martes, 23 de junio de 2020

Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 28 de junio de 2020


«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí»


Lectura del Segundo libro de los Reyes 4, 8-11.14-16a

«Un día pasó Eliseo por Sunem; había allí una mujer principal y le hizo fuerza para que se quedara a comer, y después, siempre que pasaba, iba allí a comer. Dijo ella a su marido: "Mira, sé que es un santo hombre de Dios que siempre viene por casa. Vamos a hacerle una pequeña alcoba de fábrica en la terraza y le pondremos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y cuando venga por casa, que se retire allí". Vino él en su día, se retiró a la habitación de arriba, y se acostó en ella. Dijo él: "¿Qué podemos hacer por ella?" Respondió Guejazí: "Por desgracia ella no tiene hijos y su marido es viejo". Dijo él: "Llámala". La llamó y ella se detuvo a la entrada. Dijo él: "Al año próximo, por este mismo tiempo, abrazarás un hijo".


Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 6,3- 4. 8-11

«¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.»


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 10, 37-42

«"El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. "Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. "Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa".»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El texto de la carta de San Pablo a los Romanos constituye una de las exposiciones más bellas y profundas del sacramento del bautismo. En ella se subraya el binomio muerte-nueva vida y nos ofrece una clave de lectura para comprender y profundizar mejor las lecturas. San Pablo explica que el bautismo nos incorpora a la muerte de Cristo para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros - bautizados en Cristo -  caminemos por una vida nueva (Segunda Lectura). En el Evangelio vemos como el tema de la vida nueva en Cristo se presenta de modo claro y excluyente: el que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. Cristo nos pide que no antepongamos nada a su amor, sobre todo, que no antepongamos nuestro egoísmo y amor propio (Evangelio). La Primera Lectura nos recuerda que toda fecundidad en la vida es una bendición de Dios. La nueva vida que concibe la mujer sunamita, que era estéril y tenía un esposo anciano, es un don de Dios en respuesta a su apertura ante el Plan de Dios.


Eliseo y el milagro de la fecundidad de la mujer de Sunem
Eliseo (“Dios es mi salvación”) continuó la labor de Elías durante más de 50 años como profeta de Israel. Antes de que Elías fuese arrebatado al cielo, Eliseo le pidió que le hiciera partícipe de su poder y que pudiera sucederle. Esta petición le fue concedida en abundancia. Eliseo, que vivió alrededor del siglo IX a.C., realizó varios milagros llegando a superar a su mentor y terminó la obra de Elías destruyendo, en esa época, el culto a Baal. Morirá durante el reinado de Joás siendo lamentado por el pueblo y por el propio Rey (2 Re 13, 4 -20). 

El episodio narrado sucede en el Poblado de Sunem o Sunam que se encuentra cerca del monte Tabor al norte de Israel. Eliseo es acogido por «una mujer principal». Ciertamente hospedar a un profeta, «un santo hombre de Dios» es un honor y fuente de bendición para toda la familia. La mujer sunamita, en un acto de generosidad, le pide al marido la construcción de una  pequeña alcoba para acoger así al profeta itinerante. Para albergar a los huéspedes se solía habilitar un cuarto sobre el techo de la casa la cual por regla general no tenía más que un piso. A este aposento se le llamaba «cenáculo». El colocar en la habitación una mesa, una silla y una lámpara es considerado, en ese tiempo, todo un lujo. Eliseo, ante la generosa hospitalidad, primero le ofrece una recomendación política que no parece interesarle a la mujer (leer los versículos 12 y 13); sin embargo, después le promete una bendición maravillosa y no esperada a causa de la avanzada edad de su marido. 

Todo este episodio tiene cierto parentesco y puntos de contacto con la narración de la promesa de un hijo a Abraham y a su esposa Sara (ver Gn 17-18). Lo más grande que podía aspirar la mujer de Israel era tener un hijo del cual esperaba podría salir el Mesías. Es sobre todo por eso que la esterilidad es mirada como oprobio en Israel (Jc 11,37; Lc 1,25). Después de hacer llamar a la mujer sunamita, Eliseo le promete un vástago: «el año que viene por estas fechas, abrazarás un hijo». Algo parecido prometió el sacerdote Elí a Ana (ver 1Sam 1). La mujer siente miedo de entregarse a la ilusión y a la esperanza de lo que más desea; sería bello, y una desilusión en este punto sería trágica: «Por favor, no, señor, no engañes a tu servidora» (2R 4,16b) le responde al profeta. El profeta enfrenta a la mujer con el sentido último de su vida: la maternidad. En ocasión semejante Sara al escuchar la promesa que Yahveh le hace a su esposo, se rió (ver Gn 18, 11-15). Esta dadivosa familia se verá colmada de bendiciones y no es sino lo que Jesús va a prometer al que recibe a un profeta o a un justo (ver Mt 10, 41-42).


¿Ser dignos de Cristo?

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». Estas son palabras de Cristo. Dichas por cualquier otro resultarían intolerables. Pero dichas por él son la verdad. En esta afirmación de Cristo todas las pala­bras son claras, salvo tal vez la expresión «ser digno de él». ¿Qué signi­fica ser digno de Cristo? Ser digno de una persona signifi­ca merecer su afecto, su amistad, su amor. Pero ¿quién puede merecer la amistad y el amor de Cristo? En la frase que hemos citado tenemos la res­puesta: para merecer la amistad de Cristo hay que amarlo a Él más que al padre y a la madre, más que al hijo y a la hija. Y no sólo esto, sino que Jesús agrega: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». «Tomar la cruz y seguir a Jesús» significa amarlo a Él más que la propia vida, más que nuestras comodidades y más que todas nues­tras posesiones.

Para que no nos engañemos, Jesús nos aclara en qué consis­te el amor que nos hace dignos de Él: «El que me ama observa mi palabra; y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Y en otra ocasión asegu­ra: «Vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14). Se trata de escuchar la palabra de Cristo y obser­var­la por encima de toda otra palabra. En­tonces seremos dignos del amor del Padre y de la amistad y la compañía de Cristo. ¿En qué caso puede darse un conflicto entre el amor paterno o filial y el amor a Cristo? De parte del padre, amar a Cristo más que al hijo, signi­fica estar dispuesto a ofrecerlo a Dios, si Él lo llama, como hizo Abraham, nuestro padre en la fe. A él le dijo Dios: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac... y ofrécemelo en holocausto... Construyó Abraham un altar y dispuso la leña; luego ató a Isaac su hijo y lo puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abraham la mano y tomó el cuchi­llo para inmolar a su hijo» (Gn 22,2.9-10). Dios detuvo la mano de Abraham, porque no admite sacrificios humanos, pero reco­noce su amor: «Por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones» (Gn 22,16-17). Por esto Abraham «fue llama­do amigo de Dios» (St 2,23).

Y de parte del hijo, amar a Cristo más que al padre y más que la madre significa seguirlo a Él, aunque haya que vencer la oposición paterna. Todos conocemos el caso de San Francis­co de Asís, cuyo padre Bernardone ha pasado a la historia única­mente porque desheredó a su hijo; esperaba de él glorias humanas, mientras Dios lo llamaba por el camino de la pobre­za y la santidad. Ante el Obispo de Asís y ante el pueblo, San Francis­co se despojó de sus vestidos y los devol­vió a su padre dicien­do: «Escuchad todos lo que tengo que decir: hasta ahora he llama­do mi padre a Pedro de Bernardone; pero ahora yo le devuelvo su oro y todos los vestidos que he recibido de él; de manera que en adelante ya no diré más: 'Mi padre Pedro de Bernar­done' sino solamente: 'Padre nuestro que estás en el cie­lo'».

Este es un caso extremo; pero también fue extrema la oposi­ción que sufrió de su padre. Las palabras de Cristo se reve­lan verdaderas: Fran­cisco amó más a Cristo y ahora goza de la gloria celes­tial, la Iglesia lo venera como uno de los más grandes santos y el mundo lo reconoce como un signo de paz. ¿Quién no conoce a San Francisco de Asís? Si hubiera amado más a Pedro Bernardone poseería la gloria humana que podía darle él, es decir, una gloria tenebrosa. El Catecismo de la Iglesia Católica resume esta doc­trina así: «Los vínculos familiares, aunque son muy impor­tantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la voca­ción singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favore­cer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la voca­ción primera del cristiano es seguir a Jesús»[1].  


«El que pierda su vida por mí, la hallará»

Asimismo, la propia vida cor­poral es un bien y se debe cuidar; pero el Evangelio nos enseña que esta vida no es el bien supremo. Hoy día se asiste a un verdadero culto idolátrico al cuer­po, a la be­lleza físi­ca y a la salud corpo­ral hasta hacer de la vida corporal el bien supremo. La proliferación de gimnasios, los con­cur­sos de belleza, entre otras manifestaciones; son los santuarios de este culto. Ante la amenaza de la vida por causa de la enfermedad se difunden medios de prevención cuya implicancia parece ser ésta: ¿a quién le preocupa si su uso ofende a Dios? lo que interesa es evitar la enfermedad. De esta manera resulta que se concede a la vida corporal y a su vigor el rango de bien supremo y se considera que ante este bien todo debe ceder en importancia. ¡Pero esto trae consigo la pérdida de la vida eterna! Éste es el sentido de la frase de Cris­to: «El que encuentre su vida la perderá; el que pier­da su vida por mí, la encon­trará».

El único bien supremo, abso­luto, es Cristo. Perder la vida por Él es gozar de la Vida Eterna. Cristo dijo: «Yo soy la Vida», y la posesión de él es lo único que sacia comple­tamente todos los anhelos del hombre dándole la felicidad plena y to­tal. Cristo es el único bien que, una vez poseí­do, basta. Nada puede amargar la felicidad de quien posee a Cristo ya que: «Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre Él» (Rm 6,8-9).  


Una palabra del Santo Padre:

«En un primer momento, nos pueden venir a la mente algunas expresiones evangélicas que parecen contraponer los vínculos de la familia y el hecho de seguir a Jesús. Por ejemplo, esas palabras fuertes que todos conocemos y hemos escuchado: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt10, 37-38).

Naturalmente, con esto Jesús no quiere cancelar el cuarto mandamiento, que es el primer gran mandamiento hacia las personas. Los tres primeros son en relación a Dios, y este en relación a las personas. Y tampoco podemos pensar que el Señor, tras realizar su milagro para los esposos de Caná, tras haber consagrado el vínculo conyugal entre el hombre y la mujer, tras haber restituido hijos e hijas a la vida familiar, nos pida ser insensibles a estos vínculos. Esta no es la explicación. Al contrario, cuando Jesús afirma el primado de la fe en Dios, no encuentra una comparación más significativa que los afectos familiares. Y, por otro lado, estos mismos vínculos familiares, en el seno de la experiencia de la fe y del amor de Dios, se transforman, se «llenan» de un sentido más grande y llegan a ser capaces deir más allá de sí mismos, para crear una paternidad y una maternidad más amplias, y para acoger como hermanos y hermanas también a los que están al margen de todo vínculo. Un día, en respuesta a quien le dijo que fuera estaban su madre y sus hermanos que lo buscaban, Jesús indicó a sus discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc3, 34-35).

La sabiduría de los afectos que no se compran y no se venden es la mejor dote del genio familiar. Precisamente en la familia aprendemos a crecer en ese clima de sabiduría de los afectos. Su «gramática» se aprende allí, de otra manera es muy difícil aprenderla. Y es precisamente este el lenguaje a través del cual Dios se hace comprender por todos.

La invitación a poner los vínculos familiares en el ámbito de la obediencia de la fe y de la alianza con el Señor no los daña; al contrario, los protege, los desvincula del egoísmo, los custodia de la degradación, los pone a salvo para la vida que no muere. La circulación de un estilo familiar en las relaciones humanases una bendición para los pueblos: vuelve a traer la esperanza a la tierra. Cuando los afectos familiares se dejan convertir al testimonio del Evangelio, llegan a ser capaces de cosas impensables, que hacen tocar con la mano las obras de Dios, las obras que Dios realiza en la historia, como las que Jesús hizo para los hombres, las mujeres y los niños con los que se encontraba. Una sola sonrisa milagrosamente arrancada a la desesperación de un niño abandonado, que vuelve a vivir, nos explica el obrar de Dios en el mundo más que mil tratados teológicos. Un solo hombre y una sola mujer, capaces de arriesgar y sacrificarse por un hijo de otros, y no sólo por el propio, nos explican cosas del amor que muchos científicos ya no comprenden. Y donde están estos afectos familiares, nacen esos gestos del corazón que son más elocuentes que las palabras. El gesto del amor... Esto hace pensar.

La familia que responde a la llamada de Jesús vuelve a entregar la dirección del mundo a la alianza del hombre y de la mujer con Dios. Pensad en el desarrollo de este testimonio, hoy. Imaginemos que el timón de la historia (de la sociedad, de la economía, de la política) se entregue —¡por fin!— a la alianza del hombre y de la mujer, para que lo gobiernen con la mirada dirigida a la generación que viene. Los temas de la tierra y de la casa, de la economía y del trabajo, tocarían una música muy distinta».

Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 2 de septiembre de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». Son muchas las cruces que tenemos que llevar en este tiempo de cuarentena ¿Le pido al Señor que me ayude a poder llevar mi cruz? Él nunca nos dejará solos.

2. ¿Amo mi fe y busco vivirla en la vida cotidiana?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1010-1011. 2015.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2232

lunes, 15 de junio de 2020

Domingo de la Semana 12ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 21 de junio de 2020

«No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos» 


Lectura del profeta Jeremías 20,10-13 

«Escuchaba las calumnias de la turba: "¡Terror por doquier!, ¡denunciadle!, ¡denunciémosle!" Todos aquellos con quienes me saludaba estaban acechando un traspiés mío: "¡A ver si se distrae, y le podremos, y tomaremos venganza de él!" Pero Yahveh está conmigo, cual campeón poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes; se avergonzarán mucho de su imprudencia: confusión eterna, inolvidable. ¡Oh Yahveh Sebaot, juez de lo justo, que escrutas los riñones y el corazón!, vea yo tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa. Cantad a Yahveh, alabad a Yahveh, porque ha salvado la vida de un pobrecillo de manos de malhechores.» 


Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 5,12-15 

«Por tanto, como por un solo hombre = entró el pecado en el mundo = y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron; - porque, hasta la ley, había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa no habiendo ley; con todo, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir... Pero con el don no sucede como con el delito. Si por el delito de uno solo murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos! 


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 10,26 - 33 

«"No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. "Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre.  

En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. "Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.» 


Pautas para la reflexión personal   

El vínculo entre las lecturas 

En el Evangelio de este Domingo escuchamos por tres veces la invitación de Jesús: «No tengáis miedo»1. Jesús advierte a sus apóstoles sobre las dificultades que encontrarán en su actividad apostólica y los instruye sobre el falso temor a los hombres y el verdadero temor de Dios. Es, pues, una invitación llena de vigor a la confianza, a la seguridad en Dios Padre (Evangelio). La experiencia que vive el profeta Jeremías es semejante. Dios le ha llamado a dar un mensaje de destrucción para Jerusalén: «y les dices: Así dice Yahveh Sebaot: "Asimismo quebrantaré yo a este pueblo y a esta ciudad, como quien rompe una vasija de alfarero la cual ya no tiene arreglo» (Jr 19,11). Es un mensaje impopular que hiere los oídos de sus oyentes. Incluso sus amigos le dan la espalda y se vuelven contra él maquinando insidias e intrigas.  

Sin embargo, Jeremías se levanta con una confianza magnífica: «el Señor está conmigo como un fuerte guerrero» (Primera Lectura). La segunda lectura tenemos nuevamente un texto de la carta a los Romanos.  También aquí el elemento de confianza y seguridad subyace a la exposición del pecado y de la Reconciliación obtenida en Jesucristo. El tema de fondo de la liturgia es, por tanto, una contraposición entre el miedo del mundo, de los hombres y de la desesperación del pecado y la confianza en Dios que cuida providentemente de sus creaturas y se muestra como aquel «guerrero fuerte» que anima y fortalece a los suyos. El bien ha triunfado sobre el mal y la muerte gracias a Cristo Jesús. 


«Yahveh está conmigo como fuerte guerrero» 

El profeta Jeremías vivió unos 100 años después que Isaías. En el año 627 A.C. recibe, muy joven, el llamado a la vocación profética. Mientras redactaba sus escritos, el poder de Asiria, el gran imperio del norte, se derrumbaba. Babilonia era ahora la nueva amenaza para el Reino de Judá. Durante 40 años, Jeremías advirtió a su pueblo que vendría sobre él el juicio divino por su idolatría y su pecado. Finalmente se cumplieron sus palabras en el año 587 A.C. cuando el ejército babilónico, comandado por Nabucodonosor, destruyó Jerusalén y el templo, y desterró a sus habitantes.  

Jeremías rehusó llevar una vida fácil en la corte de Babilonia y probablemente terminó sus días en Egipto. Los capítulos del libro de este profeta no siguen un orden cronológico de los acontecimientos. Ello se debe, seguramente, al proceso de su composición por su secretario Baruc quien reunió diversas profecías e incluso pertenecientes a diversas épocas del largo ministerio del profeta. Los mensajes dirigidos por Dios a Judá por intermedio de Jeremías se dieron durante los reinados de los últimos cinco reyes: Josías, JoacazJoacín, Joaquín, y Sedecías 

En el pasaje de este Domingo Jeremías ha anunciado la destrucción de Jerusalén (ver Jr 19) y Fasur (o Pasjur, hijo de Imer, sacerdote y oficial importante en el templo) lo manda azotar y lo echa en el cepo, sujetándolo por el cuello,  los brazos y pies mediante grillos. Luego el profeta dirá una serie de maldiciones e imprecaciones que no son sino enfáticas expresiones muy usadas en el Oriente para expresar un vivo dolor. El terror rodea al profeta por todas partes; acaba de ser azotado injustamente, solamente por haber anunciado la palabra de Yahveh, sus enemigos triunfan y el mismo Dios parece haberle desamparado. Si Jesucristo en la hora de su suprema agonía exclama: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado(Mt 27,46); ¡cuánto más comprensibles son las profundas quejas del profeta!  

Sin embargo, vemos inmediatamente el divino consuelo que Jeremías halla después de este desahogo. Pues la persecución es una de las ocho bienaventuranzas anunciadas por Jesucristo: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» Mt 5,11-12) 


La misión apostólica  

En el llamado discurso apostólico, Jesús, llamando a sus doce discípulos, los envió a proclamar «que el Reino de los cielos está cerca». Jesús los envía, después de darles diversas instrucciones acerca de lo necesario para esta misión y sobre el modo de proceder al llegar a cada ciudad o pueblo en que entren. En seguida les predice las persecuciones que deberán padecer y los previene: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles» (Mt 10,17-18). Se habla aquí de dar testimonio ante gobernadores y reyes y, sobre todo, «¡ante los gentiles!». Es evidente que Jesús está hablando de la misión universal, la que encomendó a sus apóstoles antes de su Ascensión al cielo.  

Uno de los aspectos de esta misión de salvación es la persecución. Jesús es crudamente claro y los previene contra toda falsa expectativa. Si el apóstol quiere ser fiel a su misión sufrirá persecución: «Seréis odiados por todos por causa de mi nombre... cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra...». Si la misión es la misma que Jesús recibió de su Padre, entonces la suerte que espera a sus enviados es la misma que tuvo él: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!». Llamar a Jesús con el nombre del príncipe de los demonios es lo máximo; nadie podría imaginar algo más falso. Los enviados de Jesús deberán esperar ser llamados cosas peores. Y no sólo esto, sino que, por su fidelidad a la verdad que tienen que anunciar, deberán también esperar ser sometidos a muerte, como lo fue Jesús. Aquí comienza el Evangelio de este Domingo. 


¡No tengan miedo! 

En el pasaje que leemos, Jesús exhorta tres veces a sus apóstoles a no tener miedo. Lo primero que no hay que temer es que la Buena Nueva pudiera ser silenciada y la obra de Cristo pudiera quedar sin efecto, como quisieron hacer las autoridades judías, que dicen a Pedro y Juan: «Os habíamos prohibido severamente enseñar en ese Nombre, y vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina» (Hch 5,28). Ante esta amenaza de silenciar a los apóstoles, Jesús les dice por primera vez: «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo sobre los terrados». Jesús asegura que el mensaje evangélico es indetenible por parte de los hombres y que su obra es indestructible. Esta predicción se ha revelado verdadera, pues en la historia se ha visto que mientras más se ha tratado de ahogar la Palabra, más se ha difundido. 

Por segunda vez Jesús los exhorta a no temer, esta vez se trata de no temer a la muerte violenta que podrían sufrir los apóstoles: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Aquí tendrá cumplimiento esta palabra: «Aunque mueran, vivirán». Es el espectáculo impresionante que han dado los mártires de todos los tiempos; han desafiado a la muerte y a sus verdugos esperando en la vida eterna, confiados en la promesa de Cristo: «Al que me reconozca delante de los hombres, lo reconoceré también yo ante mi Padre que está en el cielo». Entonces Jesús agrega a quién ¡hay que temer!: «Temed a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en el infierno». Hay que temer, por encima de todas las cosas, la sentencia que recibirán en el juicio los que hayan despreciado a Cristo: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25,41). A estos Jesús dirá: «No os conozco» (Mt 7,23), pues así lo había advertido: «Quien me niegue ante los hombres, lo negaré también yo ante mi Padre que está en los cielos». 

El tercer motivo para deponer todo temor a los hombres, es que estamos en las manos de nuestro Padre y él nos ama y nos protege. Dios nos conoce más que lo que cada uno se conoce a sí mismo y le interesamos más. Tanto nos ama que para salvarnos entregó a su propio Hijo. El es más íntimo a nosotros que nosotros mismos. Y para decirlo de una manera más impactante, Jesús asegura que Dios tiene computado el número de todos nuestros cabellos y que no cae uno solo sin que él lo permita, «sin el consentimiento de vuestro Padre». ¡Cuánto más vela nuestro Padre por nuestra vida! Si creemos en esta palabra, ¿a quién temeremos? 


Una palabra del Santo Padre:  

«En el Evangelio de hoy (cfr Mt 10, 26-33) el Señor Jesús, después de haber llamado y enviado en misión a sus discípulos, los instruye y los prepara a afrontar las pruebas y las persecuciones que deberán encontrar. Ir en misión no es hacer turismo, y Jesús advierte a los suyos: ‘Encontrarán persecuciones’. Los exhorta así: ‘No tengan miedo de los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado (…)  Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día. (…) Y no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma’ (26-28). Y no tengan miedo de aquellos que solamente pueden matar el cuerpo y no tienen el poder de matar el alma. 

El envío a la misión de parte de Jesús no garantiza a los discípulos el éxito, así como no los pone a salvo de fracasos y de sufrimientos. Ellos tienen que tener en cuenta tanto la posibilidad del rechazo, como la de la persecución. Esto asusta un poco, pero es la verdad. 

El discípulo está llamado a conformar su propia vida a Cristo, que ha sido perseguido por los hombres, ha conocido el rechazo, el abandono y la muerte en la cruz. No existe la misión cristiana en tranquilidad plena; no existe la misión cristiana en tranquilidad plena. Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de evangelización y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe y de nuestra relación con Jesús. Debemos considerar estas dificultades como la posibilidad para ser aún más misioneros y para crecer en aquella confianza en Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad. En las dificultades del testimonio cristiano en el mundo, nunca somos olvidados, sino que siempre estamos asistidos por la solicitud premurosa del Padre. Por ello, en el Evangelio de hoy, Jesús asegura tres veces a sus discípulos diciendo: ‘¡No teman!’ ¡No tengan miedo! 

También en nuestros días, hermanos y hermanas, está presente la persecución contra los cristianos. Nosotros oramos por nuestros hermanos y hermanas que son perseguidos y nosotros alabamos a Dios porque, a pesar de ello, siguen testimoniando con valentía y fidelidad su fe. Su ejemplo nos ayuda a no dudar en tomar posición en favor de Cristo, testimoniándolo con valentía en las situaciones de cada día, aun en contextos aparentemente tranquilos. En efecto, una forma de prueba puede ser también la ausencia de hostilidades y de tribulaciones. Además de ‘como ovejas entre lobos’, el Señor, también en nuestro tiempo, nos manda como centinelas en medio de la gente que no quiere que la despierten del adormecimiento mundano, que ignora las palabras de Verdad del Evangelio, construyéndose sus propias verdades efímeras. Y si vamos allí o vivimos allí y decimos las Palabras del Evangelio, esto incomoda y no nos mirarán bien. 

Pero en todo ello el Señor nos sigue diciendo, como les decía a los discípulos de su tiempo: ‘¡No teman!’. No olviden esta palabra: siempre, cuando tengamos alguna tribulación, alguna persecución, algo que nos haga sufrir, escuchemos la voz de Jesús en nuestro corazón: ‘¡No tengan miedo! ‘¡No tengas miedo: sigue adelante! ¡Yo estoy contigo! No tengan miedo del que se burla de ustedes y los maltrata, y no tengan miedo del que los ignora o del que por delante los honra y luego por la espalda combate contra el Evangelio. Hay tantos que por delante te sonríen, pero por la espalda combaten contra el Evangelio. Todos los conocemos. Jesús no nos deja solos porque somos preciosos para Él. Por ello no nos deja solos: cada uno de nosotros es precioso para Jesús, y nos acompaña». 
Papa Francisco. Ángelus 25 de junio de 2017  


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.   

1. Lee pausadamente el Salmo 27 (26): «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? ¿por quién he de temblar?» 

2. «Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados», nos dice el Señor en el Evangelio. ¿En qué situaciones concretas proclamo la Palabra del Señor? ¿Tengo miedo de hacerlo...?   
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 543- 550.