lunes, 1 de octubre de 2018

Domingo de la Semana 27ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 7 de octubre 2018


«Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»

Lectura del libro del Génesis 2, 18-24

«Dijo luego Yahveh Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”. Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada.

Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada”. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne».


Lectura de la carta a los Hebreos 2, 9 - 11

«Y a aquel que fue hecho inferior a los ángeles por un poco, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos. Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. Porque, santificador y santificados, todos proceden de uno mismo. Por eso Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos».


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 2-16

«Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: “¿Puede el marido repudiar a la mujer?” El les respondió: “¿Qué os prescribió Moisés?” Ellos le dijeron: “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”. Jesús les dijo: “Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino  una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre”.

Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él”. Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos».


Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

No hay duda que el tema central de nuestra reflexión dominical se centra en la familia. Si bien es cierto que la ley de Moisés permitía al esposo repudiar a la esposa «por no hallar gracia a sus ojos» (Dt 24,1); Jesús responde a los insidiosos fariseos remitiéndoles a la ley originaria creada por Dios al momento de la creación (Primera Lectura), donde vemos que «Él los hizo varón y hembra» para que dejasen de ser dos y fuesen, de ahora en adelante, «una sola carne» indivisible (Evangelio). Los hijos serán la primavera del hogar y la forma más pura de vivir el amor será siendo como niños. En la carta a los Hebreos (Segunda Lectura) vemos cómo Jesús es el modelo máximo de fidelidad y donación por su esposa que es la Iglesia. Por ella se entrega hasta la muerte para purificarla y santificarla con su propia sangre.


«No es bueno que el hombre esté solo»

En las primeras páginas de la Biblia leemos que Dios creó al ser humano hombre y mujer, y los creó de un solo principio: la mujer fue tomada del hombre. Según el amoroso Plan de Dios esta unidad entre el hombre y la mujer debe restable­cerse por una unión tan estre­cha e indisoluble que vuelva a hacer de ellos «una sola carne». Así creó Dios al hombre y la mujer; eso es lo que está inscrito por Dios en la naturaleza del hombre y de la mujer y no hay poder humano que pueda cambiarlo. Pretenderlo es lo mismo que preten­der ser el Creador del ser humano. ¿Y no es acaso la tentación primera el querer ser como dioses? Es decir, decidir qué es bueno y qué es malo en sí mismo.

Dios crea al hombre (adam) de la tierra (adamá) y le infunde el aliento vital (Gn 2,7). Después aparece el espacio vital del hombre: el huerto frondoso se convierte en el objeto de su trabajo (Gn 2,8-9.15) que es concebido como algo beneficioso para el hombre. La creación de los animales (Gn 2,18-20) aparece supeditada a la del hombre. También ellos proceden de la tierra (adamá) y su finalidad será servir de ayuda y complemento al hombre. La acción de «nombrar» expresa el señorío del hombre y pone en evidencia los límites de los nuevos seres: son medios y están subordinados finalmente al «hombre».

La creación de la «mujer» constituye, sin duda, el punto culminante de la escena: es sacada del mismo hombre (no de la tierra), es idéntica a él, es la ayuda y complemento adecuado, como expresa el nombre (es ishá-varona porque procede del ish-varón). La conclusión del pasaje nos ofrece una bella explicación del misterio de la unión entre hombre y mujer: lo que era uno tiene que volver a encontrarse en la unidad perfecta del amor, que tiene su origen en el proyecto amoroso del Creador. La alusión final a la desnudez de ambos al final de este capítulo[1] nos habla de estado de armonía y felicidad original.


El sacrificio reconciliador

El texto de la carta a los Hebreos nos remite al Salmo 8: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides?».  En Jesucristo podemos ver realizada la verdadera y sublime vocación del ser humano. Él es el auténtico «Hijo del hombre» que ha muerto para que podamos recoger el fruto maduro de la reconciliación: la vida eterna. La vocación del ser humano no se realiza por el camino de Adán, que busca el honor y la gloria rebelándose contra Dios y enfrentándose con sus semejantes. Este camino llevó de hecho a la perdición a toda la humanidad. La gloria y el honor del hombre proceden y se muestra en el ejemplo que Jesús nos ha dejado ya que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor»[2].

La expresión «era conveniente» o «convenía» (Hb 2,10) designa no una obligación que se derive necesariamente de la naturaleza de las cosas, sino la aceptación libre de parte de Jesús de la voluntad de Dios. «Llevar… a la perfección» (Hb 2,10) es un término aplicado constantemente a la prédica de Jesús (ver Hb 5,9; 7,28; 9,9; 10,14; 11,40; 12,23) y expresa la idea de llegar al fin, de conseguir el objetivo o la meta últimos. Es decir designa una verdadera transformación que afecta a la naturaleza íntima del ser, que lo hace apto para conseguir la meta, que es la vida en Dios. Éste término se aplicaba en el Antiguo Testamento a la consagración de los sacerdotes que los destinaba y capacitaba para el servicio divino (ver Éx 28,40-41; 29,1ss; Lv 21,10). Ahora se aplica en su sentido pleno a los cristianos ya que todos estamos llamados a la perfección que es aceptar la «nueva vida» que hemos recibido gracias al sacrificio reconciliador de Jesucristo.


¿Puede el marido repudiar a su mujer?

El Evangelio de hoy tiene dos partes: la enseñanza de Jesús acerca de la unidad e indiso­lubilidad del matrimonio y su enseñanza acerca de los niños. Como se verá, ambas cosas están estrechamen­te relacionadas. No tenemos que hacer complicados ejercicios de interpretación, porque la pregunta que se pone a Jesús es precisa y su respuesta es clara. Se le pregunta: «¿Puede el hombre repudiar a su mu­jer?». Y la respuesta de Jesús es absolutamente clara y contundente: «Desde el prin­cipio de la creación Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido no lo separe el hom­bre». Esta respuesta adquiere mayor fuerza en su contexto. En efecto, está dicha en oposición al ambiente que reinaba en Israel, que era un ambiente "divorcis­ta". Los que pusieron la pregunta habían agregado la premisa: «Moisés ordenó escribir un acta de divorcio y repudiarla». Ésta era la práctica habitual establecida en Israel.
Sin embargo no se puede dudar de la clara intención de Jesús: lo que ha unido Dios no lo puede separar el hombre, ni sus leyes. La extra­ñeza de sus mismos apóstoles, le da ocasión para corro­borar su enseñanza: «En casa los discí­pulos le volvieron a pregun­tar sobre esto. Él les dijo: Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulte­rio». Y el adulte­rio no es un pecado leve. Así lo dice San Pablo, por si hubiera alguna duda: «No os enga­ñéis: los adúlte­ros no heredarán el Reino de Dios» (ver 1Cor 6,9-10).


«¡Dejad que los niños vengan a mí!»

La segunda parte del Evangelio es también una nove­dad. Inútilmente buscaremos en el Antiguo Testamento alguien que revele un interés tan profundo por los niños. En la época de Jesús los niños no contaban para nada, no merecían la atención de los adultos. Vemos que cuando presen­tan a Jesús unos niños, «los discípulos los reñían». En cambio, Jesús adopta una actitud insólita hacia los niños. Jesús dice: «Dejad que los niños vengan a mí» y los abraza y los bendice. Y, sobre todo, dice algo absoluta­men­te desconcer­tante para esa época y totalmente nuevo: «El Reino de Dios es de los que son como los niños... el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». Es decir, ¡un niño puesto como ejemplo!

Es importante que sepamos dónde tiene su origen el interés por los niños que profesa nuestra cultura. Los hospitales para niños, la pediatría, las organizaciones estatales e internacio­na­les en favor de los niños tienen su origen en Jesucristo. Él introdujo esto en el mundo. Pero la preocupación de Jesús va más allá: Él reconoce a los niños como personas con derechos inalienables, y advierte que uno de esos derechos es el venir a la existencia como fruto del amor indisoluble de los padres, y ser acogido en el seno de una familia estable donde recibir amor y educa­ción. Por eso Jesús enseña que el matrimonio es indisolu­ble, desde la creación del hombre y la mujer. Esta unión es la única que asegura a los niños su derecho a venir al mundo en el ambiente adecua­do, a recibir amor y ser educa­dos.

Las leyes de divorcio civil con nueva unión son leyes de adul­tos, expresan el egoísmo de los adultos y el olvido de los niños; son una vuelta a la menta­li­dad que existía antes de Cristo y que Él vino a cambiar. Por eso decíamos que las dos partes del Evangelio están profun­da­mente rela­cionadas. El niño se desa­rrolla bien y armónicamente sólo cuando experimenta su existencia como fundada en un solo princi­pio; en su padre y su madre, pero siendo los dos una sola carne. Esta es la enseñanza de Cris­to. Es lamentable que nunca se pregunte a  los niños acerca de la separación de sus padres ya que ellos inmediatamente responderían que no.

Es paradójico que las leyes se aprueben sin preguntar a los que son los primeros en sufrir las consecuencias de un divorcio: los hijos. En estos últimos años, unos 30 o 40 años, se han aprobado toda clase de leyes que lo único que han hecho es ayudar a que las familias sean menos consistentes y sólidas. Esto no es una exageración basta ver las estadísticas de los divorcios, separaciones o  parejas conviviendo. Jesucristo lo único que ha hecho es manifestar todo aquello que nos va ayudar a vivir de acuerdo a lo que Dios ha pensado y quiere para nosotros. ¡Y Dios siempre quiere lo mejor!


Una palabra del Santo Padre:

«En un momento particular como el nuestro, caracterizado por la crisis de la familia, entre otras, es importante que llegue una palabra de gran consuelo a nuestras familias. El don del matrimonio es una gran vocación a la que, con la gracia de Cristo, hay que corresponder con el amor generoso, fiel y paciente. La belleza de la familia permanece inmutable, a pesar de numerosas sombras y propuestas alternativas: «El gozo del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia». El sendero de la vida lleva a que un hombre y una mujer se encuentren, se amen y se prometan, fidelidad por siempre delante de Dios, a menudo se interrumpe por el sufrimiento, la traición y la soledad. La alegría de los padres por el don de los hijos no es inmune a las preocupaciones con respecto a su crecimiento y formación, y para que tengan un futuro digno de ser vivido con intensidad.

La gracia del Sacramento del Matrimonio no sólo fortalece a la familia para que sea un lugar privilegiado en el que se viva la misericordia, sino que compromete a la comunidad cristiana, y con ella a toda la acción pastoral, para que se resalte el gran valor propositivo de la familia. De todas formas, este Año jubilar nos ha de ayudar a reconocer la complejidad de la realidad familiar actual. La experiencia de la misericordia nos hace capaces de mirar todas las dificultades humanas con la actitud del amor de Dios, que no se cansa de acoger y acompañar.

No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios, participar activamente en la vida de la comunidad y ser admitido en ese Pueblo de Dios que, sin descanso, camina hacia la plenitud del reino de Dios, reino de justicia, de amor, de perdón y de misericordia».

Papa Francisco. Carta Apostólica Misericordia et Misera. N. 14.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. El profesor genetista francés Jérôme Lejeune narra cómo en una reunión de periodistas en París, en 1974, una mujer dijo: «Queremos destruir la civilización judeocristiana, para ello tenemos que destruir a la familia, y para ello tenemos que atacar su elemento más débil: el niño que todavía no ha nacido; nosotros somos favorables al aborto». Recemos por todos aquellos niños asesinados a través del aborto. Tomemos consciencia de este terrible flagelo a la sociedad actual.

2.  ¿Qué puedo hacer para  ayudar a que las familias sean más fuertes? ¿Conozco a alguien que necesite un consejo para salvar su matrimonio? ¿Qué voy a hacer? ¿Me voy a quedar callado?   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2201-2233.



[1] «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro» (Gn 2,25).
[2] Gaudium et spes, 22.