lunes, 28 de agosto de 2017

Domingo de la Semana 22 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 3 de septiembre de 2017

«Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»


Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 7- 9

«¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Soy motivo de risa todo el día, todos se burlan de mí. Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: «¡Violencia, devastación!» Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día. Entonces dije: «No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía».


Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 12, 1-2

«Hermanos, les exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer. No se acomoden a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.  Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá.» Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.» 

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.  ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras». 


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres». Los pensamientos de Dios sobre el Mesías y su misión eran unos; los pensamientos que los hombres tenían eran otros completamente distintos. Aquí se cumple lo dicho por Dios a su pueblo por medio del profeta Isaías: «Vuestros pensamientos no son mis pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos» (Is 55,8). Si los pensamientos de Dios son la verdad y los de los hombres (en el sentido de la lectura del Evangelio) son mentira; ¿qué podemos hacer nosotros para tener los pensamientos de Dios? Esto es lo que nos enseñan las lecturas de este Domingo.

Jeremías, en sus famosas «confesiones», nos muestra la experiencia dramática de ser consecuente con la propia vocación. Él sabe que ha sido llamado por Dios a una misión ardua y difícil (Primera Lectura). La carta a los Romanos nos expresa una verdad mucho más consoladora, pero no por ello menos exigente. Nos invita a entender nuestra vida como una ofrenda a Dios cambiando para ello nuestra mentalidad (Segunda lectura). En el Evangelio, Jesucristo anuncia con claridad y exigencia que es necesario tomar el camino de la cruz para salvar a los hombres. Quien desee seguir a Jesús fielmente, deberá tomar su cruz y ponerse detrás de Él. El mensaje cristiano es un mensaje de alegría y victoria pascual, pero un mensaje que necesariamente pasa por el camino de la cruz (Evangelio).


«¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir!»

Jeremías es considerado uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Predicó en una época de gran infidelidad a la alianza (aproximadamente entre los años 627 – 587 A.C.) y le tocó la pesada labor de anunciar las consecuencias de ello. Fue perseguido, maltratado e incluso intentaron acabar con su vida. En el texto que leemos, el terror rodea al profeta por todas partes; acaba de ser azotado injustamente por el sacerdote Fasur[1] por haber anunciado la Palabra de Yahveh. Esta persecución a causa de la palabra no fue exclusiva de Jeremías: «Yo les di tu Palabra y el mundo los ha odiado» (Jn 17,14); sin embargo vemos como el consuelo divino que alcanza a Jeremías inmediatamente después de su desahogo[2]«Pero Yahveh está conmigo, cual guerrero poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes» (Jr 20,11).


«No os acomodéis al mundo» 

La carta a los romanos fue escrita por Pablo en Corinto, probablemente el año 58, durante su tercer viaje apostólico. San Pablo exhorta vivamente a los cristianos de la comunidad de Roma a «presentar sus cuerpos como una hostia viva, santa, agradable a Dios». En el ámbito humano, un ciudadano era presentado ante alguna autoridad ya sea por razón de un ceremonial de la corte o por un proceso legal (ver Hch 23,33; 27,4). El sentido religioso de la «presentación» es el de «consagración», es decir, un apartar lo consagrado del ámbito profano para, en adelante, dedicarlo solamente a Dios. Esta presentación-consagración a Dios, entraña, por parte del creyente, un dejar de «acomodarse» al mundo presente para asumir una conducta moral adecuada a su estado de pertenencia a Dios: una vida santa, inmaculada, irreprensible y pura. 

Para ello debe ingresar a un proceso de transformación cuyo eje principal es la metanoia, es decir, el cambio de mentalidad: un despojarse de los modos de pensamiento del hombre viejo para revestirse con los criterios de Cristo. En la lectura está, de manera implícita, la convicción de que el cuerpo no es malo en sí mismo. Al contrario, el cuerpo creado por Dios es bueno y es parte esencial de cómo ha concebido y querido al ser humano. Sin embargo el pecado lo afecta profundamente, pero aún así guarda la bondad intrínseca de su origen. Así pues, el cristiano ha de valorar rectamente su cuerpo, santificándolo, haciendo recto uso de él según el amoroso designio de Dios.   


«¡Quítate de delante Satanás!»

Si estuviéramos leyendo el Evangelio de San Mateo por primera vez, nos llamaría la atención que en un espacio tan breve de tiempo cambie tan radicalmente el trato que Jesús da a Pedro. En efecto, en un momento le dice: «Bie­na­ventu­rado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17); y al momento siguien­te dice al mismo Pedro: «¡Quítate de delante Satanás[3]! ¡Un obstáculo[4] eres para mí!». ¿Cómo se explica este cambio de actitud? ¿Qué fue lo que hizo Pedro que le mereciera ser llamado “Satanás” y ser repelido con esa energía? 

Pedro acababa de expresar la opinión que hasta enton­ces se habían formado los apóstoles acerca de Jesús, diciéndole: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». La expresión de Pedro es verdadera; nadie podría llegar a esa conclusión acerca de Jesús si no hubiera sido por una revelación del Padre y por eso mereció la bienaventuranza de Jesús y la promesa de fundar sobre Él su Iglesia. Pero Pedro aún no había comprendido todo el alcance de sus palabras. Entendía que Jesús era el Cristo, pero no entendía cómo tendría que realizar su misión. Dándose cuenta del modo erróneo de concebir su identidad, Jesús «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo». Era verdad que era el Cristo, pero no lo era como lo entendería la gente. 

En este momento, comenzó Jesús el camino más difícil, comenzó a abrirlos a la comprensión del misterio de su futura Muerte y Resurrección. A todo hebreo del tiempo, formado en las Escrituras, la figura del «mesías» le sugería inmediatamente la imagen del rey David. Él era el «mesías - ungido» por excelencia y su reinado quedó en la con­ciencia popular como un tiempo proverbial, tal vez el único momento de su historia en que Israel fue un pueblo unido, soberano y en posesión de todos sus confines. Cuando se hablaba del que había de venir, del mesías «hijo de David», se pensaba inmediatamente en la restauración de esa misma situación. Esto explica la incom­prensión de Pedro cuando Jesús anuncia su pasión y muerte: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ninguna manera te sucederá eso!». 

Sin darse cuenta y tal vez con muy buena intención, Pedro estaba apartando a Jesús de su misión, lo estaba persua­diendo a que no bebiera el cáliz que su Padre le tenía preparado, y en este sentido, cum­plía la misión de Sata­nás. Recordemos que Satanás también había tentado a Jesús ofreciéndole riquezas, reinos y poder. La tentación con­sistía en inducirlo a estable­cer un reino de este mundo, es decir, un mesianismo humano. Por eso Jesús rechaza a Pedro con la misma energía que había rechazado al diablo:«¡Apár­tate Satanás!» (Mt 4,10). Jesús nos da ejemplo, mos­trándonos el único modo de recha­zar los obs­táculos puestos a nuestra vida de fe, vengan de quien ven­gan; cualquier contempo­riza­ción es ya comenzar a caer.


«El que quiera salvar su vida la perderá»

Después de exponer su programa, que consiste en sufrir la pasión y la muerte y resucitar al tercer día, Jesús declara que éste es también el programa de todo discípulo suyo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontra­rá». Si queremos ser discípulos de Cristo, este es nuestro camino. ¡No hay otro! Consiste en negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Cristo, consiste en perder la vida por Cristo ahora, para ganarla después en la vida eterna. Por tanto, cualquier obstáculo que se nos presen­te en este camino debe ser removido con deci­sión. Cualquiera que se detenga a considerar atenta­mente esta frase de Cristo observará que encierra una paradoja. Es que Jesús juega con dos aspectos de la palabra «vida». 

Su dicho se entiende así: el que quiera gozar al máximo en esta vida terrena, sin negarse en nada, terminará per­diendo esta misma vida (con la muerte) y también la vida eterna; en cambio, el que entregue su vida, consu­mién­dola en el servicio y el amor a los demás, encontrará la vida eterna, que consiste en la paz y alegría en este mundo y la felicidad sin fin en el otro. Alcanzar la verdadera vida que es la eterna es el fin para el cual hemos sido creados. El murió para que nosotros tengamos vida eterna, como nos enseñó: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

A esta vida se refiere Jesús en sus magnífi­cas senten­cias: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?». Estas frases son tan evidentes e impactantes por sí mismas que cualquier comenta­rio debe enmudecer. Encierran una verdad tan maciza que ellas solas han sido argumento sufi­ciente para convertir a pecadores en mártires y santos.


Una palabra del Santo Padre: 

«Jesús, entonces, se dirige directamente a los Apóstoles – porque es esto lo que más le interesa – y pregunta: «Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Enseguida, a nombre de todos, Pedro responde: «Tú eres el Mesías de Dios» (v. 20), es decir: Tú eres el Mesías, el Consagrado de Dios, enviado por Él a salvar su pueblo según la Alianza y la promesa. Así Jesús se da cuenta que los Doce, y en particular Pedro, han recibido del Padre el don de la fe; y por esto inicia a hablar con ellos abiertamente – así dice el Evangelio: “abiertamente” – de aquello que le espera en Jerusalén: «El Hijo del hombre – dice – debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (v. 22).

Aquellas mismas preguntas hoy son propuestas a cada uno de nosotros: “¿Quién es Jesús para la gente de nuestro tiempo? Pero la otra es más importante: ¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros?”. ¿Para mí, para ti, para ti, para ti, para ti…? ¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros? Estamos llamados a hacer de la respuesta de Pedro nuestra respuesta, profesando con alegría que Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre que se ha hecho hombre para redimir la humanidad, vertiendo sobre ella la abundancia de la misericordia divina. El mundo tiene más que nunca necesidad de Cristo, de su salvación, de su amor misericordioso. Muchas personas experimentan un vacío a su alrededor y dentro de sí – tal vez, algunas veces, también nosotros –; otras viven en la inquietud y en la inseguridad a causa de la precariedad y de los conflictos. Todos tenemos necesidad de respuestas adecuadas a nuestras interrogantes, a nuestras preguntas concretas. En Cristo, solo en Él, es posible encontrar la paz verdadera y el cumplimiento de toda humana aspiración. Jesús conoce el corazón del hombre como ningún otro. Por esto lo puede sanar, dándole vida y consolación.

Después de haber concluido el diálogo con los Apóstoles, Jesús se dirige a todos diciendo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga» (v. 23). No se trata de una cruz ornamental, o ideológica, sino es la cruz de la vida, es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor – por los padres, por los hijos, por la familia, por los amigos, también por los enemigos –, la cruz de la disponibilidad a ser solidario con los pobres, a comprometerse por la justicia y la paz. En el asumir esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que «el que pierda su vida – por Cristo – la salvará» (v. 24). Es perder, para ganar. Y recordemos a tonos nuestros hermanos que todavía hoy ponen en práctica estas palabras de Jesús, ofreciendo su tiempo, su trabajo, sus fatigas e incluso su propia vida para no negar su fe a Cristo. Jesús, mediante su Santo Espíritu, nos dará la fuerza de ir adelante en el camino de la fe y del testimonio: hacer aquello en lo cual creemos; no decir una cosa y hacer otra. Y en este camino siempre está cerca de nosotros y nos precede la Virgen: dejémonos tomar de la mano por ella, cuando atravesamos los momentos más oscuros y difíciles».

Ángelus del Papa Francisco en el domingo 19 de junio de 2016.
  

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. ¿Mis pensamientos o criterios son los de Dios? ¿Entiendo lo que significa y distingo entre lo que son: “pensamientos de Dios” y “pensamientos del mundo”?  ¿En qué medida me dejo llevar por los criterios del mundo?

2. Aprendamos de María a ver las cosas «desde los ojos de Dios» y a darnos de manera generosa a los demás. Leamos con atención el pasaje de Lucas 1, 26-58. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965- 1974. 2055
  


[1] El sacerdote Fasur o Pasjur, hijo de Imer y Superintendente del Templo, mandó dar 40 azotes a Jeremías - que la ley permitía (Deut 25,2) - y le echó en el cepo, sujetándolo por el cuello, los brazos y pies mediante grillos. La pena era muy dura, ya que el prisionero no tenía posibilidad de moverse (ver Jer 20,1-6). El profeta azotado es considerada figura de nuestro Redentor. 
[2] Recordemos que «la persecución» en nombre de Dios es una de las ocho bienaventuranzas de Jesús: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros» (Mt 5,10-12).
[3] Satanás: significa adversario, uno que se opone a otro ya sea en propósito o en acto. Satanás era el nombre dado al príncipe de los demonios, adversario inveterado de Dios y de sus planes. Se aplica también a todo hombre que se asemeja a Satanás, todo hombre que en propósito o en acto se opone a los planes de Dios.
[4] La palabra griega para «obstáculo» es «skandalon» que quiere decir  palo o gatillo movible de una trampa. Cualquier impedimento situado en el camino, y que (para el caminante) es causa de tropiezo, obstáculo  y caída (“piedra de tropiezo, piedra de escándalo”). También, como en este caso, se dice de toda persona o cosa por la que uno es atrapado o llevado al error o al pecado.

Santa Rosa de Lima – 30 de agosto de 2017

« El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza» 


Lectura del libro del Eclesiástico 3, 17- 24  

«Haz, hijo, tus obras con dulzura, así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado. No busques lo que te sobrepasa, ni lo que excede tus fuerzas trates de escrutar. Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es menester lo que está oculto. 

En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos descaminaron sus prejuicios, una falsa ilusión extravió sus pensamientos». 


Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 3, 8-14

«Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la  justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. 

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que  está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13, 31-35 

«Otra parábola les propuso: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas”. 

Les dijo otra parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres  medidas de harina, hasta que fermentó todo”. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo». 


Pautas para la reflexión personal  

El nexo entre las lecturas

¿Qué es la santidad? Las bellas lecturas de esta Solemnidad nos hablan claramente cuál es el camino que debemos de recorrer para alcanzar la santidad. «Hacer tus obras con dulzura» nos dice el libro del Eclesiástico, pero con humildad ya que «cuánto más grande seas, más debes de humillarte». Para San Pablo el camino a la santidad es una carrera donde todas las cosas las tiene «por basura para ganar a Cristo». Tal es su ardor y amor por alcanzar la meta prometida. Finalmente vemos cómo el Señor Jesús, mediante dos parábolas, nos enseña la senda a recorrer: la humildad. Seremos «grandes»  en la medida que seamos conscientes de nuestra «pequeñez». Y así el Señor hará maravillas. Santa Rosa de Lima encarnó plenamente este ideal de sencillez floreciendo así como el primer fruto de santidad en estas tierras americanas.            


«Cuanto más grande seas, más debes humillarte»

Las palabras del libro del Eclesiástico adquieren una vigencia extraordinaria ante el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: «Yo estoy entre vosotros como un sirviente» (Lc 22, 27). Y lavó los pies de todos sus apóstoles, incluyendo a Judas Iscariote, para que lo imitáramos (ver Jn 13,14); y se negó a sí mismo  para gloria de Dios Padre(ver Flp 2,3ss). ¿Quién encarnará de manera particular este camino de dulzura, de humildad y de plena colaboración gracia? Sin duda nuestra Madre María. Ella se ve a sí misma como «la sierva del Señor» y proclama, ante su prima Isabel, su humildad precisamente cuando es elevada a una grandeza por la cual todas las generaciones la llamarán «bienaventurada» (ver Lc 1, 46- 55).      

El libro del Eclesiástico si bien forma parte de la Biblia griega – llamada de los Setenta – no figura en el canon judío. Sin embargo fue compuesta en hebreo. San Jerónimo la conoció en su lengua original y los rabinos la citaban. Cerca de dos tercios de este texto hebreo fueron encontrados en 1896 en los restos de varios manuscritos de la Edad Media procedentes de una antigua sinagoga en el Cairo. Pequeños fragmentos han aparecido en una de las cuevas de Qumrán[1] y en 1964 se ha descubierto en Masada[2] un largo texto que contiene los capítulos 38, 27 al 44, 17 en escritura del siglo I A.C. 

Su título latino «Eclesiaticus» es una denominación reciente que sin duda subraya el uso oficial que hacía la Iglesia en sus primeros siglos, en contraposición con la Sinagoga. En el último versículo vemos que el libro se llamaba «Sabiduría de Jesús, hijo de Sirá» (Eclo 51,30). También leemos en otro acápite: «Instrucción de inteligencia y ciencia ha grabado en este libro Jesúshijo de SiráEleazar de Jerusalén que vertió de su corazón sabiduría a raudales» (Eclo 50, 27). El nieto del autor explica, en el prólogo, que tradujo el libro cuando vino a residir en Egipto el año 38 del rey Evergetes (ver Eclo 1, 1-34). No puede tratarse más que Ptolomeo VII Evergetes, y la fecha corresponde al año 132 A.C. Su abuelo, Ben Sirá, escribió alrededor del año 190- 180 A.C.     


«Todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo»

¿Qué lleva a una persona afirmar que: «todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo»San Pablo abre su corazón y nos comparte cuál ha sido su experiencia personal al encontrarse con el Señor Jesús. Nos dice «lo que para mí era ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo» (Flp 3, 7). Todo es ahora sopesado desde el encuentro con el «Señor de la Vida». Nada de lo que vemos en este mundo podrá saciar nuestro corazón. El joven rico del Evangelio tenía también ese profundo «hambre de Dios» pero no pudo ser fiel a lo que ardía dentro de él. Entonces vemos como se aleja triste «porque tenía muchos bienes» que cerraron su corazón a la gracia de Dios (ver Mc 10,22). 

¿Cómo entiende San Pablo la vida cristiana? San Pablo usará la metáfora de una carrera la cual no debe entenderse como una carrera de 100 metros, sino como una maratón que dura toda la vida hasta llegar a la meta: la vida eterna. Como dice San Agustín: «Si tú dices basta, estás muerto». Por otro lado nos recomienda no mirar lo que uno ha dejado ya que corramos dejando atrás esas pesadas piedras (recuerdos negativos, añoranzas, pecados habituales, etc.) que no nos llevan a ningún lugar sino simplemente nos atrasan en nuestro camino al cielo.    


El Reino de los Cielos

Las parábolas que leemos en la lectura del Evangelio de San Mateo nos introducen al tema de: «El Reino de los Cielos es semejante a...». Inmediatamente la pregunta que nos hacemos es: ¿Qué es el Reino de los Cielos? ¿Qué quiere decir Jesús con esta expresión que es usada tan a menudo por Él? En realidad vemos como Jesús busca a través de las parábolas transmitir una idea más clara de lo que es el «Reino de los Cielos». Sin duda es la podemos afirmar que es la mejor expresión para llamar de alguna manera adecuada y verdadera la novedad que entró en el mundo con su venida. En la Persona de Jesús Dios mismo entró en la historia humana. El Dios que «habita una luz inaccesible y a quien no ha visto ningún ser humano ni lo  puede ver» (1Tm 6,16), aquél cuyo nombre es tan trascendente que ni siquiera se podía pronunciar, ahora es parte de nuestra historia humana; todo hombre y toda mujer tienen parentesco con Él, pues todos comparten con Él la naturaleza humana. Esto es lo que San Juan nos dice de manera tan contundente: «La Palabra era Dios... La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,1.14). Ya no es un Dios lejano e inaccesible; ahora habita entre nosotros, se ha hecho uno de nosotros. El misterio admirable de que el Eterno haya entrado en el tiempo y el Inmenso se haya hecho un niño pequeño no se puede encerrar en fórmulas exactas; sólo se puede sugerir. Con este fin recurrió Jesús al concepto de «Reino de los Cielos»

Por medio de la parábola del grano de mostaza Jesús quiere predecir el asombroso crecimiento que tendría en el mundo lo que comenzó tan modestamente con sus primeros discípulos: «El grano de mostaza es ciertamente más pequeña que cualquier otra semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace árbol». Por medio de la parábola de la levadura en la masa Jesús impone a sus discípulos la tarea de difundir en el mundo y hacer penetrar en todos los ambientes lo enseñado por él: «El Reino de los cielos es como la levadura que fermenta todo». A esto se refiere la expresión «evangelización de la cultura»; se trata de que los valores evangélicos resplandezcan en todas las manifestaciones de la vida humana. Los santos serán esa levadura en medio de la masa. El gran escritor francés Georges Bernanos, a quien siempre le fascinó la idea de los santos, decía que «cada vida de santo es como un nuevo florecimiento de primavera». Sin duda Santa Rosa destacó como fruto maduro de santidad en ese bello jardín primaveral. 


Una palabra del Santo Padre: 

«Queridísimos hermanos y hermanas, reanudando nuestra peregrinación espiritual por los santuarios del continente americano, con motivo del V Centenario de la evangelización, vamos hoy a Lima, capital del Perú, para visitar el templo dedicado a santa Rosa. Joven mestiza, enamorada de Cristo y de su cruz, Rosa representa una primicia de santidad florecida en América precisamente en el alba del anuncio del Evangelio. El santuario dedicado a ella, meta de constantes peregrinaciones, lo forman la iglesia, el jardín y la casa en la cual vivió y murió el 24 de agosto de 1617, cuando tenía poco más de 30 años. 

Muy jovencita aún Rosa vistió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. En el jardín de su casa ella misma construyó una ermita, donde se dedicó a la oración y a la penitencia, realizando notables progresos en el camino de la virtud y de la contemplación de los misterios divinos. La ermita se transformó en un grandioso templo, recientemente inaugurado. Primera santa de América, Rosa de Lima, con su vida sencilla y austera su carácter dulce, su ardiente palabra y su apostolado entre los pobres, los indios y los enfermos, fue también una intrépida evangelizadora, testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio.

La próxima Conferencia de Santo Domingo ha de recordar a las santas y santos latinoamericanos y proclamar con énfasis que el fruto más luminoso de la evangelización es la santidad. Que la Iglesia en América Latina, en continuidad con estos quinientos años de fe que celebramos, siga siendo madre de numerosos y fieles discípulos de Cristo. Lo pedimos a María, que ha sido la primera evangelizadora de ese continente rico de posibilidades y esperanzas para la difusión del mensaje evangélico».

San Juan Pablo II. Ángelus, Domingo 6 de Septiembre de 1992. 


Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana  

1. Nos dice Santa Rosa: «Esta es la única verdadera escala del Paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo»[3]. ¿Acepto mi Cruz diaria como verdadero camino para ir al Cielo?

2.  Nos decía el entonces Cardenal Joseph Ratzinger el año 1986 en su visita al Santuario de Santa Rosa de Lima: «De cierta forma esta mujer es la personificación de la Iglesia en América Latina: inmersa en el sufrimiento, desprovista de medios materiales y de un poder significativo; pero envuelta por el íntimo ardor causado por la proximidad de Jesucristo». ¿Realmente yo ardo en mi encuentro con Jesucristo? ¿Deseo ardientemente la santidad?   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 618. 2012- 2016. 2449.   



[1] Qumrán: nombre de una santiguas ruinas ubicadas al noroeste del mar Muerto. En esta región se han descubierto desde 1947 once cuevas con importantes depósitos de documentación bíblica. Las excavaciones (1951-1956)  indican que los grupos de edificios encontrados constituían la sede de la comunidad monástica que produjo los rollos del mar Muerto. En la época de Cristo, Qumrán era el centro de una gran comunidad religiosa, probablemente de la secta esenia. Los esenios se escindieron de la religión judía en el siglo II A.C., y, perseguidos por los Macabeos, huyeron al desierto, que les pareció muy adecuado para su vida ascética. El enclave de Qumrán fue probablemente ocupado hacia el 135 a.C. Abandonado tras un terremoto en el 31 a.C., fue finalmente destruido por los romanos en el 68 D.C.   
[2] Masada (del hebreo, Metsada; ‘fortaleza’), antigua fortificación en la cumbre de una montaña en el desierto, a unos 48 km al sureste de Jerusalén, escenario de la última resistencia llevada a cabo por los zelotes judíos en su revuelta contra el dominio del Imperio romano (66-73 D.C.). En el siglo I a.C. el rey judío Herodes el Grande construyó dos palacios fortificados. Tras la muerte de Herodes, Masada fue ocupada por una guarnición romana hasta que los zelotes la capturaron en el 66 D.C. Cuando Jerusalén fue tomada por los romanos en el 70, los últimos rebeldes que quedaban (unas mil personas, entre las que se contaban incluso mujeres y niños) se retiraron a la remota cumbre de la montaña. Bajo el mando de su líder, Eleazar ben Jair, resistieron un sitio de más de dos años por parte de la X Legión Romana, suicidándose antes de rendirse en el 73. 
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 618.

lunes, 21 de agosto de 2017

Domingo de la Semana 21 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 27 de agosto de 2017

«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»


Lectura del libro del profeta Isaías 22, 19-23

«Te empujaré de tu peana y de tu pedestal te apearé. Aquel día llamaré a mi siervo Elyaquim, hijo de Jilquías.  Le revestiré de tu túnica, con tu fajín le sujetaré, tu autoridad pondré en su mano, y será él un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.  Le hincaré como clavija en lugar seguro, y será trono de gloria para la casa de su padre».


Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 11, 33-35

«¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O  ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa?  Porque de él, por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén».


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-20 

«Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" Ellos dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas". Díceles él: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?" 

Simón Pedro contestó: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Replicando Jesús le dijo: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.»


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La impresionante confesión de Pedro en el Evangelio concentra nuestra atención en este domingo. Pedro menciona dos verdades fundamentales acerca del Señor Jesús: su mesianismo y su divinidad. Es decir, Él es el Mesías esperado ungido por el Espíritu Santo para realizar su misión redentora instaurando definitivamente el Reino de Dios. Jesucristo es reconocido como el Hijo de Dios vivo. Pedro reconoce el carácter trascendente de la filiación divina y por eso Jesús afirma solemnemente: «esto no te lo ha revelado la carne, ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo».

No se equivoca Pablo al exponer, después de una larga meditación sobre el misterio de la reconciliación, que los planes divinos son inefables: «qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios» (Segunda Lectura). Así vemos como, después de su confesión, Pedro recibe el primado: será la piedra fundamental de la Iglesia y poseerá las llaves de los cielos ejerciendo así la función de «maestro del palacio» como leemos que fue otorgada al buen siervo Elyaquim (Primera Lectura).  


«¿Quién dicen los hombres que soy yo?»

Si leemos con atención los Evan­gelios observaremos que tanto en su enseñanza como en su estilo de vida Jesús aparecía como uno de los grandes profetas de Israel. La mujer samari­tana le dice: «Veo que eres un profe­ta» (Jn 4,19); cuando le pregun­tan al ciego de nacimiento qué dice de Jesús, respon­de: «Que es un profeta» (Jn 9,17); los discípulos de Emaús no podían creer que el desconocido que se les une en el camino no haya oído hablar de «Jesús de Nazaret, que fue un profeta podero­so» (Lc 24,19); y, en fin, el mismo Jesús toma con decisión el camino de Jerusalén, según dice, «porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Por eso cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», ellos responden: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Es cierto. Jesús es visto como «un profeta pode­roso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pue­blo», como lo definen los discípulos de Emaús. Pero es mucho más que eso. Hoy día los que no tienen fe en Cristo dan una respuesta similar: «fue un gran hombre, un maestro espiritual, un gurú, un hombre como ninguno, su doc­trina es muy elevada, etc.» Pero los que se quedan sólo en esto, no saben lo que están diciendo ya que no conocen realmente quién es Jesús.


«Y ahora ustedes… ¿quién dicen que yo soy?»

Jesús quiere ahora saber qué dicen de Él sus discípu­los, es decir aquellos que lo habían dejado todo y lo habían seguido. Y mientras los otros pensaban en qué respuesta dar, se adelanta Pedro y exclama: «Tú eres el Cristo[1], el Hijo de Dios vivo». Si todo el Evangelio no es más que la revelación de la identidad de Cristo, el Verbo de Dios Encarnado, entonces esta frase de Pedro puede ser considerada el centro del Evangelio. Es interesante recordar que los apóstoles ya lo habían reconocido como «Hijo de Dios  vivo» después de haber caminado sobre las aguas (ver Mt 14, 33); sin embargo es Pedro quien declara explícitamente su mesianidad y su divinidad siendo el portavoz de los Doce.

Jesús aprue­ba la declaración de Pedro y lo llama «bienaventurado» porque no pudo concluir eso por deducción humana, sino por inspiración divina: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre (es decir, el hombre), sino mi Padre que está en los cielos». De paso, Jesús enseña que el conocimiento verdadero sobre Él no se logra por un esfuer­zo de la inteligencia humana, sino que es un puro don gratuito de Dios. Al hombre toca solamente no poner obstáculos y colaborar activamente con el don recibido. Por eso no tiene sentido que una persona sin fe reproche a otra que cree por sus opciones de vida. Sería como si un ciego reprochara a un pintor por los colores que usa.


«Tú eres Piedra» 

Jesús responde a Pedro con frase de idéntica estructura: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Es necesario observar que antes de esta frase de Cristo, el nombre «Pedro», que hoy es tan popular, no existía, ni tampoco su equivalente arameo «Kefa». El príncipe de los apóstoles no se llamaba así; su nombre era Simón, hijo de Jonás. Si el Evangelio lo llama «Pedro» y si así lo llamamos nosotros hoy es exclusivamente porque éste fue el nombre que le dio Jesús en la frase que hemos citado. No se puede negar que Jesús intentó hacer un juego de palabras con el nuevo nombre dado a Simón y la tarea que le era reservada. En el ambiente semítico el nombre representa lo que la persona es. El cambio de nombre, sobre todo, cuando el que lo hace es Dios mismo, indica una misión específica. En este caso, Jesús cambia el nombre de Simón y lo llama «Pedro» para confiarle la misión de piedra basal (base de una columna) sobre la que iba a edificar «su Igle­sia». Podemos concluir claramente que una comunidad cristiana que no reconozca a Pedro como su fundamento no puede llamarse la «Iglesia de Cristo». 

Jesús continúa: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». A nadie dijo Jesús palabras semejan­tes. Si lo que haga Pedro en la tierra queda hecho en el cielo, eso quiere decir que Pedro no puede errar cuando define una verdad relativa al Reino de los cielos, pues en el cielo no puede quedar sancionado un error. Por tanto, esta sentencia de Cristo promete a Pedro el don de la «infalibilidad» en materia de fe y moral.


«La llave de la casa de David» 

El profeta Isaías es enviado por Dios para comunicarle a Sebná su trágico final. Él era un alto funcionario del rey Ezequías, que era partidario de la alianza con Egipto contrariando la política propuesta por Isaías de confiar ciegamente en Yahveh (ver Is 22, 15-18). En sustitución será elegido Elyaquim, a quien Dios llama «mi siervo» en razón de su fidelidad. Dios le revestirá con las insignias propias de su cargo y por su conducta merecerá el título de «padre» para con los habitantes de Jerusalén y de Judá.  Dios le dará la «llave de la casa de David», símbolo de su poder como mayordomo de palacio, primer ministro o visir. Su poder será extremamente amplio y nadie se lo quitará. Parece ser que el encargado de tal oficio debía llevar ritualmente una gran llave de madera sobre su hombro (v 22). 

Yahveh lo fijará como un clavo o estaca de tienda y será el sostén de su familia. Todos sus parientes, aún los más lejanos querrán apoyarse en él para obtener favores reales: «De él colgará toda la gloria de la casa de su padre, los hijos y los nietos, todos los vasos pequeños, desde la copa hasta toda clase de jarros» (Is 22,24). Sin embargo, paradójicamente, leemos en el versículo 25, el anuncio de la caída del buen Elyaquim y de su familia a causa de su excesivo nepotismo. 


Hasta el fin de los tiempos… 

Volviendo a la lectura del Evangelio vemos como Jesús quiso fundar una Iglesia que perdurara hasta el fin de los tiempos. Por eso afirma aquí que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. Y cuando asciende al cielo, promete: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Debe perdurar también la piedra de la Iglesia; debe perdurar también Pedro. Esta misma misión, con la misma garantía divina de la infa­libilidad, perdura en los Sucesores de Pedro, es decir, en el Romano Pontífice. Si no tuviéramos fe, de todas maneras, un estudio histórico de esta institución que, a pesar de todos los emba­tes, ha durado ya veinte siglos, debería hacernos pensar. Más que nunca resplandece esta verdad hoy en la perso­na y en la misión del Papa Francisco. 

Tal vez nadie mejor que el gran artista Miguel Ángel ha inter­pretado esa promesa de Cristo. Lo hizo como genio de la arquitectura construyendo la magnífica cúpula de la basílica de San Pedro. En su ruedo interior tiene escritas las palabras que Jesús dijo a Pedro. Y en su imponente presencia exte­rior desafía los ataques de «las puertas del infierno». Es como la casa edifi­cada sobre roca que resiste todos los embates de las fuerzas hostiles. Hace algunos años en un sello postal de la Ciudad del Vaticano fue captada esta idea de manera magistral; aparecía la cúpula majestuosa, que en los peores embates, imperturbable, parecía decir: «Alios vidi ventos, aliasque tor­men­tas» (He visto otros vendavales y otras tor­mentas).


Una palabra del Santo Padre: 

«Detengámonos un momento precisamente en este punto, sobre el hecho de que Jesús atribuye a Simón este nuevo nombre: “Pedro”, que en la lengua de Jesús suena “Cefas”, una palabra que significa “piedra”. En la Biblia este nombre, este término, “piedra”, está referido a Dios. Jesús lo atribuye a Simón, no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y firme, que le viene de lo alto. Jesús siente en su corazón una gran alegría, porque reconoce en Simón la mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios Padre ha dado a Simón una fe “fiable”, sobre la cual Él, Jesús, podrá edificar su Iglesia, es decir su comunidad. Es decir, todos nosotros. Todos nosotros.

Jesús tiene el propósito de dar vida a “su” Iglesia, un pueblo fundado ya no en su descendencia, sino en la fe, es decir, en la relación con Él mismo, una relación de amor y de confianza. Nuestra relación con Jesús edifica la Iglesia. Y, por tanto, para iniciar su Iglesia, Jesús tiene necesidad de encontrar en los discípulos una fe sólida, una fe “de confianza”. Esto es lo que Él debe verificar en este punto del camino. Y por eso formula la pregunta. El Señor tiene en su mente la imagen del construir, la imagen de la comunidad como edificio. He aquí porqué, cuando siente la profesión de fe genuina de Simón, lo llama “piedra”, y manifiesta la intención de construir su Iglesia sobre esta fe.

Hermanos y hermanas, lo que sucedió de modo único en San Pedro, sucede también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús, el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Evangelio de hoy también interpela a cada uno de nosotros. ¿Cómo va tu fe? Cada uno responda en su corazón, eh. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo es? ¿Qué encuentra el Señor en nuestros corazones? ¿Un corazón firme como la piedra o un corazón arenoso, es decir, dudoso, difidente, incrédulo? Nos hará bien en la jornada de hoy pensar en esto. 

Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe, no digo perfecta, pero sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros piedras vivas con las cuales construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra fundamental es Cristo, piedra angular y única. Por su parte, Pedro es piedra, en cuanto fundamento visible de la unidad de la Iglesia; pero cada bautizado está llamado a ofrecer a Jesús su propia fe, pobre, pero sincera, para que Él pueda seguir construyendo su Iglesia hoy, en todas partes del mundo.».

Papa Francisco. Ángelus 14 de agosto de 2014.  


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.  

1. La liturgia de hoy nos invita a incrementar nuestro amor y adhesión al Papa, como sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Veamos en él al Buen Pastor, veamos en él a la roca sobre la que se edifica la Iglesia, veamos en él a quien posee las llaves del Reino de los cielos. Acompañémosle, no sólo con nuestra oración, sino también con nuestro apostolado. 

2. «Porque de él, por Él y para Él son todas las cosas», nos dice San Pablo en su carta a los Romanos. ¿Qué lugar ocupa el Señor Jesús en mi vida y en la de mi familia? ¿Dios es importante en mi familia? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436- 445.



[1] Jesús es reconocido como el Mesías esperado. La palabra Cristo proviene de la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías» que quiere decir «Ungido» (ver Catecismo de la Iglesia Católica 436).