«Todo el que se ensalce, será humillado; y el
que se humille, será ensalzado»
Lectura
del libro del Eclesiástico 3,19-21.30-31
«Haz, hijo, tus obras con dulzura, así
serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte,
y ante el Señor hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor, y por los
humildes es glorificado. No busques lo que te sobrepasa, ni lo que excede tus
fuerzas trates de escrutar. Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es
menester lo que está oculto. En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues
más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos
descaminaron sus prejuicios, una falsa ilusión extravió sus pensamientos.
El corazón obstinado en mal acaba, y
el que ama el peligro caerá en él. El
corazón obstinado se carga de fatigas, el pecador acumula pecado tras pecado.
Para la adversidad del orgulloso no hay remedio, pues la planta del mal ha
echado en él raíces. El corazón del prudente medita los enigmas. Un oído que le
escuche es el anhelo del sabio. El agua apaga el fuego llameante, la limosna
perdona los pecados. Quien con favor responde prepara el porvenir, el día de su
caída encontrará un apoyo».
Lectura
de la carta a los Hebreos 12,18-19.22-24a
«No os habéis acercado a una realidad
sensible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán, sonido de trompeta y a
un ruido de palabras tal, que suplicaron los que lo oyeron no se les hablara
más. Tan terrible era el espectáculo, que el mismo Moisés dijo: Espantado estoy
y temblando. Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad
de Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne
y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez
universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a
Jesús, mediador de una nueva Alianza».
Lectura
del Santo Evangelio según San Lucas 14, 1.7-14
«Y sucedió
que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para
comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los
primeros puestos, les dijo una parábola: "Cuando seas convidado por
alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido
convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti
y a él, te diga: "Deja el sitio a éste", y entonces vayas a ocupar
avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a
sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te
diga: "Amigo, sube más arriba." Y esto será un honor para ti delante
de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será
humillado; y el que se humille, será ensalzado".
Dijo también
al que le había invitado: "Cuando des una comida o una cena, no llames a
tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no
sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un
banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y
serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la
resurrección de los justos".»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El vínculo que podemos encontrar entre
los textos litúrgicos de este Domingo es la humildad. Es la
actitud del hombre ante las riquezas del mundo material o espiritual (Primera
Lectura). Es y debe ser la actitud correcta de todo hombre, y particularmente
del cristiano, en las relaciones con los demás (Evangelio). Y, sobre todo, debe
ser la actitud propia del hombre en su relación con Dios; una actitud en la que
descubre su propia pequeñez ante la magnanimidad de Dios (Segunda Lectura).
Entendiendo el
contexto
El Evangelio de hoy
comienza ubicando el contexto de lo que va a acontecer: «Sucedió que, habiendo ido Jesús en sábado a casa de uno de los jefes
de los fariseos para comer, ellos lo estaban observando» (Lc 14,1). Tres cosas podemos destacar en esta
introducción: el tiempo: día sábado; el lugar: la casa de un fariseo; la
ocasión: un banquete con varios otros invitados. Después de esta introducción
sigue un episodio, que no hace parte de la lectura dominical: «Había allí, delante de Jesús, un hombre
hidrópico». Seguramente este hombre se había enterado de que Jesús estaba
allí y había venido a postrarse ante él suplicándole que lo sanara. ¿Qué hacer?
Por un lado, es claro que la Ley prohíbe hacer
cualquier trabajo en sábado, y Jesús declaró que Él había venido a «dar cumplimiento a la Ley» (Mt 5,17).
Por otro lado, es claro que este hombre está privado de la salud. Jesús opta por
curar al enfermo y lo despide. De esta manera enseña que la vida humana tiene
un valor sagrado e inviolable y que la Ley, incluido el precepto del sábado,
está formulada por Dios «para que el
hombre tenga vida y la tenga en abundancia». El respeto de la vida humana y
el cuidado de ella, desde su concepción hasta su fin natural, está en el centro
de la enseñanza de Cristo.
En seguida el Evangelio se centra en el banquete.
Jesús se fija en la conducta de los invitados y, notando cómo elegían los
primeros puestos, les dice una parábola: «Cuando
seas invitado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto...».
En realidad, más que una parábola en sentido estricto, ésta es una enseñanza de
sabiduría humana. Y, aunque sea una norma de la más elemental prudencia humana,
los invitados que Jesús observaba no la cumplían.
La literatura sapiencial
Con estas recomendaciones de sabiduría humana y de
sana convivencia, Jesús adopta el estilo de la literatura sapiencial. Sabemos
que varios libros de la Biblia pertenecen a este género: Job, Proverbios,
Cohelet (Eclesiastés), Sirácida (Eclesiástico) y Sabiduría. También se
encuentra el género sapiencial en parte de otros libros. Jesús revela tener
conocimiento de esta literatura, pues la parábola que propone toma su
enseñanza del libro de los Proverbios. Allí se hace la misma recomendación: «No te des importancia ante el rey, no te
coloques en el sitio de los grandes; porque es mejor que te digan: 'Sube acá',
que ser humillado delante del príncipe» (Prov. 25,6-7). Es la misma
enseñanza que, para hacerla más incisiva, Jesús la propone en forma de
parábola, según su estilo propio y característico de enseñar.
La literatura sapiencial floreció en el Antiguo
Oriente, especialmente en Egipto y Mesopotamia, donde se componían proverbios,
fábulas y poemas para enseñar el arte del bien vivir, conforme al orden del
universo. De allí fue tomada por Israel, pero mirada bajo el prisma de su
propia fe en un Dios creador y salvador que dirige todo el universo. Y en esta
forma fue adoptada como parte de los libros sagrados. Pero la canonización
mayor de estos libros les viene por el hecho de que Jesús los conozca y los
cite. Tan sólo del libro de los Proverbios, el Nuevo Testamento tiene catorce
citas textuales y una veintena de alusiones. Justamente en el Evangelio de hoy
encontramos una de éstas.
Sin embargo, alguien podría preguntar: ¿Qué tiene
que ver este tipo de consideraciones de prudencia y sabiduría humana con las
virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y caridad, que constituyen la
perfección de la vida cristiana? ¿Por qué se ocupa Jesús de estas cuestiones de
vida social? Él se ocupa de las virtudes humanas naturales, porque ellas son el
terreno fértil en que pueden echar raíces las virtudes sobrenaturales de la
fe, esperanza y caridad. Donde faltan las virtudes humanas de la honestidad, la
lealtad, el amor a la verdad, la fidelidad a la palabra empeñada y a los
compromisos asumidos, etc., y las virtudes cristianas naturales de la
humildad, la paciencia, la mansedumbre, la modestia, la tolerancia, la generosidad,
etc., es imposible que florezcan las virtudes sobrenaturales de la fe,
esperanza y caridad.
Cuando alguien, por ejemplo, es deshonesto, o mentiroso,
o mantiene negocios turbios y fraudulentos, no se puede pretender que sobresalga
en la caridad; cuando alguien es vanidoso y soberbio y ambiciona los primeros
lugares para alcanzar gloria humana, es imposible que brille por la fe y la
esperanza sobrenaturales. Por otro lado, donde las virtudes sobrenaturales
han encontrado un terreno apto para florecer, ellas perfeccionan
ulteriormente al hombre en las virtudes naturales. Por eso, las virtudes
humanas y cristianas naturales resplandecen con mayor brillo en los santos.
La reina de las virtudes
La parábola es de mera sabiduría humana y como tal contiene
una sabia enseñanza para el diario vivir. Pero es claro que Jesús no se queda
sólo en este nivel. Él no sólo está dando una norma de elemental buena
educación. Lo que Jesús quiere enseñar es la virtud de la humildad. Por eso la
sentencia conclusiva: «El que se
ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado», se refiere,
en primer lugar, a nuestra relación con Dios. «Será humillado» y «será ensalzado»
por Dios. La humildad es la reina de las virtudes. Ella hace resplandecer
todas las demás virtudes y sin ella todas las demás virtudes perecen.
«Humilde» se deriva de la palabra latina «humilis», que a su vez proviene de «humus» (tierra). Humilde es pues el que está al ras del suelo o se mueve
cerca del suelo. Algo que responde exactamente a nuestra condición de criatura
ya que humilde es el que, con sabiduría y realismo, reconoce la distancia que
le separa de su Creador. Santa Teresa de Ávila, sin apelar a latines, dio una
certera definición de humildad, quizás la mejor que existe: «Una vez estaba yo considerando por qué
razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y se me puso
delante...esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en
verdad» (Moradas sextas 10,8).
Más aún podemos decir que toda
la historia de la salvación es el cumplimiento de esa sentencia luminosa de
Jesús. En efecto, si todo el género humano se vio comprometido y sometido a la
muerte, fue por el orgullo de nuestros primeros padres. Dios les había dado
todos los bienes, incluido el más grande de todos que es su propia amistad e
intimidad. El único límite que les puso fue el de su propia humanidad. Bastaba
que el hombre reconociera su condición de ser humano. El único precepto: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal
no comerás» equivale a éste otro: «Conténtate con ser hombre y no quieras
ser Dios». Pero no. El ser humano quiso traspasar también este límite y cedió
a la tentación de ser dios: «El día que
comiereis se os abrirán los ojos y seréis como dioses» (Gen 3,5). Y comió.
Pero no fue dios, sino que volvió al polvo de donde había sido tomado: «Polvo eres y en polvo te convertirás» (Gen
3,19). El hombre se exaltó y fue humillado. Ésta es la eterna historia del
hombre autosuficiente que quiere realizarse al margen de Dios.
Cristo, en cambio, para
redimirnos hizo el camino contrario, como lo dice hermosamente el himno de la
carta a los Filipenses 2,6-11: «Cristo,
siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que
se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los
hombres... se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de
cruz». Ésta es también la historia de la bienaventurada Virgen
María que es capaz de decir: «Engrandece mi alma al
Señor y mi espíritu - se alegra en Dios mi salvador - porque - ha puesto los
ojos en la humildad de su esclava, - por eso desde ahora todas las generaciones
me llamarán bienaventurada».
¿A quién invitar?
Aprovechando de que estaba en un banquete, Jesús
siguió dando un criterio sobre la elección de los invitados: «Cuando des un banquete, llama a los pobres,
a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden
corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos». ¡Qué
distinto es este criterio del que se usa en la vida corriente! Las listas de
invitados parten siempre por los más poderosos y precisamente en vista de la
retribución que ellos puedan ofrecer. Jesús dice: «Ellos te invitarán a su vez, y tendrás ya tu recompensa», quedarás
pagado en esta tierra.
En cambio, si se invita a los que no pueden
corresponder, la recompensa no será de ellos, ¡será de Dios! Y no será en
bienes de esta tierra. Por eso dice: «Se
te recompensará en la resurrección de los justos», es decir, eternamente en
el cielo. ¡Qué extraño poder de retribución tienen los pobres! Es que Jesús se
identificó con ellos de la manera más plena: «Tuve hambre y me disteis de comer... En verdad os digo que cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt
25,35.40). La recompensa será ésta: «Venid,
benditos de mi Padre, recibid en herencia el Reino preparado para vosotros
desde la creación del mundo» (Mt 25,34).
Una
palabra del Santo Padre:
«En este momento, tantos hermanos
y hermanas nuestros son martirizados en el nombre de Jesús, están en este
estado, tienen en este momento la alegría de haber sufrido ultrajes, incluso la
muerte, en el nombre de Jesús.
Para huir del orgullo solo está el camino de abrir el
corazón a la humildad, y a la humildad no se llega sin la humillación. Esta es
una cosa que no se entiende naturalmente. Es una gracia que debemos pedir.
La gracia de la imitación de Jesús. Una imitación
testimoniada por esos muchos hombres y mujeres que sufren humillaciones cada
día por el bien de su familia y cierran la boca, no hablan, soportan por amor
de Jesús.
Y esta es la santidad de la Iglesia, esta es alegría
que da la humillación, no porque la humillación sea bonita, no, eso sería
masoquismo, no: porque con esa humillación se imita a Jesús. Dos actitudes: la
de la cerrazón que te lleva al odio, a la ira, a querer matar a los demás, y la
de la apertura a Dios en el camino de Jesús, que te hace aceptar las
humillaciones, incluso las fuertes, con esta alegría interior porque estás
seguro de estar en el camino de Jesús».
Francisco.
Homilía 17 de abril de 2015 en Santa Marta.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la
semana
1.
Humildad es andar en verdad. ¿Cómo vivo la humildad en mi vida cotidiana? ¿Soy
humilde? ¿Qué me falta para vivir esta virtud?
2.
¿A quién invitaría a un banquete? ¿Cuándo ayudo a alguien, busco que ella me
retribuya el favor? ¿Soy generoso y desinteresado?
3.
Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1803-1804.
1810-1813. 2779.