«¡Bendito el
que viene en el nombre del Señor!»
Lectura del Santo
Evangelio según San Lucas 19, 28-40
«Y habiendo dicho esto, marchaba por
delante subiendo a Jerusalén. Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y
Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos,
diciendo: "Id al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontraréis
un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre; desatadlo y
traedlo. Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", diréis
esto: "Porque el Señor lo necesita."
Fueron, pues, los enviados y lo
encontraron como les había dicho. Cuando desataban el pollino, les dijeron los
dueños: "¿Por qué desatáis el pollino?" Ellos les contestaron:
"Porque el Señor lo necesita". Y lo trajeron donde Jesús; y echando
sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús. Mientras él avanzaba, extendían
sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda
la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a
grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: “Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo
y gloria en las alturas”. Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente,
le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Respondió: “Os digo que si
éstos callan gritarán las piedras”.»
Lectura
del libro del profeta Isaías 50, 4-7
«El Señor Yahveh
me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra
alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los
discípulos; el Señor Yahveh me ha
abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban,
mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y
salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por
eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado.»
Lectura de la carta de San Pablo a los
Filipenses 2, 6-11
«El cual, siendo
de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su
porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y
muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está
sobre todo nombre. Para que al nombre de
Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y
toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.»
Lectura del Santo
Evangelio según San Lucas 22, 14 -23, 56
Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.»
Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»
Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.
«Pero la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!» Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello.
Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor. El les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
«Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» El dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte.» Pero él dijo: «Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces.»
Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.» Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada; porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: "Ha sido contado entre los malhechores." Porque lo mío toca a su fin.» Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» El les dijo: «Basta.»
Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación.»
Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.
Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación.»
Todavía estaba hablando, cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?» y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó.
Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.»
Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él.» Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!» Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «Hombre, no lo soy!» Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo.» Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.
Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?»
Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.
En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hiceron venir a su Sanedrín y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo.» El respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis. De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.» Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» El les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»
Y levantándose todos ellos, le llevaron ante Pilato.
Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey.» Pilato le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» El le respondió: «Sí, tú lo dices.» Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «Ningún delito encuentro en este hombre.» Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí.»
Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.
Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato. Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. Así que le castigaré y le soltaré.» Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!» Este había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato.
Pilato les habló de nuevo, intentando librar a Jesús, pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!» Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le castigaré y le soltaré.» Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y sus gritos eran cada vez más fuertes.
Pilato sentenció que se cumpliera su demanda. Soltó, pues, al que habían pedido, el que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su voluntad.
Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevará detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron!
Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos!
Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?» Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con él.
Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando a suertes.
Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!» Había encima de él una inscripción: «Este es el Rey de los judíos.»
Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.»Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró.
Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» Y todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho.
Estaban a distancia, viendo estas cosas, todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea.
Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado.
Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo, Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El Dios que se hace Hombre y nos salva. El
Siervo de Yahveh (Isaías 50, 4-7) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el
Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno
cristológico de la carta a los Filipenses (Filipenses 2, 6-11), canta a Cristo
que «se despojó de su grandeza, tomó la
condición de esclavo». En la narración de la Pasión según San Lucas, Jesús
afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero
sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello le confía su Espíritu. Su
abajamiento le mereció la exaltación y la gloria de la Resurrección. La
exaltación de los Ramos y la Pasión están en mutua referencia, aunque el primer
paso suene a triunfo y el segundo a humillación. Las lecturas de la Misa que
median entre el Evangelio de los Ramos y la lectura de la Pasión hacen como un
puente que une los dos misterios de la vida de Jesús.
En todo el orbe católico se celebra hoy día el Domingo
de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde había
de consumar el sacrificio de sí mismo en la cruz para salvación de todo el
género humano. Con esta celebración concluyen los cuarenta días de la Cuaresma
y se da comienzo a la
Semana Santa. Los días más santos son los del Triduo pascual:
desde el Jueves Santo en la tarde hasta el Domingo de Resurrección. En los
países de tradición cristiana se cesa del trabajo en estos días para destinarlos
a la contemplación de los misterios que nos dieron la salvación. El que
los considera simplemente un "fin de semana largo" no ha entendido
nada del misterio cristiano y demuestra que no tiene interés en Cristo.
La entrada mesiánica de Jesús en
Jerusalén
En el Evangelio de Lucas la entrada de Jesús en
Jerusalén adquiere una gran importancia. En efecto, desde el versículo 9,51
hasta el capítulo 10, se nos presenta a Jesús «subiendo a Jerusalén». Cuando
empezó a moverse hacia ese destino el evangelista lo destaca así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los
días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc
9,51). La «asunción» de Jesús es el conjunto de su Pasión, Muerte y
Resurrección. La expresión textual dice: «endureció
su rostro para dirigirse a Jerusalén». Indica una resolución firme con un
propósito deliberado. Jesús sabía bien a qué iba a Jerusalén. Sucesivamente,
el Evangelio recordará a menudo este movimiento hacia la ciudad santa.
Gran parte de la lectura que relata la entrada en
Jerusalén se concentra sobre el hecho de que Jesús entró en la ciudad montado
en un asno. En efecto, antes de entrar, Jesús se detuvo al pie del monte de los
Olivos, que está al frente de la ciudad, y desde allí mandó a dos de sus
discípulos a Betania a buscar un asno, dándoles esta instrucción: «Encontraréis un pollino atado, sobre el
que no ha montado todavía ningún hombre: desatadlo y traedlo». Todo deja
entender que es algo que el mismo Jesús había arreglado con conocidos suyos.
Por eso bastaría decir a los dueños del asno: «El Señor lo necesita», para que lo dejaran ir. Y así ocurrió. «Y echando sus mantos sobre el pollino,
hicieron montar a Jesús». Y en esta cabalgadura entró en Jerusalén.
¿Por qué reviste tanta importancia esta circunstancia?
Es que así estaba anunciado que entraría en Jerusalén el Rey de Israel. El
profeta Zacarías lo ve ocurrir así y exclama: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén!
Ha aquí que viene a ti tu Rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un
asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Así lo quiso hacer Jesús para dejar claro que en Él se cumple eso
y «todo lo que los profetas escribieron
acerca del Hijo del hombre». La gente entendió el gesto y su significado.
Por eso al paso de Jesús montado sobre el pollino «extendían sus mantos por el camino... y llenos de alegría se pusieron
a alabar a Dios a grandes voces: '¡Bendito el Rey que viene en nombre del
Señor!».
Los fariseos al ver las aclamaciones de la gente
piensan que son excesivas y que Jesús no merece ser aclamado como Rey y
Mesías. Por eso dicen a Jesús: «Maestro,
reprende a tus discípulos». Lo hacen con su habitual falta de sinceridad,
llamándolo «Maestro», no porque adhieran a su doctrina, sino por temor a la gente. Jesús
responde: «Os digo que si éstos callan,
gritarán las piedras». Jesús, no obstante, su humildad, responde
reafirmando su condición de Rey y Mesías. Por algo ha querido llegar a
Jerusalén en esa forma. Y lo hace con una frase enigmática que sólo Él podía
pronunciar. En efecto, sólo Él puede asegurar, que en la hipótesis de que la
multitud callara, gritarían las piedras. Cuando Jesús fue crucificado «estaba el pueblo mirando» (Lc 23,35),
en silencio. Ya no gritan. Ha llegado el momento de que griten las piedras. Y
así fue. Cuando Jesús murió, «tembló la
tierra y las rocas se partieron» (Mt 27,51).
La Pasión del Señor según San Lucas
El relato de la Pasión según
San Lucas, al igual que su Evangelio, está destinado a cristianos no judíos
provenientes del paganismo. Lucas relaciona los hechos de la Pasión con el
ministerio apostólico de Jesús que ha precedido, y con el tiempo de la Iglesia,
subsiguiente a la resurrección del Señor. Sabido que el relato de Lucas es el
de la misericordia y perdón. Dos de las palabras que leemos en Lucas y que son
pronunciadas por Jesús antes de morir, son de perdón y consuelo, aún en medio
de su propio dolor: «Padre, perdónales
porque no saben lo que hacen» (23,34) y «Hoy
estarás conmigo en el paraíso» (23,43) dirigidas al buen ladrón.
El Misterio de la Cruz de Cristo
En la Pasión del Señor Jesús
se cumplió el repetido anuncio sobre su muerte violenta en Jerusalén. ¿Por qué
tenía que ser así? ¿Por qué fue de esa manera tan cruel y violenta? La respuesta más profunda y válida solamente
Dios puede darla, pues estamos pisando el terreno insondable del Plan amoroso
de la redención realizada por Jesucristo. Sin embargo, si es importante que
entendamos que ni Dios Padre ni Jesús quisieron el sufrimiento, la Pasión
dolorosa y la muerte violenta por sí mismas pues son realidades negativas sin
valor autónomo. Eso hubiera sido un
sadismo absurdo por parte del padre y masoquismo patológico por parte de Jesús.
El valor del dolor, Pasión y Muerte de Cristo radica en el significado que
reciben desde una finalidad superior, es decir desde el Plan Reconciliador de
Dios.
Nos consta la repugnancia
natural de Jesús, como hombre que era, ante los sufrimientos de su pasión,
tanto físicos (torturas, flagelación, corona de espinas, crucifixión), como
síquicos (traición de Judas, negaciones de Pedro, deserción de discípulos,
etc.). No obstante...«no se haga mi
voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Este es el motivo y la razón de la
obediencia de Cristo; el querer del Padre que es la salvación de los hombres
por el amor que le tiene.
Jesús carga la Cruz de su
Pasión por fidelidad al Padre y por su amor solidario con toda la humanidad. El valor
redentor de la Cruz viene de la realidad de que Jesús, siendo inocente, se ha
hecho, por puro amor, solidario con los culpables y así ha transformado, desde
dentro su situación. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido
del sufrimiento y del dolor productos del pecado. El mal del sufrimiento, en el
misterio redentor de Cristo, queda superado y de todos modos transformado: se
convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien.
Una
palabra del Santo Padre:
«El
Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11) describe
a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una borrica, que nadie había
montado nunca; se hace hincapié en el entusiasmo de los discípulos, que acompañan
al Maestro con aclamaciones festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los
muchachos y jóvenes de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente,
uniéndose al cortejo con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida
una fuerza irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les
responde: ‘Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras’ (Lc 19,40).
Pero este
Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad
Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta ‘new age’, un
vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la
fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la
pasión; es el gran Paciente del dolor humano. Así, al mismo tiempo que también
nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el sufrimiento que él tendrá que
sufrir en esta Semana. Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños,
las traiciones, el abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la
corona de espinas..., y en definitiva al via crucis, hasta la crucifixión.
Él lo dijo
claramente a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se
niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga’ (Mt 16,24). Él nunca prometió
honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros. Siempre advirtió a sus
amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la
pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para nosotros. Para seguir fielmente a
Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de
llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella,
sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día.
Y este
Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el ‘crucifícalo’,
no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en las fotografías, o
incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él está presente en muchos
de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como Él, sufren a causa de
un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, por las enfermedades...
Sufren a causa de la guerra y del terrorismo, por culpa de los intereses que
mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en
su dignidad, descartados... Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con
ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide que se le mire, que se le
reconozca, que se le ame
No es otro
Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de
palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos
malhechores. No tenemos otro Señor fuera de él: Jesús, humilde Rey de justicia,
de misericordia y de paz.
Papa
Francisco. Homilía Domingo de Ramos. 9 de abril de 2017.
Vivamos
nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1.
No
son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el fracaso escolar o
profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de corrupción,
prefieren acabar con la vida, a enfrentarse con el rostro doloroso de la
situación. ¿Por qué? No han descubierto el tesoro escondido en el dolor. Para
el cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de
valor redentor. San Juan
Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del
sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del
sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las
pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con
amor. ¿Cómo vivo esta realidad en mi vida cotidiana?
2. ¿Cómo voy a vivir mi Semana
Santa? ¿Qué esfuerzos voy a hacer para vivir con el Señor y desde el corazón de
la Madre, los misterios centrales de mi fe?
3.
Leamos en el Catecismo de la
Iglesia Católica los numerales: 599- 623