martes, 27 de enero de 2015

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B


«¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 18, 15-20

 

«Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis. Es exactamente lo que tú pediste a Yahveh tu Dios en el Horeb, el día de la Asamblea, diciendo: “Para no morir, no volveré a escuchar la voz de Yahveh mi Dios, ni miraré más a este gran fuego”. Y Yahveh me dijo a mí: “Bien está lo que han dicho. Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello. Pero si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá”».

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 7, 32-35

 

«Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido.

 

La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a  su marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1, 21-28

 

«Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios”.

 

Jesús, entonces, le conminó diciendo: “Cállate y sal de él”. Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él.  Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen”. Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Las lecturas de este Domingo muestran la saga bíblica del profetismo, desde Moisés y los Profetas que hablan en nombre del Señor (Primera Lectura) a Cristo Jesús, Palabra viva de Dios que enseña con autoridad propia y no como los escribas (Evangelio), y en cuyo nombre realizan los Apóstoles, como San Pablo, su misión en la Iglesia.

 

El Apóstol de los gentiles imparte a los corintios su enseñanza sobre el matrimonio y el celibato, dos estados y dos caminos para vivir la dedicación y entrega al apostolado en la comunidad cristiana (Segunda Lectura).

 

 

«Yo suscitaré, de en medio de ti, un profeta semejante a ti»

 

Ya en la tradición judía el profeta era interpretado como prefiguración del Mesías, que debería aparecer ante sus contemporáneos como otro Moisés, es decir como un profeta y maestro legislador y forjador del nuevo pueblo. En el Nuevo Testamento vemos como es aplicado este oráculo al mismo Señor Jesús tanto por San Pedro (Hch 3,22) como por San Esteban (Hch 7,35). Cuando Felipe fue llamado a ser apóstol dijo: «Hemos encontrado a Aquel de quien escribió  Moisés» (Jn 1,45). El mismo Jesús se refiere a esta profecía en el pasaje de Jn 5,45ss. No cabe la menor duda que esta profecía se cumplió plenamente en Jesucristo. San Agustín nos dice que así como Moisés fue el legislador de la Antigua Ley, Jesús lo es de la Nueva Ley.

 

San Pablo, por su parte no es un profeta o maestro independiente, sino que toda su enseñanza (es decir su magisterio) hace referencia a Cristo Maestro o en todo caso es una enseñanza iluminada por la presencia de Cristo Resucitado bajo la viva y vivificante acción del Espíritu Santo. Pablo enseña con autoridad, pero no propia, sino la misma autoridad de Cristo presente en él por el poder del Espíritu Santo. Pablo, en su carta a los Corintios, enseñará que hay dos estados de vida: matrimonio y virginidad. Ambos provienen de Dios como don y ambos están llamados a «preocuparse de las cosas de Dios» viviendo así su vocación a la santidad en el trato asiduo (cotidiano) con el Señor.

 

El Maestro Bueno

 

El episodio que relata el Evangelio de hoy ocurre en día sábado en la sinagoga de Cafarnáum cuando Jesús comienza a enseñar. En los versículos precedentes de este primer capítulo del Evangelio de San Marcos se nos ha mostrado el comienzo de su vida pública en Galilea y la vocación de sus prime­ros cuatro apóstoles. Cafarnaúm era una gran ciudad de la Galilea, más grande e importan­te que Nazaret. Estaba ubicada en la orilla noroeste del mar de Galilea. Jesús hizo de esta ciudad, en particular de su sinagoga, el centro de su ministerio en Galilea. El pere­grino de la Tierra Santa visita las ruinas de su sinagoga y puede apreciar los restos de una de las sinago­gas mejor preservadas de la Palestina. En realidad, esas ruinas perte­necen a una sinagoga del siglo III d.C.; pero su ubicación es la que exactamente tenía en el tiempo de Jesús.

 

Allí es donde entró Jesús y se puso a enseñar. Este lugar es tan importante que aquí fue donde Jesús pronunció el famoso discurso del «pan de vida» llamado también «dis­curso de la sinagoga de Cafarnaúm» (ver Jn 6,59). En Cafarnaúm hizo Jesús muchos de sus milagros; pero la ciudad no se convirtió y mereció una feroz condena de parte del Maestro (ver Mt 11,23-24). El título que más frecuentemente se aplica a Jesús en los Evangelios es sin duda el de «Maestro» y a sus seguidores se los llama «discí­pulos»[1]. Él mismo, al final de su vida, afirma que la enseñanza era su actividad diaria. Cuando encara a los que vienen a arrestarlo, les reprocha: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el templo, y no me detuvisteis» (Mc 14,48). Jesús acu­día al templo todos los días y enseñaba. Sin duda trajo al mundo una doctrina y vino con la misión de formar las concien­cias de los hombres en la verdad.

 

¡Una doctrina nueva!

 

Apenas llamados los primeros discípulos, Jesús comienza a enseñar produciendo estupor en los presentes por dos moti­vos: por su autoridad y por su novedad. ¿En qué se diferencia el modo de enseñar de Jesús del de los escribas? Los escribas se limitaban a explicar la Ley de Moisés; ellos enseñaban con la autoridad de Moisés, no tienen autoridad propia. Jesús, en cambio, es más que Moi­sés; Él es una nueva instancia de revelación. Jesús es la Palabra de Dios; cuando Él habla y actúa, Él es la Palabra de Dios que se está presentando. Jesús es la revela­ción misma, él es la Palabra definitiva de Dios. Con razón dice San Juan de la Cruz que habiéndonos hablado en su Hijo, «Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar; ya lo ha hablado todo, dándonos al Todo que es su Hijo»[2].

 

Podemos citar muchos casos en el Evangelio en que Jesús aparece superior a Moisés. Cuando le presentan una mujer sorprendida en flagrante adulterio, los escribas y fariseos sentencian: «Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» (Jn 8,5). Sin pronunciarse sobre Moisés manda a quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Nadie condena a la humillada mujer y Jesús la perdona.

 

Pero tal vez donde más resplandece la novedad y la autoridad de la enseñanza de Jesús es en el Sermón de la Montaña. Jesús comenta diversos preceptos de la Ley de Moisés y ante cada uno expresa su propia ley: «Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos» (Mt 5,21ss). Ante este precepto de Jesús y otros del mismo sermón, debemos concluir que muchos no han aceptado a Jesús y se encuentran aún en el Antiguo Testa­mento y en la Ley de Moisés. Jesús enseña con una autoridad que no es la de Moisés, sino suya propia; y no se limita a citar la ley antigua: Él es nueva instan­cia de ley.

 

«Manda a los espíritus inmundos y le obedecen»

 

Una prueba de su autoridad, como leemos en el pasaje de este Domingo, es que expulsa los demonios. Ahora, ¿por qué el Evangelio habla de que un hombre estaba poseído por un «espíritu inmundo» en vez de «espíri­tu maligno»? En realidad, lo inmundo en el lenguaje bíblico es lo que se opone a la santidad de Dios. Es así que alguien que, por cualquier motivo, no puede participar en el culto del Dios santo, se dice que está en estado de impureza.

 

En el Antiguo Testamento es causa de impureza, por ejemplo, haber tocado un cadáver; pero también el haber faltado el respeto al padre y a la madre y el haber transgredido cualquier mandamiento del Señor. Y el motivo por el cual el hombre debe conservarse puro es éste: «Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo» (Lv 11,45; 19,2). Un espíritu inmundo es uno que está fuera de la esfera de Dios, es lo más opuesto a Dios que se pueda pensar. El espíritu inmundo no pudo resistir en la presen­cia de Jesús, porque en él estaba la santidad de Dios. Por eso, su grito es un testimonio de la divinidad de Jesu­cristo: «Sé quién eres: el Santo de Dios». Esta frase equivale a decir: «Sí, tú has venido a destruirnos, porque tú eres ese hijo de la mujer que tenía que venir a piso­tear la cabeza del demonio y a liberar al hombre de su dominio». El espíritu inmundo verdaderamente reconoce a Jesús.

 

Es interesante que el título que le da: «Santo de Dios» es el mismo que le da San Pedro, en la misma sinago­ga de Cafarnaúm, cuando le dice estas palabras: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eter­na, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). En el resto del episodio Jesús se revela como Aquél que vence al demonio y libera al hombre. Después del escándalo producido por el hombre, todos en la sinagoga habrán tenido un movimiento de temor y se habrán vuelto hacia Jesús para ver cómo reaccionaba. Jesús aparece entera­mente dueño de sí mismo y de la situa­ción: «Jesús, enton­ces, le ordenó: 'Callate y sal de él'. Y agitán­dole vio­lentamente el espíritu inmundo dio un fuerte grito y salió de él». Como era de esperar todos quedaron admira­dos, de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva expuesta con auto­ri­dad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Jesús vino al mundo a aniquilar al «señor de la muerte, es decir, al Diablo» (ver  Hb 2,14) y a darnos la vida: esta vida y, sobre todo, la eterna.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«La promesa que Dios hizo a Moisés «el día de la asamblea», se ha cumplido plenamente, queridos hermanos y her­manas, en la persona y en la obra de Cristo. En efecto, Dios, que «habló en el pasa­do a nuestros padres por medio de los Profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1, l). Consagrado por el Espíritu en el bautis­mo, Él se muestra desde el comienzo co­mo el verdadero y gran profeta que habla y obra para revelar el reino de Dios y sal­var al hombre.

 

Prueba de esto es el episodio que tuvo lugar en la sinagoga de Cafarnaúm, el sá­bado, y que acabamos de escuchar en el Evangelio. En esa ocasión, Jesús habla con autoridad, y no como los escribas y los maestros de la ley. Habla como Dios, como su palabra viva, confiriendo así a su mensaje la fuerza que brota de esta realidad. No explica lo que otros han di­cho, ni recurre a la autoridad de otros; Él mismo es capaz de expresar la voluntad y la exigencia de Dios. Su enseñanza, además, tiene autoridad, dado que no es sólo palabra, sino también gesto.

 

Es palabra que redime y salva. Lo demuestra el milagro hecho en la misma sinagoga de Cafarnaúm. Jesús libera al hombre del poder de Satanás, que lo lacera y lo hace esclavo, y le de­vuelve la dignidad de persona creada a «imagen de Dios». Esto pone de manifies­to la irreductible contraposición entre Je­sús y el maligno: Jesús es «el santo de Dios»; Satanás es «el espíritu inmundo».

 

 Queridos hermanos y hermanas (…), el Concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium, recuerda que la misión proféti­ca de Jesús no acaba con su muerte y su resurrección. Está destinada a prolongar­se en el tiempo, por medio de la presen­cia y la acción de la Iglesia, pueblo de la nueva alianza. Por el don del Espíritu y mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Señor Jesús «cumple su mi­sión profética hasta la plena manifesta­ción de la gloria, no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes, consiguientemente, constituye en testigos y los dota del senti­do de la fe y de la gracia de la palabra, pa­ra que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social».

 

El testimonio profético reviste una fuerza particular cuando asume las ca­racterísticas de la libertad interior, de la dedicación total a las exigencias del reino de Dios y del compromiso radical a lu­char contra toda forma de mal. Esto ocu­rre de manera plena en el estado virginal y en el celibato elegido por el reino de los cielos; o sea, en aquellos que, libremente y para responder a una llamada especial por parte del Señor, se entregan completamente a Él, se consagran a su servicio y recorren el camino de un amor incondi­cional hacia los hermanos, renunciando al matrimonio.

 

De esta forma, libres de las cosas terrenas y de los impedimentos humanos, se convierten en testigos de la resurrección, constructores de la Iglesia, artífices de un mundo nuevo y signo pro­fético de la vida futura, como nos lo re­cuerda san Pablo en la segunda lectura de la liturgia de este día».

 

Juan Pablo II. Homilía 8 de febrero de 1991.

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. Leamos y acojamos el mensaje de la Lumen Gentium 35 del Concilio Vaticano II y pensemos de que manera podemos ser «testigos de la fe» en nuestra vida diaria, familiar y social. 

 

2. Todos, casado o célibes, estamos llamados a responder a nuestro llamado a la santidad que no es sino vivir de manera coherente con nuestra fe bautismal. ¿Lo entiendo y lo vivo de esa manera?  

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 553. 577- 582.


[1] Discípulo: Persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro. Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron. Discípulo de Aristóteles, de Platón, de Epicuro.
[2] Subida al Monte Carmelo, Libro 2, cap. 22, n.4.

lunes, 19 de enero de 2015

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B


«Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres»

 

Lectura del libro del profeta Jonás 3,1-5.10

 

«Por segunda vez fue dirigida la palabra de Yahveh a Jonás en estos términos: “Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga”. Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yahveh. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido de tres días.

 

Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 7,29-31

 

«Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1,14-20

 

«Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”. Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran  pescadores.

 

Jesús les dijo: “Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres”. Al instante, dejando las redes, le siguieron.  Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

La oportunidad de reconciliación y salvación que Dios ofrece al hombre, como se la ofreció a los habitantes de la ciudad de Nínive por la predicación del profeta Jonás (Primera Lectura), así como la eminente llegada del Reino de Dios (Evangelio) y la fugacidad del tiempo presente (Segunda Lectura) urge nuestra conversión a Dios: aceptando con fe la Buena Nueva proclamada por Jesús y cambiando todo aquello que nos aleja del camino de Dios.  

 

«Los ninivitas creyeron en Dios»

 

Jonás, considerado el quinto de los profetas menores, es un hombre que se empeña por huir y no hacer lo que Dios quiere para él. Su relato constituye una excelsa narración en prosa y es considerado uno de los mejores exponentes de las clásicas narraciones hebreas. Jonás va a traer un mensaje de misericordia para el pueblo ninivita que es símbolo de una crueldad despiadada contra Israel. Nínive era la capital del imperio Asirio principalmente durante el reinado del rey Senaquerib y fue creciendo en importancia  a partir del año 1250 a.C. Y es en este contexto donde se lleva a cabo la difícil misión que Dios le ha encomendado a Jonás justamente en medio de un pueblo gentil y hostil. Este es el mensaje principal de todo el libro y hacia este mensaje se tensa todo el movimiento narrativo y dramático del mismo.

 

El pasaje de Jonás en el vientre de la ballena por tres días será utilizado reiteradamente por los evangelistas como prefiguración de la muerte y resurrección de Jesús. También será una figura muy utilizada en el arte de las catacumbas ya que los primeros cristianos veían en ella un símbolo de la resurrección y la salvación. Dios salvó al profeta del peligro mortal, para salvar por él a un pueblo gentil. Dios salvó a Cristo, no apartando el cáliz de la pasión, sino resucitándole de la muerte, para reconciliar y salvar con su muerte y resurrección a todos los pueblos de la tierra.  

 

Los primeros apóstoles

 

Hemos visto el Domingo pasado que, según el Evangelio de San Juan, los primeros apóstoles llamados por Jesús eran discípulos de Juan Bautista y fueron llamados con estas palabras: «Venid y veréis». Ellos eran Andrés y otro discípulo no identificado (que sabemos que era el apóstol Juan). Pedro fue llamado, en segundo lugar, por medio de su her­mano Andrés. ¿Cómo se explica, entonces, que en este Evangelio el primero en ser llamado sea Pedro? El Evangelio dice: «Bor­deando el mar de Galilea, Jesús vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón».

 

En seguida los llama a ser «pescadores de hombres». Todo se explica si nos fijamos en la introducción del episodio de la vocación de los primeros apóstoles tal como es narrada por San Marcos, es decir, del punto de vista de Pedro: «Des­pués que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea». Los tiempos entonces son distintos, el lugar es distinto, el punto de vista es distinto. En el encuentro de los primeros apóstoles con Jesús que pasaba, Juan el Bautista está vivo y presente, ocurre en Judea y el punto de vista es el del apóstol Juan. En la narración de San Mar­cos, en cambio, Juan el Bautista ha sido ya entre­gado, la vocación de los prime­ros apóstoles ocurre en Gali­lea y el punto de vista es el de Pedro.

 

Juan Bautista había preparado el camino del Señor formando un círculo de discípulos entre los cuales se contaban los primeros cuatro apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Sabemos, por el mismo Evangelio de san Marcos, que la predicación del Bautista le significó problemas con Hero­des, que lo hizo encarcelar e, instigado por su convivien­te Herodías, lo hizo deca­pitar. El Evangelio justamente se inicia mencionando el hecho: «Después que Juan fue entrega­do, marchó Jesús a Galilea». Es probable que después que Juan fue entregado sus discí­pulos volvieran cada uno a su lugar de origen y a sus ocupa­ciones; los que eran pescadores en Galilea, a pescar en el mar de Gali­lea. ¿Qué nos extraña, si, cuando fue entre­ga­do Jesús mismo, procedieron igual?

 

Y allí, bordeando el mar de Galilea, Jesús, que ya los había conocido en Judea en torno a Juan, los llama, esta vez para seguirlo en serio y ser hechos «pes­cadores de hombres». Esta vez dejaron las redes y las barcas en la arena, dejaron al padre y los jornale­ros, lo abandonaron todo para seguir a Jesús. Y los primeros dos, Pedro y Andrés, lo siguieron hasta morir una muerte seme­jante a la suya: ambos murieron crucificados, como Jesús. Podemos concluir que los primeros discípulos habían conocido a Jesús en Judea, se habían quedado con Él todo un día, y la experiencia de ese encuentro ya no los había abandonado más. Por eso bastó que, al pasar Jesús junto al mar de Galilea, los llamara para que ellos al instante lo siguieran.

 

«El tiempo se ha completado…»

 

San Marcos resume la predicación inicial de Jesús con estas palabras: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Veamos detalladamente el significado de cada una de estas palabras.

 

«El tiempo se ha completado». La imagen es de un reci­piente que se va llenando hasta que se colma. Así el tiempo llegó a plenitud. Ese tiempo, que Dios echó a andar desde el momento de la creación y que correrá hasta el fin del mundo, alcanzó su punto culminante cuando el Hijo de Dios se hizo hombre y nació a este mundo. Lo dice también San Pablo en una afirmación semejante: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo nacido de mujer... para que nosotros recibiéramos la filiación divina por adopción» (Ga 4,4). Esto es lo que expresa nuestro cómputo de los años, que fija el año cero, es decir, el centro de la historia, en el naci­miento de Cristo. Todo lo anterior apunta a Él y todo lo sucesivo toma su origen de Él.

 

En Cristo la cuenta regre­siva del tiempo llegó a cero y se inició la reconciliación, que está operando hoy entre nosotros. Esto es lo que quiere decir Jesús con estas palabras y se verifica lo que Él mismo decía a sus con­temporáneos: «Dicho­sos vuestros ojos, porque ven y vuestros oídos, porque oyen. Pues os aseguro que muchos profe­tas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). Esta bienaventuranza nos abraza también a noso­tros que hemos cono­cido a Cristo.

 

«El Reino de Dios está cerca»

 

La expresión Reino de Dios aparece en estas primeras palabras de Jesús y después consti­tuirá uno de los temas principales de su predicación. Jesús usó esta expresión para aclarar el misterio de su propia Persona e ir haciendo luz gradualmente sobre su identidad. El Reino de Dios está donde está Jesús con su gracia: allí están la justicia, la paz, el amor, la verdad, la felicidad; en resumen, la salvación. Estos son los valo­res del Reino; ellos operan donde está Jesús. Donde se rechaza a Jesús, reina el pecado y su cortejo de males: la injusti­cia, la mentira, la violencia, el egoísmo y la muer­te. La petición del Padre Nuestro: «Venga a nosotros tu Reino» equivale a esta otra: «Venga a nosotros tu Hijo Jesús». Así oraba a menudo San Pablo: «Ven Señor Jesús». Ya sabemos entonces que si «el Reino de Dios está cerca» es porque allí estaba Jesús. En la Persona de Jesús estaba irrumpiendo la acción salvífica de Dios.

 

«Convertíos y creed en el Evangelio»

 

Son dos imperati­vos que significan lo mismo. Convertirse significa cambiar de mente, cambiar las bases de la existencia, cambiar tan radi­calmente, que lo que antes me importaba, ahora lo consi­dero insignificante. Este es el efecto que se produce cuando al­guien «cree en el Evangelio». Ya hemos dicho en otra oca­sión que un «evangelio» es el anuncio gozoso de una noticia tal que cuando alguien la recibe, ya nada puede ser como antes. El Evangelio de Dios es el anuncio de que Dios nos ha amado y ha enviado a su Hijo al mundo para salvarnos del pecado y de la muerte. El que comprende esto y le presta fe, experi­menta un cambio radical en su vida; se convierte. Pasa de la muerte a la vida…

 

Es una orden de Jesús: «¡Convertíos!». Para expresar lo que esto significa, San Pablo hace un discurso: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la subli­midad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,7-8). San Marcos no hace un discurso, pero pre­sen­ta actitudes equivalentes cuando Simón y Andrés largan­do las redes en el mar siguen al Maestro Bueno. Y lo mismo hizo Santiago y Juan. Esto es «convertirse». Cuando se presentó Jesús en el horizonte de sus vidas, Él acaparó su interés. La barca, las redes, el padre, los jornaleros, todo lo que antes constituía sus vidas, quedó olvidado, abandonado. De pescadores de peces, pasaron a ser «pescadores de hombres». Esta es otra expresión de Jesús que para ellos tuvo que ser oscura; pero después se les fue aclarando.

 

Sin embargo la promesa de Jesús se cumplió plenamente como nos lo muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles. En efecto, la primera predi­cación de Pedro, después de Pentecostés, tuvo este resul­tado: «Los que acogieron su palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas» (Hch 2,41). Quedaron atrapados en las redes de Pedro. Pero éstas son redes que respetan plenamente la libertad del hombre, pues después de escuchar las palabras de Pedro, cada uno debía reconocer: «Esto no te lo ha revela­do ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en los cielos... Tú tienes palabras de vida eterna» (Mt 16,17; Jn 6,68). Estas palabras de vida eterna son las que cada uno de nosotros escucha cada Domingo en la Santa Misa. 

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Escuchemos lo que dice Jesús a los predicadores que envía a sus campos: la mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a la mies.

 

Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas».     

 San Gregorio Magno. Homilía 17 sobre los Evangelios.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. Leamos con atención lo que nos dice Juan Casiano: «Muchos son los caminos que conducen a Dios. Por eso, cada cual debe de seguir con decisión irrevocable el modo de vida que primero abrazó, manteniéndose fiel en su dirección primera. Cualquiera que sea la vocación escogida, podrá llegar a ser perfecto en ella». Pidamos fuerzas al Señor para ser fieles a nuestro llamado para llegar a Dios.  

 

2. «El tiempo es corto» nos dice San Pablo en su carta a los Corintios. ¿Vivo la urgencia de mi conversión diaria? ¿Qué cosas debo de cambiar en mi vida para estar más cerca de Dios?

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 871- 897.

viernes, 9 de enero de 2015

Tiempo de Navidad. Bautismo del Señor. Ciclo B



«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco»

Lectura del libro profeta Isaías 42, 1- 4.6-7

«He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderán las islas. Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas.»

 

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38

 

«Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. "El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos.

 

Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo = y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él;»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1, 7 - 11

 

«Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa  de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Todos los textos litúrgicos, de una u otra manera, se refieren a la «novedosa»[1] acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios que leemos en el profeta Isaías (Primera Lectura) cuando se refiere al «Siervo de Dios». Resulta también algo «novedoso» que Jesús sea bautizado por Juan en el Jordán, que el cielo se abra, que el Espíritu Santo descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo diciendo: «Éste es mi Hijo amado». Dentro de la mentalidad judía, es también absolutamente nuevo lo que proclama San Pedro: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato». En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: «En su bautismo, “se abrieron los cielos” (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado...como preludio de la nueva creación»[2]. Es sin duda ésta, la nueva acción de Dios en la historia.

Una «carta de presentación»


 

Por boca del profeta Isaías[3], Dios había anunciado muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, a aquél que sería el elegido: «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre Él» (Is 42,1-2). A la elección del «siervo de Yahveh», acompaña una efusión del Espíritu; como se da en el caso de los jefes carismáticos de los tiempos antiguos, en los Jueces (ver Jc 3,10s) y en los primeros Reyes (ver 1Sam 9,17; 10,9-10; 16,12-13). Las palabras del profeta Isaías se volverán a escuchar en el momento en que el Señor Jesús, al acudir al Jordán para ser bautizado por Juan, inicia su misión (ver Mt 3,17).

 

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Apóstol Pedro, haciendo referencia al momento en que se inicia el ministerio público de Jesús en su discurso en la casa del Centurión Cornelio[4], relaciona Jesús, bautizado en el Jordán, con el «siervo de Yahveh». Pedro dice de Él que «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con Él» (Hech 10,38). La misión fundamental del Verbo Encarnado es hacer el bien y llevar la «Buena Nueva» a todas las naciones; judíos y gentiles[5].

 

La visita de Pedro a la casa de Cornelio y el descenso del Espíritu Santo; es de inmensa importancia para la iglesia primitiva, por cuanto marcó la entrada de los gentiles en su seno[6]. En lo sucesivo el Espíritu Santo será dado a todos aquellos que, fuera cual fuera su origen, oyeren con fe la «Nueva Noticia» del Señor Jesucristo. Cornelio, sus familiares[7] y amigos, en el momento de su conversión fueron bautizados con el Espíritu Santo como los discípulos en Pentecostés (Hch. 11:15-17).

 

El inicio de la vida pública de Jesús

           

El bautismo de Jesús en el Jordán de manos de Juan Bau­tista es el primer acto público de la vida de Jesús e inicia su ministerio público. Esta simple obser­vación nos sugiere que ya está aquí contenido, en ger­men, lo que será el desarrollo completo de su vida. En cierto sentido está expresado aquí el misterio completo de Cristo, tal como es resumido por San Pablo en su carta a los Filipenses: «Cristo, siendo de condición divina... se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo... se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre...» (Fil 2,5-11).

           

El Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, «igual a noso­tros en todo menos en el pecado» (Heb 4,15). En el pecado no, pero sí en la condición del hombre pecador, es decir, víctima de la fatiga, del dolor, del hambre y la sed, y sobre todo de la consecuencia más extrema del pecado: la muerte. Pero ese abajamiento fue un «sacrificio» grato a Dios y obtuvo para todo el género humano la reconciliación. Así había sido anun­ciado muchos siglos antes por el profeta Isaías: «Por su amor justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos Él soportará... indefenso se entregó a la  muerte y fue conta­do entre los impíos, mientras Él llevaba el pecado de muchos e intercedía por los pecadores» (Is 53,11-12).

 

El bautismo de Juan

 

El bautismo de Juan[8] era un baño de agua (inmersión) en el Jordán que se hacía confesando los pecados. El mismo Juan predica: «Yo os bautizo con agua para conversión». Había que reconocer la propia condición de hombre pecador y someterse a este rito de penitencia con la intención de morir a la vida de pecado. Pero la liberación verdadera del pecado no era posible mientras no viniera el que había de expiar nuestros pecados con su muerte en la cruz. Juan lo reconoce cuando, indicando a Jesús, dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La muerte de Jesús en la cruz ha dado eficacia al Bautismo cris­tiano, del cual el bautismo de Juan no era más que un símbolo: «Yo bautizo con agua... Él os bautizará con el Espíri­tu San­to».  Por  eso  cuando  Jesús  se  presenta a Juan para ser bauti­za­do, éste «trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti».

 

La misión de Jesús

 

La insistencia de Jesús para bautizarse, como dijimos, indica lo central de su misión: «Déjame ahora pues conviene que así cumplamos toda justicia». Entrando en el bautismo de Juan, Jesús fue contado entre los pecadores. De esta manera este hecho es un símbolo del sacrificio en la cruz. En la cruz Cristo también fue contado entre los pecadores; en efecto, «junto con Él crucificaron a dos malhechores, uno a la dere­cha y otro a la izquierda». Pero sobre todo, porque Él, aunque no conoció pecado, asumió sobre sí el salario del pecado que es la muerte. El mismo Jesús lo había advertido a sus apóstoles: «Es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: He sido contado entre los malhechores» (Lc 22,37). Es una frase similar a la que dijo en su bautismo: «Es necesario que se cumpla toda justicia».

 

El bautismo de Jesús en el Jordán es entonces un símbolo y el primer anuncio de su muerte en la cruz. Hemos dicho que el bautismo era un rito penitencial, es decir, en cierto sentido, expiatorio por el pecado, como eran los sacrificios, en los cuales mediaba la muerte de la víctima. Era, por tanto, de esperar que «el bautismo para penitencia» se aso­ciara a la muerte expiatoria por el pecado y se usara como una metáfora de ella. Así lo comprende el mismo Jesús, como se deduce de la pregunta que pone a los hermanos Santiago y Juan: «¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» (Mc 10,38). Y en otro lugar expresa su deseo de llevar a término su misión con estas palabras: «Tengo que ser bautizado con un bautismo y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). También aquí, en el bautismo de Juan, después de su humillación y obediencia, Jesús es exaltado por la voz del Padre que dice: «Éste es mi Hijo amado en quien me complazco».

 

El don del Espíritu Santo

 

Los Evangelios son constantes en afirmar que con ocasión del bautismo de Jesús Él fue confirmado como el Ungido por el Espíritu Santo. Los Evangelios precisan que esto no fue un «efecto» del bautismo de Juan, pues no ocurrió mientras Jesús estaba en el agua, sino una vez que «Jesús salió del agua». El don del Espíritu será un efecto del bautismo instituido por Jesús, pues Él es quien «bautiza en Espíritu Santo».

 

El relato continúa: «Una voz que salía de los cielos decía: ‘Este es mi Hijo amado en quien me com­plazco'». Esta voz se dirige a todos para manifestar a Jesús como el Hijo de Dios. Es pues una epifanía. Es claro que la voz del cielo repite el oráculo de Isaías sobre el Siervo de Yahveh pero se da el tremendo paso de sustituir «siervo» por «Hijo». En lugar de decir «mi siervo», Dios Padre se refiere a Jesús llamándolo «mi Hijo amado».

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Para captar el sentido profundo del bautismo, es necesario volver a meditar en el misterio del bautismo de Jesús, al comienzo de su vida pública... En realidad, sometiéndose al bautis­mo de Juan, Jesús lo recibe no para su propia purificación, sino corno signo de solidaridad redentora con los pecadores. En su gesto bautismal está implícita una intención redentora, puesto que es «el Cordero (...) que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29)...

 

En el bautismo en el Jordán, Jesús no sólo anuncia el compromiso del su­frimiento redentor, sino que también obtiene una efusión especial del Espíri­tu, que desciende en forma de paloma, es decir, como Espíritu de la reconcilia­ción y de la benevolencia divina. Este descenso es preludio del don del Espíritu Santo, que se comunicará en el bau­tismo de los cristianos. Además, una voz celestial proclama: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me com­plazco» (Mc 1, 11). Es el Padre quien re­conoce a su propio Hijo y manifiesta el vínculo de amor que lo une a Él.

 

En realidad, Cristo está unido al Padre por una relación única, porque es el Verbo eterno «de la misma naturaleza del Padre». Sin embargo, en virtud de la filia­ción divina conferida por el bautismo, puede decirse que para cada persona bautizada e injertada en Cristo resuena aún la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado». En el bautismo de Cristo se encuentra la fuente del bautismo de los cristianos y de su riqueza espiritual».

 

San Juan Pablo II. Catequesis del  1 de abril, 1998.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Con la celebración del Bautismo de Jesús se termina el Tiempo Litúrgico de la Navidad y se inicia el Tiempo Ordinario. Contemplemos una vez más el misterio del nacimiento de nuestro Reconciliador en Belén. Renovemos una vez más nuestras resoluciones (regalos) para este año que se inicia ante el Niño Dios.

 

2. En el bautismo de Jesús, recordamos nuestro propio bautismo: fundamento de nuestra vida de fe. ¿Cómo vivo mi fe recibida en el bautismo? ¿Soy consciente de las promesas de mi bautismo?

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 536, 720, 1224-1225. 1267 - 1270.


[1] ´Novedad. (Del lat. novĭtas, -ātis).  Cualidad de nuevo. Cosa nueva. Cambio producido en algo. Suceso reciente, noticia. Extrañeza o admiración que causa lo antes no visto ni oído.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 536.
[3] Isaías vivió en Jerusalén en el siglo VII a.C. El libro que lleva su nombre es uno de los libros proféticos más impresionantes del Antiguo Testamento. Describe con gran vigor el poder de Dios y su mensaje de esperanza para el pueblo. Isaías profetizó a lo largo de unos 40 años. Los capítulos 40-45 describe el destierro de Judá en Babilonia. El pueblo ya no tiene esperanza pero el profeta habla de un tiempo que Dios va a liberar a su pueblo y lo hará regresar a Jerusalén.  
[4] Cornelio: capitán (centurión) del ejército romano destacado en Cesarea. Era «temeroso de Dios», o sea, era un prosélito del judaísmo, celoso y caritativo. Sin embargo, no era salvo por sus buenas obras (Hch. 11:14).En un sueño, un ángel le dijo que hiciera venir a Pedro que se encontraba en Jafa. 
[5] Toda persona que, no siendo israelita, perteneciera «a las naciones» (gentil, que proviene del latín «gentilis», de «gens», nación), estando sometida a otras autoridades y a otra religión que la de Israel. No quedaban contados entre los extranjeros: los esclavos comprados por dinero, ni los prisioneros de guerra; éstos estaban en poder de sus dueños, y sometidos a las leyes israelitas (Gn. 17:12; Éx. 21:20-21); los prosélitos, esto es, los extranjeros que hubieran adoptado la religión de los israelitas (Gn. 34:14-17; Is. 56:6-8; Hch. 2:10). El extranjero no asimilado se encontraba con algunas prescripciones negativas, porque Israel debía seguir siendo el pueblo santo, separado para Dios (Dt. 14:2). Los matrimonios mixtos estaban prohibidos (Éx. 34:16; Dt. 7:3; Jos. 23:12). En una época posterior, los judíos de observancia estricta ni comían ni bebían con gentiles (Hch. 11:3; Gá. 2:12). Estos últimos, sin embargo, podían, en todo momento, acceder al judaísmo (Gn. 17:27; 34:14-17; Mt. 23:15).
[6] Recordemos que los samaritanos de Hch. 8 eran considerados medio judíos.
[7] Podemos afirmar que también fueron bautizados las mujeres y los niños.
[8] La práctica del bautismo por inmersión de agua no fue invento del Bautista. Junto con la circuncisión, rito básico de incorporación al Pueblo de la Alianza, el bautismo de agua era practicado por los judíos piadosos como un importante rito de purificación. De hecho adquirió un relieve especial entre los esenios que vivían comunitariamente en Qumrám a orillas del Mar Muerto; entre ellos el bautismo era signo de un firme compromiso de servir a Dios con plena fidelidad. Había además un bautismo de iniciación para los prosélitos que se incorporaban a la religión judía. La originalidad del bautismo de Juan fue su intención penitencial por la proximidad del «Ungido- Mesías» preparando así los caminos de «Aquel que tenía que venir».