lunes, 25 de junio de 2018

Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 1 de julio de 2018

«”Muchacha a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar»

Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24

«Que no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera, las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Hades sobre la tierra, porque la justicia es inmortal. Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen».


Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 8, 7.9.13-15

«Y del mismo modo que sobresalís en todo: en fe, en palabra, en ciencia, en todo interés y en la caridad que os hemos comunicado, sobresalid también en esta generosidad. Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza. No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad. Al presente, vuestra abundancia remedia su necesidad, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad y reine la igualdad, como dice la Escritura: El que mucho recogió, no tuvo de más; y el que poco, no tuvo de menos». 


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 5, 21-43

«Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: “Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva”. Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: “Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré”. Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: “¿Quién me ha tocado los vestidos?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad”. 

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: “Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?” Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: “No temas; solamente ten fe”. Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: “¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida”. 

Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «= Talitá kum =», que quiere decir: “Muchacha, a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de hoy nos enseña que la muerte no es un error en la obra creadora de Dios, que no es inherente a la creación, y que las criaturas pueden ser salvadas de la muerte teniendo fe en Aquel que es la vida misma. Ya en el Antiguo Testamento se había llegado a esa convicción, como lo expresa el libro de la Sabiduría: «Dios no creó la muerte... En efecto, Él ha creado todo para la existencia... no está en las criaturas el veneno de la muer­te... Sí, Dios ha creado al hombre para la inmor­tali­dad... Pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo» (Primera Lectura). Como se ve, este texto nos remite a la historia del Génesis: por tentación de la serpien­te, nuestros primeros padres pecaron y de esa manera gustaron el veneno de la muerte, que a partir de ellos se transmite a todos los hombres. Pero no fue así al principio; al princi­pio Dios creó al hombre para la inmortalidad. Y no es así ni siquiera ahora, pues ahora Dios crea a todos los hombres para la salvación; quiere que todos los hombres se salven y gocen de la vida eterna. Es por eso que Jesucristo «se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza» (Segunda Lectura) mostrándonos que todos somos hermanos en Cristo Jesús ya que todos estamos llamados a la vida eterna. Finalmente vemos en el Evangelio como Jesús cura tanto a la hemorroísa como a la hija de Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga. ¿Qué hace que sucedan estos bellos milagros? La fe en aquel que es la Vida misma y que tiene poder sobre la muerte.  


«No temas; sólo ten fe»

En la lectura del Evangelio de San Marcos tenemos dos episodios de salvación, es decir, dos casos en que la muerte y la enfer­medad son vencidas. De ellos podemos deducir que la salva­ción es el encuentro de dos cosas: del poder de Cristo y de nuestra fe en Él. Ninguna de ellas bastaría por sí sola; tiene que ser el encuentro de ambas. Uno de los beneficiados fue uno de los «jefes de la sinagoga». Sin duda debió ser una persona importante, puesto que el Evangelio nos conserva su nombre: Jairo. Está en la categoría de otras personas influyentes que creyeron en Jesús, como es el caso de Nicodemo y de José de Arimatea. 

Jairo «cae a los pies de Jesús y le suplica con insistencia, diciendo: 'Mi hija está a punto de morir; ven, impón tu mano sobre ella, para que se salve y viva'». El mismo episodio narrado por San Lucas añade que la niña moribunda era unigénita y que tendría unos doce años de edad. La curiosidad de la gente, al ver la actitud humilde de este hombre, debió ser grande, pues el Evangelio observa: «Le seguía un gran gentío que lo oprimía». Jairo hace un acto de fe magnífico en el poder de Cristo. Cree que Jesús puede salvar a su hija que está enferma de muerte; que para eso basta que Jesús le imponga las manos. Jesús no puede rechazar una súplica presentada con esa confianza y se fue con él. Pero lo detiene la multitud y lo demora el diálogo con la mujer que sufría flujo de sangre. Mientras el Evangelio transcurre en su relato de esta situación, podemos imaginar el nerviosismo de Jairo, para el cual cada minuto es importante.

Y precisamente en ese momento, llegan algunos enviados de su casa a decirle: «Tu hija ha muerto: ¿a qué molestar ya al maestro?». Queda clara la falta de fe de estos mensajeros. Aparentan preocupación por no incomodar a Jesús, pero en realidad, no creen que Jesús pueda hacer algo. Era comprensi­ble que Jairo, angustiado por la gravedad de su hijita, quisiera intentar todo mientras la niña vivía y quedaba alguna esperanza; pero ahora no tiene sentido seguir insistiendo, porque la niña está muerta. Nos gustaría poder penetrar en el ánimo de Jairo para saber si su fe traspasaba este lími­te; si creía que Jesús podía hacer algo aunque su hijita hubiera muerto; si era necesario seguir suplicando a Jesús; si seguía teniendo fe. Jesús se nos adelanta y dice al padre angustiado: «No temas; sólo ten fe». Llegan a la casa de Jairo y ya está en acto todo el aparato fúnebre. Al ver este espectáculo, Jesús dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». El que ha llegado es el mismo que ha dicho: «Yo soy la vida» (Jn 14,6). 

Los pre­sentes opinan que Jesús está desubicado y se burlan de Él. Pero esa burla pronto se transformará en asombro y estupor. Cuando Jesús llega ante la niña, que yacía muerta, la toma de la mano y le ordena: «Talitá kum» (¡Muchacha, a ti te digo, levántate!). El hecho debió ser tan impresionante que los discípulos recordaban las palabras literales que Jesús había pronunciado en arameo y así nos las han transmitido. La niña se levantó y se puso a andar. Es comprensible que todos «quedaron fuera de sí, llenos de estupor». Jesús es el único que permanece sereno. Y también la niña. Mientras los demás no atinaban a nada, Jesús observa que, después de la larga enfermedad y de su consiguiente debili­dad, ahora ella está tan sana que necesi­ta alimentarse: «les dijo que le dieran de comer». ¡Hasta de esto se preocupó el Señor!


«Hija, tu fe te ha salvado»

El episodio intermedio, el que causó la demora de Jesús es igualmente hermoso. Una mujer que desde hacía doce años perdía sangre continuamente y nada había podido sanarla habiendo gastado todos sus bienes en las dolorosas curaciones de ese tiempo[1]Perdida toda fe en la medicina, la enferma halló su medicina en la fe: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Y de hecho se salva porque se encuentran las dos cosas que operan la salvación: el poder de Cristo y la fe de la mujer. ¿Por qué lo hace a escon­didas y no le pide a Jesús abiertamente que la cure, como hacen otros? Porque su enfermedad es vergonzosa y la hacía impura, con una impureza contagiosa. Según la ley «cuando una mujer tenga flujo de sangre... quedará impura mientras dure el flujo de su impu­re­za... Quien la toque será impuro hasta la tarde» (Lv 15,19.25). 

Ella no vacila en tocar a Jesús; está segura de que Él no puede quedar impuro, porque Él es la fuente de toda pure­za. Cuando lo tocó, «inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal». Jesús percibió en ese instante «la fuerza (dynamis) que había salido de Él" y pregunta. "¿Quién me ha tocado los vestidos?"». ¡Todos le han tocado los vestidos! Por eso los apóstoles hacen notar lo absurdo de su pregunta: «Estás viendo que la gente te oprime y pre­guntas: ¿Quién me ha tocado?». Pero Jesús sabe lo que dice; quiere conocer a la mujer que ha demostrado tener una fe enorme en su poder sanador y reconciliador. La mujer «se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad». 

Jesús al ponerla en evidencia no quiere avergonzarla, sino darle algo mayor que la salud: quiere que ella goce de una palabra suya, y no cualquier palabra sino esta palabra magnífica: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Es la única vez en todo el Evangelio en que Jesús llama a alguien «hija». Revela un profundo afecto por esta mujer, porque ella sufría y se sentía marginada por su enfermedad, y sobre todo, porque tenía una fe tan grande. Es que Jesús se deja impresio­nar por la fe de los hombres y cuando ve una fe grande no deja de expresar su admiración y de manifestar su poder salva­dor.


«Dios no hizo la muerte»

La muerte no hacía parte del amoroso Plan de Dios y es consecuencia directa del pecado que entra en el mundo «por envidia del diablo» que tienta al hombre. San Pablo nos dice que «por el pecado entró la muerte» y «así alcanzó a todos los hombres» (Rm 5,12). Dios crea todo por amor y quiere compartirnos su eternidad. «Unid vuestro corazón a la eternidad de Dios y seréis eternos como Él», nos dice bellamente San Agustín. Los desórdenes actuales no son sino manifestación de esa primera ruptura fruto del orgullo y de la autosuficiencia. «Del orgullo de la desobediencia proviene la pena de la naturaleza» (San Agustín). Los hombres que viven de espaldas al amor de Dios dirán «la vida es corta y triste, no hay remedio en la muerte del hombre, ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia…al apagarse el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente» (Sb 2, 1-3).

La maligna tentación del inmanentismo materialista. ¡Qué lamentable vigencia encontramos en estas palabras! Los que piensan de esa manera son aquellos «que los ciega su maldad, (que) no conocen los secretos de Dios, (que) no esperan recompensa por la santidad, ni creen en el premio de las almas intachables» (Sb 2, 21-22). Sin embargo, nosotros creemos y sabemos que nuestro Señor Jesucristo nos ha abierto las puertas de la eternidad y que esta vida no es sino una preparación para la vida eterna. «Aunque el tiempo rige nuestras obras, la eternidad debe, sin embargo, hallarse en nuestra intención», dirá San Gregorio. 


Una palabra del Santo Padre: 

El detalle más evidente es que «Jesús está siempre en medio de la muchedumbre». En el pasaje evangélico propuesto por la liturgia «la palabra muchedumbre se repite tres veces». Y no se trata, subrayó el Papa, de un ordenado «cortejo de gente», con los guardias «que le escoltan, para que la gente no le tocase»: más bien es una muchedumbre que envuelve a Jesús, que «le estrecha». Y Él se queda ahí. Y, es más, «cada vez que Jesús salía, había más que una muchedumbre. Quizás, dijo Francisco con una broma, «los especialistas de las estadísticas habrían podido publicar: “baja la popularidad del Rabino Jesús”. Pero «Él buscaba otra cosa: buscaba a la gente. Y la gente le buscaba a Él: la gente tenía los ojos fijos sobre Él y Él tenía los ojos fijos sobre la gente».

Se podría objetar: Jesús dirigía la mirada «sobre la gente, sobre la multitud». Y en cambio no, precisó el Pontífice: «sobre cada uno. Porque precisamente esta es «la peculiaridad de la mirada de Jesús. Jesús no masifica a la gente: Jesús mira a cada uno». La prueba se encuentra más veces en las narraciones evangélicas. En el Evangelio del día, por ejemplo, se lee que Jesús preguntó: «¿quién me ha tocado?» cuando «estaba en medio de esa gente, que le estrechaba». Parece extraño, tanto es así que los mismos discípulos «le decían: pero tú ves la gente que se reúne entorno a ti!». Desconcertados, dijo el Papa intentando imaginar su reacción, pensaron: «este, quizás, no ha dormido bien. Quizás se equivoca». Y sin embargo Jesús estaba seguro: «¡alguien me ha tocado!». Efectivamente, «en medio de esa muchedumbre Jesús se fijó en esa viejecita que le había tocado. Y la curó». Había «mucha gente», pero Él prestó atención precisamente a ella, «una señora, una viejecita».

La narración evangélica continúa con el episodio de Jairo, al cual le dicen que la hija está muerta. Jesús le tranquiliza: «¡no temas! ¡Solo ten fe!», así como en precedencia había dicho a la mujer: «¡tu fe te ha salvado!». También en esta situación Jesús se encuentra en medio de la muchedumbre, con «mucha gente que lloraba, gritaba en el velatorio» – en aquella época, efectivamente, explicó el Pontífice, era costumbre «“alquilar” mujeres para que llorasen y gritasen allí, en el velatorio. Para oír el dolor...» — y a ellos Jesús dice: «estad tranquilos. La niña duerme». También los presentes, dijo el Papa, quizás «habrán pensado: “¡este no ha dormido bien!”», tanto es así que «se burlaban de Él». Pero Jesús entra y «resucita a la niña». La cosa que salta a la vista, hizo notar Francisco, es que Jesús en esa confusión, con «las mujeres que gritaban y lloraban», se preocupa de decir «al papá y a la mamá “¡dadla de comer”!». Es la atención al «pequeño», es «la mirada de Jesús sobre el pequeño. ¿Pero no tenía otras cosas de las que preocuparse? No, de esto».

Según las «estadísticas que habrían podido decir: “sigue el descenso de la popularidad del Rabino Jesús”, «el Señor predicaba durante horas y la gente le escuchaba, Él hablaba a cada uno». Y «¿cómo sabemos que hablaba a cada uno? Se preguntó el Pontífice. Porque se dio cuenta, observó, que la niña «tenía hambre» y dijo: «¡dadla de comer!».

Papa Francisco. Homilía en el Domus Santhae Marthae. Martes 31 de enero de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nada puede detener el poder salvador de Dios revelado en Jesucristo cuando es acogido con fe. Ni siquiera la muerte es obstá­culo, pues ella también es vencida por Cris­to. ¿Qué tan sólida es mi fe en Jesucristo? ¿Confío en el poder reconciliador de Jesús?

2. San Pablo nos recuerda que la verdadera riqueza proviene del Señor Jesús que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza». ¿Creo en estas palabras? ¿Cuál es mi riqueza? ¿Dónde está mi corazón?     

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 295. 356. 646. 1502-1505. 1006-1011. 
  


[1] Ver el pasaje en el paralelo de San Lucas 8, 40 – 56.

lunes, 18 de junio de 2018

Natividad de San Juan Bautista – 24 de junio de 2018

«Juan es su nombre. Y todos quedaron admirados»

Lectura del profeta Isaías 49, 1-6 

«¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos! Yahveh desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre. Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hízome como saeta aguda, en su carcaj[1] me guardó. Me dijo: “Tú eres mi siervo (Israel), en quien me gloriaré”. Pues yo decía: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿De veras que Yahveh se ocupa de mi causa, y mi Dios de mi trabajo?” Ahora, pues, dice Yahveh, el que me plasmó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Mas yo era glorificado a los ojos de Yahveh, mi Dios era mi fuerza. “Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y de hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”.» 


Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 13, 22-26 

«Depuso a éste y les suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. De la descendencia de éste, Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: “Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies.” «Hermanos, hijos de la raza de Abraham, y cuantos entre vosotros temen a Dios: a vosotros ha sido enviada esta  Palabra de salvación».


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1, 57- 66.80

«Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: “No; se ha de llamar Juan”. Le decían: “No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre”. Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: “Pues ¿qué será este niño?” Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Este año la  Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, cae en Domingo y la Iglesia la conserva en el «día del Señor» dada la importancia de este santo y por su innegable vínculo con el misterio de Jesucristo. La lectura del profeta Isaías contiene la promesa hecha a David que su casa y su realeza será estable para siempre. Promesa que se realizó en Jesucristo pero que es aplicable a Juan Bautista, escogido ya desde el seno materno para «preparar los caminos los caminos del Señor». Hecho que resalta San Pablo en su predicación a los judíos en la sinagoga de Antioquia de Pisidia (Segunda Lectura). El Evangelio de esta Solemnidad nos recuerda el misterioso nacimiento del Bautista y la expectativa que se crea alrededor del hijo de Zacarías e Isabel. 


«Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan»
Todo en la vida de Juan gira alrededor del misterio de Jesús. Ya desde mucho antes de la venida de Cristo, estaba anunciado en los profetas que él tendría un Precursor. Jesús mismo, refiriéndose a Juan, dice: «Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino» (Lc 7,27; cf. Ml 3,1). No se puede exponer el misterio de Cristo sin empezar por Juan. Cuando San Pedro predica en la casa de Cornelio, el centurión romano, dice: «Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo, cómo Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10,37-38).
A menos que alguna circunstancia lo impida, la fiesta de los santos suele celebrarse en el día de su muerte. Los santos han alcanzado la perfección en el amor, y en el día de su muerte ellos nacen a la vida eterna y entran inmediatamente a la gloria celestial. La Iglesia celebra el día de su natalicio, pero no a esta tierra, sino al cielo. ¿Por qué, entonces, la fiesta de Juan el Bautista se celebra el día de su nacimiento a esta tierra? Porque él nació del seno de su madre, Santa Isabel, ya santificado. Así lo declara el ángel Gabriel que anunció su nacimiento: «Estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1,15). La Iglesia celebra el nacimiento solamente de tres personas: Jesucristo nuestro Señor (25 de diciembre), la Virgen María(8 de septiembre) y Juan el Bautista (24 de junio). Con razón Jesús se refirió a él, diciendo: «Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan» (Lc 7,28). 
La fiesta de San Juan el 24 de junio se origina en el Occidente desde el siglo IV; y su fecha se deduce por un simple cálculo. El día que el ángel Gabriel anunció a María el nacimiento de su hijo Jesús, le dijo: «También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril» (Lc 1,36). El hijo que Isabel esperaba es Juan. Él nació seis meses antes que Jesús. Si celebramos el nacimiento de Jesús el 24 de diciembre en la noche, el de Juan hay que celebrarlo el 24 de junio. La fiesta de San Juan, que marcaba el inicio de verano en el hemisferio norte, se celebraba con una serie de costumbres populares; entre las cuales se distinguía la «fogata de San Juan», que se conserva todavía en algunos países.    


«Juan es su nombre»
El Evangelio de hoy nos relata los hechos que rodearon el milagroso nacimiento de Juan: «Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella». Debemos grabar estas palabras en nuestra mente, porque introducen y explican todo lo que sigue. El tema de este pasaje evangélico es el nombre que deberá ponerse a este niño: «Al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre, tomando la palabra, dijo: No; se ha de llamar Juan». ¿Por qué lo decide la madre? Porque el padre estaba mudo, y, según se deduce, también sordo. Por eso, le preguntan, «por señas», cómo quería que el niño se llamase. Sigue el relato: «Él pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Y todos quedaron admirados»
Los vecinos y parientes quedan admirados, porque ellos no saben lo que nosotros, leyendo el Evangelio de Lucas, hemos sabido: ese nombre se lo dio al niño el ángel Gabriel, que anunció a Zacarías su nacimiento. El ángel le dijo «Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan». Lo más lógico es que Zacarías lo haya comunicado a su mujer; probablemente, usando el mismo medio de la tablilla. Pero el acuerdo entre los esposos obedece también a otro motivo: al significado del nombre de Juan. Este nombre en hebreo suena así: Yehojanan. El prefijo «Yeho» corresponde al nombre divino: Yahweh; y el verbo hebreo «janan» (está en 3ª persona singular, tiempo pretérito perfecto) significa: tuvo misericordia, hizo gracia. El nombre de Juan significa, entonces: «El Señor tuvo misericordia». Y esto es precisamente lo que comentaban los vecinos y parientes: que el Señor había hecho a Isabel gran misericordia. El niño es una prueba de la misericordia de Dios; su nombre debía ser un reconocimiento de este hecho. 
Zacarías debió escribir en una tablilla, porque estaba mudo. Pero en ese momento «se abrió su boca y su lengua y hablaba bendiciendo a Dios». Podía soltarse ya su lengua porque lo anunciado a Zacarías por el ángel había sucedido y se había cumplido el plazo fijado: «Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lc 1,20). En su alabanza Zacarías confirma el nombre del niño destacando dos veces la misericordia de Dios: «Ha hecho misericordia a nuestros padres, recordando su santa alianza... por las entrañas de misericordia de nuestro Dios hará que nos visite una Luz de los alto...» (Lc 1,72.78).


«¿Qué será de este niño?»
Sólo nos queda comentar la reacción de los vecinos ante estos hechos. «En toda la montaña de Judea se comentaban estas cosas. Todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: ¿Qué será, pues, este niño?. Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él». Todos percibían que había algo de extraordinario en este niño, que hacía pensar en un destino superior, en algo aún no visto: ¿Qué irá a ser este niño? Tenían razón de pensar así, porque –observa el evangelista- «la mano de Dios estaba con él». Dondequiera que actúa la “mano de Dios”, los efectos son sobrenaturales. La mano de Dios es expresión del poder de Dios, de la protección de Dios, del favor de Dios, de la conducción de Dios. Todo esto está expresado en la descripción que hace el ángel al anunciar el nacimiento de Juan: «Será grande ante el Señor... estará lleno del Espíritu Santo... irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías...» (Lc 1,15.17). Y Elías[2] era un profeta que, con su palabra, abría y cerraba el cielo y que hizo caer fuego del cielo para consumir el sacrificio ofrecido al Dios verdadero. Cuando el niño creció y llegó el momento de comenzar a desarrollar su misión, se verificó todo lo dicho sobre él. El pueblo estaba convencido de que Juan era un profeta y de que su bautismo era del cielo (ver Lc 20,4.6). Al celebrar hoy día su natividad, la Iglesia cumple lo anunciado por el ángel Gabriel: «Muchos se gozarán en su nacimiento» (Lc 1,14). 
La figura y personalidad de San Juan Bautista se perfila a partir de su vocación como el último de los profetas del Antiguo Testamento y precursor de Cristo; de esta manera también se le considera el primero de los profetas del Nuevo Testamento. Nos dice San Agustín: «Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado».


«Yahveh desde el seno me llamó…» 
El fragmento del libro del profeta Isaías versa sobre un misterioso «Siervo de Yahveh». Éste tiene que transmitir un inaudito mensaje de Dios e invita «las islas»  y a los «pueblos lejanos» a prestar atención. Se está refiriéndose a los países costeros del Mediterráneo como a todos los pueblos conocidos de entonces. Su condición es tan excepcional que, no ha sido elegido, como Moisés y otros profetas, durante su vida;  sino que «desde el seno materno» le ha llamado Yahveh a una misión más concreta y sublime, ya que por su misión hará que la salvación llegue hasta los confines de la tierra. Por su entrega total merecerá por antonomasia el nombre de «Siervo de Yahveh» y para ello Dios le dotará de cualidades excepcionales de predicador. Tal será la penetración de su palabra en los que lo escuchan que será como «espada cortante» (ver Hb 4,12) ya que su fuerza proviene de Dios. Su primera misión será «reconducir a los salvados de Yahveh», es decir los que han permanecido fieles a los designios de Dios, el resto fiel (ver Is 10,20; Ez 6,12). Su aplicación a San Juan Bautista es evidente…  


Una palabra del Santo Padre: 
«Una Iglesia inspirada en la figura de Juan el Bautista: que «existe para proclamar, para ser voz de una palabra, de su esposo que es la palabra» y «para proclamar esta palabra hasta el martirio» a manos «de los más soberbios de la tierra». Es la línea que trazó el Santo Padre en la misa del 24, fiesta litúrgica del nacimiento del santo a quien la Iglesia venera como «el hombre más grande nacido de mujer».

La reflexión del Papa se centró en el citado paralelismo, porque «la Iglesia tiene algo de Juan», si bien —alertó enseguida— es difícil delinear su figura. «Jesús dice que es el hombre más grande que haya nacido». He aquí entonces la invitación a preguntarse quién es verdaderamente Juan, dejando la palabra al protagonista mismo. Él, en efecto, cuando «los escribas, los fariseos, van a pedirle que explique mejor quién era», responde claramente: «Yo no soy el Mesías. Yo soy una voz, una voz en el desierto». En consecuencia, lo primero que se comprende es que «el desierto» son sus interlocutores; gente con «un corazón sin nada». Mientras que él es «la voz, una voz sin palabra, porque la palabra no es él, es otro. Él es quien habla, pero no dice; es quien predica acerca de otro que vendrá después». En todo esto —explicó el Papa— está «el misterio de Juan» que «nunca se adueña de la palabra; la palabra es otro. Y Juan es quien indica, quien enseña», utilizando los términos «detrás de mí... yo no soy quien vosotros pensáis; viene uno después de mí a quien yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias». Por lo tanto, «la palabra no está», está en cambio «una voz que indica a otro». Todo el sentido de su vida «está en indicar a otro»...

«Voz, no palabra; luz, pero no propia, Juan parece ser nadie», sintetizó el Pontífice. He aquí desvelada «la vocación» del Bautista —afirmó—: «Rebajarse. Cuando contemplamos la vida de este hombre tan grande, tan poderoso —todos creían que era el Mesías—, cuando contemplamos cómo esta vida se rebaja hasta la oscuridad de una cárcel, contemplamos un misterio» enorme. En efecto —prosiguió— «nosotros no sabemos cómo fueron» sus últimos días. Se sabe sólo que fue asesinado y que su cabeza acabó «sobre una bandeja como gran regalo de una bailarina a una adúltera. Creo que no se puede descender más, rebajarse». Sin embargo, sabemos lo que sucedió antes, durante el tiempo que pasó en la cárcel: conocemos «las dudas, la angustia que tenía»; hasta el punto de llamar a sus discípulos y mandarles «a que hicieran la pregunta a la palabra: ¿eres tú o debemos esperar a otro?». Porque no se le ahorró ni siquiera «la oscuridad, el dolor en su vida»: ¿mi vida tiene un sentido o me he equivocado?

En definitiva —dijo el Papa—, el Bautista podía presumir, sentirse importante, pero no lo hizo: él «sólo indicaba, se sentía voz y no palabra». Este es, según el Papa Francisco, «el secreto de Juan». Él «no quiso ser un ideólogo». Fue un «hombre que se negó a sí mismo, para que la palabra» creciera. He aquí entonces la actualidad de su enseñanza, subrayó el Santo Padre: «Nosotros como Iglesia podemos pedir hoy la gracia de no llegar a ser una Iglesia ideologizada», para ser en cambio «sólo la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans», dijo citando el íncipit de la constitución conciliar sobre la divina revelación. Una «Iglesia que escucha religiosamente la palabra de Jesús y la proclama con valentía»; una «Iglesia sin ideologías, sin vida propia»; una «Iglesia que es mysterium lunae, que tiene luz procedente de su esposo» y que debe disminuir la propia luz para que resplandezca la luz de Cristo. «El modelo que nos ofrece hoy Juan» —insistió el Papa Francisco— es el de «una Iglesia siempre al servicio de la Palabra»; «una Iglesia-voz que indica la palabra, hasta el martirio».

Papa Francisco. Misa Matutina en el Domus Santae Marthae. 24 de junio de 2013.  


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. El nacimiento del Bautista nos habla de la apertura al Plan de Dios. Esto nos enseña tanto Zacarías como Isabel. ¿Confío en lo que Dios quiere de mí? ¿Busco conocer y cumplir su Plan en mi vida? 

2. La humildad de Juan el Bautista ante Jesús es realmente edificante. Leamos el bello Salmo 138 que nos habla de esta excepcional virtud. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 523-524. 608. 717-720.



[1] Carcaj: del fr. ant. carcais, este del gr. tardío καρκάσιον, cruce de ταρκάσιον y el gr. καρχήσιον, vaso de boca ancha, y este del persa tarkāš). m. aljaba. Especie de cuja pendiente de un tahalí, en que se mete el extremo del palo de la cruz cuando se lleva esta en procesión. Funda de cuero para el rifle. 
[2] Elías (Yavheh es Dios).  El más reconocido profeta del siglo IX A.C. en Israel. Por su sobrenombre se cree que nació en Tisbe, en las montañas de Galaad. Su ministerio profético se narra en 1R 17-19; 21; 2 R 1-2. Su actividad pública comienza cuando enfrenta a Acab, rey de Israel, para anunciarle tres años de sequía. Por indicación divina, debió esconderse junto al arroyo de Querit y luego en la casa de una viuda en Sarepta, Fenicia. En ambos lugares fue alimentado milagrosamente: en el primero por cuervos, y en el segundo mediante una milagrosa provisión de harina y aceite durante la sequía. Dios se sirvió de él para resucitar al hijo de la viuda (ver 1R 17.2-24). En su segundo encuentro con Acab, concertado por medio de Abdías su mayordomo, Elías propuso la gran concentración de los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y cuatrocientos cincuenta de Asera, para demostrar delante de todo el pueblo quién era el verdadero Dios. Los falsos profetas fracasaron al invocar a sus dioses, pero Dios honró a su profeta y contestó su oración enviando fuego del cielo que consumió el holocausto y el altar de Yavheh que Elías construyó. Aclaman a Yavheh y Elías degüella a los profetas de Baal junto al arroyo de Cisón (ver 1R 18.1-46) y anuncia a Acab la llegada de la lluvia. Luego la reina Jezabel trama la muerte de Elías, quien huye al desierto donde, desalentado, desea la muerte. Un ángel alimenta al profeta y le fortalece para caminar durante cuarenta días hasta Horeb, el monte de Dios. Allí contempla la majestad de Dios en un silbo apacible y recibe una triple orden divina (ver 1R 19.1-17). Pasadas las guerras con Siria, e indignado por la traición conjurada por Jezabel contra Nabot para adueñarse de su viña, Elías vuelve a enfrentarse con Acab y le anuncia la sentencia que Dios decretó (ver 1R 21.17-24). Esta se cumple para Jezabel en 2R 9.30-37, pero es detenida por Acab, por haberse arrepentido, hasta el reinado de Ocazías, su hijo (1R 21.27-29; 2R 10.10-17). Ocozías, que recibe el anuncio de su muerte enviado por Elías, intenta arrestar al profeta tres veces. Fuego desciende del cielo y aniquila a los dos primeros y el capitán del tercer grupo pide clemencia. Elías perdona al tercer grupo y es conducido ante Ocozías, delante de quien confirma su mensaje de juicio (ver 2R 1). Eliseo, ya ungido como sucesor de Elías, no se aparta de este. A la vista de cincuenta de los hijos de los profetas, Elías divide las aguas del Jordán con su manto y ambos cruzan el río. Eliseo le pide "una doble porción" de su espíritu. Mientras hablan, un carro de fuego los separa; Elías sube al cielo en un torbellino y Eliseo recoge su manto (2 R 2.1-12).

lunes, 11 de junio de 2018

Domingo de la Semana 11ª del Tiempo Común. Ciclo B – 17 de junio de 2018

«El Reino de Dios es como un grano de mostaza»  

Lectura de profeta Ezequiel 17, 22-24

«Así dice el Señor Yahveh: También yo tomaré de la copa del alto cedro, de la punta de sus ramas escogeré un ramo y lo plantaré yo mismo en una montaña elevada y excelsa: en la alta montaña de Israel lo plantaré. Echará ramaje y producirá fruto, y se hará un cedro magnífico. Debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves morarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, Yahveh, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, hago secarse al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, Yahveh, he hablado y lo haré».


Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10 

«Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión...Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle. Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal».


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4, 26-34

«También decía: “El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega”. 

Decía también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra”. Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Reino de los Cielos marca la pauta en las lecturas dominicales. Siendo el mensaje principal en la predicación de Jesús. Él ha venido a inaugurar el Reino de los Cielos. Pero ¿qué es este Reino? San Marcos nos pondrá dos figuras que el Señor Jesús utiliza para describir y hacer entender a sus oyentes de qué estaba hablando. Con metáforas agrícolas – el grano de trigo y el grano de la mostaza – los seguidores del Maestro comienzan a percibir que los parámetros del Antiguo Testamento se ven sobrepasados. En la Primera Lectura, el profeta Ezequiel nos dejará la figura del ramo que, plantado por Dios, se convertirá en un cedro magnífico. Finalmente, San Pablo nos exhorta a vivir con una mirada fija en el futuro, de manera tal que sopesemos nuestros actos a la luz del juicio final que se dará cuando se instaure de manera definitiva el Reino de Dios.   


El ramo plantado en la montaña 

Hemos dicho que la Primera Lectura tiene relación con el Evangelio. En efecto, la lectura del profeta Ezequiel (17,22-24) se dirige al pueblo en el exilio de Babilonia y anuncia que Dios tomará de la punta de un alto cedro un ramo que plantará en la montaña de Israel. Echará ramas y se convertirá en un cedro magnífico en cuyas ramas habitará toda clase de pájaros. El profeta veía el futuro de Is­rael. Pero Dios veía mucho más allá. Jesús le da su pleno sentido, anunciando el desarrollo impresionante de la Iglesia, cuya realidad es precisamente hacer presente en el mundo el Reino de Dios.


¿Qué es el Reino de Dios? 

En el Evangelio de hoy Jesús explica el misterio del Reino de Dios mediante dos parábolas: el Reino de Dios es como un grano de trigo echado en la tierra, que brota y crece hasta que, sin saber cómo, llega a ser trigo abun­dante; el Reino de Dios es como un grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta hacerse la mayor de las hortalizas, de modo que las aves del cielo anidan en sus ramas.

Las parábolas del trigo que crece indefectiblemente y del grano de mostaza que crece hasta un árbol magnífico, destacan el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Jesús extiende su mirada hacia el futuro y ve que, a pesar de la modestia de los orígenes, la Iglesia crecerá y llenará el mundo. Sólo dentro de la Iglesia de Cristo tenemos expe­riencia del Reino de Dios. 

Si nos preguntamos: ¿Qué es el Reino de Dios?, nos responde el Papa San Juan Pablo II en su encíclica sobre las misiones: «El Reino de Dios no es un concepto, no es una doctrina, no es un programa sujeto a libre elaboración; el Reino de Dios es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible»[1] Por eso es que se puede encontrar sólo dentro de la Iglesia. Es que «la luz de los pueblos, que es Cristo, resplan­dece sobre la faz de la Iglesia», como leemos en la Lumen Gentium. 

Las parábolas del crecimiento del Reino de Dios deberían ser suficientes para comprender que Jesucristo es el Señor de la historia. No es necesario tener fe para entender que aquí hay una auténtica profecía. Esta ense­ñanza fue propuesta por Jesús alrededor del año 30 de nuestra era y fue registrada por escrito en el Evangelio de San Marcos no después del año 70 (en realidad, mucho an­tes). A la luz del desarrollo posterior y de la situación actual del cristianismo en el mundo, cualquier persona inteligente debe reconocer que Jesús fue de una clarivi­dencia extraordinaria. Él anunció este desarrollo de su Iglesia cuando nada hacía preverlo y cuando nadie lo habría imaginado. Al contrario, todo hacía suponer que ese movimiento había sido sofocado con la muerte de Jesús en la cruz. 

Tal vez la opinión más sensata haya sido la del Rabino Gamaliel. En un momento en que los seguidores de Jesús eran un minúsculo grupo, aconsejó al tribunal judío: «'Desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destrui­rá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. No sea que os encontréis luchando contra Dios'. Todos aceptaron su parecer» (Hch 5,38-39). La historia ha registrado numero­sos episodios de persecución; pero no han conseguido destruir la Iglesia. Los hombres sensatos de hoy tienen más elementos para concluir que la Iglesia es obra de Dios y que Él la conduce y gobierna. ¡Ojalá nadie se encuentre luchando contra Dios! 

            
Una palabra del Santo Padre: 

«El Evangelio de hoy está formado por dos parábolas muy breves: la de la semilla que germina y crece sola, y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26–34). A través de estas imágenes tomadas del mundo rural, Jesús presenta la eficacia de la Palabra de Dios y las exigencias de su Reino, mostrando las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso en la historia.

En la primera parábola la atención se centra en el hecho que la semilla, echada en la tierra, se arraiga y desarrolla por sí misma, independientemente de que el campesino duerma o vele. Él confía en el poder interior de la semilla misma y en la fertilidad del terreno. En el lenguaje evangélico, la semilla es símbolo de la Palabra de Dios, cuya fecundidad recuerda esta parábola. Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra actúa con el poder de Dios en el corazón de quien la escucha. Dios ha confiado su Palabra a nuestra tierra, es decir, a cada uno de nosotros, con nuestra concreta humanidad. Podemos tener confianza, porque la Palabra de Dios es palabra creadora, destinada a convertirse en «el grano maduro en la espiga» (v. 28). Esta Palabra si es acogida, da ciertamente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de caminos que no siempre podemos verificar y de un modo que no conocemos (cf. v. 27). Todo esto nos hace comprender que es siempre Dios, es siempre Dios quien hace crecer su Reino —por esto rezamos mucho «venga a nosotros tu Reino»—, es Él quien lo hace crecer, el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se regocija por la acción creadora divina y espera con paciencia sus frutos.

La Palabra de Dios hace crecer, da vida. Y aquí quisiera recordaros otra vez la importancia de tener el Evangelio, la Biblia, al alcance de la mano —el Evangelio pequeño en el bolsillo, en la cartera— y alimentarnos cada día con esta Palabra viva de Dios: leer cada día un pasaje del Evangelio, un pasaje de la Biblia. Jamás olvidéis esto, por favor. Porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida del reino de Dios.

La segunda parábola utiliza la imagen del grano de mostaza. Aun siendo la más pequeña de todas las semillas, está llena de vida y crece hasta hacerse «más alta que las demás hortalizas» (Mc 4, 32). Y así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante.

Para entrar a formar parte de él es necesario ser pobres en el corazón; no confiar en las propias capacidades, sino en el poder del amor de Dios; no actuar para ser importantes ante los ojos del mundo, sino preciosos ante los ojos de Dios, que tiene predilección por los sencillos y humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que fermenta toda la masa del mundo y de la historia.

De estas dos parábolas nos llega una enseñanza importante: el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es, sobre todo, iniciativa y don del Señor. Nuestra débil obra, aparentemente pequeña frente a la complejidad de los problemas del mundo, si se la sitúa en la obra de Dios no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará brotar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza y a la esperanza, a pesar de los dramas, las injusticias y los sufrimientos que encontramos. La semilla del bien y de la paz germina y se desarrolla, porque el amor misericordioso de Dios hace que madure. Que la santísima Virgen, que acogió como «tierra fecunda» la semilla de la divina Palabra, nos sostenga en esta esperanza que nunca nos defrauda».

Papa Francisco. Ángelus 14 de junio de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Reino de Dios es Jesús mismo que viene a nosotros. ¿Cómo es mi relación personal con Jesús? ¿Qué puedo hacer para que mejore y sea más cercana?

2. San Pablo nos pide algo que es aparentemente muy sencillo: “estad de buen ánimo”. ¿Cómo es mi ánimo? ¿Tengo esa visión de eternidad que estoy llamado a tener?  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 541- 556. 567. 680. 2046. 



[1] San Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, 18.

lunes, 4 de junio de 2018

Domingo de la Semana 10ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 10 de junio de 2018

«Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»  

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15 

«Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Este contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. El replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí”. Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí”. 

Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”.» 


Lectura de la Segunda carta de San Pablo a los Corintios 4, 13- 5, 1

«Pero teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros. Y todo esto, para vuestro bien a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria  de Dios. Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día. 

En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas, las invisibles son eternas. Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos».


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 3, 20-35

«Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: “Está fuera de sí”. Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Está poseído por Beelzebul” y “por el príncipe de los demonios expulsa los demonios”. 

Él, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear  su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas  sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno”. 

Es que decían: “Está poseído por un espíritu inmundo”. Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: “¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. Él les responde: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Cumplir o no la voluntad de Dios es una de las ideas fuertes en las lecturas dominicales. Si por un lado vemos que nuestros primeros padres se escondían al oír al suave andar del Padre por el jardín del paraíso porque tuvieron miedo; vemos en el Evangelio una de los momentos donde claramente se resalta la actitud de Santa María: «quien cumple la voluntad de mi Dios». San Pablo en su carta a los Corintios los hará tomar consciencia de que todo en nuestra vida debe de tener a Dios como fundamento último, sino “se desmorona todo el edificio espiritual de nuestra vida”. 


Las reacciones ante Jesús

El Evangelio de hoy nos presenta tres reacciones diver­sas ante Jesucristo. Jesús se había hecho notar por su palabra que trae un mensaje nuevo e impactante. Nadie puede quedar indife­rente ante Él. Frente a Jesús se verifica lo que había profe­tizado acerca de Él el anciano Simeón, cuan­do, recién nacido, fue presentado al templo: «Éste está puesto para ser signo de contradicción... a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Jesús había vuelto a su casa, al pueblo de Nazaret, donde se crió y una primera reacción ante su presencia es la del pueblo: «Se aglomera en torno a Él una muchedumbre de modo que no podían comer». Es el entusiasmo de la gente sencilla que captan la presencia de Dios y perciben su fascinación. Así es el misterio de Dios: es trasparente para los senci­llos e impenetrable para los sabios de este mundo. Jesús mismo en una ocasión alabó a su Padre por este motivo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).

La segunda reacción es la de sus parientes: «Fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: 'Está fuera de sí'". Esto da ocasión a Jesús para enseñar que su misión es superior a las relaciones familiares: "Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre» (Jn 4,34). Y agrega una frase consoladora para nosotros: «Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».  De manera bella y directa Jesús va a dirigir un cumplido a su Madre. Es Ella, más que nadie en la tierra, la que se hace merecedora de la sentencia pronunciada por el Maestro Bueno. Y también a nosotros se nos abre la posibilidad de hacernos acreedores del apelativos de hijos de Dios, hermanos en Cristo e hijos de Santa María.  


Una importante aclaración 

Sabemos que Jesucristo no tuvo hermanos ni hermanas en sentido carnal, pues su madre María es perpetuamente Virgen. Cuando se habla de «hermanos» de Jesús se trata de parientes cercanos como aclara el mismo Evange­lio. El Nuevo Testamento no conoce una palabra para decir «primos» y usa la palabra «hermanos». No nos debe extra­ñar, porque también nosotros le damos este uso. A nosotros no nos basta con decir «primos»; cuando el paren­tesco es más cerca­no, decimos: «primos hermanos». Y no podemos restringir el sentido de la palabra «hermano» sola­mente a «hermano carnal». 

Cuando Jesús enseña: «Si al pre­sentar tu ofrenda te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24), sería empobre­cer su enseñanza entender que se refiere sólo a hermano carnal. Tampoco Pedro se refiere exclusivamente a su hermano carnal cuando pregunta: «¿Si mi hermano peca contra mí, cuántas veces tengo que perdonarlo?» (Mt 18,21). San Pablo escribe a los Corintios y los llama «herma­nos»: «Os recuer­do, hermanos, el Evangelio que os prediqué» (1 Cor 15,1); pero obvia­mente no son hermanos carnales suyos. «Hermano» es, entonces, una persona cercana, por motivos de parentesco o de pueblo natal. Muchos nos llamamos «hermanos o hermanas» de Cristo. La epístola a los Hebreos dice que «Él (Jesús) no se avergüenza de llamarnos hermanos» (Hebr. 2,11). Pero «madre», eso no lo ha pretendido nadie. Esto está reservado a María. Sólo Ella es la madre carnal de Jesús; y sólo ella es su madre en el sentido de la frase de Jesús que hemos citado, pues nadie ha cumplido la voluntad de Dios con mayor perfec­ción que Ella.


Finalmente la tercera reacción 

La tercera reacción ante Jesús es increíble. Es la de los escribas, que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo». Es como decir que la luz es oscura. Es negar la evidencia. El que insis­te en esa postura, no puede ser perdona­do, pues el perdón consiste en reconocer la luz. Por eso Jesús dice que eso es blasfe­mia contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón nunca. Para darnos una idea de la cerrazón que significa esa acti­tud, es como si alguien al ver el actuar a Santa Teresa de Calcuta, dijera: «Es lujuriosa, opulenta y egoísta». Cuando esto se dice del Hijo de Dios, ¡del Cordero de Dios inmaculado e inocente!, resulta una blasfemia imperdona­ble.


«Tuve miedo porque estaba desnudo»

Lo exactamente opuesto a «cumplir la voluntad del Padre» es el pecado. El pecado es una realidad que ha marcado toda la historia de la salvación. Más aún podemos afirmar que el acto sublime del amor del Padre por su criatura querida – la muerte de su Hijo en la Cruz- no es sino una respuesta al pecado. Justamente el drama del pecado que leemos en la Primera Lectura es el mismo que vemos hoy: la no aceptación del pecado personal y sus consecuencias sociales.  «Yo no fui…fue la mujer que me diste» dirá Adán; «Yo no fui…fue la serpiente que creaste» se justificará Eva. Este comportamiento es casi una exacta radiografía del mundo hoy reflejando en lo que ya Pío XII nos decía: «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado»[1] Y esta pérdida del sentido del pecado refleja una crisis más honda, la pérdida del sentido de Dios precisamente debido a la crisis de la conciencia moral: tabernáculo de la presencia de Dios en el hombre.  San Pablo nos recordará esta realidad en su carta a los  Corintios. Nosotros no hemos nacido para el pecado y la iniquidad, sino para la gloria eterna. El pecado justamente nos querrá envolver en su manto de mentira para así olvidarnos que «pues las cosas visibles son pasajeras, más las invisibles son eternas». Y para eso hemos nacido para la «morada eterna del cielo».  


Una palabra del Santo Padre: 

«Jesús dice a los discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12, 51). ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros. Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34).

Por lo tanto, esta palabra del Evangelio no autoriza, de hecho, el uso de la fuerza para difundir la fe. Es precisamente lo contrario: la verdadera fuerza del cristiano es la fuerza de la verdad y del amor, que comporta renunciar a toda violencia. ¡Fe y violencia son incompatibles! ¡Fe y violencia son incompatibles! En cambio, fe y fortaleza van juntas. El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor.

Queridos amigos, también entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar, nos lo dice el Evangelio (cf. Mc 3, 20-21). Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, manteniendo fija la mirada de su corazón en Jesús, el Hijo del Altísimo, y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 1, 14). Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cuesta».

Papa Francisco. Ángelus de 18 de agosto de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Qué tan consciente soy de la realidad del pecado en mi vida? ¿Me acerco con frecuencia al sacramento de la Reconciliación? 

2. ¿Tengo la misma actitud de María de buscar conocer y cumplir lo que Dios espera de mí? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1716 - 1748. 1846 – 1876. 


[1] Juan Pablo II. Exhortación Post-Sinodal Reconcilatio et Penintentia, 18.