lunes, 29 de junio de 2015

Domingo de la Semana 14ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

«Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio»
 

Lectura del profeta Ezequiel 2, 2-5

«El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba. Me dijo: "Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres se han rebelado hasta el día de hoy. Hijos de rostro duro y de corazón obstinado; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el Señor  Yahveh. Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos"».

           

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 12, 7b -10

«Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel  de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza". Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las  persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte».

             

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

«Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: "¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus  manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?" Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: "Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio". Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando».       

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Este Domingo las lecturas están centradas en las dificultades para creer y en la actitud de los hombres ante el mensaje revelado. Los israelitas a los que Dios, a través del profeta Ezequiel dirige su palabra, dudan de la fidelidad de Dios y obstinadamente piensan que los ha abandonado a su propia suerte en el exilio de Babilonia. Ante esta situación se rebelan y su corazón se endurece para las cosas de Dios (Primera Lectura).

 

Después de los portentosos signos y milagros realizados por Jesús, los nazarenos lo ven simplemente como un conocido más, como un hombre más; y no son capaces de ir más allá de sus propias narices. «¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (Evangelio). San Pablo nos comparte no solamente sus propias debilidades personales sino las diversas dificultades que ha encontrado al predicar la Palabra. Sin embargo él se mantiene firme porque en su interior Dios le responde y le dice: «Te basta mi gracia – y San Pablo responde- pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (Segunda Lectura).

 

«Hijos de rostro duro y de corazón obstinado» 

Ezequiel, hijo de Buzo del linaje sacerdotal, fue llevado al cautiverio a Babilonia junto con el rey Jeconías de Judá (587 a.C.). Cinco años después Dios lo llamó a ser su profeta desde su ínfima condición de «hijo de hombre». Ezequiel ejerció su misión entre sus compatriotas desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 a.C.

La expresión «hijo de hombre» es característica del libro de Ezequiel que la emplea unas cien veces siempre referida al protagonista del libro. En contraste con la majestad, la gloria y el poder de Dios, tan fuertemente subrayados en este libro, evoca la fragilidad del hombre mortal. Todavía no reviste, en Ezequiel, el alcance mesiánico que encontramos en el libro de Daniel 7,13 y que alcanza su punto culminante en el Nuevo Testamento en cuanto peculiar título que Jesús de Nazaret se aplica con predilección a sí mismo.

Desde la gloria de Dios se le presenta al profeta el libro, el rollo de la Palabra de Dios, que debe comer (hacer suya) para poder anunciarla. A pesar de que sea poco agradable proclamar un mensaje tan duro (Ez 2,10), para el profeta es «dulce como la miel». De nuevo la gloria de Dios (Ez 3,12-15) «lo invade y lo transporta» como si fuera la misma fuerza del Señor actuando sobre él.

Lo esencial de la misión profética de Ezequiel está expresado en Ez 2,3-7. Cuando habla como profeta, está pronunciando un mensaje que no es suyo sino de Dios mismo. Consecuentemente, sus oráculos proféticos a lo largo de todo su libro, serán introducidos por la fórmula: «Así dice el Señor, yo recibí esta palabra del Señor», porque es de Él de quien viene el mensaje. Un mensaje para «Israel», o mejor, como se dice en Ez 3,4 y en todo el libro, para la «casa de Israel», porque Ezequiel no es enviado solamente a Judá, el reino del Sur, sino también a todos los miembros del primitivo reino del Norte, suprimido por Asiria 130 años antes.

La misión encomendada al profeta consistió, principalmente en combatir la idolatría, las malas costumbres y las ideas equivocadas acerca del retorno a la tierra prometida. Para consolarlos, el profeta habla con colores vivos y bellos sobre la esperanza mesiánica. Ezequiel tuvo un trágico fin ya que fue asesinado por otro judío en el exilio. Los reproches que leemos en la lectura de este Domingo, son frecuentes en boca de Dios para calificar a su pueblo de corazón duro e infiel. Sin embargo con esa misma severidad y firmeza muestra también su corazón de Padre adolorido que a pesar de todo les manda un profeta para que cambien de vida (ver Ez 3, 16-21). Dios siempre nos da una oportunidad más...    

 

«¡Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte!» 

Corinto era una ciudad grande y cosmopolita del mundo antiguo. San Pablo, ante el fracaso por fundar una comunidad en Atenas, fundó y apreció mucho la comunidad de Corinto (ubicada en la península del Peloponeso). En ella, se reflejaban los problemas de una gran ciudad. Fue a partir del conocimiento de los problemas concretos que pasaba la comunidad que San Pablo se motiva para escribir sus cartas. Después de haber visitado la ciudad de Corinto y un poco decepcionado por lo que encuentra, escribe su segunda carta el año 57 desde  Macedonia durante su viaje de Éfeso a Corinto.

Sin duda San Pablo tuvo numerosas y excepcionales experiencias místicas. Al inicio del capítulo 12 se refiere a «un hombre en Cristo» que tuvo visiones y revelaciones. Parece ser que él mismo quien ha tenido esas mismas experiencias pero en todo momento deja claro que no quieren que lo valoren por ello. «Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, para que no me engría» (2Co 12, 7). Con las palabras el «aguijón clavado en la carne» alude San Pablo a un sufrimiento suyo especial cuya naturaleza nos es desconocida. ¿Era un sufrimiento físico o una dificultad moral? Tal vez se refiere a la dolencia física crónica que describe en Ga 4,13-14. En todo caso, lo importante es constatar que la debilidad y la impotencia humana del Apóstol forma parte del Plan divino de salvación. Así ha entendido el misterio de la pequeñez que tanto habló Jesús: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Por ello es capaz de reconocer sus propias debilidades ya que no tiene ningún problema en admitir que su fuerza proviene del Señor ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Santa Teresa de Lisieux decía: «Amad vuestra pequeñez»; idea que parecería tanto más paradójica cuanto que aquí no se trata de la pobreza en lo material sino de la propia debilidad espiritual que nos obliga, junto con San Pablo, a reconocer que sin la gracia (vivir en comunión con Dios) no podemos hacer nada.   

 

«¿De dónde le viene esto?»

Después de narrar los portentosos milagros que comentábamos el Domingo pasado, a saber, la curación de la mujer con flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo; el Evange­lio nos relata la vuelta de Jesús a su pueblo de origen: «Partió de allí y vino a su patria y sus discípulos lo siguieron. Llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinago­ga». Una primera cosa que es necesario aclarar es ¿dónde fue Jesús?, es decir, ¿cuál es su patria? El Evange­lio de San Marcos no lo dice, porque supone que todos lo saben. Para aclarar este punto debemos recurrir al Evangelio de Lucas en el punto en que relata el mismo hecho. Lucas dice: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu... Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró el sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,14.15). Lucas aclara, enton­ces, que el lugar donde esto ocurre es un pueblo de la Galilea llamado Nazaret. Por eso Jesús es llamado de «Nazareno» y el acento de su voz era la de un galileo[1].

El Evangelio de hoy toca un punto central de nuestra fe; quiere subrayar la verdad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo verdadero Hombre y fue uno de los nuestros. Él también sufrió las envidias, las pequeñeces y los comentarios malévolos de nuestros pequeños pueblos. Es verdad lo que dice el himno cristológico de Filipenses 2,6ss: «Se despojó de su condición divina asumiendo la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre». Jesús se hace «siervo entre los siervos» en un oscuro pueblito de la Palestina, hace más de dos mil años. Y esto, que era un escándalo para sus vecinos y conocidos, seguirá siendo escándalo hasta el fin del mundo. Sin embargo aceptar la Encarnación del Cristo y reconocer en Él al Hijo de Dios y confesar la fe en Él como único Reconciliador, es el único camino de salvación. «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,23).

La multitud que escuchaba a Jesús ese sábado, se queda maravillada y comentaba «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus  manos?». El Evangelio no nos dice qué cosas predicó Jesús en esta ocasión; pero podría haber sido una explicación sobre su origen divino y el cumplimiento, en Él, de todas las profecías de las Escrituras. Por eso se preguntan: «¿No es éste el carpintero[2], el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». De paso, en dicho pasaje hermanos, ha de leerse «parientes», según usos en la manera aramea y hebrea de hablar que sólo tenía una voz para designar a los hermanos y parientes y que traducida literalmente al griego y luego al castellano puede dar lugar a confusión.

Claro que para quienes sabían que María era Madre sólo de Jesús, no habría lugar a error alguno. La luz de la Tradición lo confirma plenamente. Sus paisanos se maravillan de dos cosas: su sabiduría y sus milagros. Jesús demostró tener la sabiduría de un escribano, pues se alza y es capaz de leer la Escritura en hebreo (recordemos que su lengua natal era el arameo). Su palabra era nueva y los que lo oían se «quedaban admirados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7,28-29). No podían negar que demostraba una sabiduría inexplicable. Pero chocaban con la humildad de su origen. Se maravillaban también por sus milagros. Seguramente habrían oído las maravillosas curaciones; sin embargo, en su pueblo, solamente curó algunos enfermos. Pero no era suficiente para que se abrieran a  la fe. ¿Qué estarían pensando sobre Él? ¿No estaría pesando más lo que ellos sabían que la evidencia de estos hechos maravillosos? ¿No tenía más peso sus propios prejuicios que la realidad objetiva? Esto les costaba mucho: abrirse a la realidad objetiva.

 

El escándalo de la cruz

 Aquí justamente comienza el camino de la cruz: el escándalo de un Dios que nos ama tanto que se hace hombre y muere para darnos la vida eterna. El escándalo de la humillación de Dios. En la cruz también escuchamos decir que éste no puede ser el Mesías, el Hijo de Dios. Por eso le decían: «Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Pero no hay otro camino de salvación y de reconciliación. Por eso Jesús nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6), que quiere decir: aceptando la Encarnación; aceptándome a Mí pero despojado; aceptándome a mí, Crucificado. Aceptando que el amor de Dios puede llegar hasta el extremo. Es lo que San Juan nos dice en su prólogo: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; más cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12).

 

Una palabra del Santo Padre:

«En la vida de la Iglesia la fe tiene una importancia fundamental, porque es fundamental el don que Dios hace de sí mismo en la Revelación, y esta autodonación de Dios se acoge en la fe. Aparece aquí la relevancia de vuestra Congregación que, en su servicio a toda la Iglesia, y en particular a los obispos como maestros de la fe y pastores, está llamada, con espíritu de colegialidad, a favorecer y recordar precisamente la centralidad de la fe católica, en su expresión auténtica. Cuando se debilita la percepción de esta centralidad, también el entramado de la vida eclesial pierde su vivacidad original y se gasta, cayendo en un activismo estéril o reduciéndose a astucia política de sabor mundano.

En cambio, si la verdad de la fe se sitúa con sencillez y determinación en el centro de la existencia cristiana, la vida del hombre se renueva y reanima gracias a un amor que no conoce pausas ni confines, como recordé también en mi reciente carta encíclica «Deus caritas est». La caridad, desde el corazón de Dios, a través del corazón de Jesucristo, se derrama mediante su Espíritu en el mundo, como amor que lo renueva todo. Este amor nace del encuentro con Cristo en la fe: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" («Deus caritas est», 1).

Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es resplandor de verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y a Él remite. Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin Él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con Él, la libertad se reencuentra, se reconoce creada para el bien y se expresa mediante acciones y comportamientos de caridad».

 

Benedicto XVI. Discurso a la Congregación para la Doctrina de la Fe. 10 de febrero de 2006.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El creer y ser testigo de la fe en Jesucristo encuentra dificultades en cualquier época y lugar. ¿Cuáles son las dificultades que encuentro  en mi camino de fe? ¿Qué hago ante ellas? ¿Qué medios coloco para poder superar esos obstáculos?

 

2. Meditemos la frase de Pablo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». ¿Realmente confío en la gracia de Dios? ¿Tengo fe en sus palabras? Colaborando con la gracia de Dios puedo hacer maravillas…

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 156. 515. 547-548. 2089. 2732.





[1] Recordemos también durante el juicio de Jesús el pasaje cuando Pedro es acusado de ser seguidor de Jesús a causa de su fuerte y particular acento galileo (Mt 23, 73. Lc 2, 59).
[2] Jesús es definido como «carpintero». En griego el término usado aquí es «ték­tov», de donde viene la palabra nuestra «arqui-tecto». Podemos afirmar que Jesús – al igual que San José - era más un «maestro de obras» que simplemente un artesano de la madera.

lunes, 22 de junio de 2015

Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B


«El Reino de Dios es como un grano de mostaza» 

 

Lectura de profeta Ezequiel 17, 22-24

« Así dice el Señor Yahveh: También yo tomaré de la copa del alto cedro, de la punta de sus ramas escogeré un ramo y lo plantaré yo mismo en una montaña elevada y excelsa: en la alta montaña de Israel lo plantaré. Echará ramaje y producirá fruto, y se hará un cedro magnífico. Debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves morarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, Yahveh, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, hago secarse al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, Yahveh, he hablado y lo haré».

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10

«Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión...Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle. Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4, 26-34

«También decía: "El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega".
 

Decía también: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra". Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».

 

Pautas para la reflexión personal  


El vínculo entre las lecturas

El Reino de los Cielos marca la pauta en las lecturas dominicales. Siendo el mensaje principal en la predicación de Jesús. Él ha venido a  inaugurar el Reino de los Cielos. Pero ¿qué es este Reino? San Marcos nos pondrá dos figuras que el Señor Jesús utiliza para describir y hacer entender a sus oyentes de qué estaba hablando. Con metáforas agrícolas – el grano de trigo y el grano de la mostaza – los seguidores del Maestro comienzan a percibir que los parámetros del Antiguo Testamento se ven sobrepasados. En la Primera Lectura, el profeta Ezequiel nos dejará la figura del ramo que, plantado por Dios, se convertirá en un cedro magnífico. Finalmente San Pablo nos exhorta a vivir con una mirada fija en el futuro, de manera tal que sopesemos nuestro actos a la luz del juicio final que se dará cuando se instaure de manera definitiva el Reino de Dios.  

 

 

El primero de todos

El Evangelio de San Marcos, tal como lo tenemos hoy, es considerado el más antiguo de los Evangelios.  Para cualquier lector atento de los Evangelios es evidente que entre los tres primeros Evangelios – San Mateo, San Marcos y San Lucas- hay muchos episodios paralelos que tienen notables semejanzas, incluso de vocabula­rio. Esto es lo que permite ponerlos en columnas paralelas de manera que puedan percibirse con una sola mirada; en una «sinopsis». Por este motivo a estos tres Evangelios se les llama «Evange­lios sinópticos».
 

Examinando los episodios paralelos resulta evidente que existe dependencia entre ellos. Rige aquí el principio de Santo Tomás de Aquino: «Es necesario que en aquellas cosas que son semejantes, una sea causa de otra o que todas procedan de una sola causa». Puede demostrarse fácilmente que San Mateo y San Lucas son independientes. En efec­to, si San Lucas hubiera conocido el Evangelio de San Mateo sería impensable que hubie­ra desar­ticulado el Sermón de la Montaña, por ejemplo, y que hubiera dejado fuera de su Evangelio, la parábola de las diez vírgenes necias y prudentes, y la parábola del juicio final, que son textos propios del Evangelio de San Mateo. Por su parte, tampoco es posible concluir que San Mateo haya conocido el Evangelio de San Lucas, porque, en este caso habría debido prescindir del así llamado «Evangelio de la infan­cia» de San Lucas con los episodios de la Anunciación, de la Visita­ción, del Naci­miento de Jesús, y habría tenido que desesti­mar las magní­ficas parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano, que aparecen sólo en Lucas.
 

Resta entonces la única conclusión posible para explicar las semejanzas entre los tres Evangelios sinópti­cos: que tanto San Mateo como San Lucas dependan de San Marcos, es decir, que ambos evangelistas, al escribir sus respectivos Evangelios, hayan tenido ante los ojos el Evangelio de San Marcos y lo hayan empleado como fuente. Esto significa que el Evangelio de San Marcos es el más antiguo y original -como hemos afirmado más arriba- y es el único que en un momento existió sólo.
 

Podemos concluir entonces que fue San Marcos el creador el género literario llamado «evangelio», que luego fue adoptado por todos los demás. Este género consiste en la revelación progresiva de la identidad de Jesús de Nazaret a través de un relato de su vida, predicación y milagros, de la hosti­lidad creciente de las autoridades judías, de su pasión y muerte en la cruz y de su resurrec­ción de entre los muertos. Cuando escribió su Evangelio, San Marcos pretendía dar una respuesta completa a la pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret? En nuestra lectura de este Evangelio, que es el que se lee en la liturgia durante este año B, estamos procurando encontrar esa respuesta.

 

El ramo plantado en la montaña

Hemos dicho que la Primera Lectura tiene relación con el Evangelio. En efecto, la lectura del profeta Ezequiel (17,22-24) se dirige al pueblo en el exilio de Babilonia y anuncia que Dios tomará de la punta de un alto cedro un ramo que plantará en la montaña de Israel. Echará ramas y se convertirá en un cedro magnífico en cuya ramas habitará toda clase de pájaros. El profeta veía el futuro de Is­rael. Pero Dios veía mucho más allá. Jesús le da su pleno sentido, anunciando el desarrollo impresionante de la Iglesia, cuya realidad es precisamente hacer presente en el mundo el Reino de Dios.

 

¿Qué es el Reino de Dios?

En el Evangelio de hoy Jesús explica el misterio del Reino de Dios mediante dos parábolas: el Reino de Dios es como un grano de trigo echado en la tierra, que brota y crece hasta que, sin saber cómo, llega a ser trigo abun­dante; el Reino de Dios es como un grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta hacerse la mayor de las hortalizas, de modo que las aves del cielo anidan en sus ramas.

 
Las parábolas del trigo que crece indefectiblemente y del grano de mostaza que crece hasta un árbol magnífico, destacan el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Jesús extiende su mirada hacia el futuro y ve que, a pesar de la modestia de los orígenes, la Iglesia crecerá y llenará el mundo. Sólo dentro de la Iglesia de Cristo tenemos expe­riencia del Reino de Dios.

 
Si nos preguntamos: ¿Qué es el Reino de Dios?, nos responde el Santo Padre en su encíclica sobre las misiones: «El Reino de Dios no es un concepto, no es una doctrina, no es un programa sujeto a libre elaboración; el Reino de Dios es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible»[1].  Por eso es que se puede encontrar sólo dentro de la Iglesia. Es que «la luz de los pueblos, que es Cristo, resplan­dece sobre la faz de la Iglesia», como leemos en la Lumen Gentium.

 

Las parábolas del crecimiento del Reino de Dios deberían ser suficientes para comprender que Jesucristo es el Señor de la historia. No es necesario tener fe para entender que aquí hay una auténtica profecía. Esta ense­ñanza fue propuesta por Jesús alrededor del año 30 de nuestra era y fue registrada por escrito en el Evangelio de San Marcos no después del año 70 (en realidad, mucho an­tes). A la luz del desarrollo posterior y de la situación actual del cristianismo en el mundo, cualquier persona inteligente debe reconocer que Jesús fue de una clarivi­dencia extraordinaria. Él anunció este desarrollo de su Iglesia cuando nada hacía preverlo y cuando nadie lo habría imaginado. Al contrario, todo hacía suponer que ese movimiento había sido sofocado con la muerte de Jesús en la cruz.

 
Tal vez la opinión más sensata haya sido la del Rabino Gamaliel. En un momento en que los seguidores de Jesús eran un minúsculo grupo, aconsejó al tribunal judío: «'Desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destrui­rá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. No sea que os encontréis luchando contra Dios'. Todos aceptaron su parecer» (Hch 5,38-39). La historia ha registrado numero­sos episodios de persecución; pero no han conseguido destruir la Iglesia. Los hombres sensatos de hoy tienen más elementos para concluir que la Iglesia es obra de Dios y que Él la conduce y gobierna. ¡Ojalá nadie se encuentre luchando contra Dios!

           

Una palabra del Santo Padre:

«Jesús de Nazaret lleva a cumplimiento el plan de Dios. Después de haber recibido el Espíritu Santo en el bautismo, manifiesta su vocación mesiánica: recorre Galilea proclamando "la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). La proclamación y la instauración del Reino de Dios son el objeto de su misión: "Porque a esto he sido enviado" (Lc 4, 43). Pero hay algo más: Jesús en persona es la "Buena Nueva", como Él mismo afirma al comienzo de su misión en la sinagoga de Nazaret, aplicándose las palabras de Isaías relativas al Ungido, enviado por el Espíritu del Señor (cf. Lc. 4, 14-21). Al ser Él la "Buena Nueva", existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser. Su fuerza, el secreto de la eficacia de su acción consiste en la identificación total con el mensaje que anuncia; proclama la "Buena Nueva" no sólo con lo que dice o hace, sino también con lo que es.

 
El ministerio de Jesús se describe en el contexto de los viajes por su tierra. La perspectiva de la misión antes de la Pascua se centra en Israel; sin embargo, Jesús nos ofrece un elemento nuevo de capital importancia. La realidad escatológica no se aplaza hasta un fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y comienza a cumplirse. "El Reino de Dios está cerca" (Mc 1, 15); se ora para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo ve ya presente en los signos, como los milagros (cf. Mt 11, 4-5), los exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de los Doce (cf. Mc 3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 4, 18). En los encuentros de Jesús con los paganos se ve con claridad que la entrada en el Reino acaece mediante la fe y la conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por la mera pertenencia étnica.

 
El Reino que inaugura Jesús es el Reino de Dios; Él mismo nos revela quién es este Dios al que llama con el término familiar "Abba", Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre todo en las parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es sensible a las necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un Padre amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede gratuitamente las gracias pedidas.

 
San Juan nos dice que "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16). Todo hombre, por tanto, es invitado a "convertirse" y "creer" en el amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt 23, 9), y se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7, 21)».
 

San Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, 13.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Reino de Dios es Jesús mismo que viene a nosotros. ¿Cómo es mi relación personal con Jesús? ¿Qué puedo hacer para que mejore y sea más cercana?

2. San Pablo  nos pide algo que es aparentemente muy sencillo: "estad de buen ánimo". ¿Cómo es mi ánimo? ¿Tengo esa visión de eternidad que estoy llamado a tener? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 541- 556. 567. 680. 2046.





[1] Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, 18.

martes, 9 de junio de 2015

Domingo de la Semana 11ª del Tiempo Común. Ciclo B

«El Reino de Dios es como un grano de mostaza» 
 
Lectura de profeta Ezequiel 17, 22-24
 
« Así dice el Señor Yahveh: También yo tomaré de la copa del alto cedro, de la punta de sus ramas escogeré un ramo y lo plantaré yo mismo en una montaña elevada y excelsa: en la alta montaña de Israel lo plantaré. Echará ramaje y producirá fruto, y se hará un cedro magnífico. Debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves morarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, Yahveh, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, hago secarse al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, Yahveh, he hablado y lo haré».
 
Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10
 
«Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión...Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle. Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal».
 
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4, 26-34
 
«También decía: "El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega".
 
Decía también: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra". Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».
 
Pautas para la reflexión personal  
 
El vínculo entre las lecturas
 
El Reino de los Cielos marca la pauta en las lecturas dominicales. Siendo el mensaje principal en la predicación de Jesús. Él ha venido a  inaugurar el Reino de los Cielos. Pero ¿qué es este Reino? San Marcos nos pondrá dos figuras que el Señor Jesús utiliza para describir y hacer entender a sus oyentes de qué estaba hablando. Con metáforas agrícolas – el grano de trigo y el grano de la mostaza – los seguidores del Maestro comienzan a percibir que los parámetros del Antiguo Testamento se ven sobrepasados. En la Primera Lectura, el profeta Ezequiel nos dejará la figura del ramo que, plantado por Dios, se convertirá en un cedro magnífico. Finalmente San Pablo nos exhorta a vivir con una mirada fija en el futuro, de manera tal que sopesemos nuestro actos a la luz del juicio final que se dará cuando se instaure de manera definitiva el Reino de Dios.  
 
 
El primero de todos
 
El Evangelio de San Marcos, tal como lo tenemos hoy, es considerado el más antiguo de los Evangelios.  Para cualquier lector atento de los Evangelios es evidente que entre los tres primeros Evangelios – San Mateo, San Marcos y San Lucas- hay muchos episodios paralelos que tienen notables semejanzas, incluso de vocabula­rio. Esto es lo que permite ponerlos en columnas paralelas de manera que puedan percibirse con una sola mirada; en una «sinopsis». Por este motivo a estos tres Evangelios se les llama «Evange­lios sinópticos».
 
Examinando los episodios paralelos resulta evidente que existe dependencia entre ellos. Rige aquí el principio de Santo Tomás de Aquino: «Es necesario que en aquellas cosas que son semejantes, una sea causa de otra o que todas procedan de una sola causa». Puede demostrarse fácilmente que San Mateo y San Lucas son independientes. En efec­to, si San Lucas hubiera conocido el Evangelio de San Mateo sería impensable que hubie­ra desar­ticulado el Sermón de la Montaña, por ejemplo, y que hubiera dejado fuera de su Evangelio, la parábola de las diez vírgenes necias y prudentes, y la parábola del juicio final, que son textos propios del Evangelio de San Mateo. Por su parte, tampoco es posible concluir que San Mateo haya conocido el Evangelio de San Lucas, porque, en este caso habría debido prescindir del así llamado «Evangelio de la infan­cia» de San Lucas con los episodios de la Anunciación, de la Visita­ción, del Naci­miento de Jesús, y habría tenido que desesti­mar las magní­ficas parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano, que aparecen sólo en Lucas.
 
Resta entonces la única conclusión posible para explicar las semejanzas entre los tres Evangelios sinópti­cos: que tanto San Mateo como San Lucas dependan de San Marcos, es decir, que ambos evangelistas, al escribir sus respectivos Evangelios, hayan tenido ante los ojos el Evangelio de San Marcos y lo hayan empleado como fuente. Esto significa que el Evangelio de San Marcos es el más antiguo y original -como hemos afirmado más arriba- y es el único que en un momento existió sólo.
 
Podemos concluir entonces que fue San Marcos el creador el género literario llamado «evangelio», que luego fue adoptado por todos los demás. Este género consiste en la revelación progresiva de la identidad de Jesús de Nazaret a través de un relato de su vida, predicación y milagros, de la hosti­lidad creciente de las autoridades judías, de su pasión y muerte en la cruz y de su resurrec­ción de entre los muertos. Cuando escribió su Evangelio, San Marcos pretendía dar una respuesta completa a la pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret? En nuestra lectura de este Evangelio, que es el que se lee en la liturgia durante este año B, estamos procurando encontrar esa respuesta.
 
El ramo plantado en la montaña
 
Hemos dicho que la Primera Lectura tiene relación con el Evangelio. En efecto, la lectura del profeta Ezequiel (17,22-24) se dirige al pueblo en el exilio de Babilonia y anuncia que Dios tomará de la punta de un alto cedro un ramo que plantará en la montaña de Israel. Echará ramas y se convertirá en un cedro magnífico en cuya ramas habitará toda clase de pájaros. El profeta veía el futuro de Is­rael. Pero Dios veía mucho más allá. Jesús le da su pleno sentido, anunciando el desarrollo impresionante de la Iglesia, cuya realidad es precisamente hacer presente en el mundo el Reino de Dios.
 
¿Qué es el Reino de Dios?
 
En el Evangelio de hoy Jesús explica el misterio del Reino de Dios mediante dos parábolas: el Reino de Dios es como un grano de trigo echado en la tierra, que brota y crece hasta que, sin saber cómo, llega a ser trigo abun­dante; el Reino de Dios es como un grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta hacerse la mayor de las hortalizas, de modo que las aves del cielo anidan en sus ramas.
 
Las parábolas del trigo que crece indefectiblemente y del grano de mostaza que crece hasta un árbol magnífico, destacan el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Jesús extiende su mirada hacia el futuro y ve que, a pesar de la modestia de los orígenes, la Iglesia crecerá y llenará el mundo. Sólo dentro de la Iglesia de Cristo tenemos expe­riencia del Reino de Dios.
 
Si nos preguntamos: ¿Qué es el Reino de Dios?, nos responde el Santo Padre en su encíclica sobre las misiones: «El Reino de Dios no es un concepto, no es una doctrina, no es un programa sujeto a libre elaboración; el Reino de Dios es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible»[1].  Por eso es que se puede encontrar sólo dentro de la Iglesia. Es que «la luz de los pueblos, que es Cristo, resplan­dece sobre la faz de la Iglesia», como leemos en la Lumen Gentium.
 
Las parábolas del crecimiento del Reino de Dios deberían ser suficientes para comprender que Jesucristo es el Señor de la historia. No es necesario tener fe para entender que aquí hay una auténtica profecía. Esta ense­ñanza fue propuesta por Jesús alrededor del año 30 de nuestra era y fue registrada por escrito en el Evangelio de San Marcos no después del año 70 (en realidad, mucho an­tes). A la luz del desarrollo posterior y de la situación actual del cristianismo en el mundo, cualquier persona inteligente debe reconocer que Jesús fue de una clarivi­dencia extraordinaria. Él anunció este desarrollo de su Iglesia cuando nada hacía preverlo y cuando nadie lo habría imaginado. Al contrario, todo hacía suponer que ese movimiento había sido sofocado con la muerte de Jesús en la cruz.
 
Tal vez la opinión más sensata haya sido la del Rabino Gamaliel. En un momento en que los seguidores de Jesús eran un minúsculo grupo, aconsejó al tribunal judío: «'Desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destrui­rá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. No sea que os encontréis luchando contra Dios'. Todos aceptaron su parecer» (Hch 5,38-39). La historia ha registrado numero­sos episodios de persecución; pero no han conseguido destruir la Iglesia. Los hombres sensatos de hoy tienen más elementos para concluir que la Iglesia es obra de Dios y que Él la conduce y gobierna. ¡Ojalá nadie se encuentre luchando contra Dios!
           
 
Una palabra del Santo Padre:
 
«Jesús de Nazaret lleva a cumplimiento el plan de Dios. Después de haber recibido el Espíritu Santo en el bautismo, manifiesta su vocación mesiánica: recorre Galilea proclamando "la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). La proclamación y la instauración del Reino de Dios son el objeto de su misión: "Porque a esto he sido enviado" (Lc 4, 43). Pero hay algo más: Jesús en persona es la "Buena Nueva", como Él mismo afirma al comienzo de su misión en la sinagoga de Nazaret, aplicándose las palabras de Isaías relativas al Ungido, enviado por el Espíritu del Señor (cf. Lc. 4, 14-21). Al ser Él la "Buena Nueva", existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser. Su fuerza, el secreto de la eficacia de su acción consiste en la identificación total con el mensaje que anuncia; proclama la "Buena Nueva" no sólo con lo que dice o hace, sino también con lo que es.
 
El ministerio de Jesús se describe en el contexto de los viajes por su tierra. La perspectiva de la misión antes de la Pascua se centra en Israel; sin embargo, Jesús nos ofrece un elemento nuevo de capital importancia. La realidad escatológica no se aplaza hasta un fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y comienza a cumplirse. "El Reino de Dios está cerca" (Mc 1, 15); se ora para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo ve ya presente en los signos, como los milagros (cf. Mt 11, 4-5), los exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de los Doce (cf. Mc 3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 4, 18). En los encuentros de Jesús con los paganos se ve con claridad que la entrada en el Reino acaece mediante la fe y la conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por la mera pertenencia étnica.
 
El Reino que inaugura Jesús es el Reino de Dios; Él mismo nos revela quién es este Dios al que llama con el término familiar "Abba", Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre todo en las parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es sensible a las necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un Padre amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede gratuitamente las gracias pedidas.
 
San Juan nos dice que "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16). Todo hombre, por tanto, es invitado a "convertirse" y "creer" en el amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt 23, 9), y se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7, 21)».
 
San Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, 13.
 
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana
 
1. El Reino de Dios es Jesús mismo que viene a nosotros. ¿Cómo es mi relación personal con Jesús? ¿Qué puedo hacer para que mejore y sea más cercana?
 
2. San Pablo  nos pide algo que es aparentemente muy sencillo: "estad de buen ánimo". ¿Cómo es mi ánimo? ¿Tengo esa visión de eternidad que estoy llamado a tener? 
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 541- 556. 567. 680. 2046.


[1] Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, 18.