martes, 31 de octubre de 2017

Domingo de la Semana 31 del Tiempo Ordinario. Ciclo A - 5 de noviembre de 2017

«El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» 


Lectura del profeta Malaquías 1,14b.2,2b. 8-10

«¡Que yo soy un gran Rey, dice Yahveh Sebaot, y mi Nombre es terrible entre las naciones! Yo lanzaré sobre vosotros la maldición y maldeciré vuestra bendición; y hasta la he maldecido ya, porque ninguno de vosotros toma nada a pecho. Pero vosotros os habéis extraviado del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la Ley, habéis invalidado la alianza de Leví, dice Yahveh Sebaot. Por eso yo también os he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo, de la misma manera que vosotros no guardáis  mis caminos y hacéis acepción de personas en la Ley. ¿No tenemos todos nosotros un mismo Padre? ¿No nos ha creado el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos los unos  a los otros, profanando la alianza de nuestros padres?»


Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 2,7b-9.13

«Nos mostramos amables con vosotros, Como  una madre cuida con cariño de sus hijos. De esta manera, amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio  ser, porque habíais llegado a sernos muy queridos. Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de  vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. De ahí que también  de nuestra parte no cesamos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que  os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que  permanece operante en vosotros, los creyentes».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 23,1-12

 «Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.

Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”. «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Directores”, porque uno solo es vuestro Director: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Pues todo el que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado». En estas palabras podemos resumir la idea principal del trigésimo primer Domingo del tiempo ordinario. Jesús nos presenta en admirable síntesis el camino de servicio, de sacrificio y coherencia que es propio de todo cristiano. El pasaje del Evangelio de San Mateo nos ofrece una crítica dura de Jesús a los escribas y fariseos, porque hacen todo sin una recta intención y «para ser vistos por los hombres»

Vemos, sin embargo, que ya en el siglo V a.C. el profeta Malaquías amonestaba a los sacerdotes que no obedecían al Señor, ni daban gloria a su nombre. A estos sacerdotes se les amenaza con cambiar su bendición en maldición. Se han apartado del camino y han hecho tropezar a muchos (Primera Lectura). En una actitud opuesta tenemos en San Pablo un testimonio de preocupación y dedicación por llevar el Evangelio de Dios a todos. Se preocupa de los fieles de la comunidad de Tesalónica como una madre se preocupa de sus hijos; desea no sólo entregar la Palabra de Dios, sino su misma persona; trabaja, se fatiga, da ejemplo para no importunar a nadie. Finalmente se alegra porque acogen la Palabra, no como palabra humana, sino como lo que es en verdad: la Palabra de Dios. San Pablo es el apóstol que no busca la vanagloria de los hombres sino ser servidor de todos y es por eso que es enaltecido (Segunda Lectura).


«Haced y observad todo lo que os digan»

El capítulo 23 de Mateo se ubica a continuación de algunas preguntas puestas a Jesús de parte de los fariseos y los saduceos para hacerlo caer y poder perderlo. Pero Jesús, no obstante, su infinita humildad y mansedumbre, demuestra no ser un ingenuo. En todos los casos capta inmediatamente dónde está la trampa y escapa de ella. Jesús nos proporciona un ejemplo de la actitud que Él mismo reco­mienda a sus discípu­los: «Sed prudentes como las ser­pientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16). Ésta es la actitud que expresa bien San Pablo cuando escribe a sus destinatarios: «Hermanos, no seáis niños en juicio. Sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio» (1Cor 14,20). En particular, hemos visto un caso en que los fari­seos se acer­can a Él con actitud deferente y hasta adula­dora, dicién­dole: «Maes­tro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios según la verdad» (Mt 22,16). Pero ésa era una acti­tud hipócri­ta. Si esas palabras hubieran sido sin­ceras, enton­ces hubieran debido hacer­se discípulos de Jesús. 

En cambio, «trataban de dete­ner­lo» y si no lo hicieron fue solamente porque «tu­vie­ron miedo a la gente que lo tenía por profe­ta» (Mt 21,46). Queda así en evidencia que, en el caso de esos fari­seos, su palabra dice una cosa; pero su cora­zón piensa otra. Por eso tiene razón Jesús cuando advierte a sus discípu­los: «Sobre la cátedra de Moisés se han sentado los escri­bas y fariseos. Haced pues y ob­servad lo que os digan; pero no imitéis su con­ducta, por­que dicen y no hacen». Acerca de esta frase nos dice Orígenes: «¿Qué cosa hay más miserable que un doctor, cuyos discípulos se salvan no siguiendo su ejemplo, y se condenan cuando le imitan?». En la norma que da a sus discípulos Jesús demuestra estar lejos de ser un «subversivo» o un rebelde: «Haced y observad todo lo que os digan». Jesús manda obedecer a la autoridad reli­giosa, aunque por su conducta ella se haya hecho indigna de ser imitada.


Los separados

Fariseo, en realidad, no es sinónimo de hipócrita. Pero en el uso normal ha asumido ese significado, por culpa de algunos de ellos, que, a causa de su actitud, mere­cieron esas denuncias de parte de Jesús. La palabra hebrea «perushim», de donde viene el término «fariseos», significa «separados», y describía al grupo de los que se ubicaban aparte del resto del pueblo para poder cumplir estrictamente todas las normas de la ley, en particu­lar las que se refieren a la pureza. En los tiempos de Jesús deben de haber sido alrededor de seis mil miembros y al igual que los esenios se los relacionaba ordinariamente con los hasidim (los piadosos) que en tiempo de los macabeos lucharon encarnizadamente contra la influencia pagana (ver 1Mac 2,42). Contaba entre sus miembros a la totalidad de los doctores de la ley, como también a cierto número de sacerdotes. 

Es preciso notar las cualidades que dieron origen a sus excesos. Jesús reconoce su celo (Mt 23,15), su solicitud por la perfección y por la pureza (Mt 5,20) inclusive a uno de ellos le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Pablo subraya su voluntad de practicar minuciosamente la ley y hay que felicitarlos por su adhesión a tradiciones orales vivas. Pero escudándose en su ciencia legal aniquilan el precepto de Dios con sus tradiciones humanas (Mt 15,1-20); desprecian a los ignorantes en nombre de su propia justicia (Lc 18,11); impiden todo contacto con los pecadores y los publicanos limitando así su horizonte al amor de Dios; consideran incluso que tienen derechos para con Dios en nombre de su práctica (Mt 20,1-15; Lc 15,25-30). 

La vanagloria de los fariseos se ejercitaba, entre otras cosas, en las filacterias (tephillim, o, más raramente, totaphoth) que consistían en unas capsulitas, donde iban enrolladlas tiras de pergamino en que estaban escritos algunos pa­sajes de los libros sagrados (Ex 13,1-10,13 11‑16; Dt 6,4‑9; 11,13-21). Durante la plegaria, el israelita se aplicaba (y se aplica aún) las tiras sobre la frente y el brazo izquierdo, significando seguir así literal­mente la prescripción contenida en Dt 6, 8. Los vanidosos se procuraban tiras más amplias y vistosas, para impresionar más, y otro tanto hacían con las franjas del vestido, que tenían también un significado religioso y eran usadas incluso por Jesús. 


«Uno sólo es vuestro Maes­tro... uno solo es vuestro Guía: el Cristo»

Jesús sigue explicando en qué forma ellos «dicen y no hacen». Y lo dice en su forma propia casi gráfica de hablar: «Atan cargas pesadas y las echan en las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas». ¡Qué diferencia con Jesús! Jesús enseña el precepto del amor al prójimo, pero Él fue el primero en cumplirlo como lo hace notar el Evangelio: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Y ese extremo fue dar la vida por ellos. Por eso Jesús es un maestro que da gusto no sólo escuchar sino tam­bién seguir, imitando el ejemplo de su vida. Así compara Él su propia doctrina con la de los fariseos: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de cora­zón... Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). Éste es el maestro que nos conviene escuchar, éste es el guía que nos conviene seguir: «Uno sólo es vuestro Maes­tro... uno sólo es vuestro Guía: el Cristo».

Los fariseos no sólo imponen a la gente preceptos que ellos no cumplen, sino que les gusta ser alabados por la gente: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres». Jesús, en cambio, da a sus discípulos la norma opuesta: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos» (Mt 6,1); y ordena hacer el bien de manera tan oculta, que no sólo sea ignorado por los hombres, sino que «ni siquiera sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3).Los fariseos «quieren el primer puesto en los banque­tes y los prime­ros asientos en las sinagogas, que se los salude en las plazas y que la gente los llame 'Rabbí'». Jesús, en cambio, da a sus discípulos esta norma: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te sientes en el primer puesto... al contrario, vete a sentarte en el último puesto» (Lc 14,8.10). Jesús rehuyó todo honor y toda ostentación. Para describir su tenor de vida dijo a uno que quería seguirlo: «El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Y cuando alguien se dirigió a Él diciéndo­le: «Maestro bueno», Él rechazó este título respondiendo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,17-18).

La conclusión de todo esto es la siguiente: «El mayor entre vosotros que sea el servidor vuestro. Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalza­do». Ésta debió ser una enseñanza frecuente de Jesús, puesto que el Evangelio la repite varias veces. Nada describe mejor el ejemplo de Jesús mismo que «siendo de categoría divina, se despojó y tomó la condición de sier­vo». Jesús es el único que merece el título de «Maestro» porque su vida es infinitamente coherente con su enseñan­za; Él es un maestro que «dice y hace». Por eso no es difícil «hacer y observar todo lo que Él dice».


«Mirad que yo envío mi mensajero…» 

Malaquías es el último de los doce profetas menores del Antiguo Testamento, vivió alrededor al año 500. A.C. Ya se había reedificado el Templo después del destierro babilónico. Pero la gente no servía de todo corazón a Dios. «Convertíos», decía Malaquías, «¡Dejad de defraudar  al Señor! ¡No sigáis poniendo a prueba su paciencia!». Los sacerdotes han invalidado la Alianza de Leví (la casta sacerdotal), porque convierten la ley en escándalo para el pueblo y porque la aplican según intereses personales. 

El nombre de Malaquías significa «mi mensajero». Como mensajero de Dios el profeta habló de  la venida del Mesías y acerca del gran día  de la justicia y del juicio divino: «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible» (Mal 3,23). El último de los profetas concluye su profecía anunciando el retorno del primer profeta: Elías. Ese Elías que retorna es Juan Bautista (ver Lc 1,17; Mt 17,1). 


Una palabra del Santo Padre: 

Una reflexión que llevó al Santo Padre a plantearse una pregunta decisiva: ¿cómo es nuestra relación con Jesús? Una cuestión verdaderamente fundamental, «porque en nuestra relación con Jesús se hace fuerte nuestra victoria». Una pregunta «fuerte», reconoció, sobre todo para «nosotros que somos sacerdotes: ¿cómo es mi relación con Jesucristo?».

«La fuerza de un sacerdote recordó el Pontífice está en esta relación». En efecto, cuando su «popularidad crecía, Jesús iba al Padre». Lucas, en el pasaje evangélico de la liturgia (5, 12-16), relata: «Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración». Así «cuando se hablaba cada vez más» de Jesús «y las multitudes, numerosas, venían a escucharle y a buscar la curación, Él después iba al encuentro del Padre». Una actitud, puntualizó el Papa, que constituye «el criterio para nosotros, sacerdotes: ¿vamos o no vamos a encontrar a Jesús».

De aquí brota una serie de preguntas que el Pontífice sugirió para un examen de conciencia: «¿Qué sitio ocupa Jesús en mi vida sacerdotal? ¿Es una relación viva, de discípulo a maestro, de hermano a hermano, de pobre hombre a Dios? ¿O es una relación un poco artificial que no nace del corazón?».

«Nosotros estamos ungidos por el espíritu fue la reflexión propuesta por el Papa, y cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo en lugar de ser ungido, termina siendo untuoso». Y, destacó, «¡cuánto mal hacen a la Iglesia los sacerdotes untuosos! Quienes ponen la fuerza en las cosas artificiales, en las vanidades», los que tienen «una actitud, un lenguaje remilgado». Y cuántas veces, añadió, «se oye: pero éste es un sacerdote» que se parece a una «mariposa», precisamente «porque siempre está en la vanidad» y «no tiene la relación con Jesucristo: ha perdido la unción, es un untuoso».

Incluso con todos los límites, «somos buenos sacerdotes continuó el Papa si vamos a Jesucristo, si buscamos al Señor en la oración: la oración de intercesión, la oración de adoración». Si, en cambio, «nos alejamos de Jesucristo, debemos compensar esto con otras actitudes mundanas». Y así surgen «todas estas figuras» como «el sacerdote especulador, el sacerdote empresario». Pero el sacerdote, afirmó con fuerza, «adora a Jesucristo, el sacerdote habla con Jesucristo, el sacerdote busca a Jesucristo y se deja buscar por Jesucristo. Éste es el centro de nuestra vida. Si no existe esto perdemos todo. ¿Y qué daremos a la gente?».

Papa Francisco. Misa matutina en el Domus Santae Marthae.Sábado 11 de enero de 2014. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. Algunas veces solemos escuchar: «yo no voy a misa porque los que van son unos hipócritas: van, se golpean el pecho, y luego siguen viviendo en el pecado, abusando de la gente, etc».¿Qué decirles? ¿Es razón (o excusa) que el otro sea un hipócrita para que tú no te exijas en vivir coherentemente tu fe? ¿No es por eso mismo que tú y yo debemos esforzarnos por ser coherentes con nuestra fe, por mostrar nuestra fe con obras?

2. Lo que hace al santo es el esfuerzo por ser coherente. El esfuerzo profundo, constante, por ser coherente. Esa es la clave. La coherencia. Si caigo o no caigo, bueno, son problemas sobre los cuales nadie puede juzgar. Pero lo que, a nosotros como personas, a cada uno, nos interesa es: ¿soy yo una persona que se esfuerza realmente?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 575- 582.

Solemnidad de Todos los Santos – 1 de noviembre de 2017


« Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

Lectura del libro del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14

«Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar:"No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: "Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero».

Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-3

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».


Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.  4Bienaventurados = los mansos =, porque = ellos poseerán en herencia la tierra. =  Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la lectura del Evangelio en la fiesta de todos los santos (1 de noviembre) se proclaman las Bienaventuranzas, que son el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en todos los santos. Los elegidos por el Señor,  es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Primera Lectura) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (Segunda Lectura). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia. 


El sermón de la montaña

En el Sermón de la monta­ña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangé­lica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infi­nitamente. Esto es lo que quie­ren decir los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepa­sados... Mas yo os digo..." (Mt 5,21.27.­31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la ley anti­gua dada por el mismo Dios.

En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera perso­na: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos..."; la novena está formu­lada en segunda perso­na y dirigida a los oyen­tes: "Biena­venturados seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás.

Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho biena­venturanzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma prome­sa: "Biena­ventura­dos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos... Bienaventura­dos los persegui­dos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La prime­ra tabla contiene las primeras cuatro y expresa la rela­ción del hombre con Dios, y la segun­da tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.

La primera tabla

La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos... ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán saciados". El tema de esta primera tabla está indi­cado en la primera bienaventuranza, la que declara dicho­sos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del cora­zón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: "A­prended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligi­dos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.


La segunda tabla 

La segunda tabla proclama la otra condición indispen­sable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de cora­zón, los que traba­jan por la paz, los perse­guidos por causa de la justi­cia. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericor­diosos". Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en rela­ción a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relacio­nes fraternas. Aquí Jesús comien­za a ilustrar las rela­ciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indica­do por la primera biena­ven­turan­za: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.

¿En qué consiste ser santo?

En la solemnidad que celebramos es bueno preguntarnos: ¿En qué consiste la santidad de una persona? ¿Por qué los santos han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? ¿Qué hay en ellos que despierta ese sentimiento de admiración y asombro en los hombres? Para dar respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía canta: "Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo", y agrega: "Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad".

La santidad as algo que pertenece a Dios y que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado, el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. "Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1Jn 3,2). Estamos creados para esto y no sería un ser humano el que no lo deseara.

La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues "el amor es de Dios... Dios es amor" (1Jn 4,7.8). La actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc. Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un espectáculo más hermoso!

Una palabra del Santo Padre:

«Con toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. Recordamos así, no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos.


Celebramos, por tanto, la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

Pero si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta hacia la patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas. En el Evangelio de hoy, hemos escuchado cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.

Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano. Entre ellas, quisiera destacar una: «Bienaventurados los mansos». Jesús dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Este es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor. La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y nos enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad, como hicieron hijos e hijas de esta tierra, entre ellos santa María Elisabeth Hesselblad, recientemente canonizada, y santa Brígida, Brigitta Vadstena, copatrona de Europa. Ellas rezaron y trabajaron para estrechar lazos de unidad y comunión entre los cristianos. Un signo muy elocuente es el que sea aquí, en su País, caracterizado por la convivencia entre poblaciones muy diversas, donde estemos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. Los santos logran cambios gracias a la mansedumbre del corazón. Con ella comprendemos la grandeza de Dios y lo adoramos con sinceridad; y además es la actitud del que no tiene nada que perder, porque su única riqueza es Dios.

Las bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados, seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos... Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida».

Papa Francisco. Misa en el Swedbank Stadion de Malmoe, Suecia. 1 de noviembre de 2016.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido», nos decía Juan Pablo II. Una tentación que podemos tener es creer que este llamado (que proviene de nuestro bautismo) no es para mí. 

2. Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas. Leamos a lo largo de la semana este hermoso pasaje evangélico.     

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.

lunes, 23 de octubre de 2017

Domingo de la Semana 30 del Tiempo Ordinario. Ciclo A - 29 de octubre de 2017

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

Lectura del libro del Éxodo 22,20-26

«No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No harás daño a la viuda ni al huérfano. Si les haces daño y ellos me piden auxilio, yo escucharé su clamor. Entonces arderá mi ira, y yo los mataré a ustedes con la espada; sus mujeres quedarán viudas, y sus hijos huérfanos. Si prestas dinero a un miembro de mi pueblo, al pobre que vive a tu lado, no te comportarás con él como un usurero, no le exigirás interés. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes que se ponga el sol, porque ese es su único abrigo y el vestido de su cuerpo. De lo contrario, ¿con qué dormirá? Y si él me invoca, yo lo escucharé, porque soy compasivo».


Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10

«Ya saben cómo procedimos cuando estuvimos allí al servicio de ustedes. Y ustedes, a su vez, imitaron nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la Palabra en medio de muchas dificultades, con la alegría que da el Espíritu Santo. Así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya. En efecto, de allí partió la Palabra del Señor, que no sólo resonó en Macedonia y Acaya: en todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de manera que no es necesario hablar de esto. Ellos mismos cuentan cómo ustedes me han recibido y cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo, que vendrá desde el cielo: Jesús, a quien él resucitó y que nos libra de la ira venidera». 


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 22,34-40

«Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.» 


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de este Domingo nos presenta la enseñanza más importante que Jesús nos ha dejado: «el mandamiento del amor». Lo que va a realizar ante la clara malicia de la pregunta, es algo realmente revolucionario: unir el amor a Dios con el amor al prójimo diciendo que ambos son semejantes. En la lectura del Éxodo vemos las prescripciones que debían observar los judíos en relación con los extranjeros, con las viudas, los huérfanos y todos aquellos que se veían en la necesidad de pedir prestado o dejar objetos en prenda para poder obtener lo necesario para la vida. El Señor velará siempre por estas personas ya que Él es «compasivo» y cuida de sus creaturas más necesitadas 

Por otra parte, en la carta a los Tesalonicenses, Pablo alaba la fe y el apostolado de aquella naciente comunidad y comprueba que el crecimiento espiritual se debe, en primer lugar, a la apertura al Espíritu Santo. Los tesalonicenses han recibido la Palabra y se han convertido a Dios; viviendo ahora la sana tensión por la venida definitiva del Reconciliador (Segunda Lectura).


«Sí él me invoca, yo lo escucharé porque soy compasivo»

La lectura del libro del Éxodo hace parte de una colección de leyes y de normas que buscan explicar y aplicar de manera práctica los principios religiosos y morales del Decálogo. Este pasaje nos enseña que no le basta a Dios que se le respete y obedezca; desea que nadie de los que han hecho la Alianza se quede al margen de su amor y por ello impone que la obediencia a sus preceptos pase por el respeto al prójimo y, de manera particular, a los menos favorecidos. Hacer con Dios una alianza implica el ser justo con aquellos por los cuales Él se desvive: los desamparados. Es impresionante el lenguaje de la Ley acerca de las viudas, huérfanos y pobres; pero lo es más todavía el de los profetas: «aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,17;  ver Jr 5,28; Ez 22,7.)

Leemos en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia: «Del Decálogo deriva un compromiso que implica no sólo lo que se refiere a la fidelidad al único Dios verdadero, sino también las relaciones sociales dentro del pueblo de la Alianza. Estasúltimas están reguladas especialmente por lo que ha sido llamado “el derecho del pobre”… El don de la liberación y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el Decálogo, están, por tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la sociedad israelita en la justicia y en la solidaridad»[1].     


«Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?»

El Evangelio de este Domingo nos presen­ta el último de cuatro episodios en que se trata de sor­prender a Jesús en error. En el primero de estos episodios, después que Jesús purificó el templo expul­sando a los mercaderes, se le acercan los sumos sacerdotes y los ancia­nos del pueblo para preguntar­le sobre su autoridad (Mt 21,23). En el segundo (lo hemos visto el Domingo pasado), Jesús escapa de la trampa que le han tendido los fariseos y los herodianos con su pregunta acerca de la licitud de pagar el tributo al César (Mt 22,15-22). En el episodio siguien­te son los sadu­ceos[2] los que le presentan un caso difícil, para ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos (Mt 22,23-33). La fe en la resurrección era uno de los puntos en que discrepaban fariseos y saduceos: «Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mientras que los fariseos profesan todo eso» (Hch 23,8).

Pero en la introducción del episodio hay algo que a primera vista como que no corresponde: «Los fari­seos, al enterarse de que Jesús había tapado la boca a los sadu­ceos, se reunie­ron en grupo y uno de ellos le preguntó para tentarlo...» Si Jesús había tapado la boca a los saduceos y lo había hecho profesando la fe en la resurrección, se podría pensar que los fariseos estarían conten­tos y darían la razón a Jesús viendo que coincidía con ellos en un punto de doctrina. Pero no; cuando se trata de oponerse a Jesús, ellos olvi­dan sus discrepan­cias con los saduceos y están unidos buscando su ruina. Por eso, viendo que a los sadu­ceos no les resul­tó perder a Jesús, lejos de defenderlo por la doctrina que había sustentado, ellos hacen un nuevo inten­to. Le ponen una pregunta capciosa para ver si cae y les da motivo para desprestigiar­lo. 

Aquí se ubica el episodio de este Domingo que es el cuarto de este tipo que con toda malicia y con ánimo de ponerle a prueba, le pregunta «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?»[3]. La intención es tentarlo, es decir, ponerle una pregunta que induzca a Jesús a dar una res­puesta errónea que les permita acusarlo o desprestigiarlo. Cuando se trató del tributo al César, Jesús ya había desenmasca­rado a los fariseos diciéndo­les: «Hipócritas, ¿por qué me ten­táis?» (Mt 22,18). Aquí nuevamente vuelven a tentarlo. Pero Jesús no reacciona de esa manera, porque la pregunta, a pesar de su intención torcida, le permite dar una enseñanza fundamen­tal.


¿Qué respuesta esperaban?

Antes de examinar la respuesta de Jesús trataremos de descubrir en qué consiste lo capcioso de la pregunta. La pregunta parece más bien apta para que Jesús se luzca con su res­puesta. En efecto, todo judío sabía de memoria el «Shemá Israel» y hasta el día de hoy se encuentra en el «Siddur» (el libro de oraciones) como parte de la oración nocturna diaria: «Escu­cha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Dios. Bendi­to sea el nombre glorio­so de su Reino por los siglos. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza». Está tomado del libro del Deutero­nomio donde se agrega: «Per­manezcan en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repeti­rás a tus hijos... las atarás en tu mano como una señal y serán como una insignia ante tus ojos...» (Dt 6,7-8). Es obvio que todo judío, interrogado sobre el mandamiento mayor de la ley, habría citado el «Shemá». Si la pregun­ta fue hecha «para tentarlo» es porque los fariseos espera­ban que Jesús respondiera otra cosa. Enton­ces habrían tenido de qué acusarlo.

Entonces, ¿qué respuesta esperaban? Jesús había estado enseñan­do con mucha energía el mandamiento del amor al prójimo. En el sermón de la montaña había radicalizado los manda­mien­tos que se refieren al prójimo: «Se os ha dicho: 'No matarás'... Pues yo os digo: 'Todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo'... Se os ha dicho: 'No comete­rás adulte­rio'. Pues yo os digo: 'Todo el que mire una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón'... etc.»(Mt 5,21ss). Más adelante, al joven rico que le pregunta qué mandamientos tiene que cum­plir para alcanzar la vida eterna, Jesús le responde: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,18-19). Y más explícita­mente había enseña­do: «Os doy un mandamien­to nuevo: que os améis los unos a los otros... Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros» (Jn 13,34; 15,12).

Es probable que los fariseos esperaran que Jesús les diera esa respuesta o alguna parecida. Pero no habían entendido su enseñan­za. Jesús da la respuesta correcta: «Ama­rás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento». Pero en seguida agre­ga: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»[4]. Ambos mandamientos no se pueden sepa­rar, no se puede cumplir uno solo de ellos. El mandamien­to del amor es uno solo, es indivisi­ble, el mismo se dirige a Dios y al prójimo; no se trata de dos amores, sino de uno solo; cuando perece uno, perece también el otro. Esto es lo que Jesús quiere enseñar con su respuesta. Por eso concluye: «De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profe­tas», no de uno sino de los dos.


El mandamiento del amor

El fundamento del amor al prójimo es el amor a Dios; pero la prueba del amor a Dios es el amor al prójimo. San Juan es tajante en este criterio: «Si alguno dice: 'Amo a Dios' y no ama a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamien­to: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn4,20-21)Por tanto, el mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón...» se cumple solamente «amando al prójimo como a ti mismo». Jesús los unió más estrechamente aún, si es posible, cuando dijo, a propósito del juicio final: «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mt 25,40). 

No tenemos otro modo de expresar nuestro amor a Él que amándolo en sus hermanos más peque­ños: los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnu­dos, los enfermos, los encarcelados. San Juan de la Cruz comenta este episodio diciendo: «En la tarde de tu vida serás examinado sobre el amor», sin especificar, pues se trata de una sola virtud. Donde falta el amor a Dios lo único que nos queda entre manos es el egoísmo.


Una palabra del Santo Padre: 

«La liturgia nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón al don del Espíritu Santo, que Jesús prometió en más de una ocasión a sus discípulos, el primer y principal don que Él nos alcanzó con su Resurrección. Este don, Jesús mismo lo pidió al Padre, como lo testifica el Evangelio de hoy, ambientado en la Última Cena. Jesús dice a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 15-16).

Estas palabras nos recuerdan ante todo que el amor por una persona, y también por el Señor, se demuestra no con las palabras, sino con los hechos; y también «cumplir los mandamientos» se debe entender en sentido existencial, de modo que toda la vida se vea implicada. En efecto, ser cristianos no significa principalmente pertenecer a una cierta cultura o adherir a una cierta doctrina, sino más bien vincular la propia vida, en cada uno de sus aspectos, a la persona de Jesús y, a través de Él, al Padre. Para esto Jesús promete la efusión del Espíritu Santo a sus discípulos. Precisamente gracias al Espíritu Santo, Amor que une al Padre y al Hijo y de ellos procede, todos podemos vivir la vida misma de Jesús.

El Espíritu, en efecto, nos enseña todo, o sea la única cosa indispensable: amar como ama Dios. Al prometer el Espíritu Santo, Jesús lo define «otro Paráclito» (v. 16), que significa Consolador, Abogado, Intercesor, es decir Quien nos asiste, nos defiende, está a nuestro lado en el camino de la vida y en la lucha por el bien y contra el mal.

Jesús dice «otro Paráclito» porque el primero es Él, Él mismo, que se hizo carne precisamente para asumir en sí mismo nuestra condición humana y liberarla de la esclavitud del pecado.

Además, el Espíritu Santo ejerce una función de enseñanza y de memoria. Enseñanza y memoria. Nos lo dijo Jesús: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (v. 26). El Espíritu Santo no trae una enseñanza distinta, sino que hace viva, hace operante la enseñanza de Jesús, para que el tiempo que pasa no la borre o no la debilite. El Espíritu Santo injerta esta enseñanza dentro de nuestro corazón, nos ayuda a interiorizarlo, haciendo que se convierte en parte de nosotros, carne de nuestra carne. Al mismo tiempo, prepara nuestro corazón para que sea verdaderamente capaz de recibir las palabras y los ejemplos del Señor. Todas las veces que se acoge con alegría la palabra de Jesús en nuestro corazón, esto es obra del Espíritu Santo». 

Papa Francisco. Regina Coeli. 15 de mayo 2016. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. «Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, lo hicisteis conmigo» (Mt 25,40). Haz un examen de conciencia a partir de pasaje del Evangelio de San Mateo. ¿Cómo vivo de manera concreta el amor al prójimo? 

2. Recemos en familia el Salmo responsorial 17(16): «El clamor del inocente».  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2086.2093- 2094.2196.



[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 23. 
[2] Los saduceos eran un partido político judío. Su nombre proviene del sacerdote Sadoc (sacerdote de la época del rey David), aunque el grupo se formó en el siglo II a.C. Lo constituía gente aristocrática y de familias sacerdotales.  Apoyaron a los reyes y a los sumos sacerdotes asmoreos (de la dinastía de los macabeos) y, más tarde, a los dominadores romanos. No admitían las ampliaciones que los fariseos habían hecho de la Ley (en concreto la ley oral que era distinta a la ley escrita que figura en el Antiguo Testamento). Por este motivo no creían en la resurrección de los muertos ya que de ella no se habla claramente en la Ley del Antiguo Testamento.   
[3] La Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos, 248 de los cuales eran positivos, puesto que ordenaban determinadas acciones, y 365 negativos, ya que prohibían hacer algunas otras. Unos y otros se dividían en preceptos «ligeros» y preceptos «graves», según la importancia que se les atribuía.
[4] Ver Lev 19,18.

lunes, 16 de octubre de 2017

Festividad: El Señor de los Milagros – 28 de octubre de 2017

«Y como Moisés levantó la serpiente…así tiene que ser levantado el Hijo del hombre» 


Lectura del libro de los Números 21, 4b-9 

«El pueblo se impacientó por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese manjar miserable”. Envió entonces Yahveh contra el pueblo serpientes abrasadoras, que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel. El pueblo fue a decirle a Moisés: “Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti. Intercede ante Yahveh  para que aparte de nosotros las serpientes”, Moisés intercedió por el pueblo.

Y dijo Yahveh a Moisés: “Hazte un Abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá”. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida».


Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2,5-12

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre. Así pues, queridos míos, de la misma manera que habéis obedecido siempre, no sólo cuando estaba presente sino mucho  más ahora que estoy ausente, trabajad con temor y temblor por vuestra salvación».
            

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,11 – 16 

«En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». 


Pautas para la reflexión personal  

El nexo entre las lecturas

En esta Fiesta del Señor de los Milagros, que se celebra en el Perú el 28 de octubre, todas las lecturas nos remiten a centrar nuestra mirada en el Señor Jesús. Así como el pueblo elegido tiene que alzar su mirada a la serpiente de bronce para quedar curados (Primera Lectura); San Pablo en este bello himno cristológico de la carta a los Filipenses nos invita a vivir la misma dinámica que Jesús vivió: despojarse – revestirse,  muerte para la vida.  ¿Por qué Jesucristo muere y es elevado en la Cruz? La única razón por la cual el Verbo Eterno se hizo Hombre como nosotros, sin dejar su naturaleza divina; es para que tengamos «vida eterna». Dios no quiere nuestra muerte sin que participemos con Él de la bienaventuranza celestial.  

L «Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti»

El libro de los Números refiere la historia del pueblo de Israel durante los casi 40 años de peregrinación por el desierto del Sinaí. Comienza relatando los acontecimientos que sucedieron dos años después de la salida de Egipto y termina, precisamente con la entrada en Canaán, la tierra que Dios había prometido darles. El título de «Números» se debe a las dos numeraciones o censos de los israelitas en el monte Sinaí y en las llanuras de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó. Durante este periodo los israelitas se asentaron durante algún tiempo en el oasis de Cades Barne, y después siguieron caminando hacia una región al este del Jordán. El libro de los Números, y lo vemos en el pasaje de la lectura, es la larga y triste historia de las quejas y del descontento de Israel. Se rebelaban contra Dios y contra el mismo Moisés. Sin embargo solamente dos personas, Caleb y Josué, entre todos los que habían salido de Egipto, sobrevivieron para entrar en la tierra prometida. 
  
La Primera Lectura narra el paso del pueblo de Israel por la tierra de los edomitas. La ocupación sedentaria de Edom no había alcanzado el golfo de Ácaba  y los israelitas tomaron la ruta normal que les permitía rodear el territorio sin problemas. Algunos edomitas se dedicaban al comercio, otros a la extracción del cobre o a la agricultura. El pueblo de Israel se impacienta y cansado reniega del «pan del cielo» (ver Sal 77, 25) que ahora les parece insípido a pesar de recibirlo gratuita y diariamente. San Pablo se referirá a este pasaje diciendo: «Ni tentemos al Señor como algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes» (1Cor 10,9); porque despreciar el don es despreciar al donante. Lamentablemente lo mismo sucede cuando no valoramos el verdadero «maná del cielo» que es la Santa Eucaristía.

Yahveh manda al pueblo ingrato y rebelde «serpientes abrasadoras». La palabra «abrasador» proviene de la palabra «saraf», que en Isaías 30, 6 representa una serpiente alada o dragón. Por otro lado la palabra hebrea de «serpiente» también significa «abrasador[1]». Cuando leemos el pedido de Yahveh a Moisés, le está pidiendo colocar una serpiente de bronce sobre un mástil. Ésta serpiente, remedio contra las mordeduras, será figura de la Cruz redentora de Cristo. La serpiente de bronce se conservó en  el Templo hasta el tiempo del rey Ezequías, quien la hizo pedazos, para evitar su culto idolátrico (ver 2Re 18,4).           


«No retuvo ávidamente ser igual a Dios...»

San Pablo en este hermoso himno de la carta a los Filipenses nos descubre la inmensa e infinita paradoja de la humillación de Jesús en la cual reside todo su misterio íntimo, que es la amorosa obediencia a su Padre, a quien no quiso disputar ni una gota de gloria entre los hombres. Por eso sin prejuicio de dejar perfectamente establecida su divinidad y esa igualdad con el Padre (ver Jn 3,13; 5, 18-23), por lo cual el Padre mismo se encarga de darle testimonio de muchas maneras (ver Mt 3, 17; 5, 17; Jn 1, 33; Lc 22, 42 s); Jesús renuncia en su aspecto exterior a la igualdad con Dios y abandona todas sus  prerrogativas para no ser más que el «Enviado» que habla de lo que el Padre le ha pedido que diga y las obras que le ha encomendado hacer.         


«Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre…»

El Evangelio hace parte de la entrevista que tuvo Nicodemo con Jesús en Jerusalén.  El centro de diálogo se encuentra en el versículo 11 que es el inicio de nuestra lectura evangélica: «nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio». Ante todo, ¿quién era Nicodemo? Lo que sabemos de él es que era fariseo y miembro del consejo supremo judío (el sanedrín). Lo veremos defendiendo a Jesús cuando los fariseos querían prenderle (Jn 7,50)  y llevando los aromas para embalsar el cuerpo del Maestro Bueno (Jn 19,39 - 42). Su nombre, en griego, quiere decir «pueblo victorioso». El griego y toda la cultura helénica habían penetrado mucho en el mundo judío después de las conquistas de Alejandro Magno. Nicodemo fue uno de los pocos judíos socialmente importantes que siguieron a Jesús, aunque lo hiciera con cierto recelo. La circunstancia material del encuentro tiene un profundo significado espiritual en el Evangelio de San Juan. Cuando Judas deja a Cristo era de noche (Jn 13,30). Ahora Nicodemo viene a Cristo, cuando es de noche. El primero huía de la luz; éste busca la luz. 

Nicodemo dice a Jesús: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las seña­les que tú realizas si Dios no está con él»«Rabbí» quiere decir literalmente “maestro mío” en un tono muy respetuoso a diferencia de «Rabboni» que indica más afecto y cercanía. Las señales por las cuales Nicodemo se ve urgido de hablar con Jesús las leemos en los versículos anteriores: «Mientras Jesús estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales que realizaba» (Jn 2,23). Sin duda uno de los muchos que creyeron era Nicodemo. Para comprender esta reacción de la gente es necesario saber qué se entiende por «señal» en el Evangelio de San Juan. Una «señal» es un hecho milagroso. Juan lo llama «señal», porque este hecho visible por todos deja en eviden­cia la gloria de Jesús que supera la experiencia sensible inmediata. Por eso la señal puede suscitar en la persona una respuesta de fe, dependiendo de su apertura a la gracia. Como Tomás cuando vio ante sí a Jesús con las heridas de la Pasión y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). 

En su diálogo con Nicodemo Jesús nos va a dejar talvez una de las afir­macio­nes más impresionantes sobre el amor de Dios hacia el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Lo primero que hace Jesús es darnos una señal, algo que será visto por todos: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna»". Jesús evoca el episodio que hemos leído en la Primera Lectura. Así como la serpiente de bronce, el «Hijo del hombre» tiene que ser levantado en el estandarte de la cruz para librarnos de la muerte eterna que merecemos por nues­tros pecados. Y es que siempre la Cruz tiene el doble sentido de: ser elevado en la cruz y de ser elevado a la gloria del Padre. Ambos movimientos coinciden. Discutiendo con los judíos Jesús les dice: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy»(Jn 8,28). Quiere decir que allí quedará en evidencia la verdadera identidad divina de Jesús. En otra ocasión les dice: «Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). 

La cruz es el signo más evidente del amor de Dios. ¿Qué explicación o motivación se puede dar al hecho de que el Hijo eterno de Dios se haya hecho hombre y haya muerto en la cruz? No hay otra explicación ni otra motivación que el amor de Dios hacia el hombre. Es un amor gratuito, sin mérito alguno de nuestra parte. El que cree en esto es destinatario de esta promesa de Cristo: «No perecerá sino que tiene la vida eterna». El que no crea rehúsa el amor de Dios y se excluye de la salvación. San Pablo no se cansaba de contemplar este hecho y de llamar la atención de los hombres sobre la misericordia de Dios: «La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Dios no podía darnos un signo mayor de su amor que la cruz de Cristo. Para eso fue elevado Jesús sobre la cruz: para que lo mire­mos, creamos y tengamos vida eterna.


Una palabra del Santo Padre: 

«Con motivo de las especiales celebraciones que tienen lugar al cumplirse el 350° aniversario de la imagen del Señor de los Milagros, patrono de Lima y venerado en el Santuario de Las Nazarenas, deseo hacer llegar un afectuoso saludo a esa comunidad cristiana que, bajo la guía de sus Pastores, da gracias a Dios por los beneficios recibidos durante siglos y, especialmente, por el don de la fe, robustecida con la ayuda de esa devoción hondamente arraigada en tantas generaciones limeñas. Así como antaño las gentes de toda condición y origen, sencillas o nobles, pusieron confiadamente sus ojos en el Cristo doliente en la cruz y acudían con fervor a Pachacamilla, también hoy se invita a los cristianos a no quedarse en meras palabras, sino que contemplen el rostro del Señor, reflejen su luz y lo hagan resplandecer ante las generaciones del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 16. 28). 

Por eso me satisface saber que esta significativa conmemoración, centrada sobre todo en la llamada "Cuaresma Limeña", tiene un carácter eminentemente jubilar, de gracia y de perdón, de conversión sincera y de reconciliación, con el propósito de vivir profundamente el misterio de la cruz en la cual Cristo ha redimido a todo el género humano. En efecto, en Él está la salvación al vencer en la cruz el pecado y su poder tiránico, para que todos participen con Él en la gloria de la resurrección. Ésta es la experiencia de los devotos y peregrinos, agobiados a veces, por el peso de sus faltas, de su debilidad o de otras muchas preocupaciones que atenazan su corazón. Ellos sienten muy dentro las palabras de Jesús: "Venid a mí..., y yo os daré descanso" {Mt 11, 28). Junto a Él, con la fuerza de la gracia que nos sigue dispensando abundantemente, especialmente a través de los sacramentos, hallaremos también nosotros el arrojo de Pedro para adentramos de nuevo en las aguas, a pesar de los presentimientos más sombríos (cf. Le 5, 4). 

En esta circunstancia, me siento unido espiritualmente al gozo de tantos limeños y peruanos por esta oportunidad singular de encontrarse de nuevo con Cristo, que ha querido manifestar su cercanía entrañable a través de esa imagen secular, exhortándoles ardientemente a renovar su fe y a fortalecer su esperanza. Cada uno de ellos, como también el pueblo peruano en su conjunto, no ha de caer en el desánimo ante las circunstancias adversas ni buscar extraños e ilusorios refugios. Las palabras de Jesús siguen siendo fuente inagotable de vitalidad: "En el mundo tendréis .tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33)». 

Ruego al Señor de los Milagros que proteja a los limeños, convierta a quienes llevan a hombros su imagen en portadores de Cristo también con su fe y su testimonio de vida intachable, transforme en verdaderos imitadores de Jesús a quienes visten la túnica nazarena y derrame su gracia sobre cuantos le invocan con devoción. Mientras encomiendo a la Virgen María, la más fiel seguidora de su Hijo hasta la Cruz, a la Comunidad carmelita que continúa la tradición de las "fíeles guardianas y cuidadoras" de la venerada imagen, así como a los Pastores y fieles de Lima, les imparto con afecto la Bendición Apostólica».

 San Juan Pablo II. Carta por los 350 años de la imagen del Señor de los Milagros, 21 de Septiembre de 2001. 


Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana  

1. En el mes de octubre- en el Perú - Dios me muestra su amor a través del Señor de Pachacamilla. ¿Qué puedo hacer para acoger el inmenso amor que me muestra Jesús en su Cruz? 

2. Juan Pablo II nos habla de la "Cuaresma Limeña" y hace un llamado particular a la conversión sincera y a la reconciliación. Con humildad acerquémonos al Señor de los Milagros y reconozcamos qué tenemos que cambiar en nuestras vidas para ser más amigo de Jesús.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 218 – 221.599 – 618. 



[1] Abrasador: que abrasa. Reducir a brasa, quemar.