lunes, 29 de abril de 2019

Domingo de la Semana 3ª de Pascua. Ciclo C – 5 de mayo de 2019

«Señor tu sabes que te amo»


Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  5,27b-32. 40b - 41

«El Sumo Sacerdote les interrogó y les dijo: "Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre". Pedro y los apóstoles contestaron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen". Después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre.»

Lectura del libro del Apocalipsis 5,11-14

«Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas[1] de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza". Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: "Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos". Y los cuatro Vivientes decían: "Amén"; y los Ancianos se postraron para adorar.»


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 21, 1-19

«Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: "Voy a pescar". Le contestan ellos: "También nosotros vamos contigo". Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: "Muchachos, ¿no tenéis pescado?" Le contestaron: "No". El les dijo: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: "Es el Señor", se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.

Díceles Jesús: "Traed algunos de los peces que acabáis de pescar". Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: "Venid y comed". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres tú?", sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis corderos". Vuelve a decirle por segunda vez: "Simón de Juan, ¿me amas?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas". Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: "¿Me quieres?" y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas. "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras".  Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme".»

    
Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Después de la Resurrección de Jesucristo, ha llegado para los apóstoles la hora de la misión. A Pedro, Cristo resucitado le dice por tres veces cuál ha de ser su misión: «Apacienta mis ovejas» (Evangelio). Después de Pentecostés los discípulos comenzaron a poner en práctica la misión que habían recibido, predicando la Buena Nueva: Cristo ha resucitado (Primera Lectura). Forma parte de la misión el que los hombres no sólo conozcan a Cristo, el Cordero degollado, sino que también lo reconozcan y adoren como Dios y Señor (Segunda Lectura).


«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»

Llama la atención en estos primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles «la valentía» y la sabiduría (Hch 4,13) de Pedro y de los apóstoles que a pesar de ser «prohibidos severamente» por el Sanedrín de «enseñar en ese nombre» no cesan de predicar la Buena Nueva. Llegado el momento de la prueba, Pedro y los apóstoles, tendrán oportunidad de testimoniar su amor y su fe en Cristo resucitado proclamando que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Los apóstoles serán entonces azotados pero ellos marchan contentos por haber recibido los primeros ultrajes por el nombre de Jesús.

A todas luces no son los mismos apóstoles que antes de la resurrección eran tímidos y miedosos; ahora son audaces y serviciales. El encuentro con Jesús Resucitado ha cambiado definitivamente sus vidas. La predicación abierta de la Buena Nueva y el testimonio de radicalidad cristiana incomoda ya desde aquellos tiempos, como nos advierte San Pablo: «Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12). 

 
«Revelación de Jesucristo...»

El término «Revelación» (en griego Apocalipsis) en el lenguaje del Nuevo Testamento se aplica generalmente a la manifestación de Jesucristo en la Parusía o segunda venida. San Juan, hallándose desterrado en la isla de Patmos, debió de escribir este libro durante las persecuciones a los cristianos del Emperador Tito Flavio Domiciano (entre el 90 - 95) a pesar de ser popular entre el Ejército, los senadores le odiaron por sus intentos de dominarles y en especial por su adopción del título de «dominus et deus» (señor y dios). Domiciano fue asesinado el 96 en una conspiración de los oficiales de la corte y de su esposa, la emperatriz Domicia. San Juan escribe una serie de visiones o «revelaciones» en un lenguaje vivo, lleno de imágenes. Este estilo especial se denomina «apocalíptico» y aparece ya en el libro de Daniel en el Antiguo Testamento. Los cristianos comprendían el significado de aquellas imágenes utilizadas por Juan. El gran mensaje del libro del Apocalipsis es que Dios es el soberano que lo domina todo. Jesús es el Señor de la historia. Al fin de los tiempos, Dios, por medio de Cristo, derrotará a todos sus enemigos. El pueblo fiel será recompensado con «un nuevo cielo y una nueva tierra» (Ap 21,1)


La tercera aparición de Jesús

El Evangelio de este Domingo nos relata la tercera aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles. Mientras las dos primeras apariciones habían sido a puertas cerradas, en el cenácu­lo[2], ésta fue al aire libre, a orillas del mar de Tibería­des, en Galilea. Allí mismo habían visto a Jesús por prime­ra vez, Pedro y Andrés, Santiago y Juan; y allí los había llamado: «¡Seguidme! Os haré pesca­dores de hom­bres» (Mc 1,17).  El que toma la iniciativa es Pedro que dice: «Voy a pescar», los otros lo siguen. Inmediatamente llama la atención el hecho de que ellos, después de haber dejado su oficio de pescadores para seguir a Jesús, lo retomen tan rápidamente como si nada hubiera pasado. Pero «aquella noche no pescaron nada». Entonces al amanecer acontece la aparición de Jesús. Después de la pesca milagrosa ellos comen con Jesús a la orilla del lago. «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: '¿Quién eres?', sabiendo que era el Señor». Entonces Jesús se dirige a Pedro para hacerle la triple pregunta acerca de su amor. ¿Por qué no se lo había pre­guntado en alguna de las otras apariciones?... Porque tenía que ser en este escenario, el de la primera llamada.

En la segunda parte de esta aparición Jesús se dirige a Pedro y le pregunta: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?». Pedro antes le había asegurado: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt 26,33); equivale a decir: «Yo te amo más que todos». Pero esa frase no había resultado verdadera, porque también él se había escandali­zado de Jesús y lo había negado ¡tres veces! Por eso Jesús lo interroga ahora también tres veces. Pero hay pequeñas diferencias en las preguntas: «¿Me amas más que éstos... me amas... me quieres?».

El verbo griego que se traduce por «amar» viene de la raíz «ágape» y destaca el aspecto espiritual del amor, su dimensión sobrenatural; el verbo griego que se traduce por «querer» viene de la raíz «fi­los», que signi­fica «amigo» y destaca el aspecto afec­tivo del amor. En ambas formas debe amarlo Pedro más que todos. Pedro responde siempre de manera afirmativa. Entonces Jesús le dice respectivamente: «Apacienta mis corderos... pastorea mis ovejitas... apacienta mis ovejitas». «Apacentar[3]» y «pasto­rear[4]» no son idénti­cos: un verbo indica la misión de cuidar que se alimenten, y el otro la misión de guiarlo. Cristo encomienda a Pedro el cuidado de todo el rebaño: de los fieles y de los demás pastores; y le confía la misión de nu­trirlo -con el alimento de la palabra y del pan de vida- y de gobernarlo.

Sobre la base del amor de Pedro, no de su capacidad intelectual, ni de su rique­za, ni de su dones o poder humano, sino sólo del amor; Jesús le confía lo que Él más amaba, aquello por lo cual no había vaci­lado en dar su vida: le confía el cuidado de «sus ovejitas». Las ovejas son de Cristo, Él las redimió con su sangre; pero se las encomienda a Pedro. Tene­mos así un crite­rio seguro: una oveja perte­nece a Cristo Pastor, solamen­te cuando sigue a Pedro Pastor. Estas son las ovejas que «no conocen la voz de los extra­ños, que huyen de ellos y no los si­guen» (ver Jn 10,5). En el lugar en que este hecho ocurrió se ha alzado un pequeño santua­rio que lleva el nombre: «el primado de Pedro».

«¡Sígueme!»

La última palabra que Jesús pronuncia en el Evangelio es la palabra: «¡Sígueme!» y está dirigida a Pedro (ver Jn 21,22). Es hermoso constatar que también su primera pala­bra dirigida a alguien en particular es la palabra «¡Se­guidm­e!» (Mc 1,17), dirigi­da a Pedro y a su hermano An­drés. Es como si todo el Evangelio quedara incluido entre estos dos llama­dos de Jesús. Ahora sí que Pedro lo puede seguir, pero ahora sabe bien de qué se trata; ahora es con la cruz y en una muerte semejan­te a la suya. Por eso el evangelista dice que Jesús le indicó el género de muerte con que iba a dar gloria a Dios. Sabemos que Pedro tuvo la posibilidad de morir una muerte igual a la de Jesús: crucificado. Pero juzgó que esto era un honor excesivo para él y suplicó ser crucifi­cado cabeza para abajo. Enton­ces se cumplió su promesa: «Yo daré mi vida por ti». Entonces resultó confirmada su respuesta: «Tú sabes que te amo».


Una palabra del Santo Padre:

«Esta tarde este altar de la Confesión se convierte de este modo en nuestro lago de Tiberíades, en cuyas orillas volvemos a escuchar el estupendo diálogo entre Jesús y Pedro, con las preguntas dirigidas al Apóstol, pero que deben resonar también en nuestro corazón de obispos.

«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?» (cf. Jn 21, 15 ss). La pregunta está dirigida a un hombre que, a pesar de las solemnes declaraciones, se dejó llevar por el miedo y había negado.

«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?». La pregunta se dirige a mí y a cada uno de nosotros, a todos nosotros: si evitamos responder de modo demasiado apresurado y superficial, la misma nos impulsa a mirarnos hacia adentro, a volver a entrar en nosotros mismos.

«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?». Aquél que escruta los corazones (cf. Rm 8, 27) se hace mendigo de amor y nos interroga sobre la única cuestión verdaderamente esencial, preámbulo y condición para apacentar sus ovejas, sus corderos, su Iglesia. Todo ministerio se funda en esta intimidad con el Señor; vivir de Él es la medida de nuestro servicio eclesial, que se expresa en la disponibilidad a la obediencia, en el abajarse, como hemos escuchado en la Carta a los Filipenses, y a la donación total (cf. 2, 6-11).

Por lo demás, la consecuencia del amor al Señor es darlo todo —precisamente todo, hasta la vida misma— por Él: esto es lo que debe distinguir nuestro ministerio pastoral; es el papel de tornasol que dice con qué profundidad hemos abrazado el don recibido respondiendo a la llamada de Jesús y en qué medida estamos vinculados a las personas y a las comunidades que se nos han confiado. No somos expresión de una estructura o de una necesidad organizativa: también con el servicio de nuestra autoridad estamos llamados a ser signo de la presencia y de la acción del Señor resucitado, por lo tanto, a edificar la comunidad en la caridad fraterna.

No es que esto se dé por descontado: también el amor más grande, en efecto, cuando no se alimenta continuamente, se debilita y se apaga. No sin motivo el apóstol Pablo pone en guardia: «Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo» (Hch 20, 28).

La falta de vigilancia —lo sabemos— hace tibio al Pastor; le hace distraído, olvidadizo y hasta intolerante; le seduce con la perspectiva de la carrera, la adulación del dinero y las componendas con el espíritu del mundo; le vuelve perezoso, transformándole en un funcionario, un clérigo preocupado más de sí mismo, de la organización y de las estructuras que del verdadero bien del pueblo de Dios. Se corre el riesgo, entonces, como el apóstol Pedro, de negar al Señor, incluso si formalmente se presenta y se habla en su nombre; se ofusca la santidad de la Madre Iglesia jerárquica, haciéndola menos fecunda.

¿Quiénes somos, hermanos, ante Dios? ¿Cuáles son nuestras pruebas? Tenemos muchas; cada uno de nosotros conoce las suyas. ¿Qué nos está diciendo el Señor a través de ellas? ¿Sobre qué nos estamos apoyando para superarlas? Como lo fue para Pedro, la pregunta insistente y triste de Jesús puede dejarnos doloridos y más conscientes de la debilidad de nuestra libertad, tentada como lo es por mil condicionamientos internos y externos, que a menudo suscitan desconcierto, frustración, incluso incredulidad. No son ciertamente estos los sentimientos y las actitudes que el Señor pretende suscitar; más bien, se aprovecha de ellos el Enemigo, el Diablo, para aislar en la amargura, en la queja y en el desaliento.

Jesús, buen Pastor, no humilla ni abandona en el remordimiento: en Él habla la ternura del Padre, que consuela y relanza; hace pasar de la disgregación de la vergüenza —porque verdaderamente la vergüenza nos disgrega— al entramado de la confianza; vuelve a donar valentía, vuelve a confiar responsabilidad, entrega a la misión. Pedro, que purificado en el fuego del perdón pudo decir humildemente «Señor, Tú conoces todo; Tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17). Estoy seguro de que todos nosotros podemos decirlo de corazón. Y Pedro purificado, en su primera Carta nos exhorta a apacentar «el rebaño de Dios [...], mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana [...], no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 P 5, 2-3).

Sí, ser Pastores significa creer cada día en la gracia y en la fuerza que nos viene del Señor, a pesar de nuestra debilidad, y asumir hasta el final la responsabilidad de caminar delante del rebaño, libres de los pesos que dificultan la sana agilidad apostólica, y sin indecisión al guiarlo, para hacer reconocible nuestra voz tanto para quienes han abrazado la fe como para quienes aún «no pertenecen a este rebaño» (Jn 10, 16): estamos llamados a hacer nuestro el sueño de Dios, cuya casa no conoce exclusión de personas o de pueblos, como anunciaba proféticamente Isaías en la primera Lectura (cf. Is 2, 2-5).

Por ello, ser Pastores quiere decir también disponerse a caminar en medio y detrás del rebaño: capaces de escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el paso de quien teme ya no poder más; atentos a volver a levantar, alentar e infundir esperanza. Nuestra fe sale siempre reforzada al compartirla con los humildes: dejemos de lado todo tipo de presunción, para inclinarnos ante quienes el Señor confió a nuestra solicitud. Entre ellos, reservemos un lugar especial, muy especial, a nuestros sacerdotes: sobre todo para ellos que nuestro corazón, nuestra mano y nuestra puerta permanezcan abiertas en toda circunstancia. Ellos son los primeros fieles que tenemos nosotros Obispos: nuestros sacerdotes. ¡Amémosles! ¡Amémosles de corazón! Son nuestros hijos y nuestros hermanos».

Papa Francisco. Homilía en la Profesión de Fe con los Obispos de la Conferencia Episcopal Italiana. Basílica Vaticana Jueves 23 de mayo de 2013


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 
1. Realicemos una visita al Santísimo Sacramento y con humildad, hagamos nuestra la frase de Pedro: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».

2. Los apóstoles no tuvieron miedo de anunciar al Señor. ¿En qué ocasiones concretas podría anunciar al Señor? Hagamos una lista de las situaciones concretas. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 - 553



[1] Miríada: cantidad muy grande pero indefinida.
[2] Cenáculo: lugar donde se realiza la cena o la comida. Por antonomasia el lugar donde Jesús tuvo la última cena con sus discípulos.
[3] Apacentar. (Del lat. adpascens, -entis, part. act. de adpascĕre). Dar pasto a los ganados. Dar pasto espiritual, instruir, enseñar.
[4] Pastorear.  Llevar los ganados al campo y cuidar de ellos mientras pacen. Dicho de un prelado: Cuidar vigilantemente de sus fieles, dirigirlos y gobernarlos. 

lunes, 22 de abril de 2019

Domingo de la Semana 2ª de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia. Ciclo C – 28 de abril de 2019

«¡Señor mío y Dios mío!»



Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 5,12-16

«Por mano de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo... Y solían estar todos con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón, pero nadie de los otros se atrevía a juntarse a ellos, aunque el pueblo hablaba de ellos con elogio. Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres. ... hasta tal punto que incluso sacaban los enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos. También acudía la multitud de las ciudades vecinas a Jerusalén trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos; y todos eran curados.»


Lectura del libro del Apocalipsis 1,9-11ª. 12-13.17-19

«Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la paciencia, en Jesús. Yo me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta, que decía: "Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias”.

Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mí diciendo: "No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades. Escribe, pues, lo que has visto: lo que ya es y = lo que va a suceder más tarde».


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19 - 31

«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: "La paz con vosotros". Luego dice a Tomás: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Tomás le contestó: "Señor mío y Dios mío". Dícele Jesús: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído". Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Las apariciones que nos remiten las lecturas de este Domingo nacen de los encuentros personales que los discípulos tienen con el mismo Señor Jesús Resucitado, vivo y en persona. Son experiencias de fe que tienen como base un hecho que se da en la realidad; no son alucinaciones ni mucho menos inventos. Del encuentro con Jesucristo Resucitado (Evangelio) se sigue, como fruto inmediato, la fe y la total transformación personal de los discípulos y de la comunidad de creyentes que iba aumentando día a día (Primera Lectura). Cristo ha resucitado; Él es nuestro Dios, Señor y Salvador que murió y que ahora vive por los siglos de los siglos (Segunda Lectura). 


«Este es el día en que actuó el Señor»

El Evangelio de hoy nos presenta dos escenas clara­mente distinguidas por las dos apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles; la primera ocurre al atardecer del mismo Domingo de la Resurrección del Señor («el primer día de la semana») y la segunda ocho días después, es decir, en un Domingo como hoy ya que también se contaba el día vigente. Por este motivo este Evange­lio se lee en este Domingo en los tres ciclos litúrgicos, A, B y C. El Evangelio atestigua que los discípulos de Jesús eran extremadamente observantes de la ley judía que mandaba mantener absoluto reposo el sábado: «Pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca. Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado... El sábado descansa­ron, según el precepto» (Lc 23,54.56). De aquí el apuro por ir al sepulcro apenas hubiera pasado el sábado, es decir, en la madru­gada del primer día. Ese mismo día al atardecer se presenta Jesús por primera vez a los Doce, menos Tomás que «no estaba con ellos cuando vino Jesús». La segunda aparición de Jesús, que nos relata el Evangelio de hoy, ocurrió también el primer día de la semana como ya hemos visto. Por ser éste el día de la Resurrección del Señor, fue llamado día del Se­ñor, «dominica dies», que en castellano se traduce por Domingo. Muy pronto fue éste el día en que la comunidad cristiana se reunía para la celebración del culto «en memoria de su Señor».

Hemos querido llamar la atención sobre un hecho que tal vez pasa inad­vertido: para que un grupo de fieles judíos, que se dis­tinguían por su fidelidad a la ley, cambiara el «día del Señor» del sábado al Domingo, es decir, del séptimo al primer día de la semana; tuvo que haber ocurrido en este día un hecho real histórico en que reconocieran la actua­ción de Dios de manera mucho más clara que en las antiguas inter­venciones de Dios en la historia del pueblo. Tuvo que mediar un hecho superior a los de este mundo, pues nada de este mundo habría sido suficiente para que un judío cam­biara una de sus tradiciones, y ¡qué tradición!, nada menos que la del sábado. El único hecho histórico capaz de explicar satisfactoriamen­te este cambio es la Resurrección de Cristo, que aconteció en Domingo: «Este es el día en que actuó el Señor» (Sal 118,24). Los cristianos reco­nocemos en este hecho el aconte­cimiento funda­mental de nuestra fe: la muerte fue vencida con todo su cortejo de males y al hombre se le ofrece poder compartir la vida divina.


«¡Paz con vosotros!»

Una expresión de Jesús resucitado que llama inmediatamente la atención pues se repite con insistencia en el pasaje de San Juan es: «¡Paz a vosotros!». Apenas Jesús dice estas palabras, los que estaban llenos de temor, se alegraron de ver a Jesús. El Evangelio hace notar que los discípulos se encontraban reunidos «a puertas cerradas por miedo a los judíos». Pero sobre todo, tenían necesidad de la paz de Cristo, pues habían dudado de él, lo habían abandonado, no habían creído en su resurrección. Sentían que no estaban en paz con Jesús y cuando falta esta paz entra el temor y la desconfianza. Estaban a puertas cerradas, pero no hay puerta que nos sustraiga del amor de Dios. Por eso, Jesús, aunque estén cerradas las puertas, se presenta en medio de ellos. Los apóstoles tenían necesidad de este encuentro con Jesús para volver a su amistad, tenían urgencia de darle tantas explicaciones por su conducta, pero Jesús antes de preguntar nada los tranquiliza: «¡Paz a vosotros!».

El mismo que les había dicho: «Os he llamado amigos», ahora los confirma en su amistad dándoles la paz. «Dicho esto les mostró las manos y el costado», como para indicar a qué precio el hombre vuelve a la amistad con Dios. El Evangelio afirma que, después de comprender esto, «los apóstoles se alegraron de ver al Señor». Vuelve a ellos el gozo y no tienen ya miedo porque han sido relevados de un peso inmenso, tan grande que es imposible para el hombre cargar con él, han sido aliviados de un peso que oprime y destruye al hombre: el pecado. Ahora no tienen miedo a nada y pueden decir: «Este Jesús a quien vosotros habéis crucificado, Dios lo resucitó y nosotros somos testigos de su resurrección» (Hechos 2,32). Solamente después de haber vivido la experiencia del perdón ya pueden recibir los apóstoles el poder de perdonar los pecados.


«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados...»

La frase de Jesús: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados...», sería una pura tautología[1], si no tuviera un doble plano. Para decir simplemente que los apóstoles pueden perdonar a quienes los ofendan a ellos, no se necesita toda la solemnidad de la escena. Eso ya lo había enseñado Jesús durante su vida (ver Mt 18,21-22). El sentido de la frase es otro ya que se trata de un «poder» que consis­te en dar validez ante Dios a una sentencia emitida por estos sencillos hombres en la tierra. Es un poder enorme que da Jesús a Pedro perso­nalmente y también a la comunidad como tal (ver Mt 18,18). Pero sólo a Pedro dice: «A tí te daré las llaves del Reino de los cielos». Sabemos que empuñar la llave de una ciudad signi­fi­ca tener el poder.

Por más que busquemos en todo el Antiguo Testamento no encontraremos nunca un hombre que posea este poder. Es más, en Israel era dogma que sólo Dios puede perdonar los pecados, pues son una ofensa contra Él. Es un dogma obvio y verdadero. Por eso cuando en una ocasión Jesús dijo a un paralítico: «“Hijo, tus pecados te son perdonados”, todos se escandalizaron pen­san­do: “Este blasfema; ¿Quién puede perdonar los pecados, sino Dios sólo?”» (Mc 2,5.7). Y sin embar­go, Cristo demuestra que Él posee este poder: «”Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados”, dice al paralítico: “Toma tu camilla y echa a andar”» (Mc 2,10-11). La novedad del Evan­gelio está en que Cristo, que con­quistó el perdón de los pecados con su muerte, concede este poder a unos hombres elegidos por Él: les garantiza que Dios perdona a quienes ellos perdonen y no perdona a quienes ellos retengan los peca­dos.


«Vio y creyó»

Luego viene el relato de lo ocurrido ocho días des­pués. Los «otros Doce» daban testimonio de la resu­rrección de Jesús diciéndole a Tomás: «Hemos visto al Señor». Pero él, que no estuvo en la primera aparición, no creyó en el testimo­nio de sus herma­nos porque la resurrección del Señor era algo que no entraba en su campo mental. Podemos imaginar que durante toda esa semana Tomás estuvo negando la verdad de sus hermanos que ya creían. En la segunda aparición de Jesús, las circunstancias son las mismas que la primera, solo que esta vez está allí Tomás. Jesús se dirige inme­diatamente a él y le dice: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». No sólo se aparece Jesús y exhibe las señas de su Pasión, sino que sabe cuál es la prueba exigida por Tomás y pide al discí­pulo incrédulo que se acerque y verifique. Pero no fue necesario, pues Tomás ya ha sentido nacer en él la fe y exclama: «¡Se­ñor mío y Dios mío!».

El comentario que Jesús agrega es una de las frases del Evangelio que más conocemos y citamos, porque suele aplicar­se a nuestra situa­ción: «Porque me has visto has creído. Biena­venturados los que no han visto y han creí­do». Tomás había dicho: «Si no veo... no creeré». Podemos decir enton­ces que él «vio y creyó». Pero Jesús llama biena­ventu­rados a los que «no vieron y, sin embargo, creyeron»; creyeron por el testi­monio de otros. Y ésta sí que es nuestra situación. Noso­tros creemos en la Resurrección del Señor por el testi­monio de la Iglesia y de sus apósto­les. ¡Este es el origen de nuestra fe!

En cambio, Tomás no creyó al testimonio de esos mismos apóstoles que le decían: «Hemos visto al Señor». Pero hay al menos uno de los apóstoles que creyó sin haber visto al Señor resucitado. Y ése es el autor de este Evangelio: Juan. Ante el sepulcro abierto y vacío, las mujeres aseguraban que se habían llevado el cuerpo del Señor. Pedro y Juan van co­rrieron al sepul­cro a verifi­car el hecho. Entonces, Juan, habiendo llegado primero al sepulcro no entra sino después de Pedro: «entonces... el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó» (Jn 20,8). En realidad, no vio más que los lienzos (la sábana y las vendas) con que se habían envuelto el cuerpo sin vida de Jesús. Pero de ello no dedujo que se «ha­bían llevado el cuerpo del Señor», sino que «cre­yó» que había resucita­do. Este discípulo «creyó sin haber visto» y a él se aplica, en primer lugar, la biena­venturanza de Jesús. Pero Jesús también piensa en nosotros en la medida en que, por el testimonio de la Iglesia, creemos.


Una palabra del Santo Padre:

«Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos» (Jn 20,30). El Evangelio es el libro de la misericordia de Dios, para leer y releer, porque todo lo que Jesús ha dicho y hecho es expresión de la misericordia del Padre. Sin embargo, no todo fue escrito; el Evangelio de la misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia. Todos estamos llamados a ser escritores vivos del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy. Lo podemos hacer realizando las obras de misericordia corporales y espirituales, que son el estilo de vida del cristiano. Por medio de estos gestos sencillos y fuertes, a veces hasta invisibles, podemos visitar a los necesitados, llevándoles la ternura y el consuelo de Dios. Se sigue así aquello que cumplió Jesús en el día de Pascua, cuando derramó en los corazones de los discípulos temerosos la misericordia del Padre, exhaló sobre ellos el Espíritu Santo que perdona los pecados y da la alegría.

Sin embargo, en el relato que hemos escuchado surge un contraste evidente: está el miedo de los discípulos que cierran las puertas de la casa; por otro lado, la misión de parte de Jesús, que los envía al mundo a llevar el anuncio del perdón. Este contraste puede manifestarse también en nosotros, una lucha interior entre el corazón cerrado y la llamada del amor a abrir las puertas cerradas y a salir de nosotros mismos. Cristo, que por amor entró a través de las puertas cerradas del pecado, de la muerte y del infierno, desea entrar también en cada uno para abrir de par en par las puertas cerradas del corazón. Él, que con la resurrección venció el miedo y el temor que nos aprisiona, quiere abrir nuestras puertas cerradas y enviarnos. El camino que el Maestro resucitado nos indica es de una sola vía, va en una única dirección: salir de nosotros mismos, salir para dar testimonio de la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado. Vemos ante nosotros una humanidad continuamente herida y temerosa, que tiene las cicatrices del dolor y de la incertidumbre. Ante el sufrido grito de misericordia y de paz, escuchamos hoy la invitación esperanzadora que Jesús dirige a cada uno de nosotros: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v. 21).

Toda enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios una ayuda eficaz. De hecho, su misericordia no se queda lejos: desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas. Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar sus llagas, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos. Al curar estas heridas, confesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo; permitimos a otros que toquen su misericordia y que lo reconozcan como «Señor y Dios» (cf. v. 28), como hizo el apóstol Tomás. Esta es la misión que se nos confía. Muchas personas piden ser escuchadas y comprendidas. El Evangelio de la misericordia, para anunciarlo y escribirlo en la vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, “buenos samaritanos” que conocen la compasión y el silencio ante el misterio del hermano y de la hermana; pide siervos generosos y alegres que aman gratuitamente sin pretender nada a cambio».                                                                                         
 Papa Francisco. Jubileo de la Divina Misericordia. Domingo 3 de  abril de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 
1. ¿De qué manera puedo vivir la alegría de la Pascua en mi familia?

2. Seamos particularmente conscientes al pronunciar «Señor mío y Dios mío» en la liturgia eucarística, del peso de nuestras palabras. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 638 -  644



[1] Tautología: repetición inútil de un mismo pensamiento en distintos términos.

lunes, 15 de abril de 2019

Domingo de la Resurrección del Señor


«Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto»

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43

«Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: "Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados".»


Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4

«Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.»


Lectura del Santo Evangelio según San  Juan 20,1-9

«El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: "Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto". Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve los lienzos en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!» Este es el grito de alegría que ha resonado en todo el mundo católico. Esta es una afirmación de fe. Quiere decir que concita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostra­ción empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es un don de Dios. Se cree en ella porque Dios lo concede.

Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto puede ser visto menos claramente que en las verdades científi­cas, se ve con certeza infinitamente mayor. El objeto propio de la inteligencia del hombre es la verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cual­quier dominio que sea, experimenta gozo. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiri­tual. Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los seres espirituales. El proceso por el cual Dios gratuitamente infunde las verda­des de fe en la inteligencia del hombre se llama «revelación». Y, sin embargo, también suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve.

Y esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy. El discípulo amado: «vio y creyó». El sepulcro vacío y los lienzos mortuorios son para los discípulos el inicio de una apertura al don de la gracia sobrenatural que los conduce a la fe plena en Cristo Resucitado. En el Salmo responsorial 117 recordamos: «Este es el día en el que actuó el Señor». Es el día en que el Señor manifestó su poder venciendo a la muerte y por eso también estamos alegres. En su discurso en la casa de Cornelio, Pedro proclama la misión encomendada: anunciar y predicar la Resurrección de Jesucristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él (Primera Lectura). San Pablo en su carta a los Colosenses, subraya la vocación de todo cristiano: «aspirad las cosas de arriba». El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva (Segunda Lectura).


«Se han llevado del sepulcro al Señor...»

El Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena, la misma que hasta el final había estado al pie de la cruz, yendo al sepulcro de Jesús muy de madrugada, el primer día de la semana. Ella había visto crucificar a Jesús, lo había visto morir, había visto retirar su cuerpo de la cruz, había ayudado a prestarle los cuidados que se daba a los difun­tos «conforme a la costum­bre judía de sepultar» (Jn 19,40). Todo esto ocurrió el viernes. El sábado, el séptimo día de la semana, era día de estricto reposo: tam­bién en este día reposó Jesús en el sepulcro. Pero al alba del primer día de la semana, el Domingo, apenas se pudo, se dirige María Magdale­na junto con «las mujeres que habían venido con Él desde Galilea» (Lc 23,55) al sepulcro.

Esta premura de la Magdalena es expre­sión del amor intenso que nutría por su Señor. Pero a la distancia ve el sepulcro abier­to. Lo primero que piensa es que alguien ha profanado la tumba del Señor. Pero ¡a esas horas de la mañana! No podía ser sino con mala intención. Este hecho puede tener sin dudas muchas interpretaciones; pero ella, sin verificar nada, corre donde Simón Pedro y el discípulo amado y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Esta noticia fue suficiente para que Pedro y el otro discípulo corrieran a verificar lo ocurrido. No era ésta una «buena noticia» como será la que les dará más tarde después que ella vio a Jesús vivo: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: ‘He visto al Señor’» (Jn 20,18).


«Salieron corriendo Pedro y el otro discípulo…» 

Lo que sigue es el relato de un testigo presencial. Los que recibieron la noticia alarmante, como ya hemos mencionado, son Simón Pedro y «el otro discípulo a quien Jesús quería». «El otro discípulo (Juan) corrió por delan­te, más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». ¿Qué vieron Pedro y el discípulo amado en el sepulcro? Vieron los signos evidentes de que el cuerpo de Jesús, dondequiera que se encontrara, no estaba más entre los lienzos mortuorios. En efecto, «ve los lienzos que yacen puestos, y el sudario que cubrió su cabeza, no puesto con los lienzos, sino como permaneciendo enrollado en el mismo lugar». En primer lugar, Juan, desde afuera, «ve que yacen puestos los lienzos». Pedro, una vez que «entra» en el sepulcro, ya no ve sólo que yacen puestos los lienzos y «contempla» todo el conjunto y ve los lienzos (la sábana que envolvió el cuerpo, las vendas que lo sujetaban y el sudario que cubrió la cabeza) que «yacen puestos» en idéntico lugar y posición en que habían sido dejados el viernes por la tarde. Inmediatamente Juan hace lo mismo.

Pero llama inmediatamente la atención que no dice nada acerca de lo más impor­tante.  ¿Qué pasó con el cuerpo del amado Jesús? Ciertamente no está entre lo visto. ¿Por qué no concluyen de esta ausencia, lo mismo que María Magdalena: «se han lleva­do del sepulcro al Señor»? El discí­pulo amado comuni­ca entonces su propia experiencia con dos importantes palabras: «Vio y creyó». De esta expresión podría parecer que la verdad que captó su inteli­gencia es proporcional a lo que vio empíri­camente, como ocurre con las verdades naturales y cientí­ficas. No es así, porque en ese caso habría dicho: «Vio y verificó», o bien: «Vio y comprobó». Dice: «Vio y cre­yó», porque la verdad que le fue dado captar es infinitamente superior a los lienzos colocados en la misma posición que los dejo el viernes de la Pasión. Lo explica él mismo cuando dice que: «Hasta entonces no habían comprendido que Jesús había de resuci­tar de entre los muertos».

Hasta ese momento reconoce que no había comprendido; pero desde ese instante eso es lo que él comprendió y creyó. Por primera vez se pronuncia la frase «resucitar de entre los muertos» aplicada a Jesús. Esta es la certeza que se abrió camino en la mente del discípulo amado. Creyó que, si Jesús no estaba en el sepulcro, era porque había resucitado; creyó sin haberlo visto, viendo solamente los lienzos. Vio un hecho de experiencia sensible, pero creyó en un hecho sobre­natural. Por eso a este discípulo se aplica la bienaventuranza que Jesús dice a Tomás: «Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20,29). Es como si felicitara al discípulo amado, que es el único entre los apóstoles que está en ese caso. La certeza: «¡Cristo resucitó!», que entonces nació en él, es un don de Dios. Esta certeza fue tan firme que trans­formó su vida y  no vaciló en morir por ella.


La Resurrección de Jesús

Ninguna experiencia visible puede ser suficiente para explicar la resurrección de Cristo. Esta, no obstante ser un hecho histórico, permanece un misterio de la fe. La fe es un don sobrenatural que consiste en apoyar toda la existencia en una verdad que ha sido revelada (manifestada) por Dios. De este tipo es la verdad que proclama y celebra hoy el mundo cristiano, a saber, la resurrección de Cristo de entre los muertos. Los apóstoles vieron a Cristo resucitado y afirman: «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse... a noso­tros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10,40-41). Por tanto, la resurrec­ción de Jesucristo es un hecho histórico comprobado por testigos oculares, pero permanece un hecho trascendente que sobrepasa la historia. La resurrección de Cristo consistió en recobrar una vida superior a esta vida nuestra terrena, una vida que glorificó su cuerpo de manera que ya no sufre el dolor ni la muerte ni la corrupción y no está sujeto a ninguna de las limitaciones de espacio y tiempo que nos afectan a nosotros. Así existe Cristo hoy como verdadero Dios y verdadero Hombre, sentado a la derecha del Padre con su cuerpo glorioso, y así se nos da como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Esta es una verdad de fe que va más allá de la visión de su cuerpo resu­citado


«Nosotros somos testigos de todo lo que hizo»

El discurso kerigmático que Pedro realiza en la casa del capitán (centurión) romano Cornelio que luego bautizará después de una clara intervención del Espíritu Santo, constituye un momento crucial en el cumplimiento del mandato universal de la Iglesia. «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo...» dice Pedro en su discurso dejando por sentado la plena historicidad de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es lo mismo que nos dice San Lucas cuando fundamenta sus fuentes: «tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc 1,2). La conversión de este «temeroso de Dios[1]» se destaca repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles (Hch 11,1-8; 15,7.14). Las visiones simultaneas tanto de Cornelio como de Pedro y los fenómenos pentecostales que la acompañaran; hicieron de manifiesto que Dios había quitado la pared divisoria entre gentiles y judíos (ver Ef 2,14 -16). La conversión de Cornelio asentó el precedente para resolver la complicada cuestión de la relación entre judíos y gentiles, que quedará aclarada en el Concilio de Jerusalén (ver Hech 15,7-11). 


«Aspirad las cosas de arriba...»

En este breve texto San Pablo coloca como punto de partida y base sólida de la vida cristiana la unión con Cristo resucitado, en la que nos introduce el bautismo. Éste nos hace morir al pecado y renacer a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando traspasemos los umbrales de esta vida mortal (1 Jn 3,1-2). Destinados a vivir resucitados con Cristo en la gloria, nuestra vida tiene que tender hacia Él. Ello implica despojarnos del hombre viejo por una conversión cada día más radical y conformarnos cada día más con Jesucristo por la fe y el amor. Tenemos que vivir con los pies bien en la tierra, pero con la mente y el corazón en el cielo donde están los bienes definitivos y eternos.


Una palabra del Santo Padre:

«Hoy la Iglesia repite, canta, grita: “¡Jesús ha resucitado!”. ¿Pero cómo? Pedro, Juan, las mujeres fueron al Sepulcro y estaba vacío, Él no estaba. Fueron con el corazón cerrado por la tristeza, la tristeza de una derrota: el Maestro, su Maestro, el que amaban tanto fue ejecutado, murió. Y de la muerte no se regresa. Esta es la derrota, este es el camino de la derrota, el camino hacia el sepulcro. Pero el ángel les dice: “No está aquí, ha resucitado”. Es el primer anuncio: “Ha resucitado”. Y después la confusión, el corazón cerrado, las apariciones. Pero los discípulos permanecieron encerrados todo el día en el Cenáculo, porque tenían miedo de que les ocurriera lo mismo que le sucedió a Jesús. Y la Iglesia no cesa de decir a nuestras derrotas, a nuestros corazones cerrados y temerosos: “Parad, el Señor ha resucitado”. Pero si el Señor ha resucitado, ¿cómo están sucediendo estas cosas? ¿Cómo suceden tantas desgracias, enfermedades, tráfico de personas, trata de personas, guerras, destrucciones, mutilaciones, venganzas, odio? ¿Pero dónde está el Señor? Ayer llamé a un chico con una enfermedad grave, un chico culto, un ingeniero y hablando, para dar un signo de fe, le dije: “No hay explicaciones para lo que te sucede. Mira a Jesús en la Cruz, Dios ha hecho eso con su Hijo, y no hay otra explicación”. Y él me respondió: “Sí, pero ha preguntado al Hijo y el Hijo ha dicho sí. A mí no se me ha preguntado si quería esto”.

Esto nos conmueve, a nadie se nos pregunta: “¿Pero estás contento con lo que sucede en el mundo? ¿Estás dispuesto a llevar adelante esta cruz?”. Y la cruz va adelante, y la fe en Jesús cae. Hoy la Iglesia sigue diciendo: “Párate, Jesús ha resucitado”. Y esta no es una fantasía, la Resurrección de Cristo no es una fiesta con muchas flores. Esto es bonito, pero no es esto, es más; es el misterio de la piedra descartada que termina siendo el fundamento de nuestra existencia. Cristo ha resucitado, esto significa. En esta cultura del descarte donde eso que no sirve toma el camino del usar y tirar, donde lo que no sirve es descartado, esa piedra —Jesús— es descartada y es fuente de vida. Y también nosotros, guijarros por el suelo, en esta tierra de dolor, de tragedias, con la fe en el Cristo Resucitado tenemos un sentido, en medio de tantas calamidades. El sentido de mirar más allá, el sentido de decir: “Mira no hay un muro; hay un horizonte, está la vida, la alegría, está la cruz con esta ambivalencia. Mira adelante, no te cierres. Tú guijarro, tienes un sentido en la vida porque eres un guijarro en esa piedra, esa piedra que la maldad del pecado ha descartado”. ¿Qué nos dice la Iglesia hoy ante tantas tragedias? Esto, sencillamente. La piedra descartada no resulta realmente descartada. Los guijarros que creen y se unen a esa piedra no son descartados, tienen un sentido y con este sentimiento la Iglesia repite desde lo profundo del corazón: “Cristo ha resucitado”. Pensemos un poco, que cada uno de nosotros piense, en los problemas cotidianos, en las enfermedades que hemos vivido o que alguno de nuestros familiares tiene; pensemos en las guerras, en las tragedias humanas y, simplemente, con voz humilde, sin flores, solos, ante de Dios, ante de nosotros decimos: “No sé cómo va esto, pero estoy seguro de que Cristo ha resucitado y yo he apostado por esto”. Hermanos y hermanas, esto es lo que he querido deciros. Volved a casa hoy, repitiendo en vuestro corazón: “Cristo ha resucitado”».

Papa Francisco. Homilía Domingo de Resurrección 16 de abril de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. Estamos llamados a ser criaturas nuevas en el Señor Resucitado y a «buscar las cosas de arriba»: lo antiguo ya ha pasado. Hagamos nuestras resoluciones concretas para vivir una «vida nueva» en Jesús Resucitado.

2. Vivamos con María  la verdadera alegría que nace de un corazón reconciliado. Recemos en familia el Santo Rosario.  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 647 - 655. 1166-1167.




[1] Las expresiones de «temeroso de Dios», como es llamado Cornelio (ver Hch 10,2); designa a los que simpatizan con el Judaísmo sin llegar a integrarse en el pueblo judío por la circuncisión.