«Sí, como dices, soy Rey»
Lectura
del libro de
«Yo
seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del
cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a
su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos,
naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca
pasará, y su reino no será destruido jamás».
Lectura
del libro del Apocalipsis 1, 5-8
«Y
de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los
muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha
lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de
Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los
siglos de los siglos. Amén. Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de
Lectura
del Santo Evangelio según San Juan 18, 33b- 37
«Entonces
Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey
de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te
lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los
sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» Respondió Jesús: «Mi
Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría
combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de
aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí,
como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo:
para dar testimonio de
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Con la solemnidad de Jesucristo Rey del universo
concluye nuestro año litúrgico. Así esta celebración, que exalta a Cristo como
Señor del tiempo y del espacio es una recapitulación de todo el misterio
cristiano que durante el año hemos contemplado y celebrado, en sus distintos
aspectos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, tiempo ordinario y solemnidades
especiales. En este día, como punto culminante del año, contemplamos a
Jesucristo en su condición de Rey de reyes, y Señor de señores. Esta realeza
ya la vemos prefigurada
en el texto del profeta
«Un hijo de hombre»
La lectura del profeta
La segunda parte de la visión es muy
importante ya que hace referencia a «alguien semejante a un Hijo de hombre
(que) viene entre las nubes del cielo». El origen y la actividad de este
misterioso personaje es trascendente (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1;
Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el Anciano, recibe un reino eterno cuyo
dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que
surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara así como las
acciones del Anciano en relación a ambos: uno es arrojado al fuego, el otro es
eternamente bendecido. Esta sección del sueño de
«Yo soy el Alfa y la Omega»
El libro del Apocalipsis de San Juan se inicia con un diálogo
litúrgico entre el lector y la comunidad cristiana. Bajo la mención de las
siete iglesias de Asia es preciso considerar la universalidad de la Iglesia,
aquí vista idealmente en el simbólico número de siete, que indica plenitud. A
toda la Iglesia cristiana, pues, se dirige este saludo. En el saludo inicial
podemos distinguir el misterio de Dios, como Trinidad Santa. Dios Padre es
considerado como «El que es, El que era y El que está a punto de llegar»; es decir es el Dueño y Señor de
La comunidad cristiana
responde agradecida por el sacrificio
«¿Eres
tú el Rey de los judíos?»
El Evangelio de hoy contiene una clara afirmación de la realeza de Jesús: «Yo soy rey». Todo va conduciendo hacia esta afirmación que, podemos decir, constituye la conclusión del diálogo con Poncio Pilato. Es interesante analizar detenidamente el movimiento de dicho diálogo y las circunstancias en que se produce. Jesús había sido considerado reo de muerte por los judíos y había sido llevado a Pilato para que él, en su calidad de gobernador romano de la Judea, dictara la sentencia de muerte. Los romanos habían privado al tribunal máximo judío - el Sanedrín - del poder de dar la muerte a un condenado y esta sentencia se reservaba al gobernador romano, tal como reconocen los mismos judíos: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie» (Jn 18,31). Cuando Pilato sale fuera y pregunta la causa de la acusación, los judíos responden: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado» (Jn 18,30).
Jesús es entregado como un malhechor, pero Pilato en ningún momento sabe cuál es el motivo por el cual quieren crucificarlo. Aquí es donde comienza el diálogo que nos transmite el Evangelio de hoy. Pilato pregunta a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». La pregunta es extraña, dada la situación ya que Jesús no tenía poder humano y no representaba ningún peligro para el enorme poder romano. Ahora, tampoco los judíos lo habían condenado por esto. Más adelante ellos mismos van a decir: «Debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7) y no: «porque se tiene por Rey de los judíos». El decir «Rey de los judíos» hacía directa referencia a un cargo político ya que era el título que Roma había dado al sanguinario de Herodes que era morbosamente celoso de su poder. Ya sabemos lo que hizo cuando, nacido Jesús en Belén de Judea, llegaron unos magos de oriente y preguntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2). Un judío habría formulado la pregunta de Pilato de la siguiente manera: «¿Eres tú el Cristo, el Mesías, el Hijo del Bendito?» (Mc 14,61. Ver Mt 26, 63).
Jesús habría podido responder inmediatamente a Pilato para tranquilizarlo: «Mi reino no es de este mundo». Pero sin embargo quiere informarse, quién está al origen de esta pregunta: «¿Dices esto por tu cuenta o es que otros te lo han dicho de mí?» La expresión «Rey de los judíos», usada por Pilato, induce a pensar que él lo dijera por su cuenta, pues un judío no se hubiese expresado así. Pero declararse «Rey de los judíos» era un atentado contra el poder romano; ante un poder totalitario como el de Roma, habría sido causa suficiente de muerte. Pilato no era tan ingenuo como para pensar que Jesús pudiera representar un peligro en este sentido. Por eso responde: «¿Es que soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Es como decir: «No soy yo el que lo dice; los tuyos lo han dicho de ti». Ya sabemos por qué los sumos sacerdotes piden su muerte: es por un motivo religioso; no tiene nada que ver con el poder de este mundo. También Pilato sabe que han entregado a Jesús no por declararse «Rey». Por eso pregunta: «¿Qué has hecho?».
«Mi
Reino no es de este mundo»
Ahora Jesús responde a la pregunta original acerca
de su realeza. Esta respuesta está dirigida a Pilato y también a su pueblo y a
los sumos sacerdotes, que con mentira han referido eso acerca de Él: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino
fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a
los judíos; pero mi Reino no es de aquí». Pilato, que pensaba haber dicho
algo absurdo, cuando preguntó: «¿Eres tú
el Rey de los judíos?», se encuentra con una respuesta afirmativa de
Jesús. Pilato no puede creer lo que está oyendo e incrédulo pregunta: «¿Luego, tú eres Rey?». Y aquí tenemos
la culminación de la escena: «Sí, como
dices, soy Rey». Pero Jesús aclara en qué sentido: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo para dar
testimonio de
Tal vez ningún episodio evangélico nos enseña tanto
sobre
Una
palabra del Santo Padre:
«En este último domingo del año litúrgico celebramos la Solemnidad de Cristo Rey del universo. La suya es una realeza de guía, de servicio, y también una realeza que al final de los tiempos se afirmará como juicio. Hoy tenemos ante nosotros a Cristo como rey, pastor y juez, que muestra los criterios de pertenencia al Reino de Dios. Estos son los criterios. La página evangélica se abre con una visión grandiosa. Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, dice: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso» (Mt 25,31). Se trata de la introducción solemne de la narración del juicio universal. Después de haber vivido la existencia terrena en humildad y pobreza, Jesús se presenta ahora en la gloria divina que le pertenece, rodeado del ejército angélico. La humanidad entera es convocada ante Él y Él ejercita su autoridad separando los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras.
A quienes ha puesto a su derecha dice: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver» (vv. 34-36). Los justos se quedarán sorprendidos, porque no recuerdan jamás de haber encontrado a Jesús, y mucho menos de haberlo ayudado de ese modo; pero Él dirá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (v. 40). Esta palabra no termina nunca de sorprendernos, porque nos revela hasta qué punto llega el amor de Dios: hasta el punto de identificarse con nosotros, pero no cuando estamos bien, cuando estamos sanos y felices, no, sino cuando estamos en la necesidad. Y de este modo escondido Él se deja encontrar, nos extiende la mano como un mendigo. Así Jesús revela el criterio decisivo de su juicio, es decir, el amor concreto por el prójimo en dificultad. Y así se revela el poder del amor, la majestad de Dios: solidario con quien sufre para suscitar en todas partes actitudes y obras de misericordia».
Papa
Francisco. Ángelus dominical del 26 de noviembre 2017
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿Tengo conciencia que el Reino que Jesús no es de este mundo? Para mí, ¿cuáles son los valores del Reino de Dios?
2. La lectura del Apocalipsis me recuerda mi vocación: estoy llamado a ser de Jesús. ¿Vivo de acuerdo a mi llamado?
3.
Leamos en el Catecismo de
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