lunes, 31 de julio de 2017

Transfiguración del Señor – 6 de agosto de 2017

«Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo»

Lectura del libro del profeta Daniel 7,9-10.13-14

«Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros. Miré entonces, atraído por el ruido de las grandes cosas que decía el cuerno, y estuve mirando hasta que la bestia  fue muerta y su cuerpo destrozado y arrojado a la llama de fuego. A las otras bestias se les quitó el dominio, si bien se les concedió una prolongación de vida durante un tiempo y hora determinados. Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás».


Lectura de la segunda carta de San Pedro 1,16-19

«Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como lámpara  que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 17,1-9

«En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. 

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: “Levantaos, no temáis”. Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.  Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas 

Este Domingo coincide con el día en que la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor: 6 de agosto. Tratán­dose de una fiesta del Señor, su celebración prevalece sobre la del Domingo ordinario. Por eso, en lugar de celebrar el Domingo XVIII del tiempo ordinario, hoy día se celebra este miste­rio de la vida de Cristo y se toma el Evangelio en que se relata este episodio. La transfiguración del Señor Jesús pone ante nosotros el horizonte, la meta a la que estamos llamados. 

Esto es lo que nos comparte San Pedro cuando nos dice: «Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad» (Segunda Lectura). Es nuestro destino glorioso el participar de aquella «transfiguración definitiva» del Señor Jesús en la gloria eterna. La paz, la serenidad, el gozo intenso, marcan esa felicidad plena a la que estamos llamados, aunque todavía haya que pasar por la cruz y es allí donde la esperanza activa y continua nos sostiene. El «hijo del hombre» bajará del cielo y el padre anciano le otorgará toda la potestad sobre los reinos, pueblos y naciones (Primera Lectura). 


«Alguien parecido a un hijo del hombre»

Daniel (Dios es mi juez) era un judío de la alta alcurnia que fue llevado cautivo a Babilonia probablemente  cuando era solo un adolescente. En la corte del rey Nobucodonosor, se preparó a Daniel y sus tres amigos  (Misac, Sidrac y Abdénago) para que fueran consejeros reales. Dios concedió a Daniel gran sabiduría y el don de interpretar los sueños, por lo cual recibió la protección del rey Baltasar (sucesor de Nabucodonosor).  El libro de Daniel fue escrito en una época en el que pueblo se hallaba oprimido, quizás por la persecución de Antíoco Epifanes  en el año 168 A.C. Los relatos y las visiones que figuran en el libro servían al pueblo de aliento y consuelo: Dios rescatará a su pueblo y lo restaurará. 

Por el contexto de la Primera Lectura se desprende que Daniel asiste «en sueño» a una sesión del juicio de Dios que es presentado como un «anciano juez». Figura para encontramos en el Antiguo Testamento para contrarrestar la perennidad de Dios ante la caducidad de la vida del  hombre (ver Sal 102,25-26; Is 41,2-4; Job 36,26).  Daniel describe la apertura de la sesión del tribunal supremo indicando la apertura solemne de los libros, en los cuales están escritos todos y cada uno de los actos humanos (ver Dn 12,1; Ex 32,32-33; Sal 69,29; 139,16; 1 Sm 25,29). Cuando todos esperaban la proclamación de una sentencia, inesperadamente Daniel pasa a relatar el destino de las bestias que son destrozadas y arrojadas al fuego eterno. Seguidamente pasa a describir simbólicamente el juicio de Dios sobre el resto de las bestias; indicando  como los reinos humanos, significados por las bestias, no serán destruidos sino perderán su hegemonía y poder. En cambio el poder que se levanta contra Dios será aniquilado definitivamente. 

La segunda visión de este pasaje es muy importante y refiere que «alguien parecido a un hijo de hombre viene entre las nubes del cielo y se dirige hacia el anciano» que le concede un poder, una gloria y un reino eternos. La acción se desarrolla rápidamente: el origen y la actividad de este hijo de hombre es trascendente, viene de lo alto «entre las nubes del cielo» (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1; Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el anciano, recibe un reino eterno cuyo dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara. En el desarrollo de las acciones del anciano se destaca la ejecución de su designio sobre las bestias y la entrega del poder y el reino a este «hijo de hombre»[1]


«Lo que hemos visto y oído» 

En la carta de San Pedro queda absolutamente claro que nuestra esperanza y actitud vigilante se funda y sustenta en el «recuerdo vivo» de los apóstoles y en la «palabra de los profetas», directa alusión a la revelación del Antiguo Testamento. Para dar mayor fuerza a su exhortación Pedro apela a su condición de apóstol y a la responsabilidad que su misión le exige de cara a los destinatarios. Esta responsabilidad se presenta más acuciante ante la perspectiva de su muerte inminente que vincula al anuncio hecho por el mismo Jesús a su persona (ver Jn 21,18-19). Precisamente esta cercanía de la muerte da a la carta el valor de auténtico «testamento espiritual del príncipe de los Apóstoles». 

A su dignidad y responsabilidad de «cabeza de la Iglesia», Pedro une su condición de testigo de acontecimientos históricos para sustentar el anuncio de la parusía o segunda venida de Jesucristo. Esta venida ha sido anticipada en la Transfiguración de Jesús y no tiene nada que ver con los mitos y leyendas tan usados en los círculos gnósticos de aquella época. La sección finaliza con un principio hermenéutico[2] de primer orden (ver 1P 1,20-21): no cabe una interpretación “particular” de la Sagrada Escritura. Si ésta ha sido inspirada por el Espíritu Santo, sólo podrá ser interpretada adecuadamente en ese mismo Espíritu, es decir sólo puede ser legítima una interpretación plenamente eclesial.


«Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadlo» 

En el Evangelio de San Mateo, la Transfiguración es un evento de revelación de la verdadera identidad de Jesús y de su relación con la ley y los profetas. En Cristo, todo el Antiguo Testamento encuentra su sentido y su cumplimiento. Todo el Antiguo Testamento es anuncio de Cristo, y todas las instituciones antiguas son figura de Cristo. Lo escrito en el Antiguo Testamento tiene ciertamente su sentido propio literal: las historias que narra son historias verdaderas, las instituciones que describe tuvieron existencia real, por ejemplo, el templo, la tienda de la Alianza, los sacrificios, el cordero pascual, etc. Pero todo eso no se agota en su sentido literal histórico, sino que tiene un sentido ulterior espiritual. Esa realidad ulterior es Cristo muerto resucitado y glorificado. La Iglesia desde sus comienzos sostiene que existe un sentido cristiano de todo el Antiguo Testamento, que en el Evangelio es llamado «la Ley y los profetas». Él mismo afirma que la Ley y los profetas hablan del Cristo, y enseña a sus discípulos a encontrar allí lo que estaba dicho sobre él (ver Lc 24,25-27. Jn 5,39.46). 

El episodio de la Transfiguración tiene como primera finalidad mostrar la identidad de Jesús a la vista de los tres discípulos más cercanos: Pedro, Santiago y Juan. Pero inten­ta afirmar también que la Ley y los profe­tas encuentran su sentido último, su verdadero sentido, en Cristo. En efecto, el Evangelio dice en primer lugar: «Jesús se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Esto es lo primero que vieron los tres apóstoles. Y esta des­cripción es claramen­te una afirmación de la divi­nidad de Jesús: el sol y la blancura son símbolos que representan la eternidad y la trascendencia, atributos que son propios de Dios. Y por si quedara alguna duda, la voz del Padre la disipa, hablando con mucha ternura: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». La Transfi­guración es entonces una manifestación de la divinidad de Jesús. Tal vez nunca como aquí resulta claramente confirmada esta declaración impresionante de él: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30).

El hecho habría tenido un sentido completo si hubiera quedado aquí. Pero se agrega esta otra circunstancia muy particular: «Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Esta es una aparición que vieron los apóstoles. Conocemos a Moisés y Elías por el lugar que ocupan en la historia de Israel. Respecto de Moisés el libro del Eclesiástico dice: «El Señor hizo salir de su pueblo un hombre de bien, que hallaba gracia a los ojos de todos, amado por Dios y por los hombres, Moisés, cuya memoria está envuelta en bendi­ciones... cara a cara le dio los mandamientos, la ley de vida y de saber, para enseñar a Jacob su alianza, y sus decretos a Israel» (Sir 45,1.5). Moisés es el hombre de la ley. 

Y respecto de Elías el mismo libro dice: «Después surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha... ¡Qué glorioso fuiste Elías en tus porten­tos! ¿Quién puede jactarse de ser igual que tú?» (Eclo 48,1.4). Elías es designado como un profeta que no tiene igual en gloria; él representa a los profetas. Moisés y Elías, la Ley y los profetas, conversan con Jesús como antiguos conocidos. Jesús aparece claramente superior a ellos. Y para mayor confirmación de la superioridad de Jesús, la voz del cielo exhorta, hablando sólo de él: «Escuchadlo». La Ley y la profecía alcanzan su plenitud en Cristo. Cristo es aquél que anunciaban. Por eso la voz del cielo llama a escuchar sólo a Jesús. Moisés y Elías siguen siendo leídos en la Iglesia, pero en la medida en que ellos hablaron de Jesús; siguen siendo leídos en sentido cristiano, que es el sentido intentado por Dios cuando él inspiró las palabras de sus escritos. Esto es lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica como verdad de fe: «A través de todas las palabras de la Sagra­da Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se expresa a sí mismo en plenitud»[3].  


Una palabra del Santo Padre: 

«Hoy, el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, y la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17, 1). La montaña representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la presencia del Señor. Allá arriba en la montaña, Jesús se presenta a los tres discípulos transfigurado, luminoso; y luego aparecen Moisés y Elías, conversando con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que Pedro queda deslumbrado hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese momento. Pero enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús como su Hijo muy querido, diciendo: «Escúchenlo».

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, tenemos que seguirlo, tal como hacían las multitudes en el Evangelio, que lo reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas a lo largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces algo incómodas. 

De este episodio de la Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio de silencio – de subir a la montaña – para reencontrarnos con nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor.

¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y a volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos abrumados por fatigas, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de la gracia recibida. Pero, si no hemos estado con Dios, si nuestro corazón no ha sido consolado ¿cómo podremos consolar a otros?

Esta misión concierne a toda la Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y sacerdotes – llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y pequeños, a los últimos. Pero para cumplir con alegría y disponibilidad esta obra pastoral, los Obispos y los sacerdotes necesitan las oraciones de toda la comunidad cristiana».

Papa Francisco. Ángelus, 14 de marzo de 2014.  


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. San Andrés de Creta nos dice: «La cruz de Cristo es, en efecto, su gloria y su exaltación, ya que dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres». ¿Entiendo la dinámica de muerte para la vida que el Señor Jesús me invita a vivir? Morir para que otros vivan…

2. Pablo VI nos decía en uno de sus últimos mensajes: «La Transfiguración del Señor arroja una luz deslumbrante sobre nuestra vida cotidiana y nos lleva a dirigir la atención al destino inmortal que se esconde detrás de aquel acontecimiento». Jesucristo transfigurado nos muestra la plenitud a la que estamos llamados. ¿Vivo de acuerdo a mi dignidad? ¿Cómo puedo ir “transfigurando” mi propia vida? ¿De qué manera? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 444, 459, 554-556,568, 2583, 2600.



[1] Hijo del hombre: en hebreo es a menudo sinónimo de «hombre», miembro de la raza humana (Ver Nm 23,19; Is 51,12; Job 25,6). En el pasaje de Daniel 7 se utiliza con clara connotaciones apocalípticas. En los Evangelios aparece 70 veces este término y siempre es Jesús que se autodenomina así destacando su condición humana, aunque a veces destaca también su divinidad (ver Mt 16, 27; 24,30; Mc 8,31).   
[2] Hermenéutica: del griego hermeneuein: interpretar. Conjunto de reglas y de métodos para la interpretación correcta de los textos sagrados.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 102.