«Te seguiré adondequiera que vayas»
Lectura del primer
libro de los Reyes 19,16b-21
«Ungirás a Jehú, hijo de Nimsí, como
rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, le ungirás como
profeta en tu lugar. Al que escape a la espada de Jazael le hará morir Jehú, y
al que escape a la espada de Jehú, le hará morir Eliseo. Pero me reservaré
7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las
bocas que no le besaron".
Partió de allí y encontró a Eliseo,
hijo de Safat, que estaba arando. Había delante de él doce yuntas y él estaba
con la
duodécima. Pasó Elías y le echó su manto encima. El abandonó
los bueyes, corrió tras de Elías y le dijo: "Déjame ir a besar a mi padre
y a mi madre y te seguiré". Le respondió: "Anda, vuélvete, pues ¿qué
te he hecho?" Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó,
asó su carne con el yugo de los bueyes y dio a sus gentes, que comieron. Después
se levantó, se fue tras de Elías y entró a su servicio.»
Lectura de la carta de San Pablo a los
Gálatas 4,31b-5,1.13-18
«Así que,
hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre. Para ser libres nos
libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo
el yugo de la esclavitud. Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad;
sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario,
servíos por amor los unos a los otros.
Pues toda la ley alcanza su plenitud
en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis
y os devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis mutuamente a destruiros! Por mi
parte os digo: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las
apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu,
y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de
forma que no hacéis lo que quisierais. Pero, si sois conducidos por el
Espíritu, no estáis bajo la ley.»
Lectura
del Santo Evangelio según San Lucas 9, 51-62
«Sucedió que como se iban cumpliendo
los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió
mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos
para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a
Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: "Señor,
¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?" Pero
volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.
Mientras iban caminando, uno le dijo:
"Te seguiré adondequiera que vayas". o: "Las zorras tienen
guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde
reclinar la cabeza". A otro dijo: "Sígueme".
El respondió: "Déjame ir primero
a enterrar a mi padre". Le respondió: "Deja que los muertos entierren
a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios". También otro le dijo:
"Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa".
Le dijo Jesús: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es
apto para el Reino de Dios".»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
«Llamado
y respuesta»:
dos palabras que resumen el contenido sustancial de las lecturas del presente Domingo.
Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a algunos a seguirle y a darle una
respuesta inmediata (Evangelio). En esto Jesús supera las exigencias del
llamado y del seguimiento que vemos en el Antiguo Testamento, particularmente
en la vocación de Eliseo (Primera Lectura). San Pablo recuerda a los miembros
de la comunidad de Galacia que todos los cristianos hemos sido llamados a la
libertad del Espíritu, y por consiguiente tenemos que responder con un
comportamiento de acuerdo a nuestra nueva condición de «hombres libres»
viviendo el mandamiento del amor, que exige servir y preocuparse por el otro;
antes que dejarse llevar por las apetencias desordenadas de la carne evitando
caer otra vez en la esclavitud del pecado (Segunda Lectura).
La vocación de Eliseo
Jesús exige a sus
seguidores más que el profeta Elías a su discípulo y sucesor Eliseo, como
leemos en la
Primera Lectura. Al pasar Elías junto a Eliseo[1],
que está arando con doce yuntas de bueyes, le echa su manto encima. El manto
simboliza la personalidad y los derechos de su dueño. Además de manera
particular el manto de Elías tiene una eficacia milagrosa (ver 2Re 2,8). Elías
adquiere así un derecho sobre Eliseo, al que Eliseo no puede sustraerse. Elías
accede al deseo de su futuro discípulo: despedirse de los suyos. A
continuación, renunciando a todo aquello que lo vincula a su vida pasada,
Eliseo destruye el yugo de los bueyes y servirá como criado a Elías por ocho
años. Eliseo completa la obra iniciada por Elías destruyendo en esa época el
culto pagano a Baal. Finalmente morirá durante el reinado de Joás siendo
llorado por el pueblo y por el rey (ver 2Re 13,14-20). Sin duda la vocación de
Eliseo nos recuerda mucho la vocación de los apóstoles (ver Mt 9,9; Jn 1,35ss).
La vida nueva en el Espíritu
La vocación cristiana,
como leemos en la carta a los Gálatas, es un llamado a la libertad. «Para ser libres nos libertó Cristo». El
discípulo de Cristo, liberado del pecado, de la ley mosaica y de toda ley que
tiene como fin ella misma; no tiene más límites a su libertad que la que señala
el Espíritu: el amor y el servicio fraterno. Estos son irreconciliables con el
egoísmo, el libertinaje y la vida sin Dios. La vida nueva de los creyentes
alcanza su plenitud en el amor que es presentado por Cristo como una ley nueva.
Los frutos del Espíritu son: «amor,
alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de
sí» (Gál 5, 22); opuesto a las obras de la carne (ver Rom 13,8.12).
Conducidos por el Espíritu, el cristiano vive espontáneamente donándose a los
demás y alejándose así de las apetencias o concupiscencias de la carne[2].
«Servíos
por amor los unos a los otros» (Gál 4,13) ¡Todo un programa social! Vivir
amándonos y sirviéndonos libremente por el amor de Aquel que nos amó antes y
que nos muestra con su ejemplo cómo debemos servir (ver Jn 13,4ss). El verbo «servir» podemos entenderlo como el «ser siervo de otro». El hombre que no
es capaz de hacer un servicio a otro, es sin duda un hombre que no sirve para
nada.
Nos dice el Papa León XII en su Carta
Encíclica Sapientia Christianae, acerca de las obras de la caridad: «No sería tan
grande la osadía de los malos, ni habría sembrado tantas ruinas, si hubiese
estado más firme y arraigada en el pecho de muchos la fe que obra por medio de
la caridad ni habría caído tan generalmente la observancia de las leyes dadas
al hombre por Dios».
«Decidió firmemente ir a Jerusalén»
El Evangelio de hoy[3] comienza
con una frase oscura, cuya traducción literal es la siguiente: «Y sucedió que como iban cumpliéndose los
días de su asunción, endureció el rostro para ir a Jerusalén[4]».
A partir de 9,51, todo lo que Lucas relata en los diez capítulos siguientes
ocurre de camino hacia Jerusalén. Y siempre reaparece la misma resolución que
guía a Jesús. Cuando le advierten que Herodes quiere matarlo, no logran
disuadirlo de su propósito, sino que responde: «Conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que
un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Y ya cerca de la ciudad,
el Evangelista observa que «Jesús
marchaba por delante, subiendo a Jerusalén» (Lc 19,28). La subida de Jesús a Jerusalén, desde la Galilea,
fue pasando a través de Samaría. Existían hostilidades entre judíos y
samaritanos, porque éstos tenían su propio culto considerado cismático por
parte de los judíos. Por eso los samaritanos no daban facilidades a los
peregrinos que pasaban por su territorio para ir a adorar a Jerusalén.
Una vez llegado a Jerusalén, no entra de cualquier
manera; sino que entra, premeditadamente, montado en un pollino para pasar el
mensaje de que es Él quien da cumplimiento a aquella antigua profecía
mesiánica: «¡Grita de alegría, hija de
Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey... humilde y montado en un asno, en
un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Su destino final es el Templo de
Jerusalén, el mismo lugar al que había sido presentado por sus padres cuarenta
días después de su nacimiento y donde se había quedado instruyendo a los
doctores de la ley a los doce años. Llegado al Templo, su destino, dice: «Entrando en el templo, comenzó a echar
fuera a los que vendían». Jesús ya no saldrá de Jerusalén, pues allí será
su muerte, su resurrección y las apariciones a los discípulos. La «asunción»
de Jesús es el proceso que abraza su muerte, resurrección, ascensión al cielo y
sesión a la derecha del Padre.
El Evangelio subraya a menudo que este hecho
salvífico tendría lugar en el «tiempo
establecido» por Dios. El tiempo va fluyendo hasta que llega a su plenitud
y alcanza el momento culminante en la muerte de Jesús. La cruz de Jesús se alza
para indicar el centro de la
historia. La misma idea se expresa en el Evangelio de Juan
con los conceptos de «la hora» de
Jesús y de su «glorificación». A
esto se refiere la precisión cronológica: «Cuando
se cumplían los días de su asunción».
«Te seguiré adondequiera que
vayas...»
«Endureció el rostro» es una frase idiomática
semita para expresar firme y enérgica decisión. Él que pone esa expresión del
rostro denota una determinación tal que nada puede disuadirlo. Sabemos que
cuando Pedro quiso hacerlo reconsiderar su decisión de ir a Jerusalén, Jesús lo
rechazó severamente diciéndole: «¡Apártate
Satanás, porque eres obstáculo para mí!» (Mt 16,23). Se trataba de cumplir
su misión, de abrazar la cruz para llevar hasta el extremo su amor al Padre y
su amor a los hombres y nada podía detenerlo. Y en esto consiste también la
vocación cristiana. Para seguir a Cristo hay que «endurecer el rostro» es decir «mostrar
el semblante decidido[5]»
y actuar como Él cuando se encaminó a Jerusalén. La esencia del seguimiento de
Cristo es una determinación al amor y nada más. Cualquiera otra motivación es
inaceptable. El resto del Evangelio nos narra, por medio del relato de tres
vocaciones reales, en qué consiste en concreto «negarse a sí mismo y seguir a Jesús».
En el primer caso, a uno que expresa su intención de
seguirlo, Jesús lo llama a moderar el falso entusiasmo, advirtiéndole que hay
que estar dispuesto a privarse de todas las comodidades, porque «el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar
su cabeza». A un segundo, que pide licencia para enterrar a su padre, Jesús
le dice que para este seguimiento hay que estar dispuesto a abandonar todos
los afectos, incluso los afectos familiares: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el
Reino de Dios». «Muertos» son los que han preferido salvar su vida en
este mundo, porque ellos la perderán.
Por último, a uno que pide un tiempo para despedirse
de los suyos, Jesús le expresa la urgencia y radicalidad exigidas: «Nadie que pone la mano en el arado y mira
hacia atrás es apto para el Reino de Dios». Cuando Cristo llama, Él exige la misma disponibilidad que admiramos en
sus apóstoles: «Dejándolo todo, lo
siguieron». Ninguno de estos tres episodios tiene desenlace. El Evangelio
no nos dice si esos tres se alejaron «tristes
porque tenían muchos bienes» o si «dejándolo
todo, llenos de gozo, lo siguieron». Pero no hace falta que se nos diga el
desenlace, pues en la vida real, en nuestro mismo tiempo, vemos casi a diario
la reacción de diversos jóvenes ante el llamado de Dios: algunos, dispuestos
a sufrir la misma suerte que Cristo, lo siguen; otros, muchos, prefieren tener
asegurado un lugar dónde reclinar la cabeza y gozar del afecto de los suyos y
se alejan de Cristo tristes.
Una
palabra del Santo Padre:
«El
Evangelio de este domingo (Lc 9, 51-62) muestra un paso muy importante en la
vida de Cristo: el momento en el que —como escribe san Lucas— «Jesús tomó la
firme decisión de caminar a Jerusalén» (9, 51). Jerusalén es la meta final,
donde Jesús, en su última Pascua, debe morir y resucitar, y así llevar a
cumplimiento su misión de salvación. Desde ese momento, después de esa «firme
decisión», Jesús se dirige a la meta, y también a las personas que encuentra y
que le piden seguirle les dice claramente cuáles son las condiciones: no tener
una morada estable; saberse desprender de los afectos humanos; no ceder a la
nostalgia del pasado.
Pero
Jesús dice también a sus discípulos, encargados de precederle en el camino
hacia Jerusalén para anunciar su paso, que no impongan nada: si no hallan
disponibilidad para acogerle, que se prosiga, que se vaya adelante. Jesús no
impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de
Jesús es así. Él invita siempre, no impone.
Todo
esto nos hace pensar. Nos dice, por ejemplo, la importancia que, también para
Jesús, tuvo la conciencia: escuchar en su corazón la voz del Padre y seguirla.
Jesús, en su existencia terrena, no estaba, por así decirlo, «telemandado»: era
el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre, y en cierto momento tomó la
firme decisión de subir a Jerusalén por última vez; una decisión tomada en su
conciencia, pero no solo: ¡junto al Padre, en plena unión con Él! Decidió en
obediencia al Padre, en escucha profunda, íntima, de su voluntad. Y por esto la
decisión era firme, porque estaba tomada junto al Padre. Y en el Padre Jesús
encontraba la fuerza y la luz para su camino.
Y
Jesús era libre; en aquella decisión era libre. Jesús nos quiere a los
cristianos libres como Él, con esa libertad que viene de este diálogo con el
Padre, de este diálogo con Dios. Jesús no quiere ni cristianos egoístas —que
siguen el propio yo, no hablan con Dios— ni cristianos débiles —cristianos que
no tienen voluntad, cristianos «telemandados», incapaces de creatividad, que
buscan siempre conectarse a la voluntad de otro y no son libres—. Jesús nos
quiere libres, ¿y esta libertad dónde se hace? Se hace en el diálogo con Dios
en la propia conciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe oír a
Dios en la propia conciencia, no es libre, no es libre.
Por
ello debemos aprender a oír más nuestra conciencia. Pero ¡cuidado! Esto no
significa seguir al propio yo, hacer lo que me interesa, lo que me conviene, lo
que me apetece... ¡No es esto! La conciencia es el espacio interior de la
escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de
mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender
el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a seguir adelante, a
permanecer fiel.».
Papa Francisco. Ángelus 30 de junio de 2013
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1.
«Servíos por amor los unos a los otros» ¿En qué situaciones concretas vivo mi
llamado a servir a mis hermanos? ¿Me cuesta servir? ¿Qué voy hacer para poder
servir a mis hermanos?
2.
¿Soy consciente del llamado que Jesús me hace a vivir con «radicalidad» y
«coherencia» mi fe?
3. Leamos en el Catecismo de
[1] Eliseo significa «Dios es mi salvación».
[2] Leemos en el Catecismo: «En sentido etimológico, la “concupiscencia”
puede designarse toda forma vehemente de deseo humano. La teología le ha dado
el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la
obra de la razón humana. El apóstol San Pablo la identifica con la lucha que la
“carne” sostiene contra el “espíritu”. Procede de la desobediencia del primer
pecado», Catecismo de la
Iglesia Católica , 2515.
[3] El
Evangelio de Lucas, como lo encontramos en los códices más antiguos (siglo IV),
no está dividido en capítulos y versículos. La división en capítulos de la
Biblia la hizo
Esteban Langton sobre un manuscrito de la Vulgata alrededor
del año 1214. La división del texto griego del Nuevo Testamento en versículos la hizo Robert Estienne
en 1551. Pero Langton no advirtió que en este punto del Evangelio comenzaba una
nueva sección. Así lo sugieren las palabras: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se
afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén». Son palabras propias de un
comienzo: el comienzo del viaje a Jerusalén. Esta necesidad de subir a
Jerusalén estaba anunciada poco antes. En efecto, éste es el tema sobre el cual
hablaban Moisés y Elías con Jesús en el monte de la Transfiguración: "Hablaban de su partida, que Él iba a
cumplir en Jerusalén" (Lc 9,31).
[4] Leemos en el Nuevo Testamento Interlineal de Francisco Lacuela: «Y sucedió que al cumplirse los días de la
asunción de Él, que Él el rostro fijó para ir a Jerusalén».
[5] Esta es la traducción que encontramos en «Los Cuatro Evangelios» del
Padre. José J. Reboli S.J.