lunes, 27 de abril de 2020

Domingo de la Semana 4ª de Pascua. Ciclo A – 3 de mayo de 2020

«He venido para que tengan vida»


Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41

«Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: "Judíos y habitantes todos de Jerusalén. "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado". Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: "¿Qué hemos de hacer, hermanos?" Pedro les contestó: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro". Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: "Salvaos de esta generación perversa". Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas.»


Lectura de la Primera carta de San Pedro 2, 20b-25

«Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. El, que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados. Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.»


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 10, 1-10

«"En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños". Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: "En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Este cuarto Domingo de Pascua es conocido en todo el mundo católico como el del «Buen Pastor». Todas las lecturas nos ayudan a profundizar en la relación del Pastor con sus ovejas. En el Evangelio el Buen Pastor se identifica con la Puerta de las ovejas. Él guía a las ovejas por caminos seguros para que estén a salvo y encuentren vida abundante. Será San Pedro quien explicará cómo entrar por la puerta del redil: mediante la conversión, el bautismo (Primera Lectura) y siguiendo las huellas dejadas por el Buen Pastor (Segunda Lectura).


El Buen Pastor y su rebaño
Era normal en los pueblos nómades del Antiguo Testamen­to que se comparara la relación entre el gobernante y su pueblo con la del pastor y su rebaño. El buen pastor conoce a sus ovejas, las ama, vela en modo particular por las más débiles, las conduce a los pastos y a las fuentes de agua. El pueblo anhelaba jefes que se comportaran de esa manera. Pero, a veces, ¡qué desilusión!, los jefes trataban al pueblo de manera autoritaria y se servían de él para su propio interés. Por eso, pronto se comprendió que el único que merece el título de «pastor del pueblo» es Dios mismo pues sólo Él ama y da la vida por sus ovejas.

En el culto el pueblo cantaba: «El Señor es mi Pastor, nada me falta; por prados de fresca hierba me apacienta; hacia las aguas de reposo me conduce y conforta mi alma... aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan...» (Sal 23,1-4). Y contra los malos gobernantes del pueblo Dios advierte por intermedio del profeta Ezequiel: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!... No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida: sino que las habéis dominado con violencia y dureza» (Ez 34,2.4). Y, a través del mismo profeta, Dios promete al pueblo: «Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor» (Ez 34,23). Desde entonces el pueblo esperaba el cumplimiento de esta promesa y miraba hacia el futuro anhelando la aparición de un nuevo David. Y cuando Jesús comenzó a resaltar por sus enseñanzas y sus milagros en favor del pueblo sencillo; surgió inmediatamente la pregunta que estaba en el ambiente: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús responde afirmando: «Yo soy el buen pastor... yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


¿A quién escuchar y a quién seguir?

En la primera parte del décimo capítulo del Evangelio según San Juan, Jesús está interesado en dar un criterio claro para discernir a quién se debe escuchar y seguir, así como de quien uno debe de alejarse. En todos los tiempos han existido falsos profetas y maes­tros que arras­tran a hom­bres y mujeres. Nuestro tiempo es testigo de una proliferación de líderes religiosos, gurúes o jefes de sectas que seducen a muchas personas y se aprovechan de ellas con toda clase de habladurías. Contra ellos advierte Jesús diciendo: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas». Sigue indicando Jesús diversos criterios para distinguir al pastor del salteador. Al pastor le abre el portero la puerta del redil; conoce las ovejas y las llama a cada una por su nombre y ellas lo escuchan; camina delante de ellas y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. Por otro lado, no conocen la voz de los extra­ños y no los siguen, sino que huyen de ellos.

El Evangelista San Juan comenta que «ellos» no entendían lo que les hablaba (Jn 10,6). ¿A quiénes dirige Jesús esta parábola? ¿Quiénes son «ellos»? La exposi­ción de la parábola comienza con la fórmula: «En verdad, en verdad os digo...». En el cuarto Evangelio esta fórmula introduce siempre un tema que ya ha sido tratado y que ahora es retomado para am­pliarlo o presentarlo bajo una nueva luz. Hay que volver la aten­ción, entonces, hacia lo que precede. En el capítu­lo 9 se ha relata­do la curación del ciego de nacimiento. Este hombre, después de discusiones con los fariseos, es excluido de la sinagoga: «Lo echaron fuera» (Jn 9,34). Es que «los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno reconocía a Jesús como Cristo, quedara excluido de la sinagoga» (Jn 9,22).

Y en este momento se encuentra con Jesús que lo acoge, después que ha confesado su fe en él, diciendo: «Creo, Señor» (Jn 9,38). En ese acto de fe queda, al mismo tiempo, excluido de la sinagoga y acogido entre los discípu­los de Cristo. Este es el acto de fe que tiene que hacer todo el que es acogido en la Iglesia de Cristo por medio del Bautismo. El episodio concluye con la pregunta de los fariseos a Jesús: «¿Es que también noso­tros somos ciegos?» (Jn 9,40). Es para ellos que Jesús formula esta parábola de la puerta. El contraste entre Jesús y los fariseos queda en evidencia en el modo cómo tratan al ciego de naci­miento: los fariseos lo echan fuera; Jesús lo sana y lo acoge respondiendo al perfil del pastor que Él mismo ha dado. Pero diciendo: «Yo soy la puerta», Jesús insinúa que también hay otros verdaderos pastores y nos ofrece un criterio que nos permita discernir el pastor del ladrón. Todo el que entra por Él, es decir, todo el que llega al rebaño en el nombre de Cristo y con un mandato suyo: ese es pastor de las ovejas y promueve la vida de las ovejas. El que no es enviado por Cristo, sino que se envía a sí mismo, es un ladrón que entra por otro lado.


«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia»

Este Evangelio culmina con una declaración de Jesús sobre su propia identidad y misión: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». Lo primero que llama la atención es el pronombre personal «Yo». Este pronombre está en el lugar del nombre de Jesús, que es quien habla, y tiene valor enfático. El «Yo» que pronuncia Jesús está en el lugar de una Persona divina. Jesús dice: «He venido». Esta afirmación nos sugiere la pregunta: ¿De dónde? Ciertamente no se refiere a su venida desde algún otro lugar de esta tierra; se refiere al misterio de su origen celestial. Había discusión respecto a su origen: «Unos decían: ‘Este es el Cristo’. Pero otros replicaban: ‘¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo?’... ‘Éste sabemos de dónde es, mientras que cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es’» (Jn 7,41.27). Había expectativa sobre la venida del Cristo, como se deduce de las palabras de la samaritana: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo desvelará todo» (Jn 4,25). Al decir Jesús: «He venido» está afirmando que la espera acabó y que el Cristo ya está aquí. Así lo creía ya otra mujer, Marta: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (Jn 11,27).

«Para que tengan vida» es el objetivo de su venida. La vida es lo más valioso que tiene cada uno; vale más que el mundo entero. Jesús lo dice en una frase inapelable; hasta ahora nadie la ha discutido: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,26). Jesús se identifica diciendo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Para demostrarlo devolvió la vida a Lázaro que yacía en el sepulcro. Los milagros de curaciones demuestran que Él ejerce su poder en favor de la vida. Donde está Jesús prospera la vida; donde Él no está se extienden las fuerzas de la muerte. Finalmente, con la expresión «vida en abundancia»; Jesús se refiere a otro tipo de vida: la vida que Él, como Hijo de Dios, posee. Ésta es la vida que Él llama «vida eterna». Comunicarnos esta vida es el objetivo último de su venida: no simplemente para que poseamos la vida de este mundo, que acaba con la muerte corporal, sino para que poseamos ya desde ahora la vida eterna, que no tiene fin. Jesús vino a hacer la voluntad de su Padre, y aclara: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,40).


«Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar»

Esta parábola del Buen Pastor fue comprendida en todo su alcance por los apóstoles después de la Resurrección de Cristo. Esto constituye el mensaje central de su predicación como vemos en el discurso misionero o kerigmático1 de Pedro el día de Pentecostés. El apóstol Pedro proclama a Jesús constituido Señor y Mesías por el Padre. Dos títulos cristológicos fundamentales en la confesión de fe de la primera comunidad. Reconocer a Jesús muerto y resucitado, como Señor y Mesías lleva a la conversión por la fe en Él y al bautismo en su nombre para la salvación eterna. Este es el contenido del kerigma de los Apóstoles. En Hechos de los Apóstoles encontramos cuatro discursos misioneros dirigidos a judíos; el quinto el apóstol se dirige a los gentiles o paganos que estaban en la casa del centurión romano Cornelio (Hch 10,34-43). El sexto discurso es el de Pablo en Antioquía de Pisidia a los judíos (Hch 13,16-41). La Segunda Lectura es una exhortación de Pedro a los esclavos cristianos que pasan por situaciones de sufrimiento y dolor. El modelo de paciencia es Jesús, cuyas actitudes en su Pasión y Muerte se exponen en forma de himno incorporando referencias del Siervo sufriente que leemos en Isaías 53. La paciencia del cristiano, unida al sufrimiento redentor de Jesús, no es resignación fatalista sino es «camino de esperanza» del que se sabe unido a Cristo Resucitado constituido Señor y Salvador. Ellos los que le siguen como guía y pastor ya que «erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas».


Una palabra del Santo Padre:

«En este paso del Evangelio —señaló Francisco inmediatamente refiriéndose al pasaje de san Lucas (13, 10-17)— encontramos a Jesús no en el camino, como era su costumbre, sino en la sinagoga: el sábado la comunidad va a la sinagoga a rezar, a escuchar la palabra de Dios y también la prédica; y Jesús estaba allí, escuchando la palabra de Dios». Pero «enseñaba también, porque como tenía una autoridad, una autoridad moral muy grande, lo invitaban a dirigir unas palabras», precisamente para «enseñar a la gente». Y «en la sinagoga había una mujer que estaba encorvada, completamente encorvada, pobre, y no era capaz de estar derecha: una enfermedad de la columna la mantenía así desde hace años».

Y «¿qué hace Jesús? A mí me impresionan —reveló el Papa— los verbos que usa el evangelista para decir lo que hizo Jesús: “vio”, la vio; “llamó”, la llamó; “le dijo”; “impuso sus manos sobre ella y la sanó”». Son «cinco verbos de cercanía». Antes de nada, explicó el Pontífice, «Jesús se acercó a ella: la actitud del buen pastor, la cercanía». Porque «un buen pastor es cercano, siempre: pensemos en la parábola del buen pastor que Jesús predicó», tan «cercano» a la oveja «descarriada que deja a las demás y va a buscarla».

Por lo demás, Francisco afirmó que «el buen pastor no puede estar lejos de su pueblo y esa es la señal de un buen pastor: la cercanía. En cambio, los demás, en este caso el jefe de la sinagoga, aquel grupito de clérigos, doctores de la ley, algunos fariseos, saduceos, los ilustres, vivían separados del pueblo, empobreciéndolo continuamente». Pero, reafirmó el Papa, «estos no eran buenos pastores, estaban cerrados en su propio grupo y no les importaba el pueblo: tal vez les importaba, cuando había terminado el servicio religioso, ir a ver cuánto dinero había en las ofrendas, eso les importaba, pero no estaban cerca del pueblo, no estaban cerca de la gente». He aquí que «Jesús siempre se presenta así, cercano», señaló el Pontífice. Y «tantas veces aparece en el Evangelio que la cercanía viene de aquello que Jesús siente en el corazón: “Jesús se conmovió”, dice, por ejemplo, un pasaje del Evangelio, siente misericordia, se acerca». Por esta razón, «Jesús siempre estaba allí con la gente abandonada por aquel grupito clerical: estaban allí los pobres, los enfermos, los pecadores, los leprosos: estaban todos allí porque Jesús tenía esa capacidad para conmoverse frente a la enfermedad, era un buen pastor». Y «un buen pastor se acerca y tiene capacidad de conmoverse».

«Y yo diré —afirmó Francisco— que la tercera parte de un buen pastor es no avergonzarse de la carne, tocar la carne herida, como hizo Jesús con esta mujer: “tocó”, “impuso las manos”, tocó a los leprosos, tocó a los pecadores». Es «una cercanía muy cercana, cercana». Tocar «la carne», por lo tanto. Porque «un buen pastor no dice: “Pero, sí, está bien, sí, sí, yo estoy cerca de ti en espíritu”». En realidad «esto es distancia» y no cercanía. En cambio, insistió el Papa «el buen pastor hace lo que hizo Dios Padre, acercarse, por compasión, por misericordia, a la carne de su Hijo, eso es un buen pastor». Y «el gran pastor, el Padre, nos ha enseñado como se es un buen pastor: se agachó, se vació, se vació a sí mismo, se rebajó y tomó condición de siervo».

Precisamente «este es el camino del buen pastor» explicó el Pontífice. Y aquí nos podemos preguntar: «Pero, y los demás, los que siguen el camino del clericalismo, ¿a quién se acercan?» esos, respondió Francisco, «se acercan siempre al poder de turno o al dinero y son malos pastores: ellos piensan solo en cómo subirse al poder, ser amigos del poder y negocian todo o piensan en el bolsillo y esos son los hipócritas, capaces de todo». Seguramente «el pueblo no le importa a esta gente. Y cuando Jesús les dice ese buen adjetivo que utiliza tantas veces con estos —“hipócritas”— ellos se ofenden: “Pero nosotros no, nosotros seguimos la ley”». En cambio, «la gente estaba contenta: es una lástima que el Pueblo de Dios vea cuándo los malos pastores son golpeados; es una lástima, sí, pero han sufrido tanto que “gozan” de esto un poco».

«Pensemos —fue la sugerencia del Pontífice— en el buen pastor, pensemos en Jesús que ve, llama, habla, toca y sana; pensemos en el Padre que se hace carne en su Hijo, por compasión». Y «este es el camino del buen pastor, el pastor que hoy vemos aquí, en este pasaje del Evangelio: es una gracia para el Pueblo de Dios tener buenos pastores, pastores como Jesús, que no se avergüenzan de tocar la carne herida, que saben que sobre esto —no solo ellos, sino todos nosotros— seremos juzgados: estaba hambriento, estaba en la cárcel, estaba enfermo...». «Los criterios del protocolo final —concluyó el Papa— son los criterios de la cercanía, los criterios de esta cercanía total» para «tocar, compartir la situación del Pueblo de Dios». Y «no olvidemos esto: el buen pastor está siempre cerca de la gente, siempre, como Dios nuestro Padre se acercó a nosotros, en Jesucristo hecho carne».

Papa Francisco. Misa Matutina en Santae Marthae. Lunes 30 de octubre de 2017.


'Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1 Pidamos para que Dios envíe más vocaciones a la vida consagrada y que podamos tener familias generosas que apoyen a sus hijos en sus decisiones.

2. ¿Qué puedo hacer para ayudar a promover las vocaciones a la vida consagrada?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 914 - 933.
1 Kerigma: palabra griega que significa “proclamación”. Kerix es el mensajero, el que trae la buena noticia. Por eso se llama Kerigma al anuncio del Evangelio (ver Mt 12,41; Lc 11,32; Rm 16,25). Los apóstoles fueron los mensajeros de la buena noticia de la reconciliación. Es de destacar el carácter de gozo que debe acompañar la presentación del Evangelio.

Domingo de la Semana 3ª de Pascua. Ciclo A – 26 de abril de 2020

«¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!»


Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14.22-33

«Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: "Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: 22"Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio; porque dice de él David: Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha, para que no vacile. Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua, y hasta mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción. Me has hecho conocer caminos de vida, me llenarás de gozo con tu rostro.

"Hermanos, permitidme que os diga con toda libertad cómo el patriarca David murió y fue sepultado y su tumba permanece entre nosotros hasta el presente. Pero como él era profeta y sabía que Dios le había asegurado con juramento que se sentaría en su trono un descendiente de su sangre, vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción. A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís.»


Lectura de la Primera carta de San Pedro 1,17-21

«Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro, sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros; los que por medio de él creéis en Dios, que le ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza estén en Dios».


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24,13-35

«Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: "¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?" Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: "¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?" El les dijo: "¿Qué cosas?"

Ellos le dijeron: "Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron".

El les dijo: "¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado". Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado.

Se dijeron uno a otro: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la Primera Lectura vemos a un Pedro valiente y transformado por el Espíritu Santo que - tras su discurso - produce el bautismo de tres mil personas. ¡Esto es un milagro portentoso! Muchos de los oyentes han conocido y visto a Jesús. Lo han visto morir crucificado. Y dice: “A este Jesús, lo resucitó Dios y todos nosotros somos testigos de ello” (Primera Lectura). Ésta es la piedra sobre la cual se funda la fe de la Iglesia naciente y también la nuestra. El Evangelio nos muestra como los discípulos de Emaús van entendiendo poco a poco que «era necesario que el Mesías sufriese y así entrase en su gloria». En el fondo los dos discípulos de Emaús experimentaban una enorme desazón ya que para ellos también «no era posible que la muerte retuviera a Jesús bajo su dominio». Pero quien se va abriendo al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús está llamado a vivir una vida nueva como nos dice San Pedro en su Primera Carta (Segunda Lectura) ya que se da cuenta de que ha sido rescatado no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Jesucristo.


«Las cosas que han sucedido en Jerusalén estos días...»

La lectura de hoy es una de las páginas más hermosas del Evangelio. Se abre sugiriendo la gran desilusión de los discípulos ante la crucifixión y muerte de Jesús: dos de ellos, abandonada toda esperanza, abandonaban también Jerusalén y se dirigían a un pueblo llamado Emaús que distaba unos 11 km de Jerusalén. Van discutiendo «las cosas que esos días han pasado en Jerusalén». Mientras caminaban el mismo Jesús se agregó a ellos en el camino que van «con aire entristecido»1. El lector sabe que este desconocido es Jesús; pero, respecto de los discípulos, el Evangelio observa: «Sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran». Aunque habían sido discípulos suyos, lo habían seguido y habían puesto en Él la esperanza de la liberación de Israel, ahora, después de sólo tres días, ¡ya no lo reconocen! Es interesante subrayar que el Evangelio quiere así insistir en que el reconocimiento de Jesús resucitado no es una mera verificación empírica, sino un hecho de fe que se suscita por la lectura atenta de la Palabra de Dios y por la «fracción del pan».

El desconocido quiere saber cómo interpretaban los discípulos «las cosas que han sucedido en Jerusalén». Y recibe esta respuesta: «Jesús el Nazareno fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo... Nosotros esperábamos que sería Él quien iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó...», ¡y nada de lo que ellos esperaban había sucedido! En el fondo parecía repetirse el caso de otros falsos liberadores, tal como los describe el sabio Gamaliel: «Hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que lo seguían se disgregaron y quedaron en nada. Después de éste, en los días del empadronamiento, se levantó Judas el Galileo, que arrastró el pueblo en pos de sí; también éste pereció y todos los que lo habían seguido se dispersaron» (Hch 5,36-37). Lo de Jesús el Nazareno amenazaba con acabar en lo mismo, tanto que los que lo habían seguido se estaban dispersando: sin esperanza se alejaban pesarosos de Jerusalén. Más aún ni siquiera habían creído en el testimonio de las mujeres, ni de Pedro que «ve los lienzos y vuelve a la casa asombrado por lo sucedido» (Lc 24,12) después de haber estado en el sepulcro.


¡Oh insensatos y tardos de corazón...!

Los discípulos no estaban entendiendo el acontecimiento más extraordinario de Jesús, porque eran «insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas» y habían confiado en Él como en un caudillo humano que los liberaría del poder temporal a que estaba sometido Israel. Es decir, estaban cayendo en la tentación de verlo, con ojos humanos, como un líder carismático o quizás, como un líder político. Sin embargo, Jesús había sido presentado como «el que liberará a su pueblo del pecado» (Mt 1,21), que es la causa de todas las esclavitudes. Y para vencer el pecado y sus secuelas de esclavitud y muerte, «¿no era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en la gloria?». Así estaba escrito y Jesús no hace sino ir explicándoles, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, lo que ellos no querían aceptar.

El Antiguo Testamento, al cual se refiere la expresión: «Moisés y los profetas», será el camino por el cual Jesús conducirá a sus seguidores a creer en Él. Lo había dicho Jesús en una severa advertencia: «Si no escuchan a Moisés y los profetas, no se convertirán ni aunque resucite un muerto» (Lc 16,31). Por eso interesaba menos que los discípulos reconocieran a Jesús en el camino: lo que interesaba es que comprendieran que su muerte era parte del Plan salvífico anunciado por Dios, es decir, que «era necesario que padeciera eso y entrara así en su gloria». Y así lo estaban comprendiendo, pues sentían que «les ardía el corazón dentro del pecho cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras».


Pedro también apela a la Escritura

Esta es la aproximación de San Pedro en su primer discurso misionero después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Primera Lectura). En apoyo a la Resurrección de Jesús cita el Salmo 16, 8-11 referido al Mesías, al descendiente de David, y lo aplica a Jesús a quien Dios resucitó de la muerte. En las primeras comunidades y en los escritos que ellos nos legaron fue éste un lugar clásico para probar la glorificación de Cristo resucitado; igual que los poemas de Isaías sobre el Siervo de Yahveh lo eran para dejar constancia del anuncio previo de su Pasión y Muerte.


«Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron»

Volviendo al pasaje de Emaús leemos: que sus ojos se abrieron y lo reconocieron «cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando». Es el gesto que ellos citan expresamente cuando refieren el hecho a los apóstoles: «Contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían conocido en la fracción del pan». Ya no tenían dudas. Se han convertido radicalmente por el contacto con la Palabra y la Eucaristía. En lugar del abatimiento y la tristeza que los llevaba a alejarse de Jerusalén, están ahora llenos de gozo que les hace arder el corazón y vuelven corriendo a Jerusalén.


Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de hoy, ambientado en el día de Pascua, cuenta el famoso episodio de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Es una historia que comienza y termina en el camino…Los dos caminos diferentes de esos primeros discípulos nos dicen a nosotros, discípulos de Jesús hoy, que en la vida tenemos por delante dos direcciones opuestas; está el camino de quien como aquellos a la ida se dejan paralizar por las desilusiones de la vida y van adelante tristes; y está el camino de aquellos que no se ponen a sí mismos y sus problemas en primer lugar, sino a Jesús que nos visita, y a los hermanos que esperan su visita y esperan que nosotros cuidemos de ellos. Este es el punto de inflexión: dejar de orbitar alrededor del propio yo, de las decepciones del pasado, de los ideales incumplidos, también de las cosas feas, nosotros estamos acostumbrados a orbitar, orbitar, hay que dejar eso e ir adelante mirando la realidad más grande y verdadera de la vida: Jesús está vivo y me ama y yo puedo hacer algo por los demás. El cambio de marcha es este: pasar de los pensamientos sobre mi yo a la realidad de mi Dios; pasar – con otro juego de palabras – de los “si” al “si”. Del “sí” al «si», ¿qué significa? si nos hubiera liberado, si Dios me hubiera escuchado, “Si la vida hubiera seguido mi camino, si tuviera esto y aquello… Una serie de lamentos que no son fecundos, no ayudan. He aquí nuestros “si”, similares a los de los dos discípulos. Pero pasan al sí: “Sí, el Señor está vivo, camina con nosotros. Sí, ahora, no mañana, sí, nos ponemos en camino para anunciarlo”.


Yo puedo hacer esto para que la gente sea más feliz, para que la gente mejore, para ayudar a tanta gente, sí, sí. Del “sí” al “si”. Del lamento a la alegría y a la paz. Porque cuando nosotros nos lamentamos no estamos en la alegría, estamos en un gris, ese aire gris de la tristeza y esto no ayuda, ni siquiera nos hace crecer bien. Del “si” al “sí”. Del lamento a la alegría del servicio. Este cambio de ritmo, del yo a Dios, de si a si, ¿cómo sucedió? Les sucedió a los discípulos encontrando a Jesús: los dos de Emaús, primero le abren su corazón; luego le escuchan explicar las Escrituras; y después le invitan a casa. Hay tres pasos que nosotros también podemos realizar en nuestros hogares: primero, abrir nuestros corazones a Jesús, confiándole las cargas, las dificultades, las decepciones de la vida; después el segundo paso, escuchar a Jesús, tomando en sus manos el Evangelio, lea este pasaje hoy en el capítulo veinticuatro del Evangelio de Lucas; tercero, rezar a Jesús, con las mismas palabras que aquellos discípulos: “Señor, quédate con nosotros”. (v. 29): “Señor, quédate conmigo”. “Señor, quédate con todos nosotros, porque te necesitamos para encontrar el camino y sin ti está la noche”».


Papa Francisco. Regina Coeli 26 abril 2020



Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana
1. Leamos y meditemos con calma el relato de los peregrinos de Emaús. ¿Leo con frecuencia las Sagradas Escrituras? Hagamos el esfuerzo de acercarnos al Señor desde las Escrituras.

2. San Pedro en su carta nos exhorta a llevar en serio nuestra fe ya que hemos sido rescatados a precio de sangre. ¿Soy coherente con mis compromisos bautismales?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 712-716. 863-865.
1La palabra en griego utilizada por Lucas es «skuthropoi» que quiere decir: triste de aspecto, semblante sombrío.