lunes, 30 de mayo de 2016

Domingo de la Semana 10ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C


«Joven, a ti te digo: levántate»


Lectura del primer libro de los Reyes 17, 17-24

«Después de estas cosas, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo, y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento. Entonces ella dijo a Elías: “¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?” Elías respondió: “Dame tu hijo”. Él lo tomó de su regazo y subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho; después clamó a Yahveh diciendo: “Yahveh, Dios mío, ¿es que también vas a hacer mal a la viuda en cuya casa me hospedo, haciendo morir a su hijo?”

 Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahveh y dijo: “Yahveh, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él”. Yahveh escucho la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: “Mira, tu hijo vive” La mujer dijo a Elías: “Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh”.»
 

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 1, 11-19

«Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres.

Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano del Señor».
 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 7, 11- 17

«Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores”. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: “Joven, a ti te digo: levántate”.

El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su pueblo”. Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina».
 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Dos escenas llenas de misericordia que revelan el corazón de Dios. Por un lado una viuda de Sarepta pide la intercesión del profeta Elías para que resucite a su hijo. Desconsolada la madre lanzará al profeta una frase que resonará a lo largo de los siglos: ¿por qué Dios me ha mandado este mal? ¿Por qué se ha llevado a mi hijo querido? (Primera Lectura).

Jesús se encontrará con una mujer en los alrededores de Naím, que llora desconsolada la muerte de su hijo. Al verla el Señor de la Vida tiene compasión de ella y le dice «no llores». Un signo mesiánico innegable del poder de Jesús es la resurrección de los muertos. Ante el hecho su fama se expandirá por toda la región. San Pablo reconoce humildemente que la Buena Nueva que predica la ha recibido directamente de Jesús pero que ha tenido que ser confirmada por Pedro y el colegio Apostólico.
 

El gran Elías

Elías es sin duda uno de los más famosos profetas de todo el Antiguo Testamento. Vivió alrededor del siglo IX A.C. en Israel y se cree que nació en Tisbé en las montañas de Galaad. Su actividad profética comienza enfrentando al rey Ajab de Israel y le anuncia tres años de sequía. Tuvo que esconderse junto al torrente de Querit, al este del río Jordán y luego en la casa de la viuda de Sarepta en Fenicia. En ambos lugares el profeta es milagrosamente alimentado: en el primero por cuervos y en el segundo mediante la milagrosa provisión de harina y aceite durante toda la sequía. Es en este contexto que sucede el milagro de dar vida al hijo de la viuda.

La acción de Elías comienza con un signo: el anuncio de una gran sequía. Entonces arrecia el hambre. Elías se refugia en territorio fenicio, en la casa de una viuda. Este gesto es muy significativo porque Ajab se había casado con Jezabel, que era fenicia. Según leemos en la Biblia Jezabel influyó mucho en el culto en Samaría, al introducir el culto a Baal[1], el dios de la lluvia. Resultaba fundamental mantener el ciclo vital de ese dios del cual dependían para vivir. Que un profeta de Yavheh anunciara una gran sequía era un duro golpe al poder efectivo de Baal.

Luego viene el desafío entre Elías y los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Estos fracasan al invocar a sus dioses y Dios envía el fuego del cielo que consume el holocausto y el altar que Elías había construido para demostrar quién era el verdadero Dios. A pesar de las señales el pueblo no se arrepiente de sus pecados y la reina Jezabel trama la muerte del profeta. Elías huye al desierto desalentado donde es alimentado y consolado por un ángel. Pasadas las guerras con Siria, e indignado por la traición conjurada por Jezabel contra Nabot; Elías vuelve a enfrentarse con Ajab y le anuncia la sentencia que Dios decretó (ver 1R 21.17-24). Finalmente luego de ungir a Eliseo como su sucesor y mientras hablan, un carro de fuego los separa. Elías sube al cielo en un torbellino y Eliseo recoge su manto (2 R 2.1-12).
 

La viuda de Naím

Un relato para conmover a cualquiera. Ha muerto un joven, hijo único de la viuda que llora amargamente su pérdida acompañada de mucha gente de la ciudad llamada Naím, al sudeste de Nazaret. La muchedumbre respondía a la mentalidad judía que irrumpía su actividad normal para enterrar a sus muertos en la tarde del día de su fallecimiento. La frase de Jesús «no llores» ya prepara la actitud siguiente, prepara el portentoso milagro de devolver la vida a alguien que ya ha fallecido. Jesús no tiene en consideración la ley acerca de las impurezas legales en relación a los difuntos[2] y toca el féretro donde yacía el joven difunto con sus ropas, ya que en ese tiempo no se usaba ataúd o caja para los entierros. Jesús toca en señal de orden para que el cortejo parase su marcha. Luego habla con el muerto y le manda que se levante. ¿Quién habla con un muerto? Un loco o un profeta. Si el muerto oye y se levanta…tenemos un gran profeta. Ya lo hemos visto en el milagro acontecido en el Antiguo Testamento. Jesús entregará, como en el caso de Elías, el joven a su madre.

El temor y la admiración de la muchedumbre son comprensibles. La conclusión es muy lógica. Dios ha visitado, se ha hecho presente en medio de su pueblo Israel por el envío de un nuevo profeta como Elías o Eliseo[3]. El hecho y el nombre de Jesús recorrerá toda la región de Palestina y sus alrededores.     
 

Un solo Evangelio

No hay más Evangelio que el que San Pablo transmite a los Gálatas. Este carácter divino de su Evangelio lo prueba ahora, recordando sus principios de cristiano. Su conversión y su formación de cristiano y apóstol ha sido obra de Dios, no de hombres. Jesucristo mismo, por su Espíritu, le ha comunicado el contenido de su predicación. Finalmente pasará quince días con Pedro no para instruirse, como observa San Jerónimo, pues había sido instruido directamente por el Autor de la predicación, sino para cambiar ideas y verse confirmado por la Cabeza de la Iglesia.       
 

Una palabra del Santo Padre:

«Por lo tanto, «cuando Dios visita a su pueblo, quiere decir que su presencia está allí de manera especial». Y, destacó el Papa Francisco recordando el episodio de Naín, «en este pasaje del Evangelio, donde se relata esta resurrección del muchacho, hijo de la madre que era viuda, el pueblo dice esta frase: Dios nos ha visitado». ¿Por qué usa precisamente esta expresión? ¿Sólo porque Jesús —se preguntó el Pontífice— «ha hecho un milagro?». En realidad, hay «más». En efecto, la cuestión fundamental es comprender «cómo visita Dios».

Dios, puso en evidencia el obispo de Roma, visita «antes que nada con su presencia, con su cercanía». En el pasaje evangélico Jesús «era cercano a la gente: un Dios cercano que logra entender el corazón de la gente, el corazón de su pueblo». Luego, relata san Lucas, «ve ese cortejo y se acerca». Por eso «Dios visita a su pueblo», está «en medio de su pueblo, acercándose». La «cercanía es el modo de Dios».

Además, observó nuevamente el Pontífice, «hay una expresión que se repite en la Biblia muchas veces: “El Señor tuvo gran compasión”». Y es precisamente «la misma compasión que, dice el Evangelio, tenía cuando vio a tanta gente como ovejas sin pastor». Es un hecho entonces que, «cuando Dios visita a su pueblo, le está cercano, se le acerca y siente compasión: se conmueve». Él «está profundamente conmovido como lo estuvo ante la tumba de Lázaro». Y conmovido como el padre, en la parábola, cuando ve volver a casa al hijo pródigo.

«Cercanía y compasión: así el Señor visita a su pueblo» reafirmó el Papa Francisco. Y «cuando queremos anunciar el Evangelio, llevar adelante la palabra de Jesús, esta es la senda». En cambio, «la otra senda es la de los maestros, de los predicadores del tiempo: los doctores de la ley, los escribas, los fariseos». Personalidades «lejanas al pueblo», que «hablaban bien, enseñaban bien la ley». Sin embargo, estaban «alejados». Y «esto no era una visita del Señor: era otra cosa». Tanto que «el pueblo no sentía esto como una gracia, porque faltaba la cercanía, faltaba la compasión, es decir, sufrir con el pueblo».

A la «cercanía» y a la «compasión» el Papa añadió «otra palabra que es propia del Señor cuando visita a su pueblo». Escribe san Lucas: «El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Él —Jesús— se lo entregó a su madre». Así que, «cuando Dios visita a su pueblo, devuelve al pueblo la esperanza. ¡Siempre!».

Al respecto el Papa Francisco hizo notar que «se puede predicar brillantemente la palabra de Dios» y «han habido en la historia tantos buenos predicadores: pero si estos predicadores no lograron sembrar esperanza, esa predicación no sirve. Es vanidad». Precisamente la imagen propuesta por el Evangelio de san Lucas, sugirió el Pontífice, puede hacernos entender a fondo «lo que significa una visita de Dios a su pueblo». Lo comprendemos «mirando a Jesús en medio de ese gran gentío; mirando a Jesús que se acerca a ese cortejo fúnebre, la madre que llora y Él que le dice “no llores”, quizás la acarició; mirando a Jesús que devolvió el hijo vivo a su mamá». Así, concluyó el Pontífice, podemos «pedir la gracia de que nuestro testimonio de cristianos traiga la visita de Dios a su pueblo, es decir, de cercanía que siembra la esperanza».

Papa Francisco. Homilía en la capilla de Santa Marta. martes 16 de septiembre de 2014

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Estamos llamados a vivir la misericordia. ¿De qué manera puedo educar a mis hijos a vivir el amor por los más necesitados? 

2. San Pablo es muy claro en su adhesión al único Evangelio del Señor. ¿Tengo yo alguna duda de fe? ¿He buscado solucionarla?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 830- 831. 849- 855.858.  



[1] Baal (poseedor o señor). Nombre usado en el Antiguo Testamento principalmente para referirse al dios de la fertilidad de los cananeos culto que se introdujo entre los hebreos (ver Nm 22.41; Jc 2.13; 6.28-32). Durante el reinado de Ajab y Jezabel se puso gran empeño en erradicar el culto a Yahveh. Cuando Elías mató a todos los profetas de Baal, no destruyó este culto. Siguió la lucha contra la tendencia de los israelitas hacia el culto a Baal y la promoción de la idolatría (ver 2Cr 21.5, 6, 11; 22.3). Con la reforma del rey Josías se eliminaron todos los vestigios de la idolatría (ver 2R 23.4, 5). Ya que la religión de Canaán estaba marcada fuertemente por la fecundidad y el sexo, el culto consistía en lograr la fecundidad de los campos, animales y personas. El culto a Baal frecuentemente acompañaba al culto de Astoret (Jue 2.12, 13). Cada pueblo podía tener su propio Baal. Se les designaba con el nombre común de Baal combinado con el del lugar (p.e. Baal-Gad, Baal-Hazor, etc.). Baal también era nombre de un dios particular, p. ej., Bel-Merodac (Jer 50.2), ídolo de los babilonios y de los asirios; Baal-peor (señor de Peor) un ídolo de los moabitas (Nm 25.3, 5; Os 9.10) y Baal-zebub (señor de las moscas), dios de los filisteos (2 R 1.2).
[2] «Todo aquel que toque, en pleno campo, a un muerto a espada, o a un muerto, o huesos de hombre, a una sepultura, será impuro siete días » (Nm 19,16).
[3] Eliseo resucitará al hijo de una sunamita (ver 2R 4,8-37).