« Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos»
«Luego vi a otro Ángel que subía del
Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro
Ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al
mar:"No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí
el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus
de los hijos de Israel.
Después miré y había una muchedumbre
inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de
pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con
palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro
Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los Ángeles
que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro
Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios
diciendo: "Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor,
poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Uno de
los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con
vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí:
"Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que
vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado
con la sangre del Cordero».
Lectura de la primera
carta de San Juan 3,1-3
«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».
«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».
Lectura
del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a
«Viendo la muchedumbre, subió al monte,
se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba
diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el
Reino de los Cielos. 4Bienaventurados
= los mansos =, porque = ellos poseerán en herencia la tierra. = Bienaventurados los que lloran, porque ellos
serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán
llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis
cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra
vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será
grande en los cielos».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
En la lectura del Evangelio en la fiesta
de todos los santos (1 de noviembre) se proclaman las Bienaventuranzas, que son
el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las
bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en
todos los santos. Los elegidos por el Señor,
es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero
(Primera Lectura) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (Segunda
Lectura). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al
cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia.
El sermón de la montaña
En el Sermón de la montaña Mateo
presenta a Jesús promulgando la ley evangélica, su propia ley. Para un judío
debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran
legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte
Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infinitamente. Esto es lo que quieren decir
los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepasados... Mas yo os
digo..." (Mt 5,21.27.31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo
es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la
ley antigua dada por el mismo Dios.
En el Evangelio de Mateo las
bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera persona:
"Bienaventurados los pobres de
espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los
mansos, porque ellos..."; la novena está formulada en segunda persona
y dirigida a los oyentes: "Bienaventurados
seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un
desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás.
Las primeras ocho constituyen, por
tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve
confirmado por el hecho de que las primeras ocho bienaventuranzas quedan
incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por
la misma promesa: "Bienaventurados
los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos...
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es
el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en
dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La primera
tabla contiene las primeras cuatro y expresa la relación del hombre con Dios,
y la segunda tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el
prójimo.
La primera tabla
La primera tabla proclama
bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que
tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen
su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios.
En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos...
ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán
saciados". El tema de esta primera tabla está indicado en la primera
bienaventuranza, la que declara dichosos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la
pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y
humildad del corazón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando
dice: "Aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres
bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los
mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que
ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.
La segunda tabla
La segunda tabla proclama la otra
condición indispensable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por
eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de corazón,
los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia. En la
quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericordiosos". Ya no se expresa
una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del
corazón del hombre en relación a su prójimo; explica qué sentimientos deben
animar a los cristianos en sus relaciones fraternas. Aquí Jesús comienza a
ilustrar las relaciones que deben existir entre sus discípulos. También en
esta tabla el tema está indicado por la primera bienaventuranza: la
misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.
¿En qué consiste ser santo?
En la solemnidad que celebramos es bueno
preguntarnos: ¿En qué consiste la santidad de una persona? ¿Por qué los santos
han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado
una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? ¿Qué hay en ellos que
despierta ese sentimiento de admiración y asombro en los hombres? Para dar
respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de
toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada
vez que celebra la Eucaristía canta: "Santo,
santo, santo es el Señor Dios del universo", y agrega: "Santo eres en verdad, Señor, fuente de
toda santidad".
La santidad as algo que pertenece a Dios y
que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la
santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su
pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta
fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de
gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado,
el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. "Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1Jn
3,2). Estamos creados para esto y no
sería un ser humano el que no lo deseara.
La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el
amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que
consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que
supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el
amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues "el amor es de Dios... Dios es amor" (1Jn 4,7.8). La
actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por
ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc.
Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera
todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un
espectáculo más hermoso!
«Con
toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. Recordamos
así, no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la
historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida
cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia
sencilla y oculta. Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares,
amigos y conocidos.
Celebramos,
por tanto, la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se
manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe
vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de
amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la
entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se
sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea
siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.
Pero
si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han
encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del
alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les
llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta hacia la
patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña,
para que sigamos sus huellas. En el Evangelio de hoy, hemos escuchado cómo
Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de
Galilea.
Las
bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano.
Entre ellas, quisiera destacar una: «Bienaventurados los mansos». Jesús dice de
sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Este
es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor. La mansedumbre
es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos
entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y nos
enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la
unidad, como hicieron hijos e hijas de esta tierra, entre ellos santa María
Elisabeth Hesselblad, recientemente canonizada, y santa Brígida, Brigitta
Vadstena, copatrona de Europa. Ellas rezaron y trabajaron para estrechar lazos
de unidad y comunión entre los cristianos. Un signo muy elocuente es el que sea
aquí, en su País, caracterizado por la convivencia entre poblaciones muy
diversas, donde estemos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la
Reforma. Los santos logran cambios gracias a la mansedumbre del corazón. Con
ella comprendemos la grandeza de Dios y lo adoramos con sinceridad; y además es
la actitud del que no tiene nada que perder, porque su única riqueza es Dios.
Las
bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que
lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados,
seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el
espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para
vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que
soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón;
bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados
mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona
y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen
y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar
por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena
comunión de los cristianos... Todos ellos son portadores de la misericordia y
ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida».
Papa
Francisco. Misa en el Swedbank Stadion de Malmoe, Suecia. 1 de noviembre de
2016.
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1.
«Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y
suficientes; nadie está excluido», nos decía Juan Pablo II. Una tentación que
podemos tener es creer que este llamado (que proviene de nuestro bautismo) no
es para mí.
2.
Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas.
Leamos a lo largo de la semana este hermoso pasaje evangélico.
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.