lunes, 27 de noviembre de 2017

Domingo de la Semana 1 del Tiempo de Adviento. Ciclo B - 3 de diciembre de 2017.

«Estad atentos y vigilad»


Lectura del profeta Isaías 63,16b-17.19b; 64,2b-7

«Tú, Yahveh, eres nuestro Padre, tu nombre es «El que nos rescata» desde siempre. ¿Por qué nos dejaste errar, Yahveh, fuera de tus caminos, endurecerse nuestros corazones lejos de tu temor? Vuélvete, por amor de tus siervos, por las tribus de tu heredad.  ¡Ah si rompieses los cielos y descendieses - ante tu faz los montes se derretirían! Tú descendiste: ante tu faz, los montes se derretirán. Nunca se oyó. No se oyó decir, ni se escuchó, ni ojo vio  a un Dios, sino a ti, que tal hiciese para el que espera en él. Te haces encontradizo de quienes se alegran y practican justicia y recuerdan tus caminos. He aquí que estuviste enojado, pero es que fuimos pecadores; estamos para siempre en tu camino y nos salvaremos. 

Somos como impuros todos nosotros, como paño inmundo todas nuestras obras justas. Caímos como la hoja todos nosotros, y nuestras culpas como el viento nos llevaron. No hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse a ti. Pues encubriste tu rostro de nosotros, y nos dejaste a merced de nuestras culpas. Pues bien, Yahveh, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros». 


Lectura de la primera carta de San Pablo a los cristianos de Corinto 1, 3-9

«Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. 

Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo. Él os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprensibles en el Día de nuestro Señor Jesucristo. Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro».


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 13,33-37

«Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Con el I Domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico (ciclo B). Jesucristo es el centro de la historia humana. Su venida al mundo es el aconteci­miento más importante de toda la historia, de manera que todo lo que ocurre dentro del tiempo se clasifica en «antes» o «des­pués de Cristo». Justamente las lecturas de este Domingo se refieren a esa anhelante espera, así como a la salvación prometida por Dios. En la Primera Lectura tenemos una bellísima oración, en forma de salmo[1], que expresa los sentimientos de los israelitas que volvían alegres a la tierra prometida después del destierro, pero advertían que, extrañamente, la intervención salvífica de Dios se hacía esperar: «¡Ah si rompieses los cielos y descendieses!» Hay dolor por la realidad actual, pero esperanza serena en la promesa del Señor. En la Segunda Lectura San Pablo nos dice que ya no nos falta ningún don: todo ya ha sido dado en Jesucristo para nuestra Reconciliación ya que Dios es siempre fiel a todas sus promesas. 

El Evangelio de San Marcos indica cuál debe de ser la actitud normal del creyente consecuente con su fe: la espera vigilante. ¡El Señor está para llegar en cualquier momento en nuestras vidas! Qué absurdo resulta entonces no vigilar y más aún quedarnos dormidos…no sea que llegue de improviso.  


«Yahveh, tú eres nuestro Padre y Redentor desde siempre»

Después de recordar la actitud providente de Dios con su pueblo, Isaías invita a Yahveh a manifestar de nuevo sus cuidados y prodigios. Le pide que contemple desde el cielo (ver 63,15) y vea la situación actual de su pueblo abandonado: «¿dónde está tu celo y tu fortaleza…?¿Y tus misericordias ante mí se han contenido?». Sin embargo el profeta reconoce que Yahveh es el único que los puede rescatar y redimir[2] de sus culpas. El profeta alza al cielo una pregunta y pregunta por qué los deja andar errantes por sus caminos o caprichos, permitiendo que se endurezca su corazón, de modo que no obren según el temor de Dios. 

Esta situación de abandono hace que el profeta sienta ansias de que se «abran los cielos», el único obstáculo físico entre Dios y su pueblo. Sin embargo, después de reconocer los pecados del pueblo, el profeta apela a la misericordia de Dios: Israel es su pueblo y Yavheh no es indiferente a sus calamidades. «Pues bien, Yahveh, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros». La única razón de existir de Israel es justamente la elección de Dios. Y esto nunca está lejos del corazón de Dios. 


«Estad atentos y vigilad» 

El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras de Jesús: «Estad aten­tos y vigilad, porque igno­ráis cuándo será el momento". Y luego Jesús agrega una parábola para ilustrar la necesidad de estar siempre a la espera: «Es igual que un hombre que se ausenta... y ordena al portero que vele: velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la ca­sa...». En el breve Evange­lio de este Domingo es claro que no sabemos el momento, pero no se nos aclara el momento de qué. Es porque ya lo ha dicho Jesús antes: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vien­tos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo» (Mc 13,26-27).

Lo importante es fijar ahora nuestra mirada en ese momento de la venida final de Jesús. Si el momento de la primera venida de Cristo, con una ciencia más depurada, podría llegar a fijarse con precisión, el momento de su última venida es imposible predecirlo. Esto es un punto firme de la enseñanza de Cris­to, tanto que llega a decir: «De aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc 13,32). «Nadie sabe nada»; y entre los que excluye el conocimiento de este día, excluye también al Hijo (se entiende en su condición humana, que es la situa­ción en que habría podido revelarlo). Hay una sola excep­ción: el Padre. Es que Dios no tiene sucesión de tiempo; Él ve toda la historia presente de punta a cabo. Es como el autor de una pieza de teatro que en el momento de crearla ya sabe cuándo empieza y cuándo termina. Nadie más lo sabe por más que aparezcan los clásicos «sabedores de todas las ciencias ocultas» que quieran embaucarnos con falsas previsiones.  

Alguien podría pensar que el tema de la espera vigi­lante es más intenso ahora que antes, pues ahora estamos más cerca del fin. En realidad, el tema de la vigilancia rige en todas las edades con igual intensidad. Este es el sentido de la amplia­ción de los destinatarios que leemos en el Evangelio: «Lo que a vosotros digo, lo digo a todos: ¡Velad!». Lo que Jesús mandaba a los de su tiempo lo manda también a noso­tros más de 2000 años después, y su voz resuena con la misma urgencia en todas las edades intermedias. Es esencial a la condición cristiana estar en vela siempre y esperando. La advocación cristiana más antigua lo atesti­gua: «Marana tha: Señor, ven» (1Cor 16,22). 


«No sea que los encuentre dormidos…» 

San Agustín comentando sobre la vigilancia distingue el sueño del cuerpo y el sueño del alma: «Dios ha concedido al cuerpo el don del sueño, con el cual se restauran sus miembros, para que puedan sostener al alma vigilante. Lo que debemos evitar es que nuestra alma duerma. Malo es el sueño del alma. El sueño del alma es el olvido de su Dios... A éstos el apóstol dice: 'Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo' (Ef 5,14). Así como el que duerme corporalmente de día, aunque brille el sol y el día caliente, es como si estu­viera de noche; así también algunos, ya presente Cristo y anuncia­da la verdad, yacen en el sueño del alma».  

El que duerme tiene que despertarse ahora; no mañana, porque no sabe si el Señor viene «al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada». No hay que ser como ese hombre que tenía el vicio del juego y dijo: «Prometo que desde mañana ya no jugaré más; esta noche será la última vez». Éste está perdido, porque mañana dirá lo mismo y así sucesivamente, y el día del Señor lo sorprenderá durmiendo. Hay que ser como este otro: «Mañana no sé; pero esta noche, no».El primero se parece demasiado a los que duermen y dicen hoy, al comenzar el Adviento: «Me volveré a Dios sin falta para Navidad». Es seguro que cuando llegue la Navidad, dirán: «Lo haré sin falta en Cuares­ma..., etc.». A cada uno nos manda el Señor el mismo mensaje que envió a la Iglesia de Laodicea: «Sé ferviente y arrepiénte­te. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,19-20). 


El tiempo de espera 

El tiempo de Adviento es un tiempo de con­versión, de peni­tencia, de sobriedad, de vigilancia, de ayuno, porque «nos ha sido quita­do el Esposo» y todavía no vuelve. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger nos explica bellamente: «Reflexionemos un poco acerca de lo que significa la palabra «adviento». Esta es una palabra latina, que en nuestro idioma, se puede traducir por «presencia» o «llegada» o «venida». En el lenguaje del Antiguo Testamento se designaba la llegada de algún personaje oficial, especialmente la de reyes o los césares a la provincia. 

Pero también podía expresar la llegada de la divinidad, la cual salía de su ocultamiento y manifestaba con poder su actuación, o cuya presencia en el culto se celebraba de una manera festiva y solemne. Esta palabra la tomaron los cristianos para expresar su relación especial respecto a Jesucristo. Él es para ellos el rey que hizo su entrada en esta pobre provincia de la tierra y a la que Él regala la fiesta de su visita; Él es aquél en cuya presencia en la reunión litúrgica ellos creen. De un modo general, ellos trataban de decir con esta palabra: Dios está aquí. Él no se retiró del mundo. No nos dejó solos. Aun cuando no podamos verle y tocarle, como si se tratara de una cosa, sin embargo, está aquí y viene a nosotros de muchas maneras. 

Un segundo elemento fundamental del adviento es el aguardar, lo cual, al mismo tiempo, es una esperanza. El adviento representa lo que es, en fin de cuentas, el contenido del tiempo cristiano y el contenido de la historia. Jesús dejó ver esto en muchas parábolas: en la historia de los criados que aguardan al regreso de su Señor o que se olvidan del mismo y que actúan como si ellos fueran los dueños; en la narración acerca de las vírgenes que esperan al novio o que no le quieren esperar, y en las parábolas de la semilla y de la cosecha»..


Una palabra del Santo Padre: 

«Comenzamos hoy, primer domingo de Adviento, un nuevo año litúrgico, es decir un nuevo camino del Pueblo de Dios con Jesucristo, nuestro Pastor, que nos guía en la historia hacia la realización del Reino de Dios. Por ello este día tiene un atractivo especial, nos hace experimentar un sentimiento profundo del sentido de la historia. Redescubrimos la belleza de estar todos en camino: la Iglesia, con su vocación y misión, y toda la humanidad, los pueblos, las civilizaciones, las culturas, todos en camino a través de los senderos del tiempo.

¿En camino hacia dónde? ¿Hay una meta común? ¿Y cuál es esta meta? El Señor nos responde a través del profeta Isaías, y dice así: «En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán: “Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”» (2, 2-3). Esto es lo que dice Isaías acerca de la meta hacia la que nos dirigimos. 

Es una peregrinación universal hacia una meta común, que en el Antiguo Testamento es Jerusalén, donde surge el templo del Señor, porque desde allí, de Jerusalén, ha venido la revelación del rostro de Dios y de su ley. La revelación ha encontrado su realización en Jesucristo, y Él mismo, el Verbo hecho carne, se ha convertido en el «templo del Señor»: es Él la guía y al mismo tiempo la meta de nuestra peregrinación, de la peregrinación de todo el Pueblo de Dios; y bajo su luz también los demás pueblos pueden caminar hacia el Reino de la justicia, hacia el Reino de la paz. Dice de nuevo el profeta: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (2, 4).

Me permito repetir esto que dice el profeta, escuchad bien: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra». ¿Pero cuándo sucederá esto? Qué hermoso día será ese en el que las armas sean desmontadas, para transformarse en instrumentos de trabajo. ¡Qué hermoso día será ése! ¡Y esto es posible! Apostemos por la esperanza, la esperanza de la paz. Y será posible».

Papa Francisco. Ángelus 1 de diciembre de 2013. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. Vivamos junto con la Iglesia la espera del nacimiento del Niño Jesús. Preparemos y encendamos la primera vela de la corona de adviento en familia. 

2. Nuestra esperanza no se da en abstracto. ¿Cómo voy a vivir de manera concreta esa espera? ¿Qué medios voy a colocar para poder en este tiempo acercarme más a Jesús y a María? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 524. 1095. 1817-1821. 



[1] Los salmos son oraciones que expresan toda clase de afectos y experiencias humanas, pero principalmente manifiestan una fe y una confianza profunda en Dios. 
[2] Redimir: (Del lat. redimĕre). Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante precio. Dicho de quien cancela su derecho o de quien consigue la liberación: Dejar libre algo hipotecado, empeñado o sujeto a otro gravamen. Librar de una obligación o extinguirla. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo A.

«¡Venid, benditos de mi Padre!»


Lectura del profeta Ezequiel 34,11-12.15-17 

«Porque así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas. En cuanto a vosotras, ovejas mías, así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío».


Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 15,20-26.28 

«¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,31-46

«Y cuando viniere el Hijo del hombre en su majestad, y todos los ángeles con él, se sentará entonces sobre el trono de su majestad. Y serán todas las gentes congregadas ante él, y apartará los unos de los otros, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a la izquierda. Entonces dirá el rey a los que estarán a su derecha: 'Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era huésped, y me hospedasteis; Desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel, y me vinisteis a ver'. Entonces le responderán los justos, y dirán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? Y ¿cuándo te vimos huésped, y te hospedamos; o desnudo, y te vestimos? O ¿cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y te fuimos a ver?'

Y respondiendo el rey, les dirá: 'En verdad os digo, que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis'. Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: 'Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, que está aparejado para el diablo y para sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; Era huésped, y no me hospedasteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis'. 

Entonces ellos también le responderán, diciendo: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?' Entonces les responderá, diciendo: 'En verdad os digo: Que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos, ni a mí lo hicisteis'. E irán estos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna"».


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

El año litúrgico se cierra siempre con la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Desde la reforma litúrgi­ca la Iglesia ha reservado este último Domingo del año para contemplar a Jesucristo en la plenitud de su gloria y poder. La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, manifiesta el amor del Señor que se desvive por buscar a sus ovejas, sigue su rastro, las apacienta, venda sus heridas, cura las enfermas. El Señor, en persona, va juzgar entre oveja y oveja (Primera Lectura). Asimismo, el Salmo Responsorial 22 destaca el amor y la misericordia del Señor que como Buen Pastor conduce, guía y conforta a sus ovejas. San Pablo, en la carta a los Corintios, nos habla del poder de Cristo que aniquilará todos los poderes hostiles al Reino de Dios. El último enemigo en ser vencido será la muerte (Segunda Lectura). 

Finalmente, el Evangelio nos presenta la venida definitiva del «Hijo del Hombre» que viene para separar a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras. El criterio que seguirá el Señor en este día será el criterio del amor y la caridad: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber... Todos los que hayan practicado el amor a Cristo y a sus hermanos irán a la vida eterna; los otros, al castigo eterno (Evangelio), ya que, como nos dice San Juan de la Cruz, «en la tarde de la vida seremos examinados sobre el amor». 


«Yo soy el Buen Pastor»

El profeta Ezequiel nos ofrece uno de los textos más bellos del Antiguo Testamento. En él se repite hasta tres veces que «el Señor mismo» es quien se preocupa por cada una de sus ovejas; la busca si se han perdido, la cura si está herida, le ofrece pastos abundantes si padece hambre. 

Los malos pastores, aquellos que no buscan el «bien común» de sus hermanos, han dejado que se pierdan las ovejas, se han aprovechado de ellas; por eso, el profeta anuncia que será Dios mismo quien ahora cuidará del rebaño. «Y suscitaré sobre ellos un solo pastor que las apacentará, mi siervo David, él las apacentará y será su pastor; y yo, el Señor seré su Dios, y mi siervo David, su príncipe en medio de ellos. Yo, el Señor, he hablado» (Ez 34, 23-24). Dios que es justo y ejerce esta justicia con amor juzgará a cada una de las ovejas y «vendrá a salvar a (sus) ovejas para que no estén expuestas a los peligros»

El bellísimo salmo 22 se referirá nuevamente al buen pastor para hablar del Señor. Cuánto conforta saber que «Dios mismo» es nuestro pastor, que «Dios mismo» nos conduce y repara nuestras fuerzas, nos guía por senderos de justicia. Este buen pastor será, al final de nuestra vida, quien nos juzgará. Es verdad, Cristo Jesús, que se encarnó y vino a la tierra como el Buen Pastor en busca de sus ovejas, desea que todas ellas estén en el redil, desea que todas ellas formen parte de su rebaño. No permite que le sea arrebatada ninguna. 

El pastor, al final del texto de Ezequiel, separa oveja de oveja. Se trata pues de una llamada urgente para decidirse a favor o en contra del Señor. No hay lugar para términos medios. Quien no está con Él estará contra Él. Muchos, lamentablemente, no quieren oír los ruegos del Señor y no quieren «ser del rebaño de Jesús».   


Cristo vence a todos los enemigos del hombre

Cristo, Rey del Universo, vence a todos los enemigos del hombre.  Así, en la carta a los Corintios, San Pablo habla de todos los principados y potestades[1] que se oponen al Reino de Dios. «Todos los enemigos deben quedar bajo el estrado de sus pies», porque al final de los tiempos se debe realizar toda justicia. Al final, el mal será definitivamente derrotado por el bien y por el amor; pero recordemos que el triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal. «No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rm 12,21).

El enemigo de Dios y del hombre, el diablo, sufrirá la última derrota de frente a Cristo resucitado, Señor de vivos y de muertos. ¡Cómo deberían incidir en nuestras vidas, verdades tan fundamentales y decisivas! Cristo tiene que reinar. Cristo reinará y vencerá el último enemigo, la muerte. En su bello libro «Memoria e Identidad»[2] el recordado San Juan Pablo II nos dice: «He aquí la respuesta a la pregunta esencial: el sentido más hondo de la historia rebasa la historia y encuentra la plena explicación en Cristo, Dios-Hombre. La esperanza cristiana supera los límites del tiempo. El reino de Dios se inserta y se desarrolla en la historia humana pero su meta es la vida futura». 


«¿Pero, ¿cuándo te vimos desnudo, hambriento, enfermo o en la cárcel?»

Siempre que escuchamos acerca del «Juicio Final» tenemos la tentación de pensar que ésta es una realidad bastante lejana de nuestra vida cotidiana. ¡Todavía falta tanto tiempo…! Justamente lo que el Señor Jesús hace es traernos lo más cerca posible esta realidad última.  El pasaje se inicia hablando sobre el «Hijo del hombre»[3] que vendrá en su gloria. Este es el nombre que Jesús adoptó para referirse a su propia perso­na y es un título enigmático que al mismo tiempo oculta y revela su miste­rio. En efecto, el Hijo eterno de Dios que estaba en los esplendores de la gloria del Padre, «se despojó de sí mismo tomando la condi­ción de siervo hacién­dose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre; y se humilló a sí mismo, obede­ciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,7-8). Cuando Jesús estaba ante los Sumos Sacerdo­tes y el Sanedrín, respondiendo sobre quién era, dice: «Sí, y yo os aseguro que veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). El que estaba siendo juzgado y condenado por los hombres, es el mismo que al final de la historia vendrá como Juez de vivos y muertos y serán congregadas ante Él todas las naciones. Pondrán unos a su derecha y otros a su izquierda. 

¿Cuál será el criterio para decidir quiénes irán a un lado u otro? Ante todo, sabemos que no es insignificante el estar a la derecha o a la izquierda ya que nuestra «eternidad» depende de ello. La diferencia entre una situación y la otra es total: unos son llamados «benditos de mi Padre» y los otros, «mal­ditos»; unos poseen el Reino y los otros van al fuego eter­no. Pero por otro sabemos que no es una sentencia arbitraria, porque el Juez explica los motivos de la glorificación o de la condenación eterna. A los de la derecha el Rey dirá: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme». La sorpresa ahora será mayúscula ya que, aparentemente, nunca se han encontrado con el Señor. 

Sin embargo, la respuesta aclara la duda: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicis­teis». El Rey se identifica con los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los enfermos, los débiles, los encarcelados, los despreciados del mundo. Si queremos ser gratos al Rey, el único modo que tenemos aquí en la tierra es hacerlo en aquéllos a quie­nes él llama «mis hermanos más pequeños». Nunca jamás se ha elevado a una dignidad mayor a los pobres y necesitados. A los de la izquierda dirá lo contrario y éstos preguntarán: «¿Cuándo...cuándo?». Y la sentencia seguirá la misma lógica que la anterior: «Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, conmigo dejasteis de hacerlo».


La última y definitiva sentencia 

El juicio es final y la sentencia por lo tanto es definiti­va: «Irán unos al castigo eterno y los otros a la vida eter­na». Ambas situaciones son «eter­nas» y no habrá tribunal de apela­ción ya que no habrá más tiempo ni espacio. El criterio discriminante está claramente expuesto: el amor. San Agustín nos dice: «El amor es la consumación de todas nuestras obras. En el amor está el fin. Hacia él corremos». Sabemos claramente qué nos van a examinar. 

Toca a cada uno preparar bien la respuesta que daremos. La única actitud que no podremos tener es la de preguntar: «¿Cuándo, Señor, te vimos en necesi­dad?». Nunca se expresó en modo más claro que el amor a Dios y amor al prójimo constituyen un solo amor: amando a los pequeños de este mundo es a Cristo mismo a quien amamos.


Una palabra del Santo Padre: 

Finalmente, una palabra sobre el pasaje del juicio final, en el que se describe la segunda venida del Señor, cuando Él juzgará a todos los seres humanos, vivos y muertos (cf. Mt 25, 31-46). La imagen utilizada por el evangelista es la del pastor que separa las ovejas de las cabras. A la derecha se coloca a quienes actuaron según la voluntad de Dios, socorriendo al prójimo hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo, encarcelado —he dicho «extranjero»: pienso en muchos extranjeros que están aquí, en la diócesis de Roma: ¿qué hacemos por ellos?—; mientras que a la izquierda van los que no ayudaron al prójimo. Esto nos dice que seremos juzgados por Dios según la caridad, según como lo hayamos amado en nuestros hermanos, especialmente los más débiles y necesitados. 

Cierto: debemos tener siempre bien presente que nosotros estamos justificados, estamos salvados por gracia, por un acto de amor gratuito de Dios que siempre nos precede; solos no podemos hacer nada. La fe es ante todo un don que hemos recibido. Pero para dar fruto, la gracia de Dios pide siempre nuestra apertura a Él, nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene a traernos la misericordia de Dios que salva. A nosotros se nos pide que nos confiemos a Él, que correspondamos al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles. Gracias».

Papa Francisco. Audiencia General Miércoles 24 de abril de 2013.  


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «A mí me lo hicisteis». ¿Cómo vivo la caridad y la solidaridad con mis hermanos más necesitados? ¿Cuál es mi actitud ante mis hermanos? ¿Percibo en ellos el rostro de Cristo? 

2. «El Señor es mi Pastor, nada me falta». Recemos y meditemos en familia el bello Salmo 23(22). 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 678- 679.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Domingo de la Semana 33 del Tiempo Ordinario. Ciclo A - 19 de noviembre de 2017.

«¡Bien, siervo bueno y fiel!»


Lectura de libro de los Proverbios 31,10-13.19-20.30-31

Una mujer completa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no será sin provecho. Le produce el bien, no el mal, todos los días de su vida. Se busca lana y lino y lo trabaja con manos diligentes. Echa mano a la rueca, sus palmas toman el huso. Alarga su palma al desvalido, y tiende sus manos al pobre. Engañosa es la gracia, vana la hermosura, la mujer que teme a Yahveh, ésa será alabada. Dadle del fruto de sus manos y que en las puertas la alaben sus obras.


Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 5,1-6

«En lo que se refiere al tiempo y al momento, hermanos, no tenéis necesidad que os escriba. Vosotros mismos sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche. Cuando digan: «Paz y seguridad», entonces mismo, de repente, vendrá sobre ellos la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta; y no escaparán. Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese Día os sorprenda como ladrón, pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,14-30

«Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente, el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio, el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado." Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor." Llegándose también el de los dos talentos dijo: "Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he  ganado." Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra  en el gozo de tu señor." 

Llegándose también el que había recibido un talento dijo: "Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo." Mas su señor le respondió: "Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».


Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

«El Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche», nos dice San Pablo, por eso, debemos de vigilar y vivir sabiamente para no ser sorprendidos (Segunda Lectura). En el Evangelio de este Domingo Jesús continua su catequesis sobre «las últimas realidades» y en «la parábola de los talentos» nos muestra como ya la vida misma es un don de Dios. Al crearnos, Dios ha querido compartir con nosotros algo de sí mismo y es por eso que desea que nosotros seamos generosos con lo que poseemos. 

Ante los dones recibidos, lo propio es producir frutos abundantes; utilizando todas las capacidades de la inteligencia y de la voluntad que tenemos para producir aquellos frutos que Dios espera de nosotros. Y ciertamente a todos nos ha dado la posibilidad de acceder al más grande don que todos merecemos: la vida eterna. El libro de los Proverbios nos muestra el ejemplo de una mujer que hace rendir su vida y sus cualidades. Es una mujer hacendosa, activa, laboriosa en la caridad, diligente en el obrar. No es remisa, vanidosa o egoísta. Su especial sensibilidad no la vuelve hacia sí misma, sino que trabaja con sus manos y extiende sus brazos a los necesitados (Primera Lectura). 

  
«Una mujer fuerte ¿quién podrá hallarla?»

El libro de los Proverbios es una colección de sentencias y proverbios sapienciales que orientan a los jóvenes sobre la manera de llevar una vida justa y piadosa. La mayor parte son buenos consejos escritos de manera popular, como era corriente también en los pueblos vecinos a Israel. Comienza el libro diciendo lo que está bien y lo que está mal. Justamente la base de la sabiduría será el «temor de Dios», es decir la reverencia que tenemos que tener a Dios sobre todas las cosas ya que Él mismo es la fuente última de toda la sabiduría. Luego iluminará, está sabiduría, todas las esferas de la vida cotidiana: matrimonio, hogar, trabajo, justicia, decisiones, actitudes, etc.; ayudándonos a conocer cómo debemos conducirnos en las diversas situaciones desde la atenta mirada de Dios. Los proverbios subrayan la necesidad de cualidades como la humildad, la paciencia, la preocupación  por los pobres, la diligencia, el trabajo, la fidelidad a los amigos y el respeto en el seno familiar. 

En la parte final del libro tenemos un bello poema en acróstico[1] a la mujer ideal o «mujer fuerte»[2] que evoca el ideal de eficacia y de virtud de la perfecta ama de casa. Este pasaje es llamado de «el alfabeto áureo (dorado)» de la mujer y es leído con frecuencia en la Santa Misa cuando recordamos en el calendario litúrgico la memoria de alguna santa. Al parecer el «ser mujer» y «ser fuerte» es un contrasentido, pues la mujer es débil y siente la necesidad de ser protegida. Sin embargo, el texto alaba la fortaleza de la mujer ya que sabe que su alma es grande y generosa. «Hace siempre el bien» (31,12), con estas sencillas palabras describe el sabio toda una vida de abnegación, de renuncia y de amor; pues entregarse siempre es renunciar a sus propios gustos y dar con alegría indica que esa renuncia es fruto del amor. Pero estas palabras también nos hablan del silencio de la mujer. Ella calla y se entrega generosamente a los demás «levantándose cuando aún es de noche» (31, 15) y permanece en vigilia ya que «no se apaga por la noche su lámpara» (31,18). Ella, que teme al Señor, «es digna de alabanza» (31,30).      


«Vosotros sois hijos de la luz e hijos del día»

Los días que permaneció en la ciudad de Tesalónica, San Pablo predicó sin mucho éxito, pero con aquellos que se convirtieron fundó una comunidad cristiana. Se cree que ésta es la más antigua de las epístolas de San Pablo y debe remontarse al año 51. Después del saludo inicial, el Apóstol agradece a los cristianos de la ciudad por el buen ejemplo que dan a las otras comunidades. Habla de su deseo de verlos nuevamente y de la ternura maternal que siente por ellos, agradeciendo las buenas noticias que le han sido dadas por Timoteo. 

En la segunda parte, donde se encuentra nuestra lectura dominical, afirma que el día del Señor llegará de modo imprevisto, cuando todos se sientan seguros. Así como el padre de familia vigila para que el ladrón no robe en la noche (ver Lc 12, 39), así el cristiano no debe abandonarse al sueño negligente en esta vida. A este hombre atento y vigilante se le pueden aplicar las palabras: «yo dormía, pero mi corazón vigilaba» (Ct 5,2). En realidad la gran tentación es considerar el tiempo presente como el único, definitivo y; en consecuencia, buscar en él el máximo disfrute y placer, pues el futuro es incierto.


«Velad y orad…»                                    

El Evangelio de hoy nos propone la conocida «parábola de los talentos». Ella está a continuación de la parábola de las vírgenes necias que era la lectura del Domingo anterior[3], y aclara otro aspecto de la venida de Jesús. Él no nos quiere dejar en la ignoran­cia sobre lo que ocurrirá ese día, para que seamos «sabios y sensatos» en el tiempo presente. No podremos después que­jarnos: «¿Pero qué pasó; por qué nadie me avisó?» Él nos advirtió claramente con tiempo. Después de concluir la parábola de las vírgenes ne­cias nos dice: «Velad y orad porque no sabéis ni el día ni la hora». Jesús agrega una enseñanza sobre lo que debemos de hacer mientras esperarnos su regreso o mientras estemos peregrinando en esta existencia. 

Y es así que comienza la parábola: «Porque así es, como un hombre, que al partirse lejos, llamó a sus siervos, y les entregó sus bienes». Sabemos que partió lejos pero que pensaba volver y es por eso que deja sus bienes a sus siervos de mayor confianza. Luego de mucho tiempo, vuelve ¿Cuánto tiempo después? Eso es exactamente lo que no sabemos y eso es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Pero era necesario aprove­char el tiempo haciendo fructificar los bienes que el Señor les confió de acuerdo a sus capacidades y posibilidades que Él conocía perfectamente. 


Los talentos de cada uno  

El «talento» era una medida monetaria[4]. Se trataba de una cantidad considerable de dinero. Aquí expresa los bienes que el Señor dejó a sus siervos. A causa de esta parábola y de su interpreta­ción, la palabra «talento» pasó a signifi­car en nuestra lengua los dones naturales que hemos recibido gratuitamente. Se habla del talento musical, talento matemático, talento literario, etc. Los talentos que cada uno posee son un don gratuito como enseña San Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿de qué te glorías, como si fuera mérito tuyo?» (1Cor 4,7). Cada uno posee los talentos que ha recibido como pro­pios, pero es inherente a la noción de «talento» la obliga­ción de dar frutos y de ser puesto al servicio de los demás. 

No impor­ta que cada persona no haya recibido todos los talen­tos, porque el que ha recibido aunque sea «un talento», lo ha reci­bido para sí mismo y también para los demás. Wolfgang Amadeus Mozart, que recibió un talento musical descomunal, deleitó a sus contemporáneos y sigue deleitando a los hombres de todos los tiempos. ¿Qué hubiese pasado si ese talento nunca lo hubiese colocado al servicio de los demás? Nada…exactamente eso hubiese ocurrido...nada y no tendríamos las maravillas musicales que ha ofrecido a toda la humanidad. 

Pero el conjunto de todos los talentos que Dios ha distribuido entre todos los hombres, puestos todos a servicio de los demás; es lo que realmente constituye la riqueza de una sociedad humana. Es decir son tantos los talentos cuantas personas existen y es responsabilidad descubrir y hacer fructificar su propio talento. Para eso los ha dado Dios y del uso que habremos hecho de ellos nos pedirá cuentas cuando vuelva.  


El que tiene un talento...

Es importan­te observar la conducta de los siervos después de la partida de su Señor: «El que había recibido cinco talen­tos, inmediata­mente se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente, el que había recibido dos ganó otros dos». No hay diferencia en la conducta de estos dos siervos, no obstante ser muy diferente la canti­dad de dinero que manejan. Ambos obtienen el mismo rendi­miento al dinero de su Señor. Y la aprobación cuando vuelve, indiferente de la cantidad, es idéntica para ambos: «¡Bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho» También la recom­pensa es idéntica: «Entra en el gozo de tu señor». 

El último, sin embargo, que tuvo miedo y no hizo fructificar su talento, recibirá esta senten­cia: «Siervo malo y perezoso». Y seguirá la orden del Señor: «Echad a este siervo inútil a las tinie­blas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dien­tes». Es una parábola. Pero no debemos perder de vista que la usa Jesús para expresar una gran verdad: nuestro destino eterno se juega aquí, se está jugando ahora. Es ahora cuando nos estamos ganando la biena­venturanza eterna o perdiéndola, también para siempre. Esta última alternativa, triste pero posible, es lo que Jesús describe como: «tinieblas, llanto y rechinar de dientes». Y ahora no digamos que no sabíamos nada…


Una palabra del Santo Padre: 

«El Evangelio de este domingo es la parábola de los talentos, tomada de san Mateo (25, 14-30)… El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón... en definitiva, muchas cosas, sus bienes más preciosos. Este es el patrimonio que Él nos confía. No sólo para custodiar, sino para fructificar. Mientras que en el uso común el término «talento» indica una destacada cualidad individual —por ejemplo, el talento en la música, en el deporte, etc.—, en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos fructificar. El hoyo cavado en la tierra por el «siervo negligente y holgazán» (v. 26) indica el miedo a arriesgar que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo a los riesgos del amor nos bloquea. Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte. Jesús no nos pide esto, sino más bien quiere que la usemos en beneficio de los demás. 
Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si nos dijera: «Aquí tienes mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y haz amplio uso de ello». Y nosotros, ¿qué hemos hecho con ello? ¿A quién hemos «contagiado» con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos alentado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien plantearnos. Cualquier ambiente, incluso el más lejano e inaccesible, puede convertirse en lugar donde fructifiquen los talentos. No existen situaciones o sitios que sean obstáculo para la presencia y el testimonio cristiano. El testimonio que Jesús nos pide no es cerrado, es abierto, depende de nosotros.

Esta parábola nos alienta a no esconder nuestra fe y nuestra pertenencia a Cristo, a no sepultar la Palabra del Evangelio, sino a hacerla circular en nuestra vida, en las relaciones, en las situaciones concretas, como fuerza que pone en crisis, que purifica y renueva. Así también el perdón que el Señor nos da especialmente en el sacramento de la Reconciliación: no lo tengamos cerrado en nosotros mismos, sino dejemos que irradie su fuerza, que haga caer los muros que levantó nuestro egoísmo, que nos haga dar el primer paso en las relaciones bloqueadas, retomar el diálogo donde ya no hay comunicación... Y así sucesivamente. Hacer que estos talentos, estos regalos, estos dones que el Señor nos dio, sean para los demás, crezcan, produzcan fruto, con nuestro testimonio». 

Papa Francisco. Ángelus domingo 16 de noviembre de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Muchas veces creemos que no tenemos «muchos» talentos. ¿No es ésta una falta de humildad y de desconfianza en el amor de Dios por cada uno de nosotros? ¿Cuáles son los talentos o dones que tengo para compartir? Haz una lista de tus talentos y recuerda que todo talento es fecundo en la medida que se pone al servicio de los demás. 

2. Leamos y meditemos el Salmo Responsorial 127: «Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores…». 

3. leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 668-672.




[1] Acróstico, ca. (Del gr. κροστίχιον, fin de un verso). Dicho de una composición poética: Constituida por versos cuyas letras iniciales, medias o finales forman un vocablo o una frase. 
[2] La expresión hebrea es traducida literalmente en griego y en la Vulgata por «mujer fuerte». 
[3] Lectura del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, Ciclo A, sin embargo, el 2008 se ha celebrado la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. 
[4] La palabra «talento» traduce el término griego «tálanton», que era una medida de peso; como el kilo nuestro sólo que mucho mayor: el talento equivalía mas o menos a 30 Kg. (variaba según la época y la región). Mas tarde cuando comenzó la moneda, el talento designó la moneda de mayor valor. En el Evangelio se utiliza para designar una cantidad elevada de dinero.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Domingo de la Semana 32 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 12 de noviembre de 2017

«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora»


Lectura del libro de la Sabiduría 6, 12-16

«Radiante e inmarcesible[1] es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la anhelan. Quien madrugue para buscarla, no se fatigará, que a su puerta la encontrará sentada. Pensar en ella es la perfección de la prudencia, y quien por ella se desvele, pronto se verá sin cuidados. Pues ella misma va por todas partes buscando a los que son dignos de ella: se les muestra benévola en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos». 


Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 4,13 –17

«Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los  demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en  Jesús. Os decimos eso como Palabra del Señor: nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro  del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,1-13 

«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: "¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!" 

Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan." Pero las prudentes replicaron: "No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde  los vendedores y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!" Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco." Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Cinco mujeres sensatas y cinco imprudentes son las protagonistas de esta parábola en la cual Jesús  nos enseña lo qué realmente es importante para el encuentro definitivo con el Señor. La Primera Lectura hace un bello elogio de la sabiduría y subraya que «fácilmente  se deja ver a los que la aman». No está, por tanto, lejos de nosotros, basta poner de nuestra parte un pequeño esfuerzo y ella estará allí sentada en nuestra puerta esperándonos. La verdadera sabiduría proviene de Dios; Él es quien da al hombre «un corazón capaz de discernir el bien y el mal» (1Re 3,9). 

El Evangelio también nos habla de la sabiduría de las vírgenes bien preparadas para la llegada del esposo. Se compara el Reino de los Cielos a un banquete nupcial, y se subraya la necesidad de estar preparados porque no sabemos cuándo llegará el esposo esperado. ¿Las vírgenes por qué son sabias y prudentes? Ellas han tenido juicio para prepararse adecuadamente, llevando consigo una buena cantidad de aceite para poder mantener encendidas sus lámparas. Las otras vírgenes son necias[2] porque se lanzaron impulsivamente y no advirtieron que el esposo podía tardar; no se dieron cuenta que el tiempo podía hacer mella sobre sus ilusiones y esperanzas, y así, advirtieron con espanto que cuando ya se oye la voz del esposo, no tienen suficiente aceite en su alcuza. Esperaron toda la noche en vano porque la puerta del banquete nupcial se les cerró. 

San Pablo en su carta a los Tesalonicenses nos habla de la importancia de mantener encendida la fe, e interpela a aquellos que viven abatidos y desanimados por falta de horizonte en sus vidas. Todos aquellos que creen en Cristo y pertenecen a Cristo, estarán siempre con el Señor. Por esta razón, el cristiano debe saberse peregrino esperando con «la lámpara encendida» el encuentro definitivo con el Señor de la Vida. 


 «Fácilmente se deja ver a los que la aman» 

A mediados del siglo I a.C. probablemente  ya bajo el dominio romano, la numerosa colonia judía de Alejandría, ciudad egipcia de cultura griega, había llegado a ser muy importante. Fue fundada por el mismo Alejandro Magno al conceder a los israelitas los mismos derechos que los griegos. A los que voluntariamente se establecieron en la ciudad se añadieron los prisioneros judíos que Ptolomeo I (325 -305) trajo a Egipto después de conquistar Jerusalén. Lejos quedaban ahora los años de la confrontación entre los dos mundos: el helenismo y el judaísmo. Esta nueva situación planteaba el desafío de presentar la revelación a un público de distinta cultura, pero ávido por conocer la verdad. En este contexto se escribió, en griego, el libro de la Sabiduría abordando tres temas fundamentales: la inmortalidad, la verdadera sabiduría y la acción de Dios en la historia de Israel. 

La sabiduría resplandece sin marchitarse y sin perder su virtud iluminadora, de modo que señala al hombre, en todo momento y en todas las circunstancias de su vida, el camino que tiene que seguir para asegurarse la incorrupción que conduce al reino inmortal (ver Sb 6, 18-20). El camino para hallarla es sencillamente el amor, el cual induce a la inteligencia a procurarse el conocimiento de sus dictámenes e impulsa a su voluntad a ponerlos en práctica. Quienes la buscan con diligencia, la hallan sin esfuerzo. 


«El Reino de los Cielos es semejante...» 

Los capítulos 24 y 25 con­tienen el quinto discurso del Evangelio de San Mateo, que es llamado «Discurso Escatoló­gico». En él está reunido la enseñanza de Jesús acerca de su venida gloriosa, que será el acto final de la historia. En efecto, la palabra «escatología» significa: estudio del «éschaton» que quiere decir lo último. El fin busca responder a la pregunta que todo hombre se hace acerca del sentido último hacia dónde se dirige. El Señor Jesús salía del templo de Jerusalén y sus discípulos lo invitaron a contemplar la majestuosidad y la belleza del templo (Mt 24,1). El hermoso e imponente templo sin duda parecería indestructible. El Señor Jesús aprovecha el momento para hacer un sorpresivo y triste anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruida » (Mt 24,2).  Este anuncio sin duda inquietó a los discípulos, de modo que más tarde, estando el Señor sentado (recordemos que en el oriente es la postura del maestro cuando enseña) en el monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado sus discípulos, y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (Mt 24, 3). La pregunta da pie entonces a la enseñanza del Señor sobre los últimos tiempos. 

El sólo hecho de saber que la parábola «de las diez vírgenes» hace parte del discurso escatológico nos concede la clave de interpretación: Jesús nos quiere enseñar cuál debe ser nuestra actitud ante la certeza del fin del mundo y de su venida gloriosa. A los apóstoles, que se habían quedado mirando al cielo cuando Cristo resuci­tado ascendió, los ángeles les asegu­raron: «Este mismo Jesús vendrá de nuevo, tal como lo habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11). El mundo se divide entre los que esperan vigilantes la vuelta de Jesús y los que están despreocupados. Asimismo, entre diez vírgenes que esperan al esposo, cinco son prudentes y cinco son necias; cinco lo aman con amor celoso y fiel y están dispuestas a esperarlo aunque tarde, y cinco son negligentes e infieles y su aten­ción se distrae hacia otras cosas.

Para exponer esta enseñanza e invitar a la vigilancia Jesús adopta una situación familiar para sus oyentes. El matrimonio judío se realizaba en dos etapas. La primera consistía en el contrato propiamente o esponsales entre el esposo y la esposa en que se fijaban las obligaciones de cada uno y se intercam­bia­ban el consentimiento. Esto podía ocurrir bastan­te tiempo antes que los esposos convi­vieran. La segun­da etapa era más festiva; consistía en que el esposo, venía, acompañado de sus amigos, a buscar a la esposa para llevársela consigo. La esposa esperaba rodeada de sus amigas, y la llegada del esposo era ocasión de fiesta; aquí se celebraba el banquete de bodas. En este caso diez vírgenes, con sus lámparas en la mano, salieron al encuentro del esposo. A menudo Cristo se comparó con «el esposo» porque Él reclama de cada uno de nosotros -y de la Iglesia entera- un amor semejante al de la esposa: exclusivo, total, fiel, indisoluble y fecundo. En la parábo­la es significativo que no vemos en ningún momento a la esposa sino que solamente aparece el esposo: sólo a él espera cada una de las vírgenes. Cada una se sintió interpelada por igual cuando a media noche se oyó el grito: «¡Llega el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Pero aquí queda en evidencia la diferencia entre unas y otras. 


¿Qué mantendrá encendida mi lámpara? 

¿Cuál es «el aceite» que mantendrá mi lámpara encendida para la venida de Cristo? Y la respuesta no puede ser otra sino el amor. El amor ardiente y generoso que mantiene el corazón vuelto hacia Dios y hacia sus hermanos. El amor que es donación de sí mismo. El amor que consiste en descubrir en cada hermano la imagen misma de Cristo. Es el amor que triunfa sobre el pecado, el egoísmo y la soberbia. Estar atentos y preparados para la venida del Señor significa «permanecer en el amor» (Jn 15,9), porque al «atardecer de la vida te juzgarán sobre el amor». En efecto «quien no ama, permanece en la muerte» y la única forma de pasar de la muerte a la vida es por el amor a los hermanos (ver 1Jn 3,14). 


«En verdad…no os conozco»

La parábola sigue su curso; cada detalle evoca lo que será la venida final de Jesús. Las vírgenes que estaban preparadas entraron con el esposo al banquete de bodas y se cerró la puerta. Las necias llegaron tarde diciendo: «¡Señor, Señor, ábrenos!»Pero recibieron esta respuesta: «En verdad os digo que no os conozco». Ésta es, en realidad, una terrible senten­cia. Para la mentalidad semita el conocimiento no es algo solamente intelectual o de mera experiencia sensi­ble; el conoci­mien­to es también algo afectivo. 

Conocer, en el lenguaje de la Biblia, significa al mismo tiempo conocer y amar, tener afecto, interés y preocupación por algo. La negación de Pedro: «No conozco a ese hombre» (Mt 26,72.74), no es solamen­te una mentira, es más grave que eso. Esa frase de Pedro significa: «Sí, conozco a ese hombre, pero yo no tengo nada que ver con él, no soy de los suyos, ni me afecta lo que pase con él». Así también la sentencia de Cristo, para los que no estén preparados esperando su venida, será ésta: «En verdad os digo, no los conozco y no tengo nada que ver con voso­tros».

La enseñanza de toda la parábola está resumida por Cristo mismo: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora». Han pasado ya veinte siglos desde que Jesús ascendió y nos dejó esperando su venida. Tal como en la parábola, «el esposo tarda». El aceite de muchos ya se ha agotado y se han quedado dormidos. Pero precisa­mente por eso rige la adver­ten­cia: «¡Velad siempre, porque no sabéis ni el día ni la hora!». Puede faltar mucho o poco: no sabemos. Pero en un momento dado oiremos el grito: «¡Ya está aquí el esposo!». Lo que sí sabemos con total seguridad es que el fin de nuestra vida no tardará. Y eso es innegable. 


Una palabra del Santo Padre: 

«En el Credo profesamos que Jesús «de nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos». La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo. A menudo se olvidan estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el juicio final a veces no es tan clara y firme en el corazón de los cristianos. Jesús, durante la vida pública, se detuvo frecuentemente en la realidad de su última venida. Hoy desearía reflexionar sobre tres textos evangélicos que nos ayudan a entrar en este misterio: el de las diez vírgenes, el de los talentos y el del juicio final. Los tres forman parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos, en el Evangelio de san Mateo.

Ante todo, recordemos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre. Pero existe este «tiempo inmediato» entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el tiempo que estamos viviendo. En este contexto del «tiempo inmediato» se sitúa la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25, 1-13). Se trata de diez jóvenes que esperan la llegada del Esposo, pero él tarda y ellas se duermen. Ante el anuncio improviso de que el Esposo está llegando todas se preparan a recibirle, pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen aceite para alimentar sus lámparas; las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas porque no tienen aceite; y mientras lo buscan, llega el Esposo y las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que introduce en la fiesta nupcial. Llaman con insistencia, pero ya es demasiado tarde; el Esposo responde: no os conozco. 

El Esposo es el Señor y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él nos da, a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su venida final; es un tiempo de vigilancia; tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad; tiempo de tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo para vivir según Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora del retorno de Cristo. Lo que se nos pide es que estemos preparados al encuentro —preparados para un encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús—, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús. ¡No nos durmamos!».

Papa Francisco. Audiencia General Miércoles 24  de abril de 2013. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. La parábola refleja dos actitudes ante la vida, ante uno mismo y ante Dios. Nos dice el Concilio Vaticano II: «Ante la muerte el enigma de la condición humana alcanza su máximo» (Gaudium et Spes, 10). Llevar la vida en serio es vivir de acuerdo a nuestro fin último: la felicidad eterna. ¿Con qué actitud me identifico? 

2. El Papa nos ha pedido para este mes: “para los esposos, para que sigan el ejemplo de santidad conyugal vivida por tantas parejas que se santificaron en las condiciones ordinarias de la vida". Recemos en familia por esta hermosa intención del Santo Padre. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1805-1811.



[1] Inmarcesible. (Del lat. immarcescibĭlis). Que no se puede marchitar. 
[2] necio, cia. (Del lat. nescĭus). adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. Imprudente o falto de razón.  Terco y porfiado en lo que hace o dice. Dicho de una cosa: Ejecutada con ignorancia, imprudencia o presunción.