«¡Bendito el
que viene en el nombre del Señor!»
Lectura del Santo
Evangelio según San Lucas 19, 28-40
«Y habiendo dicho esto, marchaba por
delante subiendo a Jerusalén. Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y
Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos,
diciendo: "Id al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontraréis
un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre; desatadlo y
traedlo. Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", diréis
esto: "Porque el Señor lo necesita."
Fueron, pues, los enviados y lo
encontraron como les había dicho. Cuando desataban el pollino, les dijeron los
dueños: "¿Por qué desatáis el pollino?" Ellos les contestaron:
"Porque el Señor lo necesita". Y lo trajeron donde Jesús; y echando
sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús.
Mientras él avanzaba, extendían sus
mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la
multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a
grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: “Bendito el Rey que viene en nombre del
Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Algunos de los fariseos, que
estaban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Respondió:
“Os digo que si éstos callan gritarán las piedras”.»
Lectura
del libro del profeta Isaías 50, 4-7
«El Señor
Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una
palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como
los discípulos; el Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni
me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los
que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a
los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese
insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no
quedaría avergonzado.»
Lectura de la carta de San Pablo a los
Filipenses 2, 6-11
«El cual,
siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su
porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y
muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está
sobre todo nombre. Para que al nombre de
Jesús = toda rodilla se doble = en los cielos, en la tierra y en los abismos, y
toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.»
Lectura del Santo
Evangelio según San Lucas 22, 14 -23, 56[1]
Cuando llegó la hora, se puso a la
mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado
comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más
hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» Y recibiendo una copa, dadas las
gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este
momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.» Tomó luego pan, y, dadas las gracias,
lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por
vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la
copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada
por vosotros. «Pero la mano del que me entrega está
aquí conmigo sobre la mesa. Porque el Hijo del hombre se marcha
según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!» Entonces se pusieron a discutir entre
sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello. Entre ellos hubo también un altercado
sobre quién de ellos parecía ser el mayor. El les dijo: «Los reyes de las
naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre
ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el
mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a
la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de
vosotros como el que sirve. «Vosotros sois los que habéis
perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino
para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en
mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha
solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu
fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» El dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir
contigo hasta la cárcel y la muerte.» Pero él dijo: «Te digo, Pedro: No
cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces.» Y les dijo: «Cuando os envié sin
bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.» Les dijo: «Pues ahora, el que tenga
bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y
compre una espada; porque os digo que es necesario que se
cumpla en mí esto que está escrito: "Ha sido contado entre los malhechores."
Porque lo mío toca a su fin.» Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos
espadas.» El les dijo: «Basta.» Salió y, como de costumbre, fue al
monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: «Pedid que
no caigáis en tentación.» Y se apartó de ellos como un tiro de
piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta
de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» Entonces, se le apareció un ángel
venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su
oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde
los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: «¿Cómo es que estáis
dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación.» Todavía estaba hablando, cuando se
presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se
acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso
entregas al Hijo del hombre!» Viendo los que estaban con él lo que
iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?» y uno de ellos hirió al siervo del
Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!»
Y tocando la oreja le curó. Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes
de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra
un salteador habéis salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el Templo
con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el
poder de las tinieblas.» Entonces le prendieron, se lo llevaron
y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de
lejos. Habían encendido una hoguera en medio
del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a
la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él.» Pero él lo negó: «¡Mujer, no le
conozco!» Poco después, otro, viéndole, dijo:
«Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «Hombre, no lo soy!» Pasada como una hora, otro aseguraba:
«Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo.» Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué
hablas!» Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y
recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el
gallo, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, rompió a llorar
amargamente. Los hombres que le tenían preso se
burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le
preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?» Y le insultaban diciéndole otras
muchas cosas. En cuanto se hizo de día, se reunió el
Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hiceron venir a
su Sanedrín y le dijeron: «Si tú eres el Cristo,
dínoslo.» El respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis. De ahora en adelante, el Hijo del
hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.» Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el
Hijo de Dios?» El les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos
ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?» Y levantándose todos ellos, le
llevaron ante Pilato. Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos
encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al
César y diciendo que él es Cristo Rey.» Pilato le preguntó: «¿Eres tú el Rey
de los judíos?» El le respondió: «Sí, tú lo dices.» Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a
la gente: «Ningún delito encuentro en este hombre.» Pero ellos insistían diciendo:
«Solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó,
hasta aquí.» Al oír esto, Pilato preguntó si aquel
hombre era galileo. Y, al saber que era de la jurisdicción
de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en
Jerusalén. Cuando Herodes vio a Jesús se alegró
mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él,
y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero
él no respondió nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y
los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después
de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a
Pilato. Aquel día Herodes y Pilato se hicieron
amigos, pues antes estaban enemistados. Pilato convocó a los sumos sacerdotes,
a los magistrados y al pueblo y les dijo: «Me habéis traído a este
hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de
vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le
acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha
remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. Así que le castigaré y le soltaré.» Toda la muchedumbre se puso a gritar a
una: «¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!» Este había sido encarcelado por un
motín que hubo en la ciudad y por asesinato. Pilato les habló de nuevo, intentando
librar a Jesús, pero ellos seguían gritando:
«¡Crucifícale, crucifícale!» Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué
mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así
que le castigaré y le soltaré.» Pero ellos insistían pidiendo a
grandes voces que fuera crucificado y sus gritos eran cada vez más fuertes. Pilato sentenció que se cumpliera su
demanda. Soltó, pues, al que habían pedido, el
que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su
voluntad. Cuando le llevaban, echaron mano de un
cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la
llevará detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo
y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo:
«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por
vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá:
¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no
criaron! Entonces se pondrán a decir a los
montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto,
en el seco ¿qué se hará?» Llevaban además otros dos malhechores
para ejecutarlos con él. Llegados al lugar llamado Calvario, le
crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la
izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónales,
porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando a suertes. Estaba el pueblo mirando; los
magistrados hacían muecas diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si
él es el Cristo de Dios, el Elegido.» También los soldados se burlaban de él
y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el Rey de los
judíos, ¡sálvate!» Había encima de él una inscripción:
«Este es el Rey de los judíos.» Uno de los malhechores colgados le
insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» Pero el otro le respondió diciendo:
«¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo
hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí
cuando vengas con tu Reino.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy
estarás conmigo en el Paraíso.» Era ya cerca de la hora sexta cuando,
al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por
medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo:
«Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró. Al ver el centurión lo sucedido,
glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» Y todas las gentes que habían acudido
a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho. Estaban a distancia, viendo estas
cosas, todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea. Había un hombre llamado José, miembro
del Consejo, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y
proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de
Dios. Se presentó a Pilato y le pidió el
cuerpo de Jesús y, después de descolgarle, le envolvió
en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie
había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación, y
apuntaba el sábado. Las mujeres que habían venido con él
desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su
cuerpo, y regresando, prepararon aromas y
mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El Siervo de Yahveh (Primera Lectura)
sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el
sentido del dolor. San Pablo,
en el himno cristológico de la carta a los Filipenses (Segunda Lectura), canta
a Cristo que «se despojó de su grandeza,
tomó la condición de esclavo».
En la narración de la Pasión según San
Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un
esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello le confía su
Espíritu. Su abajamiento le mereció la exaltación y la gloria de la
Resurrección.
La exaltación de los Ramos y la Pasión
están en mutua referencia aunque el primer paso suene a triunfo y el segundo a
humillación. Las lecturas de la Misa que median entre el Evangelio de los Ramos
y la lectura de la Pasión hacen como un puente que une el misterio central de
la vida de Jesús: la Redención de la humanidad.
En todo el orbe católico se celebra hoy día el Domingo
de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde había
de consumar el sacrificio de sí mismo en la cruz para salvación de todo el
género humano. Con esta celebración concluyen los cuarenta días de la Cuaresma
y se da comienzo a la
Semana Santa. Los días más santos son los del Triduo pascual:
desde el Jueves Santo en la tarde hasta el Domingo de Resurrección. En los
países de tradición cristiana se cesa del trabajo en estos días para destinarlos
a la contemplación de los misterios que nos dieron la salvación. El que
los considera simplemente un "fin de semana largo" lamentablemente no
ha entendido lo central del misterio cristiano.
La entrada mesiánica de Jesús en
Jerusalén
En el Evangelio de Lucas la entrada de Jesús en Jerusalén
adquiere una gran importancia. En efecto, desde el versículo 9,51 hasta el
capítulo 10, se nos presenta a Jesús «subiendo a Jerusalén». Cuando empezó a
moverse hacia ese destino el evangelista lo destaca así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se
afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La «asunción» de Jesús
es el conjunto de su Pasión, Muerte y Resurrección. La expresión textual dice: «endureció su rostro para dirigirse a
Jerusalén». Indica una resolución firme con un propósito deliberado. Jesús
sabía bien a qué iba a Jerusalén. Sucesivamente, el Evangelio recordará a
menudo este movimiento hacia la ciudad santa.
Gran parte de la lectura que relata la entrada en
Jerusalén se concentra sobre el hecho de que Jesús entró en la ciudad montado
en un asno. En efecto, antes de entrar, Jesús se detuvo al pie del monte de los
Olivos, que está al frente de la ciudad, y desde allí mandó a dos de sus
discípulos a Betania a buscar un asno, dándoles esta instrucción: «Encontraréis un pollino atado, sobre el
que no ha montado todavía ningún hombre: desatadlo y traedlo». Todo deja
entender que es algo que el mismo Jesús había arreglado con conocidos suyos.
Por eso bastaría decir a los dueños del asno: «El Señor lo necesita», para que lo dejaran ir. Y así ocurrió. «Y echando sus mantos sobre el pollino,
hicieron montar a Jesús». Y en esta cabalgadura entró en Jerusalén.
¿Por qué reviste tanta importancia esta circunstancia?
Es que así estaba anunciado que entraría en Jerusalén el Rey de Israel. El
profeta Zacarías lo ve ocurrir así y exclama: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén!
Ha aquí que viene a ti tu Rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un
asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Así lo quiso hacer Jesús para dejar claro que en Él se cumple eso
y «todo lo que los profetas escribieron
acerca del Hijo del hombre». La gente entendió el gesto y su significado.
Por eso al paso de Jesús montado sobre el pollino «extendían sus mantos por el camino... y llenos de alegría se pusieron
a alabar a Dios a grandes voces: '¡Bendito el Rey que viene en nombre del
Señor!».
Los fariseos al ver las aclamaciones de la gente
piensan que son excesivas y que Jesús no merece ser aclamado como Rey y
Mesías. Por eso dicen a Jesús: «Maestro,
reprende a tus discípulos». Lo hacen con su habitual falta de sinceridad,
llamándolo «Maestro», no porque adhieran a su doctrina, sino por temor a la gente. Jesús
responde: «Os digo que si éstos callan,
gritarán las piedras». Jesús, no obstante su humildad, responde reafirmando
su condición de Rey y Mesías. Por algo ha querido llegar a Jerusalén en esa
forma. Y lo hace con una frase enigmática que sólo Él podía pronunciar. En
efecto, sólo Él puede asegurar, que en la hipótesis de que la multitud callara,
gritarían las piedras. Cuando Jesús fue crucificado «estaba el pueblo mirando» (Lc 23,35), en silencio. Ya no gritan.
Ha llegado el momento de que griten las piedras. Y así fue. Cuando Jesús murió,
«tembló la tierra y las rocas se
partieron» (Mt 27,51).
La Pasión del Señor según San Lucas
El relato de la Pasión
según San Lucas, al igual que su Evangelio, está destinado a cristianos no
judíos provenientes del paganismo. Lucas relaciona los hechos de la Pasión con
el ministerio apostólico de Jesús que ha precedido, y con el tiempo de la Iglesia,
subsiguiente a la resurrección del Señor. Sabido que el relato de Lucas es el
de la misericordia y perdón. Dos de las palabras que leemos en Lucas y que son
pronunciadas por Jesús antes de morir, son de perdón y consuelo, aún en medio
de su propio dolor: «Padre, perdónales
porque no saben lo que hacen» (23,34) y «Hoy
estarás conmigo en el paraíso» (23,43) dirigidas al buen ladrón.
El Misterio de la Cruz de Cristo
En la Pasión del Señor
Jesús se cumplió el repetido anuncio sobre su muerte violenta en Jerusalén.
¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué fue de esa manera tan cruel y
violenta? La respuesta más profunda y
válida solamente Dios puede darla, pues estamos pisando el terreno insondable
del Plan amoroso de la redención realizada por Jesucristo.
Sin embargo si es
importante que entendamos que ni Dios Padre ni Jesús quisieron el sufrimiento,
la Pasión dolorosa y la muerte violenta por sí mismas pues son realidades negativas
sin valor autónomo. Eso hubiera sido un
sadismo absurdo por parte del padre y masoquismo patológico por parte de Jesús.
El valor del dolor, Pasión y Muerte de Cristo radica en el significado que
reciben desde una finalidad superior, es decir desde el Plan Reconciliador de
Dios.
Nos consta la repugnancia natural de Jesús, como hombre que era, ante los sufrimientos de su pasión, tanto físicos (torturas, flagelación, corona de espinas, crucifixión), como síquicos (traición de Judas, negaciones de Pedro, deserción de discípulos, etc.). No obstante...«no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Este es el motivo y la razón de la obediencia de Cristo; el querer del Padre que es la salvación de los hombres por el amor que le tiene.
Jesús carga la Cruz de su
Pasión por fidelidad al Padre y por su amor solidario con toda la humanidad. El valor
redentor de la Cruz viene de la realidad de que Jesús, siendo inocente, se ha
hecho, por puro amor, solidario con los culpables y así ha transformado, desde
dentro su situación. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el
sentido del sufrimiento y del dolor
productos del pecado. El mal del sufrimiento, en el misterio redentor de
Cristo, queda superado y de todos modos transformado: se convierte en la fuerza
para la liberación del mal, para la victoria del bien.
Una
palabra del Santo Padre:
«Esta
palabra nos desvela el estilo de Dios y, en consecuencia, el
que debe ser del cristiano: la humildad. Un estilo que nunca dejará
de sorprendernos y ponernos en crisis: nunca nos acostumbraremos a un Dios
humilde.
Humillarse es ante todo el estilo de
Dios: Dios se humilla para caminar con su pueblo, para soportar sus
infidelidades. Esto se aprecia bien leyendo la historia del Éxodo: ¡Qué
humillación para el Señor oír todas aquellas murmuraciones, aquellas quejas!
Estaban dirigidas contra Moisés, pero, en el fondo, iban contra él, contra su
Padre, que los había sacado de la esclavitud y los guiaba en el camino por el
desierto hasta la tierra de la libertad.
En esta
semana, la Semana Santa, que nos conduce a la Pascua,
seguiremos este camino de la humillación de Jesús. Y sólo así será “santa”
también para nosotros.
Veremos
el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acabar con él.
Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta
monedas. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por
sus discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y
ultrajado. Escucharemos cómo Pedro, la “roca” de los discípulos, lo negará tres
veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes,
pidiendo que Barrabás quede libre y que a él lo crucifiquen. Veremos cómo los
soldados se burlarán de él, vestido con un manto color púrpura y coronado de
espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz,
sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición
de Rey e Hijo de Dios.
Esta es
la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y
no hay humildad sin humillación».
Francisco.
Domingo de Ramos del 29 de marzo de 2015
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1.
No
es infrecuente escuchar lo difícil que es para las personas aceptar una
situación de dolor. ¿Por qué? No han descubierto el valor redentor del dolor.
Para el cristiano es un tesoro escondido. San Juan Pablo II ha tenido la
osadía de hablar del Evangelio del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de
Cristo, pero, junto con Él, del sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a
vivir este Evangelio en las pequeñas penas de la vida, estamos llamados a
predicarlo con sinceridad y con amor. ¿Cómo vivo esta realidad en mi vida
cotidiana?
2. ¿Cómo voy a vivir mi Semana
Santa? ¿Qué esfuerzos voy a hacer para vivir con el Señor y desde el corazón de
la Madre, los misterios centrales de mi fe?
3.
Leamos en el Catecismo de la
Iglesia Católica los numerales: 599- 623
[1] El Domingo de Ramos se lee como texto evangélico el texto íntegro de
la Pasión y Muerte de Jesucristo. Este texto varía de acuerdo al ciclo
litúrgico. En este caso leemos el Evangelio de San Lucas.