martes, 24 de junio de 2014

Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»  
 
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 12, 1-11 
«Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, llegó también a prender a Pedro. Eran los días de los Ázimos. Le apresó, pues, le encarceló y le confió a cuatro escuadras de cuatro soldados para que le custodiasen, con la  intención de presentarle delante del pueblo después de la Pascua. Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. 
 
Cuando ya Herodes le iba a presentar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con dos cadenas; también había ante la puerta unos centinelas custodiando la cárcel. De pronto se presentó el Ángel del Señor y la celda se llenó de luz. Le dio el ángel a Pedro en el costado, le despertó y le dijo: «Levántate aprisa.» Y cayeron las cadenas de sus manos. Le dijo el ángel: «Cíñete y cálzate las sandalias.» Así lo hizo. Añadió: «Ponte el manto y sígueme.» Y salió siguiéndole. No acababa de darse cuenta de que era verdad cuanto hacía el ángel, sino que se figuraba ver una visión. Pasaron la primera y segunda guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Esta se les abrió por sí misma. Salieron y anduvieron hasta el final de una calle. Y de pronto el ángel le dejó. Pedro volvió en sí y dijo: «Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado  de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos.» 
 
Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 4,6-8.17-18 
 
«Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación. Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran  todos los gentiles. Y fui = librado de la boca del león. = El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén». 
 
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-19 
 
«Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres  que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»  
 
Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que  desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» 
 
Pautas para la reflexión personal   
 
El vínculo entre las lecturas 
 
La solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, cuyo día propio es el 29 de junio, cae este año el Domingo. Y, no obstante ser el Domingo día del Señor, se conserva la celebración de los dos grandes apóstoles, pues no tiene otra razón que glorificar a Cristo, por quien ellos vivieron y murieron. El prefacio de la Misa de este día expresa la razón de nuestra acción de gracias al Señor: «Porque en los apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría. Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo fue el maestro insigne que la interpretó; aquél fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, éste la extendió a todas las gentes. De esta manera, Señor, por diversos caminos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo, y a los dos, coronados por el martirio, celebra hoy tu pueblo con una misma veneración». 
 
En la Primera Lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro recibe la visita en la cárcel de un ángel enviado por Dios que lo libra de las cadenas y lo invita a seguirlo para así poder seguir al mando de la Iglesia del Señor. San Pablo, en la segunda carta a su hijo querido Timoteo, abre su corazón estando ya cerca de ser entregado en libación1 y recuerda con sinceridad que ha «competido en la noble competición». Estando ya al final de su carrera espera con confianza en la misericordia del «justo Juez» que siempre lo asistió y le dio fuerzas. En el famoso pasaje del primado de Pedro vemos la apertura y docilidad del apóstol para así proclamar «Tú eres el Cristo- Mesías, el hijo de Dios vivo».  
 ¿Quién dice la gente que soy yo?  
 
En un cierto momento de su vida, después de haber hecho numerosos milagros y de haber expuesto su maravillosa doctrina, Jesús quiso saber qué opinión se había formado la gente sobre Él.  En una ocasión en que Él se reunía con sus apóstoles en privado, les pregunta: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Sin duda la gente comentaba muchas cosas acerca de Él. Pero las opiniones que se tenían no acertaban del todo: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Estas respuestas estaban muy lejos de ser toda la verdad. Esta vez la pregunta se dirige directamente a sus apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Podemos imaginar que los discípulos vacilaban ya que tal vez sus respuestas no eran totalmente exactas. Ellos ciertamente habían pensado muchas cosas acerca de Jesús. Poco antes, cuando lo vieron caminar sobre el agua, después que él, junto con Pedro, subió a la barca y amainó el fuerte viento, los discípulos «se postraron ante él diciendo: Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33). Pero, ¿no se habían dejado llevar por la impresión del momento? La ley judía, promulgada por Dios, era muy severa en este punto: «Yo soy el Señor tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto... No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Dt 5,6-7). Para un judío estaba estrictamente prohibido postrarse ante cualquier otra realidad fuera del único Dios. 
 
Mientras los discípulos vacilaban en responder, se adelanta Pedro y afirma con decisión: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pedro fue el primero en confesar la fe. Esta afirmación es el centro de la fe cristiana. Su formulación la debemos a Pedro. Pero, no llegó a ello gracias a sus perspicacia o a su inteligencia: fue una revelación de Dios, tal como lo declara Jesús: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre (es decir, el hombre), sino mi Padre que está en los cielos». De esta manera se nos enseña que la fe en Cristo es un don de Dios y que Pedro fue el primero a quien dicho don se concedió. A esta confesión sigue una promesa de Cristo: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».   
 
Esta promesa es una verdadera profecía. Tal vez no nos hemos detenido nunca a pensar en ella. Jesús cambia el nombre a Simón para indicarle su misión: ser la piedra sobre la cual sería edificada la Iglesia de Cristo. ¡Que nadie ponga otro fundamento que el puesto por Cristo! Otras comunidades no fundadas sobre esa piedra no son «la Iglesia de Cristo». Ésta, que está fundada sobre Pedro y sus Sucesores, es la que desafía las potencias enemigas y toda adversidad. Se han levantado, a lo largo de la historia, «las puertas del infierno» contra la Iglesia, la han perseguido, han procurado eliminarla, pero no han prevalecido contra ella. Tal vez el momento más crítico fue precisamente cuando el Imperio Romano dio muerte a los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo con intención de acabar con la Iglesia. Pero ni siquiera esto logró vencerla, pues en seguida asumió la misión un Sucesor de la «Piedra», y la Iglesia siguió su marcha en medio de las persecuciones. 
 
Las palabras que Cristo dijo entonces a Pedro, siguen resonando hoy: «Los poderes adversos no prevalecerán contra la Iglesia». Y sabemos que pasarán el cielo y la tierra antes que deje de cumplirse una coma de la palabra de Cristo. Hoy día el Papa Francisco, Sucesor de Pedro, ofrece un apoyo seguro en que se funda la Iglesia y la verdadera fe. A él, como entonces a Pedro, corresponde formular la fe y la moral cristianas. El que disiente de él en estas materias se pone al margen del Reino de los cielos, pues sólo a él se dirigen las palabras que Cristo agrega: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos». 
 
«Ahora me doy cuenta que el Señor ha enviado su ángel» 
 
El capítulo 12 de los Hechos de los Apóstoles menciona la persecución de la Iglesia en Jerusalén por Herodes Agripa I2 donde Santiago el Mayor fue decapitado y San Pedro encarcelado. El capítulo acaba con la terrible muerte de Herodes de mano del ángel del Señor (ver Hch 12,23). Toda la escena de la liberación de Pedro tiene un colorido muy real y vivo. El detalle de la criada Rosa (ver Hch 12, 13-16) que va a la puerta y de la alegría por escuchar y reconocer la voz de Pedro, se marcha para dar la noticia dejando a Pedro en la calle que sigue llamando y haciendo ruido para que lo dejen entrar tiene una jocosa frescura. Por otro lado la actitud de Pedro que a lo largo del pasaje duda entre la visión y la realidad responde muy bien a su carácter fuerte de hombre de mar.  
 
Vale la pena destacar algunos puntos de la narración. Uno de ellos es la actitud de la Iglesia que «insistentemente oraba por él (Pedro) a Dios». Se trata de una oración intensa que proviene de la angustia y preocupación por el arresto de aquel que Jesús ha escogido como su «vicario». La intervención del ángel que le dice a Pedro que se levante y que lo siga recuerda la escena del ángel que cuida y guía a Elías rumbo al monte Horeb (ver 1R 19,5-8). Finalmente Pedro enumera dos enemigos de los cuales Dios lo ha librado: Herodes y el pueblo judío, que esperaba presenciar y tomar parte en el juicio y, tal vez, apedrearlo. Pedro, siendo él mismo judío, se distingue de los judíos. Reviste, pues, un sentido religioso y de enemistad.       
   
Una palabra del Santo Padre:  
« Tres ideas sobre el ministerio petrino, guiadas por el verbo «confirmar». ¿Qué está llamado a confirmar el Obispo de Roma? 
Ante todo, confirmar en la fe. El Evangelio habla de la confesión de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt, 16,16), una confesión que no viene de él, sino del Padre celestial. Y, a raíz de esta confesión, Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (v. 18). El papel, el servicio eclesial de Pedro tiene su en la confesión de fe en Jesús, el Hijo de Dios vivo, en virtud de una gracia donada de lo alto. En la segunda parte del Evangelio de hoy vemos el peligro de pensar de manera mundana.  
Cuando Jesús habla de su muerte y resurrección, del camino de Dios, que no se corresponde con el camino humano del poder, afloran en Pedro la carne y la sangre: «Se puso a increparlo: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor!”» (16,22). Y Jesús tiene palabras duras con él: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo» (v. 23). Cuando dejamos que prevalezcan nuestras Ideas, nuestros sentimientos, la lógica del poder humano, y no nos dejamos instruir y guiar por la fe, por Dios, nos convertimos en piedras de tropiezo. La fe en Cristo es la luz de nuestra vida de cristianos y de ministros de la Iglesia. 
Confirmar en el amor. En la Segunda Lectura hemos escuchado las palabras conmovedoras de san Pablo: «He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (2 Tm 4,7). ¿De qué combate se trata? No el de las armas humanas, que por desgracia todavía ensangrientan el mundo; sino el combate del martirio. San Pablo sólo tiene un arma: el mensaje de Cristo y la entrega de toda su vida por Cristo y por los demás. Y es precisamente su exponerse en primera persona, su dejarse consumar por el evangelio, el hacerse todo para todos, sin reservas, lo que lo ha hecho creíble y ha edificado la Iglesia.  
El Obispo de Roma está llamado a vivir y a confirmar en este amor a Jesús y a todos sin distinción, límites o barreras. Y no sólo el Obispo de Roma: todos vosotros, nuevos arzobispos y obispos, tenéis la misma tarea: dejarse consumir por el Evangelio, hacerse todo para todos. El cometido de no escatimar, de salir de sí para servir al santo pueblo fiel de Dios. 
Confirmar en la unidad. Aquí me refiero al gesto que hemos realizado. El palio es símbolo de comunión con el Sucesor de Pedro, «principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión» (Lumen gentium, 18). Y vuestra presencia hoy, queridos hermanos, es el signo de que la comunión de la Iglesia no significa uniformidad. El Vaticano II, refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el Señor «con estos apóstoles formó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» (ibíd. 19). Confirmar en la unidad: el Sínodo de los Obispos, en armonía con el primado. Hemos de ir por este camino de la sinodalidad, crecer en armonía con el servicio del primado. Y el Concilio prosigue: «Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios» (ibíd. 22).  
La variedad en la Iglesia, que es una gran riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran mosaico en el que las teselas se juntan para formar el único gran diseño de Dios. Y esto debe impulsar a superar siempre cualquier conflicto que hiere el cuerpo de la Iglesia. Unidos en las diferencias: no hay otra vía católica para unirnos. Este es el espíritu católico, el espíritu cristiano: unirse en las diferencias. Este es el camino de Jesús. El palio, siendo signo de la comunión con el Obispo de Roma, con la Iglesia universal, con el Sínodo de los Obispos, supone también para cada uno de vosotros el compromiso de ser instrumentos de comunión.». 
Francisco. Sábado 29 de junio de 2013. Solemnidad de los santos San Pedro y San Pablo.  
 
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.   
 
1. El Evangelio de hoy es el Evangelio de la entrega de las llaves a Pedro. ¿Soy consciente que Pedro – hoy el Papa Francisco - necesita de mi constante oración, ayuda y respaldo?  
 
2. San Pablo nos dice que al final de sus días ha permanecido firme en la fe, ¿puedo decir yo lo mismo? Pidamos al Señor el don de la fidelidad y de la coherencia.   
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551-553. 880-887.891.2034-2040. 

lunes, 16 de junio de 2014

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo A

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»  
 
Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a 
 
«Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh.  Yahveh tu Dios (que) te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre; que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres». 
 
Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 10, 16-18 
 
«La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar?»  
 
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 51-58 
 
«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo". Discutían entre sí los judíos y decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.  Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.  Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre". »  
 
Pautas para la reflexión personal   
 
El vínculo entre las lecturas  
 
«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». Estas palabras del Evangelio de San Juan nos introducen en el misterio de la presencia Eucarística que celebramos en esta solemnidad1. La liturgia nos ofrece tres elementos que orientan nuestra reflexión: la experiencia del desierto del pueblo de Israel, el alimento del camino y la vida que no es derrotada por la muerte. El libro del Deuteronomio (Primera Lectura) evoca el paso del pueblo por el desierto. Este memorial tiene el objeto de despertar la responsabilidad de los oyentes con respecto a las tareas presentes. La historia enseña al pueblo de Israel que su paso por el desierto, lleno de adversidades y contratiempos; no es simplemente una situación ciega, ajena a todo sentido y significado, sino un momento de prueba. Un momento en el que Dios penetra el corazón, se hace presente y ofrece el sustento a los que desfallecen. Yahveh sale al paso de sus necesidades y les da el maná. Este alimento que el Señor ofrece en el desierto sostiene la vida del pueblo y lo ayuda a continuar la marcha.  
 
Así como en el pasado, Israel atravesó por el desierto y Dios probó su corazón y lo mantuvo en vida, así ahora, en el presente de nuestras vidas el Señor no es ajeno a la suerte humana. En verdad, Dios es amigo de la vida y no odia nada de lo que ha creado. Esta verdad encuentra su plenitud en Cristo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Por eso nos da a comer su carne, verdadera comida, y a beber su sangre, verdadera bebida, para que tengamos vida eterna (Evangelio). Participando todos de un solo pan (Eucarístico) formamos un solo cuerpo que es la Iglesia (Segunda Lectura). 
 
«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida»  
 
El discurso del pan de vida que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm, en su primera parte, es un diálogo entre Jesús y los judíos que habían tenido la experiencia de la multiplicación de los panes y se habían saciado de ellos. Cuando Jesús promete un nuevo pan, uno que baja del cielo y da la vida al mundo, los judíos, esperando que Jesús les de un pan mejor y más nutritivo que el anterior, le suplican: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34). Y esta petición da ocasión a Jesús para comenzar un verdadero discurso sobre ese pan que Él ha prometido. Pero es un discurso continuamente interrumpido por las objeciones de los oyentes, que murmuran ante las afirmaciones que Jesús va haciendo. Esto obliga a nuevas aclaraciones de parte de Jesús que nos sirven también a nosotros para entender mejor su enseñanza. 
 
La primera de esas objeciones es: «los judíos murmuraban de Él porque había dicho: 'Yo soy el pan que ha bajado del cielo'». ¿Qué es lo que no admiten de esa afirmación? Lo primero y más evidente que habría que objetar es que Jesús haya dicho: «Yo soy un pan». Y la reacción más obvia debió haber sido ésta: «Tú no eres ningún pan, tú eres un hombre». Pero los judíos consideran que esa afirmación de Jesús tuvo que ser hecha en sentido metafórico y la dejan pasar. Objetan, en cambio, lo que dijo acerca de su origen: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?». Pero Jesús no da respuesta a esto; su respuesta se concentra precisamente en ese punto que los judíos habían descartado, considerándolo tan absurdo, que no merecía ser objetado; ellos piensan que eso de ser «pan» no podía tener un sentido real; lo dejan pasar como algo dicho en sentido figurado. Jesús retoma lo dicho: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo», e insiste en el sentido real de la primera parte de su frase: «Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les voy a dar es mi carne para la vida del mundo»2 
 
Los judíos comienzan a considerar la posibilidad de que Jesús hubiera hablado en sentido real, pero les parece increíble lo que han oído. Ahora no murmuran sino que «discutían entre sí los judíos» (Jn 6,52), sobre el modo cómo debían tomarse esas palabras de Jesús. Se percibe la indignación de algunos que se habrán imaginado una especie de canibalismo3: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Esto da lugar a que Jesús continúe su discurso, pero de manera que no quede duda alguna sobre el sentido que da a sus palabras; para darles aun más realismo agrega también la necesidad de «beber su sangre». Debemos agradecer a los judíos que hayan resistido tanto a las palabras de Jesús, pues esto lo obligó a insistir. Si Jesús dijo: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida», ¿quién puede negarlo, sin negar o su lucidez o su veracidad, es decir, sin negar su divinidad?  
 
En efecto, si Jesús dijo eso sin saber lo que decía, quiere decir que estaba fuera de sus cabales, lo cual es imposible, si su humanidad está asumida por la Persona divina del Hijo de Dios, de manera que es éste el sujeto de sus actos y de sus palabras. Y la hipótesis de que Jesús haya dicho esas palabras sabiendo lo que decía, pero faltando a la verdad, es más imposible aun, si el que habla es el Hijo de Dios, el mismo que dijo: «Yo soy la Verdad». Por tanto, negar que la carne de Jesús sea nuestra comida y su sangre sea nuestra bebida, es lo mismo que negar la divinidad de Jesús. Y, por desgracia, son muchos los que niegan la verdad de la Eucaristía, precisamente porque ya no creen que Jesucristo sea nuestro Dios y Señor. 
 
«El Pan bajado del cielo...»  
 
A continuación también se refiere Jesús al origen celestial de este pan: «Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma de este pan vivirá para siempre». En tiempos de Jesús los judíos creían que el maná era un pan preparado por ángeles que Dios había dado a su pueblo, haciéndolo caer del cielo. Es la convicción que expresa el libro de la Sabiduría, que es más o menos contemporáneo con Jesús: «A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles; les suministraste sin cesar desde el cielo un pan ya preparado» (Sb 16,20). Lo que Jesús quiere decir es que esos textos no describen el maná histórico, sino «el verdadero pan del cielo», un pan que estaba aún por venir y que Él daría al mundo. Los que comieron del maná histórico murieron todos en el desierto y no entraron en la tierra prometida. En cambio, el que coma del «pan vivo bajado del cielo», vivirá para siempre y entrará en el paraíso a gozar de la felicidad eterna. 
 
La experiencia del desierto  
La experiencia del Éxodo es original y a la vez ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es amenazado en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada para encontrar en Él asistencia eficaz: «Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido!» (Is 44, 21). Parece que Dios en su pedagogía desea llevar al alma al desierto y allí probar su corazón y hablarle al corazón. Una prueba que purifica, que hace crecer, que fortalece el alma. La experiencia de Dios pasa siempre por una especie de desierto donde el alma se desprende de sí, se purifica de sus pasiones y va ascendiendo por etapas hasta entonces desconocidas. Entonces tiene una experiencia nueva y más profunda de Dios y de su amor.  
 
El texto del Deuteronomio nos habla de la experiencia del desierto como una prueba que desvela lo que hay en el corazón; una prueba para ver si el pueblo guarda los preceptos de Yahveh. Pero, sobre todo, se subraya que el Señor es quien da sustento a su pueblo en las horas de peligro, y que este sustento no es sólo el pan material, sino cuanto sale de la boca de Dios. Se le pide a Israel una confianza y un abandono no indiferente ante Yahveh. Se le pide que deje toda preocupación material en las manos de Dios y que se ocupe en seguir la marcha que se le ha propuesto. Un mensaje arduo: alimentarse sólo de la Palabra de Dios, confianza total sin limitaciones al Plan amoroso de Dios.  
 
Una palabra del Santo Padre:  
 
«En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me sorprende siempre: “Denles ustedes de comer” (Lc 9,13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir. 
 
Ante todo: ¿quiénes son aquellos a los que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio a la gente, la recibe, le habla, la sana, le muestra la misericordia de Dios; en medio a ella elige a los Doce Apóstoles para permanecer con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente lo sigue, lo escucha, porque Jesús habla y actúa de una manera nueva, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con gozo, bendice al Señor 
 
Frente a la necesidad de la multitud, ésta es la solución de los apóstoles: que cada uno piense en sí mismo: ¡despedir a la gente! ¡Cuántas veces nosotros cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de la necesidad de los otros, despidiéndolos con un piadoso: “¡Que Dios te ayude!”. Pero la solución de Jesús va hacia otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: “denles ustedes de comer”. Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros los que demos de comer a una multitud? “No tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente” 
 
Esta tarde también nosotros estamos en torno a la mesa del Señor, a la mesa del Sacrificio eucarístico, en el que Él nos dona su cuerpo una vez más, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, en el nutrirse de su Cuerpo y de su Sangre, que Él nos hace pasar del ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. 
 
Entonces tendremos todos que preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo la Eucaristía? ¿La vivo en forma anónima o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con tantos hermanos y hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas? 
 
Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta se encuentra en la invitación de Jesús a los discípulos “Denles ustedes”, “dar”, compartir. ¿Qué cosa comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son justamente esos panes y esos peces que en las manos del Señor sacian el hambre de toda la gente. 
 
Y son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen - confiándose en la palabra de Jesús - los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud. Y esto nos indica que en la Iglesia pero también en la sociedad existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: “solidaridad”, o sea saber `poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano! 
 
Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don. Y también nosotros experimentamos la “solidaridad de Dios” con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte 
 
Seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación a la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo aquello que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amen.».  
 
Francisco. Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 30 de mayo de 2013 
 
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  
 
1. «Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida», nos dice un autor espiritual. Realmente si tomamos conciencia de lo que significa que el Cristo de María, el Cristo de los milagros y de las curaciones, el Cristo que perdonó a la Magdalena, el Cristo que nos ha reconciliado con el Padre; está en medio de nosotros, sin duda cambiaríamos de vida.   
 
2. Muchas veces no es fácil poder ir a misa con toda la familia, especialmente si tenemos hijos jóvenes.¿Qué medios podemos usar para poder celebrar en familia el «día del Señor»? Seamos creativos y perseverantes. El ejemplo que les podamos dar es sumamente importante.   
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1373 - 1381.