«El que esté sin pecado que tire la primera
piedra»
«Así dice Yahveh, que trazó camino en
el mar, y vereda en aguas impetuosas. El que hizo salir carros y caballos a una
con poderoso ejército; a una se echaron para no levantarse, se apagaron, como
mecha se extinguieron. ¿No os acordáis de lo pasado, ni caéis en la cuenta de
lo antiguo? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo
reconocéis? Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo. Las bestias
del campo me darán gloria, los chacales y las avestruces, pues pondré agua en
el desierto (y ríos en la soledad) para dar de beber a mi pueblo elegido. El pueblo que yo me he formado contará mis
alabanzas.»
«Y más aún: juzgo que todo es pérdida
ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí
todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en
él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe
de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él,
el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los
muertos.
No que lo tenga ya conseguido o que
sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo,
habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo
haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me
lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el
premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.»
«Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?"
Esto lo decían para tentarle, para
tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo
en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les
dijo: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera
piedra". E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír
estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos;
y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús
le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" Ella
respondió: "Nadie, Señor". Jesús le dijo: "Tampoco yo te
condeno. Vete, y en adelante no peques más".»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El Domingo pasado hemos conocido el corazón del
Padre misericordioso. Este Domingo la Iglesia nos invita a meditar sobre el
perdón y el amor reconciliador que Dios regala al pecador para que se convierta
en una criatura nueva; para que recupere su dignidad perdida por el pecado.
Esto lo vemos en el hermoso pasaje de la mujer adúltera (Evangelio) o del
pueblo israelita, sumido en el desierto de Babilonia (Primera Lectura).
Este horizonte plenificador que el Señor nos ofrece
nos debe de impulsar a trabajar día a
día, colaborando con la gracia de Dios, en favor de nuestra santificación
personal. Nada se compara con la felicidad que el Señor nos ofrece o como
leemos en la carta a los Filipenses; «todo es basura para ganar a Cristo»
(Segunda Lectura).
A medida que Jesús cumplía con la misión encomendada
por su Padre, el pueblo sencillo comenzaba a darle crédito y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿hará más señales
que las que ha hecho éste?» (Jn 7,31). Los fariseos, en cambio, cuando se
enteraron de que la gente hacía esos comentarios acerca de Él, «enviaron guardias para detenerlo» (Jn
7, 32). Los guardias partieron con el propósito de traerlo detenido; pero
debieron volver sin él y, a la pregunta de los sumos sacerdotes y fariseos
sobre los motivos de su fracaso, no pudieron dar más explicación que ésta: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese
hombre» (Jn 7,46).
En el Evangelio de este Domingo vemos cómo los
fariseos comprobarán «cómo habla este
hombre» y así alejarse de Él derrotados. El hecho ocurrió al día siguiente
en el Templo cuando predicaba nuevamente a todo el pueblo. Los escribas y
fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio de
todos y le dicen: «Maestro, esta mujer ha
sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la ley apedrear a
estas mujeres. ¿Tú qué dices?». El título de «Maestro» que dan a Jesús pone en evidencia su hipocresía. Poco
antes, los fariseos reprochan a los guardias no haber detenido a Jesús, diciéndoles:
«¿Vosotros también os habéis dejado
embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esta gente
que no conoce la Ley son unos malditos» (Jn 7,47-48). ¡Ellos no están dispuestos a dejarse embaucar! Ellos no
consultan a Jesús porque aprecien su opinión, como se hace con un maestro,
sino para tenderle una trampa.
¿En qué consiste la trampa que han tendido al
«Maestro Bueno»? El hecho en sí mismo no se discute para nada: la mujer había
cometido adulterio. Que la Ley de Moisés ordenaba apedrear a la adúltera, era
cosa sabida; en efecto, la Ley dice: «Si
un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el
adúltero como la adúltera» (Lev 20,10). En el Pentateuco se prescribía la
muerte de ambos sin especificar la manera que sería la de la lapidación en caso
que la mujer sea virgen (ver Dt 22,23s) pero prometida con un hombre. Sin
embargo ¿dónde estaba su cómplice en todo el pasaje? ¿El hombre implicado
desapareció? ¿No es un poco raro y discriminatorio que solamente llevan a la
mujer ante Jesús? Se presentan ante Jesús con un dilema[1].
Evidentemente no podía decretar la muerte de la mujer, pues en Él actúa la
misericordia del Padre «que no quiere la
muerte del pecador sino que se convierta y viva» (Ez 18,23). Pero tampoco
podía decir: «Dejadla ir», porque entonces lo habrían acusado de estar contra
la Ley de Moisés. Recordemos además que Jesús, estaba lejos de ser laxo en este
punto. Al joven rico que le pregunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida
eterna, entre otras cosas, Jesús le responde: «No cometas adulterio» (Mc 10,19).
Ante esta disyuntiva y sorprendiendo a todos, «Jesús, inclinándose, se puso a escribir con
el dedo en la tierra». Y la pregunta que nos hacemos es: ¿qué es lo que
Jesús escribía? La verdad es que no lo sabemos. Tal vez escribía lo que iba a
servir como fundamento para la respuesta que daría. Y así como la respuesta
tardaba y los fariseos insistían; Jesús se levanta y dice una de esas frases
que al leerla uno se siente inmediatamente cuestionado: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera
piedra». Recordemos que Él había declarado «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento» (Mt 5,17).
Por eso, decreta: «¡Que se cumpla la Ley también en este caso; pero que
comience a arrojarle piedras el que esté libre de pecado, es decir, el que
nunca ha merecido él mismo ser apedreado por faltar a la Ley!». Y dicho esto,
casi podemos decir con indiferencia, «inclinándose
de nuevo, escribía en la tierra». ¿Quién podría haber dicho tal sentencia?
¿Qué juez dictaría tal sentencia? A ningún juez en la historia se le había
ocurrido semejante dictamen. Es que en el fondo para emitir esta sentencia hay
que conocer las conciencias de todos los hombres. Conocemos lo que sucede
luego: «Ellos, los acusadores, al oír
estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más
viejos». Ante la mirada amorosa de Jesús el hombre siente que se verifica
lo que dice el Salmo 139: «Señor, tú me
escrutas y me conoces... mi pensamiento calas desde lejos... no está aún en mi
lengua la palabra y tú, Señor, ya la conoces toda».
«El que esté libre de pecado». ¿De qué pecado? De cualquier
pecado; pues los mismos escribas y fariseos debían reconocer ante Dios que
tampoco estaban libres de pecado, de un pecado tan grave como el adulterio[2], y
¡también flagrante! En efecto, es un gravísimo pecado instrumentalizar a una
persona, aunque sea pecadora, con el fin de «tentar
a Jesús y tener de qué acusarlo». El que comete adulterio igualmente
instrumentaliza a una persona, la explota y la trata como un objeto. Por
último, ellos no están libres de pecado, pues su pretendido celo por la ley de
Moisés no es porque les interese la castidad, sino para poner una trampa a
Jesús. La castidad no les interesa para nada. En cambio, la virtud de la
pureza del corazón sí le interesa a Jesús, que afirma: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt
5,8). Esto es lo que Jesús desea para
la mujer, que recupere la pureza del corazón para que pueda ver nuevamente a
Dios.
Una vida nueva
Al final quedan solos Jesús y la mujer. San Agus tín
es magistral en el comentario de la escena: «Quedaron
solos ellos dos, la miseria y la misericordia». Jesús dice una palabra que
restituye completamente a la mujer en su dignidad, perdida por el pecado: «Vete, y en adelante no peques más». Los
escribas y fariseos habrían podido destruir a la mujer, pero redimirla no,
por más que trataran. A Jesús, en cambio, le bastó mostrar misericordia para
hacer de ella una mujer nueva; le bastó decirle una palabra para encender en
ella el amor a la
castidad. Aquí se revela plenamente su identidad de Dios y
Hombre, pues esto puede hacerlo sólo Dios, como lo dice una hermosa oración
litúrgica: «Oh Dios, que manifiestas tu
omnipotencia, sobre todo, perdonando y teniendo misericordia, infunde tu
gracia sobre nosotros sin cesar...» (Oración Colecta del Domingo XVI del tiempo
ordinario).
«Todo lo tengo por basura para ganar a Cristo»
La imagen de Dios que Cristo nos ofrece en este
episodio, más que un juez castigador, es la del Dios Padre , como el de la
parábola del hijo pródigo. Un Dios que acepta al hombre en su fragilidad, tal
cual es, lo comprende y lo perdona porque lo ama. La única condición es que el
hombre reconozca su situación y quiera cambiarla. Así Dios lo restaura a su
antigua dignidad de hijo y lo invita a compartir su pan (ver Ap 3,20).
Dios nos regenera con su perdón y nos justifica ante Él, como vemos en
la Segunda Lectura.
Recordemos que esta carta fue escrita por San Pablo
desde su prisión (posiblemente en Roma en los años 61- 63) y, cómo a pesar de
su situación presente, la carta está llena de alegría, confianza y esperanza.
Esa vida y condición nueva proviene de Dios y se apoyan en la fe; dándonos un
conocimiento más profundo de Cristo y de su misterio pascual. El apóstol Pablo
lo estima todo como pérdida y basura comparándolo con el conocimiento de Cristo
y se siente impulsado a correr hacia la meta. No interesa lo que quedó atrás; ya ha sido
perdonado y regenerado por Dios Misericordioso.
Lo nuevo también es el tema de la Primera Lectura. «Mirad que realzo algo nuevo...ofreceré agua
en el desierto». Así habla Dios a los israelitas desterrados en Babilonia,
anunciándoles la vuelta a la tierra prometida (VI a.C.). La salida
de Babilonia y el regreso a la patria serán como un nuevo y mayor Éxodo.
Devueltos de la cautividad del pecado a la dignidad de hijos de Dios, la expresión de alabanza brota de los labios agradecidos como leemos en el Salmo Responsorial: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres...Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (Salmo 126).
«El
Evangelio con “cierta ironía”, dice
que los acusadores “se fueron, uno
a uno, comenzando por los más ancianos. Se ve que éstos en el banco del cielo tenían una
buena cuenta corriente contra ellos”. Y Jesús permanece solo
con la mujer, como un confesor, diciéndole: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? ¿Dónde están? Estamos solos,
tú y yo. Tú ante Dios, sin las acusaciones, sin las habladurías. ¡Tú y Dios!
¿Nadie te ha condenado?”. La mujer responde: “¡Nadie Señor!”, pero no
dice: “¡Ha sido una falsa
acusación! ¡Yo no cometí adulterio!”, “reconoce su pecado”. Y Jesús
afirma: “¡Ni siquiera yo te
condeno! Ve, ve y de ahora en adelante no peques más, para no pasar un feo
momento como este; para no pasar tanta vergüenza; para no ofender a Dios, para
no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo. ¡Jesús perdona!
Pero aquí se trata de algo más que el perdón: Jesús
supera la ley y va más allá. No le dice: ‘¡El adulterio no es pecado!’. ¡No lo
dice! Pero no la condena con la ley. Y éste es el misterio de la misericordia.
Éste es el misterio de la misericordia de Jesús.
La misericordia es algo difícil de comprender: “Pero,
‘Padre, la misericordia ¿borra los pecados?’. ‘No, ¡lo que borra los pecados es
el perdón de Dios!’. La misericordia es el modo con que Dios perdona. Porque
Jesús podía decir: ‘Yo te perdono. ¡Ve!’, como dijo a aquel paralítico que le
habían presentado desde el techo: ‘¡Te son perdonados tus pecados!’. Aquí dice:
‘¡Ve en paz!’. Jesús va más allá. Le aconseja que no peque más. Aquí se ve la
actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de sus enemigos; defiende
al pecador de una condena justa. También nosotros, cuántos de nosotros, quizá
deberíamos ir al infierno, ¿cuántos de nosotros? Y esa condena es justa… y Él
perdona más allá. ¿Cómo? ¡Con esta misericordia!”.
La misericordia va más allá y hace la vida de una
persona de tal modo que el pecado es arrinconado. Es como el cielo: Nosotros
miramos el cielo, tantas estrellas, tantas estrellas; pero cuando sale el sol,
por la mañana, con tanta luz, las estrellas no se ven. Y así es la misericordia
de Dios: una gran luz de amor, de ternura.
Dios perdona pero no con un decreto, sino con una
caricia, acariciando nuestras heridas del pecado. Porque Él está implicado en
el perdón, está implicado en nuestra salvación. Y así Jesús hace de confesor:
no la humilla, no le dice ‘¡Qué has hecho, dime! ¿Y cuándo la has hecho? ¿Y
cómo lo has hecho? ¿Y con quién lo has hecho?’. ¡No! ‘¡Ve, ve y de ahora en
adelante no peques más!’. Es grande la misericordia de Dios, es grande la
misericordia de Jesús. ¡Perdonarnos, acariciándonos!».
Francisco.
Homilía del 7 de abril de 2014
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1.
Blas Pascal escribió: «Hay dos clases de hombres: los unos, pecadores que se
creen justos; y los otros, justos que se creen pecadores». Dios es quien conoce
a cada uno y quiere que nos convirtamos. ¿Me he acercado a Dios en esta
Cuaresma? ¿De qué manera concreta lo he hecho?
2. La Cuaresma es un momento adecuado para
meditar sobre nuestra propia necesidad de conversión personal.
3. Leamos en el Catecismo de
[1] Dilema: dilema.
(Del lat. dilemma, y este del gr. δίλημμα, de δίς, dos, y λῆμμα, premisa). m. Argumento formado de dos proposiciones contrarias
disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las
dos, queda demostrado lo que se intenta probar. Duda,
disyuntiva.
[2] Adulterio. (Del lat. adulterĭum). Ayuntamiento
carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su
cónyuge.