«Vio y creyó»
«Entonces Pedro
tomó la palabra y dijo: "Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea,
comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús
de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo
el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con
él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y
en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le
resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el
pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que
comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos.
Y nos mandó que predicásemos al Pueblo,
y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y
muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en
él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados".»
Lectura de la carta de San Pablo a los
Colosenses 3,1-4
«Así pues, si habéis resucitado con
Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis
muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo,
vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.»
Lectura
del Santo Evangelio según San Juan 20,1-9
«El primer día de la semana va María
Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra
quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro
discípulo a quien Jesús quería y les dice: "Se han llevado del sepulcro al
Señor, y no sabemos dónde le han puesto". Salieron Pedro y el otro
discípulo, y se encaminaron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro
discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro.
5Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró. Llega
también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve los lienzos en el
suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos, sino plegado
en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había
llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían
comprendido que según la
Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.»
Pautas para la reflexión personal
El nexo entre las lecturas
«¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!» Éste es el grito de
alegría que ha resonado en todo el mundo católico. Ésta es una afirmación de
fe. Quiere decir que concita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella
toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostración
empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es
un don de Dios. Se cree en ella porque Dios lo concede.
Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto
puede ser visto menos claramente que en las verdades científicas, se ve con certeza
infinitamente mayor. El objeto propio de la inteligencia del hombre es la
verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cualquier dominio que sea,
experimenta gozo. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiritual.
Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los
seres espirituales. El proceso por el cual Dios gratuitamente infunde las verdades
de fe en la inteligencia del hombre se llama «revelación». Y, sin embargo, también
suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve.
Y esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy. El
discípulo amado: «vio y creyó». El sepulcro vacío y los lienzos mortuorios son
para los discípulos el inicio de una apertura al don de la gracia sobrenatural
que los conduce a la fe plena en Cristo Resucitado. En el Salmo responsorial 117 recordamos: «Éste es el día en el que actuó el Señor».
Es el día en que el Señor manifestó su poder venciendo a la muerte y por eso
también estamos alegres. En su discurso en la casa de Cornelio, Pedro proclama
la misión encomendada: anunciar y predicar la Resurrección de
Jesucristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han
comido y bebido con Él (Primera Lectura). San Pablo en su carta a los
Colosenses, subraya la vocación de todo cristiano: «aspirad las cosas de
arriba». El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él
a una vida nueva (Segunda Lectura).
«Se han llevado del sepulcro al Señor...»
El Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena,
la misma que hasta el final había estado al pie de la cruz, yendo al sepulcro
de Jesús muy de madrugada, el primer día de la semana. Ella había
visto crucificar a Jesús, lo había visto morir, había visto retirar su cuerpo
de la cruz, había ayudado a prestarle los cuidados que se daba a los difuntos «conforme a la costumbre judía de sepultar»
(Jn 19,40). Todo esto ocurrió el
viernes. El sábado, el séptimo día de la semana, era día de estricto reposo:
también en este día reposó Jesús en el sepulcro. Pero al alba del primer día
de la semana, el Domingo, apenas se pudo, se dirige María Magdalena junto con «las mujeres que habían venido con Él desde
Galilea» (Lc 23,55) al sepulcro.
Esta premura de la Magdalena es expresión
del amor intenso que nutría por su Señor. Pero a la distancia ve el sepulcro
abierto. Lo primero que piensa es que alguien ha profanado la tumba del Señor.
Pero ¡a esas horas de la mañana! No podía ser sino con mala intención. Este hecho puede tener sin dudas muchas
interpretaciones; pero ella, sin verificar nada, corre donde Simón Pedro y el
discípulo amado y les dice: «Se han
llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Esta
noticia fue suficiente para que Pedro y el otro discípulo corrieran a verificar
lo ocurrido. No era ésta una «buena noticia»
como será la que les dará más tarde después que ella vio a Jesús vivo: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos:
‘He visto al Señor’» (Jn 20,18).
«Salieron corriendo Pedro
y el otro discípulo…»
Lo que sigue es el relato de un testigo presencial.
Los que recibieron la noticia alarmante, como ya hemos mencionado, son Simón
Pedro y «el otro discípulo a quien Jesús
quería». «El otro discípulo (Juan)
corrió por delante, más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». ¿Qué vieron Pedro y el discípulo amado en el sepulcro?
Vieron los signos evidentes de que el cuerpo de Jesús, dondequiera que se
encontrara, no estaba más entre los lienzos mortuorios. En efecto, «ve los lienzos que yacen puestos, y el
sudario que cubrió su cabeza, no puesto con los lienzos, sino como
permaneciendo enrollado en el mismo lugar».
En primer lugar, Juan, desde afuera, «ve
que yacen puestos los lienzos». Pedro, una vez que «entra» en el sepulcro, ya no ve sólo que yacen puestos los lienzos
y «contempla» todo el conjunto y ve
los lienzos (la sábana que envolvió el cuerpo, las vendas que lo sujetaban y el
sudario que cubrió la cabeza) que «yacen puestos» en idéntico lugar y posición
en que habían sido dejados el viernes por la tarde. Inmediatamente Juan hace lo
mismo.
Pero llama inmediatamente la atención que no dice
nada acerca de lo más importante. ¿Qué
pasó con el cuerpo del amado Jesús? Ciertamente no está entre lo visto. ¿Por
qué no concluyen de esta ausencia, lo mismo que María Magdalena: «se han llevado
del sepulcro al Señor»? El discípulo amado comunica entonces su propia
experiencia con dos importantes palabras: «Vio
y creyó». De esta expresión podría parecer que la verdad que captó su
inteligencia es proporcional a lo que vio empíricamente, como ocurre con las
verdades naturales y científicas. No es así, porque en ese caso habría dicho:
«Vio y verificó», o bien: «Vio y comprobó». Dice: «Vio y creyó», porque la verdad que le fue dado captar es
infinitamente superior a los lienzos colocados en la misma posición que los dejó
el viernes de la Pasión. Lo
explica él mismo cuando dice que: «Hasta
entonces no habían comprendido que Jesús había de resucitar de entre los
muertos».
Hasta ese momento reconoce que no había comprendido; pero desde ese instante
eso es lo que él comprendió y creyó. Por primera vez se pronuncia la frase «resucitar de entre los muertos»
aplicada a Jesús. Ésta es la certeza que se abrió camino en la mente del
discípulo amado. Creyó que, si Jesús no estaba en el sepulcro, era porque había
resucitado; creyó sin haberlo visto, viendo solamente los lienzos. Vio un hecho de experiencia sensible, pero
creyó en un hecho sobrenatural. Por
eso a este discípulo se aplica la bienaventuranza que Jesús dice a Tomás: «Bienaventurados los que no han visto y han
creído» (Jn 20,29). Es como si felicitara al discípulo amado, que es el
único entre los apóstoles que está en ese caso. La certeza: «¡Cristo
resucitó!», que entonces nació en él, es un don de Dios. Esta certeza fue
tan firme que transformó su vida y no
vaciló en morir por ella.
Ninguna experiencia visible puede ser suficiente
para explicar la resurrección de Cristo. Ésta, no obstante ser un hecho histórico,
permanece como un misterio de la
fe. La fe es un don sobrenatural que consiste en apoyar toda
la existencia en una verdad que ha sido revelada (manifestada) por Dios. De
este tipo es la verdad que proclama y celebra hoy el mundo cristiano, a saber,
la resurrección de Cristo de entre los muertos. Los apóstoles vieron a Cristo
resucitado y afirman: «Dios lo resucitó
al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse... a nosotros que comimos
y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos» (Hechos
10,40-41).
Por tanto, la resurrección de Jesucristo es un
hecho histórico comprobado por testigos oculares, pero permanece un hecho
trascendente que sobrepasa la historia. La resurrección de Cristo consistió en
recobrar una vida superior a esta vida nuestra terrena, una vida que glorificó
su cuerpo de manera que ya no sufre el dolor ni la muerte ni la corrupción y no
está sujeto a ninguna de las limitaciones de espacio y tiempo que nos afectan a
nosotros. Así existe Cristo hoy como verdadero Dios y verdadero Hombre, sentado
a la derecha del Padre con su cuerpo glorioso, y así se nos da como alimento de
vida eterna en la Eucaristía. Ésta es una verdad de fe que va más allá de la
visión de su cuerpo resucitado
«Nosotros somos testigos de todo lo que
hizo»
El discurso kerigmático que Pedro
realiza en la casa del capitán (centurión) romano Cornelio que luego bautizará
después de una clara intervención del Espíritu Santo, constituye un momento
crucial en el cumplimiento del mandato universal de la Iglesia. «Nosotros somos testigos de todo lo que
hizo...» dice Pedro en su discurso dejando por sentado la plena
historicidad de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es lo mismo que nos
dice San Lucas cuando fundamenta sus fuentes: «tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron
testigos oculares y servidores de la
Palabra » (Lc 1,2). La
conversión de este «temeroso de Dios[1]» se destaca
repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles (Hch 11,1-8; 15,7.14). Las
visiones simultáneas tanto de Cornelio como de Pedro y los fenómenos
pentecostales que la acompañaran; hicieron de manifiesto que Dios había quitado
la pared divisoria entre gentiles y judíos (ver Ef 2,14 -16). La conversión de
Cornelio asentó el precedente para resolver la complicada cuestión de la
relación entre judíos y gentiles que quedará aclarada en el Concilio de
Jerusalén (ver Hech 15,7-11).
«Aspirad las cosas de arriba...»
En este breve texto San Pablo coloca
como punto de partida y base sólida de la vida cristiana la unión con Cristo
resucitado, en la que nos introduce el bautismo. Éste nos hace morir al pecado
y renacer a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando
traspasemos los umbrales de esta vida mortal (1 Jn 3,1-2). Destinados a vivir
resucitados con Cristo en la gloria, nuestra vida tiene que tender hacia Él.
Ello implica despojarnos del hombre viejo por una conversión cada día más
radical y conformarnos cada día más con Jesucristo por la fe y el amor. Tenemos
que vivir con los pies bien en la tierra, pero con la mente y el corazón en el
cielo donde están los bienes definitivos y eternos.
Una
palabra del Santo Padre:
«Como en el Viernes y en
el Sábado Santo, la Iglesia
permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se
esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta
contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de
crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra
predicación y vana nuestra fe (cf. 1
Co 15,14).
La resurrección fue la
respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: «El
cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con
poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado
por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la
obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación
eterna para todos los que le obedecen» (5,7-9).
San Juan
Pablo II, Novo Millenio Ineunte, 28
1.
Estamos
llamados a ser criaturas nuevas en el Señor Resucitado y a «buscar las cosas de
arriba»: lo antiguo ya ha pasado.
Hagamos nuestras resoluciones concretas para vivir una «vida nueva» en Jesús
Resucitado.
2.
Vivamos con María la verdadera alegría
que nace de un corazón reconciliado. Recemos en familia el santo rosario.
[1] Las expresiones de «temeroso de Dios», como es llamado Cornelio (ver
Hch 10,2); designa a los que simpatizan con el Judaísmo sin llegar a integrarse
en el pueblo judío por la circuncisión.