«Yo doy la vida eterna por mis ovejas»
«Mientras que
ellos, partiendo de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron
en la sinagoga y tomaron asiento. Disuelta la reunión, muchos judíos y
prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé; éstos conversaban
con ellos y les persuadían a perseverar fieles a la gracia de Dios. El sábado
siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios. Los
judíos, al ver a la multitud, se llenaron de envidia y contradecían con
blasfemias cuanto Pablo decía.
Entonces dijeron
con valentía Pablo y Bernabé: "Era necesario anunciaros a vosotros en
primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no
os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles.
Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como la luz de los gentiles, para
que lleves la salvación hasta el fin de la tierra".
Al oír esto los
gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y
creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna. Y la Palabra del Señor
se difundía por toda la región. Pero los judíos incitaron a mujeres
distinguidas que adoraban a Dios, y a los principales de la ciudad; promovieron
una persecución contra Pablo y Bernabé y les echaron de su territorio. Estos
sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio. Los
discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo».
Lectura del libro del Apocalipsis 7, 9.14b-17
«Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie
podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del
trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". Me respondió: "Esos
son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han
blanqueado con la sangre del Cordero.
Por esto están
delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que
está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre
ni sed; ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno. Porque el Cordero que
está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las
aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos"».
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 10, 27-30
«Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi
siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de
mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede
arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno"».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
La lectura del
Evangelio de este Domingo es la tercera y última parte de la parábola del Buen
Pastor (Jn 10), que se lee fragmentadamente en los tres ciclos litúrgicos (A, B
y C) de este cuarto Domingo de Pascua. El Buen Pastor que a todos quiere
salvar, tanto a las ovejas judías como a las paganas, y a todos ofrece su vida
(Primera Lectura); apacienta a sus ovejas no sólo en esta tierra, sino también
en el cielo, conduciéndolas a «los manantiales de agua» (Segunda Lectura).
Por decisión del Papa Pablo VI, se celebra en este
día la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El sacerdote, en virtud
del sacramento del Orden, está destinado a ser pastor del pueblo de Dios y a
reproducir los rasgos de Jesús Buen Pastor. Por eso el Papa consideró que este
Domingo era el más apropiado para orar por las vocaciones sacerdotales en
todo el mundo.
En esta oración no sólo pedimos a Dios que llame a
más jóvenes a consagrar sus vidas al anuncio del Evangelio, sino que
deberíamos pedir para que conceda a los jóvenes que sienten en su corazón la
llamada de Dios la generosidad de responder prontamente, como lo hicieron los
primeros seguidores de Cristo: «Inmediatamente, dejándolo todo, lo siguieron»
(Lc 5,11). En efecto, Dios sigue llamando hoy como ha llamado siempre.
También hoy sigue resonando la voz de Cristo que dice a muchos: «Ven y
sígueme» (Mt 19,21). No faltan las llamadas, faltan las respuestas. No hay
crisis de vocaciones, hay crisis de respuestas al llamado de Dios. Recemos para
que más jóvenes escuchen y respondan con generosidad a su llamado a la
felicidad y realización. ¡Eso es lo que el Papa nos pide este Domingo!
«¿Tú eres el Cristo...?»
El Capítulo 10 de San Juan contiene estas famosas
expresiones de Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por
las ovejas... yo conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce
el Padre y yo conozco al Padre y doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,11
.14-15). Es lo mismo que repite Jesús más adelante en el texto de este
Domingo. Los judíos le hacen una pregunta directa acerca de su identidad: «¿Hasta
cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente» (Jn
10,24). Jesús no habría sacado nada con decirles abiertamente que Él era el
Cristo, porque, si no son de sus ovejas, no le habrían creído. Por eso
responde: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis... porque no sois de mis
ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen». Es
muy clara la división entre los que creen y ponen el fundamento de su vida en
la enseñanza de Cristo y los que no lo hacen. Es que unos son de su rebaño y lo
reconocen como pastor y los otros, no lo son. Estos últimos, no es que estén
solos; es que escuchan la voz de otros pastores y los siguen a ellos.
¿Cómo
podemos saber si somos ovejas del rebaño de Cristo? El mismo Cristo quiso dejarnos un criterio para
discernir nuestra condición de «ovejas de su rebaño». Lo hizo en el momento
último, antes de dejar este mundo, precisamente porque Él mismo ya no iba a
estar más con nosotros en forma visible. De aquí la importancia del episodio
que se desarrolló a orillas del lago de Tiberíades, cuando Cristo resucitado,
dijo por tres veces a Pedro: «Apacienta mis ovejas...pastorea mis corderos»
(ver Jn 21,15ss). ¡Es impresionante! Esas mismas ovejas, de las cuales
con inmenso celo Jesús aseguraba: «Nadie las arrebatará de mi mano... nadie
las arrebatará de las manos del Padre», las mismas ovejas por las cuales Él
había dado su vida, ahora las confía a las manos de Pedro. No puede ser algo
casual.
Al contrario, nunca Cristo ha puesto más intención
en una decisión suya: instituyó a Pedro como Pastor supremo del rebaño
dejándole un poder inmenso. A éste había dicho: «Lo que decidas en la tierra
quedará decidido en el cielo» (ver Mt 16,19). Este mismo Pedro decidió
dejar un sucesor y encomendarle su misma misión de Pastor universal de las
ovejas de Cristo, que se llamó Lino; éste, a su vez, dejó otro: Anacleto; y así
sucesivamente, sin interrupción, hasta el recordado Juan Pablo II y ahora, el
querido Benedicto XVI.
Ya podemos responder a la duda anterior: es verdadero
pastor el que ha recibido el sacramento del orden y ejerce su ministerio en
comunión con el Santo Padre; es oveja del rebaño de Cristo el que escucha a
estos pastores. Recordemos, hoy especialmente, de orar para que haya muchos que
entreguen su vida a ser «pastores» del pueblo de Dios, para que todos puedan
escuchar la voz de Cristo y tengan vida eterna.
Pablo y Bernabé en Antioquía
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles que se
lee este Domingo se nos presenta a Pablo y Bernabé en la ciudad de Antioquía de
Pisidia, precisamente ejerciendo ese poder de hablar la Palabra de Dios y de
comunicar, por este medio, la vida eterna. Si Antioquía tenía fama de ciudad
pagana (conocida por su culto a la diosa Dafne) ocupó un lugar prominente
en la historia del cristianismo. Habitada por numerosos judíos emigrados (ver
Hch 6,5). Antioquía recibió el impacto de la primera evangelización después de
la muerte de Esteban (ver Hch 11,19ss) y fue allí donde por primera vez los
creyentes fueron llamados de «cristianos» (ver Hch 11,20-26).
Pablo hizo exactamente lo mismo que Jesús en la
Sinagoga de Nazaret (ver Lc 4,16ss). El culto de los judíos en la Sinagoga
principalmente, como hoy en día, es una doble lectura bíblica; primero el
Pentateuco (Torah) y luego los profetas y comentaristas. Pablo se dirige
primero a los judíos. Sólo cuando éstos lo rechazan pasará a los gentiles. El
gran discurso que Pablo dirige a los judíos en la Sinagoga, es una grandiosa
síntesis de la historia de Israel, y como un vínculo entre ambos Testamentos,
nos muestra a través de las profecías mesiánicas, el cumplimiento del Plan de
Dios (ver Hech 13, 16-41).
«Se congregó casi toda la ciudad para escuchar la
Palabra de Dios... los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la
Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna» (Hech 13,44.48). Los gentiles,
escuchando a los apóstoles estaban escuchando a Jesús mismo y de esta manera
demostraban que ellos también eran ovejas de su rebaño. «Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo», demostrando que no eran «de Pablo o de Apolo o de Cefas» sino de Cristo
(ver 1 Cor 1,12ss).
La vida eterna
Siguiendo la lectura del Evangelio, Jesús agrega
otro privilegio sublime de sus queridas ovejas: «Yo les doy vida eterna».
La vida eterna es un puro don. No es el resultado del esfuerzo humano. Nadie
puede pretender ningún derecho a poseerla. Jesús, y sólo él, comunica la vida
eterna a quien él quiere. Aquí nos asegura que él la comunica a sus ovejas. El
hombre, cada uno de nosotros, está destinado a poseer la vida eterna. Para esto
ha sido creado. Pero esta «vida eterna» no nos es transmitida por nuestros
padres, ni es obtenida por el esfuerzo humano, pues supera todo esfuerzo
creado. Se suele llamar «vida sobrenatural», porque no es proporcional a la
naturaleza humana, ni puede la naturaleza humana alcanzarla por su propio
dinamismo. Esta vida la da solamente Cristo como un regalo. Sólo Cristo puede
decir: «Yo les doy vida eterna» y ningún otro puede dar este don. Esta
es la diferencia radical entre Cristo y todo otro pastor.
La vida eterna es la vida de Dios mismo infundida en
nosotros ya en esta tierra por medio de los sacramentos de la fe, sobre todo,
por medio de la Eucaristía, que por eso recibe el nombre de «pan de vida
eterna». En esta tierra podemos gozar ya de la misma vida que en el cielo
poseeremos en plenitud y sin temor de perderla jamás. En esta tierra poseemos
la vida divina en la fe y con la inquietante posibilidad de perderla por el
pecado. En el cielo esta vida eterna alcanzará su consumación en la visión de
Dios y no habrá entonces temor alguno de perderla nunca jamás. Por eso
respecto de sus ovejas Jesús asegura: «No perecerán jamás y nadie las
arrebatará de mi mano». La vida eterna adquiere en el cielo la forma de la «gloria
celestial».
En su encíclica, Evangelium vitae, el Papa San Juan
Pablo II, trata profundamente sobre el valor y el carácter inviolable de la
vida humana. Pero allí se afirma también claramente que la vida terrena del
hombre, aunque es una realidad sagrada, «no es realidad última, sino
penúltima». Su sacralidad radica precisamente en que es «penúltima», cuando
la «última» es la vida divina compartida por el hombre. El Papa escribe: «El
hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones
de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma
de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el
valor de la vida humana incluso en su fase temporal» (Evangelium Vitae,
2). Por eso truncar una vida humana en el seno de su madre es un homicidio
realmente abominable.
Para que nosotros pudiéramos poseer la vida eterna
es que Cristo vino al mundo y murió en la cruz. Por eso cada uno de los que
creen en Él puede afirmar con verdad: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a
la muerte por mí» (Gal 2,20). Y Él establece sus ministros para la
transmisión de esta vida. A eso se refiere Cristo cuando dice a Pedro:
«Apacienta mis ovejas». Es claro que Jesús no le pide a Pedro que les procure
el alimento material. Lo que le pide es que les de el pan de «vida eterna».
Jesús dice acerca de sus ovejas: «Nadie las arrebatará de mi mano», y es
verdad. Pero Él las confía a San Pedro, su Vicario en la tierra.
Una palabra del Santo Padre:
«Cristo es el verdadero pastor,
que realiza el modelo más alto de amor por el rebaño: Él dispone libremente de
su vida, nadie se la quita, sino que la dona a favor de las ovejas. En abierta
oposición a los falsos pastores, Jesús se presenta como el verdadero y único
pastor del pueblo: el mal pastor piensa en sí mismo y explota a las ovejas; el
pastor bueno piensa en sus ovejas y se dona a sí mismo. A diferencia del
mercenario, Cristo pastor es un guía pensativo que participa en la vida de su
rebaño, no busca otro interés, no tiene otra ambición que la de guiar,
alimentar y proteger a sus ovejas. Y todo esto al precio más alto, el del
sacrificio de la propia vida.
En la figura de Jesús, buen
pastor, nosotros contemplamos la Providencia de Dios, su preocupación paterna
por cada uno de nosotros. La consecuencia de esta contemplación de Jesús Pastor
verdadero y bueno, es la exclamación de asombro conmovido que encontramos en la
segunda Lectura de la liturgia de hoy: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre,
mirad qué amor nos ha tenido el Padre, …” Es realmente un amor sorprendente y
misterioso, porque donándonos Jesús como Pastor que da la vida por nosotros,
¡el Padre nos ha dado todo lo más grande y precioso que podía darnos!
Es el amor más alto y más puro, porque
no está motivado por ninguna necesidad, no está condicionado por ningún
cálculo, no es atraído por ningún deseo de intercambio interesado. Frente a
este amor de Dios, nosotros experimentamos una alegría inmensa y nos abrimos al
reconocimiento por lo que hemos recibido gratuitamente».
Francisco. Regina Coeli en el IV Domingo de
Pascua 2014
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana
1 Recemos, de verdad, por las vocaciones a la vida consagrada. Seamos
generosos. No es que falten vocaciones sino que faltan personas dispuestas a
aceptar el llamado. San Gregorio decía; «Hay que reconocer que, si bien hay
personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se
dediquen a anunciarlas».
2. El valor de la vida humana se fundamenta en nuestra dignidad ¿Respeto y
reconozco el valor de la vida humana? ¿De qué manera puedo ayudar a que se
respete la vida?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 871 – 879.