lunes, 26 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos – 1 de noviembre 2020

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

Lectura del libro del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14

«Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar: "No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: "Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero».

 

Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-3

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.  4Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la lectura del Evangelio en este domingo - fiesta de todos los santos (1 de noviembre) - se proclaman las Bienaventuranzas, que son el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en todos los santos. Los elegidos por el Señor, es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Primera Lectura) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (Segunda Lectura). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia. 

 

El sermón de la montaña

En el Sermón de la monta­ña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangé­lica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infi­nitamente. Esto es lo que quie­ren decir los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepa­sados... Mas yo os digo..." (Mt 5,21.27.­31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la ley anti­gua dada por el mismo Dios.

En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera perso­na: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos..."; la novena está formu­lada en segunda perso­na y dirigida a los oyen­tes: "Biena­venturados seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás.

Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho biena­venturanzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma prome­sa: "Biena­ventura­dos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos... Bienaventura­dos los persegui­dos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La prime­ra tabla contiene las primeras cuatro y expresa la rela­ción del hombre con Dios, y la segun­da tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.

 

La primera tabla

La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos... ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán saciados". El tema de esta primera tabla está indi­cado en la primera bienaventuranza, la que declara dicho­sos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del cora­zón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: "A­prended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligi­dos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.

 

La segunda tabla 

La segunda tabla proclama la otra condición indispen­sable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de cora­zón, los que traba­jan por la paz, los perse­guidos por causa de la justi­cia. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericor­diosos". Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en rela­ción a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relacio­nes fraternas. Aquí Jesús comien­za a ilustrar las rela­ciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indica­do por la primera biena­ven­turan­za: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.

 

¿En qué consiste ser santo?

En la solemnidad que celebramos es bueno preguntarnos: ¿Por qué los santos han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? Para dar respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía canta: "Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo", y agrega: "Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad".

La santidad as algo que pertenece a Dios y que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado, el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. "Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1Jn 3,2). Estamos creados para esto y no sería un ser humano el que no lo deseara.

La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues "el amor es de Dios... Dios es amor" (1Jn 4,7.8). La actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc. Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un espectáculo más hermoso!

 

Una palabra del Santo Padre:

«La solemnidad de Todos los Santos es «nuestra» fiesta: no porque nosotros seamos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Los santos no son figuritas perfectas, sino personas atravesadas por Dios. Podemos compararlas con las vidrieras de las iglesias, que dejan entrar la luz en diversas tonalidades de color. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han recibido la luz de Dios en su corazón y la han transmitido al mundo, cada uno según su propia «tonalidad».

Pero todos han sido transparentes, han luchado por quitar las manchas y las oscuridades del pecado, para hacer pasar la luz afectuosa de Dios. Este es el objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios y también el objetivo de nuestra vida.

De hecho, hoy en el Evangelio Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciéndonos «bienaventurados» (Mateo 5, 3). Es la palabra con la cual inicia su predicación, que es «Evangelio», Buena Noticia porque es el camino de la felicidad. Quien está con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no está en tener algo o en convertirse en alguien, no, la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Vosotros creéis esto? Debemos ir adelante, para creer en esto. Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los demás y por los propios errores, permanecen mansos, luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, obran siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien. Estas son las bienaventuranzas.

No exigen gestos asombrosos, no son para superhombres, sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día, para nosotros. Así son los santos: respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en el camino no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana.

Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada por este mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas «de la puerta de al lado», que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a Dios a llevar adelante el mundo. ¡Y existen muchos hoy! Son tantos. Gracias a estos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a llevar adelante el mundo, que viven entre nosotros, saludemos a todos con un fuerte aplauso. Ante todo —dice la primera bienaventuranza— son «los pobres de espíritu» (Mateo 5, 3). ¿Qué significa? Que no viven para el éxito, el poder y el dinero; saben que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios (cf. Lucas 12, 21). Creen en cambio que el Señor es el tesoro de la vida y el amor al prójimo la única verdadera fuente de ganancia. A veces estamos descontentos por algo que nos falta o preocupados si no somos considerados como quisiéramos; recordemos que no está aquí nuestra felicidad, sino en el Señor y en el amor: sólo con Él, sólo amando se vive como bienaventurado».

Papa Francisco. Ángelus Miércoles 1 de noviembre de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «Este es el objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios y también el objetivo de nuestra vida», nos dice el Papa Francisco. ¿Cuál es el objetivo de mi vida? ¿Dios entre en él?

2. Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas. Leamos a lo largo de la semana este hermoso pasaje evangélico.     

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Domingo de la Semana 30 del Tiempo Ordinario. Ciclo A- 25 de octubre de 2020

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

Lectura del libro del Éxodo 22,20-26

«No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No harás daño a la viuda ni al huérfano. Si les haces daño y ellos me piden auxilio, yo escucharé su clamor. Entonces arderá mi ira, y yo los mataré a ustedes con la espada; sus mujeres quedarán viudas, y sus hijos huérfanos. Si prestas dinero a un miembro de mi pueblo, al pobre que vive a tu lado, no te comportarás con él como un usurero, no le exigirás interés. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes que se ponga el sol, porque ese es su único abrigo y el vestido de su cuerpo. De lo contrario, ¿con qué dormirá? Y si él me invoca, yo lo escucharé, porque soy compasivo».

 

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10

«Ya saben cómo procedimos cuando estuvimos allí al servicio de ustedes. Y ustedes, a su vez, imitaron nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la Palabra en medio de muchas dificultades, con la alegría que da el Espíritu Santo. Así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya. En efecto, de allí partió la Palabra del Señor, que no sólo resonó en Macedonia y Acaya: en todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de manera que no es necesario hablar de esto. Ellos mismos cuentan cómo ustedes me han recibido y cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo, que vendrá desde el cielo: Jesús, a quien él resucitó y que nos libra de la ira venidera».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 22,34-40

«Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.»

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de este Domingo nos presenta la enseñanza más importante que Jesús nos ha dejado: «el mandamiento del amor». Lo que va a realizar ante la clara malicia de la pregunta, es algo realmente revolucionario: unir el amor a Dios con el amor al prójimo diciendo que ambos son semejantes. En la lectura del Éxodo vemos las prescripciones que debían observar los judíos en relación con los extranjeros, con las viudas, los huérfanos y todos aquellos que se veían en la necesidad de pedir prestado o dejar objetos en prenda para poder obtener lo necesario para la vida. El Señor velará siempre por estas personas ya que Él es «compasivo» y cuida de sus creaturas más necesitadas. Por otra parte, en la carta a los Tesalonicenses, Pablo alaba la fe y el apostolado de aquella naciente comunidad y comprueba que el crecimiento espiritual se debe, en primer lugar, a la apertura al Espíritu Santo. Los tesalonicenses han recibido la Palabra y se han convertido a Dios; viviendo ahora la sana tensión por la venida definitiva del Reconciliador (Segunda Lectura).

 

«Sí él me invoca, yo lo escucharé porque soy compasivo»

La lectura del libro del Éxodo hace parte de una colección de leyes y de normas que buscan explicar y aplicar de manera práctica los principios religiosos y morales del Decálogo. Este pasaje nos enseña que no le basta a Dios que se le respete y obedezca; desea que nadie de los que han hecho la Alianza se quede al margen de su amor y por ello impone que la obediencia a sus preceptos pase por el respeto al prójimo y, de manera particular, a los menos favorecidos. Hacer con Dios una alianza implica el ser justo con aquellos por los cuales Él se desvive: los desamparados. Es impresionante el lenguaje de la Ley acerca de las viudas, huérfanos y pobres; pero lo es más todavía el de los profetas: «aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,17; ver Jr 5,28; Ez 22,7.).

Leemos en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia: «Del Decálogo deriva un compromiso que implica no sólo lo que se refiere a la fidelidad al único Dios verdadero, sino también las relaciones sociales dentro del pueblo de la Alianza. Estas últimas están reguladas especialmente por lo que ha sido llamado “el derecho del pobre”…El don de la liberación y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el Decálogo, están, por tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la sociedad israelita en la justicia y en la solidaridad»[1].    

 

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?»

El Evangelio de este Domingo nos presen­ta el último de cuatro episodios en que se trata de sor­prender a Jesús en error. En el primero de estos episodios, después que Jesús purificó el templo expul­sando a los mercaderes, se le acercan los sumos sacerdotes y los ancia­nos del pueblo para preguntar­le sobre su autoridad (Mt 21,23). En el segundo (lo hemos visto el Domingo pasado), Jesús escapa de la trampa que le han tendido los fariseos y los herodianos con su pregunta acerca de la licitud de pagar el tributo al César (Mt 22,15-22). En el episodio siguien­te son los sadu­ceos[2] los que le presentan un caso difícil, para ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos (Mt 22,23-33). La fe en la resurrección era uno de los puntos en que discrepaban fariseos y saduceos: «Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mientras que los fariseos profesan todo eso» (Hch 23,8).

Pero en la introducción del episodio hay algo que a primera vista como que no corresponde: «Los fari­seos, al enterarse de que Jesús había tapado la boca a los sadu­ceos, se reunie­ron en grupo y uno de ellos le preguntó para tentarlo...» Si Jesús había tapado la boca a los saduceos y lo había hecho profesando la fe en la resurrección, se podría pensar que los fariseos estarían conten­tos y darían la razón a Jesús viendo que coincidía con ellos en un punto de doctrina. Pero no; cuando se trata de oponerse a Jesús, ellos olvi­dan sus discrepan­cias con los saduceos y están unidos buscando su ruina. Por eso, viendo que a los sadu­ceos no les resul­tó perder a Jesús, lejos de defenderlo por la doctrina que había sustentado, ellos hacen un nuevo inten­to. Le ponen una pregunta capciosa para ver si cae y les da motivo para desprestigiar­lo. Aquí se ubica el episodio de este Domingo que es el cuarto de este tipo que con toda malicia y con ánimo de ponerle a prueba, le pregunta «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?»[3]. La intención es tentarlo, es decir, ponerle una pregunta que induzca a Jesús a dar una res­puesta errónea que les permita acusarlo o desprestigiarlo. Cuando se trató del tributo al César, Jesús ya había desenmasca­rado a los fariseos diciéndo­les: «Hipócritas, ¿por qué me ten­táis?» (Mt 22,18). Aquí nuevamente vuelven a tentarlo. Pero Jesús no reacciona de esa manera, porque la pregunta, a pesar de su intención torcida, le permite dar una enseñanza fundamen­tal.

 

¿Qué respuesta esperaban?

Antes de examinar la respuesta de Jesús trataremos de descubrir en qué consiste lo capcioso de la pregunta. La pregunta parece más bien apta para que Jesús se luzca con su res­puesta. En efecto, todo judío sabía de memoria el «Shemá Israel» y hasta el día de hoy se encuentra en el «Siddur» (el libro de oraciones) como parte de la oración nocturna diaria: «Escu­cha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Dios. Bendi­to sea el nombre glorio­so de su Reino por los siglos. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza». Está tomado del libro del Deutero­nomio donde se agrega: «Per­manezcan en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repeti­rás a tus hijos... las atarás en tu mano como una señal y serán como una insignia ante tus ojos...» (Dt 6,7-8). Es obvio que todo judío, interrogado sobre el mandamiento mayor de la ley, habría citado el «Shemá». Si la pregun­ta fue hecha «para tentarlo» es porque los fariseos espera­ban que Jesús respondiera otra cosa. Enton­ces habrían tenido de qué acusarlo.

Entonces, ¿qué respuesta esperaban? Jesús había estado enseñan­do con mucha energía el mandamiento del amor al prójimo. En el sermón de la montaña había radicalizado los manda­mien­tos que se refieren al prójimo: «Se os ha dicho: 'No matarás'... Pues yo os digo: 'Todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo'... Se os ha dicho: 'No comete­rás adulte­rio'. Pues yo os digo: 'Todo el que mire una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón'... etc.»(Mt 5,21ss). Más adelante, al joven rico que le pregunta qué mandamientos tiene que cum­plir para alcanzar la vida eterna, Jesús le responde: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,18-19). Y más explícita­mente había enseña­do: «Os doy un mandamien­to nuevo: que os améis los unos a los otros... Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros» (Jn 13,34; 15,12).

Es probable que los fariseos esperaran que Jesús les diera esa respuesta o alguna parecida. Pero no habían entendido su enseñan­za. Jesús da la respuesta correcta: «Ama­rás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento». Pero en seguida agre­ga: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»[4]. Ambos mandamientos no se pueden sepa­rar, no se puede cumplir uno solo de ellos. El mandamien­to del amor es uno solo, es indivisi­ble, el mismo se dirige a Dios y al prójimo; no se trata de dos amores, sino de uno solo; cuando perece uno, perece también el otro. Esto es lo que Jesús quiere enseñar con su respuesta. Por eso concluye: «De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profe­tas», no de uno sino de los dos.

 

El mandamiento del amor

El fundamento del amor al prójimo es el amor a Dios; pero la prueba del amor a Dios es el amor al prójimo. San Juan es tajante en este criterio: «Si alguno dice: 'Amo a Dios' y no ama a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamien­to: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn4,20-21). Por tanto, el mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón...» se cumple solamente «amando al prójimo como a ti mismo». Jesús los unió más estrechamente aún, si es posible, cuando dijo, a propósito del juicio final: «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mt 25,40).

No tenemos otro modo de expresar nuestro amor a Él que amándolo en sus hermanos más peque­ños: los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnu­dos, los enfermos, los encarcelados. San Juan de la Cruz comenta este episodio diciendo: «En la tarde de tu vida serás examinado sobre el amor», sin especificar, pues se trata de una sola virtud. Donde falta el amor a Dios lo único que nos queda entre manos es el egoísmo.

 

Una palabra del Santo Padre:

«Su novedad consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos —el amor a Dios y el amor al prójimo— revelando que ellos son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos dejó un bellísimo comentario al respecto en su primera encíclica Deus caritas est, (nn. 16-18). En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está en la cima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.

Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de hacerse cargo de las personas más débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda (cf. Ex 22, 20-26). Jesús conduce hacia su realización esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.

Ahora, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa, la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.

En medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones —a los legalismos de ayer y de hoy— Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros: el rostro del Padre y el del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos: no son preceptos y fórmulas; nos entrega dos rostros, es más, un solo rostro, el de Dios que se refleja en muchos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. Y deberíamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Dios: ¿somos capaces de hacer esto?». 

Papa Francisco Ángelus. Domingo 26 de octubre de 2014

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. «Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, lo hicisteis conmigo» (Mt 25,40). Haz un examen de conciencia a partir de pasaje del Evangelio de San Mateo. ¿Cómo vivo de manera concreta el amor al prójimo?

2. Recemos en familia el Salmo responsorial 17(16): «El clamor del inocente». 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2086.2093- 2094.2196.



[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 23.

[2] Los saduceos eran un partido político judío. Su nombre proviene del sacerdote Sadoc (sacerdote de la época del rey David), aunque el grupo se formó en el siglo II a.C. Lo constituía gente aristocrática y de familias sacerdotales.  Apoyaron a los reyes y a los sumos sacerdotes asmoreos (de la dinastía de los macabeos) y, más tarde, a los dominadores romanos. No admitían las ampliaciones que los fariseos habían hecho de la Ley (en concreto la ley oral que era distinta a la ley escrita que figura en el Antiguo Testamento). Por este motivo no creían en la resurrección de los muertos ya que de ella no se habla claramente en la Ley del Antiguo Testamento.  

[3] La Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos, 248 de los cuales eran positivos, puesto que ordenaban determinadas acciones, y 365 negativos, ya que prohibían hacer algunas otras. Unos y otros se dividían en preceptos «ligeros» y preceptos «graves», según la importancia que se les atribuía.

[4] Ver Lev 19,18.

martes, 13 de octubre de 2020

Domingo de la Semana 29 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 18 de octubre de 2020

«Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.» 

Lectura del libro del profeta Isaías 45 1.4-6

«Así habla el Señor a su ungido, a Ciro, a quien tomé de la mano derecha, para someter ante él a las naciones y desarmar a los reyes, para abrir ante él las puertas de las ciudades, de manera que no puedan cerrarse. Por amor a Jacob, mi servidor, y a Israel, mi elegido, yo te llamé por tu nombre, te di un título insigne, sin que tú me conocieras. Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí. Yo te hice empuñar las armas, sin que tú me conocieras, para que se conozca, desde el Oriente y el Occidente, que no hay nada fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro». 


Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b

«Pablo, Silvano y Timoteo saludan a la Iglesia de Tesalónica, que está unida a Dios Padre y al Señor Jesucristo. Llegue a ustedes la gracia y la paz. Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes, cuando los recordamos en nuestras oraciones, y sin cesar tenemos presente delante de Dios, nuestro Padre, cómo ustedes han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia. Sabemos, hermanos amados por Dios, que ustedes han sido elegidos. Porque la Buena Noticia que les hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones». 

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 22, 15-21

«Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?» Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto.» Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?» Le respondieron: «Del César.» Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.»  

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí». El tema por el cual podemos relacionar las lecturas dominicales de esta semana es la soberanía y el señorío del Señor. La Primera Lectura nos muestra como Ciro, rey de Persia, es un instrumento de la providencia aún sin saberlo, para proteger al pueblo elegido y conducirlo nuevamente a la «tierra prometida». Isaías hace una lectura teológica y profética de estos hechos históricos. El Evangelio, en el mismo contexto que los anteriores domingos, nos narra un tenso encuentro entre Jesús y los discípulos de los fariseos junto con los herodianos. Estos tienden a Jesús una celada para hacerlo caer. 

Le presentan un dilema, al parecer, insoluble: ¿se debe dar, sí o no, el tributo al César? Pero Jesús ofrece una respuesta que sorprende a todos, adversarios y discípulos: «Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios». Con estas palabras, Jesús, no sólo confunde a sus adversarios, sino que nos enseña cual debe de ser la recta jerarquía en nuestra relación con Dios y el orden temporal. Las palabras de Jesús están llenas de sabiduría divina; nos muestran que, en última instancia, todo lo debemos a Aquel que nos dio la vida: «Al oír esto, quedaron maravillados, y dejándole, se fueron» (Mt 22,22). Este Domingo iniciamos la lectura de la carta a los Tesalonicenses. En sus primeras palabras a la comunidad de Tesalónica, Pablo reconoce la centralidad de Jesús en ella.  

 

Los fariseos y los herodianos 

Hoy leemos uno de los episodios más conocidos del Evangelio ya que contiene una de las frases más populares de Cristo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Las hostilidades contra Jesús han aumentado hasta el punto que los fariseos y los herodianos, que en situación normal son completamente opuestos, se han puesto de acuerdo para eliminar a Jesús. Los fariseos1 en su fidelidad a la Torah, la ley de Dios escrita, desprecian las leyes impuestas por Roma y se someten a ellas de mala gana. Por su parte, los herodianos, siguiendo la política de Herodes, son convivientes con el poder de Roma, son colaboracionistas. Pero contra Jesús están unidos: «Los fariseos celebraron consejo sobre la forma de sorprender a Jesús en alguna palabra. Y le enviaron a sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: Maestro... dinos, qué te parece, ¿es lícito pagar el tributo al César, sí o no?».  

Los fariseos y los herodianos tienen opiniones opuestas sobre el tema de los impuestos exigidos por Roma. Para los fariseos la dominación de Roma era una humillación; era intolerable que el Pueblo de Dios estuviera sometido a esos paganos incircuncisos que no conocen la Ley, y lo peor de todo era la obligación de tener que sostenerlos con el pago de impuestos. En cambio, los herodianos eran los judíos que se habían vendido a Roma, porque habían sido puestos por el poder imperial en los puestos de la administración, como fue el caso de Herodes, nombrado por Roma tetrarca de Galilea. Ellos eran favorables al pago de impuestos a Roma. En este tema no había cómo complacer a fariseos y herodianos. Entre ambos eran más peligrosos los herodianos. En efecto, ellos fueron los responsables directos de la muerte de Jesús. 

 

La pregunta y la paradoja 

La cuestión que los fariseos y los herodianos le proponen a Jesús, después de halagarlo sospechosamente, es bastante comprometedora ya que toda la Palestina era tributaria de Roma. Es interesante notar que la alabanza que hacen de Jesús ya la quisiera para sí cualquier fariseo: «Eres veraz y enseñas el camino de Dios2 con franqueza». Pero es una alabanza hipócrita, porque ellos mismo no lo creen. 

La pregunta sobre el pago de los impuestos, tomada en sí misma, podría haber sido una pregunta bien intencionada de uno de los discípulos de Jesús para conocer su opinión. En las escuelas rabínicas se discutía si era lícito o no, como judíos, pagar el impuesto a un usurpador pagano. Pero ésta era una pregunta llena de malicia, pensada con la intención de sorprenderlo, era una trampa que se le ponía para que Jesús cayera en ella. Respondiera que sí o que no, igual habría caído en desgracia. Si Jesús hubiera respondido que no es lícito a un judío pagar tributo a un pueblo pagano que estaba dominando al pueblo escogido de Dios e imponiendo sus leyes y costumbres, se habría hecho culpable de sedición contra Roma. Y en esto Roma era de un totalitarismo celoso, rayaba en la adoración del poder civil, es decir, del César. En este caso, Jesús se habría opuesto a los herodianos y se habría hecho reo de muerte.  

Si en cambio, hubiera legitimado el pago de impuestos al César, se habría hecho odioso al pueblo judío, para quienes el pago de impuestos a Roma era molesto y reprobable; en este caso, Jesús habría legitimado la función de los publicanos (los recaudadores del impuesto exigido por Roma al pueblo sometido), que eran odiados por el pueblo. Éste era el deseo de los fariseos. A ellos les bastaba que Jesús se hiciera odioso al pueblo y así perdiera influencia. Hacerlo también parecería ser una aprobación tácita del dominio extranjero sobre el pueblo de Dios, y, consiguientemente, renunciar a la esperanza mesiánica. 

 

La respuesta del Maestro   

Jesús, conociendo su intención, se libra de la trampa. Nadie puede acusarlo, porque los envuelve en la misma red que le han tendido. Jesús dice: «Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentan un denario, que ciertamente tenía la imagen del César. Roma había impuesto su moneda como signo de dominación. Entonces Jesús les pregunta: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Ellos responden: «Del César». Han caído en la trampa. Jesús concluye de esa respuesta: «Dad al César, lo que es del César». La frase tiene un doble sentido; uno para satisfacer a los herodianos y otro para satisfacción de los fariseos, de manera que no pudieran acusarlo ni de sedicioso ni de colaboracionista. «Devolved al César lo que es del César», puede entenderse: «Pagad el impuesto». De esta manera, no resistía el poder de Roma. Pero también puede entenderse: «Liberaos de la odiosa imagen del César y de su dominación, devolviéndole lo suyo». De esta manera, daba satisfacción a los judíos. De todas maneras, fue acusado de sedición. La acusación que llevaron a Pilato era ésta: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César» (Lc 23,2). Como vemos, era mentira. 

Pero la pregunta también tenía una intención religiosa: «¿Es lícito, es decir, conforme a la ley de Dios, pagar el tributo?» Por eso Jesús agrega: «Dad a Dios lo que es de Dios». Si el denario tiene impresa la imagen del César y por eso debe devolverse al César lo suyo, el hombre tiene impresa «la imagen de Dios». Por tanto, él se debe completamente a Dios. Hemos sido creados por Dios, a imagen de Dios y para Dios. Dios es nuestro origen, nuestro divino prototipo y nuestro fin; por eso nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Dios donde encuentra su fin último y su felicidad. El hombre debe obedecer la ley humana civil siempre que ésta no sea contraria a la ley divina natural. Si ocurre esa desgraciada circunstancia, el hombre debe resistir la ley civil porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Y lo debe hacer, aunque esto le acarree inconvenientes y persecución, porque la pureza y paz de la conciencia moral es superior a cualquier bienestar o ventaja material. 


«Yo soy el Señor y no hay otro»  

La lectura del profeta Isaías pertenece al llamado «Libro de la Consolación de Israel» que se da al fin del destierro: la esclavitud del pueblo ha concluido y se prepara para un nuevo «éxodo o salida» bajo la guía de Dios. En el capítulo 45, Ciro, Rey de Persia del 550 al 530 a.C., recibe el título reservado a los reyes de Israel: «ungido de Yahveh» que luego se convirtió en el título del «rey - salvador esperado». En realidad, no fue poco lo que Ciro hizo en favor de Israel: él puso fin a la deportación en Babilonia -a partir del 538-restituyó los objetos de oro y plata expropiados por Nabucodonosor y publicó el edicto de la reconstrucción del Templo. El libro de Isaías hace una lectura de estos hechos históricos a partir de la consideración de Dios como el « Señor de la Historia». Israel ha aprendido que el Señor no es solamente el único Dios de Israel, sino que es, en absoluto, el único Dios existente. En la segunda lectura, Pablo alaba la fidelidad y tenacidad de la comunidad que coloca su esperanza firme en nuestro Señor Jesucristo, así como su coherencia de vida: «fe con obras». Después de haber predicado y consolidado la comunidad en la ciudad de Tesalónica, capital de la provincia romana de Macedonia (en Grecia septentrional), les escribe dos cartas. Esta primera carta es de gran interés pues está escrita sólo 30 años aproximadamente después de la muerte de Jesús, y nos presenta algunas de las costumbres y modos de vida de las primeras comunidades cristianas. 

 

Una palabra del Santo Padre: 

«El Evangelio de este domingo (Mateo 22, 15-21) nos presenta un nuevo cara a cara con Jesús y sus opositores. El tema afrontado es el del tributo al César: una cuestión «espinosa», acerca de la legalidad o no de pagar los impuestos al emperador de Roma, al que estaba sometida Palestina en el tiempo de Jesús. Las posiciones eran diversas. Por lo tanto, la pregunta que hicieron los fariseos: «¿Es lícito pagar tributo al César o no?» (v. 17) constituye una trampa para el Maestro. De hecho, según cómo hubiera respondido, podría haber sido acusado de estar a favor o en contra de Roma.

Pero Jesús, también en este caso, responde con calma y aprovecha la pregunta maliciosa para dar una enseñanza importante, elevándose por encima de la polémica y de las formaciones opuestas. Dice a los fariseos: «Mostradme la moneda del tributo». Estos le presentan el dinero y Jesús, observando la moneda, pregunta: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Los fariseos solo pueden responder: «De César». Entonces Jesús concluye: «Dad entonces al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (cf v. 19-21). Por un lado, al insinuar devolver al emperador lo que le pertenece, Jesús declara que pagar el impuesto no es un acto de idolatría, sino un acto debido a la autoridad terrenal; por el otro —y es aquí donde Jesús da el «golpe maestro»— reclamando el primado de Dios, pide que se le rinda lo que le espera como Señor de la vida del hombre y de la historia. 

La referencia a la imagen de César, incisa en la moneda, dice que es justo sentirse ciudadanos del Estado de pleno título —con derechos y deberes—; pero simbólicamente hace pensar en otra imagen que está impresa en cada hombre: la imagen de Dios. Él es el Señor de todo y nosotros, que hemos sido creados «a su imagen» le pertenecemos ante todo a Él. Jesús planteó, a partir de la pregunta hecha por los fariseos, una interrogación más radical y vital para cada uno de nosotros, una interrogación que podemos hacernos: ¿a quién pertenezco yo? ¿A la familia, a la ciudad, a los amigos, a la escuela, al trabajo, a la política, al Estado? Sí, claro. Pero, antes que nada —nos recuerda Jesús— tú perteneces a Dios. Esta es la pertenencia fundamental. Es Él quien te ha dado todo lo que eres y tienes. Y por lo tanto, nuestra vida, día a día, podemos y debemos vivirla en el reconocimiento de nuestra pertenencia fundamental y en el reconocimiento de corazón hacia nuestro Padre, que crea a cada uno de nosotros de forma singular, irrepetible, pero siempre según la imagen de su Hijo amado, Jesús. Es un misterio admirable. El cristiano está llamado a comprometerse concretamente con las realidades humanas y sociales sin contraponer «Dios» y «César»; contraponer a Dios y al César sería una actitud fundamentalista. El cristiano está llamado a comprometerse concretamente en las realidades terrenales, pero iluminándolas con la luz que viene de Dios. El confiarse de forma prioritaria a Dios y la esperanza en Él no comportan una huida de la realidad, sino restituir laboriosamente a Dios aquello que le pertenece. Por eso el creyente mira a la realidad futura, la de Dios, para vivir la vida terrenal con plenitud y responder con coraje a sus desafíos.

Que la Virgen María nos ayude a vivir siempre en conformidad con la imagen de Dios que llevamos en nosotros, dentro, dando también nuestra contribución a la construcción de la ciudad terrenal». 

Papa Francisco. Ángelus de 22 de octubre de 2017 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. Estamos dispuestos a reconocer lo que somos: imagen y semejanza de Dios. ¿Vivo de acuerdo a mi dignidad de hijo de Dios?  

2. Ser cristiano implica coherencia y testimonio en el ámbito público a favor de la justicia y de la verdad. ¿Soy coherente con mi fe en todos los momentos de mi vida?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2235-2240. 2242