«El Hijo del hombre ha venido a dar su vida
como rescate por muchos»
Lectura
del libro del profeta Isaías 53,
2a.3a.10-11
«Creció como un retoño delante de él, como raíz
de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía
aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de
dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro,
despreciable, y no le tuvimos en cuenta.
Mas
plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación,
verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por
su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento
justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará.»
Lectura de la carta a
los Hebreos 4, 14-16
«Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que
penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que
profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de
nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el
pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de
alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna.»
Lectura del santo
Evangelio según San Marcos 10, 35-45
«Se acercan a él Santiago y Juan, los
hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos, nos concedas lo que te
pidamos". El les dijo: "¿Qué queréis que os conceda?" Ellos le
respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha
y otro a tu izquierda". Jesús les dijo: "No sabéis lo que pedís.
¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con
que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos".
Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también
seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse
a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para
quienes está preparado".
Al oír esto los otros diez, empezaron a
indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Sabéis
que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores
absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre
vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será
vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo
de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir
y a dar su vida como rescate por muchos".»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
«El
que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que
quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», nos dice
claramente el Señor Jesús en el Evangelio. Jesús nos precede a todos en el
servicio, realizando en sí la figura del Siervo de Yahveh, despreciado,
marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación por su
pueblo (Primera Lectura). Justamente asume así la figura del Sumo Sacerdote que
puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como
nosotros, excepto en el pecado (Segunda Lectura).
«Despreciable y desecho de hombres»
El impresionante texto del profeta Isaías es el
cuarto poema sobre el «Siervo del Señor». A diferencia de los anteriores
poemas, se limita a narrar los sufrimientos del Siervo y el sentido último de
los mismos. Lo que describe de manera impactante es la pasión, muerte
y exaltación inaudita del Siervo. Todo el proceso se desarrolla a base de
contrastes y paradojas entre lo que sufre el Siervo en el lugar de las otras
personas. Irreconocible descripción de su estado externo, sufrimientos
totalmente desmesurados por crímenes ajenos, proceso injusto, muerte
ignominiosa propia de malvados. «Con sus llagas nos curó» (Is 53,5) corrige
con audacia principios profundamente enraizados en la cultura religiosa
antigua, y también en la del Antiguo Testamento.
El Servidor no responde «herida por herida» como permitía e
incluso ordenaba la ley del talión (ver Éx 21,25)[1];
mucho menos trata de vengarse desproporcionadamente de la herida recibida (ver
Gn 4,23-24)[2]. Por el contrario,
sorprendentemente sus propias heridas llevan la curación a un cuerpo cubierto
de ellas, el cuerpo de Israel así como cada uno de sus miembros. Al final, se da
la explicación de lo inaudito: todo respondía al designio divino que es
aceptado libremente por el Siervo. Sus sufrimientos y muerte han tenido un
sentido redentor de expiación y salvación (han curado, perdonado y salvado a los
verdaderos culpables): el triunfo final ha demostrado su inocencia y el sentido
de sus sufrimientos. En el Nuevo Testamento, este cuarto canto del Siervo nos
ayuda a entender mejor el sentido Reconciliador de la Pasión , Muerte y
Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, el Siervo de los siervos.
Los hijos de Zebedeo
El Evangelio de hoy nos presenta uno de
eso casos en que los apóstoles quedan «mal parados»; y, lamentablemente, no se
salva ninguno de ellos. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan al
Maestro Bueno y le hacen un pedido. Manifiestan una ambición humana, pues están
pensando en un reino terreno que ellos esperaban cuando Jesús, como Mesías
prometido, se sentara en el trono del David. No sólo manifiestan ambición, sino
también completa incomprensión del misterio y de la misión de Jesucristo.
Cuando en la Sagrada
Escritura el término «gloria» es aplicado a personas, expresa
generalmente su riqueza o su posición destacada. En el Antiguo Testamento la
«gloria de Dios» se manifiesta fundamentalmente en dos acontecimientos: el
éxodo y el destierro. En el Nuevo Testamento se afirma que Jesús era la «gloria
de Dios» que se había hecho visible en la tierra. «Nosotros hemos visto su gloria» escribe el apóstol San Juan.
Recordemos que el pasaje de esta semana
se sitúa inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión de Cristo (ver Mc
10, 32-34). Este tercer anuncio llama la atención por lo detalles tan precisos
de los acontecimientos que iban a suceder. Se nombra a Jerusalén como escenario
de la Pasión y
se dan en perfecto orden cronológico los hechos principales que la constituyen.
Lejos de liberar a Israel del dominio extranjero para restaurar el reino
terreno, Jesús anuncia que será «entregado
a los gentiles»[3],
es decir a los romanos y será sometido a muerte. Algunos Domingos atrás
notábamos cómo después del segundo anuncio de su Pasión los apóstoles discutían
sobre quién sería el mayor (ver Mc. 9,30-37). La repetición de la misma
situación acentúa la incomprensión de los apóstoles.
«El cáliz que he de beber...»
Si bien Santiago y Juan le formulan un
pedido al Maestro que denota una clara manifestación de ambición humana, los
otros diez tampoco estaban exentos de esta incomprensión ante el mensaje de
Jesús. Como que vemos dos niveles en lo que va siendo narrado por San Marcos.
Los otros diez «empezaron a indignarse
contra Santiago y Juan». De esa manera demuestran que esos puestos de poder
y privilegio también eran deseados por cada uno para sí. No estaban dispuestos
a cederlos a otro; la ambición era más fuerte que la amistad que los unía. En
ese momento cada uno pensaba en su propio interés. ¡Qué frágiles pero cercanos
se nos hacen estos sentimientos de los apóstoles!
Jesús, con admirable paciencia y cariño,
trata de explicarles que esa petición está fuera de lugar, porque lo que
realmente debían de querer era más bien beber el cáliz y ser bautizados con el
mismo bautismo con que Él iba a ser
bautizado. Éstas son expresiones idiomáticas que se usan para indicar una
muerte trágica asumida con paciencia y abnegación. Es decir, lo que debían
ambicionar era asumir la cruz y estar a su lado en sus sufrimientos. Para luego
gozar con Él de su victoria ante la muerte. Y luego Jesús agrega una enseñanza
que es como la esencia del Evangelio.
En el Antiguo Testamento el cáliz es
símbolo tanto de gozo (ver Sal 23,5; 106,13) como de sufrimiento (ver Sal 75,9; Is 51, 17-22). Aquí la idea es
la del sufrimiento redentor mesiánico. El cáliz es uno que bebe el mismo Jesús «yo bebo», como leemos en el original
griego. El uso del presente indica que
ya hay una experiencia ya comenzada durante toda su vida terrena. La figura del
bautismo expresa la misma idea. El uso del simbolismo del agua para una
calamidad es frecuente en el Antiguo Testamento (ver Is 43,2). Jesús va emplear
la expresión para significar la muerte que debe de pasar: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta
que se cumpla!» (Lc 12,50).
La esencia del Evangelio
«El
que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». Jesús mismo se
pone como modelo, describiendo su propia vida y misión. «Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir
y a dar su vida como rescate por muchos». Esta frase es una de las más
importantes en los Evangelios y parece estar tomada de la profecía que leemos
en Isaías 53 acerca del Siervo de Yahveh. La palabra más importante en la frase
es «lytron»: rescate. En el griego
clásico, la palabra es usada generalmente en plural para designar el precio de
redención[4]
de un cautivo; en los papiros, para designar el dinero por la libertad de los
esclavos. En el Antiguo Testamento,
cuando las palabras de esta raíz se empleaban en sentido religioso, significan
la liberación realizada por Dios sin ninguna connotación de precio. Designa una
cosa positiva por la que el hombre pasa a ser posesión de Dios (ver Est 13,9;
Ex 6,6-8).
A la luz de lo dicho, la palabra «lytron» debe de significar el medio
como se realiza la redención (reconciliación, liberación). Y se aplica, de
hecho, a la muerte de Jesucristo que fue el precio que se pagó para poder
reconciliarnos con el Padre en el Espíritu Santo. Los apóstoles finalmente
comprendieron bien la enseñanza de Jesús y bebieron de su mismo cáliz. Por eso,
no obstante todo, son las columnas de la Iglesia. En efecto San Pablo afirma que su ideal
no es poseer poder en esta tierra, sino «tener
comunión con los padecimientos de Cristo hasta hacerse semejante a Él en su
muerte» (Fil 3,10). Y San Juan nos
enseña: «En esto hemos conocido lo que es
amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida
por los hermanos» (1Jn 3,16).
«Acerquémonos confiadamente al trono de la
gracia»
Termina este largo comentario del Salmo 95 en la Carta a los Hebreos con un canto a
la palabra de Dios, que es eficaz en el anuncio de la salvación, y al mismo
tiempo es penetrante a la hora de discernir la actitud radical del corazón del
hombre. Con este canto se cierra el elogio de Jesús en cuanto tiene una
dignidad mayor que la de Moisés, y nos presenta a Jesús como el Sumo Sacerdote
misericordioso e inocente, que nos comprende y nos ayuda.
En Heb 4,15-16 se inicia el tema que se
relaciona con lo que leemos en Heb 2,17-18. La afirmación primera tiene una
connotación afectiva no exenta de ternura: «tenemos un Sumo Sacerdote»;
existe, es nuestro, está ahí para nosotros, a nuestro alcance. No es un Sumo Sacerdote
que no tenga capacidad para comprender nuestras debilidades, pues Él mismo ha
pasado por todas ellas a semejanza nuestra, aunque no le llevaron a pecar ni a
apartarse de Dios, como nos ocurre a todos los demás. La semejanza no le exigió
asumir el pecado. Esta realidad ha de movernos a acercarnos con libertad, sin
miedo, a ese trono lleno de gracia, de donde brota el favor y la disposición
para ayudarnos.
Una
palabra del Santo Padre:
« El
Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida
como rescate por muchos". Estas palabras constituyen la autopresentación
del Maestro divino. Jesús afirma de sí mismo que vino para servir y que
precisamente en el servicio y en la entrega total de sí hasta la cruz revela el
amor del Padre. Su rostro de "siervo" no disminuye su grandeza
divina; más bien, la ilumina con su nueva luz...Él no vino para ser servido,
sino para servir y dar su vida por todos. Siguiendo las huellas de Cristo, la
entrega de sí a todos los hombres constituye un imperativo fundamental para la Iglesia y a la vez una indicación de método para su misión...
Las palabras de Jesús sobre el servicio son
también profecía de un nuevo estilo de
relaciones que es preciso promover no sólo en la comunidad cristiana,
sino también en la sociedad. No debemos perder nunca la esperanza de construir
un mundo más fraterno. La competencia sin reglas, el afán de dominio sobre los
demás a cualquier precio, la discriminación realizada por algunos que se creen
superiores a los demás y la búsqueda desenfrenada de la riqueza, están en la
raíz de las injusticias, la violencia y las guerras. Las palabras de Jesús se
convierten, entonces, en una
invitación a pedir por la paz. La misión es anuncio de Dios, que es
Padre; de Jesús, que es nuestro hermano mayor; y del Espíritu, que es amor.
La misión es colaboración, humilde pero
apasionada, en el designio de Dios, que quiere una humanidad salvada y
reconciliada. En la cumbre de la historia del hombre según Dios se halla un
proyecto de comunión. Hacia ese proyecto debe llevar la misión».
San Juan Pablo
II. Jornada Mundial de las Misiones. Homilía
del Domingo 22 de octubre de 2000
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1.
Leamos y meditemos todo el pasaje de Isaías 53, a la luz de lo leído de
la lectura del Evangelio.
2.
«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el
que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». ¿Cómo vivo
esta realidad de manera concreta? ¿La vivo de verdad?
[1] El texto del Éxodo 21, 23- 27 es lo que se conocía como
la ley del talión: « Pero si resultare daño, darás vida por vida, ojo por ojo,
diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida
por herida, cardenal por cardenal. Si un
hombre hiere a su siervo o a su sierva en el ojo y le deja tuerto, le dará
libertad en compensación del ojo. Si uno salta un diente a su siervo o a su
sierva, le pondrá en libertad en compensación del diente».
[2] Gn 3, 23-24 «Y
dijo Lámek a sus mujeres: “Adá y Sillá, oíd mi voz; mujeres de Lámek, escuchad
mi palabra: Yo maté a un hombre por una herida que me hizo y a un muchacho por
un cardenal que recibí. Caín será vengado siete veces, mas Lámek lo será setenta y siete”».
[3] Gentiles: en el AT eran los que no pertenecían a la religión judía. El
término equivale a politeístas o idólatras. En el NT se emplea de preferencia a
los paganos, es decir los no bautizados.
[4] Redimir: redimir. (Del lat. redimĕre). Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante
precio. Comprar de nuevo algo que se había vendido, poseído o tenido por alguna
razón o título. Dicho de quien cancela su derecho o de quien consigue la
liberación: Dejar libre algo hipotecado, empeñado o sujeto a otro gravamen.
Librar de una obligación o extinguirla. Poner término a algún vejamen, dolor,
penuria u otra adversidad o molestia.