«Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por
sus amigos»
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 25 - 26. 34 - 35. 44 - 48.
«Cuando Pedro entraba salió
Cornelio a su encuentro y cayó postrado a sus pies. Pedro le levantó
diciéndole: “Levántate, que también yo soy un hombre”. Entonces Pedro tomó la
palabra y dijo: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas,
sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es
grato”. Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre
todos los que escuchaban
Lectura de la primera carta de San
Juan 4, 7- 10
«Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados».
Lectura del Santo Evangelio según
San Juan 15,9 -17
«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.
Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las
lecturas
¿Cuál es la clave de las tres lecturas? Es la amorosa mirada que Dios tiene a cada uno de nosotros. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). Y es por eso que nosotros debemos de amarnos unos a otros sin acepción de personas: todos somos hijos queridos de Dios.
Esto
es lo que leemos en
«Dios no hace acepción de personas…»
El episodio que leemos en
Después de esto, Pedro acude a Cesarea para encontrar a Cornelio y, después de escuchar la narración de éste, concluye: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato». El Espíritu Santo desciende sobre los presentes y la escena concluye con el bautismo de Cornelio y toda su familia. El pasaje es de máxima importancia para comprender el carácter universal de la salvación. Dios no hace acepción de personas en relación con su amor reconciliador. Al encarnarse el Hijo de Dios se ha unido de algún modo a todos los hombres y los invita a la salvación. Éste es el descubrimiento que hace Pedro. Él no puede llamar a nadie impuro porque todos somos hijos de Dios, somos imagen de Dios creados por sobreabundancia de amor y llamados a la «vida eterna».
Dios siempre nos busca primero
En la segunda lectura, San Juan repite en dos ocasiones: «Dios envió a su Hijo». Dios envía a su Hijo único para reconciliarnos ya que por el pecado vivíamos en ruptura. El amor mutuo tiene su fundamento en el amor de Dios. ¡Dios es amor! Lo que nos dice el texto es que la característica más acusada de Dios es el amor; su actividad más específica es amar. Dios se ocupa y se preocupa del hombre. La prueba suprema de ello es la Cruz. Ella demuestra qué clase de amor es el de Dios: amor de entrega concreta, palpable, amor reconciliador. El costo de la reconciliación supera toda imaginación: el envío de su Hijo. Dios envía a su Hijo para que nos rescate del pecado y de la "segunda muerte": la pérdida definitiva de Dios. Por eso, podemos sostener firmemente que Dios nos amó primero. Nos dice San Agustín: «No somos, por tanto, nosotros los que primero observamos los mandamientos y después Dios venga a amarnos, sino por el contrario: si Él no nos amase, nosotros no podríamos observar sus mandamientos. Ésta es la gracia que ha sido revelada a los humildes y permanece escondida a los soberbios». Es la gracia del amor de Dios que nos precede, prepara y acompaña nuestras obras. Sin Él o al margen de Él y de su amor, no podríamos hacer nada. En el versículo siguiente a la lectura (ver 1Jn 4,1) leemos «Si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros». El pretender amar sólo a Dios, en respuesta a su amor, olvidándonos de los otros, no es cristiano.
«Nadie tiene mayor amor...»
El Evangelio dominical es la continuación del relato sobre la vid y de los sarmientos. Podemos decir que aquí saca las conclusiones de esa unión vital que sus discípulos tienen con Jesús. La primera frase nos revela que el «amor» a que se refiere es una realidad sobrenatural, es algo que nosotros hemos podido conocer porque nos fue dado (revelado) de lo alto. El amor es algo que existe en Dios y que fue revelado al mundo por Jesucristo. En Él hemos conocido, de verdad, lo que es al amor. Para poder amar hay que seguir el ejemplo de Cristo. Ese amar «como yo os he amado» es lo que caracteriza el amor cristiano.
Santo Tomás de Aquino dice que el amor es procurar el bien del otro. Sin la gracia de Dios el hombre acaba siempre por procurar su propio bien, es decir, acaba en un acto egoísta. Para poder realizar un acto de amor es necesario que sea dado de lo alto. Es lo que nos dice San Pablo en su carta a los romanos: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5,). El Espíritu Santo nos comunica el conocimiento de Dios infundiéndonos el amor. El que no ama no tiene noción alguna de Dios. Por eso no debe de extrañarnos que tantos ambientes de nuestra sociedad no conozcan a Dios. Si los vemos más de cerca veremos como reina allí el egocentrismo y el buscar solamente el propio beneficio. Y es que no todos tienen la experiencia del amor verdadero. El que ha visto el amor, ése no lo puede olvidar nunca. El fruto de un acto de amor no pasa nunca. Tal vez un ejemplo nos pueda aclarar esta idea.
Se cuenta de la fundadora de las Hermanitas de los Pobres, la Beata María de la Cruz (Juana) Jugan que un día mientras pedía limosna para sus ancianos en una oficina pública, un señor irritadísimo le escupió la mano que ella le tendía esperando una limosna. Entonces sucedió algo inesperado. Ella, con sincera gratitud, se limpió el escupo en su hábito, y sin ningún reproche, le dice: «¡Gracias, señor! Esto es para mí. Por favor déme ahora algo para mis pobres». ¡Este es un acto de amor! Ante una acción semejante no hay nada que hacer. Quedó evidente la acción de Dios ya que fue más allá de lo previsto, de lo esperado. El señor quedó desarmado y en el instante no sólo dio una limosna para los pobres sino que se convirtió en una de los mayores benefactores de la obra. Por eso, el que ha visto un acto de amor...no lo puede olvidar nunca.
«Si guardáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor»
El vocablo
clave en la primera parte del texto es el verbo «permanecer». Para expresar
esta relación vital entre Jesús y sus discípulos el Maestro Bueno ha utilizado
la metáfora-alegoría de la vid y los sarmientos. El verbo «permanecer», del
griego «meno» o «menein», aparece 118 veces en el Nuevo
Testamento. En los textos juaninos de los 67 casos, aparece 43 veces en su
expresión compuesta de «permanecer en»
(meno en). En cuanto a las fórmulas contenidas en los discursos del Señor
Jesús o en las Cartas: se trata de invitaciones a los discípulos a «permanecer en Él», «en su palabra»: quiere
decir, mantenerse firme en la enseñanza
recibida, especialmente frente a los que pretenden confundir a los
discípulos con falsas doctrinas (ver 2
Tim 3,14; 2 Jn 9) y «en su amor»: quiere decir, «mantenerse
fiel a
Una palabra del Santo Padre:
En el pasaje evangélico de san Juan (15, 9-11), «Jesús dice una cosa nueva sobre el amor:no sólo amad, sino permaneced en mi amor». En efecto, «la vocación cristiana es permanecer en el amor de Dios, o sea, respirar y vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire».
Pero ¿cómo es este amor de Dios? El Papa Francisco
respondió con las mismas palabras de Jesús: «Como el Padre me ha amado, así os
he amado yo». Por eso, observó, es «un amor que viene del Padre». Y la
«relación de amor entre Él y el Padre» llega a ser una «relación de amor entre
Él y nosotros». Así, «nos pide permanecer en ese amor que viene del Padre».
Luego, «el apóstol Juan seguirá adelante —dijo el Pontífice— y nos dirá también
cómo debemos dar este amor a los demás» pero lo primero es «permanecer en el
amor».
Y esta es, por lo tanto, también la «segunda palabra
que Jesús nos deja. Y ¿cómo se permanece en el amor? Nuevamente el Papa
respondió a la pregunta con las palabras del Señor: «Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». Y, exclamó el Pontífice, «es
algo bello esto: yo sigo los mandamientos en mi vida». Hermoso hasta el punto,
explicó, que «cuando no permanecemos en el amor son los mandamientos que vienen,
solos, por el amor». Y «el amor nos lleva a cumplir los mandamientos, así
naturalmente» porque «la raíz del amor florece en los mandamientos» y los
mandamientos son el «hilo conductor» que sujeta, en «este amor que llega», la
cadena que une al Padre, a Jesús y a nosotros.
La tercera palabra que indicó el Papa es la «alegría».
Al recordar la expresión de Jesús propuesta en la lectura del Evangelio —«Os he
hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue
a plenitud»—, el Pontífice evidenció que precisamente «la alegría es el signo
del cristiano: un cristiano sin alegría o no es cristiano o está enfermo», su
salud cristiana «no está bien». Y, añadió, «una vez dije que hay cristianos con
la cara avinagrada: siempre con la cara roja e incluso el alma está así. ¡Y
esto es feo!». Estos «no son cristianos», porque «un cristiano sin alegría no
es cristiano». Para el cristiano, en efecto, la alegría está presente «también
en el dolor, en las tribulaciones, incluso en las persecuciones». Al respecto
el Papa invitó a mirar a los mártires de los primeros siglos —como las santas
Felicidad, Perpetua e Inés— que «iban al martirio como si fuesen a las bodas».
He aquí entonces, «la gran alegría cristiana» que «es también la que custodia
la paz y custodia el amor».
Papa Francisco. Capilla de la Domus Santae Marthae. Jueves
22 de mayo de 2014.
Vivamos nuestro Domingo a lo
largo de la semana
1. Nos decía el entonces Cardenal Joseph Ratzinger:«Cualquier amor humano se convierte en verdaderamente enriquecedor y grande cuando estoy dispuesto a renunciar a mí mismo por esa persona, a salir de mí mismo, a entregarme. Esto es válido sobre todo en la gran escala de nuestra relación con Dios, de la que, en definitiva, derivan todas las demás relaciones. Tengo que comenzar por dejar de mirarme, y preguntarme qué es lo que Él quiere. Tengo que empezar aprendiendo a amar, pues el amor consiste en apartar la mirada de mí mismo y dirigirla hacia Él»[3]. ¿Cómo vivo mi relación de amor con el Señor?
2. ¿Cómo podemos vivir el amor a nuestros hermanos en la
realidad concreta que estamos viviendo?
3. Leamos en el
Catecismo de
[1] El etíope del pasaje de
Hch 8,26-40 era un prosélito, es decir simpatizante del judaísmo, cosa que no
se dice claramente en este texto acerca de Cornelio.
[2] Joppe. Es el único puerto natural en la costa de Israel, al sur de la
bahía de Acre. Modernamente se denomina Jafa (Jafo) y está cerca de Tel Aviv.
Joppe era el puerto de Jerusalén a 56 km de distancia.
[3] Cardenal Joseph Ratzinger, Dios y el Mundo, Círculo de Lectores,
Barcelona 2002, p. 37.
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