lunes, 23 de noviembre de 2015

Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C


«Estad en vela, pues, orando en todo tiempo»

 

Lectura del profeta Jeremías 33, 14-16

 

«Mirad que días vienen - oráculo de Yahveh - en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: "Yahveh, justicia nuestra".»

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3,12- 4,2


«En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros, para que se consoliden vuestros corazones con santidad irreprochable ante Dios, nuestro Padre, en la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos. Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más. Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21, 25-28.34-36

 

«"Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación".

 

"Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Con el primer Domingo de Adviento iniciamos un nuevo año litúrgico (ciclo C). El Adviento es el tiempo que nos hace vivir la venida de Cristo y nos recuerda que estamos en la «plenitud de los tiempos»[1]. El primer Domingo de Adviento en los tres ciclos litúrgicos pone ante nuestros ojos la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos, y así se relaciona con los últimos Domingos del año, en que meditábamos sobre el fin de la historia y su recapitulación en Jesucristo. Nos dice el Santo Padre: «el año solar está así traspasado por el año litúrgi­co, que en cierto sentido reproduce todo el miste­rio de la Encar­nación y de la Redención, comenzando por el primer Domingo de Adviento y concluyendo con la solemnidad de Cristo Rey y Señor del universo y de la historia»[2]. Todas las lecturas nos remiten a una realidad futura. «Vienen días», leemos en la Primera Lectura, «en que haré brotar para David un Germen justo». Jesús, en el discurso escatológico de San Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la primera carta a los Tesalonicenses, San Pablo les exhorta a estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.

 

«Motus in finem velocior»

 

El tiempo parece adquirir mayor celeridad a medida que pasan los años. Es opinión común que el correr del tiempo lo percibe más claramente un adulto o un anciano que un niño. En ciertos momentos en que las circunstancias obligan a recapacitar sobre el tiempo, por ejemplo, cuando recurre el aniversario de un hecho, es frecuente escuchar a las perso­nas mayores decir: «Parece que fue ayer cuando ocurrió ese hecho». Es porque cuando falta poco para llegar al fin de una cosa el movimiento parece precipitar­se hacia él. Esto lo expre­saba magis­tralmente Santo Tomás de Aquino en una de sus frases lapidarias: «Motus in finem velo­cior» (el movi­miento en la proximidad del fin se hace más veloz). En estos últimos años, en el espacio de nuestra vida, los cambios en el mundo se han vuelto verti­ginosos. Ya casi no se puede imaginar una velocidad mayor. Es oportuno pensar en la aceleración que precede al fin.

 

Justamente el Evangelio nos indica las «señales» que anticiparán ese fin: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas... morirán los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas». Podemos decir: no sólo sacudidas, sino que pasarán. Enton­ces ocurrirá el hecho asombroso: «Verán venir al Hijo del hombre[3] en una nube con gran fuerza y gloria». Vendrá una fuerza mayor que las fuerzas de los cielos. Es la Parusía[4], la venida final de Cristo. Este hecho será horroroso para unos, y será gozoso para otros. Entre éstos últimos se cuentan los apóstoles y los que creen en Jesús y lo aman. A éstos les dice: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación (redención)». El hombre, aun el más fiel a Dios, vive herido por el pecado y sometido a diversas influencias y poderes terrenos. Entonces será liberado y podrá vivir plenamente en la libertad de los hijos de Dios. Todo esto ocurrirá cuando vuelva Cristo, cuya venida anhelamos con intenso amor. El tiempo de Adviento tiene la finalidad de mantener viva esta esperan­za.

 

El Señor indica en seguida cuál debe ser el espíri­tu en que hay que vivir el Adviento. Todo debe estar marcado por la expectativa de Cristo. Por eso advierte: «Que no se hagan pesados[5] vuestros corazones». Y enumera tres cosas que distraen de la espera del Señor: «el liber­tinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida». Quien vive en el libertinaje, en la disolución de las costumbres y en la promiscuidad sexual, quien vive enajenado por el alcohol o la droga, quien vive preocupado por adquirir siempre más bienes de esta tierra encandilado por el espe­jismo del consumismo y de los negocios de este mundo, está distraído y no espera la venida del Señor. Sobre éstos «vendrá el Día de improviso, como un lazo, porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». Jesús habla de un momento de la historia, un momento preciso que vendrá y que Él llama simplemente «el Día». Ese Día tiene una sola característica cronológica cierta: ¡está cada vez más cerca!

 

Por eso Jesús propone otra serie de adverten­cias, esta vez en modo positivo: «estad en vela, orando en todo momento». Esta es la actitud propia del Adviento. El tiempo del Adviento debe ser un tiempo de penitencia y de sobriedad en el uso de los bienes de este mundo para que no nos distraigan con su engañador brillo y se vuelva pesado nuestro corazón. Debe ser un tiempo de oración en que digamos constantemente a Cristo: «¡Ven, Señor Jesús!».  Jesús no se contenta con recomendarnos la oración en algunos momentos del día, sino «en todo momen­to». El Adviento debe despertar en nosotros esta expec­tativa con respecto a Cristo y a su venida. Si lo espera­mos de esta manera -nos dice Jesús- «podréis estar en pie delante del Hijo del hombre».

 

«El amor de unos con otros» 

 

Termina San Pablo su primera carta a los hermanos de Tesalónica con una reiterada acción de gracias, un deseo y una súplica. Acción de gracias porque está completamente seguro de que las buenas noticias que le han hecho vivir de nuevo no serían tales sin la intervención de Dios. Un deseo ardiente de volver a verlos porque, a pesar de que la comunidad se mantiene en la fe y progresa en el amor, resta aún mucha tarea por hacer. Y una súplica en la que San Pablo, ya desde su primera carta, quiere dejar bien claro cuál es lo más importante en la vida cristiana: no otra cosa sino «progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros».

 

Para Pablo le queda absolutamente claro que ese amor bebe directamente del amor de Jesús por nosotros. Un amor desinteresado, comprometido y práctico que no suponga en ningún caso una huida de los problemas concretos del mundo presente, sino que los asuma plenamente. Es, en última instancia, el amor vivido en obras (ver Mt 25,31-46) y que en el día del encuentro final se constituirá en juez único e inapelable del hombre y de la historia. Solamente la sobreabundancia del amor fraterno podrá hacer fuerte «el corazón» de aquellos que serán encontrados santos e irreprochables (intachables, impecables, probos, limpios) ante Dios. 

 

Memoria y profecía

 

Estas dos palabras, sintetizan toda la concepción cristiana del tiempo y de la historia. Cuando habla de tiempo, el cristiano piensa en el tiempo presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente del tiempo de Jeremías (año 587 a. de C.) en que Jerusalén yacía bajo el asedio de Nabucodonosor; es el presente de la comunidad cristiana de Tesalónica o de los destinatarios del Evangelio según San Lucas. Desde ese presente se lanza la mirada hacia atrás y se hace memoria: la promesa de Dios a David acerca de un reino hereditario, que ahora corre peligro; la venida histórica de Jesucristo que con su Pasión, Muerte y Resurrección ha inaugurado los últimos tiempos, del que los cristianos participan ya en cierta manera.

 

Pero los cristianos no somos hombres del pasado. Desde la vida presente echamos también una mirada hacia el futuro, ese futuro encerrado en el libro sellado con siete sellos y que sólo el Cordero de pie (Resucitado) y degollado (Pasión y Muerte) puede abrir y leer (ver Ap. 5). ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un Retoño, un Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que practicará el derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). Desde una lectura cristiana, ese Germen es Jesucristo, el Hijo del hombre, que ha venido al mundo para traer la justicia de Dios, es decir, la salvación por medio del amor.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

« La intervención de Dios en favor de nuestra perseverancia hasta el final, hasta el encuentro definitivo con Jesús, es expresión de su fidelidad. Es como un diálogo entre nuestra debilidad y su fidelidad. Él es fuerte en su fidelidad. Y Pablo dirá, en otro pasaje, que él —él, Pablo mismo— es fuerte en su debilidad. ¿Por qué? Porque está en diálogo con la fidelidad de Dios Y esta fidelidad de Dios nunca decepciona. Él es fiel ante todo a sí mismo, por lo tanto la obra que inició en cada uno de nosotros, con su llamada, la conducirá a cumplimiento.

 

Esto nos da seguridad y gran confianza: una confianza que se apoya en Dios y solicita nuestra colaboración activa y valiente, ante los desafíos del momento presente. Vosotros sabéis, queridos jóvenes universitarios, que no se puede vivir sin mirar a los desafíos, sin responder a los desafíos. Quien no mira los desafíos, quien no responde a los desafíos, no vive. Vuestra voluntad y vuestras capacidades, unidas al poder del Espíritu Santo que habita en cada uno de vosotros desde el día del Bautismo, os permiten ser no espectadores, sino protagonistas de los hechos contemporáneos. Por favor, no miréis la vida desde el balcón. Implicaos allí donde están los desafíos, que os piden ayuda para llevar adelante la vida, el desarrollo, la lucha en favor de la dignidad de las personas, la lucha contra la pobreza, la lucha por los valores y tantas luchas que encontramos cada día.

 

Son diversos los desafíos que vosotros, jóvenes universitarios, estáis llamados a afrontar con fortaleza interior y audacia evangélica. Fortaleza y audacia. El contexto socio-cultural en el cual estáis insertados, a veces está cargado de mediocridad y aburrimiento. ¡No hay que resignarse a la monotonía del vivir cotidiano, sino cultivar proyectos de amplio respiro, ir más allá de lo ordinario: ¡no os dejéis robar el entusiasmo juvenil! Sería un error también dejarse aprisionar por el pensamiento débil y por el pensamiento uniforme, el que homologa, así como por una globalización entendida como homologación. Para superar estos riesgos, el modelo a seguir no es la esfera. El modelo que hay que seguir en la globalización auténtica —que es buena— no es la esfera, en la que se nivela cada relieve y desaparece cada diferencia; el modelo, en cambio, es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la unidad, defendemos también la diversidad. Por el contrario esa unidad no sería humana.

 

El pensamiento, de hecho, es fecundo cuando es expresión de una mente abierta, que discierne, siempre iluminada por la verdad, por el bien y por la belleza. Si no os dejáis condicionar por la opinión dominante, sino que permanecéis fieles a los principios éticos y religiosos cristianos, encontraréis la valentía de ir también a contracorriente. En el mundo globalizado, podréis contribuir a salvar la peculiaridad y las características propias, pero tratando de no bajar el nivel ético. En efecto, la pluralidad de pensamiento y de individualidad refleja la multiforme sabiduría de Dios cuando se acerca a la verdad con honestidad y rigor intelectual, cuando se acerca a la bondad, cuando se acerca a la belleza; así cada uno pueda ser un don en beneficio de todos.

 

Que el empeño de caminar en la fe y de comportaros de manera coherente con el Evangelio os acompañe en este tiempo de Adviento, para vivir de modo auténtico la conmemoración del Nacimiento del Señor. Os puede ayudar el hermoso testimonio del beato Pier Giorgio Frassati, que decía —un universitario como vosotros—, decía: «Vivir sin una fe, sin un patrimonio que defender, sin sostener en una lucha continua la verdad, no es vivir sino ir tirando. Nosotros no debemos nunca ir tirando, sino vivir». (Carta a I. Bonini) 27.ii.1925. ¡Gracias y buen camino hacia Belén!».

 

Francisco. I Domingo de Adviento. Sábado 30 de noviembre de 2013

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. Leamos y meditemos: «Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios», San Gregorio Magno.

 

2. ¿Cómo voy a vivir mi Adviento? El Señor me invita a rezar ¿Cómo puedo mejorar la vida de oración en mi familia? Pongamos medios concretos y sencillos: rezar antes de ingerir los alimentos, rezar el rosario, rezar en las mañanas, etc. ¿Es muy difícil hacer esto? 

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817 - 1821. 2730. 2733. 2848 - 2849.



[1] Plenitud de los tiempos: expresión con la que se indica la llegada del tiempo esperado por Israel y la consumación de todas las cosas. La venida del Mesías cumple y colma todas las profecías. Al final de los tiempos, toda la esperanza quedará cumplida y colmada en Cristo. Quien más emplea la expresión es San Pablo (ver Ga 4,4; Ef 1,10; 1Cor 10,11). También la leemos en Hb 9,26 y en expresiones que remiten a la misma idea (ver Mc 1,15; Hch 1,7; 1P 1,20).  
[2] Juan Pablo II. Tertio Millenio Adveniente, 10.
[3] El título mesiánico de «Hijo del hombre», empleado 69 veces en los Evangelios Sinópticos, es el que usualmente se utiliza al hablar de la segunda venida de Jesucristo. Está tomado del libro del profeta Daniel (ver Dn 7,13), precursor del lenguaje apocalíptico. Lucas emplea dos veces la expresión en el Evangelio de este Domingo, para subrayar  tanto la condición humana como divina de Jesucristo. 
[4] Parusía: en griego «presencia, venida». Se emplea en sentido escatológico (las cosas últimas) para expresar el retorno de Cristo al final de los tiempos. 
[5] «Se hagan pesados» del griego baréthosin, de baruno: estar sobrecargado, con peso excesivo.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo B


«Sí, como dices, soy Rey»

 

Lectura del libro de Daniel 7, 13-14

 

«Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás».

 

Lectura del libro del Apocalipsis 1, 5-8

 

«Y de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos  de los siglos. Amén. Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, «Aquel que es, que era y que va a venir», el Todopoderoso».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 18, 33b- 37

 

«Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»

 

Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Con la solemnidad de Jesucristo Rey del universo concluye nuestro año litúrgico. Así esta celebración, que exalta a Cristo como Señor del tiempo y del espacio es una recapitu­la­ción de todo el misterio cristiano que durante el año hemos contemplado y celebrado, en sus distintos aspec­tos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, tiempo ordinario y solemnidades especia­les.

 

En este día, como punto culminante del año, contem­plamos a Jesucristo en su condi­ción de Rey de reyes, y Señor de señores. Esta realeza ya la vemos prefigurada en el texto del profeta Daniel: «Le dieron poder, honor y reino... su reino no será destruido» (Primera Lectura). En el Evangelio la realeza de Jesús viene afirmada en términos categóricos: «Pilatos le dijo: ¿Luego tú eres rey? Respondió Jesús: Sí, como dices, soy Rey». La Segunda Lectura, tomada del libro del Apocalipsis, confirma y canta la realeza de Jesús por toda la eternidad: «A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén».

 

 

 

 

«Un hijo de hombre»

 

La lectura del profeta Daniel se da en el contexto de «sueños y visiones» (Dn 7, 1) sobre el juicio de Dios sobre los hombres. Dios es representado como un solemne Anciano de vestidura blanca. Es difícil precisar el origen de esta imagen de Dios como un «viejo juez»; posiblemente encuentre antecedentes en algunas expresiones usadas para referirse al contraste que existe entre la caducidad de la vida del hombre y la perennidad de Dios (ver Sal 102,25-26; Is 41,2-4; Job 36,26). Daniel describe la apertura de la sesión indicando que «los libros se abrieron». Imagen veterotestamentaria que suele referirse a todos aquellos que tendrán acceso a la vida eterna (ver Dn 12,1; Éx 32,32-33; Sal 69,29; 139,16; 1 Sm 25,29). Entonces cuando todos esperan la proclamación solemne de la sentencia del Anciano, inesperadamente Daniel pasa a relatar el terrible destino de las bestias que se someten al designio divino.

 

La segunda parte de la visión es muy importante ya que hace referencia a «alguien semejante a un Hijo de hombre (que) viene entre las nubes del cielo». El origen y la actividad de este misterioso personaje es trascendente (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1; Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el Anciano, recibe un reino eterno cuyo dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara así como las acciones del Anciano en relación a ambos: uno es arrojado al fuego, el otro es eternamente bendecido. Esta sección del sueño de Daniel encuentra su paralelo en la piedra del sueño de Nabucodonosor que, después de haber destruido la estatua, se convierte en una montaña que llena toda la tierra (Dn 2,35.44-45a) ya que «Dios hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo» (Dn 2, 44). 

 

«Yo soy el Alfa y la Omega» 

 

El libro del Apocalipsis de San Juan se inicia con un diálogo litúrgico entre el lector y la comunidad cristiana. Bajo la mención de las siete iglesias de Asia es preciso considerar la universalidad de la Iglesia, aquí vista idealmente en el simbólico número de siete, que indica plenitud. A toda la Iglesia cristiana, pues, se dirige este saludo. En el saludo inicial podemos distinguir el misterio de Dios, como Trinidad Santa. Dios Padre es considerado como «El que es, El que era y El que está a punto de llegar»; es decir es el Dueño y Señor de la historia. Los siete espíritus no denotan siete ángeles sino la presencia viva del Espíritu Santo: un solo Espíritu en su realidad personal y esencial.

 

Jesucristo es recordado con tres atributos principales, que provienen del Salmo 89, interpretado en clave mesiánica. Los tres títulos mencionados corresponden respectivamente a una confesión de fe y hacen directa referencia al misterio de la Pasión-Muerte-Resurrección-Ascensión del Señor Jesús. Es testigo fidedigno, porque con una vida culminada en la muerte, y con perseverancia mantenida hasta la cruz, ha expresado perfectamente cuanto Dios quiso revelarnos. Ha surgido victorioso de entre los muertos, como primicia de los resucitados inaugurando con su Resurrección una nueva forma de ser y un reino nuevo.

 

La comunidad cristiana responde agradecida por el sacrificio reconciliador de Jesús ya que se sabe y se siente amada por Él. Gracias a Él se constituye así en «un Reino de Sacerdotes»; es decir participa de las prerrogativas propias del Único Sumo Sacerdote: Jesucristo. Entonces será también capaz de ofrecerse como «víctima agradable» al Padre y así poder participar del «reino que no tiene fin». 

 

 

 

 

«¿Eres tú el Rey de los judíos?»

 

El Evangelio de hoy contiene una clara afirmación de la realeza de Jesús: «Yo soy rey». Todo va conduciendo hacia esta afirmación que, podemos decir, constituye la conclusión del diálogo con Poncio Pilato. Es interesante analizar detenidamente el movimiento de dicho diálogo y las cir­cunstancias en que se produce. Jesús había sido considerado reo de muerte por los judíos y había sido llevado a Pilato para que él, en su calidad de gober­nador romano de la Judea, dictara la sentencia de muerte. Los romanos habían privado al tribu­nal máximo judío - el Sanedrín - del poder de dar la muerte a un condenado y esta sentencia se reservaba al gobernador romano, tal como reconocen los mismos judíos: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie» (Jn 18,31). Cuando Pilato sale fuera y pregunta la causa de la acusa­ción, los judíos responden: «Si éste no fuera un malhe­chor, no te lo ha­bríamos entre­gado» (Jn 18,30).

 

Jesús es entregado como un malhe­chor, pero Pilato en ningún momento sabe cuál es el motivo por el cual quieren crucificarlo. Aquí es donde comienza el diálo­go que nos trans­mite el Evangelio de hoy. Pilato pregunta a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». La pregunta es extraña, dada la situación ya que Jesús no tenía poder humano y no representaba ningún peligro para el enorme poder romano. Ahora, tampoco los judíos lo habían conde­nado por esto. Más adelante ellos mismos van a decir: «Debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7) y no: «porque se tiene por Rey de los judíos». El decir «Rey de los judíos» hacía directa referencia a un cargo político ya que era el título que Roma había dado al sanguinario de Herodes que era morbosamente celoso de su poder. Ya sabemos lo que hizo cuando, nacido Jesús en Belén de Judea, llegaron unos magos de oriente y preguntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2). Un judío habría formulado la pregunta de Pilato de la siguiente manera: «¿Eres tú el Cristo, el Mesías, el Hijo del Bendito?» (Mc 14,61. Ver Mt 26, 63).

 

Jesús habría podido responder inmediatamente a Pila­to para tranquilizarlo: «Mi reino no es de este mundo». Pero sin embargo quiere informarse, quién está al origen de esta pregunta: «¿Dices esto por tu cuenta o es que otros te lo han dicho de mí?» La expresión «Rey de los judíos», usada por Pila­to, induce a pensar que él lo dijera por su cuen­ta, pues un judío no se hubiese expresado así. Pero declararse «Rey de los judíos» era un atentado contra el poder romano; ante un poder tota­litario como el de Roma, habría sido causa suficiente de muerte. Pilato no era tan ingenuo como para pensar que Jesús pudiera representar un peligro en este sentido. Por eso responde: «¿Es que soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdo­tes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Es como decir: «No soy yo el que lo dice; los tuyos lo han dicho de ti». Ya sabemos por qué los sumos sacerdotes piden su muerte: es por un motivo religioso; no tiene nada que ver con el poder de este mundo. También Pilato sabe que han entregado a Jesús no por declararse «Rey». Por eso pre­gunta: «¿Qué has he­cho?».

 

«Mi Reino no es de este mundo»

 

Ahora Jesús responde a la pregunta original acerca de su realeza. Esta respuesta está dirigida a Pilato y tam­bién a su pueblo y a los sumos sacerdotes, que con mentira han referido eso acerca de Él: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entre­gado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí». Pilato, que pensaba haber dicho algo absurdo, cuando preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?», se encuentra con una respuesta afir­mativa de Jesús. Pilato no puede creer lo que está oyendo e incrédulo pregunta: «¿Luego, tú eres Rey?». Y aquí tenemos la culmina­ción de la escena: «Sí, como dices, soy Rey». Pero Jesús aclara en qué sentido: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Jesús formula el criterio de discernimiento entre los que lo reconocen como Rey y los que lo rechazan. Lo recono­cen como Rey los que son de la verdad; lo rechazan los que son de la mentira. Jesús nunca había dicho antes: «Yo soy rey»; pero sí había dicho: «Yo soy la verdad». Los que son de la verdad lo reconocen como Rey.

 

Tal vez ningún episodio evangélico nos enseña tanto sobre la verdad. La verdad es el camino que conduce al ser humano a su felicidad eterna, hacia esa situación de total plenitud que todos los hombres y mujeres, sin excepción, anhelan. Pero esa verdad se identifica con Jesús, que había definido su identidad así: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Es lo mismo que dice ante Pilato. Pero no eran muchos los que escuchaban su voz: Jesús estaba allí solo y rechazado por su pueblo. No eran muchos «los que son de la verdad».

 

Este episodio de la condena de Jesús por parte de su pueblo nos revela que la verdad, aunque es el único camino de salvación del ser humano, suele ser rechaza­da por la mayoría. La escena del Evangelio lamentablemente se repite hoy con suma fre­cuencia. Los sumos sacerdotes, que rechazaron a Cristo y no lo reconocieron como Rey, terminaron afirmando lo que ellos mismos aborrecían: «No tenemos más rey que el César» (Jn 19,15); y ellos mismos sabían que eso era mentira, porque abominaban del poder romano. No oyeron la voz de Cristo porque no eran de la verdad y se creyeron «su mentira».

 

Una palabra del Santo Padre:

 

« Con gran alegría estoy aquí en me­dio de vosotros, como pastor de vuestras almas, en la solemnidad litúrgica de nues­tro Señor Jesucristo, rey del universo. Hoy es el último Domingo del año litúrgi­co, día en que llega a su culmen el cami­no anual con el que la Iglesia nos hace re­memorar y revivir de modo comunitario la vida y los misterios de nuestro Señor Jesucristo. La liturgia, mediante las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, nos invita a meditar acerca de la realeza de Cristo, que tiene el primado sobre todas las reali­dades de la historia humana, incluidas nuestras vicisitudes últimas. 

 

Algunos episodios de la pasión de Jesús, como nos muestra el relato del evangelista Juan, ponen de relieve el as­pecto singular de esta realeza, que es una de las atribuciones propias y dominantes de la persona del Redentor. Jesús, en su último discurso público antes de la pasión, dijo: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». Anota el evangelista: «Decía esto para significar de qué muerte iba a morir» (Jn 12, 32‑33). ¡Jesús piensa en la cruz! Será éste el «trono» desde el que rei­nará, como rey de todos los que creen en Él.

 

El pasaje de la liturgia de hoy reproduce el diálogo entre Jesús y Pi­lato, procurador romano. Este último lo interroga: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» (Jn 18, 33), y Jesús responde afirmativa­mente, precisando: «Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, es­cucha mi voz» (Jn 18, 37). Poco después, Jesús muere en la cruz; pero lo que parecía una derrota, en reali­dad fue su victoria sobre el mundo, pues­to bajo el signo del mal.

 

Cristo es vence­dor por el hecho mismo de ser víctima: «Victor quia victima», comentaba en su tiempo san Agustín (Conf. X, 43). Jesús es Rey de verdad; su reino no es de este mundo, pero también está en este mundo. Jesús es rey de las almas, de todos los que son de la verdad, escuchan su voz y caminan como hijos de la luz, lu­chando siempre para hacer retroceder el reino de las tinieblas. Como dice el Apocalipsis, citado en la misa de hoy, Cristo es el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin, es aquel que vendrá sobre las nubes, aquel que todos verán, incluso los que lo traspasaron, aquel que nos ama, que nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre y que ha hecho de nosotros un rei­no de sacerdotes para su Dios y Padre».

 

San Juan Pablo II. Solemnidad de Cristo Rey. 1991.

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¿Tengo consciencia que el Reino que Jesús me ofrece no es de este mundo? ¿Que no se rige por los criterios del mundo? ¿Qué debo de ser amigo de la verdad para poder acceder al Reino de Dios?   

 

2. La lectura del Apocalipsis me recuerda mi vocación: estoy llamado a ser de Jesús. ¿Vivo de acuerdo a mi llamado?   

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446-451.526. 543-544. 1852. 1861.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Domingo de la Semana 33ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B


«Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria»

 

Lectura del libro del profeta Daniel 12,1-3

 

«En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de  angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad».

 

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14

 

«Y, ciertamente, todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 13, 24-32

 

«Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

 

De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». 

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El fiel que acompaña semanalmente la liturgia dominical, sabe bien que en los últimos Domingos, cuando ya el año litúrgico llega a su fin, corresponde meditar los hechos finales de la histo­ria. En efecto, después de iluminar, Domingo a Domingo, el misterio de Cristo en sus diver­sas facetas, en este Domingo, que es el penúltimo del año litúrgico, la litur­gia nos pone ante el misterio de la venida final de Jesucristo y nos invita a considerar la incidencia de este hecho en nuestra vida (Evangelio). En el Antiguo Testamento, vemos como Daniel nos dirá en una visión profética: «Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro» (Primera Lectura). En la carta a los Hebreos contemplamos a Cristo sentado a la derecha de Dios Padre, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (Segunda Lectura).

 

 

El fin de los tiempos

 

El libro de Daniel nos remite a la época en que el pueblo judío se encontraba oprimido durante la persecución de Antíoco IV[1] en el año 168 a.C. Era un «tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones» y el deseo de poner fin a la opresión suscitaba en el pueblo una profunda confianza en el amor protector de Dios. En medio de la persecución Daniel proclama proféticamente la salvación que Dios traerá a su pueblo. Miguel, jefe del ejército celestial y protector de Israel, se levantará para ejercer su misión de defender al pueblo judío. En los escritos apocalípticos, la liberación final viene precedida de una gran conmoción histórica y cósmica que acarrea angustias y sufrimientos.

 

El hombre «vestido con túnica de lino» y encargado de comunicar la revelación a Daniel (ver Dn 10,5.11-12) proclama que Dios salvará a los que estén «inscritos en el libro» (Dn 12, 1), resucitará incluso a los muertos y tendrá lugar el juicio divino que será definitivo: castigo eterno para unos, vida eterna para otros. Daniel nos presenta la intervención divina como castigo de los que tramaron la ruina de sus fieles y salvación de los que confiaron y esperaron en ella (ver Dn 3,22.48; 6,24-25). La salvación luminosa proclamada para los «doctos o sabios» y para los que «enseñaron a la multitud por el buen camino» es una imagen de la salvación eterna concedida a los fieles. Los sabios no constituyen un grupo especial dentro del mismo pueblo, sino aquella parte de la comunidad judía que permaneció fiel al cumplimiento de la ley de Moisés en medio de las persecuciones.

 

La venida del Hijo del hombre

 

El Evangelio de hoy comienza con las palabras de Jesús: «Más por esos días…». Con esta expresión quiere decir que comenzará a tratar de acontecimientos que pertenecen a la historia. Es más; los hechos de los cuales tratará son el desenlace de la historia, son los últimos, son los que dan sentido a toda la historia y al tiempo. Y esto es lo principal; su ubicación precisa, «el día y la hora», es menos importante y resulta indeterminado. De todas mane­ras, Jesús ofrece algunas pistas. Ante todo sucederá «después de aquella tribulación». No es una indicación precisa, pues el mismo Evangelio de San Marcos da una definición de esta expresión en la cual se superponen dos cosas. En un momento parece estar hablando de la destrucción del templo de Jerusalén y la dispersión de los judíos[2]; pero en otro momento la descripción supera ese hecho, por muy tremendo que haya sido: «Aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber» (Mc 13,19).

 

Los signos que Jesús indica son sobrecogedores: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas». Jesús se acomoda a las nociones de astronomía de su tiempo, en que se creía que el sol y la luna son luminarias de tamaño menor que la tierra, que las estrellas cuelgan del firmamento sobre la superficie de la tierra y que ésta está sostenida por columnas sobre el abismo inferior. Pero, si éstos no son más que signos, ¿cuál es entonces el hecho último de que se trata? Jesús responde: «Entonces verán al Hijo del hombre venir entre las nubes con gran poder y gloria».

 

Este es el hecho principal. Pero el segundo está asociado a éste y afecta a todos los hombres: «Enton­ces envia­rá a los ángeles y reunirán de los cuatro vientos a sus elegi­dos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo». Esta expresión abarca todo el espacio y todo el tiempo: serán reunidos los elegidos que todavía peregrinen en la tierra y también los que ya hayan con­cluido su curso terreno. Este hecho final dejará en evi­dencia una división definitiva de los seres humanos entre elegidos y reprobados, es decir, entre los que serán reunidos con Cristo y los que serán apartados. Por eso éste es el hecho que da peso y sentido a toda la historia y a todo acto del hom­bre.

 

La parábola de la higuera

 

Jesús agrega una parábola para indicar la relación entre el tiempo presente y ese hecho final que nos impli­cará de manera tan radical. Así como sabemos percibir la cercanía del verano por el aspec­to que adoptan las ramas de la higuera. Los signos son tales que siempre se debe sentir que Cristo está cerca, que su venida es inmi­nente. Ésta es una dimen­sión permanente de la vida cristiana. En efecto, Jesús agre­ga: «Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda». Di­fí­cilmente ha dado Jesús más firmeza a una enseñan­za suya: «El cielo y la tierra pasa­rán, pero mis palabras no pasa­rán». Sus palabras son la verdad, ellas son eter­nas, son más estables que el cielo y la tierra.

 

En este caso nos invitan a vivir en la certeza de que Él está cerca, que su venida es inminente, que para cada uno ocurrirá en el espacio de su vida. Y esto es así porque la venida final de Cristo da sentido a nuestra vida y a cada uno de nuestros actos, cualquiera que sea el momento de la historia en que nos toque vivir. Por eso no interesa tanto saber el cuándo. El día del juicio final versará sobre los actos que hayamos hecho, cada uno en su propio momento histórico.

 

El Evangelio de este Domingo concluye con una frase de Jesús que es difícil de interpretar: «De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». Antes que nada debemos observar que éste es el único caso en el Evangelio de Marcos en que Jesús, hablando de sí mismo, se da el nombre de «Hijo» sin más. Y lo hace en relación al Padre. Afirma que hay algo -«un día y una hora»- que sólo el Padre conoce. En esta expresión el Padre no puede ser más que Dios mismo. Éste es un importante texto que revela que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Cada uno es el mismo y único Dios, pero son dos Personas distintas. La dificultad del texto está en la diferencia que introduce entre el Padre y el Hijo. Entre los que ignoran «aquel día y hora» hay una progresión. Cuando Jesús dice: «Nadie sabe nada», se refiere a todos los hombres. Esto es obvio. Ningún hombre ha pretendido saber el día y la hora en que ocurrirán los eventos futuros, tanto menos si éstos son los eventos finales.

 

Pero luego Jesús da un paso hacia el mundo trascendente: «ni los ángeles en el cielo». Los ángeles no pueden revelar a los hombres ese momento porque tampoco ellos saben nada «sobre aquel día y hora». La difi­cultad está en que también el Hijo se incluye en el lado de los que no saben, mientras que el único que sabe es el Padre. Pero esta diferencia entre el Padre y el Hijo es imposible: no hay nada que el Padre sepa que el Hijo no sepa. Por eso cuando Jesús dice: «Nadie sabe... ni el Hijo», este «no saber» del Hijo es, en realidad, un «no querer reve­lar». No lo quiere revelar para que los hombres estén siempre vigilantes. La frase siguien­te es precisa­men­te un llamado a la vigilancia: «Estad atentos y vigi­lad, porque ignoráis cuándo será el momento» (Mc 13,33). Esta interpretación está confirmada por el libro de los Hechos de los Apóstoles donde se enfren­ta el mismo tema. Los após­toles preguntan a Jesús resuci­tado: «Se­ñor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hch 1,6). Ellos están hablando de un reino de Israel terreno y piensan que ya es tiempo de restablecer el esplendor que tenía en el tiempo del rey David. Jesús, en cambio, se refie­re a un Reino eterno, aquél sobre el cual el Credo de nuestra fe dice: «De nuevo vendrá con gloria... y su Reino no tendrá fin». En su respuesta Jesús se refiere al momen­to de su venida final: «A voso­tros no os corres­pon­de conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autori­dad...» (Hch 1,7). En esta respues­ta Jesús da a entender que Él conoce ese momento; pero no lo revela a los após­toles porque a ellos «no corres­ponde cono­cerlo».

 

El nuevo sacerdote y la nueva alianza.

 

La carta a los Hebreos es muy tajante y clara al afirmar que el sacrificio de Jesús deroga de una vez por todas la ley como institución de salvación (ver Heb 10,1), y nos proporciona, de una parte, la santificación, es decir, el paso al modo de existencia y vida propias de Dios, el único Santo. La misma perfección obtenida por Jesucristo, la transformación de su humanidad en una humanidad divinizada, ha sido obtenida y conseguida también para nosotros (Heb 2,10; 5,9; 7,28). En Él hemos sido santificados, consagrados, hechos sacerdotes. A esta nueva condición accedemos por la fe. Y con ella se obtiene, de una vez por todas, la reconciliación definitiva y el perdón de los pecados.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31). Experimentamos constantemente el hecho de que todo pasa. El mes de noviembre nos lo recuerda de modo particular, comenzando desde la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de todos los fie­les difuntos. También el año litúrgico se dirige a su fin. Éste es su penúltimo Domingo; en el último celebraremos la solemnidad de Cristo Rey, de Cristo cuyas «palabras no pasarán». En efecto, Él mismo es el inicio de la vida eterna, y su Palabra da testimo­nio de todo lo que no pasa, que es de Dios y conduce a Dios. Así pues, en la escena del mundo que pasa, y del hombre con él, se abre el horizonte del reino de Dios.

 

Cristo nos conduce hacia este reino como Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. Nos lo recuerda la liturgia en la Carta a los Hebreos: Jesucristo «ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrifi­cio y está sentado a la derecha de Dios» (Heb 10, 12). Con este único sacrificio «ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consa­grados» (Heb 10, 14).Entretanto el pasar del hombre sobre la tierra ya está penetrado por el sacrificio de Cristo, cuyo valor y potencia no pasan. Este sacrificio redentor imprime en nuestro paso terreno el signo de la santidad de Dios mismo. Lo traspasamos acercándonos al que es tres veces Santo. De este paso nos habla precisa­mente la liturgia de este Domingo.

 

Por ello, las palabras del Salmo que hemos escuchado alejando de nosotros toda tristeza, están lle­nas de alegría divina: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa: mi suerte está en tu mano» (Sal 15/16, 5)¡Cuántas cosas dice el Salmista con estas palabras inspiradas! Lleva­mos en nosotros una herencia divina por obra del Hijo‑Verbo, que se hizo hombre para revelarnos nuestro eterno destino en Dios: Es necesario ver así la «suerte» del hombre. ¡Cuántas veces se lamenta el hom­bre de su «suerte» terrena! La vida del hombre está en las manos de Dios. Cristo, el Salvador del mundo, es el que toma en sus manos la vida de cada hombre. Es necesario sólo que el hombre —según las palabras del Salmo­— ponga siempre delante de sí al Señor.

 

Entonces no vacilará, porque Él está a su derecha (cf. Sal 15/16, 18). Él, Cristo, Él, cuyas palabras no pasarán, es aquel del que conti­núa hablando el Salmo: «Me ense­ñarás el sendero de la vida, me sa­ciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 15/16, 11). De este modo, más allá de la tristeza causada por la fragilidad humana, más allá de la necesidad dolorosa de morir, que es la «suer­te» humana del hombre, se entrea­bren las perspectivas de la espe­ranza. El Salmista anuncia: «Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa sere­na, porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción» (Sal 15/16, 9‑10)».

 

San Juan Pablo II. Homilía en la Parroquia Santa María la Mayor en San Vito. 13 de noviembre de 1988.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1.  Las lecturas de este Domingo son un auténtico llamado a tener una visión sobrenatural y llena de esperanza en mi vida. ¿Confío en las promesas del Señor? ¿Estoy preparado para su venida o para mi encuentro con Él? 

 

2. El ser humano desde siempre ha sido muy sensible al misterio del tiempo. Es por eso que los hechos relativos al futuro y al fin del tiempo suscitan tanto interés. ¿Me doy cuenta que creer en horóscopos, lecturas de las cartas o en algún tipo de explicación esotérica sobre mi futuro va directamente contra mi fe en el Señor Jesús?

 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1020-1060.


[1] Antíoco IV, conocido como el Epífanes (176-164 a.C.), su política helenizante, que pretendía unir a todos sus súbditos bajo un solo idioma, una sola ley y una sola religión, le costó la enemistad con los judíos. Llega a decretar la pena de muerte a aquellos que se negasen a seguir las costumbres griegas (ver 1Mac 1,52). Además invadió Judá, tomó Jerusalén, profanó el templo y realizó una gran matanza de judíos. Ante esta situación, Matatías se rebela y huye a los montes con un gran número de seguidores. El hijo de Matatías es el famoso Judas Macabeo que derrotará repetidamente las fuerzas de Antíoco que se encontraban en franca decadencia. Finalmente muere en Babilonia en una campaña militar (1Mac 6,8-16).    
[2] La destrucción del Templo y la diáspora (dispersión) de los judíos ocurrió en el año 70 por obra de los roma­nos.