domingo, 30 de enero de 2022

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 30 de enero de 2022

«Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó»

Lectura del libro del profeta Jeremías 1, 4-5.17-19

«El Señor me habló así: Antes de formarte en el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones. Pero tú, cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, no sea que yo te haga temblar ante ellos. Yo te constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce frente a todo el país: frente a los reyes de Judá y sus príncipes, frente a los sacerdotes y los terratenientes. Ellos lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte. Oráculo del Señor».

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 31-13,13

«En todo caso, aspirad a los carismas más valiosos. Pero aún, os voy a mostrar un camino que los supera a todos. Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de hablar en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque mi fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. El amor no pasa jamás. Desaparecerá el don de hablar en nombre de Dios, cesará el don de expresarse en un lenguaje misterioso, y desaparecerá también el don del conocimiento profundo. Porque ahora nuestro saber es imperfecto, como es imperfecta nuestra capacidad de hablar en nombre de Dios; pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, razonaba como niño; al hacerme hombre, he dejado las cosas de niño. Ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me conoce. Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 4, 21-30

«Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar. Todos asentían y se admiraban de las palabras que acababa de pronunciar. Comentaban: ¿No es éste el hijo de José? Él les dijo: Seguramente me recordaréis el proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu pueblo».

Y añadió: La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra. Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio. Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación; se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo. Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Este Domingo las lecturas nos van a ayudar a meditar en algo que es fundamental para todo ser humano: ¿Qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Para qué he sido creado? ¿Cuál es mi misión en este pasajero mundo? Jeremías, Pablo y el Señor Jesús nos van a mostrar, cada uno, la misión a la cual Dios nos ha convocado. Tres hombres con una única misión. El centro es sin duda Jesucristo, plenitud de la revelación. Nuestro Señor Jesús es el enviado del Padre para traernos la reconciliación a todos los hombres, sin distinción alguna entre judíos y gentiles (Evangelio).

La misión profética de Jesús está prefigurada en Jeremías, el gran profeta de Anatot durante el primer cuarto del siglo VI a.C., de cuya vocación y misión, en tiempos de la reforma religiosa del rey Josías y luego durante el asedio y la caída de Jerusalén, trata la Primera Lectura. Pablo, antes Saulo de Tarso, lleva adelante la enorme misión evangelizadora dada a los apóstoles directamente por Jesús, compartiéndonos en esta bella lectura, lo único que debe de alimentar el corazón del hombre: el amor.

 

«Antes de formarte…antes que salieras del seno…te consagré» 

La vocación de Jeremías nos ayuda a entender el maravilloso designio de Dios para cada uno de nosotros. Como la mayoría de las narraciones vocacionales, subraya la irrupción de Dios en la vida del hombre como algo inesperado y diferente. La palabra indica el carácter personal de esa comunicación divina; el imperativo expresa la experiencia del impulso irresistible; la objeción no es mero desahogo, sino que recoge las dificultades reales de la llamada y supone su libertad de aceptación; el signo externo, finalmente, equivale a las credenciales del enviado. Saber qué es lo que Dios quiere de mí debe ser una constante experiencia vital, pero aquí vemos ese primer momento crucial donde la persona toma conciencia de su propia dignidad y por lo tanto, de su llamado personal.

La misión de arrancar y arrasar, edificar y plantar (ver Jr 18,7; 31,28; 24,6; 31,40; 42,10 y 45,4), resume admirablemente las dos dimensiones fundamentales de la misión profética de Jeremías y, por qué no decirlo, de todo cristiano: denuncia del pecado y el error; anuncio de la salvación y la reconciliación de Dios. La misión recibida obliga al profeta a estar preparado interna y externamente. Deberá hacer acopio de fortaleza para soportar los obstáculos y enemigos; comenzando por su propia fragilidad personal. Dios sale al encuentro y le dice que no tema porque «yo estoy contigo para salvarte».

 

«La mayor de todas es la caridad» 

La Segunda Lectura es sin duda, una de las páginas más bellas de toda la Sagrada Escritura. Alguien ha llamado a esta singular página paulina el Cantar de los Cantares de la Nueva Alianza. También se la conoce habitualmente con el título de «himno al amor» o «himno a la caridad»; no tanto por el ritmo poético, que no es evidente, cuanto por el bello contenido. Este himno no está desvinculado del contexto inmediato, pues aunque su mensaje es eterno, cada línea, cada afirmación está orientada a iluminar a los corintios sobre el tema de los carismas.

Todo el mensaje se despliega en tres magníficas estrofas. Ante todo sin amor hasta las mejores cosas se reducen a la nada (1 Cor 13,1-3). Ni los carismas más apreciados, ni el conocimiento más sublime, ni la fe más acendrada, ni la limosna más generosa, valen algo desconectados del amor. Sólo el amor, el verdadero amor cristiano hace que tengan valor todas las realidades y comportamientos del creyente.  En un segundo párrafo nos dice que el amor es el manantial de todos los bienes (1 Cor 13,4-7). En esta estrofa enumera san Pablo quince características o cualidades del verdadero amor al que presenta literariamente personificado de manera semejante a como se personifica a la sabiduría en los pasajes del Antiguo Testamento citados más arriba. Siete de estas cualidades se formulan positivamente y otras ocho de forma negativa. Y se trata de cosas sencillas y cotidianas para que nadie piense que el amor es cosa de «sabios y entendidos». Pero al mismo tiempo se insinúa que ser fieles a este amor supone un comportamiento heroico, porque el común de los hombres, los corintios en concreto, actúan justamente al revés.

Finalmente, el amor es ya aquí y ahora lo que será eternamente ya que por él participamos de la misma vida divina (1 Cor 13,8-13). El amor del que aquí habla San Pablo no es el amor egoísta y autosuficiente. Es el amor cristiano (ágape) que se dirige conjuntamente a Dios y a nuestros hermanos, y que ha sido derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones (ver Rom 5,5); es, en fin, un amor sin límites como el que nos ha mostrado Jesús al entregarse por cada uno de nosotros.

Nos ha dicho Benedicto XVI en Deus Caritas est: «Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un “mandamiento” externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es “divino” porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “ todo para todos” (cf. 1 Co 15, 28)»[1].

 

«¿No es éste el hijo de José?»

Cualquier persona que lea con atención el Evangelio de hoy puede percibir que se produce un cambio brusco en la multitud que escuchaba a Jesús. Después del discurso inaugural en que Jesús, explicando la profecía mesiánica de Isaías, la apropia a su persona (como se comentaba el Domingo pasado), el Evangelio observa: «Todos en la sinagoga daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca». En términos modernos se podría decir que Jesús gozaba de gran populari­dad. Pero al final de la lectura la situación es exactamente la contraria ya que querían arrojarlo por despeñadero. ¿Qué pasó? ¿Por qué se produjo este cambio en el público? Lo que media entre ambas reacciones no es suficiente para explicar un cambio tan radical.

Cuando Jesús concluyó sus palabras, ganándose la admira­ción y el entusiasmo de todos, a alguien se le ocurrió poner en duda su credibilidad recordando la humildad de su origen. Recordemos que esto ocurría en Nazaret donde Jesús se había criado. No pueden creer que alguien a quien conocen desde pequeño pueda haberse destacado así, y se preguntan: «¿De dónde le viene esto? ¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?... ¿No es éste el carpintero, el hijo de Ma­ría...?» (Mc 6,2-3). La envidia, esta pasión humana tan antigua, entra en juego y los ciega, impidiéndoles admitir la realidad de Jesús. Esto da pie para que Jesús diga la famosa sentencia: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». Y les cita dos episodios de la historia sagrada en que Dios despliega su poder salvador sobre dos extranjeros. Cuando un predicador goza de prestigio y aceptación puede decir a sus oyentes esto y mucho más sin provocar por eso su ira. Es que aquí hay algo más profundo; aquí está teniendo cumplimiento lo que todos los evangelistas regis­tran perple­jos: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibie­ron» (Jn 1,11). Estamos ante el misterio de la iniquidad humana: aquél que era «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14) iba a ser rechazado por los hombres hasta el punto de someterlo a la muerte más ignominiosa. Pero, aunque «nadie es profeta en su tierra» y la autoridad de Jesús era contesta­da, aunque fue sacado de la sinagoga y de la ciudad a empujones con intención de despeñarlo, sin embargo, Jesús mantiene su majestad, y queda dueño de la situación.

El pueblo de Israel, que había esperado y anhelado la venida del Mesías durante siglos y generaciones, cuando el Mesías vino, no lo reconocieron. Es que tenían otra idea de lo que debía ser el Mesías y no fueron capaces de convertir­se a la idea del Mesías que tenía Dios. Un Mesías pobre que no tiene dónde reclinar su cabeza, que anuncia la Buena Noticia a los pobres y los declara «bienaventurados», que come con los publicanos y pecadores y los llama a conver­sión, esto no cuadraba con la idea del Mesías que se había formado Israel. La aceptación de Jesús como el Salvador, exigía un cambio radical de mentalidad; para decirlo breve, exigía un acto de profunda fe. Y este Evangelio se sigue repitiendo hoy, porque también hoy Jesús, por medio de su Iglesia, sigue diciendo las mismas cosas que provocaron el rechazo de sus contempo­ráneos. Y esas cosas provocan el rechazo también de muchos hombres y mujeres de hoy. También hoy es necesario un acto de confianza para aceptar a Jesús; estamos hablando del verdadero Jesús, es decir, del Jesús que no se encuentra sino en su Iglesia. Porque también hoy hay muchos que se han hecho una idea propia de Jesús, una idea de Jesús que les es simpática y que no los incomoda de ninguna manera, porque no les exige nada.

 

Una palabra del Santo Padre:

El Papa partió del relato del retorno de Jesús a Nazaret, como lo propone Lucas (4, 16-30) en uno de los pasajes del Evangelio entre los más «dramáticos», en el que —dijo el Pontífice— «se puede ver cómo es nuestra alma» y cómo el viento puede hacer que gire de una parte a otra. En Nazaret, como explicó el Santo Padre, «todos esperaban a Jesús. Querían encontrarle. Y Él fue a encontrar a su gente. Por primera vez volvía a su lugar. Y ellos le esperaban porque habían oído todo lo que Jesús había hecho en Cafarnaún, los milagros. Y cuando inicia la ceremonia, como es costumbre, piden al huésped que lea el libro. Jesús hace esto y lee el libro del profeta Isaías, que era un poco la profecía sobre Él y por esto concluye la lectura diciendo: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”».

La primera reacción —explicó el Pontífice— fue bellísima; todos lo apreciaron. Pero después en el ánimo de alguno empezó a insinuarse la carcoma de la envidia y comenzó a decir: «¿Pero dónde ha estudiado éste? ¿No es éste el hijo de José? Y nosotros conocemos a toda la familia. ¿Pero en qué universidad ha estudiado?». Y empezaron a pretender que Él hiciera un milagro: sólo después creerían. «Ellos —precisó el Papa— querían el espectáculo: “Haz un milagro y todos nosotros creeremos en ti”. Pero Jesús no es un artista».

Jesús no hizo milagros en Nazaret. Es más, subrayó la poca fe de quien pedía el «espectáculo». Estos, observó el Papa Francisco, «se enfadaron mucho, y, levantándose, empujaban a Jesús hasta el monte para despeñarle y matarle». Lo que había empezado de una manera alegre corría peligro de concluir con un crimen, la muerte de Jesús «por los celos, por la envidia». Pero no se trata solamente de un suceso de hace dos mil años, evidenció el Obispo de Roma. «Esto —dijo— sucede cada día en nuestro corazón, en nuestras comunidades» cada vez que se acoge a alguien hablando bien de él el primer día y después cada vez menos hasta llegar a la habladuría casi al punto de «despellejarlo». Quien, en una comunidad, parlotea contra un hermano acaba por «quererlo matar», subrayó el Pontífice. «El apóstol Juan —recordó—, en la primera carta, capítulo 3, versículo 15, nos dice esto: el que odia en su corazón a su hermano es un homicida». Y el Papa añadió enseguida: «estamos habituados a la locuacidad, a las habladurías» y a menudo transformamos nuestras comunidades y también nuestra familia en un «infierno» donde se manifiesta esta forma de criminalidad que lleva a «matar al hermano y a la hermana con la lengua».

Entonces, ¿cómo construir una comunidad?, se preguntó el Pontífice. Así «como es el cielo», respondió; así como anuncia la Palabra de Dios: «Llega la voz del arcángel, el sonido de la trompa de Dios, el día de la resurrección. Y después de esto dice: y así para siempre estaremos con el Señor». Por lo tanto, «para que haya paz en una comunidad, en una familia, en un país, en el mundo, debemos empezar a estar con el Señor. Y donde está el Señor no hay envidia, no está la criminalidad, no existen celos. Hay fraternidad. Pidamos esto al Señor: jamás matar al prójimo con nuestra lengua y estar con el Señor como todos nosotros estaremos en el cielo».

Papa Francisco. Misa matutina. Lunes 2 de septiembre de 2013 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. ¿Cómo puedo predicar la Palabra de Dios en mi vida diaria? ¿En qué momentos lo podría hacer?

2. Todos estamos llamados a conocer lo que Dios quiere de nosotros de manera particular. Recemos para saber entender nuestra vida desde lo que Dios quiere.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 494. 781. 897-913. 



[1] Benedicto XVI. Deus caritas est, 18.

sábado, 22 de enero de 2022

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 23 de enero de 2022

«Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar»

Lectura del libro de Nehemías 8, 2- 4a.5-6. 8-10 

«Así lo hizo el sacerdote Esdras. El día primero del séptimo mes trajo el libro de la ley y ante la asamblea compuesta por hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón, lo estuvo leyendo en la plaza de la Puerta de las Aguas desde la mañana hasta el mediodía. Todo el pueblo, hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón, escuchaban con atención la lectura del libro de la ley. Esdras, el escriba, estaba de pie sobre un estrado de madera levantado al efecto...Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo, pues estaba más alto que todos, y, al abrirlo, todo el pueblo se puso en pie.

Esdras bendijo al Señor, el gran Dios; y todo el pueblo, alzando las manos, respondió: Amén, amén. Después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor... Leían el libro de la ley de Dios clara y distintamente explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía. El gobernador Nehemías, Esdras el sacerdote-escriba y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todos: Este día está consagrado al Señor, nuestro Dios: no estéis tristes ni lloréis. Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la ley. Nehemías añadió: Id a casa y comed manjares apetitosos, bebed licores dulces y mandad su porción a los que no han preparado nada, pues este día ha sido consagrado a nuestro Señor. ¡No os aflijáis, que el Señor se alegra al veros fuertes!».

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 12-30

«Del mismo modo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, por muchos que sean, no forman más que un cuerpo, así también Cristo. Porque todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo, a fin de formar un solo cuerpo; y todos hemos bebido también del mismo Espíritu. Por su parte, el cuerpo no está compuesto de un solo miembro, sino de muchos. Si el pie dijera: «Como no soy mano, no soy del cuerpo», ¿dejaría por esto de pertenecer al cuerpo? Y si el oído dijera: «Como no soy ojo, no soy del cuerpo», ¿dejaría por esto de pertenecer al cuerpo? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿cómo podría oír? Y si todo fuera oído, ¿cómo podría oler? Con razón Dios ha dispuesto cada uno de los miembros en el cuerpo como le pareció conveniente. Pues si todo se redujese a un miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?  Por eso, aunque hay muchos miembros, el cuerpo es uno. Y el ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; ni la cabeza puede decir a los pies: «No os necesito».

Al contrario, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles son los más necesarios, y a los que consideramos menos nobles, los rodeamos de especial cuidado. Asimismo tratamos con mayor decoro a los que consideramos más indecorosos, mientras que los que son presentables no lo necesitan. Dios mismo distribuyó el cuerpo dando mayor honor a lo que era menos noble, para que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos de los otros. ¿Que un miembro sufre? Todos los miembros sufren con él. ¿Que un miembro es agasajado? Todos los miembros comparten su alegría. Ahora bien, vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es un miembro. Y Dios ha asignado a cada uno un puesto en la Iglesia: primero están los apóstoles, después los que hablan en nombre de Dios, a continuación los encargados de enseñar, luego vienen los que tienen el don de hacer milagros, de curar enfermedades, de asistir a los necesitados, de dirigir la comunidad, de hablar un lenguaje misterioso. ¿Son todos apóstoles? ¿Hablan todos en nombre de Dios? ¿Enseñan todos? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros, o el don de curar enfermedades? ¿Hablan todos un lenguaje misterioso, o pueden todos interpretar ese lenguaje?».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1,1-4; 4, 14-21

«Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada, ilustre Teófilo, para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido.

Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a Galilea, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todo el mundo hablaba bien de él. Llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor. Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él. Y comenzó a decirles: –«Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar».

 

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Jesús es el Maestro Bueno que va a explicar el sentido pleno de las Escrituras ya que Él mismo es la «Palabra» viva del Padre «que habitó entre nosotros». En la Primera Lectura vemos al sacerdote Esdras que lee el libro de la Ley ante todo el pueblo, «explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía». En la sinagoga de Nazaret, Jesús se levanta, un día de sábado, para hacer la lectura del volumen del profeta Isaías, que le fue entregado por el sacristán de la sinagoga (Evangelio). Luego explica, ante un atónito grupo, el cumplimiento de la profecía de Isaías: «Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar». Todos los miembros de la Iglesia de Dios tenemos que alimentarnos de la Palabra y para ello cada uno debe de responder a las gracias y dones que Dios nos ha dado para la edificación de todos.

 

«No estéis tristes: la alegría de Yahveh es vuestra fortaleza»

El rey persa Artajerjes dio autorización para que Nehemías, copero real y un judío piadoso que vivía en el destierro, se pusiera al mando de un grupo de israelitas que regresaban a Jerusalén en el año 445 a.C. El libro de Nehemías recoge las memorias de un dirigente celoso por su pueblo que deposita toda su confianza en Dios. Para Nehemías orar era casi tan natural como respirar. Al regresar a Jerusalén anima al pueblo a reconstruir las murallas de la ciudad teniendo siempre una fuerte oposición.

Entre los escombros encuentran los libros de la ley. Israel escucha después de largos años nuevamente la palabra de Dios y llora. Llora de emoción por haber encontrado el gran tesoro del pueblo elegido. El sacerdote Esdras proclama el libro de la ley durante toda la mañana hasta el mediodía. Al momento de abrir Esdras el libro de la ley para proclamar la palabra de Dios, todo el pueblo se pone de pie. «Hoy es un día consagrado al Señor, no hagáis duelo, ni lloréis... No estéis tristes pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza». El pueblo se siente profundamente conmovido, confiesa sus yerros y se convierte de nuevo a Dios.

 

«Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es su miembro»

San Pablo hace la analogía entre el cuerpo humano y la Iglesia. Del mismo modo que el cuerpo es uno pero poseedor de muchos miembros, la Iglesia es una por el Espíritu Santo que la habita pero sus miembros son muchos. La diversidad de miembros y de carismas es una riqueza para el apóstol. Nadie debe ser menospreciado. Nadie puede decir a otro: «no te necesito» o decirse a sí mismo: «no soy importante»; ya que todos los miembros son necesarios, especialmente los más débiles. Concluye Pablo insinuando que no todos los carismas son iguales. Existe una jerarquía y un orden necesario. A la cabeza están los apóstoles, los que hablan de parte de Dios, los encargados de enseñar. Después vienen otros carismas. Para San Pablo la realidad carismática abarca la vida entera de la comunidad. Y es muy significativo que los primeros carismas pertenecen a aquellos que tienen una responsabilidad en la Iglesia.

 

«Ilustre Teófilo…»

Imitando el estilo de los historiadores de su tiempo, San Lucas nos indica el minucioso cuidado con el que ha reunido las tradiciones anteriores. Él no es un testigo ocular y con su obra no sólo quiere hacer historia, sino confirmar la enseñanza que los miembros de su comunidad han recibido. El prólogo nos informa, además, del proceso por el cual se llega a escribir un Evangelio. En el origen de todo está el mismo Jesús y los testigos oculares que han predicado los hechos y dichos del Maestro. Poco a poco han ido surgiendo diversos relatos a los que San Lucas ha tenido acceso. En su caso, muy probablemente entre otros, el mismo Evangelio de San Marcos. Estos relatos, junto con otras tradiciones propias, le han permitido componer su Evangelio.

¿Quién es el «ilustre Teófilo» al que dedica Lucas su obra? Su nombre significa «amigo de Dios» y es probable que haya sido personaje importante. El título que se le da, «ilustre», lo usa San Lucas en el libro de los Hechos (ver Hch 23,26; 24,3; 26,25) para describir los altos cargos gubernamentales. Según esto, debemos concluir que se trataría de una persona de alto rango social, amigo personal de Lucas. El ilustre Teófilo no reaparece sino en el prólogo del libro de los Hechos de los Apóstoles: «El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó» (Hch 1,1).

Esto nos permite deducir que la obra de Lucas se compone de dos tomos, el Evangelio y los Hechos, que abrazan respecti­vamente la vida y el ministe­rio de Jesús y la historia de la Iglesia naciente. El objetivo de su obra es que Teófilo conozca la solidez de la enseñanza en que «ha sido catequizado» (así dice literal­mente). El verbo «katecheo» contiene la raíz de la palabra «eco» y según su etimología significa: «Hacer resonar desde lo alto». Lo que Lucas escribe es una Palabra que tiene su origen en lo alto y que sido reve­lada a los hombres en el ministerio y la vida de Jesús de Nazaret y en la vida de la Iglesia. El Catecismo es justamente la exposición ordenada y completa de todo esto. De aquí el acento en que estas cosas han sido transmitidas por «los servidores de la Palabra» (Lc 1, 2), y la repetición a modo de estribillo del libro de los Hechos: «La Palabra de Dios iba creciendo... La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba... » (ver Hch 6,7; 12,24; 19,20).

 

«Hoy se ha cumplido…»  

La segunda parte del Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en la sinagoga de su pueblo natal Nazaret. Era su costumbre ir a la sinagoga el sábado. Pero esta vez ocurre algo nuevo: Jesús se alza para hacer la lectura. Tocaba un pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres el Evange­lio...». Cuando terminó la lectura, «todos los ojos esta­ban fijos sobre Él». Era necesario explicar este texto. Para todos era claro que esa profecía anunciaba un Ungido (Mesías) por el Espíritu Santo, un personaje que se espe­raba en algún momento del futuro para traer la liberación a los cautivos y promulgar un «año de gracia del Señor», es decir, un Jubileo definitivo. Pero todos querían oír qué homilía haría Jesús. Si era claro que se hablaba del Mesías espera­do, había que decir cuándo vendría, cuáles serían los signos que indicarían la inminencia de su venida, cómo sería su venida, cuál sería su aspecto externo, etc. Había muchas preguntas que responder.

Jesús da una explicación que responde a todo eso: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Esta frase contiene uno de esos "hoy" que no tienen ocaso y que están siempre abiertos. Es lo que comenta la Carta a los Hebreos: «Exhortaos mutuamente cada día mientras dure este 'hoy' para que ninguno de vosotros se endurezca» (Hebr 3,13). Jesús quiere decir que «hoy» ha tenido cumplimiento la esperanza de los siglos, hoy son los tiempos del Mesías, ya no se debe esperar más. Todas las antiguas profecías que decían: «Aquel día vendrá el Señor y salvará a su pueblo», tienen su cumplimiento hoy. Hoy «se ha cumplido el tiempo» (Mc 1,15), hoy «ha llegado la pleni­tud de los tiempos» (Gal 4,4). Otro sentido aún más profundo de las palabras de Jesús es éste: la profecía leída tiene cumplimiento hoy porque «tiene cumplimiento en mí». Yo soy el único que puede leer las palabras de esta profecía con propiedad: «El Espíritu Santo está sobre mí porque me ha ungido a mi». La profecía no se refiere a otro que vendrá sino a mí que estoy aquí. A la pregunta que sobre estas profecías de Isaías hacía el eunuco etíope al diácono Felipe: «¿Eso lo dice el profeta de sí mismo o de otro?» (Hch 8,34), Jesús le respon­dería: «Lo dice de mí».

 

Una palabra del Santo Padre:

« «Jesús comenzó a predicar» (Mt 4,17). Así, el evangelista Mateo introdujo el ministerio de Jesús: Él, que es la Palabra de Dios, vino a hablarnos con sus palabras y con su vida. En este primer domingo de la Palabra de Dios vamos a los orígenes de su predicación, a las fuentes de la Palabra de vida. Hoy nos ayuda el Evangelio (Mt 4, 12-23), que nos dice cómo, dónde y a quién Jesús comenzó a predicar.

1. ¿Cómo comenzó? Con una frase muy simple: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos» (v. 17). Esta es la base de todos sus discursos: Nos dice que el reino de los cielos está cerca. ¿Qué significa? Por reino de los cielos se entiende el reino de Dios, es decir su forma de reinar, de estar ante nosotros. Ahora, Jesús nos dice que el reino de los cielos está cerca, que Dios está cerca. Aquí está la novedad, el primer mensaje: Dios no está lejos, el que habita los cielos descendió a la tierra, se hizo hombre. Eliminó las barreras, canceló las distancias. No lo merecíamos: Él vino a nosotros, vino a nuestro encuentro. Y esta cercanía de Dios con su pueblo es una costumbre suya, desde el principio, incluso desde el Antiguo Testamento. Le dijo al pueblo: “Piensa: ¿Dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como yo lo estoy contigo?” (cf. Dt 4,7). Y esta cercanía se hizo carne en Jesús.

Es un mensaje de alegría: Dios vino a visitarnos en persona, haciéndose hombre. No tomó nuestra condición humana por un sentido de responsabilidad, no, sino por amor. Por amor asumió nuestra humanidad, porque se asume lo que se ama. Y Dios asumió nuestra humanidad porque nos ama y libremente quiere darnos esa salvación que nosotros solos no podemos darnos. Él desea estar con nosotros, darnos la belleza de vivir, la paz del corazón, la alegría de ser perdonados y de sentirnos amados.

Entonces entendemos la invitación directa de Jesús: “Convertíos”, es decir, “cambia tu vida”. Cambia tu vida porque ha comenzado una nueva forma de vivir: ha terminado el tiempo de vivir para ti mismo; ha comenzado el tiempo de vivir con Dios y para Dios, con los demás y para los demás, con amor y por amor. Jesús también te repite hoy: “¡Ánimo, estoy cerca de ti, hazme espacio y tu vida cambiará!”. Jesús llama a la puerta. Es por eso que el Señor te da su Palabra, para que puedas aceptarla como la carta de amor que escribió para ti, para hacerte sentir que está a tu lado. Su Palabra nos consuela y nos anima. Al mismo tiempo, provoca la conversión, nos sacude, nos libera de la parálisis del egoísmo. Porque su Palabra tiene este poder: cambia la vida, hace pasar de la oscuridad a la luz. Esta es la fuerza de su Palabra.

2. Si vemos dónde Jesús comenzó a predicar, descubrimos que comenzó precisamente en las regiones que entonces se consideraban “oscuras”. La primera lectura y el Evangelio, de hecho, nos hablan de aquellos que estaban «en tierra y sombras de muerte»: son los habitantes del «territorio de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles» (Mt 4,15-16; cf. Is 8,23-9,1). Galilea de los gentiles: la región donde Jesús inició a predicar se llamaba así porque estaba habitada por diferentes personas y era una verdadera mezcla de pueblos, idiomas y culturas. De hecho, estaba la vía del mar, que representaba una encrucijada. Allí vivían pescadores, comerciantes y extranjeros: ciertamente no era el lugar donde se encontraba la pureza religiosa del pueblo elegido. Sin embargo, Jesús comenzó desde allí: no desde el atrio del templo en Jerusalén, sino desde el lado opuesto del país, desde la Galilea de los gentiles, desde un lugar fronterizo. Comenzó desde una periferia.

De esto podemos sacar un mensaje: la Palabra que salva no va en busca de lugares preservados, esterilizados y seguros. Viene en nuestras complejidades, en nuestra oscuridad. Hoy, como entonces, Dios desea visitar aquellos lugares donde creemos que no llega. Cuántas veces preferimos cerrar la puerta, ocultando nuestras confusiones, nuestras opacidades y dobleces. Las sellamos dentro de nosotros mientras vamos al Señor con algunas oraciones formales, teniendo cuidado de que su verdad no nos sacuda por dentro. Y esta es una hipocresía escondida. Pero Jesús —dice el Evangelio hoy— «recorría toda Galilea […], proclamando el Evangelio del reino y curando toda enfermedad» (v. 23). Atravesó toda aquella región multifacética y compleja. Del mismo modo, no tiene miedo de explorar nuestros corazones, nuestros lugares más ásperos y difíciles. Él sabe que sólo su perdón nos cura, sólo su presencia nos transforma, sólo su Palabra nos renueva. A Él, que ha recorrido la vía del mar, abramos nuestros caminos más tortuosos —aquellos que tenemos dentro y que no deseamos ver, o escondemos—; dejemos que su Palabra entre en nosotros, que es «viva y eficaz, tajante […] y juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

3. Finalmente, ¿a quién comenzó Jesús a hablar? El Evangelio dice que «paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos […] que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”» (Mt 4,18-19). Los primeros destinatarios de la llamada fueron pescadores; no personas cuidadosamente seleccionadas en base a sus habilidades, ni hombres piadosos que estaban en el templo rezando, sino personas comunes y corrientes que trabajaban.

Evidenciamos lo que Jesús les dijo: os haré pescadores de hombres. Habla a los pescadores y usa un lenguaje comprensible para ellos. Los atrae a partir de su propia vida. Los llama donde están y como son, para involucrarlos en su misma misión. «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» (v. 20). ¿Por qué inmediatamente? Sencillamente porque se sintieron atraídos. No fueron rápidos y dispuestos porque habían recibido una orden, sino porque habían sido atraídos por el amor. Los buenos compromisos no son suficientes para seguir a Jesús, sino que es necesario escuchar su llamada todos los días. Sólo Él, que nos conoce y nos ama hasta el final, nos hace salir al mar de la vida. Como lo hizo con aquellos discípulos que lo escucharon».

Papa Francisco. III Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de enero de 2020

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. ¿Tengo presente la lectura de la Biblia en mi vida? ¿La leo regularmente? ¿La estudio y rezo con ella?

2. Todos los bautizados hacemos parte del Cuerpo de Cristo: la Santa Iglesia. Participo activamente, rezo, me preocupo por la Iglesia. ¿Qué hago para acercarme más a la Iglesia?      

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436. 695.714. 1286.