«Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré»
«Entonces
pronunció Dios todas estas palabras diciendo: “Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te
he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros
dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay
arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en
las aguas debajo de
Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahveh el día del sábado y lo hizo sagrado. Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo”.»
Lectura
de la Primera carta
«Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres».
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 2,13 - 25
«Se
acercaba
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado…fuerza
de Dios y sabiduría de Dios» (Segunda
Lectura). En esta frase encontramos una excelente síntesis de las lecturas en
este tercer Domingo de Cuaresma. La fuerza y la sabiduría que Dios revela a
través del Verbo Encarnado perfeccionan y dan plenitud a los Diez Mandamientos
(Primera Lectura). Por otro lado, se instaura un nuevo templo y un culto nuevo;
situado ya no en un lugar físico (el Templo de Jerusalén) sino en una persona:
Jesucristo. Cuando resucita Jesús
entonces entienden los Apóstoles de qué estaba hablando al referirse sobre la
destrucción del Templo; inaugurando así un nuevo culto (la economía
sacramental) y un nuevo templo (
Las diez palabras de Dios
Como era usanza entre los reyes al hacer un pacto; vemos en este pasaje el «código» que se establece entre Dios y las personas que pertenecen a un pueblo: Israel. Como el compromiso con Dios se realiza en el seno del grupo, todas las obligaciones pasan por Él: no hay pecados contra Dios y pecados contra el prójimo; todos son contra aquel que ha establecido el «pacto», es decir Dios mismo. La absoluta gratuidad de Dios al elegir a Israel es la razón de este comportamiento; por eso si se separa la ley de la alianza, ésta se vacía y pierde su sentido.
La palabra «Decálogo» significa literalmente «diez palabras» (Ex 34, 28; Dt 4, 13; 10, 4). Estas «diez palabras» Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa y las escribe «con su Dedo» (Ex 31, 18; Dt 5, 22), a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente y nos enseñan al mismo tiempo las verdades fundamentales sobre el hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente, los derechos inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la «ley natural» ya que a pesar de ser accesible (en su gran mayoría) por la sola razón ha tenido que ser explícitamente revelado por el Creador a causa de la ruptura en la que se encontraba toda la humanidad.
El Decálogo es una llamada al pueblo para que sea reflejo de la actividad del Señor, de su gloria y santidad, que se manifiestan en su bondad, misericordia y compromiso activo. El preámbulo o introducción (Éx 20,1-2) imita la forma en que se auto-presentaban los reyes; el Señor lo hace con su nombre inefable de «Yahvé», protagonista real de una historia verificable y no de una ficción producida por la imaginación humana. La salvación constituye el don radical y lleva implícita una invitación a reconocerlo. Los preceptos que siguen se convierten en actos de gratitud al Señor que concedió a los israelitas cuanto son y tienen.
«Escándalo para los
judíos y necedad para los gentiles»
Corinto era una grande y cosmopolita ciudad griega del mundo antiguo. Situada en el estrecho istmo que une la parte principal de Grecia con la península meridional era un lugar muy favorable para el comercio. La ciudad atraía gentes de muchas nacionalidades. Se hallaba dominada por «Acrocorinto»: la roca escarpada en que se alzaba la acrópolis y un templo dedicado a Afrodita (diosa del amor). Las prácticas libertinas del templo y una numerosa población «flotante» contribuían a la pésima fama de Corinto, harto conocida por sus excesos e inmoralidades, así como por sus numerosas religiones. Pablo permanece en Corinto unos 18 meses y funda una comunidad durante su segundo viaje misionero. Luego de recibir malas noticias sobre la comunidad en Corinto, así como consejos sobre diversos asuntos; decide escribir esta importante carta y se ocupa en responder a los principales problemas: la división, los problemas morales y familiares, las dudas acerca de las prácticas heredadas del judaísmo, etc.
En el texto de este Domingo,
San Pablo ve en Jesús crucificado la manifestación, humanamente desconcertante
pero definitiva, de la fuerza salvadora de Dios y afirma que es desde esa luz
que debemos leer toda la realidad histórica del hombre. Como consecuencia, en la
aceptación o no aceptación de la predicación evangélica sobre la fuerza
salvadora de la cruz de Cristo se hace ya presente el juicio de Dios (positivo
o negativo) sobre los hombres. Por lo que se refiere al contenido del pasaje ya
los profetas de Israel habían puesto en evidencia que la sabiduría simplemente
humana es por sí misma incapaz de salvar a nadie (Is 5,21; 29,14; Jr 8,9). Sólo
«Se acercaba
El Evangelio de hoy comienza indicando la siguiente
circunstancia temporal: «Se acercaba
Aunque, una vez llegada la realidad, estaban destinados a pasar, eran sin embargo, el modo que había dispuesto Dios para hacerse presente a su pueblo. El Templo poseía, por tanto, su grandeza y merecía el respeto debido a Dios. Esto explica la actitud de Jesús al entrar en el templo y encontrar allí a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas en sus puestos: «Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del templo». Es la única vez en el Evangelio que vemos a Jesús en esta actitud: agarrando a los vendedores literalmente a latigazos. Tiene que haber algo que la justifique y tiene que haber algo que garantice su efectividad.
¿Qué
puede justificar esta actitud de fuerza de Jesús? ¡Los mismos apóstoles están
perplejos! Pero encuentran una explicación en
Por esto mismo las autoridades judías no reaccionan sino mesuradamente: «Los judíos le replicaron diciéndole: '¿Qué señal nos muestras para obrar así?'». Es de notar que la palabra «señal» se usa en el Evangelio de Juan para designar los milagros de Jesús. Piden un milagro que acredite a Jesús. Y Él responde: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Es una respuesta enigmática. Los judíos entendieron que se refería al templo material y lo ridiculizan: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este templo ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero el evangelista nos explica el sentido de esa «señal»: «El hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos que había dicho eso y creyeron». La señal verdadera de Cristo es su Muerte y Resurrección. Esta es nuestra Pascua.
Una palabra del Santo Padre:
«El Evangelio de hoy presenta, en la versión de Juan, el episodio en el que Jesús expulsa a los vendedores del templo de Jerusalén (cf. Juan 2, 13-25). Él hizo este gesto ayudándose con un látigo, volcó las mesas y dijo: «No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (v. 16). Esta acción decidida, realizada en proximidad de la Pascua, suscitó gran impresión en la multitud y la hostilidad de las autoridades religiosas y de los que se sintieron amenazados en sus intereses económicos. Pero, ¿cómo debemos interpretarla? Ciertamente no era una acción violenta, tanto es verdad que no provocó la intervención de los tutores del orden público: de la policía. ¡No! Sino que fue entendida como una acción típica de los profetas, los cuales a menudo denunciaban, en nombre de Dios, abusos y excesos. La cuestión que se planteaba era la de la autoridad. De hecho, los judíos preguntaron a Jesús: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?» (v. 18), es decir ¿qué autoridad tienes para hacer estas cosas? Como pidiendo la demostración de que Él actuaba en nombre de Dios. Para interpretar el gesto de Jesús de purificar la casa de Dios, sus discípulos usaron un texto bíblico tomado del salmo 69: «El celo por tu casa me devorará» (v. 17); así dice el salmo: «pues me devora el celo de tu casa». Este salmo es una invocación de ayuda en una situación de extremo peligro a causa del odio de los enemigos: la situación que Jesús vivirá en su pasión. El celo por el Padre y por su casa lo llevará hasta la cruz: su celo es el del amor que lleva al sacrificio de sí, no el falso que presume de servir a Dios mediante la violencia. De hecho, el «signo» que Jesús dará como prueba de su autoridad será precisamente su muerte y resurrección: «Destruid este santuario —dice— y en tres días lo levantaré» (v. 19). Y el evangelista anota: «Él hablaba del Santuario de su cuerpo» (v. 21). Con la Pascua de Jesús inicia el nuevo culto en el nuevo templo, el culto del amor, y el nuevo templo es Él mismo.
La
actitud de Jesús contada en la actual página evangélica, nos exhorta a vivir
nuestra vida no en la búsqueda de nuestras ventajas e intereses, sino por la
gloria de Dios que es el amor. Somos llamados a tener siempre presentes esas
palabras fuertes de Jesús: «No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de
mercado» (v. 16). Es muy feo cuando la Iglesia se desliza hacia esta actitud de
hacer de la casa de Dios un mercado. Estas palabras nos ayudan a rechazar el
peligro de hacer también de nuestra alma, que es la casa de Dios, un lugar de
mercado que viva en la continua búsqueda de nuestro interés en vez de en el
amor generoso y solidario. Esta enseñanza de Jesús es siempre actual, no
solamente para las comunidades eclesiales, sino también para los individuos,
para las comunidades civiles y para toda la sociedad. Es común, de hecho, la
tentación de aprovechar las buenas actividades, a veces necesarias, para cultivar
intereses privados, o incluso ilícitos. Es un peligro grave, especialmente
cuando instrumentaliza a Dios mismo y el culto que se le debe a Él, o el
servicio al hombre, su imagen. Por eso Jesús esa vez usó «las maneras fuertes»,
para sacudirnos de este peligro mortal. Que la Virgen María nos sostenga en el
compromiso de hacer de la Cuaresma una buena ocasión para reconocer a Dios como
único Señor de nuestra vida, quitando de nuestro corazón y de nuestras obras
todo tipo de idolatría».
Papa
Francisco. Ángelus, Domingo 4 de marzo de 2018.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana
2. Muchas veces prefiero creer en la «necedad del mundo» que en «la sabiduría de Dios». ¿Cuáles son los criterios que debo ir cambiando por los criterios de Jesucristo?
3. Leamos en el Catecismo de[1] Vemos a lo largo de la lectura que el Templo definitivo es el mismo Jesucristo Resucitado.
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