lunes, 31 de agosto de 2015

Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B


«Todo lo ha  hecho  bien: hace  oír a los sordos y hablar a los mudos»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 35, 4 -7a

«Decid a los de corazón intranquilo: ¡Ánimo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Pues serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa, se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas.»

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 1-5


«Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra sinagoga un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: "Tú, siéntate aquí, en un buen lugar"; y en cambio al pobre le decís: "Tú, quédate ahí de pie", o "Siéntate a mis pies". ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?»

                                                                                                                              

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos  7, 31-37


«Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: "Effatá", que quiere decir: "¡Abrete!" Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.

 

Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se los prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Los criterios que el mundo tiene para juzgar a las personas no son los mismos criterios de Dios. Todas las lecturas dominicales nos hablan del amor de predilección[1] de Dios por los enfermos, los necesitados y los disminuidos física o espiritualmente. En la curación del sordomudo (Evangelio) comienza a darse la esperanza mesiánica que había sido anunciada ocho siglos antes por el profeta Isaías (Primera Lectura). Es lo mismo que afirma tajantemente el apóstol Santiago al decir: «¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?» (Segunda Lectura). 

 

 

¡Sé fuerte en el Señor!

 

La secuencia de los capítulos 34 y 35 del libro de Isaías es conocida como el «apocalipsis de Isaías» o «pequeño apocalipsis». El capítulo 34 nos muestra la destrucción y el juicio de Edom (ciudad enemiga de Israel). Dios se presenta como el protector del pueblo que es fiel. En la lectura vemos al pueblo sufrido que vuelve a Sión después de la esclavitud en Babilonia. Muchos se encuentran física y espiritualmente disminuidos. Hay ciegos, sordos y cojos. Algunos tal vez sean soldados heridos a causa de las continuas guerras. El mensaje de esperanza les viene directamente de Dios que se dirige al corazón de cada uno de ellos: «¡Ánimo, no tengas miedo!». Frase que nos remite al bello Salmo 27 (26): «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahveh  es el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?». Para la tradición judía las personas que tenían un defecto o disminución física eran consideradas impuras y no poseían la bendición de Dios. Si habían nacido así, tenían un pecado y estaban siendo castigadas por Dios. Ellas debían ser separadas de las personas «perfectas o sanas» para no contaminarlas.

 

Sin embargo Dios mismo «vendrá y los salvará»; es decir devolverá a estas personas, consideradas disminuidas, su auténtica dignidad humana. Serán «curadas» y entonces podrán volver a sus familias, a sus trabajos; podrán integrarse nuevamente a la sociedad. Podrán sonreír nuevamente con los suyos. Pero además Dios hará brotar torrentes de abundante agua en el desierto. Así como cuando el pueblo caminaba por el desierto y Moisés hizo salir agua de una roca antes de entrar a la Tierra Prometida; ahora, después de la esclavitud de Babilonia, Dios volverá a sacar agua y ríos caudalosos en el «país árido». Entonces habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Así «Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós penar y suspiros!» (Is 35,10). ¡Todo será alegría eterna en el Señor!

 

«¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?»

 

La carta del apóstol Santiago es considerada como una de las siete «cartas católicas» y estas están colocadas según el orden que leemos en Gálatas 2,9. Ellas tienden a ser «mensajes sapienciales», es decir escritos que muestran la sabiduría cristiana ante las dificultades o problemas concretos de la vida cotidiana. Algunas de ellas parecen ser homilías o exposiciones catequéticas. Al estudiar la carta de Santiago veremos que se dirige a los judíos-cristianos de mentalidad helénica que viven fuera de Palestina ya que coloca muchas citas de la Versión de los LXX[2]. El contenido de la carta reduce toda la Ley - Torah - al mandamiento del amor al prójimo (ver St 1,25; 2,8.12). Durante la carta, Santiago, va demostrando cómo vivir, concretamente, ese amor en la comunidad. Encontramos en ella, la mayor y más directa crítica a los ricos de toda la Biblia (ver St 5,1-6).

 

En el pasaje de nuestra lectura dominical vemos cómo una persona de fe verdadera jamás discrimina al prójimo ya que lo considera su hermano. Leemos: «Supongamos que entra en vuestra asamblea» o «sinagoga» (St 2,2). Éste es el  único pasaje de todo el Nuevo Testamento en que así es llamada una asamblea cristiana. Hay quienes ven en esto un indicio de que Santiago se dirigía a judíos conversos. Termina llamando la atención a sus oyentes colocando a los pobres como los predilectos de Dios. Sin embargo no coloca esta preferencia en desmedro de los ricos ya que esos  pobres son «ricos en la fe y herederos del Reino prometido». Por lo tanto ni los pobres ni ninguna persona debe de ser discriminada, separada ya que sería colocarnos en el lugar del Buen Juez que nos dice «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

 

«Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

 

El nombre «Marcos» proviene del latín y significa «siervo de Marte». Era el nombre romano del discípulo llamado Juan Marcos, ya que era la costumbre  de los antiguos súbditos del Imperio Romano adoptar dos nombres. La familia de Marcos era muy considerada en la comunidad primitiva ya que en su casa se reunían los cristianos en los primeros tiempos para rezar (ver Hch 12,12). Marcos era hijo de María (Hch 12,12), muy cercano a Pedro (1Pe 5,13) y a Bernabé (ver Hech 15,36-39). En el pasaje que leemos este Domingo vemos a Jesús que, después de un breve viaje al norte, a la región de Tiro en Fenicia, vuelve a su tierra, es decir, a los alrededores del mar de Galilea. Sabemos que uno de los rasgos que distinguía Jesús era su condición de «galileo» (ver Lc 23,6. Jn 18, 4-5).

 

Comienza el relato mencionando de manera exacta una serie de lugares geográficos del itinerario seguido por Jesús: «Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo por Sidón, al mar de Galilea, atrave­sando la Decápo­lis». La Decápolis es una región que se extiende al oriente del mar de Galilea y del río Jordán; se llama así porque abraza diez ciudades griegas que el emperador romano Pompeyo organizó en una especie de confederación cuando conquistó ese territo­rio. El Evangelio nos presenta una de las curaciones que realizó en su propia tierra: Galilea. Como en la mayoría de los relatos de milagros, se comienza con la presentación del enfermo y la descripción de su mal: «Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él». Se trata de un hombre que «no está bien», es decir que no está en su integridad. Veamos la petición que le hacen a Jesús: que imponga la mano sobre él. Podemos decir que éste es un gesto propio de Jesús.

 

En efecto, no vemos que en el Antiguo Testamento se use la imposición de manos; en cambio, en el Nuevo Testamento aparece con frecuencia en la actuación de Jesús y de sus apóstoles. Ya antes de este episodio el mismo Evangelio de Marcos dice que en su propio pueblo de Nazaret Jesús «curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6,5). En Cafarnaún le presentan a todos los que estaban enfermos y, «Jesús, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4,40). Asimismo Jesús resucitado declara que una de las señales que acompañarán a los que crean en su nombre es ésta: «Impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16,18). Desde el primer momento los cristianos usaron este gesto como signo, no sólo de una curación física, sino también de la transmisión de un don espiritual (ver Hech 8,17. 9,17).

 

Con su intervención Jesús devuelve al pobre sordomudo a su situación original. Lo hace por medio de su palabra: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: "Effatá", que quiere decir: "¡Abrete!"». Se le abrieron los oídos y, al instante, se puso a hablar. El hecho adquiere un sentido más profundo si se ubica en el contexto de las profecías, cuyo cumplimiento todos aguardaban expectantes en Israel. Nadie ignoraba la profecía que hemos leído en la Primera Lectura del profeta Isaías. Ésta es utilizada por el mismo Jesús ante los enviados por Juan el Bautista (ver Lc 7,20-22). Son los signos de la intervención salvífica personal de Dios que se esperaba y que iba a ser definitiva.

 

Cuando los presentes vieron al que era sordomudo hablar correctamente, «se maravillaban sobremanera y decían "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos".». Estas expresiones no pueden dejar de evocar en nosotros el relato de la creación en que el agente es Dios mismo y todo viene a la existencia por su Palabra. Después de toda la obra de la creación, el Génesis dice: «Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Gn 1,3-31). La ruptura producida por el pecado hace que el hombre necesite la reconciliación ofrecida por Dios mismo a través del sacrificio redentor de su Hijo. Es como si fuera un nuevo acto creador. La muerte de Jesucristo en la cruz fue un sacrificio que expió[3] al hombre del pecado y de todo su cortejo de males.

 

Por eso en Cristo actúa la salvación que devuelve al hombre a su integridad primera, en el aspecto físico y, sobre todo, moral. Dios lo creó íntegro y Cristo lo recreó. Su actuación puede homologarse a una nueva creación. Por eso el relato de la curación del sordomudo se presenta en esos términos: Jesús asume la actuación creadora de Dios. A esto se refiere San Pablo cuando dice: «El que está en Cristo es una nueva creación» (2Cor 5,17). Y para los tiempos finales, por obra de la salvación de Cristo, se esperan «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2Pe 3,13).

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Jesús acoge en el grupo de sus íntimos a un hombre que, según la concepción de aquel tiempo en Israel, era considerado como un pecador público. Mateo, de hecho, no sólo manejaba dinero considerado impuro por provenir de gente ajena al pueblo de Dios, sino que además colaboraba con una autoridad extranjera, odiosamente ávida, cuyos tributos podían ser determinados arbitrariamente. Por estos motivos, en más de una ocasión, los Evangelios mencionan conjuntamente a los «publicanos y pecadores» (Mateo 9, 10; Lucas 15, 1), a los «publicanos y prostitutas» (Mateo 21, 31). Además, ven en los publicanos un ejemplo de avaricia (Cf. Mateo 5, 46: sólo aman a los que les aman) y mencionan a uno de ellos, Zaqueo, como «jefe de publicanos, y rico» (Lucas 19, 2), mientras la opinión popular les asociaba a «hombres rapaces, injustos, adúlteros» (Lucas 18, 11).

 

Ante estas referencias, hay un dato que salta a la vista: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado en la mesa de la casa de Mateo-Leví, respondiendo a quien estaba escandalizado por el hecho de frecuentar compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Marcos 2, 17). El buen anuncio del Evangelio consiste precisamente en esto: ¡en el ofrecimiento de la gracia de Dios al pecador!

 

En otro pasaje, con la famosa parábola del fariseo y del publicano que subieron al templo para rezar, Jesús llega a indicar a un publicano anónimo como ejemplo de humilde confianza en la misericordia divina: mientras el fariseo hacía alarde de perfección moral, «el publicano […] no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"». Y Jesús comenta: «Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lucas 18, 13-14). Con la figura de Mateo, por tanto, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad, puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios y dejar vislumbrar sus maravillosos efectos en su existencia.

 

 En este sentido, San Juan Crisóstomo hace un comentario significativo: observa que sólo en la narración de algunas llamadas se menciona el trabajo que estaban realizando los interesados. Pedro, Andrés, Santiago y Juan son llamados mientras estaban pescando; Mateo mientras recauda impuestos. Se trata de oficios de poca importancia, comenta el Crisóstomo, «pues no hay nada que sea más detestable que el recaudador y nada más común que la pesca» («In Matth. Hom.»: PL 57, 363). La llamada de Jesús llega, por tanto, también a personas de bajo nivel social, mientras desempeñan su trabajo ordinario».

Benedicto XVI. Audiencia del 30 de agosto 2006. 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1.  Santiago nos dice claramente: «Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado». Leamos con atención el texto de la carta de Santiago y hagamos un sincero examen de conciencia para ver qué criterios guían nuestro actuar. ¿Acepto a todos como mis hermanos y los valoro como son? ¿Hago acepción de personas?

 

2. Juan Pablo II nos dice que «la caridad de los cristianos es la prolongación de la presencia de Cristo que se da a sí mismo». ¿Cómo y de qué manera concreta vivo la caridad?

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 25, 1822 – 1829. 1853, 2013, 2094.


[1] Predilección. (Del lat. prae, pre-, y dilectĭo, -ōnis).  Cariño especial con que se distingue a alguien o algo entre otros.
[2] La versión de los Setenta es la primera y la más importante traducción del hebreo al griego. Se llama Setenta porque, según la leyenda, habría sido realizada por 72 sabios judíos (6 de cada una de las tribus). Se llevó a cabo a lo largo de aproximadamente un siglo (250 – 150 a.C.). Se realizó esta versión como respuesta a la necesidad de los judíos que vivían en la diáspora (judíos dispersos en el mundo pagano) y se efectuó en Alejandría (Egipto).
[3] Expiar. (Del lat. expiāre). Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio.
 

lunes, 24 de agosto de 2015

Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B


«Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1-2.6-8

«Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las normas que yo os enseño para que las pongáis en práctica, a fin de que viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que os da Yahveh, Dios de vuestros padres. No añadiréis nada a lo que yo os mando, ni quitaréis nada; para así guardar los mandamientos de Yahveh vuestro Dios que yo os prescribo.

Guardadlos y practicadlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos estos preceptos, dirán: "Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente". Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahveh nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?»

 
Lectura de la carta del Apóstol Santiago 1, 17-18.21b- 22.27

«Toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación. Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas.

Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas. Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 1-8.14-15.21-23 

«Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, - es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas -.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: "¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?" El les dijo: "Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: = Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. =  En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. = Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres".

Llamó otra vez a la gente y les dijo: "Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre".»

 

 
Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas


¿Vivo realmente mi fe? ¿Qué es lo más importante para mí en mi relación con Dios? A estas preguntas responden las lecturas del Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario. La Primera Lectura responde que la religión auténtica consiste en escuchar y cumplir fielmente todos los mandamientos del Decálogo. Jesucristo, en el Evangelio de San Marcos, enseña que «el mandato de Dios» está por encima de las tradiciones y leyes humanas. Por tanto, la verdadera religión está en el corazón del hombre, que escucha y pone en práctica la Palabra de Dios. A partir de este Domingo y, durante los seis Domingos siguientes, leeremos la carta del apóstol Santiago. En un lenguaje muy directo y concreto, nos dirá que la religión pura e intachable ante Dios consiste en poner por obra «la Palabra» que hemos recibido de Jesucristo: amar al prójimo, especialmente a los más necesitados de este mundo.

 

«Escucha Israel los preceptos y las normas que yo os enseño...»

 

El pasaje de la Primera Lectura  pertenece al primer discurso de despedida de Moisés. En él hace un recuento de la historia de Israel desde la esclavitud y liberación de Egipto hasta el reparto de las tierras en Transjordania, a punto ya de cruzar el Jordán para la conquista de Palestina. El texto se centra en la Ley del Señor como sublime sabiduría que acredita, ante las demás naciones, al Dios de Israel y a su Pueblo. La ley mosaica fue complicándose después por la casuística atomizada de las escuelas rabínicas.

 

El libro del Deuteronomio (que en griego significa segunda ley) es el último de los cinco libros del Pentateuco y constituye una «teología[1]» de la historia de Israel con la perspectiva que dan los siglos a los hechos relatados. Su redacción definitiva data probablemente de los tiempos del destierro babilónico, en los círculos sacerdotales (IV a.C.). Su texto permaneció desconocido durante mucho tiempo, habiendo sido localizado en el reinado del rey Josías en el 622 a.C., ofreciendo una base muy importante para la reforma  religiosa y moral que se dio en Israel.  

 

La religión pura e intachable ante Dios

 

El apóstol Santiago nos pone en guardia, en la Segunda Lectura, contra la permanente tentación del “formalismo” religioso y la incoherencia de vida. Éste es un escrito de carácter eminentemente práctico y moral, y su mentalidad es la de mayor cuño judío de todo el Nuevo Testamento, con muy pocas referencias directas a Jesucristo. La idea fundamental es la de dar a conocer «la religión  pura e intachable a los ojos de Dios».

 

 El concepto clave de este pasaje es «la Palabra» (St 1,18). La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más profunda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y acoger la Palabra, sobre todo, la Palabra de la Salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta Palabra que se identifica con la ley perfecta, la libertad (St 1,25); es el mensaje del Evangelio por el que los bautizados hemos nacido a una vida nueva. Más adelante dirá que la fe debe de traducirse a las obras, porque la fe sin obras está muerta (ver St 2,14ss.).

 

«La tradición de los antepasados»

 

Reuniéndose nuevamente la gente alrededor de Jesús, tenemos una sección que se inicia tras el portentoso milagro de «la multiplicación de los panes» (Mc 6,30-44). El milagro ha inundado el aire con la fresca fragancia del pan multiplicado. La llegada de los maestros de la ley y los fariseos trae, sin embargo, un pesado aire del legalismo más mezquino. Parece como si las manos de Jesús, de los discípulos y de las cinco mil personas saciadas olieran todavía a pan, mientras que las de los maestros de la ley y la de los fariseos, debidamente lavadas y purificadas, despidieran un olor nauseabundo. Sin coraje para enfrentarse directamente con Jesús o con la gente, escogen a los discípulos como blanco de sus críticas.

 

La discusión comenzó en torno a ciertas prácticas de purificación ritual al ver los fariseos y los escribas que «algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, no lavadas... le preguntan (a Jesús): ¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?[2]». La pregunta habría sido inofensiva, si no hubieran incluido la acusación descalificadora: «Tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados». La cuestión del lavatorio de manos, codos, copas, jarros y bandejas queda olvidada y la discusión se centra sobre el valor de esa «tradición de los antepasados». A esto se refiere Jesús en la defensa que hace de sus discípulos. La expresión «tradición de los antepasados» es un término técnico que indica el cuerpo de leyes transmitidas oralmente y que los fariseos consideraban igualmente vinculantes que la ley escrita. Jesús la llama «tradición de hombres» o «vuestra tradición»; concuerda en que son preceptos, pero los llama «preceptos de hombres» y los contrapone al «precepto de Dios».

 

Veamos la violenta reacción de Jesús: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres'. Dejando el precepto de Dios os aferráis a la tradición de los hombres». La respuesta fuerte y directa nos revela que el asunto no se trata de una cuestión de higiene, sino de un asunto religioso. Las abluciones y el lavatorio de manos y vasijas es una observación ritual, y había sido asumida como parte de la ley judía que incluía otros preceptos importantes como «honrar padre y madre». Se trata entonces de decidir qué valor salvífico tiene la observancia de una ley externa, tanto más que, como hace notar Jesús, en este caso se trata de «preceptos de los hombres». La ley que es santa y que fue dada por Dios, se había desconectado de su origen y se había transformado en un código externo, de cuyo cumplimiento riguroso dependía la salvación. Sutilmente se había vuelto contra el dogma central de la fe judía, el de la trascendencia e independencia absoluta de Dios. La ley se había transformado en la manera cómoda de manejar a Dios: si observo externamente todas las normas, Dios está «obligado» a salvarme. La salvación ya no es obra de Dios sino es mía...solamente mía.

 

Y es precisamente esto lo que denuncia San Pablo: «Si la salvación se obtiene por las obras de la ley, entonces Cristo habría muerto en vano» (Gal 2,21). Ahora entendemos por qué el asunto tiene validez actual y porqué Cristo reacciona de esa manera tan fuerte. A propósito de esta discusión sobre las tradiciones de los antepasados, Jesús se detiene en el tema de los alimentos puros o impuros, preguntando a sus discípulos: «¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerlo impuro, pues no entra en su corazón sino en el vientre y va a parar al excusado?». Y la conclusión es la que rige hasta ahora a los cristianos: «Declaraba así puros todos los alimentos». Luego Jesús afirma: «Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios... Todas estas perversidades salen de dentro y hacen impuro al hombre». La impureza del corazón, es el estado que hace al hombre indigno ante Dios.

 

Si todas esas cosas son las que hacen al hombre impuro, nos preguntamos: ¿Qué es lo que lo hace puro? Leamos lo que dice San Pedro a los demás apóstoles para justificar el haber aceptado al bautismo a los gentiles: «Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros; y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe» (Hech 15,8-9). El corazón del hombre se purifica con la aceptación de la fe en Cristo y por la práctica de su mandamiento de amor a Dios y al prójimo. «El amor es infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). El que ama ha cumplido la ley en plenitud y todo precepto particular debe de ceder ante las exigencias del amor que es la norma suprema: estamos hablando del amor sobrenatural, de ése que habla San Juan cuando dice que «Dios es amor» (1Jn 4,8). Por eso no puedo haber contradicción entre la ley de Dios y la ley del amor. La ley de Dios es el amor puesto en práctica. El gran San Agustín con el genio que lo caracteriza, sintetiza magistralmente la relación entre la ley y el amor sobrenatural: «Ama y haz lo que quieras». En el fondo: ama y serás libre.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«En este momento no puedo por menos de pensar en la situación, cada vez más grave y trágica, que se está viviendo en Oriente Próximo: centenares de muertos, muchísimos heridos, una multitud ingente de personas sin hogar y de desplazados; casas, ciudades e infraestructuras destruidas, a la vez que en el corazón de muchos parece crecer el odio y el deseo de venganza. Estos hechos demuestran claramente que no se puede restablecer la justicia, crear un orden nuevo y edificar una paz auténtica cuando se recurre al instrumento de la violencia. Hoy, más que nunca, constatamos cuán profética y al mismo tiempo realista es la voz de la Iglesia cuando, ante la guerra y todo tipo de conflictos, indica el camino de la verdad, la justicia, el amor y la libertad, como señala la inmortal encíclica «Pacem in terris» del beato Papa Juan XXIII. Este es el camino que debe recorrer la humanidad también hoy para conseguir el deseado bien de la paz verdadera.

 

En nombre de Dios me dirijo a todos los responsables de esta espiral de violencia para que cada una de las partes deponga inmediatamente las armas. A los gobernantes y a las instituciones internacionales les pido que no escatimen ningún esfuerzo para obtener este necesario alto el fuego, para que se pueda comenzar a construir, mediante el diálogo, una convivencia duradera y estable entre todos los pueblos de Oriente Próximo. A los hombres de buena voluntad les pido que sigan intensificando el envío de las ayudas humanitarias a aquellas poblaciones tan probadas y necesitadas.

 

Pero, especialmente, es necesario que desde todos los corazones se siga elevando la oración confiada a Dios bueno y misericordioso, para que conceda su paz a aquella región y al mundo entero. Encomendemos esta ferviente súplica a la intercesión de María, Madre del Príncipe de la paz y Reina de la paz, tan venerada en los países de Oriente Próximo, donde esperamos que pronto reine la reconciliación por la que el Señor Jesús dio su sangre preciosa».

 

Benedicto XVI. Ángelus 30 de Julio de 2006

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. «Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos», nos exhorta Santiago. ¿Cómo vivo mi fe en mi vida cotidiana?  ¿Soy coherente? ¿Doy testimonio de mi fe cristiana a lo largo de mi día? ¿De qué manera concreta?

 

2.  Leamos en familia el Salmo Responsorial 15 (14) y pidamos al Señor que nos dé su gracia para vivir más el amor especialmente con el prójimo y el más necesitado. 

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2052-2055. 2093 -2094


[1] Teología: del griego Theos = Dios, y Logos = palabra, tratado. La ciencia que estudia a Dios y lo referente a Él, a la luz de la revelación. La teología es reflexión: es la fe que busca entender («fides quaerens intellectum») hasta donde le es posible, consciente que en el fondo permanece el misterio insondable de Dios. 
[2] Comentando este pasaje Riccotti nos dice: «No se imagine que semejante cúmulo de prescripciones fuese sugerido por miras meramente higiénicas o pudiese tomarse a la ligera. Al contrario: el espíritu que lo había dictado era estrictamente religioso, y quien no lo cumpliera habría violado preceptos sagrados. Encontramos, en efecto, sentencias rabínicas de este género: “Quien come pan sin lavarse las manos, es como quien frecuenta una meretriz… quien descuida el lavarse las manos será desarraigado del mundo” (Sotah, 4b). Otras veces se pregunta que quiénes son los del “pueblo de la tierra” (am’ha’aretz), esto es, aquellos que según el gran Hillel, no temían el pecado y no eran piadosos (§ 40), y se contesta que “los que comen manjares profanos y no en estado de pureza”, es decir, sin lavarse las manos (Berakhoth, 47b). En ocasiones se citan sentencias de excomunión dictadas contra quienes descuidaban la limpieza de las manos antes de comer.

Santa Rosa de Lima


« El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza» 

 

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 17- 24 

 

«Haz, hijo, tus obras con dulzura, así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado. No busques lo que te sobrepasa, ni lo que excede tus fuerzas trates de escrutar. Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es menester lo que está oculto.

 

En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos descaminaron sus prejuicios, una falsa ilusión extravió sus pensamientos».

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 3, 8-14

 

«Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la  justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos.

 

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que  está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 31-35

 

«Otra parábola les propuso: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas”.

 

Les dijo otra parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres  medidas de harina, hasta que fermentó todo”. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El nexo entre las lecturas

 

¿Qué es la santidad? Las bellas lecturas de esta Solemnidad nos hablan claramente cuál es el camino que debemos de recorrer para alcanzar la santidad. «Hacer tus obras con dulzura» nos dice el libro del Eclesiástico, pero con humildad ya que «cuánto más grande seas, más debes de humillarte». Para San Pablo el camino a la santidad es una carrera donde todas las cosas las tiene «por basura para ganar a Cristo». Tal es su ardor y amor por alcanzar la meta prometida. Finalmente vemos cómo el Señor Jesús, mediante dos parábolas, nos enseña la senda a recorrer: la humildad. Seremos «grandes»  en la medida que seamos conscientes de nuestra «pequeñez». Y así el Señor hará maravillas. Santa Rosa de Lima encarnó plenamente este ideal de sencillez floreciendo así como el primer fruto de santidad en estas tierras americanas.           

 

«Cuanto más grande seas, más debes humillarte»

 

Las palabras del libro del Eclesiástico adquieren una vigencia extraordinaria ante el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: «Yo estoy entre vosotros como un sirviente» (Lc 22, 27). Y lavó los pies de todos sus apóstoles, incluyendo a Judas Iscariote, para que lo imitáramos (ver Jn 13,14); y se negó a sí mismo  para gloria de Dios Padre(ver Flp 2,3ss). ¿Quién encarnará de manera particular este camino de dulzura, de humildad y de plena colaboración gracia? Sin duda nuestra Madre María. Ella se ve a sí misma como «la sierva del Señor» y proclama, ante su prima Isabel, su humildad precisamente cuando es elevada a una grandeza por la cual todas las generaciones la llamarán «bienaventurada» (ver Lc 1, 46- 55).     

 

El libro del Eclesiástico si bien forma parte de la Biblia griega – llamada de los Setenta – no figura en el canon judío. Sin embargo fue compuesta en hebreo. San Jerónimo la conoció en su lengua original y los rabinos la citaban. Cerca de dos tercios de este texto hebreo fueron encontrados en 1896 en los restos de varios manuscritos de la Edad Media procedentes de una antigua sinagoga en el Cairo. Pequeños fragmentos han aparecido en una de las cuevas de Qumrán[1] y en 1964 se ha descubierto en Masada[2] un largo texto que contiene los capítulos 38, 27 al 44, 17 en escritura del siglo I A.C.

 

Su título latino «Eclesiaticus» es una denominación reciente que sin duda subraya el uso oficial que hacía la Iglesia en sus primeros siglos, en contraposición con la Sinagoga. En el último versículo vemos que el libro se llamaba «Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá» (Eclo 51,30). También leemos en otro acápite: «Instrucción de inteligencia y ciencia ha grabado en este libro Jesús, hijo de Sirá, Eleazar de Jerusalén que vertió de su corazón sabiduría a raudales» (Eclo 50, 27). El nieto del autor explica, en el prólogo, que tradujo el libro cuando vino a residir en Egipto el año 38 del rey Evergetes (ver Eclo 1, 1-34). No puede tratarse más que Ptolomeo VII Evergetes, y la fecha corresponde al año 132 A.C. Su abuelo, Ben Sirá, escribió alrededor del año 190- 180 A.C.    

 

«Todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo»

 

¿Qué lleva a una persona afirmar que: «todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo»? San Pablo abre su corazón y nos comparte cuál ha sido su experiencia personal al encontrarse con el Señor Jesús. Nos dice «lo que para mí era ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo» (Flp 3, 7). Todo es ahora sopesado desde el encuentro con el «Señor de la Vida». Nada de lo que vemos en este mundo podrá saciar nuestro corazón. El joven rico del Evangelio tenía también ese profundo «hambre de Dios» pero no pudo ser fiel a lo que ardía dentro de él. Entonces vemos como se aleja triste «porque tenía muchos bienes» que cerraron su corazón a la gracia de Dios (ver Mc 10,22).

 

¿Cómo entiende San Pablo la vida cristiana? San Pablo usará la metáfora de una carrera la cual no debe entenderse como una carrera de 100 metros, sino como una maratón que dura toda la vida hasta llegar a la meta: la vida eterna. Como dice San Agustín: «Si tú dices basta, estás muerto». Por otro lado nos recomienda no mirar lo que uno ha dejado ya que corramos dejando atrás esas pesadas piedras (recuerdos negativos, añoranzas, pecados habituales, etc.) que no nos llevan a ningún lugar sino simplemente nos atrasan en nuestro camino al cielo.   

 

El Reino de los Cielos

 

Las parábolas que leemos en la lectura del Evangelio e San Mateo nos introducen al tema de: «El Reino de los Cielos es semejante a...». Inmediatamente la pregunta que nos hacemos es: ¿Qué es el Reino de los Cielos? ¿Qué quiere decir Jesús con esta expresión que es usada tan a menudo por Él? En realidad vemos como Jesús busca a través de las parábolas transmitir una idea más clara de lo que es el «Reino de los Cielos». Sin duda es la podemos afirmar que es la mejor expresión para llamar de alguna manera adecuada y verdadera la novedad que entró en el mundo con su venida. En la Persona de Jesús Dios mismo entró en la historia humana. El Dios que «habita una luz inaccesible y a quien no ha visto ningún ser humano ni lo  puede ver» (1Tm 6,16), aquél cuyo nombre es tan trascendente que ni siquiera se podía pronunciar, ahora es parte de nuestra historia humana; todo hombre y toda mujer tienen parentesco con Él, pues todos comparten con Él la naturaleza humana. Esto es lo que San Juan nos dice de manera tan contundente: «La Palabra era Dios... La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,1.14). Ya no es un Dios lejano e inaccesible; ahora habita entre nosotros, se ha hecho uno de nosotros. El misterio admirable de que el Eterno haya entrado en el tiempo y el Inmenso se haya hecho un niño pequeño no se puede encerrar en fórmulas exactas; sólo se puede sugerir. Con este fin recurrió Jesús al concepto de «Reino de los Cielos».

 

Por medio de la parábola del grano de mostaza Jesús quiere predecir el asombroso crecimiento que tendría en el mundo lo que comenzó tan modestamente con sus primeros discípulos: «El grano de mostaza es ciertamente más pequeña que cualquier otra semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace árbol». Por medio de la parábola de la levadura en la masa Jesús impone a sus discípulos la tarea de difundir en el mundo y hacer penetrar en todos los ambientes lo enseñado por él: «El Reino de los cielos es como la levadura que fermenta todo». A esto se refiere la expresión «evangelización de la cultura»; se trata de que los valores evangélicos resplandezcan en todas las manifestaciones de la vida humana. Los santos serán esa levadura en medio de la masa. El gran escritor francés Georges Bernanos, a quien siempre le fascinó la idea de los santos, decía que «cada vida de santo es como un nuevo florecimiento de primavera». Sin duda Santa Rosa destacó como fruto maduro de santidad en ese bello jardín primaveral.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Queridísimos hermanos y hermanas, reanudando nuestra peregrinación espiritual por los santuarios del continente americano, con motivo del V Centenario de la evangelización, vamos hoy a Lima, capital del Perú, para visitar el templo dedicado a santa Rosa. Joven mestiza, enamorada de Cristo y de su cruz, Rosa representa una primicia de santidad florecida en América precisamente en el alba del anuncio del Evangelio. El santuario dedicado a ella, meta de constantes peregrinaciones, lo forman la iglesia, el jardín y la casa en la cual vivió y murió el 24 de agosto de 1617, cuando tenía poco más de 30 años.

 

Muy jovencita aún Rosa vistió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. En el jardín de su casa ella misma construyó una ermita, donde se dedicó a la oración y a la penitencia, realizando notables progresos en el camino de la virtud y de la contemplación de los misterios divinos. La ermita se transformó en un grandioso templo, recientemente inaugurado. Primera santa de América, Rosa de Lima, con su vida sencilla y austera su carácter dulce, su ardiente palabra y su apostolado entre los pobres, los indios y los enfermos, fue también una intrépida evangelizadora, testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio.

 

La próxima Conferencia de Santo Domingo ha de recordar a las santas y santos latinoamericanos y proclamar con énfasis que el fruto más luminoso de la evangelización es la santidad. Que la Iglesia en América Latina, en continuidad con estos quinientos años de fe que celebramos, siga siendo madre de numerosos y fieles discípulos de Cristo. Lo pedimos a María, que ha sido la primera evangelizadora de ese continente rico de posibilidades y esperanzas para la difusión del mensaje evangélico».

 

 San Juan Pablo II. Ángelus, Domingo 6 de Septiembre de 1992.

 

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana 

 

1. Nos dice Santa Rosa: «Esta es la única verdadera escala del Paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo»[3]. ¿Acepto mi Cruz diaria como verdadero camino para ir al Cielo?

 

2.  Nos decía el entonces Cardenal Joseph Ratzinger el año 1986 en su visita al Santuario de Santa Rosa de Lima: «De cierta forma esta mujer es la personificación de la Iglesia en América Latina: inmersa en el sufrimiento, desprovista de medios materiales y de un poder significativo; pero envuelta por el íntimo ardor causado por la proximidad de Jesucristo». ¿Realmente yo ardo en mi encuentro con Jesucristo? ¿Deseo ardientemente la santidad?  

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 618. 2012- 2016. 2449.   

 

 

 

 

 




[1] Qumrán: nombre de una santiguas ruinas ubicadas al noroeste del mar Muerto. En esta región se han descubierto desde 1947 once cuevas con importantes depósitos de documentación bíblica. Las excavaciones (1951-1956)  indican que los grupos de edificios encontrados constituían la sede de la comunidad monástica que produjo los rollos del mar Muerto. En la época de Cristo, Qumrán era el centro de una gran comunidad religiosa, probablemente de la secta esenia. Los esenios se escindieron de la religión judía en el siglo II A.C., y, perseguidos por los Macabeos, huyeron al desierto, que les pareció muy adecuado para su vida ascética. El enclave de Qumrán fue probablemente ocupado hacia el 135 a.C. Abandonado tras un terremoto en el 31 a.C., fue finalmente destruido por los romanos en el 68 D.C.  
[2] Masada (del hebreo, Metsada; ‘fortaleza’), antigua fortificación en la cumbre de una montaña en el desierto, a unos 48 km al sureste de Jerusalén, escenario de la última resistencia llevada a cabo por los zelotes judíos en su revuelta contra el dominio del Imperio romano (66-73 D.C.). En el siglo I a.C. el rey judío Herodes el Grande construyó dos palacios fortificados. Tras la muerte de Herodes, Masada fue ocupada por una guarnición romana hasta que los zelotes la capturaron en el 66 D.C. Cuando Jerusalén fue tomada por los romanos en el 70, los últimos rebeldes que quedaban (unas mil personas, entre las que se contaban incluso mujeres y niños) se retiraron a la remota cumbre de la montaña. Bajo el mando de su líder, Eleazar ben Jair, resistieron un sitio de más de dos años por parte de la X Legión Romana, suicidándose antes de rendirse en el 73.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 618.