martes, 29 de octubre de 2019

Solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre de 2019

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

Lectura del libro del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14

«Luego vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar:"No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que = marquemos con el sello la frente = de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: "La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: "Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén". Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero».


Lectura de la primera carta de San Juan 3,1-3

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro».


Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.  4Bienaventurados = los mansos =, porque = ellos poseerán en herencia la tierra. =  Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la lectura del Evangelio en la fiesta de todos los santos se proclaman las bienaventuranzas, que son el prólogo del discurso evangélico que Jesús pronunció en el Monte. Las bienaventuranzas constituyen un programa de santidad que se hizo «vida» en todos los santos. Los elegidos por el Señor, es decir los que han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (Primera Lectura) vivirán en comunión con Dios Amor en la eternidad (Segunda Lectura). La salvación es un «don de Dios» que nos es dado por Jesucristo al cual nosotros podemos acceder colaborando activamente con esa gracia. 


El sermón de la montaña

En el Sermón de la monta­ña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangé­lica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infi­nitamente. Esto es lo que quie­ren decir los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepa­sados... Mas yo os digo..." (Mt 5,21.27.­31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la ley anti­gua dada por el mismo Dios.

En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera perso­na: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos..."; la novena está formu­lada en segunda perso­na y dirigida a los oyen­tes: "Biena­venturados seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás. Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho biena­venturanzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma prome­sa: "Biena­ventura­dos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos... Bienaventura­dos los persegui­dos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza de los diez mandamientos dados a Moisés. La prime­ra tabla contiene las primeras cuatro y expresa la rela­ción del hombre con Dios, y la segun­da tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.


La primera tabla

La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos... ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán saciados". El tema de esta primera tabla está indi­cado en la primera bienaventuranza, la que declara dicho­sos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del cora­zón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: "A­prended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligi­dos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.


La segunda tabla 

La segunda tabla proclama la otra condición indispen­sable para poseer el Reino de los cielos: «la bondad y el amor al prójimo». Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de cora­zón, los que traba­jan por la paz, los perse­guidos por causa de la justi­cia. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericor­diosos". Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en rela­ción a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relacio­nes fraternas. Aquí Jesús comien­za a ilustrar las rela­ciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indica­do por la primera biena­ven­turan­za: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.


¿En qué consiste ser santo?

En la solemnidad que celebramos es bueno preguntarnos: ¿En qué consiste la santidad de una persona? ¿Por qué los santos han atraído tan poderosamente a los hombres de sus generaciones y han dejado una huella tan profunda en sus épocas y en sus ambientes? ¿Qué hay en ellos que despierta ese sentimiento de admiración y asombro en los hombres? Para dar respuesta a todas estas preguntas, hay que tener en cuenta que la fuente de toda santidad es Dios. No hay santidad posible sin El. Por eso la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía canta: "Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo", y agrega: "Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad".

La santidad as algo que pertenece a Dios y que suscita en los hombres una mezcla de temor y de fascinación. Ante la santidad el hombre experimenta fuertemente sus límites, su ser creatura, su pecado, y por esto siente temor; pero, al mismo tiempo, experimenta fascinación, es decir, no puede dejar de sentirse poderosamente atraído y de gozar intensamente. En la bienaventuranza del cielo, purificado ya del pecado, el hombre gozará eternamente de la santidad de Dios. "Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (1Jn 3,2). Estamos creados para esto y no sería un ser humano el que no lo deseara. La fe, la esperanza y el amor, sobre todo, el amor, son la manifestación de la vida divina en el hombre. El amor, que consiste en negarse a sí mismo para procurar el bien de los demás, es algo que supera las fuerzas humanas naturales. Cuando vemos que en alguien actúa el amor, entonces, tenemos una manifestación de Dios, pues "el amor es de Dios... Dios es amor" (1Jn 4,7.8). La actuación natural del hombre puede suscitar entusiasmo, como es el caso, por ejemplo, de sus logros en el arte, la ciencia, la técnica, el deporte, etc. Pero la práctica heroica del amor, que es lo que define a los santos, supera todas las empresas naturales y nos pone en la evidencia de Dios. ¡No existe un espectáculo más hermoso!


Una palabra del Santo Padre:

“«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Podemos preguntarnos, ¿cómo puede ser feliz una persona pobre de corazón, cuyo único tesoro es el reino de los cielos? La razón es precisamente ésta: que al tener el corazón despojado y libre de muchas cosas mundanas, esta persona es «esperada» en el reino de los cielos.

«Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados». ¿Cómo pueden ser felices los que lloran? Sin embargo, quién en la vida nunca ha experimentado la tristeza, la angustia, el dolor, no conocerá jamás la fuerza de la consolación. En cambio, pueden ser felices cuantos tienen la capacidad de conmoverse, la capacidad de sentir en el corazón el dolor que hay en sus vidas y en la vida de los demás. ¡Ellos serán felices! Porque la tierna mano de Dios Padre los consolará y los acariciará.

«Bienaventurados los mansos». Y nosotros al contrario, ¡cuántas veces somos impacientes, nerviosos, siempre listos para quejarnos! Reclamamos tanto de los demás, pero cuando nos tocan a nosotros, reaccionamos alzando la voz, como si fuéramos dueños del mundo, mientras que en realidad todos somos hijos de Dios. Más bien, pensemos en esas mamás y papás que son muy pacientes con los hijos, que «los hacen enloquecer». Este es el camino del Señor: el camino de la mansedumbre y la paciencia. Jesús ha recorrido este camino: desde pequeño ha soportado la persecución y el exilio; y después, siendo adulto, las calumnias, los engaños, las falsas acusaciones en los tribunales; y todo lo ha soportado con mansedumbre. Ha soportado por amor a nosotros incluso la cruz.

«Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque serán saciados». Sí, los que tienen un fuerte sentido de la justicia, y no sólo hacia los demás, sino antes que nada hacia ellos mismos, estos serán saciados, porque están listos para recibir la justicia más grande, la que solo Dios puede dar.

Y luego, «bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán misericordia». Felices los que saben perdonar, que tienen misericordia por los demás y que no juzgan todo ni a todos, sino que buscan ponerse en el lugar de los otros. El perdón es la cosa que todos necesitamos, nadie está excluido. Por eso al inicio de la Misa nos reconocemos como lo que somos, es decir pecadores. Y no es una forma de decir, una formalidad: es un acto de verdad. «Señor, aquí estoy, ten piedad de mí». Y si sabemos dar a los demás el perdón que pedimos para nosotros, somos bienaventurados. Como decimos en el «Padre Nuestro»: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». Miremos el rostro de los que van por ahí sembrando cizaña: ¿son felices? Los que buscan siempre la ocasión para enredar, para aprovecharse de los demás, ¿son felices? No, no pueden ser felices. En cambio, los que cada día, con paciencia, buscan sembrar la paz, son artesanos de paz, de reconciliación, estos sí que son bienaventurados, porque son verdaderos hijos de nuestro Padre del Cielo, que siembra siempre y sólo paz, a tal punto que ha enviado al mundo su Hijo como semilla de paz para la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, este es el camino de la santidad, y es el mismo camino de la felicidad. Es el camino que ha recorrido Jesús, es más, es Él mismo este camino: quien camina con Él y pasa a través de Él entra en la vida, en la vida eterna. Pidamos al Señor la gracia de ser personas sencillas y humildes, la gracia de saber llorar, la gracia de ser mansos, la gracia de trabajar por la justicia y la paz, y sobre todo la gracia de dejarnos perdonar por Dios para convertirnos en instrumentos de su misericordia”.

Papa Francisco. Homilía en el Cementerio del Verano, Roma. Domingo 1 de noviembre de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. «Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido», nos decía San Juan Pablo II. Una tentación que podemos tener es creer que este llamado no es para mí. 

2. Pidamos a Dios el «hambre» por querer vivir de verdad las bienaventuranzas. Leamos a lo largo de la semana este hermoso pasaje evangélico.     

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012-2016.

lunes, 28 de octubre de 2019

El Señor de los Milagros – 28 de octubre de 2019


«Y como Moisés levantó la serpiente…así tiene que ser levantado el Hijo del hombre» 

Lectura del libro de los Números 21, 4b-9

«El pueblo se impacientó por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese manjar miserable”. Envió entonces Yahveh contra el pueblo serpientes abrasadoras, que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel. El pueblo fue a decirle a Moisés: “Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti. Intercede ante Yahveh  para que aparte de nosotros las serpientes”, Moisés intercedió por el pueblo.

Y dijo Yahveh a Moisés: “Hazte un Abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá”. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida».


Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2,5-12

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre. Así pues, queridos míos, de la misma manera que habéis obedecido siempre, no sólo cuando estaba presente sino mucho  más ahora que estoy ausente, trabajad con temor y temblor por vuestra salvación».
  
         
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,11 – 16

«En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna».


Pautas para la reflexión personal  

El nexo entre las lecturas

En esta Fiesta del Señor de los Milagros, todas las lecturas nos remiten a centrar nuestra mirada en el Señor Jesús. Así como el pueblo elegido tiene que alzar su mirada a la serpiente de bronce para quedar curados (Primera Lectura); San Pablo en este bello himno cristológico de la carta a los Filipenses nos invita a vivir la misma dinámica que Jesús vivió: despojarse – revestirse,  muerte para la vida.  ¿Por qué Jesucristo muere y es elevado en la Cruz? La única razón por la cual el Verbo Eterno se hizo Hombre como nosotros, sin dejar su naturaleza divina; es para que tengamos «vida eterna». Dios no quiere nuestra muerte sin que participemos con Él de la bienaventuranza celestial. 


«Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti»

El libro de los Números refiere la historia del pueblo de Israel durante los casi 40 años de peregrinación por el desierto del Sinaí. Comienza relatando los acontecimientos que sucedieron dos años después de la salida de Egipto y termina, precisamente con la entrada en Canaán, la tierra que Dios había prometido darles. El título de «Números» se debe a las dos numeraciones o censos de los israelitas en el monte Sinaí y en las llanuras de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó. Durante este periodo los israelitas se asentaron durante algún tiempo en el oasis de Cades Barne, y después siguieron caminando hacia una región al este del Jordán. El libro de los Números, y lo vemos en el pasaje de la lectura, es la larga y triste historia de las quejas y del descontento de Israel. Se rebelaban contra Dios y contra el mismo Moisés. Sin embargo solamente dos personas, Caleb y Josué, entre todos los que habían salido de Egipto, sobrevivieron para entrar en la tierra prometida.
  
La Primera Lectura narra el paso del pueblo de Israel por la tierra de los edomitas. La ocupación sedentaria de Edom no había alcanzado el golfo de Ácaba  y los israelitas tomaron la ruta normal que les permitía rodear el territorio sin problemas. Algunos edomitas se dedicaban al comercio, otros a la extracción del cobre o a la agricultura. El pueblo de Israel se impacienta y cansado reniega del «pan del cielo» (ver Sal 77, 25) que ahora les parece insípido a pesar de recibirlo gratuita y diariamente. San Pablo se referirá a este pasaje diciendo: «Ni tentemos al Señor como algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes» (1Cor 10,9); porque despreciar el don es despreciar al donante. Lamentablemente lo mismo sucede cuando no valoramos el verdadero «maná del cielo» que es la Santa Eucaristía.

Yahveh manda al pueblo ingrato y rebelde «serpientes abrasadoras». La palabra «abrasador» proviene de la palabra «saraf», que en Isaías 30, 6 representa una serpiente alada o dragón. Por otro lado la palabra hebrea de «serpiente» también significa «abrasador[1]». Cuando leemos el pedido de Yahveh a Moisés, le está pidiendo colocar una serpiente de bronce sobre un mástil. Ésta serpiente, remedio contra las mordeduras, será figura de la Cruz redentora de Cristo. La serpiente de bronce se conservó en  el Templo hasta el tiempo del rey Ezequías, quien la hizo pedazos, para evitar su culto idolátrico (ver 2Re 18,4).           

J «No retuvo ávidamente ser igual a Dios...»

San Pablo en este hermoso himno de la carta a los Filipenses nos descubre la inmensa e infinita paradoja de la humillación de Jesús en la cual reside todo su misterio íntimo, que es la amorosa obediencia a su Padre, a quien no quiso disputar ni una gota de gloria entre los hombres. Por eso sin prejuicio de dejar perfectamente establecida su divinidad y esa igualdad con el Padre (ver Jn 3,13; 5, 18-23), por lo cual el Padre mismo se encarga de darle testimonio de muchas maneras (ver Mt 3, 17; 5, 17; Jn 1, 33; Lc 22, 42 s); Jesús renuncia en su aspecto exterior a la igualdad con Dios y abandona todas sus  prerrogativas para no ser más que el «Enviado» que habla de lo que el Padre le ha pedido que diga y las obras que le ha encomendado hacer.         


«Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre…»

El Evangelio hace parte de la entrevista que tuvo Nicodemo con Jesús en Jerusalén.  El centro de diálogo se encuentra en el versículo 11 que es el inicio de nuestra lectura evangélica: «nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio». Ante todo, ¿quién era Nicodemo? Lo que sabemos de él es que era fariseo y miembro del consejo supremo judío (el sanedrín). Lo veremos defendiendo a Jesús cuando los fariseos querían prenderle (Jn 7,50)  y llevando los aromas para embalsar el cuerpo del Maestro Bueno (Jn 19,39 - 42). Su nombre, en griego, quiere decir «pueblo victorioso». El griego y toda la cultura helénica habían penetrado mucho en el mundo judío después de las conquistas de Alejandro Magno. Nicodemo fue uno de los pocos judíos socialmente importantes que siguieron a Jesús, aunque lo hiciera con cierto recelo. La circunstancia material del encuentro tiene un profundo significado espiritual en el Evangelio de San Juan. Cuando Judas deja a Cristo era de noche (Jn 13,30). Ahora Nicodemo viene a Cristo, cuando es de noche. El primero huía de la luz; éste busca la luz.

Nicodemo dice a Jesús: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las seña­les que tú realizas si Dios no está con él». «Rabbí» quiere decir literalmente “maestro mío” en un tono muy respetuoso a diferencia de «Rabboni» que indica más afecto y cercanía. Las señales por las cuales Nicodemo se ve urgido de hablar con Jesús las leemos en los versículos anteriores: «Mientras Jesús estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales que realizaba» (Jn 2,23). Sin duda uno de los muchos que creyeron era Nicodemo. Para comprender esta reacción de la gente es necesario saber qué se entiende por «señal» en el Evangelio de San Juan. Una «señal» es un hecho milagroso. Juan lo llama «señal», porque este hecho visible por todos deja en eviden­cia la gloria de Jesús que supera la experiencia sensible inmediata. Por eso la señal puede suscitar en la persona una respuesta de fe, dependiendo de su apertura a la gracia. Como Tomás cuando vio ante sí a Jesús con las heridas de la Pasión y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

En su diálogo con Nicodemo Jesús nos va a dejar talvez una de las afir­macio­nes más impresionantes sobre el amor de Dios hacia el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Lo primero que hace Jesús es darnos una señal, algo que será visto por todos: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna»". Jesús evoca el episodio que hemos leído en la Primera Lectura. Así como la serpiente de bronce, el «Hijo del hombre» tiene que ser levantado en el estandarte de la cruz para librarnos de la muerte eterna que merecemos por nues­tros pecados. Y es que siempre la Cruz tiene el doble sentido de: ser elevado en la cruz y de ser elevado a la gloria del Padre. Ambos movimientos coinciden. Discutiendo con los judíos Jesús les dice: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy»(Jn 8,28). Quiere decir que allí quedará en evidencia la verdadera identidad divina de Jesús. En otra ocasión les dice: «Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

La cruz es el signo más evidente del amor de Dios. ¿Qué explicación o motivación se puede dar al hecho de que el Hijo eterno de Dios se haya hecho hombre y haya muerto en la cruz? No hay otra explicación ni otra motivación que el amor de Dios hacia el hombre. Es un amor gratuito, sin mérito alguno de nuestra parte. El que cree en esto es destinatario de esta promesa de Cristo: «No perecerá sino que tiene la vida eterna». El que no crea rehúsa el amor de Dios y se excluye de la salvación. San Pablo no se cansaba de contemplar este hecho y de llamar la atención de los hombres sobre la misericordia de Dios: «La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Dios no podía darnos un signo mayor de su amor que la cruz de Cristo. Para eso fue elevado Jesús sobre la cruz: para que lo mire­mos, creamos y tengamos vida eterna.


Una palabra del Santo Padre:

«Con motivo de las especiales celebraciones que tienen lugar al cumplirse el 350° aniversario de la imagen del Señor de los Milagros, patrono de Lima y venerado en el Santuario de Las Nazarenas, deseo hacer llegar un afectuoso saludo a esa comunidad cristiana que, bajo la guía de sus Pastores, da gracias a Dios por los beneficios recibidos durante siglos y, especialmente, por el don de la fe, robustecida con la ayuda de esa devoción hondamente arraigada en tantas generaciones limeñas. Así como antaño las gentes de toda condición y origen, sencillas o nobles, pusieron confiadamente sus ojos en el Cristo doliente en la cruz y acudían con fervor a Pachacamilla, también hoy se invita a los cristianos a no quedarse en meras palabras, sino que contemplen el rostro del Señor, reflejen su luz y lo hagan resplandecer ante las generaciones del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 16. 28).

Por eso me satisface saber que esta significativa conmemoración, centrada sobre todo en la llamada "Cuaresma Limeña", tiene un carácter eminentemente jubilar, de gracia y de perdón, de conversión sincera y de reconciliación, con el propósito de vivir profundamente el misterio de la cruz en la cual Cristo ha redimido a todo el género humano. En efecto, en Él está la salvación al vencer en la cruz el pecado y su poder tiránico, para que todos participen con Él en la gloria de la resurrección. Ésta es la experiencia de los devotos y peregrinos, agobiados a veces, por el peso de sus faltas, de su debilidad o de otras muchas preocupaciones que atenazan su corazón. Ellos sienten muy dentro las palabras de Jesús: "Venid a mí..., y yo os daré descanso" {Mt 11, 28). Junto a Él, con la fuerza de la gracia que nos sigue dispensando abundantemente, especialmente a través de los sacramentos, hallaremos también nosotros el arrojo de Pedro para adentramos de nuevo en las aguas, a pesar de los presentimientos más sombríos (cf. Le 5, 4).

En esta circunstancia, me siento unido espiritualmente al gozo de tantos limeños y peruanos por esta oportunidad singular de encontrarse de nuevo con Cristo, que ha querido manifestar su cercanía entrañable a través de esa imagen secular, exhortándoles ardientemente a renovar su fe y a fortalecer su esperanza. Cada uno de ellos, como también el pueblo peruano en su conjunto, no ha de caer en el desánimo ante las circunstancias adversas ni buscar extraños e ilusorios refugios. Las palabras de Jesús siguen siendo fuente inagotable de vitalidad: "En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33)».

Ruego al Señor de los Milagros que proteja a los limeños, convierta a quienes llevan a hombros su imagen en portadores de Cristo también con su fe y su testimonio de vida intachable, transforme en verdaderos imitadores de Jesús a quienes visten la túnica nazarena y derrame su gracia sobre cuantos le invocan con devoción. Mientras encomiendo a la Virgen María, la más fiel seguidora de su Hijo hasta la Cruz, a la Comunidad carmelita que continúa la tradición de las "fíeles guardianas y cuidadoras" de la venerada imagen, así como a los Pastores y fieles de Lima, les imparto con afecto la Bendición Apostólica».

 Juan Pablo II. Carta por los 350 años de la imagen del Señor de los Milagros, 21 de septiembre de 2001.


Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana 

1. Octubre es el Perú un mes donde de manera especial Dios me muestra su amor a través del Señor de Pachacamilla. ¿Qué puedo hacer para acoger el inmenso amor que me muestra Jesús en su Cruz?

2. Juan Pablo II nos habla de la "Cuaresma Limeña" y hace un llamado particular a la conversión sincera y a la reconciliación. Con humildad acerquémonos al Señor de los Milagros y reconozcamos qué tenemos que cambiar en nuestras vidas para ser más amigo de Jesús.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 218 – 221.599 – 618. 



[1] Abrasador: que abrasa. Reducir a brasa, quemar. 

lunes, 21 de octubre de 2019

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 27 de octubre de 2019

«¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» 

Lectura del libro del Eclesiástico 35, 12-14. 16-18 

«El Señor es juez, y no hay ante él acepción de personas. No hará acepción de personas 
contra el pobre, pero escuchará la súplica del oprimido. No desdeña la súplica del huérfano ni la de la viuda si prodiga ante él sus quejas. El que sirve al Señor como él quiere es aceptado, y su súplica llega a las nubes. La súplica del humilde atraviesa las nubes; no descansa hasta llegar a Dios, y no se retira hasta que intervenga el altísimo, reconozca el derecho de los justos y les haga justicia.» 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 4, 6-8.16-18 

«Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación».  

En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Que no se les tome en cuenta. Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.» 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 9 -14 

«Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias."  

En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado".» 


Pautas para la reflexión personal   

El vínculo entre las lecturas 

Los términos «justicia y oración» resumen bien las lecturas de hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y sólo el último es justificado. El Sirácida, en la primera lectura, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del humilde que «atraviesa las nubes». Finalmente, San Pablo le revela a Timoteo sus sentimientos y deseos más íntimos: «Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo juez» (Segunda Lectura).  


Dos actitudes ante Dios 

La parábola del fariseo y el publicano presenta dos actitudes completamente opuestas frente a la salvación que proviene de Dios. El fariseo se presenta ante Dios, confiado en sus buenas obras y seguro de merecer la salvación gracias a su fiel cumplimiento de la ley: «Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias, etc.». La seguridad en sí mismo está expresada en su actitud y su relación con los demás hombres. «De pie, oraba en su interior y decía: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano». Se tiene por justo y su relación con Dios es la del que puede exigir: él ha realizado las obras que ordena la ley y Dios le está debiendo la salvación. El publicano, por otro lado,  ni siquiera se sentía digno de «alzar los ojos al cielo».  


¿Quiénes eran los «fariseos»?  

Para comprender la actitud autosuficiente del fariseo es conveniente saber quiénes eran estos señores. Ante todo, la palabra «fariseo» proviene del hebreo «perushim» que significa: separados, segregados. En su origen era el nombre dado a una secta de origen religioso que se aisló del resto del pueblo, probablemente a fines del siglo II a.C., para poder vivir estrictamente las normas de la ley, pues creían obtener la salvación por esta observancia. En la mayoría de los casos, sus miembros eran personas corrientes, no sacerdotes que ampliaban a menudo el alcance de las leyes hasta el punto de que estas resultaban difíciles de observar. Deben de haber sido unos 6,000 miembros en la época de Jesús.   

El peligro de tales grupos es el de despreciar a los demás hombres, considerándolos como una «masa» de infieles. Una actitud análoga se repite en la historia: es el caso de la secta gnóstica de los perfectos, de los cátaros (puros) en el medioevo, de los puritanos, etc. Una reedición de esta actitud, aunque pueda parecer extraño, se da en ciertos grupos actuales que se consideran poseedores de «conocimientos milenarios» que son revelados solamente a aquellos que, puntualmente, pagan su cuota mensual. Los vemos por doquier y de las más diversas formas (autores de libros de autoayuda, cursos de Nueva Acrópolis, el oráculo de los arcanos, entre otros).  A éstos va dirigida la parábola de Jesús, pues ellos ya se consideran justos y, por tanto, para ellos la venida de Cristo y su sacrificio en la cruz resultan inútiles y sin sentido.  


¿Quién era un «publicano»?  

Por otro lado «Publicano» es el nombre que se daba en Israel a los recaudadores de los impuestos así como de los derechos aduaneros, con que Roma gravaba al pueblo. En ese tiempo eran los que entendían de finanzas y son presentados como ricos e injustos. Algunos de ellos abusaban de la gente y por eso eran odiados y «despreciados» ya que éstos eran obligados a entregar al gobierno de Roma una cantidad estipulada, pero el sistema se prestaba a obtener más de lo acordado y embolsarse así el restante.  

Autores paganos, como Livio y Cicerón, señalan que los publicanos habían adquirido mala fama en sus días a causa de los referidos abusos. Los judíos que se prestaban para este trabajo tenían que alternar mucho con los gentiles y, lo que era peor, con los conquistadores; por eso se les tenía por inmundos ceremonialmente (ver Mt 18,17). Estaban excomulgados de las sinagogas y excluidos del trato normal; como consecuencia se veían obligados a buscar la compañía de personas de vida depravada, los «pecadores» (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1). Ellos son, justamente, la antítesis de los fariseos: son pecadores, y están conscientes de serlo, es decir, no presumen de «justos». Un exponente típico de este grupo es Zaqueo, jefe de los publicanos, descrito como «publicano y rico»; otro publicano es Mateo, de rango inferior que Zaqueo, a quien Jesús llama mientras está «sentado en el despacho de impuestos» (Mt 9,9). Para ambos el encuentro con Jesús fue la salvación. 


¿Qué oración fue escuchada por el Señor?  

En la parábola presentada por Jesús el publicano «se mantenía a distancia, no se atrevía a alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!» La conclusión es que «éste bajó a su casa justificado y aquél no». Bajó justificado no por ser publicano, ni por ser injusto, sino por reconocerse pecador y perdido; él no ostenta su propia justicia ni confía en su esfuerzo personal; confía sólo en la misericordia de Dios e implora de Él la salvación. Reconoce así que la salvación es obra sólo de Dios, que Él la concede como un don gratuito, inalcanzable a las solas fuerzas humanas. 

El fariseo, en cambio, volvió a su casa sin ser justificado, no porque ayunara y pagara el diezmo, no porque fuera una persona de bien -estas cosas es necesario hacerlas-, sino por creer que gracias a esto es ya justo ante Dios y Dios le debe la salvación que él se ha ganado con su propio esfuerzo. Para éstos Cristo no tiene lugar; ellos creen que se pueden salvar solos. A ellos se refiere Jesús cuando dice: «He venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13). 


«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» 

Ahora podemos observar la ocasión que motivó esta enseñanza: «Jesús dijo esta parábola a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». A éstos los resiste Dios porque son soberbios. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (St 4,6; 1P 5,5). Éste es un axioma que describe las relaciones de Dios con el hombre. Dios creó al hombre para colmarlo de sus bienes y hacerlo feliz, sobre todo, con el don de su amistad y de su propia vida divina. Pero encuentra un solo obstáculo que la libertad del hombre le puede oponer: la soberbia. Cuando el hombre se pone ante Dios en la actitud de que él puede, con su propio esfuerzo, alcanzar la salvación, eso «bloquea» a Dios, aunque decir esto pueda parecer excesivo. 

En su comentario a los Salmos, San Agustín hace una magnífica definición de quién es el soberbio: «¿Quién es el soberbio? El que no confiesa sus pecados ni hace penitencia, de manera que por la humildad pueda ser sanado. ¿Quién es el soberbio? El que atribuye a sí mismo aquel poco bien que parece hacer y niega que le venga de la misericordia de Dios. ¿Quién es el soberbio? El que, aunque atribuya a Dios el bien que hace, desprecia a los que no lo hacen y se exalta sobre ellos». El mismo San Agustín aplicando esta definición de la soberbia a la parábola del fariseo y el publicano, agrega: «Aquél era soberbio en su obras buenas; éste era humilde en sus obras malas. Pues bien, observad bien hermanos!- más agradó a Dios la humildad en las obras malas que la soberbia en las obras buenas. ¡Cuánto odia Dios a los soberbios!». Tenerse por justo ante Dios no sólo es soberbia, sino una total insensatez. 


Dios, el Juez justo y bueno   

Algo que también impresiona en los textos litúrgicos de este Domingo, es que al decirnos la actitud de Dios ante el orante, subraya la de juez. No se excluye que Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien eleva su oración con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba y quizás ni lo quería. Dios es un juez que no tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al frágil, al débil; que le suplica en su desdicha y dolor. Su oración «penetra hasta las nubes», es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada.  

Dios juzga al orante según sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer la «equidad», la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del mérito personal, sino de la justicia de Dios para con él y para con todos los que son imitadores suyos en el servicio al Evangelio. La oración del justo, dice San Agustín, es la llave del cielo; la oración sube y la misericordia de Dios baja.   


Una palabra del Santo Padre:  

«Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud correcta para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo se debe rezar; la actitud correcta para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (cf. Lc 18, 9-14). 

Ambos protagonistas suben al templo para rezar, pero actúan de formas muy distintas, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. Su oración es, sí, una oración de acción de gracias dirigida a Dios, pero en realidad es una exhibición de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», a los que califica como «ladrones, injustos, adúlteros», como, por ejemplo, —y señala al otro que estaba allí— «este publicano» (v. 11). Pero precisamente aquí está el problema: ese fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira a sí mismo. ¡Reza a sí mismo! En lugar de tener ante sus ojos al Señor, tiene un espejo. Encontrándose incluso en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, casi como si fuese él el dueño del templo. Él enumera las buenas obras realizadas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga el «diezmo» de todo lo que posee. En definitiva, más que rezar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Pero sus actitudes y sus palabras están lejos del modo de obrar y de hablar de Dios, que ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Al contrario, ese fariseo desprecia a los pecadores, incluso cuando señala al otro que está allí. O sea, el fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo. 

No es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar arrogancia e hipocresía. Pero, pregunto: ¿se puede rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No. Solamente debemos orar poniéndonos ante Dios así como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos atrapados por las prisas del ritmo cotidiano, a menudo dejándonos llevar por sensaciones, aturdidos, confusos. Es necesario aprender a encontrar de nuevo el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es allí donde Dios nos encuentra y nos habla. Sólo a partir de allí podemos, a su vez, encontrarnos con los demás y hablar con ellos. El fariseo se puso en camino hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber extraviado el camino de su corazón. 

El publicano en cambio —el otro— se presenta en el templo con espíritu humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es muy breve, no es tan larga como la del fariseo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!». Nada más. ¡Hermosa oración! En efecto, los recaudadores de impuestos —llamados precisamente, «publicanos»— eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y en general se los asociaba con los «pecadores». La parábola enseña que se es justo o pecador no por pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano testimonian su consciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial Se comporta como alguien humilde, seguro sólo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede mendigar la misericordia de Dios. Y esto es hermoso: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose «con las manos vacías», con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final, precisamente él, así despreciado, se convierte en imagen del verdadero creyente». 

Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 1 de junio de 2016. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. ¿Con qué actitud me aproximo al Señor, como la del fariseo o la del publicano?  

2.  Leamos y meditemos el Salmo 32 (31): el reconocimiento del pecado obtiene la misericordia de Dios.   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2607-2619.