lunes, 27 de abril de 2020

Domingo de la Semana 3ª de Pascua. Ciclo A – 26 de abril de 2020

«¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!»


Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14.22-33

«Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: "Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: 22"Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio; porque dice de él David: Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha, para que no vacile. Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua, y hasta mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción. Me has hecho conocer caminos de vida, me llenarás de gozo con tu rostro.

"Hermanos, permitidme que os diga con toda libertad cómo el patriarca David murió y fue sepultado y su tumba permanece entre nosotros hasta el presente. Pero como él era profeta y sabía que Dios le había asegurado con juramento que se sentaría en su trono un descendiente de su sangre, vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción. A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís.»


Lectura de la Primera carta de San Pedro 1,17-21

«Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro, sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros; los que por medio de él creéis en Dios, que le ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza estén en Dios».


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24,13-35

«Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: "¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?" Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: "¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?" El les dijo: "¿Qué cosas?"

Ellos le dijeron: "Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron".

El les dijo: "¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado". Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado.

Se dijeron uno a otro: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la Primera Lectura vemos a un Pedro valiente y transformado por el Espíritu Santo que - tras su discurso - produce el bautismo de tres mil personas. ¡Esto es un milagro portentoso! Muchos de los oyentes han conocido y visto a Jesús. Lo han visto morir crucificado. Y dice: “A este Jesús, lo resucitó Dios y todos nosotros somos testigos de ello” (Primera Lectura). Ésta es la piedra sobre la cual se funda la fe de la Iglesia naciente y también la nuestra. El Evangelio nos muestra como los discípulos de Emaús van entendiendo poco a poco que «era necesario que el Mesías sufriese y así entrase en su gloria». En el fondo los dos discípulos de Emaús experimentaban una enorme desazón ya que para ellos también «no era posible que la muerte retuviera a Jesús bajo su dominio». Pero quien se va abriendo al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús está llamado a vivir una vida nueva como nos dice San Pedro en su Primera Carta (Segunda Lectura) ya que se da cuenta de que ha sido rescatado no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Jesucristo.


«Las cosas que han sucedido en Jerusalén estos días...»

La lectura de hoy es una de las páginas más hermosas del Evangelio. Se abre sugiriendo la gran desilusión de los discípulos ante la crucifixión y muerte de Jesús: dos de ellos, abandonada toda esperanza, abandonaban también Jerusalén y se dirigían a un pueblo llamado Emaús que distaba unos 11 km de Jerusalén. Van discutiendo «las cosas que esos días han pasado en Jerusalén». Mientras caminaban el mismo Jesús se agregó a ellos en el camino que van «con aire entristecido»1. El lector sabe que este desconocido es Jesús; pero, respecto de los discípulos, el Evangelio observa: «Sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran». Aunque habían sido discípulos suyos, lo habían seguido y habían puesto en Él la esperanza de la liberación de Israel, ahora, después de sólo tres días, ¡ya no lo reconocen! Es interesante subrayar que el Evangelio quiere así insistir en que el reconocimiento de Jesús resucitado no es una mera verificación empírica, sino un hecho de fe que se suscita por la lectura atenta de la Palabra de Dios y por la «fracción del pan».

El desconocido quiere saber cómo interpretaban los discípulos «las cosas que han sucedido en Jerusalén». Y recibe esta respuesta: «Jesús el Nazareno fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo... Nosotros esperábamos que sería Él quien iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó...», ¡y nada de lo que ellos esperaban había sucedido! En el fondo parecía repetirse el caso de otros falsos liberadores, tal como los describe el sabio Gamaliel: «Hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que lo seguían se disgregaron y quedaron en nada. Después de éste, en los días del empadronamiento, se levantó Judas el Galileo, que arrastró el pueblo en pos de sí; también éste pereció y todos los que lo habían seguido se dispersaron» (Hch 5,36-37). Lo de Jesús el Nazareno amenazaba con acabar en lo mismo, tanto que los que lo habían seguido se estaban dispersando: sin esperanza se alejaban pesarosos de Jerusalén. Más aún ni siquiera habían creído en el testimonio de las mujeres, ni de Pedro que «ve los lienzos y vuelve a la casa asombrado por lo sucedido» (Lc 24,12) después de haber estado en el sepulcro.


¡Oh insensatos y tardos de corazón...!

Los discípulos no estaban entendiendo el acontecimiento más extraordinario de Jesús, porque eran «insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas» y habían confiado en Él como en un caudillo humano que los liberaría del poder temporal a que estaba sometido Israel. Es decir, estaban cayendo en la tentación de verlo, con ojos humanos, como un líder carismático o quizás, como un líder político. Sin embargo, Jesús había sido presentado como «el que liberará a su pueblo del pecado» (Mt 1,21), que es la causa de todas las esclavitudes. Y para vencer el pecado y sus secuelas de esclavitud y muerte, «¿no era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en la gloria?». Así estaba escrito y Jesús no hace sino ir explicándoles, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, lo que ellos no querían aceptar.

El Antiguo Testamento, al cual se refiere la expresión: «Moisés y los profetas», será el camino por el cual Jesús conducirá a sus seguidores a creer en Él. Lo había dicho Jesús en una severa advertencia: «Si no escuchan a Moisés y los profetas, no se convertirán ni aunque resucite un muerto» (Lc 16,31). Por eso interesaba menos que los discípulos reconocieran a Jesús en el camino: lo que interesaba es que comprendieran que su muerte era parte del Plan salvífico anunciado por Dios, es decir, que «era necesario que padeciera eso y entrara así en su gloria». Y así lo estaban comprendiendo, pues sentían que «les ardía el corazón dentro del pecho cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras».


Pedro también apela a la Escritura

Esta es la aproximación de San Pedro en su primer discurso misionero después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Primera Lectura). En apoyo a la Resurrección de Jesús cita el Salmo 16, 8-11 referido al Mesías, al descendiente de David, y lo aplica a Jesús a quien Dios resucitó de la muerte. En las primeras comunidades y en los escritos que ellos nos legaron fue éste un lugar clásico para probar la glorificación de Cristo resucitado; igual que los poemas de Isaías sobre el Siervo de Yahveh lo eran para dejar constancia del anuncio previo de su Pasión y Muerte.


«Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron»

Volviendo al pasaje de Emaús leemos: que sus ojos se abrieron y lo reconocieron «cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando». Es el gesto que ellos citan expresamente cuando refieren el hecho a los apóstoles: «Contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían conocido en la fracción del pan». Ya no tenían dudas. Se han convertido radicalmente por el contacto con la Palabra y la Eucaristía. En lugar del abatimiento y la tristeza que los llevaba a alejarse de Jerusalén, están ahora llenos de gozo que les hace arder el corazón y vuelven corriendo a Jerusalén.


Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de hoy, ambientado en el día de Pascua, cuenta el famoso episodio de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Es una historia que comienza y termina en el camino…Los dos caminos diferentes de esos primeros discípulos nos dicen a nosotros, discípulos de Jesús hoy, que en la vida tenemos por delante dos direcciones opuestas; está el camino de quien como aquellos a la ida se dejan paralizar por las desilusiones de la vida y van adelante tristes; y está el camino de aquellos que no se ponen a sí mismos y sus problemas en primer lugar, sino a Jesús que nos visita, y a los hermanos que esperan su visita y esperan que nosotros cuidemos de ellos. Este es el punto de inflexión: dejar de orbitar alrededor del propio yo, de las decepciones del pasado, de los ideales incumplidos, también de las cosas feas, nosotros estamos acostumbrados a orbitar, orbitar, hay que dejar eso e ir adelante mirando la realidad más grande y verdadera de la vida: Jesús está vivo y me ama y yo puedo hacer algo por los demás. El cambio de marcha es este: pasar de los pensamientos sobre mi yo a la realidad de mi Dios; pasar – con otro juego de palabras – de los “si” al “si”. Del “sí” al «si», ¿qué significa? si nos hubiera liberado, si Dios me hubiera escuchado, “Si la vida hubiera seguido mi camino, si tuviera esto y aquello… Una serie de lamentos que no son fecundos, no ayudan. He aquí nuestros “si”, similares a los de los dos discípulos. Pero pasan al sí: “Sí, el Señor está vivo, camina con nosotros. Sí, ahora, no mañana, sí, nos ponemos en camino para anunciarlo”.


Yo puedo hacer esto para que la gente sea más feliz, para que la gente mejore, para ayudar a tanta gente, sí, sí. Del “sí” al “si”. Del lamento a la alegría y a la paz. Porque cuando nosotros nos lamentamos no estamos en la alegría, estamos en un gris, ese aire gris de la tristeza y esto no ayuda, ni siquiera nos hace crecer bien. Del “si” al “sí”. Del lamento a la alegría del servicio. Este cambio de ritmo, del yo a Dios, de si a si, ¿cómo sucedió? Les sucedió a los discípulos encontrando a Jesús: los dos de Emaús, primero le abren su corazón; luego le escuchan explicar las Escrituras; y después le invitan a casa. Hay tres pasos que nosotros también podemos realizar en nuestros hogares: primero, abrir nuestros corazones a Jesús, confiándole las cargas, las dificultades, las decepciones de la vida; después el segundo paso, escuchar a Jesús, tomando en sus manos el Evangelio, lea este pasaje hoy en el capítulo veinticuatro del Evangelio de Lucas; tercero, rezar a Jesús, con las mismas palabras que aquellos discípulos: “Señor, quédate con nosotros”. (v. 29): “Señor, quédate conmigo”. “Señor, quédate con todos nosotros, porque te necesitamos para encontrar el camino y sin ti está la noche”».


Papa Francisco. Regina Coeli 26 abril 2020



Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana
1. Leamos y meditemos con calma el relato de los peregrinos de Emaús. ¿Leo con frecuencia las Sagradas Escrituras? Hagamos el esfuerzo de acercarnos al Señor desde las Escrituras.

2. San Pedro en su carta nos exhorta a llevar en serio nuestra fe ya que hemos sido rescatados a precio de sangre. ¿Soy coherente con mis compromisos bautismales?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 712-716. 863-865.
1La palabra en griego utilizada por Lucas es «skuthropoi» que quiere decir: triste de aspecto, semblante sombrío.