«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es
el Reino de Dios»
Lectura del libro del profeta Jeremías 17, 5-8
«Así dice
Yahveh: Maldito sea aquel que fía en hombre, y hace de la carne su apoyo, y de
Yahveh se aparta en su corazón. Pues es como el tamarisco en la Arabá, y no
verá el bien cuando viniere. Vive en los sitios quemados del desierto, en
saladar inhabitable. Bendito sea aquel que fía en Yahveh, pues no defraudará
Yahveh su confianza. Es como árbol
plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus
raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año
de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto.»
Lectura de la primera
carta
«Ahora bien, si se predica que Cristo ha
resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que
no hay resurrección de los muertos? Porque si los muertos no resucitan, tampoco
Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en
vuestros pecados. Por tanto, también los que durmieron en Cristo perecieron. Si
solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los
más dignos de compasión de todos los hombres! ¡Pero no! Cristo resucitó de
entre los muertos como primicias de los que durmieron.»
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 17.20-26
«Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre.
Alegraos ese día y saltad de gozo, que
vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus
padres a los profetas. "Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis
recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!,
porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y
llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo
trataban sus padres a los falsos profetas.»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Las lecturas de este Domingo nos
muestran el único y el auténtico camino para la verdadera felicidad que el
hombre busca infatigablemente a lo largo de toda su vida. La ruta, que no es la
que el “mundo” ofrece, sigue este itinerario: las bienaventuranzas de Jesús
(Evangelio). Ellas proclaman la dicha
del Reino para aquellos que son pobres porque han puesto en Dios su única
riqueza confiando plenamente en Él (Primera Lectura) y confirman así su
esperanza en Jesucristo resucitado (Segunda Lectura).
Las bienaventuranzas
Las bienaventuranzas son una de las enseñanzas más
conocidas del Evangelio de Jesucristo, y también una de las más impactantes.
Nadie que se ponga sinceramente ante estas sentencias puede dejar de sentirse
interpelado, más aun si el que las lee es un cristiano y, por tanto, cree que
el Evangelio es
Las bienaventuranzas se encuentran en dos de los Evangelios: Mateo y Lucas. Pero ambas versiones difieren. En Mateo las bienaventuranzas son nueve, están dichas en tercera persona (salvo la última) y tienen la finalidad de exponer un programa de vida conforme con el Reino de los cielos (ver Mt 5,3.10). En Lucas, en cambio, son sólo cuatro, están dichas en segunda persona («bienaventurados vosotros») y, sobre todo, Lucas transmite además las correspondientes cuatro maldiciones.
¿A quiénes se dirige Jesús con el pronombre «vosotros»?
En el episodio precedente Jesús ha elegido los doce apóstoles. Bajando con
ellos, se detuvo en un paraje llano donde estaba una multitud de discípulos
suyos y una gran muchedumbre del pueblo, que habían venido para oírlo y ser
curados de sus enfermedades. Era cierto que la fama de Jesús y de sus milagros se
había difundido como el fuego. Lo escuchaban, entonces, tres categorías de
personas: los doce, los demás discípulos y el pueblo. Entre estos últimos había
todo tipo de personas, rico y pobre; hambriento y satisfecho; afligido y
gozador. Todos nos podemos reconocer en este heterogéneo auditorio.
¡Un mensaje paradojal!
Si en el tiempo de Jesús esta enseñanza ya
tenía toda su fuerza paradojal, ¡qué decir hoy día en que estamos sumidos y
agobiados por el consumismo y en que la felicidad de una persona se mide por
su poder adquisitivo! Hoy día todo parece decir: «Dichosos los que pueden comprar muchos bienes y gozar mucho de los
placeres que ofrece este mundo». Toda la publicidad nos quiere convencer
de que en eso consiste
La principal de las bienaventuranzas es la primera, con su opuesta maldición. En ellas se establece un claro contraste entre los pobres y los ricos: «Bienaventurados vosotros, los pobres... ¡Ay de vosotros, los ricos!». No se puede negar que ésta es una afirmación insólita y muy opuesta, como ya hemos dicho a los criterios que hoy rigen. Si Jesús se hubiera detenido allí, su afirmación habría sido inexplicable; pero Él sigue adelante indicando por qué unos son dichosos y otros desgraciados.
Igualmente descubrimos en
¿Cuándo cambiará la situación presente?
Con sinceridad muchas veces, viendo el mal
que va ganando espacio en el mundo, nos hemos preguntado: ¿Cuándo cambiará
esta situación? ¿Es que Dios cierra su oído y su vista al mal en el mundo? La
respuesta la encontramos en la última bienaventuranza: «Grande será vuestra recompensa en el cielo». La situación futura
tendrá lugar después de la muerte y será eterna. Esta enseñanza es formulada
aquí por medio de proposiciones universales; pero
Esto queda más claro en las dos siguientes bienaventuranzas -sobre los que padecen hambre y los que lloran-, que son una formulación más concreta de la primera, pues aquí resuena como un campanazo el adverbio de tiempo «ahora»: los que padecen hambre y lloran ahora, por este breve tiempo presente, serán saciados y reirán por toda la eternidad; en cambio, los que están saciados y ríen ahora, por este breve tiempo presente, padecerán hambre y llorarán por toda la eternidad ¡y sin remedio! Por eso los primeros son dichosos y los segundos desgraciados.
¿La pobreza es querida por Dios?
Hay que enfrentar un problema y deshacer una crítica que muchos en la historia superficialmente han hecho al cristianismo. Se le acusa de que con esta doctrina los cristianos se evaden de la realidad histórica actual y piensan solamente en el cielo. Alguno se preguntará: ¿En qué quedan todos los esfuerzos por superar la pobreza si Cristo enseña: «bienaventurados los pobres»?
En realidad, el cristianismo es la única religión que no se evade de la historia y por lo tanto no es «escapista»; justamente porque su Dios, siendo eterno e inmutable, entró en la historia y se hizo hombre, dando a la dignidad del hombre toda su grandeza. Y para responder a la segunda pregunta, debemos reconocer que no hay un camino más seguro para superar la pobreza que, precisamente, amar la pobreza. Éste es el único camino eficaz. Si todos, escuchando la enseñanza de Cristo, amáramos la pobreza siendo Dios nuestra única y verdadera riqueza, entonces habría, tal vez, una mejor y más justa distribución de los bienes materiales entre los hombres.
La Iglesia
desde su Enseñanza Social nos enseña, nos guía y nos ilumina de manera
clara y concreta sobre la postura que debemos tener ante los problemas sociales
que ciertamente existen y ante los cuales hay que tener una clara postura: ser
solidarios, buscar el bien común, buscar y respetar a la persona humana (desde
la concepción hasta su muerte natural) y vivir
Una palabra del Santo Padre:
«Queridos amigos: El programa evangélico de las bienaventuranzas es trascendental para la vida del cristiano y para la trayectoria de todos los hombres. Para los jóvenes y para las jóvenes es sencillamente un programa fascinante. Bien se puede decir que quien ha comprendido y se propone practicar las ocho bienaventuranzas propuestas por Jesús, ha comprendido y puede hacer realidad todo el Evangelio. En efecto, para sintonizar plena y certeramente con las bienaventuranzas, hay que captar en profundidad y en todas sus dimensiones las esencias del mensaje de Cristo, hay que aceptar sin reserva alguna el Evangelio entero.
Ciertamente el ideal que el Señor propone en las bienaventuranzas es elevado y exigente. Pero por eso mismo resulta un programa de vida hecho a la medida de los jóvenes, ya que la característica fundamental de la juventud es la generosidad, la abertura a lo sublime y a lo arduo, el compromiso concreto y decidido en cosas que valgan la pena, humana y sobrenaturalmente.
La juventud está siempre en actitud de búsqueda, en marcha hacía las cumbres, hacia los ideales nobles, tratando de encontrar respuestas a los interrogantes que continuamente plantea la existencia humana y la vida espiritual. Pues bien, ¿hay acaso ideal más alto que el que nos propone Jesucristo?
Por eso yo, Peregrino de la Evangelización, siento el deber de proclamar esta tarde ante vosotros, jóvenes del Perú, que sólo en Cristo está la respuesta a las ansias más profundas de vuestro corazón, a la plenitud de todas vuestras aspiraciones; sólo en el Evangelio de las bienaventuranzas encontraréis el sentido de la vida y la luz plena sobre la dignidad y el misterio del hombre (Cfr. Gaudium et Spes, 22).
Jesús de Nazaret comenzó su misión mesiánica predicando la conversión en el nombre del reino de Dios. Las bienaventuranzas son precisamente el programa concreto de esa conversión. Con la venida de Cristo, Hijo de Dios, el reino se hace presente en medio de nosotros: «Está dentro de nosotros», y al mismo tiempo ese reino constituye la escatología, es decir, la meta definitiva de la existencia humana. Pues bien, cada una de las ocho bienaventuranzas señala esa meta ultratemporal.
Pero al mismo tiempo cada una de las bienaventuranzas afecta directa y plenamente al hombre en su existencia terrena y temporal. Todas las situaciones que forman el conjunto del destino humano y del comportamiento del hombre están comprendidas de forma concreta, con su propio nombre, en las bienaventuranzas. Estas señalan y orientan en particular el comportamiento de los discípulos de Cristo, de sus testigos. Por eso las ocho bienaventuranzas constituyen el código más conciso de la moral evangélica, del estilo de vida del cristiano».
San Juan Pablo II. Hipódromo de Monterrico en Lima. Sábado 2 de
Febrero de 1985.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿Cómo vivo el mensaje de las bienaventuranzas en mi vida cotidiana?
2. ¿Vivo realmente la pobreza de espíritu? ¿Cuáles son mis riquezas, ya que «dónde está mi tesoro ahí estará mi corazón» (ver Mt 6,21)?
3.
Leamos en el Catecismo de
[1] Corazón: para los israelitas, corazón y riñones viene a ser lo que
para nosotros es la mente y el corazón. El corazón puede representar toda la
vida interior del ser humano.
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