lunes, 4 de junio de 2018

Domingo de la Semana 10ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 10 de junio de 2018

«Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»  

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15 

«Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Este contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. El replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí”. Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí”. 

Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”.» 


Lectura de la Segunda carta de San Pablo a los Corintios 4, 13- 5, 1

«Pero teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros. Y todo esto, para vuestro bien a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria  de Dios. Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día. 

En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas, las invisibles son eternas. Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos».


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 3, 20-35

«Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: “Está fuera de sí”. Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Está poseído por Beelzebul” y “por el príncipe de los demonios expulsa los demonios”. 

Él, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear  su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas  sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno”. 

Es que decían: “Está poseído por un espíritu inmundo”. Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: “¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. Él les responde: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Cumplir o no la voluntad de Dios es una de las ideas fuertes en las lecturas dominicales. Si por un lado vemos que nuestros primeros padres se escondían al oír al suave andar del Padre por el jardín del paraíso porque tuvieron miedo; vemos en el Evangelio una de los momentos donde claramente se resalta la actitud de Santa María: «quien cumple la voluntad de mi Dios». San Pablo en su carta a los Corintios los hará tomar consciencia de que todo en nuestra vida debe de tener a Dios como fundamento último, sino “se desmorona todo el edificio espiritual de nuestra vida”. 


Las reacciones ante Jesús

El Evangelio de hoy nos presenta tres reacciones diver­sas ante Jesucristo. Jesús se había hecho notar por su palabra que trae un mensaje nuevo e impactante. Nadie puede quedar indife­rente ante Él. Frente a Jesús se verifica lo que había profe­tizado acerca de Él el anciano Simeón, cuan­do, recién nacido, fue presentado al templo: «Éste está puesto para ser signo de contradicción... a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Jesús había vuelto a su casa, al pueblo de Nazaret, donde se crió y una primera reacción ante su presencia es la del pueblo: «Se aglomera en torno a Él una muchedumbre de modo que no podían comer». Es el entusiasmo de la gente sencilla que captan la presencia de Dios y perciben su fascinación. Así es el misterio de Dios: es trasparente para los senci­llos e impenetrable para los sabios de este mundo. Jesús mismo en una ocasión alabó a su Padre por este motivo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).

La segunda reacción es la de sus parientes: «Fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: 'Está fuera de sí'". Esto da ocasión a Jesús para enseñar que su misión es superior a las relaciones familiares: "Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre» (Jn 4,34). Y agrega una frase consoladora para nosotros: «Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».  De manera bella y directa Jesús va a dirigir un cumplido a su Madre. Es Ella, más que nadie en la tierra, la que se hace merecedora de la sentencia pronunciada por el Maestro Bueno. Y también a nosotros se nos abre la posibilidad de hacernos acreedores del apelativos de hijos de Dios, hermanos en Cristo e hijos de Santa María.  


Una importante aclaración 

Sabemos que Jesucristo no tuvo hermanos ni hermanas en sentido carnal, pues su madre María es perpetuamente Virgen. Cuando se habla de «hermanos» de Jesús se trata de parientes cercanos como aclara el mismo Evange­lio. El Nuevo Testamento no conoce una palabra para decir «primos» y usa la palabra «hermanos». No nos debe extra­ñar, porque también nosotros le damos este uso. A nosotros no nos basta con decir «primos»; cuando el paren­tesco es más cerca­no, decimos: «primos hermanos». Y no podemos restringir el sentido de la palabra «hermano» sola­mente a «hermano carnal». 

Cuando Jesús enseña: «Si al pre­sentar tu ofrenda te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24), sería empobre­cer su enseñanza entender que se refiere sólo a hermano carnal. Tampoco Pedro se refiere exclusivamente a su hermano carnal cuando pregunta: «¿Si mi hermano peca contra mí, cuántas veces tengo que perdonarlo?» (Mt 18,21). San Pablo escribe a los Corintios y los llama «herma­nos»: «Os recuer­do, hermanos, el Evangelio que os prediqué» (1 Cor 15,1); pero obvia­mente no son hermanos carnales suyos. «Hermano» es, entonces, una persona cercana, por motivos de parentesco o de pueblo natal. Muchos nos llamamos «hermanos o hermanas» de Cristo. La epístola a los Hebreos dice que «Él (Jesús) no se avergüenza de llamarnos hermanos» (Hebr. 2,11). Pero «madre», eso no lo ha pretendido nadie. Esto está reservado a María. Sólo Ella es la madre carnal de Jesús; y sólo ella es su madre en el sentido de la frase de Jesús que hemos citado, pues nadie ha cumplido la voluntad de Dios con mayor perfec­ción que Ella.


Finalmente la tercera reacción 

La tercera reacción ante Jesús es increíble. Es la de los escribas, que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo». Es como decir que la luz es oscura. Es negar la evidencia. El que insis­te en esa postura, no puede ser perdona­do, pues el perdón consiste en reconocer la luz. Por eso Jesús dice que eso es blasfe­mia contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón nunca. Para darnos una idea de la cerrazón que significa esa acti­tud, es como si alguien al ver el actuar a Santa Teresa de Calcuta, dijera: «Es lujuriosa, opulenta y egoísta». Cuando esto se dice del Hijo de Dios, ¡del Cordero de Dios inmaculado e inocente!, resulta una blasfemia imperdona­ble.


«Tuve miedo porque estaba desnudo»

Lo exactamente opuesto a «cumplir la voluntad del Padre» es el pecado. El pecado es una realidad que ha marcado toda la historia de la salvación. Más aún podemos afirmar que el acto sublime del amor del Padre por su criatura querida – la muerte de su Hijo en la Cruz- no es sino una respuesta al pecado. Justamente el drama del pecado que leemos en la Primera Lectura es el mismo que vemos hoy: la no aceptación del pecado personal y sus consecuencias sociales.  «Yo no fui…fue la mujer que me diste» dirá Adán; «Yo no fui…fue la serpiente que creaste» se justificará Eva. Este comportamiento es casi una exacta radiografía del mundo hoy reflejando en lo que ya Pío XII nos decía: «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado»[1] Y esta pérdida del sentido del pecado refleja una crisis más honda, la pérdida del sentido de Dios precisamente debido a la crisis de la conciencia moral: tabernáculo de la presencia de Dios en el hombre.  San Pablo nos recordará esta realidad en su carta a los  Corintios. Nosotros no hemos nacido para el pecado y la iniquidad, sino para la gloria eterna. El pecado justamente nos querrá envolver en su manto de mentira para así olvidarnos que «pues las cosas visibles son pasajeras, más las invisibles son eternas». Y para eso hemos nacido para la «morada eterna del cielo».  


Una palabra del Santo Padre: 

«Jesús dice a los discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12, 51). ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros. Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34).

Por lo tanto, esta palabra del Evangelio no autoriza, de hecho, el uso de la fuerza para difundir la fe. Es precisamente lo contrario: la verdadera fuerza del cristiano es la fuerza de la verdad y del amor, que comporta renunciar a toda violencia. ¡Fe y violencia son incompatibles! ¡Fe y violencia son incompatibles! En cambio, fe y fortaleza van juntas. El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor.

Queridos amigos, también entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar, nos lo dice el Evangelio (cf. Mc 3, 20-21). Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, manteniendo fija la mirada de su corazón en Jesús, el Hijo del Altísimo, y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 1, 14). Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cuesta».

Papa Francisco. Ángelus de 18 de agosto de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Qué tan consciente soy de la realidad del pecado en mi vida? ¿Me acerco con frecuencia al sacramento de la Reconciliación? 

2. ¿Tengo la misma actitud de María de buscar conocer y cumplir lo que Dios espera de mí? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1716 - 1748. 1846 – 1876. 


[1] Juan Pablo II. Exhortación Post-Sinodal Reconcilatio et Penintentia, 18.