificultades» (San Agustín, Sermón 96). Para más claridad Jesús agrega: «El que no me ama, no guarda mis palabras». Éste vive ajeno a Jesús y al Padre, dejándose arrastrar -y esclavizar- por los crite¬rios y concupiscencias del mundo. El único signo inequívoco de que alguien ama a Jesús verdaderamente es que atesore en su corazón la palabra de Jesús y viva conforme a ella como nuestra querida Madre María siempre lo hizo «su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2,52). Esto quiere decir «guardar su palabra».

Dada su importancia, Jesús se detie¬ne a explicar un poco más la expre¬sión «guardar su Palabra». Obviamente Jesús no se refiere a una preocupación arqueológica, como si se trata¬ra de conservar cuidadosamente los códices en que están escritos los Evange¬lios. Jesús no está hablando de algo material. Por eso agrega: «La Palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado». Aquí está expresado un salto inmenso de fe: los discípulos escu¬chan hablar a Jesús, pero deben creer que esas palabras que él pronun¬cia son Palabra de Dios, y que de Dios proceden. En diversas ocasiones Jesús repite esta verdad: «Yo no hago nada por mi propia cuenta, sino que lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo... lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí» (Jn 8,28; 12,50).


La promesa del Espíritu Santo, el Paráclito

Pero...¿cómo podremos «guardar esta Palabra», que no es de este mundo, ni de la experiencia sensible, porque procede del Padre? Sigamos leyendo: «Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espí¬ritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñara todo y os recordará todo lo que yo os he dicho». Aquí tenemos la respuesta: para «guardar la Palabra» de Cristo es necesa¬ria la acción del Espíritu Santo y la docilidad de los discípulos a sus dulces mociones (movimientos interiores o espirituales). Se completa así una cadena de enseñanza: el Padre enseña al Hijo lo que tiene que decir al mundo; y el Espíritu Santo enseña a los discípulos esa misma Palabra de Jesús que ellos tienen que guardar. 

Jesús se refiere al Espíritu Santo con un apelativo especial que ciertamente tiene un sentido profundo: el Parácli¬to. ¿Qué quiere decir este nombre? Éste es un término que en todo el Nuevo Testamento sólo es usado por Juan. Es un sustantivo griego, formado del verbo griego «parakaleo» que signifi¬ca: «llamar junto a». El sustantivo «paráclito» pertenece al mundo jurídico y designa al que está junto al acusado en un proceso judicial, al asis¬tente, al defensor, al abogado. En el Evangelio de San Juan, el Paráclito es el que asiste y ayuda a los creyentes en el gran conflicto que opone a Jesús y el mundo. Mientras el mundo creía condenar a Jesús, el que resulta condenado es el mundo, gracias a la acción del Paráclito, que opera en el corazón de los fieles. Por eso, en las cinco promesas de su envío a los discí¬pu¬los, el Paráclito tiene la función de enseñar, de dar testimonio a favor de Jesús y de condenar al mundo.

En la promesa del Espíritu Santo contenida en el Evangelio de este Domingo, el Paráclito tendrá la misión de enseñar a los discípu¬los todo, de recordarles todo lo dicho por Jesús. Esto no quiere decir que el Espíritu Santo traerá una nueva revelación o un suplemento de revelación distin¬ta de la aportada por Jesús. Quiere decir que en el proce¬so de la revelación divina hay dos etapas: lo enseñado por Jesús durante su vida terrena y la comprensión de esa enseñanza por interiorización, gracias a la acción del Espíritu Santo. Todos tenemos la experiencia de lo que significa compren¬der repentinamente el sentido de algo que antes era oscuro para nosotros: una palabra, una frase que alguien dijo, la actitud que alguien adoptó, etc. Cuando esto ocurre, nosotros habla¬mos de «darnos cuenta» de algo. Este darnos cuenta acontece en un segundo momento en contacto con alguna circunstancia particular que ilumina lo que antes era oscuro, por ejemplo, cuando alguien «nos hace ver». 

El Espíritu Santo sugiere a nuestro corazón el sentido verdade¬ro de esas pala¬bras, nos hace darnos cuenta, hace com¬prender toda su trascendencia. El Espíritu Santo no aporta ninguna nueva revelación más allá de lo dicho por Jesús. Pero hace comprender interiormente lo dicho por Jesús, hace que penetre en el corazón de los fieles y se haga vida en ellos. Si el Espíritu Santo no hubiera venido, todo lo dicho y hecho por Jesús, sobre todo, su identidad misma de Hijo de Dios, habría quedado sin comprensión y no habría operado en el mundo ningún efecto. Es lo que ocurre aún hoy con aquellas personas que han rechazado de sus corazo¬nes el Espíritu Santo: no entienden las palabras de Jesús.


La Nueva Jerusalén

En la Segunda Lectura de hoy se hace una descripción simbólica de la nueva Jerusalén, es decir, del estado final y glorioso de la comunidad de los redimidos. Un detalle significativo es que carece de Templo; lo cual establece una diferencia radical entre la antigua y la nueva ciudad de Dios. «Templo (Santuario) no vi ninguno, porque su Templo es el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero» (Ap 21, 22). La perfección en la totalidad del pueblo nuevo sucede a la del antiguo. A las doce tribus de Israel corresponden los doce Apóstoles. Es interesante notar el simbolismo invertido de las doce puertas y los doce cimientos: aquellas (lógicamente posteriores al cimiento), con los nombres de las doce tribus de Israel y éstos con los nombres de los Apóstoles. ¿No significa esto la unión definitiva de los Testamentos en el Reino Celestial? Finalmente leemos en los Hechos de los Apóstoles que el Concilio realizado en Jerusalén, hacia 48 ó 49, inhabilita las antiguas mediaciones que eran exigidas (la circuncisión entre otras cosas) a los gentiles para obtener la salvación de Dios. Este Concilio de los apóstoles es el modelo de todos los que se han celebrado en la Iglesia  asistidos por el Espíritu Santo.  


Una palabra del Santo Padre: 

««Estoy con vosotros» quiere decir: estoy con la Iglesia construida sobre vosotros, y vengo siempre en virtud del Espíritu Santo. Esta venida es múltiple: en la palabra del evangelio, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en la misteriosa inhabitación del corazón mediante la gracia. A esta última venida se refieren las palabras que acabamos de escuchar: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

El amor hace que una persona habite espiritualmente en otra. Así acontece en la dimensión humana y, de modo aún más profundo, en la dimensión divino-humana. «Si alguno me ama (...), mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23). Por consiguiente, el amor a Cristo atrae el amor del Padre y hace que el Hijo y el Padre estén presentes en el alma del hombre, que se abandonen íntimamente al hombre. Ese don es obra del Espíritu Santo, el Amor increado. Derramado en el corazón del hombre, hace que toda la santísima Trinidad esté presente en él y more en él. Esta inhabitación, que brota del amor y enriquece el amor, debe realizarse en la verdad. 

Quien ama a Jesús guarda su palabra, la palabra de la que Él dice: «Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14, 24). Quien ama a Jesús vive de su Evangelio. Cristo es el Verbo del Padre. En Él se realiza la plenitud de la verdad, que está en Dios y que es Dios mismo. Él «se hizo carne» (Jn 1, 14) para transmitirnos esta verdad con palabras humanas, con obras humanas y, en definitiva, en el acontecimiento pascual de la cruz y la resurrección. Ahora Cristo dice: «Me voy al Padre» (Jn 14, 28). Eso es para Él motivo de alegría divina, una alegría que desea comunicar a sus discípulos. Con la humanidad que asumió, el Verbo vuelve a su fuente, al eterno manantial donde, sin ningún inicio, tiene su inicio»

San Juan Pablo II. Homilía en el Santuario de Mariano de Svatý Kopečék, de Olomuc. República Federativa Checa y Eslovaca 21 de mayo 1995. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. Demos gracias a Dios por el don del Magisterio de la Iglesia. ¿Me esfuerzo por leer los documentos más importantes de la Iglesia? ¿Cuál ha sido el último documento que he leído? 

2. ¿Amo y guardo la Palabra de Dios? ¿Estudio la Palabra para así poder vivirla?   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 683-693. 790- 791.1822-1823. 1828



 


sábado, 14 de mayo de 2022

Domingo de la Semana 5ª de Pascua. Ciclo C – 15 de mayo 2022

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros»

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  14, 21-27

« Al día siguiente marchó con Bernabé a Derbe. Habiendo evangelizado aquella ciudad y conseguido bastantes discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, confortando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a perseverar en la fe y diciéndoles: "Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios". Designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; predicaron en Perge la Palabra y bajaron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, de donde habían partido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían realizado. Al su llegada reunieron a la Iglesia y se pusieron a contar todo lo que habían hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe»


Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

«Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: "Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán  su pueblo y él Dios - con - ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos,  y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado". Entonces dijo el que está sentado en el trono: "Mira que hago un mundo nuevo"». 


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34-35

«Cuando salió, dice Jesús: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él.  Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto". "Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.  En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros".»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Pablo y Bernabé vuelven de su primera misión (Primera Lectura) donde se resalta el laborioso crecimiento de la Iglesia de Cristo. Expansión que no está exenta de tribulaciones que San Pablo paternalmente advierte. El nuevo mandamiento (Evangelio) dejado por Jesús es la vivencia del amor hasta el extremo de dar la vida por los otros; y esto será lo distintivo entre los primeros seguidores de Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros». Justamente es la glorificación del Hijo del hombre que renovará todas las cosas creando así un mundo nuevo (Segunda Lectura). 


«Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre...» 

La Iglesia celebra hoy el V Domingo de Pascua. Puede parecer extraño que estando en tiempo de Pascua, en que la liturgia está dominada por la contemplación de Cristo resu¬ci¬tado y vencedor sobre el pecado y la muerte, se nos pro¬ponga un pasaje del Evangelio que está ubicado en el momento en que Jesús comienza a despedirse de sus apósto¬les para encaminarse a su Pasión. Veamos por qué se da esto...

La primera palabra de Jesús hace referencia al momen¬to: «Ahora...». Debemos preguntarnos en qué situación de la vida de Jesús nos encontramos y qué ocurrió para que Jesús consi¬derara que había llegado el momento. Jesús se había reunido con sus apósto¬les para celebrar la cena pas¬cual. El capítulo comienza con estas palabras fundamenta¬les: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Había llegado su hora, la hora de pasar de este mundo al Padre y la hora de dar la prueba suprema de su amor a los hombres. Pero faltaba todavía algo que desencadenara los hechos.

El Evangelista dice: «Durante la cena, ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscario¬te, hijo de Simón, el propósito de entregarlo...» (Jn 13,2). Sigue el episodio del lavatorio de los pies a sus apóstoles. Y, en seguida, Jesús indica cuál de sus apósto¬les lo iba a entre¬gar, dando a Judas un bocado. El Evangelista sigue narrando: «Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (Jn 13,27). Jesús acompañó su gesto, que debió ser lleno de bondad y de conmiseración ante el discípulo ya decidido a traicionarlo, con estas palabras: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». El Evangelista conclu-ye: «En cuanto tomó Judas el bocado, salió» (Jn 13,29). La traición de Judas fue una obra de Satanás, pero tam¬bién una decisión res¬ponsable del hom¬bre. Aquí el misterio de la iniqui¬dad alcanzó su punto máximo, sólo comparable con la obra de Satanás en nuestros primeros padres. Esta especie de escalada de Satanás era lo que faltaba aún para que llega¬ra el momento.

«Cuando Judas salió, Jesús dice: Ahora ha sido glori¬ficado el Hijo del hombre». Ya los hechos que lleva-rían a Jesús a morir en la cruz se habían desencadenado. Pero en esos hechos consiste su glorificación, pues mientras los hombres lo someten a la pasión dolorosa y a la muerte, en realidad, él está yendo al Padre. Así lo dice el Evangelio al comienzo de este capítulo: «Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre... sabía que el Padre había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía» (Jn 13,1.¬3). Lo repite él mismo en el curso de esa misma cena con sus discípulos: «Me voy a prepararos un lugar... voy al Padre» (Jn 14,2.12). Y poco antes de salir con sus discí¬pulos al huerto donde sería detenido, Jesús se dirige a su Padre y ora así: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17,1).


«Dios ha sido glorificado en Él» 

La muerte de Cristo fue un sacrificio ofrecido a Dios Padre. Si todo sacrificio es un acto de adoración, el sacrificio de Cristo ha sido el único digno de Dios, el único que le ha dado la gloria que merece. Por eso es que Dios ha sido glorificado. Cristo ha dado gloria a Dios con toda su vida, pues toda ella fue un acto de perfecta obediencia al Padre. Pero en la cruz alcanzó su punto culminante, allí recibió su sello definitivo. Este es el sentido de la última palabra de Cristo antes de morir: «Todo está cum¬plido», es decir, está cumplida la voluntad del Padre en perfección y hasta las últimas conse-cuencias. Nunca se demostró Jesús más Hijo que en ese momento. Pero todavía quedaba que se realizará la última afirmación de Cristo: «Dios lo glorificará en sí mismo», la que debía cumplirse «pronto». Esta es la subida de Cristo al Padre, que ocu¬rrió con su Resurrec¬ción.


El testamento de Jesús

En este momento de la despedida de sus apóstoles, Jesús agrega lo que más le interesa dejarles como testamento: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros». ¿Por qué dice Jesús que este mandamiento es «nuevo»? ¿Dónde está la novedad? Ya desde la ley antigua existía el mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» (Lev 19,18). Y Jesús, lejos de derogarlo, lo había indicado al joven rico como condición para heredar la vida eterna (ver Mt 19,19). La novedad está en el modo de amar, en la medida del amor. Es esto lo que hace que este mandamiento sea el de Jesús: «Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros». En este mismo discurso, más adelante, Jesús repite: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). 

Por eso Jesús agrega: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos». En la vida de Jesús hemos contemplado lo que es el amor y cómo Él nos amó. El no buscó su propio inte¬rés, sino el nues¬tro. Nos amó hasta el extremo: «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); y esa es la medida que nos ha dejado. Sin embargo, es increíble cómo en nues¬tra socie¬dad y en el modo común de hablar, el amor se haya podido profa¬nar tanto y que muchas veces se llegue al extremo de llamar amor lo que es per¬fecto egoísmo. 


«Yo, Juan, vi... la ciudad santa, la nueva Jerusalén» 

La espléndida visión de la Jerusalén celestial concluye el libro del Apocalipsis y toda la serie de los libros sagrados que componen la Biblia. Con esta grandiosa descripción de la ciudad de Dios, el autor del Apocalipsis indica la derrota definitiva del mal y la realización de la comunión perfecta entre Dios y los hombres. La historia de la salvación, desde el comienzo, tiende precisamente hacia esa meta final.

Ante la comunidad de los creyentes, llamados a anunciar el Evangelio y a testimoniar su fidelidad a Cristo aun en medio de pruebas de diversos tipos como leemos en la primera lectura, brilla la meta suprema: la Jerusalén celestial. Todos nos encaminamos hacia esa meta, en la que ya nos han precedido los santos y los mártires a lo largo de los siglos. En nuestra peregrinación terrena, estos hermanos y hermanas nuestros, que han pasado victoriosos por la «gran tribulación», nos brindan su ejemplo, su estimulo y su aliento. San Agustín nos dice cómo la Iglesia «que prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios», se siente sostenida y animada por el ejemplo y la comunión de la Iglesia celestial. 

Recordemos las palabras del profeta Isaías: «Mira ejecutado todo lo que oíste...Hasta ahora te he revelado cosas nuevas, y tengo reservadas otras que tú no sabes» (Is 48,6). Esto no es un cuento de hadas sino el mundo que surge de la vivencia plena del mandamiento del amor. Este esplendoroso final esperado tiene su contraparte en la Primera Lectura donde se contrasta el crecimiento de las comunidades cristianas en sus comienzos al ritmo penoso de la misión que acaban de concluir. Pablo y Bernabé, de nuevo en Antioquía de Orontes (Siria) y ante la comunidad reunida, hacen un balance positivo de su primera misión por tierras del Asia Menor hasta Antioquía de Pisidia (hoy Turquía). Al reanudar el camino iban animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe. Y apuntando ya a una primera organización pastoral.  


«Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por ... »  

El día 20 de noviembre recordaremos a un grupo de monjitas españolas que vivieron el mandamiento del amor hasta el extremo. Justamente el V Domingo de Pascua de 1998 fueron declaradas beatas por el Papa Juan Pablo II ante una multitud en la plaza San Pedro. La Beata María Gabriela y sus compañeras mártires ingresaron a la congregación de la Visitación de Santa María, imprimiendo en su corazón los principios de la congregación: «Todo dulzura y humildad». 

En los primeros meses de 1936, la persecución religiosa en España se fue agravando. La congregación se dio cuenta que era ya muy peligroso continuar en Madrid por lo que decidieron trasladarse al pueblito de Onoroz, en Navarra. Pero ellas pidieron quedarse en Madrid, pues la iglesia del monasterio seguía abierta al culto. Al frente del grupo estaba María Gabriela. A mediados de julio la situación se complicó demasiado lo que les obligó a trasladarse definitivamente a una casa refugio, en donde se dedicaron a la oración y a sacrificarse por su patria. Los vecinos les mostraron mucho aprecio excepto dos personas que las denunciaron antes las autoridades. El 17 de noviembre, después del registro que hicieron los milicianos de su casa, estos se despidieron diciéndoles: «hasta mañana». 

María Gabriela ofreció a la comunidad la oportunidad de ser llevadas al consulado para ponerse a salvo. Pero unánimemente todas exclamaron con especial fervor: «¡Estamos esperando que de un momento a otro vengan a buscarnos en el nombre del Señor… que alegría, pronto va llegar el martirio, si por derramar nuestra sangre se ha de salvar España, Señor, que se haga cuanto antes!». En efecto, el 18 de noviembre, llegaron los milicianos y en un camión las llevaron hasta el lugar de la ejecución. Una ráfaga de balas destrozó sus cuerpos y les hizo entrar en una bella página de la historia de la Jerusalén celestial. 


Una palabra del Santo Padre: 

«La respuesta de Jesús retoma y une dos preceptos fundamentales, que Dios ha dado a su pueblo mediante Moisés (cfr Dt 6, 5; Lv 19, 18). Y así supera la trampa que le han tendido para «ponerle a prueba» (v. 35). Su interlocutor, de hecho, trata de llevarlo a la disputa entre los expertos de la Ley sobre la jerarquía de las prescripciones. Pero Jesús establece dos fundamentos esenciales para los creyentes de todos los tiempos, dos fundamentos esenciales de nuestra vida. El primero es que la vida moral y religiosa no puede reducirse a una obediencia ansiosa y forzada. Hay gente que trata de cumplir los mandamientos de forma ansiosa o forzada, y Jesús nos hace entender que la vida moral y religiosa no puede reducirse a una obediencia ansiosa y forzada, sino que debe tener como principio el amor. El segundo fundamento es que el amor debe tender juntos e inseparablemente hacia Dios y hacia el prójimo. Esta es una de las principales novedades de la enseñanza de Jesús y nos hace entender que no es verdadero amor de Dios el que no se expresa en el amor al prójimo; y, de la misma manera, no es verdadero amor al prójimo el que no se deriva de la relación con Dios.

Jesús concluye su respuesta con estas palabras: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (v. 40). Esto significa que todos los preceptos que el Señor ha dado a su pueblo deben ser puestos en relación con el amor de Dios y del prójimo. De hecho, todos los mandamientos sirven para realizar, para expresar ese doble amor indivisible. El amor por Dios se expresa sobre todo en la oración, en particular en la adoración. Nosotros descuidamos mucho la adoración a Dios. Hacemos la oración de acción de gracias, la súplica para pedir alguna cosa…, pero descuidamos la adoración. Adorar a Dios es precisamente el núcleo de la oración. Y el amor por el prójimo, que se llama también caridad fraterna, está hecho de cercanía, de escucha, de compartir, de cuidado del otro. Y muchas veces nosotros descuidamos el escuchar al otro porque es aburrido o porque me quita tiempo, o de llevarlo, acompañarlo en sus dolores, en sus pruebas… ¡Pero siempre encontramos tiempo para chismorrear, siempre! No tenemos tiempo para consolar a los afligidos, pero mucho tiempo para chismorrear. ¡Estad atentos! Escribe el apóstol Juan: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4, 20). Así se ve la unidad de estos dos mandamientos.

En el Evangelio de hoy, una vez más, Jesús nos ayuda a ir a la fuente viva y que brota del Amor. Y tal fuente es Dios mismo, para ser amado totalmente en una comunión que nada ni nadie puede romper. Comunión que es un don para invocar cada día, pero también compromiso personal para que nuestra vida no se deje esclavizar por los ídolos del mundo. Y la verificación de nuestro camino de conversión y de santidad está siempre en el amor al prójimo. Esta es la verificación: si yo digo “amo a Dios” y no amo al prójimo, no va bien. La verificación de que yo amo a Dios es que amo al prójimo. Mientras haya un hermano o una hermana a la que cerremos nuestro corazón, estaremos todavía lejos del ser discípulos como Jesús nos pide. Pero su divina misericordia no nos permite desanimarnos, es más nos llama a empezar de nuevo cada día para vivir coherentemente el Evangelio».

                                             Papa Francisco. Ángelus, domingo 25 de octubre de 2020 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. ¿De qué manera concreta puedo vivir el mandamiento nuevo que Jesucristo nos ha dejado? 

2. «Esto es en verdad el amor: obedecer y creer al que se ama», nos dice San Agustín. ¿Cómo vivo esto? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2196. 2443- 2449.



 


sábado, 7 de mayo de 2022

Domingo de la Semana 4ª de Pascua. Ciclo C - 8 de mayo de 2022

«Yo doy la vida por mis ovejas»

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 13, 14.43-52
«Mientras que ellos, partiendo de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Disuelta la reunión, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé; éstos conversaban con ellos y les persuadían a perseverar fieles a la gracia de Dios. El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios. Los judíos, al ver a la multitud, se llenaron de envidia y contradecían con blasfemias cuanto Pablo decía. 
Entonces dijeron con valentía Pablo y Bernabé: "Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como la luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra". Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna. Y la Palabra del Señor se difundía por toda la región. Pero los judíos incitaron a mujeres distinguidas que adoraban a Dios, y a los principales de la ciudad; promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y les echaron de su territorio. Estos sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo».

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 9.14b-17
«Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed; ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno. Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos"».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 10, 27-30
«Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno"». 

Pautas para la reflexión personal  
El vínculo entre las lecturas
La lectura del Evangelio de este Domingo es la tercera y última parte de la parábola del Buen Pastor (Jn 10), que se lee por partes en los tres ciclos litúrgicos (A, B y C) de este cuarto Domingo de Pascua. El Buen  Pastor que a todos quiere salvar, tanto a las ovejas judías como a las paganas, y a todos ofrece su vida (Primera Lectura); apacienta a sus ovejas no sólo en esta tierra, sino también en el cielo, conduciéndolas a «los manantiales de agua» (Segunda Lectura). 
Por decisión del Papa San Pablo VI, se celebra en este día la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El sacerdote, en virtud del sacra¬mento del Orden, está destinado a ser pastor del pueblo de Dios y a repro¬ducir los rasgos de Jesús Buen Pastor. Por eso el Papa consideró que este Domingo era el más apropiado para orar por las voca¬ciones sacerdota¬les en todo el mundo. Dios sigue lla¬mando hoy como ha llamado siempre. También hoy sigue resonando la voz de Cristo que dice a muchos: «Ven y sígueme» (Mt 19,21). 

«¿Tú eres el Cristo...?» 
El Capítulo 10 de San Juan contiene estas famosas expre¬siones de Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas... yo conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco al Padre y doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,11 .14-15). Es lo mismo que repite Jesús más adelante en el texto de este Domingo. Los judíos le hacen una pregunta directa acerca de su iden¬tidad: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abierta-mente» (Jn 10,24). Jesús no habría sacado nada con decir¬les abiertamente que Él era el Cris¬to, porque, si no son de sus ovejas, no le habrían creído. Por eso responde: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis... porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escu¬chan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen». Es muy clara la divi¬sión entre los que creen y ponen el fundamento de su vida en la enseñanza de Cristo y los que no lo hacen. Es que unos son de su rebaño y lo reconocen como pastor y los otros, no lo son. Estos últi¬mos, no es que estén solos; es que escuchan la voz de otros pastores y los siguen a ellos. 
¿Cómo podemos saber si somos ovejas del rebaño de Cristo? El mismo Cristo quiso dejarnos un crite¬rio para discernir nuestra condición de «ovejas de su rebaño». Lo hizo en el momento último, antes de dejar este mundo, precisamente porque Él mismo ya no iba a estar más con nosotros en forma visible. De aquí la importancia del episodio que se desarrolló a orillas del lago de Tiberíades, cuando Cristo resucitado, dijo por tres veces a Pedro: «Apacienta mis ovejas...pastorea mis corderos» (ver Jn 21,15ss). ¡Es impresionante! Esas mismas ovejas, de las cuales con inmenso celo Jesús aseguraba: «Nadie las arrebatará de mi mano... nadie las arrebatará de las manos del Padre», las mismas ovejas por las cuales Él había dado su vida, ahora las confía a las manos de Pedro. No puede ser algo casual. 
Al contrario, nunca Cristo ha puesto más intención en una decisión suya: instituyó a Pedro como Pastor supremo del rebaño dejándole un poder inmenso. A éste había dicho: «Lo que decidas en la tierra quedará decidido en el cielo» (ver Mt 16,19). Este mismo Pedro decidió dejar un sucesor y encomendar¬le su misma misión de Pastor universal de las ovejas de Cristo, que se llamó Lino; éste, a su vez, dejó otro: Anacleto; y así sucesivamente, sin inte¬rrupción, hasta el recordado San Juan Pablo II y ahora, el querido Francisco. Ya podemos responder a la duda anterior: es verdadero pastor el que ha recibido el sacramento del orden y ejerce su ministerio en comunión con el Santo Padre; es oveja del rebaño de Cristo el que escucha a estos pastores. Recordemos, hoy especialmente, de orar para que haya muchos que entreguen su vida a ser «pastores» del pueblo de Dios, para que todos puedan escuchar la voz de Cristo y tengan vida eterna.

Pablo y Bernabé en Antioquía
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles que se lee este Domingo se nos presenta a Pablo y Bernabé en la ciudad de Antioquía de Pisidia, preci¬samente ejer¬ciendo ese poder de hablar la Palabra de Dios y de comu¬nicar, por este medio, la vida eterna. Si Antioquía tenía fama de ciudad pagana (conocida por su culto a la diosa Dafne) ocupó un lugar prominente en la historia del cristianismo. Habitada por numerosos judíos emigrados (ver Hch 6,5). Antioquía recibió el impacto de la primera evangelización después de la muerte de Esteban (ver Hch 11,19ss) y fue allí donde por primera vez los creyentes fueron llamados de «cristianos» (ver Hch 11,20-26). 
Pablo hizo exactamente lo mismo que Jesús en la Sinagoga de Nazaret (ver Lc 4,16ss). El culto de los judíos en la Sinagoga principalmente, como hoy en día, es una doble lectura bíblica; primero el Pentateuco (Torah) y luego los profetas y comentaristas. Pablo se dirige primero a los judíos. Sólo cuando éstos lo rechazan pasará a los gentiles. El gran discurso que Pablo dirige a los judíos en la Sinagoga, es una grandiosa síntesis de la historia de Israel, y como un vínculo entre ambos Testamentos, nos muestra a través de las profecías mesiánicas, el cumplimiento del Plan de Dios (ver Hech 13, 16-41). «Se con¬gregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios... los gentiles se alegraron y se pusieron a glorifi¬car la Pala¬bra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna» (Hech 13,44.48). Los gentiles, escuchando a los apósto¬les estaban escuchando a Jesús mismo y de esta manera demostraban que ellos también eran ovejas de su rebaño. «Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo», demostrando que no eran «de Pablo o de Apolo o de Cefas» sino de Cristo (ver 1 Cor 1,12ss). 

La vida eterna 
Siguiendo la lectura del Evangelio, Jesús agrega otro privilegio sublime de sus queridas ovejas: «Yo les doy vida eterna». La vida eterna es un puro don. No es el resultado del esfuerzo humano. Nadie puede pre¬tender ningún derecho a poseerla. Jesús, y sólo él, comu¬nica la vida eterna a quien él quiere. Aquí nos asegura que él la comu¬nica a sus ovejas. El hombre, cada uno de nosotros, está destinado a poseer la vida eterna. Para esto ha sido creado. Pero esta «vida eterna» no nos es transmitida por nues¬tros padres, ni es obtenida por el esfuerzo humano, pues supera todo esfuerzo creado. Se suele llamar «vida sobrena¬tural», porque no es proporcio¬nal a la naturaleza humana, ni puede la natu¬raleza humana alcanzarla por su propio dinamismo. Esta vida la da sola¬mente Cristo como un regalo. Sólo Cristo puede decir: «Yo les doy vida eterna» y ningún otro puede dar este don. Esta es la diferencia radical entre Cristo y todo otro pastor. 
La vida eterna es la vida de Dios mismo infundida en nosotros ya en esta tierra por medio de los sacra¬mentos de la fe, sobre todo, por medio de la Eucaris¬tía, que por eso recibe el nombre de «pan de vida eterna». En esta tierra podemos gozar ya de la misma vida que en el cielo poseeremos en pleni¬tud y sin temor de perderla jamás. En esta tierra poseemos la vida divina en la fe y con la inquietante posibilidad de perderla por el pecado. En el cielo esta vida eterna alcan¬zará su consuma-ción en la visión de Dios y no habrá entonces temor alguno de perder¬la nunca jamás. Por eso respecto de sus ovejas Jesús asegura: «No perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano». La vida eterna adquiere en el cielo la forma de la «gloria celestial».
En su encíclica, Evangelium vitae, San Juan Pablo II, trata profundamente sobre el valor y el carác¬ter inviola¬ble de la vida humana. Pero allí se afirma también clara¬mente que la vida terrena del hombre, aunque es una realidad sagra¬da, «no es realidad última, sino penúltima». Su sacralidad radica precisamente en que es «penúltima», cuando la «última» es la vida divina compar¬tida por el hombre. El Papa escribe: «El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrena¬tural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana inclu¬so en su fase temporal» (Evangelium Vitae, 2). Por eso truncar una vida humana en el seno de su madre es un homicidio realmente abomi¬nable. 
Para que nosotros pudiéramos poseer la vida eterna es que Cristo vino al mundo y murió en la cruz. Por eso cada uno de los que creen en Él puede afirmar con verdad: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gal 2,20). Y Él establece sus ministros para la transmisión de esta vida. A eso se refiere Cristo cuando dice a Pedro: «Apacienta mis ovejas». Es claro que Jesús no le pide a Pedro que les procure el alimento material. Lo que le pide es que les de el pan de «vida eterna». Jesús dice acerca de sus ovejas: «Nadie las arrebatará de mi mano», y es verdad. Pero Él las confía a San Pedro, su Vicario en la tierra. 

Una palabra del Santo Padre: 
«Jesús es el pastor —así lo ve Pedro— que viene a salvar, a salvar a las ovejas descarriadas: éramos nosotros. Y en el Salmo 22 que leímos después de esta lectura, repetimos: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (v.1). La presencia del Señor como pastor, como pastor del rebaño. Y Jesús, en el capítulo 10 de Juan, que hemos leído, se presenta como el pastor. Es más, no sólo el pastor, sino la “puerta” por la que se entra en el rebaño (cf. v.7). Todos los que vinieron y no entraron por esa puerta eran ladrones y bandidos o querían aprovecharse del rebaño: los falsos pastores. Y en la historia de la Iglesia ha habido muchos de estos que explotaban el rebaño. No les interesaba la grey, sino sólo hacer carrera o la política o el dinero. Pero el rebaño los conoce, siempre los ha conocido e iba buscando a Dios por sus caminos.
Pero cuando hay un buen pastor que hace avanzar, hay un rebaño que sigue adelante. El buen pastor escucha al rebaño, conduce al rebaño, cura al rebaño. Y la grey sabe distinguir entre los pastores, no se equivoca: el rebaño confía en el buen Pastor, confía en Jesús. Sólo el pastor que se parece a Jesús da confianza al rebaño, porque Él es la puerta. El estilo de Jesús debe ser el estilo del pastor, no hay otro. Pero además Jesús, el buen pastor, como dice Pedro en la primera lectura, «padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca. Cuando era insultado, no respondía con insultos, cuando era maltratado, no prorrumpía en amenazas» (1P 2,21-23). Era manso. Uno de los signos del buen Pastor es la mansedumbre. El buen pastor es manso. Un pastor que no es manso no es un buen pastor. Tiene algo escondido, porque la mansedumbre se muestra tal cual es, sin defenderse. Es más, el pastor es tierno, tiene esa ternura de la cercanía, conoce a las ovejas una a una por su nombre y cuida de cada una como si fuera la única, hasta el punto de que cuando llegan a casa después de una jornada de trabajo, cansado, se da cuenta de que le falta una, sale a trabajar otra vez para buscarla y [encontrarla] la lleva consigo, la lleva sobre sus hombros (cf. Lc 15,4-5). Este es el buen pastor, este es Jesús, este es quien nos acompaña a todos en el camino de la vida. Y esta idea del pastor, esta idea del rebaño y las ovejas, es una idea pascual. La Iglesia en la primera semana de Pascua canta ese hermoso himno para los recién bautizados: “Estos son los corderos recién nacidos”, el himno que hemos oído al comienzo de la Misa. Es una idea de comunidad, de ternura, de bondad, de mansedumbre. Es la Iglesia que quiere Jesús, y Él cuida de esta Iglesia.
Este domingo es un hermoso domingo, es un domingo de paz, es un domingo de ternura, de mansedumbre, porque nuestro Pastor nos cuida. “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22,1)».
Papa Francisco. Domingo, 3 de mayo de 2020 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  
1 Recemos, de verdad, por las vocaciones a la vida consagrada. Seamos generosos. San Gregorio decía; «Hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas». 
2. El valor de la vida humana se fundamenta en nuestra dignidad ¿Respeto y reconozco el valor de la vida humana? ¿De qué manera puedo ayudar a que se respete la vida? 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 871 – 879.